terça-feira, 26 de janeiro de 2021

ESCRITURA CONQUISTADA | Alejandro Bruzual (Venezuela, 1957)

  

LAS VANGUARDIAS EN VENEZUELA

 


FM | ¿Cuál es el punto inicial de la vanguardia en tu país? ¿Cómo era el ambiente cultural entonces?

 

AB | Durante las primeras décadas del siglo XX, Venezuela vivió un proceso político-cultural que en muchos aspectos fue contrario al que se dio en la mayoría de los países del continente. En 1898 se inició una larguísima secuencia dictatorial, con cuatro períodos consecutivos que cubrieron casi medio siglo, comandados por hombres de armas y militares de proveniencia regional andina (la zona más conservadora del país), específicamente del Táchira, estado limítrofe con Colombia.

Al inicio del siglo, Venezuela era uno de los países más pobres del continente, dependiente de una producción agrícola (café y cacao, principalmente) con precios fluctuantes, y una elevada población rural, que era fundamentalmente analfabeta. Pero esta situación cambia radicalmente con la explotación intensiva del petróleo, realizada a través de concesiones a empresas internacionales. Es sólo a partir de finales de los años veinte y durante el período central del gobierno de Juan Vicente Gómez (no casualmente propietario cafetalero, quien permanece en el poder desde 1908 hasta su muerte, a finales de 1935), que comienza un lento proceso democratizante, si bien habría que esperar aún diez años más de dictadura. Sobre esa base económica y política, con abierto apoyo norteamericano, Gómez creó la primera ilusión de nación centralizada y unida de la experiencia nacional. Se pagó la deuda externa, sin discutir su procedencia ni poner en cuestionamiento sus condiciones de contrato. Se construyeron carreteras por todo el país, fundamentalmente con mano de obra forzada de presidiarios, gran parte de ellos de origen político. Se centralizaron las finanzas públicas, a la vez que el presidente se convertía en uno de los hombres más ricos del continente. Finalmente, se creó un ejército regular e institucionalizado, que detuvo para siempre las aspiraciones políticas violentas de otras zonas, en particular, las propias de la explotación petrolera.

No se ha hecho suficiente énfasis, ni sacado las consecuencias necesarias, del hecho de que fuera precisamente al final de este período central de Gómez cuando se publicara el único número de la única revista que en ese entonces tuvo una impronta abiertamente vanguardista en Venezuela: Válvula, en enero de 1928, si bien hubo algunos atisbos en publicaciones anteriores. Válvula ha sido considerada, de manera un tanto exagerada, como la manifestación fundamental, el hito del esfuerzo vanguardista venezolano, y ha sido vista como equivalente a otros movimientos de la vanguardia continental. Pero varios hechos cuestionan la exactitud de esta apreciación. En particular, la revista no fue expresión de un grupo estable y ni conformado como tal, y sus colaboradores provenían al menos a dos generaciones distintas, así como el que no todos los textos muestran búsquedas vanguardistas. Además, esta publicación se llevó a cabo en el momento justo en que, después de muchos años de violencia y dictadura, se despertaba un espíritu de confrontación política que surgía de lo cívico. Era el nacer público de una generación política conocida precisamente como la del 28, la cual tomaría las riendas del país a partir de la segunda mitad del siglo, significativamente con la figura referencial del novelista Rómulo Gallegos como presidente.

En efecto, la revista y el manifiesto “Somos”, que abría sus páginas en nombre de “La redacción”, fueron superados a apenas un mes de su aparición por los eventos estudiantiles de febrero de ese año, y esto no puede ser obviado en el análisis de su inscripción y trascendencia propiamente artística. Fue evidente que las expectativas “rebeldes” de su retórica juvenil se quedaron cortas, dejándola sin fundamento. Era la sociedad la que se había “vanguardizado”, y la juventud universitaria asumió la égida de la relación cultura-sociedad a través del escarnio al gobierno, exigiendo de manera novedosa cambios a la realidad dictatorial. Así, se aprovecharon los festejos de la “Semana del estudiante”, durante el carnaval de ese año, para elegir una reina a la que le dedicaron discursos y poemas, algunos de ellos en mofa y claramente metafóricos del ansia de libertad represada, que podríamos interpretar como verdaderos happenings. El gobierno apresó a los líderes estudiantiles, lo que trajo la solidaridad inmediata de la mayoría del estudiantado, llevándose a la cárcel 213 de los 320 estudiantes de la Universidad Central de Venezuela. En válvula y “Somos” no se advierte siquiera el rumor previo de este evento, incluso si se considera que algunos de los participantes también estuvieron en la revuelta estudiantil. “La redacción” había evitado el terreno político y la muestra de compromiso alguno, a diferencia de grupos constituidos de vanguardia en el Caribe, Centroamérica y la región andina. Esto hubiera sumado a la acción de los estudiantes la rebelión de la imaginación estética en un acto coherente de renovación arte/vida, y le hubiera dado un asidero de más profunda rebeldía a las posturas literarias de la revista. Pero, en particular, quizás hubiera podido postergar la prematura y definitiva desaparición de válvula, que se anunciaba como mensuario. Lo evidente es que ya no era suficiente el silencio tras bastidores estéticos.

