sexta-feira, 16 de julho de 2021

BERTA LUCÍA ESTRADA | La caída, la nada y el silencio en la poesía de Carolina Zamudio



El trabajo poético de Carolina Zamudio (Argentina, 1973) es denso, a veces impenetrable, es un trabajo muy elaborado, donde cada palabra tiene exactamente el sitio que le corresponde. Su poesía no es anecdótica ni facilista; por el contrario, se sumerge en mares insondables, tortuosos; y aún así leerla es una experiencia que se transforma en un gran goce estético e intelectual.

Al menos es lo que he sentido con la lectura de su libro Rituales del azar (Éditions Villa-Cisneros, Toulon, 2017), en una hermosa y cuidada edición del traductor y editor Rémy Durand (Francia), una publicación bilingüe que le permite al lector navegar entre las dos lenguas, pasar de una a otra como quien se contempla en un espejo de agua; no como lo hiciera Narcizo, sino para solazarse con la belleza de sus imágenes, así duelan como una espina invisible que es lanzada al centro mismo del cosmos.

 

I Parte – Rituales del Azar

Rituales del azar invita a muchas lecturas, a muchas interpretaciones, a muchos viajes. Y cuando hablo de viajes lo hago pensando en la Poesía Simbolista, un viaje al interior de sí mismo, en una especie de travesía del río Aqueronte, sólo que no hay barca, ni Caronte nos pide óbolos para llevarnos a la otra orilla. Es un viaje que debemos hacer por nuestros propios medios, y sabemos que será imposible salir indemne de dicha travesía.

Podemos ahogarnos o bien podemos respirar nuevamente. Sin embargo, si logramos tener la cabeza afuera, y evitar que los remolinos jueguen con nosotros como si fuéramos marionetas en manos de los dioses que no ríen, de esos que se hacen llamar agelastes, habremos de alcanzar la otra rivera, aunque ya no seremos los mismos.

Ahora bien, entremos en el libro, y para hacerlo hay comenzar por su título: Rituales del azar.

Y si hablo del título es porque considero que en él está la clave de los poemas que contiene el poemario; es decir, es el compendio del discurso que desarrolla a todo lo largo del libro; dicho de otra forma el título Rituales del azar es el logos en toda su dimensión.

Un título debe ser, en la medida de lo posible, por no decir siempre, bitácora y aguja naútica, y aunque se navegue por mares ignotos, y la nao sea sacudida por tormentas, la bitácora y la brújula sabrán finalmente llevarnos a una playa segura, así la mayoría de las veces sea desconocida.

Rituales del azar es de por sí todo un reto.

Recordemos que los rituales se basan en repeticiones ad infinitum en el que los gestos y las palabras poco o nada cambian con el transcurrir del tiempo; podría incluso verse como una conducta o costumbre adquirida a través de la cultura; en otras palabras es el ethos, tal y como lo concebía Aristóteles.

En cambio el azar es algo imprevisto, desconocido, no sabemos que va a pasar en el minuto siguiente, ni siquiera sabemos si aún estaremos con vida. Y es ahí precisamente donde esos dos conceptos se entrelazan y se hacen necesarios el uno al otro.

Recordemos que la bitácora también es vista como un cuaderno de a bordo donde se registran todas las maniobras del piloto que conduce el bajel; como el estado del tiempo o las visicitudes vividas durante la navegación. Y aún así, por más que todos los contratiempos y aciertos, vividos a bordo, estén debidamente anotados, nada asegura que en el minuto siguiente la marea no cambie y que un temporal sacuda la carcaza desde la proa hasta la popa; poniendo en peligro a la nave y a sus tripulantes. Ésto es en cierta forma el azar.

Ahora desmenucemos esa hermosa palabra: AZAR

María Moliner, en su Diccionario de uso del español (Editorial Gredos, España, 3a edición, 2007), nos explica que la palabra azar viene del árabe andalucí azzáhr y del árabe clásico zhar, palabras que quieren decir dado. O sea, cuando los eventos no obedecen a decisiones divinas ni a fenómenos naturales, sino a lo que pueda surgir de un momento a otro, algo inesperado, dejando así las decisiones al azar; como en un juego de dados en los que se juega la vida misma.

Rituales del azar es el compendio del pathos que Carolina Zamudio va a desarrollar a todo lo largo de su discurso poético. Para explicar un poco esta premisa habría que recordar que pathos se refiere al discurso con el que un autor espera cautivar y capturar al lector.

