quarta-feira, 27 de janeiro de 2021

ESCRITURA CONQUISTADA | Helen Umaña (Honduras, 1948)

  

LAS VANGUARDIAS EN HONDURAS

 


FM | ¿Cuál es el punto inicial de la vanguardia en Honduras? ¿Cómo era el ambiente cultural entonces?

 

HU | Los escritores de Honduras, hasta muy avanzado el siglo XX (décadas del sesenta y setenta), en términos generales, todavía se movían dentro de las viejas fórmulas románticas, modernistas y criollistas. Sin faltar la aplicación del realismo social muy apegado a la ortodoxia marxista. La vanguardia, que ya había despuntado en Nicaragua y Guatemala, parecía sumamente lejana, pese a que una mujer, Clementina Suárez (1902-1991), hacia finales de la década del cincuenta, ya había publicado poemas con una tónica novedosa. Al principio deudora de las grandes poetas sudamericanas, encontró su propia fórmula expresiva en la que, con el ingrediente erótico o amoroso en fuertes dosis, supo trascender hacia planos en donde lo social, no mimético sino desde la búsqueda de la imagen o del símbolo, revitalizó sus versos. Fue una mujer que se adelantó a su época. Iconoclasta, fue signo de contradicción en la pacata sociedad de principios del siglo XX. Sin embargo, en su momento (probablemente los lastres machistas), su aporte poético fue soslayado o invisibilizado. En justicia, tendría que considerársela como una precursora de la renovación poética posterior.

Óscar Acosta (1933) publicó Poesía menor (1957) y El arca (cuentos, 1956). En el primero, se despojó de retoricismos y, sin llegar a la iconoclasia, entregó una poesía con un lenguaje de sabor cotidiano. De voz íntima, bastante directa y aparentemente sencilla. En El arca, se alejó de la problemática de corte realista en cuentos brevísimos que bordean los linderos de lo maravilloso y fantástico. Una ruptura completa con sus coetáneos. Por décadas, también el silencio cayó sobre ambos libros. Sin seguidores inmediato.

Hacia fines de los sesenta, en La Ceiba, una ciudad provincial, un grupo de jóvenes se aglutinó en torno a la figura de Nelson Merren (1931-2007), escritor que sabía inglés y cuya posición económica le permitió viajar y obtener libros en el exterior. Él publicó, en periódicos y revistas, una poesía que se apartaba de lo tradicional. No fue un autor complaciente. Cuestionó tópicos sacralizados por la costumbre (el papa, los formulismos burocráticos, etc.) mediante el uso de figuras insólitas (vr. gr., hablar de “un huevo frito” en uno de sus versos) y del lenguaje conversacional. Formalmente diferente al estilo prevaleciente en los poetas de su entorno. Además publicaba comentarios sobre la obra de poetas extranjeros y mostraba aspectos novedosos. Sus dos libros (1968, 1971), en términos generales, fueron ignorados. Su revalorización fue muy tardía (a mediados del ochenta). A partir de entones, muchos poetas, de tendencia iconoclasta (Rigoberto Paredes, Ricardo Maldonado y otros), se han reconocido deudores de su poética.

Nombre imprescindible es el de Roberto Sosa (1930-2011), un poeta de gran fuerza lírica. En dos de sus libros iniciales (1969, 1971), supo despojarse de las adherencias de la retórica manida y accedió a una poesía muy refinada en la que incorporó formas del Creacionismo y del irracionalismo poético (especialmente del Surrealismo) en donde la palabra se aparta del significado “normal” y adquiere connotaciones insólitas cuya decodificación representa un reto para el lector. Una poesía que acude a la imagen de factura exquisita pero cargada de resonancias semánticas que nunca se pierden en el vacío: aterrizan en una problemática terrena, real, que hiere a la mayoría. En esta forma su poesía se aposenta en el espíritu y se torna orientadora de una manera de percibir el mundo. El poeta, pues, como maestro de un pueblo. Con un puente muy firme que lo unió a la colectividad.

Pompeyo del Valle (1929) combinó la poesía de intención política, dentro de una tendencia de izquierda claramente expresada en la que, con frecuencia, daba un salto lírico mediante imágenes de fino acabado. Combinó lo social con poesía de carácter intimista. Tuvo lectores entusiastas pero las corrientes académicas predominantes, regidas por grupos políticos contrarios, lo excluyeron e invisibilizaron. Tardía ha sido su unánime aceptación. Desde Comayagua, Antonio José Rivas (1924-1995) y Edilberto Cardona Bulnes (1935-1991) constituyen dos casos especiales, especialmente porque tuvieron una vida bastante aislada. Rivas, en su único libro publicado en vida (Mitad de mi silencio, 1964), hizo derroche de metáforas de gran acabado. Una especie de neobarroquismo que le ganó el respeto de muchos lectores. Otros juzgaron que el libro, apartado de la problemática social, expresaba el encerramiento en una torre de marfil. Cardona Bulnes, en su libro más importante (Jonás, 1980, que además circuló muy poco porque la edición completa se perdió), es deliberadamente oscuro pero sumamente denso. Quizá inaccesible para el lector común y corriente, su poesía todavía tiene que estudiarse más.