En cuanto al proceso específico de la literatura, es difícil sostener que el momento de las vanguardias históricas en el país se viviera como un enfrentamiento generacional o una contraposición estética con el modernismo, que al contrario mantuvo una natural influencia sobre el medio. [1] Por un lado, surgió un conjunto de escritores renovadores, conocido como Generación del 18, entre quienes se contaban los poetas Fernando Paz Castillo y José Antonio Ramos Sucre, y coetáneos a ellos, aunque un poco más tarde, aparecen obras de escritores que ocupan el siempre dudoso entre-lugar posmodernismo-prevanguardismo-vanguardismo, que no ha logrado ser categorizado todavía de modo convincente y satisfactorio. Es lo que ha intentado el crítico venezolano Javier Lasarte al defender un espacio propiamente posmodernista (con los vanguardistas dentro), [2] que incluye a los narradores Julio Garmendia, Enrique Bernardo Núñez y Teresa de la Parra. Para mayor complejidad, la atención del campo literario se vio copada por Rómulo Gallegos y la publicación de Doña Bárbara, obra paradigmática del realismo social latinoamericano, la llamada novelística de la tierra, en 1929.

En efecto, habría que flexibilizar el criterio de análisis, quizás muy marcado por la discusión europea, para poder nombrar la complejidad y la potencialidad estética del momento en Venezuela, con una pulsión vanguardista que no se instaló entonces de manera radical en ninguna de las artes, y que habrá que relacionar con el cansancio dictatorial, que llevó las aguas juveniles hacia derroteros más evidentes de acción política. Y, quizás sea fundamental para entender la caracterización nacional, que no se negaron los aportes de escritores mayores del modernismo, y que no tenían por qué negarse, pues se dio una modernización con otro tono, como también se verifica en las otras artes. Coincidimos con Riobueno cuando afirma que “más que un intento de discontinuidad y ruptura, la vanguardia busque una solución de continuidad en la que la tradición y el pasado se conviertan en elementos fundamentales de la innovación”. [3]

 

FM | Los movimientos locales, ¿estaban de acuerdo con las ideas de las vanguardias europeas correspondientes o acaso agregaban algo distinto?

 

AB | Como vimos, difícilmente se pueda hablar con propiedad de un “movimiento local”, sino más bien de inquietudes y tendencias vanguardistas en un conglomerado mayor de renovaciones varias y muy individualizadas, si bien despertaron la vocación creativa de algunos de los escritores más jóvenes, y les abrieron un temprano espacio en el campo literario nacional, en particular, en cuanto al narrador y ensayista Arturo Uslar Pietri.

No obstante, si mantenemos enfocada la mirada sobre válvula, como lo más cercano a la propuesta, avalaríamos la percepción de Nelson Osorio de que “Somos” (seguramente escrito por el mismo Uslar Pietri) recoge los aspectos más reaccionarios del futurismo italiano, que sorprendentemente y por muchas vías, se conoció y discutió en Venezuela. Frases como “válvula es la espita de la máquina por donde escapará el gas de las explosiones del arte futuro”, no dejan dudas al respecto. La novela de Uslar Pietri, Las lanzas coloradas (1931), escrita fundamentalmente en París durante su desempeño diplomático (después de las acciones estudiantiles de 1928, en las que no participó), ha sido vista como el logro fundamental de la narrativa vanguardista venezolana. En efecto, en ella son evidentes las conquistas técnicas y el lenguaje vanguardista de una escritura casi cinematográfica, no obstante muestra una actitud racista y una carga reaccionaria en la figura del líder-héroe ausente (de la trama), un Deus ex machina de la historia nacional, el “esperado”, el caudillo que debería redimir la desequilibrada situación social que había provocado el enfrentamiento de grupos sociales durante la guerra de independencia. Osorio concluye: “la inicial afiliación a la vanguardia literaria de Uslar Pietri está marcada por el espíritu conservador y decadente que se evidencia en su admiración por los aspectos más reaccionarios del Futurismo”. [4]

 

FM | ¿Qué relaciones mantenían estos mismos movimientos con las corrientes estéticas de los demás países hispanoamericanos?

