FM | ¿Cómo podemos
hablar, a partir de tu propia poesía, del pensamiento poético y de qué tarea
humanística se convoca, de qué manera actúa, con una determinación estética y
también con su orientación comunicativa?
CG | Mi poesía es la
expresión de lo que siento a partir de mi filosofía de vida. Como todo
pensamiento filosófico, convoca a un tejido de intercambio sensible entre
humanos a través de una cierta idea de belleza.
FM | Simpatías,
parentescos, analogías, ¿cómo se relaciona tu poesía con otros poetas, en
cualquier tiempo o lugar, que tal vez te permita ubicarte en una familia
poética?
CG | Desde muy joven fui
tocada por la poesía francesa, Baudelaire, Verlaine, y del modernismo
vanguardista de Julio Herrera y Reissig. Después, mi propio tiempo histórico,
me llevó a sentirme hija de la poesía española de la generación del 36 y de los
uruguayos del 45. Supongo que mi poesía se construyó como un tejido que abriga
el destemplado de la realidad humana, poesía social, sin permitirse caer en lo
burdo, intenta conservar lo simbólico, su belleza.
FM | ¿Cómo se relacionan
los poetas de tu país con otros poetas hispanoamericanos? ¿Existe algún tipo de
comportamiento histórico, cuyas causas puedas explicar, que dificulten esta
relación, no sólo en el ámbito de un diálogo estético, sino también en caminos
abiertos o cerrados respecto de editoriales, revistas, la prensa etc.?
¿Operarían en este ambiente aspectos ideológicos o la eventual incidencia
tendría una connotación individual, impulsada por alguna disputa o sentimiento
de envidia? ¿Qué ha cambiado en este ámbito en los últimos tiempos?
CG | Los poetas
uruguayos son considerados como de muy buen nivel, por los colegas y el medio
literario americano y más. Somos un pequeño país con muy buenos poetas. Eso no
sucede sólo con los poetas sino con los artistas en general. También con los
deportistas. Como si se desarrollara aquí un raro nicho de calidad. La pequeñez
territorial y de población también nos juega en contra. No nos es fácil acceder
a la edición, difusión, prensa. El perfil del uruguayo en general, no es de
andar atropellando, y si no sale del país, puede quedar atrapado y silenciado.
La tecnología, los medios cibernéticos, las redes sociales, han ayudado a ir
cambiando un poco todo eso.
FM | ¿Crees que es
imprescindible que los poetas asuman la responsabilidad de difundir obras de
otros autores, no sólo en tu país, sino también en Hispanoamérica, creando
mecanismos editoriales, como editoriales y revistas?
CG | Si, claro. Crear
redes. Tender puentes. Tejer. Es, debe ser, parte fundamental de la
construcción cultural humana.
FM | ¿Qué valoración se
puede hacer del entorno de la crítica literaria, incluyendo los estudios
académicos, a lo largo de un siglo, en tu país? ¿Hubo avances o retrocesos y,
en ambos casos, cuáles fueron las razones y consecuencias? ¿Hubo en algún
momento la publicación de una Historia Nacional de la Literatura, y cuáles son
los aciertos y defectos de tal libro, si es que existe algo así?
CG | En la 2da mitad del
s20 hasta aquí, hay en mi país una cierta ausencia de crítica, tal vez en
sintonía con la desaparición de unas generaciones importantísimas y un quiebre
o cambio histórico que se da con la última dictadura. Hoy, se vislumbran líneas
de critica desarrolladas en ciertos grupos de poder intelectual, pero se
percibe también un movimiento venido de un lugar menos culturoso, la gente
artivista, así como otro, venido de una oficialidad que representa elites
socioeconómicas, que intenta hegemonizar la cultura. Yo pienso que nos hallamos
frente a otro quiebre histórico y que es muy posible que estemos a la puerta de
un salto cualitativo que sintetice todo esto y cristalice en una crítica acorde
a un tiempo nuevo. Hay sí Historias de la Literatura. Y pueden ser leídas en
sintonía con lo antedicho. Hay otros valiosos libros que antologan desde
miradas específicas. Pero hay también mucho disperso e ignorado, que debería
sistematizarse.
