sexta-feira, 21 de novembro de 2014

GOTTFRIED BENN | ¿Debe la poesía mejorar la vida?





Gottfried Benn 

El tema propuesto para esta tarde ha sido discutido ampliamente por el doctor Reinhold Schneider [1] y por mí, en nuestros libros. Basta haber leído incluso unas pocas páginas del doctor Schneider, o mías, para saber de cerca cuál es nuestro orbe mental al respecto. Por mi parte, no deseo iniciar repitiéndome, pero haré uso de un método alternativo para aproximarme al tema.
El método del cual pretendo servirme consiste, principalmente, en considerar exactamente el tema y llevarlo directo a mis ojos, palabra por palabra. Debe: esta palabra se puede interpretar únicamente en el sentido que aquí se intenta establecer para o sobre la poesía un destino de carácter vinculante. En los diez mandamientos este “debe” aparece en cada tesis del decálogo: debes o no debes. [2]Es una palabra severa el “debe” que aparece en Éxodo 20: “Todo el pueblo oía los truenos y el sonido de la trompeta y veía las llamas y la montaña humeante. Y atemorizados, llenos de pavor, se estaban lejos.” [3]Pero nosotros no deseamos estar lejos, frente a nosotros se levanta un tanto apodícticamente este “debe”, y eso nos conduce directamente a la otra pregunta: ¿quién es el verdadero sujeto que hace la pregunta, quién expresa la exigencia de esperar una explicación acerca de la poesía? ¿Se trata acaso de un experto en economía política, un pedagogo, un fiscal de distrito? ¿O bien debe ser la vox populi, el consensus omnium o el ideal democrático por medio del cual cualquiera debe saberlo todo e intervenir en todo? No se sabe, y por el momento dejo la pregunta sin respuesta.
La poesía: dado que ya no existen más rapsodas, y nosotros mismos no lo somos, podemos afirmar que por poesía se entiende un libro, un libro con poesía, un libro lleno de poesía. Tal libro, entonces, ¿debe mejorar o no la vida? Esto es posible establecerlo, pues existen muchos libros que sin el menor asomo de duda se proponen mejorar la vida; por ejemplo, libros de economía donde se discute el problema de conciliar libertad y constricción, individualismo ilimitado y sociedad materialista de masas, y en los cuales en conclusión se indica un camino que debe crear las condiciones para una vida mejor. O bien, existen libros de medicina sobre neurosis, remoción, o padecimientos de estrés; estos libros proporcionan consejos, sugerencias y prohibiciones, con el objetivo de mejorar la vida. En este tipo de libros, entonces, debemos ver el libro lleno de poesía a propósito del cual se nos pone a consideración si deba mejorar la vida. En esta misma clase de libros podemos acoger incluso al teatro como libro abierto y desvirgado.
Floriano Martins | Estudos de pele, 2010-2011En seguida viene la palabra que contiene una pregunta fundamental: ¿qué es en realidad la vida misma? ¿Qué se entiende que algo de ella deba ser mejorado? ¿Su fisiología o su ámbito afectivo, la existencia productiva o la reflexiva? “Vida” es una palabra demasiado genérica, y aquí podría perfilarse una crítica insólita, o fuera de contexto, del concepto de vida, pero no por esto podemos eludirla, pues es nuestro tema el que nos lo impone. Desde hace algún tiempo he reflexionado sobre cuanto hay de singular en el hecho que este concepto de vida haya devenido el concepto supremo en la situación de nuestra conciencia y de nuestra ciencia. Al lado del verso de Schiller, “La vida no es el don más supremo”, se hallan pocas reservas críticas de este tipo. La vida: aquí la raza blanca tiembla, es el último puntal de la fe de la actualidad, de nuestro ámbito cultural. Es un residuo del biológico siglo xix lo que obliga a la Europa contemporánea a luchar por cualquier vida, así sea por una mínima prolongación, por cada hora, con inyecciones y transfusiones de oxígeno, mientras conocemos ámbitos culturales en los cuales la vida ordinaria, la vida en general, carecía de importancia alguna, entre los egipcios, los incas o en el mundo dórico, y aún hoy sabemos de prácticas en uso en ciertas tribus nómadas de Asia: cuando los antepasados se vuelven un peso, el hijo mayor planta una lanza a través del muro de la tienda y desde el interior el viejo se arroja sobre ella ofreciendo el corazón. Entonces, la cura de la vida que esperamos no es una exigencia universal, antropológica. Sólo para nosotros, en el espacio de ciertos grados de latitud, se ha vuelto el concepto determinante y fundamental frente al cual todo se ha detenido, el abismo en el cual, no obstante se omiten otros valores, todos se arrojan ciegamente, se hallan solidarios y callan conmovidos. En realidad, a mí esto no me parece tan claro y evidente como la opinión general lo considera; y esto por motivos muy claros. De hecho, me parece absurdo sostener que el Creador se haya especializado en la vida, la haya exaltado, la haya puesto en evidencia y con ella haya hecho algo distinto para sus onanistas juegos de formación y transformación. Esta grandeza seguramente tiene a su disposición otros campos de actividad y envía al ojo sobre esto o aquello, sobre asuntos lejanos para un caso particular tan oscuro; en resumen, para un ámbito cultural en el cual nos hemos desarrollado, tan remoto del de las plantas y donde el material de experiencia es puramente espiritual, este dictatorial concepto de vida es sorprendentemente primitivo, casi proveniente de la medicina veterinaria.