 

AB | Ciertamente, la incomunicación entre nuestros países ha sido la más grave debilidad histórica de nuestra presencia en el mundo, y un espacio vulnerable que todavía persiste. No obstante, creo que las vanguardias históricas provocaron un intento de comunidad imaginada, que sólo en parte substituía la falta de una experiencia real compartida. Y se dio, fundamentalmente, gracias a las revistas continentales paradigmáticas de la época (Amauta y Repertorio Americano, entre ellas, ambas con vocación y difusión continental) y al esfuerzo particular de algunos grupos con influencia regional. Fueron muy pocos los autores venezolanos que participaron en esas publicaciones, en particular, Antonio Arráiz (visto como un prevanguardista), más tarde Miguel Otero Silva (de la Generación del 28 y de convicciones comunistas), y algo de Rómulo Betancourt (socialdemócrata y el político más importante de esa generación). Venezuela no tuvo una revista equivalente, como tampoco un esfuerzo editorial a lo que significó El Cojo Ilustrado (1896-1907) para la generación modernista.

La información, de todos modos circulaba, seguramente, gracias a las revistas argentinas. [5] La cercanía en fecha y tono del manifiesto “Somos” con el artículo de Uslar Pietri “La vanguardia, fenómeno cultural” –que el mismo escritor había publicado en la prensa nacional, en diciembre de 1927–, hace pensar que ambos textos tuvieron como interlocutor oculto a César Vallejo, lo que no deja de ser curioso y sorprendente. El artículo se puede leer como respuesta, rechazo y hasta cierta burla de las posiciones duramente críticas del vanguardismo continental que hace Vallejo a su generación, desde París. En “Contra el secreto profesional”, de ese mismo año, denuncia la falta de personalidad y precisamente novedad de los vanguardistas, advirtiendo sobre la retorización que era ya evidente en muchos de los grupos. Si bien el peruano no era todavía conocido ni reconocido como la mayor contribución de las vanguardias históricas al mundo estético occidental, en particular por Trilce, seguramente causó escozor en muchos de los jóvenes “activistas” de la “nueva sensibilidad”. Esto permite entender el tono defensivo de grupo (que en realidad no era válvula, como ya se señaló) del texto y el manifiesto de Uslar Pietri.

 

FM | ¿Qué aportes significativos de las vanguardias fueron incorporados a la tradición lírica y cuáles son sus efectos en los días de hoy?

 

AB | Primero habría que señalar que el impacto inicial se da más particularmente en la narrativa que en la lírica, y que fue allí donde se dirimieron las posiciones alternativas que expresaron el momento. No obstante, en Venezuela tampoco hubo obras narrativas radicales (ni en ninguna de las otras artes) del tipo Casa de cartón, Memorias sentimentais de João Miramar o La señorita etc. Una vez descrita la situación nacional se podía prever que las negociaciones estéticas y la contaminación política fueran determinantes en los primeros años treinta.

La historiografía nacional, incluso en manos de críticos de referencias marxistas como Domingo Miliani y Orlando Araujo, ha analizado el desenvolvimiento de la novela en los años treinta como una combinación de Las lanzas coloradas y Doña Bárbara, una suerte de ecuación vanguardia + criollismo. No obstante, habría que al menos incluir a Enrique Bernardo Núñez, con Cubagua (también de 1931) como un rumbo muy distinto, fuertemente marcado por la vanguardia, en tensión con elementos modernistas. Lo primero le sirve para enmascarar el sentido político profundo de su crítica al proyecto neocolonial del gomecismo, con un complejo entramado temporal que se expresa en términos formales en la trama, pero también en la constitución estética de los personajes y a nivel del lenguaje (imágenes, símbolos, relación motivo/tema). [6] Para nosotros, éste es el legado más personal y profundo de las vanguardias en la narrativa nacional, si bien ha sido muy lentamente estudiado y apenas reeditadas sus obras.

