sexta-feira, 1 de julho de 2016

FLORIANO MARTINS | Poesía en Bolivia: la pieza que falta



● Investigaciones sobre la tradición lírica en Bolivia en el siglo XX – Parte I

El poema es parte del mundo. No hay un solo poema fuera del mundo. La poesía es un juego de puentes entre el hombre y el mundo; un juego entre el espacio y el tiempo, entre el misterio y la mirada razonable de toda existencia. Aquello que puede despertar una lectura lúdica es la razón de ser del humano. No importa el credo, la ideología, la técnica; es siempre resultado de la expresión de lo que llevamos en nuestro interior, de nuestro deseo, máscara o fantasía de comunicación. Por eso la poesía es una revelación. Y revelación que es, al mismo tiempo, continuación del misterio, la llave para seguir viviendo.
Como siempre tratara de recordar Robert Graves, “lo que más beneficia a un poeta es el conocimiento y la comprensión de los mitos”, dos elementos fundamentales que, sin embargo, no resultan sin la presencia de la magia poética, talento o potencia creadora. Una tradición lírica, en consecuencia, es más fuerte cuando toma en cuenta dichos aspectos. Y su comprensión exige la escisión con todo que no está de acuerdo con su esencia ulterior, con la riqueza necesaria a su formación estética.
Tal vez el mayor obstáculo que ha enfrentado el modernismo en Hispanoamérica sea el hecho de que le ha tocado inventar una tradición. Su tarea máxima fue encontrar fuerzas para una alquimia inaplazable —la de mezclar la multiplicidad de mitos locales con aquellos que llegaron con el colonizador europeo—. Este desafío alquímico exigía igualmente la creación de un lenguaje propio, lo mismo que la destreza para engendrar nuevos temas. El reto estaba en penetrar los misterios parnasianos y simbolistas, estimar sus conquistas, manejar sus configuraciones y salir desde allí como innovadores.
En el caso boliviano, en particular, existe una dificultad agregada: la equivocación de lectura de Franz Tamayo (1879-1956), uno de sus intelectuales más influyentes en el paso del siglo XIX al XX en lo que respecta a las características simbolistas y parnasianas, desconociendo no solamente esas distinciones como la reacción a ellas desde otros poetas hispanoamericanos. La situación se agrava debido al hecho de que su poesía no corresponde con el impulso de su crítica. Tamayo rechazó todo intento de renovación del lenguaje poético, evocó un helenismo ajeno a la realidad de su tiempo, rindió culto a la forma de modo extravagante, es decir, lo más alejado de lo que se puede entender por originalidad.
Franz Tamayo es un tema polémico en esa perspectiva —diría malograda— de búsqueda de una identificación del modernismo en Hispanoamérica. Aspectos como la sensibilidad poética y la capacidad de aceptar y superar los conflictos de las relaciones entre dos mundos (el viejo, el nuevo, según la leyenda) apuntan en la dirección de poetas como Rubén Darío, Leopoldo Lugones, José Juan Tablada, Ramón López Velarde, César Vallejo, Oliverio Girondo, León de Greiff, Vicente Huidobro, como fuertes columnas de la reforma lírica por la que necesitaba pasar el continente.
En ese sentido, no es posible estar de acuerdo con un crítico como Harold Osborne, quien afirma que Tamayo, “arraigado como está en la literatura y quizá más profundamente aún en los clásicos, es con todo un poeta de sensibilidad americana”. Evocado por Mariano Baptista Gumucio en su prólogo a la Obra escogida (1979) de Franz Tamayo para la Biblioteca Ayacucho, de Venezuela, Osborne (1905-1997) fue un crítico inglés que vivió en La Paz al servicio del gobierno de su país. En su lectura acaba por despertar un tema que trataré más adelante: el ensimismamiento de la cultura boliviana.
En el mismo prólogo, el organizador habla de un “encierro físico y espiritual en el que se halla Bolivia y […] el menosprecio que los poderes públicos y los empresarios del nuevo riquismo vacunado sólidamente contra cualquier expresión del espíritu, manifiestan hacia la cultura”. No trataré aquí los dilemas políticos internos que caracterizan a nuestros países. Que la política refleje de alguna manera los errores de conocimiento internacional de la cultura local, ya lo sabemos. Nombres que están más allá o más acá de lo que representa o califica su obra. Por supuesto, es mejor no contar con la política.
La reclamación de Baptista Gumucio nos lleva a creer que el gobierno chileno o peruano o nicaragüense ha trabajado a favor de la internacionalización de la obra y el pensamiento de Huidobro, Vallejo o Darío. Igual por toda Hispanoamérica, menos en Bolivia. El tiempo ha pasado y de alguna manera las nuevas generaciones han pensado igual. Bolivia es un país victimizado por la ceguera política. Encontramos una pequeña distinción en la conclusión del prólogo de una antología de poetas bolivianos realizada por Mónica Velásquez Guzmán (1972), al decir: “Si bien nuestra tradición carece de un Neruda o de un Vallejo, está llena de múltiples caminos que se niegan a lo unívoco de ‘los grandes padres’ para proponerse más bien como parciales, críticas y originales búsquedas tanto del decir como del habitar el mundo”.
El largo ensayo que dedica Velásquez Guzmán a la poesía de su país — ella misma una destacada poeta—, que trata de “una tradición de continuidades y de diálogos”, apunta en otra dirección. La lírica boliviana se caracteriza por su capacidad ulterior de firmarse más allá de todo. El estudio de Velásquez Guzmán es revelador de las consonancias entre poetas y generaciones, y es tal vez el ensayo más rico sobre esas relaciones internas de una tradición lírica. Al mismo tiempo, me parece un texto ajeno a lo que sucede más allá de la habitación privada de la lírica boliviana. Repite el mismo dilema que me preocupa: a Bolivia —por lo menos a los poetas bolivianos— no le interesa mucho el resto del mundo. Está bien, acepto la decisión. Pero hay que conocer el riesgo de descubrir el mismo hilo negro infinitas veces al día por toda la eternidad.
La originalidad boliviana fue perseguida por muchos como la necesidad de patentar una estética. Carlos Medinaceli apunta la condición nórdica (herencia, influjo) en la poesía de José Eduardo Guerra (1893-1943), al mismo tiempo que establece como boliviana la retórica de poetas como Franz Tamayo y Gregorio Reynolds (1882-1948). Carlos Medinaceli fue un hombre dotado de gran sensibilidad que lo llevó a reunir a poetas y artistas en torno de la formación inicial del movimiento Gesta Bárbara, en 1918, la primera manifestación que señalaba la necesidad que tenía Bolivia de conocerse un poco más a sí misma.
Grupo y periódico compartían el mismo nombre: Gesta Bárbara. Pensado, articulado y realizado inicialmente por Carlos Medinaceli (1898-1945) y Gamaliel Churata (1897-1969), entre 1918 y 1925 fueron publicados, en Potosí, diez números de ese periódico que era vocero de un movimiento al mismo tiempo renovador de las letras y fundador de una bolivianidad. El mismo Medinaceli defendía que