Esta vida problemática, entonces, debe ser mejorada. Las dificultades son siempre más grandes. ¿En qué sentido, en sentido político? Esto lo hacen los diputados y los comicios electorales. ¿En sentido técnico? Pero de esta manera nos agregaremos a los ingenieros y a los soldados que se dirigen a los confines y arrojan sobre la tierra los reticulados. ¿En sentido social? No hace mucho, en el libro de un economista inglés, leí que en la Inglaterra de hoy día la vida del trabajador es más confortable y mundana de cuanto había sido en los siglos pasados la de los grandes latifundistas y señores medievales. Era una opinión bien documentada: en lo que respecta a las viviendas, que en algún momento fueron sombrías, angostas e imposibles de calentar; en lo relativo a la alimentación, era necesario matar todo el ganado para el día de San Martín porque era imposible alimentarlo en los meses de invierno; en lo referente a las enfermedades, frente a las cuales se estaba inerme. Hoy día los trabajadores viven como los ricos de hace tres siglos, y dentro de tres siglos la relación será de nuevo la misma, y siempre lo será, y siempre se eleva a fuerza de crepúsculos de la humanidad y auroras y con sursum corda y per aspera ad astra, los pobres quieren elevarse y los ricos no desean descender, todo esto no es más objeto de experiencia individual sino, por el contrario, un proceso funcional de ese dato factual que es la sociedad humana. ¿Debe, entonces, debería colocarse a la poesía con su mejoramiento posible? ¿O bien ella debe mejorar las cosas en un sentido cultural? En este punto llego a rozar una situación en relación con la cual, ciertamente, me hallaré casi aislado. Son las opiniones respecto a que arte y cultura no tienen mucho en común. A menudo he sostenido que se debería distinguir, netamente, entre ambos fenómenos, el del portador de arte y el de portador de cultura. [4] Arte no es cultura, el arte tiene un lado dirigido hacia la formación, hacia la educación, hacia la cultura, pero en la medida en que ésta no es todo esto, sino algo diferente, que es precisamente el arte. El mundo del portador de cultura está hecho de humus, tierra, él elabora, trabaja, desarrolla, señalará qué es el arte, le proporcionará un pedestal, la encaminará, instaurará cursos y ciclos de conferencias a partir de ella, él cree en la historia, es positivista. El portador de arte es asocial estadísticamente, sabe poco o nada de lo que viene antes o después de él, vive sólo para su materia interior, por eso recoge impresiones, en su interior las guarda, tan profundamente en sí hasta tocar su material, alborotarlo y provocar algunas descargas. No le interesa la difusión, la acción visible, la prolongación de las reseñas, la cultura. Él es frío, el material se mantiene frío, él debe proporcionar forma a los sentimientos, a la ebriedad a la cual otros pueden humanamente abandonarse, lo que significa endurecerlos, enfriarlos, conferirle estabilidad a lo que es blando. En muchos aspectos es cínico y además afirma no ser nada más que esto, mientras los idealistas se sientan entre los portadores de cultura y quienes producen ganancias. El portador de arte no quiere jamás aparecer en persona y expresarse en público, tanto más que —aparte de algunas ramificaciones sentimentales— él no se considera en absoluto competente en materia de mejoramientos; la extraña frase de Nietzsche acerca de Heráclito, “entre los hombres él era imposible como hombre”, es válida para él.