Con respecto a la generación siguiente, ocupan el espacio propiamente de avanzada los poetas del grupo Viernes (1939-1941), que se abren de manera declarada a las influencias de las vanguardias internacionales (“la rosa de los vientos”), pero como en muchas otras situaciones continentales priva en ellos el surrealismo. De ahí se desprende una línea de comportamiento estético vanguardista que singularmente cruzará lo político, en particular al llegar al final de una nueva dictadura en el decenio de 1950 (de Marcos Pérez Jiménez, también militar y tachirense), con el grupo “Sardio”, y un poco más tarde, dentro ya de la década violenta, “Tabla redonda”, que apoyó desde lo intelectual, más que propiamente artístico, las luchas guerrilleras, hasta llegar, incluyendo algunos de “Sardio” radicalizados hacia la izquierda, a “El techo de la ballena”, con una intensa participación de las artes plásticas. Fue este último grupo el que más radical y virulentamente interpeló la estabilización petrolera desarrollista de la sociedad venezolana, la norteamericanización de la sociedad y de sus gustos. Si fuera necesario destacar (que no lo es), hay finalmente una presencia verdaderamente radical y finalmente provocadora, casi anarco-dadaísta, con mucho humor negro y agresividad, abriéndose a la confrontación declarada, con exposiciones como “Homenaje a la necrofilia” (Carlos Contramaestre) y poemas de escarnio como “Duerme usted, Señor Presidente” (Caupolicán Ovalles), dedicado a Rómulo Betancourt. Si luego se vislumbra en el país ese eterno retorno de las vanguardias y sus post, ya institucionalizadas o propicias para la institucionalización, manifiestos más, grupos menos, el “Techo” fue definitivamente el techo de ese decurso vanguardista.

 

FM | Los documentos esenciales de las vanguardias, ¿se han recuperado?, ¿es posible tener acceso a ellos?

 

AB | Sí, ya varios críticos lo han hecho, recopilado y publicado. Entre ellos hay tres libros de Nelson Osorio: El futurismo y la vanguardia literaria en América Latina (Caracas: Celarg, 1982), La formación de la vanguardia literaria en Venezuela: antecedentes y documentos (Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1985), y Manifiestos, proclamas y polémicas de la vanguardia literaria hispanoamericana (Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1988). Además de Manifiestos literarios Venezolanos (Caracas: Monte Ávila Latinoamericana Editores, 1992), de Juan Carlos Santaella.

 


NOTAS

1. Desde finales de siglo XIX, se impuso en el país un importante conjunto de narradores y ensayistas, entre los que se contaban Manuel Díaz Rodríguez, Pedro Emilio Coll, Luis Manuel Urbaneja Achelpohl y Pedro César Dominici. Estos participaron activamente en dos revistas relevantes y duraderas, que les dieron conformación generacional, Cosmópolis (1894-1899) y El cojo ilustrado (1892-1915), alcanzando notable presencia en el medio literario nacional, a pesar de la dictadura y quizás precisamente por mantenerse al margen de la discusión política.

2. Javier Lasarte, Juego y nación, Caracas: Fundarte, 1995.

3. Ihana Riobueno, “1928 ¿Vanguardia en Venezuela? (Algunas reflexiones desde las revistas)”, Memorias del XXIII Simposio de Docentes e Investigadores de la Literatura Venezolana: Trujillo, del 19 al 22 de noviembre de 1997, Trujillo: Universidad de los Andes, 1998.

4. Nelson Osorio, El futurismo y la vanguardia literaria en América Latina. Caracas: Cuadernos del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, 1982.

5. En Válvula, que incluía bastante publicidad comercial, una librería de la capital afirmaba tener:Jarana, la revista vanguardista del Perú. Pronto recibiremos Martín Fierro y todos los libros de vanguardia argentina”.

6. A diferencia de la caracterización que se ha hecho de Las lanzas coloradas, interesa que en un vasto estudio sobre la novela vanguardista latinoamericana, Niemeyer vea en Cubagua un “marcado perfil vanguardista”, mientras que Las lanzas le parezca “a primera vista, bastante más convencional”. Niemeyer, Katharina, Subway de los sueños, alucinamiento, libro abierto: la novela vanguardista hispanoamericana, Madrid: Iberoamericana, 2004.

 

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Escritura Conquistada – Poesía Hispanoamericana reúne ensayos, entrevistas, encuestas y prólogos de libros firmados por Floriano Martins, además de muestra parcial de su correspondencia pasiva.

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- Escritura Conquistada - Poesía Hispanoamericana -

Floriano Martins

ARC Edições | Agulha Revista de Cultura

Fortaleza CE Brasil 2021



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