la juventud que se ha agrupado en torno a Gesta Bárbara ha visto que, de las perfecciones con las que idealizó a su patria, a la áspera realidad del presente, medía un enorme camino por recorrer, y es de esa certidumbre que arrancamos la energía para combatir los males de la patria y la sinceridad para decirlos.

En la misma oportunidad evocaría:

Seamos profunda y auténticamente bolivianos, los primeros bolivianos como hasta hoy no lo ha sido ninguno por pretender ser europeos para conseguir sólo ser una caricatura.

Aunque parezca radical la ruptura con el pasado, algo de la generación anterior perdurará en la admiración de los participantes de Gesta Bárbara, en especial el poeta Ricardo Jaimes Freyre (1868-1933), a quien muchos creen sea el inspirador del nombre Gesta Bárbara, gracias a su libro Castalia bárbara(1899). Según sintetiza Javier Badani Ruiz, la primera formación de este movimiento “se juntó para agitar las letras bolivianas bañadas por el romanticismo francés”, así que “su premisa, entonces, era introducir las nuevas corrientes modernistas”. En este sentido se dio una muy reñida disputa regional entre centro y periferia cultural, principalmente en Potosí. En medio de todo, el modernismo pasó sobre una nube de algodón por Bolivia, por lo que, en 1944, con la llegada de la segunda generación de Gesta Bárbara bajo la tutela de otro Medinaceli —Gustavo, sin parentesco con el primero—, ya no se habla en modernismo, sino de posmodernismo con sus primeros tópicos de vanguardia. Aquí observa el mismo Javier Badani Ruiz:

De todo el grupo, era Gustavo Medinaceli —uno de los primeros en introducir en el país elementos del surrealismo europeo— quien lideraba ese cambio con obras, como La niña del sístole inconforme; las metáforas utilizadas por “el poeta loco” ya nada tenían que ver con las expresiones pegajosas utilizadas hasta aquel entonces.