La bitácora llamada Rituales del azar se convierte a su vez en una línea muy delgada en la que el lector –léase funámbulo– va a caminar tratando de no caer en el abismo que sortea la existencia humana. Es por ello que el título es un gran acierto que abre el umbral de una poiesis muy elaborada, en la que ningún verso sobra. Recuérdese que la poiesis tiene el poder de transformación de la realidad; podría decirse que es la fuente que da origen a la vida, de ahí su carácter ontológico y metafísico incontestable. Y por supuesto, hay que recordar a Heidegger cuando habla de la poeisis como una especie de iluminación; característica incontestable del trabajo poético de Carolina Zamudio.

Un lenguaje metafísico:

 

El lenguaje metafísico ya estaba presente en un poema titulado Centro y Fin, que aparece en su primer libro La oscuridad de lo que brilla:

“La vida no está allá/ni entonces./La vida es esta/… sensación de pozo seco/de colmena abandonada/de centro y fin”. (La oscuridad de lo que brilla, Carolina Zamudio, arte poética press, New York, 2015, pág. 16)

 

Para entender el aspecto ontológico y metafísico de Zamudio leamos uno de los poemas de Rituales del azar:

 

Sin red

En tierra de mariposas/a la caza de sofismas./Sin red./La noche tiene un balcón/con la vista hacia dentro./A veces ingreso.///Amo el silencio que duerme/la casa. Y yo/todo agita/yo muchos, ninguno,/desde afuera hacia un bullicio único/que todo ancla/vierte./Noche: tus pasillos me develan/el infinito/y ese yo./Los otros claudican. (Rituales del azar, Carolina Zamudio, Ediciones Villa-Cisneros, abril 2017, pág. 36)

 

Analicemos algunos de sus versos:

 

Sin red./La noche tiene un balcón/con la vista hacia dentro./A veces ingreso.

¿Cómo no pensar en un eterno funámbulo y en la eterna caída –la chute-, a la que hace alusión Camus? Porque esa es la existencia humana, un eterno salto al abismo, a la nada –léase néant-.

Es por ello que el poema Codicia nos revela la palabra clave de su poesía: Hueco.

“hueco de luz amanecido ancla” (Rituales del azar, op cit, pág, 42).

 

Un vacío sin fondo, sin redes que mitiguen la caída o que la interrumpan. De ahí el miedo atávico a lo desconocido, el pavor de las tinieblas que rodean la chute inherente a la existencia misma. El ancla es invisible, mitiga la caída y aún así no la impide. Recuerda que la condena de los dioses es ineludible, y que el Hades es el único puerto posible.

El Hades –o Haides– morada de los muertos, es visto en la tradición cristiana como pozo de suciedad o tumba; este último es un concepto que viene del hebreo Sheol o Scheʼóhl, el cual también puede ser traducido como hoyo, infierno o sepulcro; lo que explica porque los judíos denominan al Holocausto con el nombre de Shoah.

O sea, la caída y el hueco, a los que hace alusión Carolina Zamudio, son el eterno viaje hacia la muerte que todo ser humano emprende desde el momento mismo de la concepción; y por supuesto debe ser leído como condena, o castigo, a los que ningún ser humano le es dable escapar.

Es por ello que la poeta dice:

 

La misma noche suspendida en el tiempo/… la misma noche, el mismo olor (Poema: Y dejó de ser silencio) (Rituales del silencio, op cit, pág, 54)

 

Una hermosa forma de hablar de la muerte, de la finitud, de la mortalidad vista, por supuesto, como el secreto de la condición humana y de su inconmensurable fragilidad y soledad.

Y luego:

 

como alguien que leyó el destino/y se dejó ser silencio (Idem)

 

Y en el poema Centro y Fin (del libro La oscuridad de lo que brilla) que ya hemos citado leemos:

El vacío tiene el peso del mundo/de lo absoluto/El vacío es la medida del mundo.

 

No hay concesiones, ni perdones, solo hueco (vacío), noche (tinieblas) y silencio (muerte). Ese silencio sideral que ensordece y sume en el delirio a esta especie que desea ser inmortal, aún a sabiendas que sólo es una ínfima partícula que navega en el aire y que está destinada inexorablemente a desaparecer de la faz de la tierra.

