Ciertos
ayeres es un libro singular, diferente, dentro de la
ya robusta y siempre excelente obra poética de César Bisso, reconocido
habitualmente por su registro fluvial, fiel a su Coronda natal; es decir, fiel
a sí mismo.
Y no
quiere decir que Bisso no escribiera sobre otros temas que no fueran el río
(aunque allí, uno disfruta el núcleo esencial de su poesía, en múltiples
títulos a lo largo del tiempo: El otro río, Isla adentro, la
antología Las trazas del agua, Un niño en la orilla, De abajo
mira el cielo, entre otros) y el universo de islas, arroyos, pescadores.
Tampoco
quiere decir que aquí esté ausente el río. No. También aquí tendremos un
pescador, que es como una canoa extraviada; también aquí las cosas y el tiempo
son atrapados por el rumbo circular de los remansos. En este libro hay,
igualmente, un Sueño líquido que vuela por el cielo de abajo.
Quiero
precisar la idea: César Bisso es uno de nuestras grandes voces poéticas y su
registro no se limita (aunque ello solo alcanzaría) al río y al asumido poeta
fluvial que es, sin disimulo, pleno de matices, sutil, siempre renovado.
Este
poeta nuestro ya ha probado sobradamente que puede con otros temas, tonos,
formatos, como en su libro La jornada o en sus bellos Haikus felinos.
Aquí vuelve a su sanguíneo Coronda, pero en un doble rol de poeta y cronista
para salir al rescate de Ciertos ayeres.
Esto es,
acontecimientos, algunos personales, otros colectivos, que marcan y dan
identidad a un lugar: sus mitos, sus historias, sus personajes y ese puñado de
hechos que si no rompen la lánguida monotonía cotidiana del pueblo (por
ejemplo, por usar palabras del poeta, la hora sumisa de la siesta), muchas
veces se rememoran en reuniones y peñas amanecidas.
No es la
tarea rigurosa de un historiador; ni siquiera la de un cronista o un reportero
(Bisso es también periodista y desde luego tiene ese oficio incorporado), no al
menos en la selección de esos ayeres. Pero sí sabemos desde el título mismo que
son hechos del pasado, determinados, ciertos; esos y no otros. Y en este punto
sorprende una vez más el poeta con un libro pleno y vibrante.
Una de
las claves de ese registro está también en el título (algo que Bisso trabajó
hasta encontrar la síntesis deseada y finalmente virtuosa), en el vocablo ciertos,
que funciona aquí como adjetivo, pero que remite de inmediato a la sustantiva
certeza.
Son ayeres,
sí, rescatados por la memoria y por la poesía, sí; pero son ciertos en su doble
acepción en este caso: en su carácter selectivo (insisto: esos y no otros) y en
su contenido de verdad: son ciertos, no inciertos. Son verdaderos, no ficción,
tamizados, claro, por la sensibilidad del poeta que, lo sabemos, mira
diferente.
Y si me
detengo largamente en esta cuestión, es porque todo el libro oscila
luminosamente entre ambos términos contenidos en el título.
La
poesía, que es canto, que tiene esencia oral, aunque nos olvidemos a veces, ha
mantenido desde sus mismos orígenes su capacidad de crónica y de registro de
hechos (en versos), en la mayoría de los casos relacionados con la épica: el
relato de hazañas, el registro de batallas, conquistas.
En
prácticamente todas las lenguas, los inicios de la poesía están ligados a una
cosmogonía o a la conquista de un territorio. También el castellano, nuestro
idioma hermoso y fundante; aunque aquí hago la salvedad que, más allá del Cid o
los cantares de gesta, jarchas mediante (esas pequeñas cancioncillas mozárabes
que sonaban como quejas de amor), tuvo también un comienzo lírico.
En
América y en nuestro país, no hay por qué remontarse a Martín del Barco Centenera
u Olegario Víctor Andrade: nuestro José Pedroni narra, desde la lírica,
una épica. La inmigración, uno de los emblemas de la poesía pedroniana, cabe
sin inconvenientes en la categoría épica.
Así lo
vio, por ejemplo, Edelweis Serra, quien centró uno de sus trabajos en detectar
“la voluntad arquetípica” de la gesta de la inmigración en la obra del autor de
Gracia plena.
Y
tenemos a mano también Aquella noche de corpus, cronicón poemático
de Mateo Booz (sí, Mateo Booz, uno de los padres del cuento por estas tierras,
escribió también poesía), que narra en versos el levantamiento de los 7
Jefes, en la temprana Santa Fe de 1580.
En Ciertos
ayeres no hay como tal una épica, ni tampoco la poesía de Bisso es,
genéricamente, narrativa; tampoco hay un único hecho o una gesta
enfocada como asunto. Pero hay una mirada, selectiva y aguda, sobre, una vez
más, Coronda.