Me parece que esta segunda formación de Gesta Bárbara representa la verdadera entrada en la materia, al hablar de una consistencia y un cierto grado de polémica alcanzados en determinado momento en la historia de la literatura de un país. Entre los aspectos decisivos están la ampliación geográfica de la acción del movimiento, la calidad de las obras de sus integrantes y el énfasis de sus cuestionamientos. Ya no se trataba más de un movimiento regional, sino de algo que despertaba tanto interés como descontento en varias partes del país, incluso la capital. Con sus adhesiones y enemistades, pues, finalmente se fundaba la poesía en Bolivia.
Y desde ahí las disensiones internas, las fracturas en la comprensión del fenómeno poético. Los dos puntos extremos estaban representados, de algún modo, por la fascinación y el rechazo del surrealismo. Por un lado, la libertad metafórica de la poética de Gustavo Medinaceli (1923-1956) y Julio de la Vega (1924-2010); por el otro, la defensa de una poesía comprometida con la realidad social del país, como en el caso de Alberto Guerra Gutiérrez (1930-2006) y Héctor Borda Leaño (1927). El prejuicio en relación con el surrealismo actuaba en la misma dirección que la idea equivocada sobre la poesía como un arma física contra las injusticias sociales.
En su libro En busca de la piedra y el agua (2005), Gary Daher (1956) observa que “el surrealismo tiene en Edmundo Camargo su cúspide y su isla propia, marcada por el asombro y lo profundo, elementos que en Bolivia no se han dado en forma conjunta”. El punto que cabe aquí destacar es esa ausencia de “forma conjunta”. La idea de un surrealismo estratificado, en camadas de vida u obra, en particularidades de una u otra, tiene que ver con la equivocación de un crítico como el rumano Stefan Baciu, quien ha creado el término “parasurrealista”, en completa disonancia con la esencia de los postulados del surrealismo. Como bien recuerda el argentino Aldo Pellegrini, “lo que constituyó la novedad de este movimiento fue la creencia de que el arte no tiene una función en sí, sino que es un modo de expresión de lo vital en el hombre”. En este mismo texto, Pellegrini anota lo que él mismo llama “ensayo de clasificación”: intento de aclarar los poetas surrealistas que más se acercaban a las características como el automatismo, la exaltación lírica, el humor, lo maravilloso, sin que ese ejercicio de clasificación constituya una fractura de la condición esencial del surrealismo.
Cuando Daher se refiere a la ausencia, en Bolivia, de una actuación conjunta de las fuerzas del asombro y de lo profundo, es como decir que, en su país, el surrealismo no fue sino fruto de pasiones por aspectos aislados, casi siempre afectos a juegos de lenguaje, a metáforas con su chistosa carga de incoherencia. Como recuerda el chileno Hernán Ortega en su libro sobre Enrique Gómez-Correa, “en su esencia bretoniana, el surrealismo es un llamado hacia la búsqueda de nuevas relaciones entre seres humanos libres; contiene, por lo tanto, una cuota moral”. No importa tanto una adhesión formal al movimiento, la disposición declarada de seguir una cartilla, sino la comprensión de que hay una relación entre el subconsciente personal y la fuente de signos e imágenes que conforma nuestra existencia; que es preciso abrir las ventanas de lo que somos (hacia adentro, lo mismo que hacia afuera) en la búsqueda de un puente de esencias que aclare nuestra vida. El arte no es más que la conducción o dominio de una forma, pero esa otra cosa que todavía no sabemos qué. Hay poemas de Gustavo Medinaceli, Julio de la Vega, Humberto Jaimes Zuna (1926-1975), Edmundo Camargo (1936-1964), Blanca Wiethüchter (1947-2004), que en mucho se acercan de una estética surrealista. Al mismo tiempo, es conocida la discusión acerca de la adhesión al surrealismo en nuestro continente. Pero la presencia del surrealismo en los autores aquí referidos fue algo siempre evocado por sus escasos exegetas, jamás por ellos mismos.
Recuerdo una conversación que sostuve con Eduardo Mitre, en especial cuando hablamos de surrealismo:

El surrealismo en la poesía boliviana se manifiesta de manera clara en dos poetas hasta ahora no muy bien estudiados: Gustavo Medinaceli y Julio de la Vega. Ambos encarnan una libertad metafórica inusual hasta entonces en la poesía boliviana. Asimismo, con ellos, el erotismo y la experiencia de la urbe moderna cobran una carta de ciudadanía en la poesía de mi país. Pero el surrealismo no se limita a estos autores, sino que está presente, de manera soterrada, en casi todos los poetas dignos de mención: Guillermo Viscarra Fabre, Roberto Echazú, para nombrar dos de generaciones distintas y algo distantes. Frente a la poesía clacisista de un Tamayo, el surrealismo sopló como un viento de libertad, de exploración verbal.

