FM El tema del surrealismo me parece que todavía contiene un sin-número de perspectivas por explorar. Una de ellas, por ejemplo, es la que toca a la comprensión que artistas e intelectuales tienen con respecto a la realidad cotidiana, las fuerzas que mueven la vida de la gente. Recordemos a Breton que decía en un discurso en 1922 que tanto deseaba –hasta entonces, por lo menos- una revolución sangrienta, como si fuera esta la manera con que la gente podría liberarse de toda forma de opresión. Pero lo que pasa es que el control de la revolución implica una nueva forma de opresión, y mejor lo había comprendido Rene Daumal, al decir que en toda sociedad el pueblo es el que más comprende la dialéctica, porque no la mira desde una perspectiva intelectual, sino que la vive intensamente. No quiero aquí referirme únicamente al error del acercamiento del surrealismo al comunismo, pero antes de tocar un punto que me parece tener un alto grado de equivocación y de permanente renuevo entre los artistas de todas partes –ya no importa que sean surrealistas o no-, el cual es el abismo que muy pocos logran evitar entre la realidad concreta y su idealización de esta misma realidad. El surrealismo, justamente por haber propuesto una subversión en la lectura del tema, seguro podría haber dado un aporte más grande al mismo, lo que acabó no ocurriendo. Que te parece si empezamos nuestro dialogo por aquí, hablando de las cosas cotidianas que entraran en la poesía y la plástica surrealista, pero que no lograran de todo entrar en la dimensión humana, en el carácter de la mayor parte de los artistas y poetas del surrealismo. ¿Hay en todo eso una contradicción, o es natural que así pase entre creadores y vida real?
FM Pero la libertad hay que sacarla de adentro, desentrañarla como si fuera lo mejor de cada uno de nosotros, poetas o no, ya no importa, porque el límite entre la libertad y la sumisión no puede ser dado por la creación artística. Un poema no puede garantizar un mundo mejor para nadie, ni siquiera para quien lo escriba. La libertad como “un nacimiento perpetuo del espíritu” como lo quería Paul Eluard, si, pero que se realice como tal, que sea algo mas allá que simple libertad de expresión o exaltación retórica. Lo que ha pasado con el surrealismo, en lo peor, es que ha tocado en muchas heridas, todas ellas fundamentales para el desarrollo de un nuevo hombre, pero no las pudo abrir con la vehemencia necesaria, con un grado más intenso de actuación, haciéndolas sangrar sin restricciones, destrozando incluso sus pudores más cotidianos, que hicieron que muchos no fuesen más allá de una fantasía de la libertad. Es por eso que se debe volver siempre a la importancia de aquellos que trataron de pelearse más febrilmente con los temas de la locura, la hipnosis y la mística, como mencionas arriba. Son categorías fundamentales que fueron tratadas con esa fuerza mágica de fundir vida y obra en casos como los de Gherasim Luca, Georges Bataille, y los que bien recuerdas: Desnos, Daumal, Artaud. Y así en otras categorías, como el humor negro, la histeria, las doctrinas herméticas, el amor loco, lo maravilloso, donde se pueden ubicar tantos poetas y artistas importantes, lo que nos estimula pensar sobre las razones de cierto fracaso del surrealismo en términos de esa misma relación propuesta como punto central del movimiento, la relación no de todo imposible entre vida y obra. El concepto de libertad es la mejor trampa para develar la hipocresía de una sociedad. El mismo surrealismo no ha escapado de esa trampa, sobre todo cuando estaban en juegos los postulados morales del movimiento. Si volvemos a la fuente primigenia, a las tres piedras básicas –poesía, amor y libertad- ya veremos que la última fue, bajo el punto de vista moral, siempre condicional, una teoría con restricciones prácticas de toda orden. Aquí podríamos enumerar casos los más abyectos tratados directamente por Breton con respecto a las opciones sexuales o al comportamiento social. Pero no hay que cuestionar al surrealismo aisladamente por eso, no pasando de mala fe las sospechas o rechazos de sus críticos que le niegan importancia tomando por base tales aspectos. Hay dentro del surrealismo muchos artistas y poetas que no incurrieron en esas fallas, al mismo tiempo que la historia de la creación artística esta rellena de casos los más lastimables de hipocresía. La verdad es que jamás se supo contestar a que función debe atender un poeta en la sociedad que le toca vivir. Cuando abrimos al azar las páginas de un libro lo que nos suena mejor al espíritu son los versos que allí se encuentran, y cambian las preferencias de un lector para otro, siendo el grado de sensibilidad de cada uno lo que determina cual la mejor imagen, el mejor poema. La biografía del autor sigue importando más a la promiscuidad del mercado. Los malos versos amorosos de Paul Eluard siguen exitosos y sin depender de las contradicciones de su carácter, así como los descubrimientos de tantas equivocaciones en las traducciones de los textos bíblicos no afectan la fe de un solo cristiano en todo el mundo. Pero en verdad la sinceridad es un atributo considerable, la gente cree en la sinceridad como la piedra indispensable para que se mueva su vida. Si la religión, la política y el mercado trataron de envenenar su nido sagrado, la sinceridad no podría perder su referencial en el arte, lo que dejaría el mundo sin respuesta, o peor, en manos de sus brújulas falseadas, sus malos profetas. Por eso sigue siendo fundamental volver al tema, recordando la fuerza que le dio el surrealismo, su percepción de que “lo que califica la obra surrealista es el espíritu en el que ha sido concebida”, esa creencia incondicional en la sinceridad del creador, volver siempre al tema como quien busca las pistas para el fracaso de la especie humana. Si, pues no se trata de un fracaso del surrealismo.