Las anteriores son las voces más renovadoras en las primeras siete décadas del siglo XX. Actualmente, se les reconoce su calidad de maestros. Nombres importantes a partir de esa generación: José Adán Castelar, Tulio Galeas, José Luis Quesada, Juan Ramón Saravia, José González, Efraín López Nieto, Amanda Castro, José Antonio Funes, Galel Cárdenas, Geovanni Rodríguez, Gustavo Campos, Fabricio Estrada, Lety Elvir, Ana María Alemán, María Eugenia Ramos…

En narrativa, la situación era similar. Hacia la mitad del siglo XX (y aún en décadas posteriores), a lo más que se llegó fue al realismo social (Ramón Amaya Amador, 1906-1966), criollista o costumbrista. Sin embargo, se había dado un antecedente que careció de continuadores, probablemente, por la muerte prematura de Arturo Martínez Galindo (1903-1940), motor del grupo “Renovación” cuyo centro de acción fue la ciudad de Tegucigalpa. Incluso, elaboraron una revista con ese nombre. Martínez Galindo, desde la década del veinte, en periódicos y revistas, publicó varios cuentos en los que había superado las fórmulas romántico-modernistas. Con perspectiva cosmopolita y en lenguaje directo, abordó temas a los que no se había atrevido ningún escritor en el país (homosexualismo, lesbianismo, paidofilia…). Muy joven, fue asesinado y, durante años, sus cuentos quedaron refundidos en revistas y periódicos. No tuvo continuadores inmediatos.

En los años finales del sesenta, la situación de inercia se superó gracias a la labor de escritores que accedieron a estudios universitarios, especialmente en las carreras de letras, tanto en el país como en el exterior. Hablamos de Eduardo Bähr (1940), Julio Escoto (1944), Roberto Castillo (1950-2008) y Marcos Carías Zapata (1938). Con ellos, la narrativa dio el viraje definitivo. Incorporaron las técnicas que los grandes narradores latinoamericanos venían produciendo desde hacía varios años. Todavía, con la excepción de Castillo, muerto en forma prematura, ellos siguen trabajando.

Desde la década del ‘90, la vida cultural apegada a los cánones que maneja el mundo occidental, dejó de circunscribirse a la ciudad capital. En las principales ciudades de provincia, hay grupos de escritores que se relacionan entre sí con propósitos de superación. Creo que uno de los núcleos más destacados reside en San Pedro Sula. Algunos son profesionales de las letras. En sus conversaciones, no como esnobismo sino con un gran acervo de lecturas, amén de los clásicos consagrados, afloran los nombres de Roberto Bolaño, Villoro, Vila Matas, Rey Rosa, Castellanos Moya, Halfon… Hablo de Mario Gallardo, Armando García, Giovanni Rodríguez, Jorge Martínez, Gustavo Campos, Marta Susana Prieto… Desde Nueva York, Roberto Quesada, a través de columnas periodísticas, lucha por mantenerse vinculado a la vida cultural y política del país. En La Ceiba y Choluteca también hay mucha inquietud y se han publicado bastantes libros. Sin embargo, en estos dos últimos casos estimo que todavía la exigencia formal no ha calado en profundidad.

 

FM | Los movimientos locales, ¿estaban de acuerdo con las ideas de las vanguardias europeas correspondientes o acaso agregaban algo distinto?

 

HU | Con relación a la vanguardia, en Honduras, no hubo un grupo fuerte y cohesionado, capaz de hacerse oír a nivel nacional. Hasta bien entrado el siglo XX, los escritores de más prestigio como Froylán Turcios (1874-1943), Marcos Carías Reyes (1905-1949) y Rafael Heliodoro Valle (1891-1959) se mantuvieron alejados de la renovación vanguardista. Arturo Mejía Nieto (1900-1972), aunque emigró a la Argentina y enviaba sus obras y trabajos a las revistas del país, tampoco asumió a plenitud las tendencias contemporáneas. El grupo Renovación feneció en 1940, junto con su adalid, Arturo Martínez Galindo. La voz convocada, pese a que publicó un libro que recogió parte de la producción de sus integrantes, se disolvió antes de que algunos de sus miembros lograsen cuajar en el medio cultural (Merren, Galeas, Castelar y José Luis Quesada). Más que labor de grupos, el trabajo ha sido desde perspectivas muy individuales. Quizá habría que destacar la gran labor que, durante casi todo el siglo XX, desarrollaron las revistas literarias. En casi todas las cabeceras departamentales hubo revistas de amplia difusión. Incluso, los colegios, las organizaciones civiles y las dependencias oficiales tenían su correspondiente órgano de difusión. Asimismo, cada periódico se ufanaba de sus páginas culturales. Esta situación duró hasta la década del ochenta e hizo crisis hacia finales del siglo. Actualmente, en sentido estricto, se carece de ese tipo de canales de difusión.