Floriano Martins | Estudos de pele, 2010-2011Para concluir, ¿debe acaso la poesía mejorar, consolar, curar en sentido médicoHay muchos que así lo afirman. Música para los enfermos mentales e interiorización mediante Rilke en la curas de ayuno. Pero si en Kierkegaard leemos “La verdad vence sólo a través del sufrimiento”, si Goethe escribe “He aprendido mucho sufriendo”, si Schopenhauer y Nietzsche ven en el grado y la capacidad de sufrimiento el parámetro para medir el rango del individuo, si Reinhold Schneider escribe: “En el enfermo debe revelarse la gloria de Dios, el milagro que cumple en él”, y si después Schneider define la disminución de la conciencia de lo trágico como el ocaso de nuestra cultura, ¿puede entonces la poesía o el poeta contribuir a un mejoramiento de estas trágicas situaciones, o no debería, por el contrario, por sentido de responsabilidad frente a una verdad superior, detenerse y permanecer en sí mismo? Una verdad superior, ¿y con estas palabras, me dirán en voz alta, qué quiere decir? Respondo: no soy capaz de imaginarme a un Creador que considere un mejoramiento lo que no estamos en condición de definir como tal en el sentido de nuestro tema. Entonces me dirán: ¿Qué es lo que esta gente se mete en la cabeza? Les reservo sufrimiento y muerte para que sean dignos de ser hombres, y ellos se escabullen de nuevo recurriendo a píldoras y a infusiones de semillas de hinojo y quieren estar alegres y viajar en pullman; y a propósito de la poesía me atengo a la frase de Reinhold Schneider: “Es parte de la esencia del arte dejar abiertas las interrogantes, detenerse en la penumbra, persistir.” Quien siente la poesía de esta manera tal vez va más allá. En la penumbra, basta esto para lo que concierne al Creador y al mejorar.
Hasta ahora me he aventurado en una crítica formal del tema propuesto, pero no me detendré aquí. Someteré a examen la exigencia misma y dejaré que me hable. Sin embargo, antes quisiera decir, para resumir, que nuestro tema es una cuestión, una formulación sumamente alemana. No creo que en Francia, Italia o Escandinavia la pregunta podría ser puesta en estos términos. Para nosotros es una pregunta natural puesto que la historia de nuestra literatura podría inducirnos a considerar que los poetas mismos, entendidos como modelo, ídolo, Yo moral concluido, vida ejemplar, puedan mejorar la juventud y nuestra época. Es verdad, si consideramos los últimos cien años de nuestra literatura, en ella podemos observar muchos hombres eminentes, pero figuras de bien, como Storm o Fontane, idílicas como Möricke, Stifter, Hesse, burgueses como Thomas Mann, Gerhart Hauptmann, todas ellas nobles figuras desde el punto de vista humano, todos hombres de bien. Por el contrario, Dostoievski jugaba a la ruleta de forma compulsiva. Tolstoi no se bañaba por semanas enteras para heder como un kulako. Maupassant escribió que un hombre normal tiene, a lo largo de su vida, relaciones sexuales con trescientas o cuatrocientas mujeres. Verlaine le disparó a Rimbaud en plena calle, lo golpeó y terminó en prisión por dos años. De Oscar Wilde es mejor no hablar. En resumen, de los productores de poesía no se puede ciertamente inferir una vida ejemplar, una vida que mejore a los demás.
Para sumergirme aún más en los problemas de nuestro tema fui a buscar qué declaran los poetas a propósito de su actividad, si alguna vez la han interpretado en el sentido de mejorar a los demás. Sin embargo, no he hallado confirmación alguna. Hebbel observa: “Escribir significa entrelazarse en el mundo como en un manto y abrigarse.” Una tesis demasiado egocéntrica. Ibsen dijo: “Escribir significa realizar juicios de sí mismo.” Es una frase célebre pero no me dice mucho. En Kafka escuchamos: “Odio todo lo que no se refiera a la literatura, me aburre.” Anatole France escribe: “Debemos admitir que hablamos de nosotros mismos cada vez que no sabemos cómo callar.” Resulta interesante una observación de Rilke: “Nada está más lejos de la intención de un poema que despertar en el lector al potencial poeta.” Es maravillosa la frase de Joseph Conrad: “Escribir significa cumplir en el error la experiencia del ser.” Para concluir, ahora Maiakovski, que anotó: “El trabajo del poeta debe proseguir día tras día a fin de acrecentar la maestría y recoger la prefabricación poética. Un buen cuaderno es más importante que la habilidad para escribir en metros antiguos.” Les ruego observen en esta frase las palabras “prefabricación” y “cuaderno”. Aquí nos hallamos ya en las avanzadas del arte abstracto, consciente, construido. En ningún sitio de esta excursión hemos divisado o escuchado a los autores afirmar algo referente con propósitos de mejoramiento en sus relaciones con los demás. Pero Goethe, se dirá, él al menos estaba a favor de un Streben, un esfuerzo que tomase ventaja de todos, él estaba a favor de la formación, educación, mejoramiento. Pero, pregunto a mi vez, ¿qué no era en realidad Goethe? Y si estudiamos sus poemas, los más perfectos, los más bellos —Warum gabst du uns die Tiefen Blicke [“Porque has dado a nuestras más profundas miradas”] o Parzenlied [“El canto de las Parcas”] o Nachtgesang [“Canto nocturno”]: “O gib vom weichen Pfühle träumend ein halb Gehör” [“Oh, escúchame un poco, en sueños, desde la suave almohada”]—, evidencian en el más alto logro siempre y solo la perfección del poeta en sí; no afirmo que se trate de una perfección por sí misma.