Y luego la muerte surge con toda la intensidad de un ritual perenne, inmortal; no todo podía ser azar, así el juego de dados también sea eterno.

Veamos otro de sus poemas:

 

Otoño

Si muero en otoño/seré redimida por mi falta de fé./Si muero en otoño/mi cuerpo vuelto polvo/volará al fin libre/–cadencia hoja–/ocre, amarillo.//Si muero en otoño, joven/viva quizá con tezón/en las mujeres de mi descendencia./Pues si muero en otoño este canto/será un presagio dulce lanzado de madrugada/al arrullo de los espasmos de mi madre que duerme la casa de la infancia.//Si no es otoño, acaso, que alguien sepa/que la dulzura de castañas/la íntima penumbra de un atardecer cualquiera/hubiera sido el escenario certero/para deshojar de una vez, ese, el día. (Rituales del azar, op. cit, pág. 66)

 

La poeta, elegida para narrar la historia -su historia-, sabe que es una hoja barrida por el viento, una pequeña hoja que navega por centurias, tanto pasadas como futuras. Como hoja sacudida, balanceada por el viento –como si se tratase de un cuerpo en una hamaca sempiterna– sabe que es sólo una extensión de un antiguo árbol, en este caso de un castaño, pero también podría ser de una sequoia (un árbol que vive entre dos mil y tres mil años, alcanza una altura de 115.61 metros –sin contar la inmensa longitud de sus raíces–, la circunferencia de la base del tronco puede medir 7.9 m.; en otras palabras, un árbol milenario e indestructible. Y así los vientos sean huracanes y las lluvias tempestades, no hay fuerza de la naturaleza que los abata; están ahí como testigos inmortales, como individuos que ven pasar los siglos y los milenios, mientras siguen un ritual en el que desgranan al azar una a una las semillas que vendrán a acompañarlos en esa fiesta que se llama eternidad.

Por eso la poeta hace alusión a las:

 

mujeres de mi descendencia/…. al arrullo de los espasmos de mi madre/que duerme la casa de la infancia (Poema Otoño) (Idem)

 

Y luego, en otro poema de igual calidad poética, dice:

 

Los zapatos de la muerta en la hamaca. …Era el patio de la casa de mi madre. Mi casa. Era la hamaca de mis hijas. Esos zapatos eran de la muerta. ¿De quién? Sólo supe que había muerto. (Poema Los zapatos de la hamaca) (Rituales del azar, op. cit, pág. 68)

 

Más no así su memoria:

 

Mi conciencia en reposo se resiste a morir./Despierta y vive muertes./Cierta memoria aún vive en mí./O vivo para revivirla./Al alba, junto conmigo. (Idem)

 

La poeta, testigo de su tiempo, testigo de los tiempos, sabe que su ascendencia y su progenie son indestructibles, inmortales; así a veces la muerte cruce el umbral de su casa.

Y en el poema Mis muertos dice:

 

“Llevo mis muertos en mí./Vienen de mañana a extasiarse en mi mano” (Rituales del azar, op. cit, pág. 72 y al que volveremos luego)

(como si fuesen pájaros que vienen a recoger la semilla que perpetuará la descendencia –o sea, un ritual–, y al diseminarla la dejan caer en diversos lugares, algunos cercanos y otros lejanos –o sea, el azar–).

“cuando acarician luminosos/las frentes de mis hijas./Uno mira al espejo/en mis ojos/de un pardo más ocre que verdoso/asomando enigmático por los párpados caídos/de otro muerto que vive en mí/hasta que la muerte nos separe”. (idem)

Los rituales finalmente le ganan la partida a ese juego de dados llamado azar.

Un espejo de dos caras:

Para desarrollar esta idea de un espejo de dos caras es necesario recordar uno de los versos del poema Codicia:

un hueco de luz amanecido ancla / (Rituales del azar, op. cit, pág. 42)

 

y leer el poema Luz:

 

Sola. /No madre, no hija, no amante. /Artesana, camina entre las dudas. /Las certezas son del sol. /Con lágrimas, es de porcelana. /Cuidado con tocarla. /Se quiebra.//Agnóstica y maltrecha./El vientre curtido de desgarros/cuchilladas. (Rituales del azar, op. cit, pág. 56)

 

Con estos dos poemas Carolina Zamudio nos pone frente a un doble espejo:

 

El de la izquierda: es el espejo de la frágil condición humana, el que se quiebra en millones de partículas.