Ello
incluye las anónimas y queribles mujeres del poema que abre el libro: Hubo
madres que forjaron una vida sencilla. / Cada mañana desperezaban a los hijos /
con un tazón de leche caliente / al tiempo que sus hombres partían al trabajo…
Todo
está allí desde el primer verso: decir hubo madres es como decir que hubo un
tiempo; es decir había una vez: comienza la crónica, la selección de ciertos
ayeres ciertos.
Estas
madres son de Coronda, pero también de cualquier pueblo nuestro (en mi caso, viajé
al patio de mi abuela Marga y la vi barriendo): es capacidad del poeta postular
lo particular como general, llevarlo a la arquetipicidad de la que
hablaba Serra, convertir lo anónimo en gesta.
Ese
gesto mínimo e íntimo de rescate de madres y padres (lo hace en el poema que
inaugura la segunda parte del libro y que se llama precisamente “Padres”),
leemos estas aliteraciones de jotas, eses y erres para los manuales: …
abonan una historia de linaje urbano. / Jenízaros de usanzas criollas, /
forjados en el ajetreo del patio y la cocina…).
También
la presencia en el texto de una hermana, del abuelo Domingo, son patrimonio
interior del poeta cronista, esa suerte de pequeño dios del tiempo, ese
Cronos que somos y vamos dejando de ser.
Y así
como se anhela la otra orilla y se arroga ese viaje porfiado, del río que puja
incesante de norte a sur; así como vemos el afuera como desafío; aparecen a la
par la cocina o el patio, con una configuración casi mítica, como un territorio
de intimidad, como un reino soberano vívido y vigente, traídos, elevados por el
verso. Condensa una épica sencilla y casi secreta, ahora compartida.
Entonces,
del mismo modo en que hay poemas anónimos, que sólo la mirada y la
palabra del poeta pueden rescatar (ciertos ayeres), también hay otros hechos
que forman parte del colectivo corondino, lo ayudan a definirse, tanto como los
ríos, las frutillas o las islas.
Los
poemas “Mataderos” (que alude al nacimiento de Coronda, en 1664), “El paso de
Urquiza” (1851), “Alfonsina”, “El último aduanero”, “Raid (dedicado a la
nadadora Teresa Plans) o “Una avioneta cae sobre las aguas” (ciertos ayeres,
también), refieren a hechos y personas muy precisos, que son parte de la
historia.
También
caben en la crónica del poeta y conforman esa trama plena de identidad
que Bisso reconstruye, canto mediante.
En la
segunda parte de libro surgen otros escenarios urbanos y esporádicos lugares,
como también evocaciones de personajes que habitan la espaciosa memoria del
poeta.
En todos
los poemas, aquí y allá, hay versos que se encienden y brillan por sí mismos,
como si fueran esas lexías (unidades mínimas de sentido) de las que hablaba
Roland Barthes.
Cito al
azar, caprichosamente, algunos: la entereza de quien camina para adentro…; la
radionovela del crepúsculo…; o ese río que Avanza. No regresa por nadie…; o
esas garzas que vuelan como suaves hebras blancas / por encima de los
pajonales... Aquí, todo resplandece. El libro es generoso: hay casi cincuenta
poemas, breves algunos; con mayor despliegue, otros.
Hay
además citas y pequeños textos y dedicatorias, que remiten a otros versos y a
otros autores, conformando una suerte de red, que el análisis, pretencioso,
llamará corpus u objeto de estudio; o se hablará de intertextualidad (cualquier
libro de cualquier autor es la suma de sus lecturas), pero que nosotros,
lectores, traducimos simplemente como belleza.
César
Bisso ya sabe, hace rato (y lo actualiza aquí, en plena posesión de estilo),
que nadie / puede oírnos si hablamos con voz ajena... También sabe que abajo se
oculta lo esencial...
Es la
asunción de sí mismo y del colectivo que integra (un espacio y un tiempo que
llamaremos Coronda, por aquello de pintar la aldea, pero que se postula
universal) y al que le pone voz, sabia, reflexiva voz, en estos Ciertos
ayeres: Con los años aprendí dónde estar.
La
Universidad Nacional de Litoral, a través de Ediciones UNL, publicará
próximamente la obra reunida de César Bisso, que incluirá poemas
correspondientes a dieciséis libros editados entre 1975 y 2025. Representan
cincuenta años de trayectoria poética.
Si
hubiera que definir concisamente la situación existencial del poeta César
Bisso, diría que el verso gratitud de la fascinación condensa y resuelve
la cuestión en dos palabras.
Gratitud
en primer lugar, porque en efecto es la suya una condición consciente de los
bienes que ha recibido del paisaje y las personas que lo rodean desde su
nacimiento hasta hoy, gratitud por la belleza natural del lugar que le ha
tocado en suerte, por la bondad de sus comprovincianos.
Es
precisamente ese haber recibido lo que coloca al poeta en la situación de poder
retribuir. La eficacia de la fórmula gratitud de la fascinación estriba
en que destaca a la abstracta fascinación como destinataria última y definitiva
de la apertura vital, lo cual viene a significar que es ella la que lo lleva a
dar las gracias por el don de quedar fascinado, por haber hecho de él un poeta.
