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segunda-feira, 5 de outubro de 2026

FLORIANO MARTINS | Carlos Barbarito y las derivaciones de la vida

 


CARLOS BARBARITO  (Argentina, 1955). Poeta y crítico de artes plásticas. Son algunos de sus libros de poesía: Teatro de lirios, Parte de entrañas, Bestiario de amor, El peso de los días, Desnuda materia, La orilla desierta, Piedra encerrada en piedra, entre otros. En crítica de artes plásticas editó: Acerca de las vanguardias, en Arte argentino siglo XX y Roberto Aizenberg. Diálogos con Carlos Barbarito. Son varias las antologías que recogen su obra poética. Entre las distinciones obtenidas figuran: Premio Fundación Alejandro González Gattone, Premio Fondo Nacional de las Artes, Premio Dodero de la Fundación Argentina para la Poesía, Premio Bienal de Crítica de Arte Jorge Feinsilber, Premio Raúl Gustavo Aguirre de SADE, Premio Hespérides. Sus artículos, ensayos y demás textos fueron publicados en diarios, revistas y páginas de Internet del país y de Chile, Uruguay, Brasil, Colombia, Venezuela, Costa Rica, Cuba, Puerto Rico, México, Nicaragua, Estados Unidos, España, Portugal, Alemania, Reino Unido, Suecia, Rumania, Alemania e Italia. Sus textos sobre arte y literatura y su obra poética están traducidos, en parte, al inglés, francés, portugués y holandés.

 

 

FM | ¿Cómo podemos hablar, a partir de tu propia poesía, del pensamiento poético y de qué tarea humanística se convoca, de qué manera actúa, con una determinación estética y también con su orientación comunicativa?

 

CB | Desde siempre el quehacer poético me ha parecido un profundo misterio. ¿Por qué, me pregunto, me incliné o fui inclinado a escribir poemas en mi adolescencia si hasta ese momento sólo había leído prosa? ¿O se trató de un proceso interno que luego de años una mañana de lluvia derivó en un primer poema? Tal vez nunca descubra la respuesta. Escribir poemas para mí es una necesidad como alimentarme o respirar.

 

FM | Simpatías, parentescos, analogías, ¿cómo se relaciona tu poesía con otros poetas, en cualquier tiempo o lugar, que tal vez te permita ubicarte en una familia poética?

 

CB | El primer poema que me fascinó fue “El mar” de Borges. El primer poeta que me subyugó fue Vallejo. Tan así fue que su poesía me persiguió durante años e invadió mis poemas el extremo que debí luchar a brazo partido para huir de su influjo. Luego, Eliot, Dylan Thomas, Wallace Stevens, Montale… ¿En una familia poética? No lo sé. Soy más bien un solitario. Jamás pertenecí a grupo o capilla alguna.

 

FM | ¿Cómo se relacionan los poetas de tu país con otros poetas hispanoamericanos? ¿Existe algún tipo de comportamiento histórico, cuyas causas puedas explicar, que dificulten esta relación, no sólo en el ámbito de un diálogo estético, sino también en caminos abiertos o cerrados respecto de editoriales, revistas, la prensa etc.? ¿Operarían en este ambiente aspectos ideológicos o la eventual incidencia tendría una connotación individual, impulsada por alguna disputa o sentimiento de envidia? ¿Qué ha cambiado en este ámbito en los últimos tiempos?

 

CB | Tengo amigos en el continente. Desde Argentina y Chile hasta Canadá. Leo sus poemas. Ahora, fuera de ellos poco y nada sé. No sé qué mecanismo o impedimento provoca la incomunicación. Creo que Internet ha cambiado un poco la situación. Un poco, dije. En el fondo las barreras siguen. ¿Acaso no hay aquí y allá muros entre países, físicos y virtuales, en un mundo que creyó que con la caída del muro de Berlín todo cambiaría?

 

FM | ¿Crees que es imprescindible que los poetas asuman la responsabilidad de difundir obras de otros autores, no sólo en tu país, sino también en Hispanoamérica, creando mecanismos editoriales, como editoriales y revistas?

 

CB | Por supuesto. En mi caso trato de colaborar con medios y revistas. Hay jóvenes que fundan editoras y revistas. Me traen esperanza. Me recuerdan mis días de editor de medios subterráneos, en los setenta.

 

FM | ¿Qué valoración se puede hacer del entorno de la crítica literaria, incluyendo los estudios académicos, a lo largo de un siglo, en tu país? ¿Hubo avances o retrocesos y, en ambos casos, cuáles fueron las razones y consecuencias? ¿Hubo en algún momento la publicación de una Historia Nacional de la Literatura, y cuáles son los aciertos y defectos de tal libro, si es que existe algo así?