2. El de la derecha: es el insondable misterio de ser mujer en un universo que también se quiebra en cada respiración, en cada segundo; testigo mudo de la caída al vacío en que está suspendida esta especie que escribe poesía y que trata de sobrevivir agónicamente entre la belleza y el desamparo.

¿Cómo salir incólume después de esta lectura?

 

II Parte – La oscuridad de lo que brilla

En su primer libro, La oscuridad de lo que brilla, ya están las claves del universo poético de Carolina Zamudio.

Veamos los versos del poema Un trozo de vidrio poema que también forma parte de Rituales del azar:

 

Nada tengo y todo al mismo tiempo./Río de ideas/que se alimentan en algún arroyo/denso de infancia. (La oscuridad de lo que brilla, op. cit, pág. 18)

 

La poeta se reconoce a sí misma como poco menos que un grano de arena que viaja de duna en duna, como en un intervalo fugaz.

 

La copa de la mano/como toda medida del ahora. (Idem)

 

Como única salida al desamparo encontramos ese espacio invisible y étereo que Carolina Zamudio identifica como el espacio denso de infancia.

Y el poema continua:

 

Pasado y futuro no importan./Intervalo fugaz/–ya no es–./Aquí hay /un trozo de vidrio. (Idem)

 

Y con los versos denso de infancia/ La copa de la mano / un trozo de vidrio, llegamos al umbral de su búsqueda, o al menos entramos a la gruta donde guarda los arcanos que le permiten la creación poética:

 

¿Tal vez es el umbral invisible entre el pasado y el futuro?

¿Es esa gruta el único puerto posible y verdadero?

Y cuando digo puerto,

¿es necesario pensar en la palabra muerte?

 

Al menos es la huella que deja en los dos últimos versos del siguiente poema titulado Teoría sobre la belleza:

 

La belleza abraza la luz de la muerte/o desata la nebulosa de la vida. (La oscuridad de lo que brilla, op. cit, pág. 20)

 

Y si hablo de esa huella es porque el libro La oscuridad de lo que brilla es un diálogo perpetuo entre poema y poema. Las claves de su poesía, los arcanos a los que ya había hecho alusión, van saliendo de la oscuridad; la poeta los da a luz –o bien se dan a luz a sí mismos–, se iluminan, brillan a medida que se avanza en la lectura; como si se tratase de un juego de rayuela en el que se salta de cuadro en cuadro -léase de poema en poema-.

No en vano en este poema (Teoría sobre la belleza) se encuentra la palabra clave, la que ilumina el título del libro:

 

“La belleza habita en la oscuridad”. (Idem)

 

En el poema Arraigo encontramos un árbol, una presencia cuasi totémica en el trabajo de Carolina Zamudio; en este caso preciso es un roble. Las raíces, muchas veces milenarias, son la representación del sedentarismo, de la identidad, del arraigo; no obstante, un árbol también es nomáde, viaja a través de sus semillas diseminadas a diestra y siniestra por el azar; incluso puede viajar a través de sus raíces que crecen sin ton si son; otra vez el azar.

 

Quizás sea un roble/cuyas raíces son ramas/que tanto anclan un fondo…///Exilios ciertos…/la casa es campo de batalla/el cuerpo la casa.//…. Jardinera del desarraigo. (La oscuridad de lo que brilla, op. cit, pág. 24)

 

El exilio y el desarraigo son palabras que podrían considerarse como sinónimos; son conceptos que denotan una infinita soledad y un dolor indecible; puesto que la poeta se reconoce a sí misma como un ser escindido.

Y es en el poema Atardecer de culto donde esta idea de desarraigo llega a su paroxismo:

 

Atardece. Un párpado a punto de cerrarse./Un dios que no es mío/ofrece sus prodigios. (La oscuridad de lo que brilla, op. cit, pág. 30)

 

La poeta-árbol aunque tiene raíces ha emigrado, ha dejado sus semillas en otras latitudes, y sus ramas han sido batidas por otros vientos ajenos a su tronco; allí donde otros dioses la contemplan en ese juego perenne llamado Rituales del Azar.