(cóndor)
iba
con ojos
colgando de su pico
también llevaba sesos
y vaginas
úteros
lenguas
y testículos
yo creí
que era de pura mala suerte
habérmela topado
pero hoy
vuela otra vez
y lleva mi útero en su pico
acompaña su vuelo
una bandada
de aves que conozco
una de ellas ostenta
lo que pudo
menoscabar de mi sesera
otra, agita victoriosa un ojo
mío
otra, mi lengua de amar
mi bella lengua de decir te
quiero
desde ahora
sólo habrá por ojo la palabra
por matriz la poesía
y conjugarla
será la última forma
de mi lengua
(hilo)
soy una mujer que lo ha perdido
todo
vine al planeta con ese vaticinio
siempre lo supe y sin embargo
amé a rabiar, como si no lo
supiera
si algo de luz quedara en lo que
amé
aquí lo dejo, apenas llevo
la enseñanza de que nacemos
solamente
para manifestar el universo
ese despótico chorro
inextinguible
en el que somos apenas un
relámpago
estoy volviendo a donde no
existen clanes
ni familia ni propiedad privada
tal vez por eso fui perdiéndolo
todo
hoja por hoja rama tras rama,
todo
menos el hilo que me ata a la
vida
por la gracia del arte y la
palabra.
(hilo 2)
uno se acostumbra a perderlo
todo
los dedos de la abuela trenzando
el tiempo
en la fina y sedosa cabellera de
la infancia
el viejo mazo de cartas
donde el nonno escondía el
desarraigo
su raíz
su pavorosa soledad
la guerra
la compañera de escuela que se
fue
justo cuando cambiamos
aquella dificil figurita
las plantillas mojadas
en el vaso de té de la tía
Morocha
los hijos perrunos, de quienes
aprendemos
la arbitrariedad de las especies
la fútil compartimentación
y la incondicionalidad -tal vez,
la única
el hijo de goma, me refiero al
muñeco
maikol se llamaba el mío
vaya a saber por cuál mundo
vagaba
aquella gurisita que eligió
un bautizo tan gringo para el
hijo
el piano, polichinela, marcha
turca
taquito militar, la polonesa
envoltorio rosado, hermana
grande
ese fugaz rincón de luz,
guitarra
ah, la guitarra ...
después uno pierde otras cosas
a conciencia, o por error
la libertad
privilegios
vocación
la juventud
el tiempo
y ya sin madre sin padre sin
hermanos
uno ve cómo chorrean
entre los delicados hilos de la
red
los hijos de la carne y de los
huesos
las horas cada vez menos
posibles
las imágenes de todos los
espejos
y uno no entiende nada
o más bien, no entiende cómo
no se dio cuenta antes
que iba a perderlo todo.
LA
CRÍTICA
1. Reseña de La Flor de la locura, por
Gustavo Esmoris.
Si como alguna vez se dijo, la poesía es la
fundación del ser por la palabra, esta comunión entre lo interno y lo externo,
si es auténtica, trasciende lo meramente personal hacia un lugar donde lo
unitario y heterogéneo hablan a través de la pluma del poeta de turno. Desde
esa instauración de lo poético, en un balance sorprendente entre lo clásico y
las vanguardias de los sesenta, donde la presencia de Eliseo Diego no parece
para nada casual, Cecilia Gianlupi nos sorprende con un estilo personal
reconocible, en el que sobresale un dolor transparente por el ser humano y por
todo aquello que vive y está condenado, representado en esa palabra , en esa
fundación o refundación del ser, que de tan fuerte ni siquiera se abstiene de
incluir la onomatopeya de aquello que le duele al mundo, ese “ay” reivindicado
desde la canción popular, para resignificarlo desde el hondo lugar desde el
cual se escribe, activando “Esa dulce corteza donde cuaja el momento / en que
la flor por fin se hace palabra”. Un dolor propio en carne ajena, que en ningún
momento olvida la belleza, incluso cuando se proyecta hacia “la gota de sangre
que bajó por una pierna / y el escupitajo con un diente que flota”; un dolor
que no excluye esa búsqueda donde la ilusión se mantiene como una bandera en
alto, y donde todo el planeta parece caber en una callecita cualquiera de
Montevideo. En esa dialéctica poética y vital, lo negativo suele dar paso a lo
positivo; toda la ingeniería social y política parece desprenderse de estos
textos sin renunciar a lo esencialmente poético, en un equilibrio bien
sostenido entre lo angustioso y lo esperanzador. Desde ese lugar, desde ese
permanente aquí y ahora, la poeta nos sorprende, y a la vez nos insta, con una
amplia gama de tonos, a veces oscuros, a veces luminosos, a ingresar en
nosotros para desembocar en el otro. Esta condición de su escritura impone una
innegociable experiencia para le lector, en la que no hay lugar para el
escepticismo o el abatimiento; por el contrario, en las páginas de este libro
se dejan entrever múltiples caminos, invitando q un viaje donde esa palabra
fundacional de lo humano se vuelve tan necesaria. Por todo eso, “La flor de la
locura” es un libro que en ningún momento se plantea la imparcialidad. Mientras
nos internamos en su geografía, las sendas que se abren en cada verso se
multiplican y nos llevan con ellas, en una forma de tránsito que solo se
alcanza con la verdadera poesía; mariposas rojas, blancas y negras, de todos
los colores, invitando a esa celebración que siempre tiene lo humano como
destino.