En sus libros sobre la lírica boliviana, Mitre hace cierta defensa de la presencia del surrealismo en su país, pero lo que me dijo, en el mismo diálogo, sobre Jaime Saenz y Edmundo Camargo es lo mismo que uno podría decir de Gustavo Medinaceli y Julio de la Vega:

Lo que no veo en Saenz ni en Camargo es el ideario o las utopías revolucionarias que nutrieron a los surrealistas: instaurar la poesía en la vida, hacer de ésta una obra de arte más allá de la literatura. El erotismo, el amor, que en los surrealistas es un acto revolucionario contra el orden establecido, no creo que lo sea en Saenz. Su poesía amatoria es una constante y conmovedora evocación del sujeto amado ausente, no un reconocimiento de la presencia. Por ello mismo, el cuerpo es el gran ausente de su poesía. Le falta ese puente sensible. En su lugar, Jaime Saenz edificó una obra originalísima que no es un puente, sino una escalera en caracol por la que el poeta sube y baja infatigablemente a las tinieblas de la soledad o al vislumbre del otro, de la otredad, del tú liberador.

Lo que Mitre sostiene o anuncia aquí es que la poética de estos cuatro poetas necesita una lectura más allá de los límites clasificatorios, sea el surrealismo o las fronteras de una poética boliviana. Esto sí, es muy distinto de la reacción, por ejemplo, de un Alberto Guerra Gutiérrez, al decir que Gustavo Medinaceli

fracasó en su intento de imponer una escuela; y, claro, aunque él mismo escribió una poesía encaminada hacia el surrealismo, tampoco pasó más allá del intento, probablemente, porque la situación política y social del país hacían que el poeta hable del hambre y las injusticias, y no de los anaqueles del grito.