 

FM | ¿Qué relaciones mantenían estos mismos movimientos con las corrientes estéticas de los demás países hispanoamericanos?

 

HU | En las primeras décadas del siglo XX, los contactos entre escritores fueron bastante fuertes. Entre 1924-1925 vivió en La Ceiba Porfirio Barba-Jacob. El guatemalteco Rafael Arévalo Martínez, en 1917, gracias a la intervención de Turcios, trabajó en un periódico de Tegucigalpa. Desde México, Rafael Heliodoro Valle y Arturo Mejía Nieto desde la inquieta Argentina, estaban en contacto con Honduras y, de alguna manera, eran un estímulo para los escritores del interior del país. En Guatemala vivieron o visitaron, por largas temporadas, Medardo Mejía, Ventura Ramos, Clementina Suárez, Alfonso Guillén Zelaya, Argentina Díaz Lozano, Paca Navas y otros. Por su parte, el salvadoreño Alberto Masferrer, especialmente con el teosofismo, ejercía un amplio magisterio en toda Centroamérica. El trabajo de Miguel Ángel Asturias era ampliamente valorado. Quizá, para ilustrar mejor este aspecto valga la pena citar al poeta guatemalteco César Brañas, quien traza un animado cuadro sobre las dos primeras décadas del siglo XX en Guatemala: “La Guatemala de entonces preocupábase intensa, febrilmente, por las bellas letras; se discutían los versos casi con tanto calor como las óperas o los toros… o –sotto voce– los desmanes de la dictadura o los deslices de bellas mujeres de la recatada y rigurosa sociedad metropolitana; se excitaban los elementos intelectuales al contacto, en la convivencia, con las vibrantes y ávidas juventudes Centroamericanas, predominantemente hondureñas y nicaragüenses, que Guatemala, y su desarticulada pero aún influyente universidad –decapitada por la dictadura de Barrios, artificiosa y efímeramente recompuesta para lucimiento de la dictadura de Estrada Cabrera en 1918–, albergaba y sobornaba con su prestigio tradicional. Son memorables los nombres que, en montón, saltan al recuerdo: entre ellos José María Moncada (nicaragüense), Antonio Barquero (salvadoreño), Andrés Largaespada (salvadoreño), Virgilio Zúñiga (mexicano), Alfonso Guillén Zelaya (hondureño), Gustavo A. Ruiz, Salvador Ruiz Morales, Hernán Robleto (nicaragüense), Ramón Ortega (hondureño), Hernán Rosales, Roberto Barrios, Julián López Pineda (hondureño), Juan Ramón Avilés (salvadoreño), Heberto Correa, Manuel Andino (salvadoreño), Andrés Vega Bolaños (nicaragüense), Mario Sancho (costarricense), y tantos más (…) El ambiente literario guatemalteco de 1914, con sus veladas poéticas, sus concursos literarios y las reuniones estudiantiles atraían a la capital de Guatemala muchos de los escritores y poetas de los demás países de América. Había una alegría y una camaradería literaria que jamás se había visto antes. (…) Se discutían los nuevos movimientos de literatura, sus propias obras literarias y las filosofías de Darwin, Comte, Marx, Freud y Nietzche.” (Hugo Cerezo Dardón, Porfirio Barba-Jacob en Guatemala y en el recuerdo, 1995: 47-48).

 

FM | ¿Qué aportes significativos de las vanguardias fueron incorporados a la tradición lírica y cuáles son sus efectos en los días de hoy?

 

HU | Una clara conciencia de que la poesía es, sobre todo, trabajo formal. Cuidado extremo del lenguaje. De ahí, la preocupación por elaborar una poesía atenta a manejarlo al margen de las fórmulas sumamente gastadas del romanticismo o modernismo. Está, también, la línea iconoclasta, cuestionadora del statu quo. La poesía conversacional. La anti poesía. La imagen creacionista. El Surrealismo (lo onírico, el irracionalismo poético, a lo Bousoño). El culto a la metáfora. La búsqueda deliberada de la oscuridad semántica.

 

FM | Los documentos esenciales de las vanguardias, ¿se han recuperado?, ¿es posible tener acceso a ellos?

 

HU | Aunque no hemos profundizado en este aspecto (puede ser que en las numerosas revistas exista algo al respecto), la impresión que tengo es que no hubo manifiestos o expresiones teóricas al respecto. Por lo menos, ningún crítico o estudioso ha dicho algo al respecto. Sin hipérbole, en Honduras, a nivel investigativo y crítico, está todo por hacerse.

 


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Escritura Conquistada – Poesía Hispanoamericana reúne ensayos, entrevistas, encuestas y prólogos de libros firmados por Floriano Martins, además de muestra parcial de su correspondencia pasiva.

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 - Escritura Conquistada - Poesía Hispanoamericana -

Floriano Martins

ARC Edições | Agulha Revista de Cultura

Fortaleza CE Brasil 2021



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