Hay una
orilla de enfrente en todo lo que la naturaleza ofrece, vale decir una
distancia en el núcleo de lo próximo, una lejanía que atrae, que encanta y
exige una réplica, una palabra vibrante de atención, un poema. Es como un
diálogo: la realidad inquiere silente con su maravillosa fuerza de atracción y
el poeta responde con la palabra maravillada.
César
Bisso se define a sí mismo como ente fluvial, definición que se comprende
porque ha nacido en Coronda, a la vera del bello río del mismo nombre. El río,
heraclitianamente, se transforma en imagen del tiempo que fluye, que nunca se
detiene:
El tiempo enfervoriza: sé música,
anímate a cruzar cielos de utopía.
Esta es
la consigna del agua que discurre en los poemas del libro, una consigna que
lleva al poeta a rescatar ocasiones de ciertos ayeres que no se olvidan.
Inolvidable es, en efecto, el encuentro con Borges, cuando visitó Santa Fe
acompañado por el joven párroco Jorge Bergoglio. Sucedió cuando Bisso era
alumno del segundo año de la Escuela Industrial Superior:
¿Qué significa para usted el lenguaje?
Tuve la osadía de preguntárselo a Borges
desde mi perplejidad de niño desmañado.
Ignoraba quién era el insólito visitante.
Allí estaba, sentado a la mesa del bar.
Un bastón en mano presidía las palabras.
Sobriedad -respondió con voz fatigosa-.
El sol es luminoso, nunca indecible.
La
rotunda afirmación del oráculo, pronunciada hace medio siglo, se incrustó para
siempre en la conciencia de Bisso; se incrusta en la nuestra a partir de este
momento, también para siempre.
Un buen
ejemplo de esa ponderada sobriedad es el poema dedicado a Juanele, un texto
tramado con extrema economía, muy sugerente, ya que logra trazar el perfil de
la persona con un esbozo hecho de pura ausencia, una proeza mallarmeana, en
cierto modo:
La pesada balsa cruza el río.
Despereza el cielo quiloaza.
Movedizas torres de greda
se inclinan pesadamente.
Un duende alumbra el agua.
Cautiva el humo oriental,
su cabellera de sauce,
la acrobacia de los juncos.
El poema trenza otras voces.
Pierdo la balsa de retorno.
NÉSTOR LUIS FENOGLIO (Argentina, 1964). Se desempeña como
periodista y columnista en el diario El Litoral, medio del cual es
Secretario de Redacción. Obtuvo diferentes premios, entre ellos el premio José
Cibils para poetas jóvenes que organiza la Asociación de Escritores
Santafesinos (1984) y el Certamen Anual Leoncio Gianello, en cuento, premio
edición compartido (2004). Participó como integrante del Proyecto de
Investigación Semiótica y Pedagogía del Espectáculo, en cuyo marco fueron
publicados por la UNL trabajos de su autoría. Sus textos integran distintas
antologías. Publicó En medio de la noche (Primer Premio Municipal de
Poesía, 2000), Nacimiento Último (Premio Edición José Rafael López Rosas
de poesía, 2004) y Desde este cuerpo (2007). Con los ojos de entonces
y Las razones del armiño aún están inéditos.

JAN ŠVANKMAJER (República Tcheca, 1934). Artista surrealista,
marionetista, animador e cineasta, é conhecido por suas releituras sombrias de
contos de fadas famosos e pelo uso vanguardista da animação stop-motion
tridimensional combinada com filmagens em live-action. Alguns críticos o
elogiaram por privilegiar os elementos visuais em detrimento do enredo e da
narrativa, outros por seu uso de fantasia sombria. Adaptou obras literárias
como Alice e Fausto. Sua obra Šílení (2005, Loucura)
foi descrita como uma história de terror cômica que demonstra a influência do
escritor americano Edgar Allan Poe e do nobre francês Marquês de Sade. Hmyz (2018,
Inseto) é baseado na peça Ze ivota hmyzu (1921, A Peça dos
Insetos) de Karel e Josef Čapek.
A obra plástica de Jan Švankmajer nos acompanha nesta edição de Agulha
Revista de Cultura em que é nosso artista convidado. Também podemos
encontrar uma reveladora entrevista que lhe fez Floriano Martins, publicada em
três idiomas.
Agulha Revista de Cultura
Número 265 | junho de 2026
Artista convidado: Jan Švankmajer (República Tcheca, 1934)
Editores:
Floriano Martins | floriano.agulha@gmail.com
Elys Regina Zils | elysre@gmail.com
ARC Edições © 2026
∞ contatos
https://www.instagram.com/agulharevistadecultura/
http://arcagulharevistadecultura.blogspot.com/
FLORIANO MARTINS | floriano.agulha@gmail.com
ELYS REGINA ZILS | elysre@gmail.com