2.
Reseña de Las horas posibles, elegía del Río de la Plata, por Alfredo
Alzugarat
Elegía
ha querido llamar la autora a este poemario, convocando a una forma poética que
arranca desde el comienzo de los tiempos y que más que un homenaje a los que se
han ido es un intento profundo de asumir la vida, la pasada y la por venir.
Porque si “las horas posibles” son las que tenemos por delante, las que nos
están aguardando, las que habrá que hacer nuestras; las horas pasadas, aquellas
de las que nos preguntamos qué se hicieron, cómo se fueron, son las que
condicionan nuestro diario existir y conviven con nuestro presente.
En esas horas pasadas está la madre que se añora, los
caballos azules de un mundo azul, la niñez en un pueblo lejano y en un tiempo
sin fin. Son signos que nos conducen a un paraíso irremediablemente perdido al
que se quiere volver desesperadamente. Porque luego viene la juventud y el
tiempo del amor vividos como en una guerra: asediada, desprotegida -dice la voz
de la poeta: “entre rapaces / que degüellan flores / sonriendo” – Y llegan los
muertos queridos, tan entrañables, los que se llevan con uno a todas partes y
en todos los momentos, los que interpelan y obligan a definirse y explorar los
más recónditos sederos del alma. Los que nos preguntan dónde estamos, qué
hacemos, los que caben en un mismo hueco, pasajeros sin retorno que dan dolor
pero que también provocan el canto, el verso, la palabra.
La poeta de este libro es una sobreviviente de un mundo
consumido pero que permanece, que sabe que debe seguir adelante pese a todo,
porque vale la pena seguir adelante, por los hijos, por los que vendrán, por
las horas posibles. Porque sabe que “siempre habrá semillas / más abajo”. Por
eso su entraña se desgarra y se desdobla, “soy todo lo que fui y ya no soy /
(como el perfume evaporado vuelto esencia)”, proclama, y en un brevísimo poema
-casi una cifra- su obra nos habla de cicatrices con memoria, donde perdura “el
dolor inolvidable / de la herida”. Em esa dialéctica de contrarios
irreconciliables -de ser y no ser, de cicatrices y heridas, de pasado y
presente, de dolor y superación, de muerte y vida -con esa pesada mochila, la
poeta canta con voz dolida pero severa, firme, tajante, en versos tan meditados
como contenidos, y, lo que es más importante, canta con vos propia, auténtica.
No solo a sus muertos sobrevivió la poeta. Sobrevivió
también a las cárceles de la dictadura, cárceles pergeñadas para anular al ser,
para destruir y deshumanizar. Cecilia Gianlupi conoció ese mundo que ella
describe de baldosas rajadas, de colores grisáceos, del chocar de talones, de
hombres desdentados, y en ese mundo, como muchas otras y otros, aprendió el
valor de la palabra y de la memoria. Es alguien más que permite reafirmar que
en la resistencia a esas cárceles triunfó el arte y que de esa experiencia
límite nacieron muchos narradores y poetas de hoy y de mañana.
De la Cecilia Gianlupi ex presa política quiero citar
unas frases que ella escribió a propósito de un libro en el que se publicaron algunas
cartas de una compañera de prisión. Allí, en ese otro libro, recuerda el sitio
exacto donde se la confinó, la unión con sus compañeras, y los recursos
elementales que les permitieron seguir viviendo. “Era un barracón de presas
niñas en el que aprendí a ser una presa. Allí trataron otra vez de aniquilarme
y gracias a mis compañeras aprendí a dar batalla con la tozudez, la
complicidad, el abrazo, la música. Como un mismo rostro de un solo cuerpo muy
joven y dolorido pero enhiesto, prodigando abrazos para recibir o despedir
compañeras, paseando al sol alrededor del galpón, repitiendo un poema,
ejerciendo la unión por encima de cualquier bandera, hicimos de la risa una
trinchera.”
Creo que también así es posible ver a la autora, a la
poeta, como una sobreviviente que lejos de claudicar a desventuras y
sinsabores, pone en alto la risa de la niña que fue. Que resiste con la risa y
con la poesía. Que con dolor construye.
Tal vez por eso es que nos dice que “si por suerte no
morimos / nos volvemos un ser / irremediablemente dolorido / que cuando se
permite sonreír / es capaz de convertir el infierno en maravilla”.
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