Y luego en Malva, un poema de hondo contenido metafísico, dice:

 

El árbol que expía mi tarde/por obstinación de savia/es también hoy sombra. (La oscuridad de lo que brilla, op. cit, pág. 34)

 

En este poema vemos que los contrarios se necesitan para ser nombrados, para reafirmar su existencia:

 

Vida versus Olvido. Un olvido (sombra) que reemplaza a la muerte. ¿Por qué acaso hay una muerte más categórica que el olvido?

 

Sin embargo, la poeta se niega a desaparecer, se niega a ser olvido y sombra; y por eso en el poema Invocación dice:

 

Una línea en el horizonte sobre el mar dejó la lluvia (La oscuridad de lo que brilla, op. cit, pág. 36)

 

Sabemos que la muerte genera un nuevo renacer. Idea que se hace materia en el poema Parirse:

 

Parirse ¿se puede?/… volver a nacer como un acto inaugural.

 

Otra vez la idea de diseminar semillas del libro Rituales del Azar. La misma que encontramos en el poema Corte (del libro La oscuridad que brilla):

 

Dar un aparte mía/ que sería mejor que dar los ojos/para que alguien descifre/los atardeceres con los que me debato… una pierna/ darla sería regalar esa cojera/ con la que a veces voy de tarde/el regazo, para pesar la noche (La oscuridad de lo que brilla, op. cit, pág. 42)

 

Este poema es un compendio filosófico sobre la soledad atávica que azota al ser humano como si fuese un vendabal; de esos que arrasan todo lo que encuentran a su paso. Y aunque la poeta sabe que está irremediablemente sola, también es consciente que es una prolongación de un antes y la antecesora de un después. Es consciente de venir de una raíz, de crecer como tronco, moverse como una rama y desperdigarse como semilla.

Estos versos encuentran su culmén en Vals:

 

Desmembrada/las manos olvidan/a que brazos se unían (La oscuridad de lo que brilla, op. cit, pág. 44).

 

Este poema es una metáfora vista desde esa soledad infinita que es la muerte –léase nada–; vista desde el cuerpo desmembrado que se busca y se arma a sí mismo, como si fuese un eterno rompecabezas.

Por eso en Despojada leemos:

 

Cálida noche desde un marco/verde el árbol, la noche negra/el mar que se oye gris./Despierta porque nada abriga/solo ella, los ojos dentro/la memoria en alguien/que se quiere morir./Verde la noche, ella negra, dentro gris. (La oscuridad de lo que brilla, op. cit, pág. 64)

 

Veamos uno solo de sus versos: los ojos dentro

No hay necesidad de espejos, no hay nada que contemplar; como no sea el inmenso océano de soledad y silencio que habita en nuestro interior. Esa memoria atávica que encadena y libera al mismo tiempo; que se convierte en laberinto.

 

Laberinto

¿Qué hago con la noche?/¿qué conmigo ella?/llenar el vacío/con los hilos del recuerdo.//Personaje inacabado la noche. Ausencia./No sé a qué huele neutral y aterradora/flor marchita por escasez/¿qué hay en esa caja que me entrega?/¿qué voy a darle?//Una carta en laberinto/alas que se congelan cerca de la luna/no caemos ¿lo ves?/mito de la inmovilidad busca la noche, yo un mensaje:/cobijémonos hasta que nos derrita un sol. (La oscuridad de lo que brilla, op. cit, pág. 66)

 

¿Cómo no pensar en el hilo de Ariadna? ¿O en Teseo? ¿O en Dédalo e Ícaro?

La carta, el mensaje, o sea la memoria que guía en la noche; no como un Teseo que se orienta con los hilos de Ariadna, sino un Teseo que tiene como faro los hilos del recuerdo. La evocación nocturna es vista entonces como una especie de paraíso perdido; como el único lugar donde se encuentra al menos un segundo de reposo.

Ese momento único e impalpable antes de la caída definitiva; esa que puede ser aplazada, más no aniquilada. Porque la caída es precisamente aniquilamiento, olvido, oscuridad. Por eso la poeta habla de alas que se congelan cerca de la luna. En otras palabras, otra lectura del mito de Dédalo e Ícaro. Las alas de cera no se derriten, se congelan; así que podemos vislumbrar una caída en suspenso, congelada; pero no por ello menos ineluctable.

