FM | ¿Cómo podemos hablar, a partir de tu propia poesía, del pensamiento
poético y de qué tarea humanística se convoca, de qué manera actúa, con una
determinación estética y también con su orientación comunicativa?
CB | Desde siempre el quehacer poético me ha parecido un profundo
misterio. ¿Por qué, me pregunto, me incliné o fui inclinado a escribir poemas
en mi adolescencia si hasta ese momento sólo había leído prosa? ¿O se trató de
un proceso interno que luego de años una mañana de lluvia derivó en un primer
poema? Tal vez nunca descubra la respuesta. Escribir poemas para mí es una
necesidad como alimentarme o respirar.
FM | Simpatías, parentescos, analogías, ¿cómo se relaciona tu poesía con
otros poetas, en cualquier tiempo o lugar, que tal vez te permita ubicarte en
una familia poética?
CB | El primer poema que me fascinó fue “El mar” de Borges. El
primer poeta que me subyugó fue Vallejo. Tan así fue que su poesía me persiguió
durante años e invadió mis poemas el extremo que debí luchar a brazo partido
para huir de su influjo. Luego, Eliot, Dylan Thomas, Wallace Stevens, Montale…
¿En una familia poética? No lo sé. Soy más bien un solitario. Jamás pertenecí a
grupo o capilla alguna.
FM | ¿Cómo se relacionan los poetas de tu país con otros poetas
hispanoamericanos? ¿Existe algún tipo de comportamiento histórico, cuyas causas
puedas explicar, que dificulten esta relación, no sólo en el ámbito de un
diálogo estético, sino también en caminos abiertos o cerrados respecto de
editoriales, revistas, la prensa etc.? ¿Operarían en este ambiente aspectos
ideológicos o la eventual incidencia tendría una connotación individual,
impulsada por alguna disputa o sentimiento de envidia? ¿Qué ha cambiado en este
ámbito en los últimos tiempos?
CB | Tengo amigos en el continente. Desde Argentina y Chile hasta
Canadá. Leo sus poemas. Ahora, fuera de ellos poco y nada sé. No sé qué
mecanismo o impedimento provoca la incomunicación. Creo que Internet ha
cambiado un poco la situación. Un poco, dije. En el fondo las barreras siguen.
¿Acaso no hay aquí y allá muros entre países, físicos y virtuales, en un mundo
que creyó que con la caída del muro de Berlín todo cambiaría?
FM | ¿Crees que es imprescindible que los poetas asuman la responsabilidad
de difundir obras de otros autores, no sólo en tu país, sino también en
Hispanoamérica, creando mecanismos editoriales, como editoriales y revistas?
CB | Por supuesto. En mi caso trato de colaborar con medios y
revistas. Hay jóvenes que fundan editoras y revistas. Me traen esperanza. Me
recuerdan mis días de editor de medios subterráneos, en los setenta.
FM | ¿Qué valoración se puede hacer del entorno de la crítica literaria,
incluyendo los estudios académicos, a lo largo de un siglo, en tu país? ¿Hubo
avances o retrocesos y, en ambos casos, cuáles fueron las razones y
consecuencias? ¿Hubo en algún momento la publicación de una Historia
Nacional de la Literatura, y cuáles son los aciertos y defectos de tal
libro, si es que existe algo así?
CB | Hay antologías, ensayos y una cantidad de críticos y críticas.
El futuro tendrá la última palabra.
(Camel, Cobh)
¿Aleta de pez para la hora torcida,
mujer para el minuto tortuoso?
El humo asciende desde la tierra,
por un momento creemos ver
el incendio que lo produce.
Engaño. Ninguna razón
para lo que sube,
para la sombra que desciende,
sin cuerpo, entre sombras y ramas.
El pez pregunta, queda entre
redes.
La mujer pliega su pañuelo,
siempre, al pie de la lluvia,
cuando nada ni nadie puede ser,
a sus ojos, animal, poliedro puro, niño.
Hay que dejar una huella de este viaje que la
memoria olvida, hay que, cuando es imposible,
escribir sin responder a las invitaciones novelescas
del dolor, no aprovecharse del sufrimiento como
de una música, hacerse atar la estilográfica al
pie si es necesario.
Cocteau, Opio
Se agita el último sello del cuerpo
y luego cae y queda un espacio sin sol
ni luna y una especie de peste única
bestia junto a bestia
cada una con su avena que no comparten
(dice el mal es fácil, hay una infinidad,
relámpagos contra postigos,
fatiga de la tierra, de las escamas)
y el mar que no devuelve lo que se lleva
y ella bajo el agua, ahogada
antes de saber de ovillos,
de penachos, de enteros y jirones,
de escudos, de charcas, de metales;
qué sino todo ahora se ennegrece,
resiste al torno, triunfa
sobre embates y embustes de amor,
estaca, pellejo, sí,
no fruta, memoria, galaxia.
No sé a qué hora, en qué lugar
pero sé de qué modo:
me dolerá y gritaré y mi grito resonará
en días que se contarán de a uno
hasta ser innumerables, en olas
que sólo serán espejos,
inmenso y extenuado mar
sin puertos ni náufragos.
Ni esperanza. O una esperanza
que apenas asiste,
en mera beneficencia casi burla;
en una pantalla,
juegos oscuros, indescifrables,
sombras que dialogan sin subtítulos
y, al fondo de cada escena,
un mundo sumergido:
(luces frías, en reflujo,
edad que vacila, tiembla y no pulsa,
manos que revocan un muro
que se alza sin base, consistencia
ni propósito)
Se refleja en los cristales...
Se
refleja en los cristales del día,
hora tras hora, mientras el mar golpea la costa,
su única, inmensa roca;
uno tras el aire que se hace viento
y huye, el amor que no se cumple
o se cumple demasiado lejos,
entre altas hierbas, no vencidas;
qué sabe o ignora,
no hay premio tras las huellas
en la arena, luego de tanto
y tan escaso, tan débil gesto;
por qué el extravío,
el óxido en la herramienta,
el brazo desnudo que no alcanza,
el incesante martilleo contra el basalto;
hasta que se cumpla
lo anunciado, cenizas en el fondo de un vaso;
férreo destino sin retorno.
Hubo un comienzo...
Hubo un
comienzo
para la bestia y el humano
como habrá un final
para mí y mi sombra.
Y para tu vientre y tu espalda
que ahora, todavía,
pueblan el mundo
y los astros, el agua y el fuego.
Mi sueño te convoca,
aquí y ahora,
te sitúa a un paso del ave,
desnuda de casi imposible desnudez.
Aún hay una ventana
que se ilumina,
al menos una
que, iluminada, te enmarca.
Aún avanzo, los ojos cerrados,
hacia donde respiras,
nunca en exceso,
contra un aire
que cumple con su destino de viento.
A una ausencia. Todo se reduce...
A Juan Antonio Rosado
A una
ausencia. Todo se reduce
a una nuez partida, a un tono
que vacila. Se hace la noche
en pleno día, el día
en plena noche. Ayuna
porque hay destino de desnudez;
come, se atraganta, porque hay,
desde siempre, demora, tardanza;
qué recoge en su palma
que no sea vida por otro usada,
desechada. Allí, ningún fruto,
lamento de animal enfermo;
hacia la resaca,
el hilo cortado,
la pérdida devenida en piedra,
un coro sometido a escarnio.
A un vacío. Débil,
pan de ciego,
tallo inclinado,
lo que muere y se lleva un secreto;
reniega de su edad, de su nombre,
atado a un vicio,
a los pedazos de un cristal quebrado,
puerta entornada: no se cierra del todo,
del todo no se abre.
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