Ahora bien, si reflexionamos en Dadá, es decir, si es posible reflexionar sobre algo que nos exige la no-reflexión para su comprensión, o aprehensión, vemos que Tzará y sus amigos de Zurich querían tirar la última piedra, y en efecto, la tiraron. Pero la tiraron tan lejos que todavía no podemos saber dónde cayó. Muy por lo contrario, el surrealismo si bien tiraba piedras, las tiraba a objetivos cercanos, que no estaban más lejos que la casa del vecino de Breton, o el Café de Flore, o un bar de Montparnasse. Y es por eso que todavía está con nosotros, no importan sus metamorfosis, de lo cual sería bueno que habláramos después. Porque estas piedras, dirigidas contra una sociedad marcada por los desperdicios de la lógica y la razón, que habían llevado el pensamiento occidental a los despropósitos económicos de la burguesía, o al horror asperjado por la guerra, caen precisamente en el blanco de los ojos de los europeos de comienzos de siglo. Más adelante empezarán a repercutir en nuestras sociedades latinoamericanas, cuando éstas dejan de ser sociedades semi-feudales para empezar con su lento proceso de industrialización. De allí su valor hasta hoy en día.
Pero si retomamos las críticas al surrealismo vemos que seres tan distantes, poética e intelectualmente, como Ezra Pound y Pablo Neruda, coinciden en crear para el surrealismo una atmósfera de cobardía, de poetas acorsetados como señoritas finas, o de escapistas de una realidad que ellos quieren encontrar como fuente ineludible para la poesía. Podemos ver que los problemas de crítica al surrealismo se entrecruzan entre los que defendían una realidad que necesitaba modificarse pero no cambiarse totalmente, verse con ojos lúcidos pero no alucinados, y los que no entendían el forcejeo de las metáforas surrealistas para sacarlos de las gavetas donde los habían metido Descartes y sus amigos de pensamiento lógico y racional. Recuerdo que un amigo poeta, muy dentro de la corriente de la poesía como razón y pensamiento, me dijo un día que le gustaba mucho cómo yo terminaba uno de mis poemitas en prosa, y quería saber cómo había hecho para llegar a ese verso final. Yo le dije que había sido un hacer automático, que la verdad es que no lo había pensado sino que así había salido, sin mucho esfuerzo. Desilusionado, mi amigo poeta me dijo que ahora, al saber su extraño origen, ese verso había perdido todo valor para él.
AR Yo no sé a ciencia cierta si uno llega al surrealismo o éste le llega a uno un día cualquiera, cuando menos se lo espera. Yo creo que estaba sentado en mi casa del Barrio Obrero de Cali, ya hace mucho tiempo, cuando de improviso apareció esa luz montada en el cuadro de un poema de Prevert, que hablaba de un desayuno bañado en amor, y que venía como apéndice de mi libro de aprendizaje de francés. Desde ese entonces la poesía surrealista se apoderó de mi casa, se metió por los corredores, sacó el gato de su agujero, espantó a las hormigas, y allá sigue encaramada en el abovedado, gracias a la escalera de un viejo maravilloso a quien llamábamos Don Pacho. Entonces para peor, cuando creí que me salvarían los poemas de amor de Neruda, o los caballos verdes de Lorca, se desencadenó sobre toda la ciudad el torrencial Pellegrini, y ya todo fue inundación. Ya no había perros sino “licántropos”, los peces en la mesa eran “solubles”, los poetas todos eran “poetas negros”, cualquier dolor de muelas era “la capital del dolor”, las navajas eran “las armas milagrosas”, en el cementerio todos los cadáveres eran “exquisitos”, y “tanto soñé contigo” que las potenciales noviecitas salieron corriendo, huyéndole aterrorizadas a la “unión libre”. No había remedio, yo era un poeta surrealista, y por primera vez se justificaba que no me cambiara las medias a menudo.
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Un día de enero de 2010, bajo el invierno en Ohio, Estados Unidos, caminando por las calles internas de la Universidad de Cincinnati, el colombiano Armando Romero y el brasileño Floriano Martins deciden preparar un libro que sea un recurrido por la creación poética y sus lecturas del surrealismo. Así comienza el diálogo, con esas palabras que acabamos de leer. La foto de los dos poetas la firma Socorro Nunes. El libro continuará. El contacto con ellos es armando_romero@msn.com y floriano.agulha@gmail.com. La página está ilustrada con obras de Luisa Richter (Venezuela).
El período de enero de 2010 hasta diciembre de 2011 Agulha Revista de Cultura cambia su nombre para Agulha Hispânica, bajo la coordinación editorial general de Floriano Martins, para atender la necesidad de circulación periódica de ideas, reflexiones, propuestas, acompañamiento crítico de aspectos relevantes en lo que se refiere al tema de la cultura en América Hispánica. La revista, de circulación bimestral, ha tratado de temas generales ligados al arte y a la cultura, constituyendo un fórum amplio de discusión de asuntos diversos, estableciendo puntos de contacto entre los países hispano-americanos que posibiliten mayor articulación entre sus referentes. Acompañamiento general de traducción y revisión a cargo de Gladys Mendía y Floriano Martins. |
domingo, 16 de novembro de 2014
El surrealismo mientras camina por las calles con | Floriano Martins y Armando Romero
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