Otro compendio filosófico es el poema Desolación Rítmica:

 

Busco un espejo en la indecisión/…rumbo a perderse oscura nada/ asirme a algo, el día me suelta/huérfana caigo ante el tiempo/… en puntillas abandona la luz/busca la noche:/ … rata enorme huyendo a un escondrijo/predestinación de nada/… un hilo de algo que se va/me salvo de caer hacia el futuro, aunque no quiera. (La oscuridad de lo que brilla, op. cit, pág. 70)

 

Nuevamente la caída y la poeta se reconoce huérfana, le son negados los asideros en el tiempo; y en la oscuridad, la magia del espejo desaparece.

Y en el verso “predestinación de nada” vemos la condena: “un hilo de algo que se va”, el hilo que se rompe inlectublemente…: la caída, el escape, la huída, la fuga… “me salvo de caer hacia el futuro, aunque no quiera” (Idem)

¿Adónde cae entonces? ¿Es en realidad una salvación? Si es así, ¿De qué se salva la poeta? ¿Qué hay en el futuro que no quiere ver?

¿O es acaso una salvación nihilista?

He aquí el meollo de ese enigma que la poeta nos plantea.

Recuérdese que el Nihilismo (del latín nihil: nada) es una corriente filosófica que se basa en la negación de los supuestos sentidos de la vida. También puede entenderse como la imposibilidad de un verdadero conocimiento o la negación misma de la existencia y de todo lo que nos rodea; incluso es la negación de la moral.

Y ese concepto de la Nada (nihil) toma forma en el poema Y se dejó ser silencio:

 

La misma noche, el mismo olor/como alguien que leyó el destino/y se dejó ser silencio (La oscuridad de lo que brilla, op. cit, pág. 108)

 

Estos versos hablan de la sapiencia, de la sabiduría que llega con el silencio. Ya se había visto que el silencio en la poesía de Carolina Zamudio puede entenderse como la muerte, o sea el silencio total; en otras palabras, es la carencia de sonidos, de música; y al ser un silencio nocturno se niega la existencia de imágenes; no hay espejos que reflejen objetos, no hay nada. Y ese concepto de nada, hay que verlo como el néant al que se hacía alusión anteriormente.

¿Acaso hay una peor condena que le néant? Léase muerte.

Veamos el poema Mis muertos

 

Llevo mis muertos vivos en mí./Vienen de mañana a extasiarse en mi mano/cuando acarician luminosos/las frentes de mis hijas. Uno mira al espejo/en mis ojos/de un pardo más ocre que verdoso/asomando enigmático por los párpados caídos/ de otro muerto que vive en mí/hasta que la muerte nos separe. (La oscuridad de lo que brilla, op. cit, pág. 118. Este poema también aparece en Rituales del azar.)

 

Mis muertos cierra el universo poético de Carolina Zamudio. Su lectura permite entender que sólo somos extensiones de los demás, los vivos cargamos los muertos y ellos se contemplan y viven en nuestra descendencia.

Para terminar diría que su poesía nace de los contrarios tan necesarios a la existencia misma. Son las luces y las sombras, La oscuridad de lo que brilla, lo que le permite al hombre permanecer al mismo tiempo que se sabe finito y que por lo tanto tiene que sucumbir ante el vacío, ante la nada, ante el silencio.

Esos contrarios le permiten al hombre nombrar, nombrarse, reconocer, reconocerse; otra forma de luchar contra el olvido (muerte).

La obra de Zamudio conduce al lector por laberintos de desamparo. Los enfrenta a sus propios fantasmas, y los hace llamar a gritos a los demonios que los habitan; y ellos caminan por la cuerda floja como si fuesen funámbulos en busca de un precipicio donde arrojarse en una caída sin fin. O como si resbalaran en un terreno cenagoso o fuesen tragados por arenas movedizas, o bien perderse para siempre en terrenos baldíos, hostiles y desconocidos; lo que por supuesto genera temor, desazón e incertidumbre.

La lectura y el análisis de su poesía es mirar el lado oculto de existencia humana; ese hueco negro que nos atrae hasta el fondo. Y en esa caída ineluctable pasamos del paraíso al infierno. Lo que quiero decir es que la poesía de Zamudio nos enfrenta a dos lecturas diferentes; y cada una de ellas es de una riqueza invaluable. No en vano la vida misma nos hace bascular entre la alegría y la pesadilla a todo lo largo de nuestra existencia y de nuestro paso efímero por este planeta llamado Tierra.

Un gran honor leer a esta poeta tan cara a los colombianos.

 

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