En la misma entrevista, Guerra Gutiérrez dice que Julio de la Vega “se dejó arrastrar por la corriente surrealista”, una vez más dejando clara la idea de que la poesía caminaba para la percepción del hombre como una pieza de reposición en un sistema político. Ya sabemos la adivinanza de esos criterios.
De regreso a la tensión entre lo lúdico y su antípoda social, lo más importante en el ambiente polémico establecido es que uno siente la organicidad de la poesía en las venas de la lírica boliviana. Cuando Adolfo Cáceres Romero define, sobre la segunda generación de Gesta Bárbara, que “sus postulados tendían a la realización de una obra eminentemente bolivianista, desarrollando e impulsando el arte y la cultura nacionales sin dejar de lado las culturas autóctonas del país”, lo que importa aquí es aceptar el grado de actuación en la formación de una tradición. Gesta Bárbara no ha sacado del todo a la cultura boliviana de su enfermedad más grave que es el solitarismo, pero ha dado un aporte fundamental en esa dirección.
Las contadas voces poéticas que trascendieron los límites geográficos siempre han recordado la importancia del desarrollo de Gesta Bárbara. Una de ellas, Pedro Shimose (1940) —tal vez la voz más consistente en su recepción internacional—, siempre ha reconocido públicamente la preponderancia de poetas en su país como Alcira Cardona Torrico (1926-2003), Gustavo Medinaceli, Oscar Alfaro (1921-1963), Julio de la Vega y otros. Sin embargo, hay que detenerse un poco en la cronología de publicación de los libros de esa nueva Bolivia.
Entre los años treinta y cincuenta del siglo pasado ya se habían publicado los primeros libros de Gustavo Medinaceli, Oscar Alfaro, Alcira Cardona Torrico, Jorge Suárez (1931-1998) y Fernando Ortiz Sanz (1914-2003), sin olvidar que Yolanda Bedregal (1916-1999) contaba con la publicación de toda su poesía, y que el boliviano Wilson Rocha (1921-2005) —quien desde joven salió a vivir en el nordeste brasileño, precisamente en Salvador— ya tenía dos libros publicados en Brasil.
Este recuerdo cronológico nos ayuda a comprender dos aspectos: los caminos que empezaba a cruzar la lírica boliviana en la búsqueda de sí misma, y el momento en que llega el aporte de sus voces centrales que son, al mismo tiempo, antípodas: Jaime Saenz (1921-1986) y Oscar Cerruto (1912-1981). La fecha de nacimiento de ambos compromete demasiado a Cerruto, que empieza, más que tardío (Cifra de las rosas y siete cantares, 1957), sin la fuerza explosiva de El escalpelo (1955), de Saenz. Cerruto representa, de alguna manera, el conservadurismo de una lírica, mientras que Saenz rompe en búsqueda de otras perspectivas. El tema de la angustia existencial en Cerruto es tratado bajo la perspectiva de un cronista, mientras que en Saenz, él mismo es el personaje de la oscuridad, del conflicto, de la amplitud profunda del misterio y la aniquilación del ser. Cerruto contempla el paisaje (tema, figura, lenguaje, no importa); Saenz es el paisaje, sus reflexiones sobre el dolor no se suceden en otro, él mismo es protagonista y crítico.
Es importante señalar la distinción entre ambos, una vez que recurrimos a ellos como parámetros de la elección de los poetas de esta antología. Por supuesto, hay características fuera del ámbito de la poética de ambos que son la marca de la poesía de muchos otros poetas, dentro y fuera del presente libro. Sin embargo, esta relación con el yo lírico es un punto que considero fundamental en la identificación de la relación que un poeta —en especial desde el convulsivo período de las vanguardias— mantiene consigo mismo y con el mundo.
La marginalización de Jaime Saenz tiene que ver con el prejuicio de la sociedad boliviana. Su zambullida en el mundo del alcohol, lo mismo que los abusos del lenguaje, el modo como ha cambiado la visión poética, su extravagancia de todo orden —poética y existencial—, fueron su crimen capital, imperdonable. No fuera la soledad cósmica de este país, y seguro se aceptaría a Saenz como un hermano, bajo ciertas circunstancias, de Martín Adán (1908-1985) o Dylan Thomas (1914-1953). El alcohol fue la justificación hasta el momento en que el mismo poeta trata de librarse de su vicio. Después fue el obstáculo de un homosexualismo que no le importaba a nadie. En verdad, Jaime Saenz ha donado a la lírica boliviana la llave del descenso al infierno de la existencia personal. En este sentido, ha sido el primer gran poeta moderno del país.
Saenz no tenía, sin embargo, la necesidad de declarar la íntima relación entre su vida y obra. En cada una de sus sentencias poéticas (fue entrañablemente proverbial) estaba claro que escribía ante un espejo, que él era el personaje de su lirismo trágico (una tragedia lírica). Es un autor muy raro que se ha observado a sí mismo, que ha escrito sobre su desesperación o riesgo frente a la vida, lo que recuerda en mucho al rumano Ghérasim Luca (1913-1994), quien experimentó algunas formas de suicidio y luego las narró en un libro. Es otra lectura de la relación entre poesía y vida, lo que hace de Luca y Saenz poetas que actuaron en la perspectiva extrema del surrealismo.
Por supuesto no cabe aquí insistir en equivalencias internacionales cuando el tema es la lírica boliviana y su falta de comunicación con el mundo. Ésta siempre estuvo aislada y, de algún modo, me parece que así continúa. No creo que se pueda explicar esa condición decididamente solitaria por razones geográficas, políticas, etc. La cultura trasciende esos medios de conducción del proceso histórico y ha reservado las más significantes sorpresas en todos tiempos.
Una generación posterior a la de Saenz se manifiesta a partir de la publicación de Triludio en el exilio (1961), de Pedro Shimose. Tomo a este poeta como referencial por una razón muy simple: su obra está marcada por un sentido muy particular de suma, es decir, Shimose va agregando en su camino lo que hay de revelador en su visón, que se hace más rica a cada encuentro con otros mundos, incluso al hablar de su propio pasado. En ese sentido, Shimose es el poeta de la abertura de Bolivia al mundo, hasta llegar al punto en que su poética toca la de Saenz por una curiosa razón: el yo poético de Reflexiones maquiavélicas(1980) de Shimose es la única forma de diálogo posible con el yo de Muerte por el tacto (1957), de Jaime Saenz. En los dos casos hay un descenso a los infiernos personales y de la creación sin correspondiente en la poesía en Bolivia. Es cierto que en Saenz el hablante es él mismo, mientras Shimose impone a otro el drama de sus reflexiones. Pero la voz lírica de uno corresponde a la voz dramática del otro, con igual tensión. No se trata, en Shimose, de un alejamiento del yo, sino de un recurso estilístico para dar énfasis distinto al discurso.
Es la misma táctica de Humberto Quino (1950) o de Benjamín Chávez (1971), voces de generaciones distintas y, naturalmente, con sus singularidades incuestionables. Quino corre incluso el riesgo de ser comprendido como cínico o fanfarrón, pues su apuesta es todavía más osada, caracterizada por una ácida ironía, una voz que incluso se burla de sí misma, destronando la condición humana de todo puesto de seguridad. Ya en poetas como Benjamín Chávez o Gabriel Casazola (1972), la apuesta es más clásica, pues el lenguaje no se arriesga tanto, aunque el hablante, en ambos, lleve al límite el juego de despersonalización.
Casi como en la otra punta de ese sistema poético se encuentran las voces que toman en cuenta más la lectura metafísica de Oscar Cerruto. Algo permanece de telurismo cósmico, de diálogo con los fantasmas de una nación perdida en su íntimo, de búsqueda del origen de las cosas terrenales y espectrales. Ese tipo de conflicto lírico lo encontramos bien revelado en la poesía de Matilde Casazola Mendoza (1943), Gary Daher (1956) y Vilma Tapia Anaya (1960). De alguna manera tiene que ver con el rescate de lo que otro poeta, Homero Carvallo Oliva (1957), llama “esencia primitiva”.
La defensa a puerta cerrada de una tradición son los requisitos para su permanencia, es verdad. Pero el mundo no cambia por esa permanencia. La realidad de los cambios está en la osadía de buscar nuevas perspectivas. El autorretrato es siempre apasionado y está a salvo por la lectura de sí mismo. Solamente al hombre le toca firmar un autorretrato, con sus aciertos y equivocaciones. No creo en poetas que quieran pertenecer a una tradición lírica. Cuando están allí es porque no hay otro modo. Los que persiguen un sitio donde prender la lámpara de sus inquietudes son los pobres diablos o los oportunistas de cualquier establo de la historia.
No he comentado la poética en particular de varios de los poetas aquí presentes por una razón: la necesidad de crear un ambiente de armonía en sus distintas semejanzas. El poema habla por sí, se defiende solo. Es una verdad poco satisfactoria al poeta, pero el lector la comprende bien. La opción intermedia fue buscar la palabra de los poetas vivos, en defensa de algunos de sus crímenes (capitales), por lo que a continuación leeremos la improvisación de una mesa de diálogo.
La idea de una pieza que falta a la lírica boliviana me ha sido dada por la retrospectiva de su misma historia. A partir de diversas lecturas de sus puntos más oscuros, por curiosos, redacté un cuestionario que fue presentado a todos los poetas vivos presentes a esta edición. La resultante que sigue es una selección de estas respuestas que permiten una compresión de hechos y firmantes. El diálogo —que tal vez refleja más la ausencia de diálogo— no está reproducido en su totalidad, pero están todos los poetas que aceptaron decir algo, todos los que tienen algo a agregar a la percepción del mundo poético que habitan.