 

CB | Hay antologías, ensayos y una cantidad de críticos y críticas. El futuro tendrá la última palabra.

 

(Camel, Cobh)

 

¿Aleta de pez para la hora torcida,

mujer para el minuto tortuoso?

El humo asciende desde la tierra,

por un momento creemos ver

el incendio que lo produce.

Engaño. Ninguna razón

para lo que sube,

para la sombra que desciende,

sin cuerpo, entre sombras y ramas.

El pez pregunta, queda entre redes.

La mujer pliega su pañuelo,

siempre, al pie de la lluvia,

cuando nada ni nadie puede ser,

a sus ojos, animal, poliedro puro, niño.

 

Hay que dejar una huella de este viaje que la

memoria olvida, hay que, cuando es imposible,

escribir sin responder a las invitaciones novelescas

del dolor, no aprovecharse del sufrimiento como

de una música, hacerse atar la estilográfica al

pie si es necesario.

 

 

Cocteau, Opio

 

Se agita el último sello del cuerpo

y luego cae y queda un espacio sin sol

ni luna y una especie de peste única

bestia junto a bestia

cada una con su avena que no comparten

(dice el mal es fácil, hay una infinidad,

relámpagos contra postigos,

fatiga de la tierra, de las escamas)

y el mar que no devuelve lo que se lleva

y ella bajo el agua, ahogada

antes de saber de ovillos,

de penachos, de enteros y jirones,

de escudos, de charcas, de metales;

qué sino todo ahora se ennegrece,

resiste al torno, triunfa

sobre embates y embustes de amor,

estaca, pellejo, sí,

no fruta, memoria, galaxia.

 

No sé a qué hora, en qué lugar

pero sé de qué modo:

me dolerá y gritaré y mi grito resonará

en días que se contarán de a uno

hasta ser innumerables, en olas

que sólo serán espejos,

inmenso y extenuado mar

sin puertos ni náufragos.

 

Ni esperanza. O una esperanza

que apenas asiste,

en mera beneficencia casi burla;

en una pantalla,

juegos oscuros, indescifrables,

sombras que dialogan sin subtítulos

y, al fondo de cada escena,

un mundo sumergido:

(luces frías, en reflujo,

edad que vacila, tiembla y no pulsa,

manos que revocan un muro

que se alza sin base, consistencia

ni propósito)

 

 

Se refleja en los cristales...

 

Se refleja en los cristales del día,
hora tras hora, mientras el mar golpea la costa,
su única, inmensa roca;
uno tras el aire que se hace viento
y huye, el amor que no se cumple
o se cumple demasiado lejos,
entre altas hierbas, no vencidas;
qué sabe o ignora,
no hay premio tras las huellas
en la arena, luego de tanto
y tan escaso, tan débil gesto;
por qué el extravío,
el óxido en la herramienta,
el brazo desnudo que no alcanza,
el incesante martilleo contra el basalto;
hasta que se cumpla
lo anunciado, cenizas en el fondo de un vaso;
férreo destino sin retorno.

 

 

Hubo un comienzo...

 

Hubo un comienzo
para la bestia y el humano
como habrá un final
para mí y mi sombra.
Y para tu vientre y tu espalda
que ahora, todavía,
pueblan el mundo
y los astros, el agua y el fuego.
Mi sueño te convoca,
aquí y ahora,
te sitúa a un paso del ave,
desnuda de casi imposible desnudez.
Aún hay una ventana
que se ilumina,
al menos una
que, iluminada, te enmarca.
Aún avanzo, los ojos cerrados,
hacia donde respiras,
nunca en exceso,
contra un aire
que cumple con su destino de viento.

 

 

A una ausencia. Todo se reduce...

 

A Juan Antonio Rosado

 

A una ausencia. Todo se reduce
a una nuez partida, a un tono
que vacila. Se hace la noche
en pleno día, el día
en plena noche. Ayuna
porque hay destino de desnudez;
come, se atraganta, porque hay,
desde siempre, demora, tardanza;
qué recoge en su palma
que no sea vida por otro usada,
desechada. Allí, ningún fruto,
lamento de animal enfermo;
hacia la resaca,
el hilo cortado,
la pérdida devenida en piedra,
un coro sometido a escarnio.
A un vacío. Débil,
pan de ciego,
tallo inclinado,
lo que muere y se lleva un secreto;
reniega de su edad, de su nombre,
atado a un vicio,
a los pedazos de un cristal quebrado,
puerta entornada: no se cierra del todo,
del todo no se abre.

 

 

 

 


 

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