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Organização a cargo de Floriano Martins © 2016 ARC Edições
Artista convidado | Graciela Rodo Boulanger (1935)
Imagens © Acervo Resto do Mundo
Esta edição integra o projeto de séries especiais da Agulha Revista de Cultura, assim estruturado:

1 PRIMEIRA ANTOLOGIA ARC FASE I (1999-2009)
2 VIAGENS DO SURREALISMO, I
3 O RIO DA MEMÓRIA, I
4 VANGUARDAS NO SÉCULO XX
5 VOZES POÉTICAS
6 PROJETO EDITORIAL BANDA HISPÂNICA
7 VIAGENS DO SURREALISMO, II
8 O RIO DA MEMÓRIA, II
9 SEGUNDA ANTOLOGIA ARC FASE I (1999-2009)
10 AGULHA HISPÂNICA (2010-2011)

Agulha Revista de Cultura teve em sua primeira fase a coordenação editorial de Floriano Martins e Claudio Willer, tendo sido hospedada no portal Jornal de Poesia. No biênio 2010-2011 restringiu seu ambiente ao mundo de língua espanhola, sob o título de Agulha Hispânica, sob a coordenação editorial apenas de Floriano Martins. Desde 2012 retoma seu projeto original, desta vez sob a coordenação editorial de Floriano Martins e Márcio Simões.

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