Floriano Martins | Estudos de pele, 2010-2011Pero ahora me arrojo en las oleadas, dejo que las olas se abatan sobre mí —¿debe la poesía mejorar la vida?—, inspiro profundamente en esta esencia humana, idealista, embebida de esperanza. Pero, repentinamente me pregunto: ¿cómo puede cualquiera que escribe asociar a esta actividad un sentido ulterior? Quien escribe está contra el mundo entero. “Contra” no quiere decir “hostil”, sólo que a su alrededor hay un fluido de profundización y de gran silencio. Lo que suceda en las demás mesas, cualquier pasión que consuma a los demás, jugar a las cartas, comer, beber, ser felices, platicar de la mascota, de Riccione, no lo perturba, y él no los perturba. Dormita, tiene algunas vendas en la cabeza, arco iris, así le va bien. No quiere mejorar ni se deja mejorar, es sospechoso. O bien está sentado en su casa, cuatro muros modestos, no es un comunista, pero no quiere poseer dinero, quizá un poco, pero no vivir en el bienestar. [5] O sea, está sentado en su casa, enciende la radio, alarga la mano hacia la noche, una voz está en la habitación, vibra, se ilumina y se apaga, luego se interrumpe, una luz azul se ha apagado. Pero qué pacificación, qué pacificación instantánea, qué abrazo fantástico de lo vivo y de lo muerto, de recuerdos y de cosas inmemoriales, esto lo expulsa de cualquier costumbre, esto proviene de reinos en los cuales las estrellas y los soles serían testigos paralíticos, viene de tan lejos, en una palabra, es perfecto.
¡Un tipo con una carga en su interior! Probablemente lleguen a pensar aún en algo: el arte por el arte, causalidad, Indochina; él ya no está en grado de hacerlo, el mundo puede ser lo que él desee, el mundo termina, pero él hoy, en esta latitud, el quincuagésimo tercero, temperatura media en julio 19.8 grados, en enero 0.5 grados, él debe recorrer paso a paso su camino, experimentar sus propios límites; Moira, lo que en suerte le ha sido dado. “Al trabajo, se ordena a sí mismo, tienes setenta años, busca tus palabras, traza tu morfología, exprésate, asume tu tarea, será sólo una función parcial, pero ocúpate de ella seriamente.” Valéry dijo que el hombre completo va desapareciendo, hoy se debería decir: el hombre completo es un sueño para diletantes, una voluminosa totalidad, un recuerdo arcaico. La época de Goethe terminó ya de brillar, reducida a cenizas por Nietzsche, dispersa a los cuatro vientos por Spengler; el aire es brillante y cálido, pero no por los fuegos de San Juan o el fuego de los rastrojos, sino más bien por las fundidas cadenas de la teoría de los medios ambientes culturales: un medio se hunde, otro se levanta, y sólo somos las marionetas y los actores de reparto en estos fragmentos solares.
Cuán bello sería, para el que debe escribir, si pudiese unirse nuevamente con un pensamiento superior, un pensamiento sólido, un pensamiento religioso o incluso humano, qué consolación sería para su secreto emisor que transmite rayos mortales; pero creo que en muchos no arraigue pensamiento alguno de esta clase: consolatorio, creo que viven en un cruel vacío donde las flechas vuelan sin que pueda desviarlas, la noche profunda es fría, ahí los rayos poseen un solo valor, allí sólo las esferas supremas tienen valor, y lo humano no está entre ellas.
En esta esfera nace la poesía. Y así llegamos al problema del arte monológico. La poesía es monológica. Esta afirmación no es una anomalía constitucional mía, si bien más allá del Atlántico hallamos quienes la comparten. En Estados Unidos se busca incluso promover la poesía lírica por medio de cuestionarios, uno de estos fue enviado a catorce poetas en Estados Unidos, y una de las preguntas era: “¿A quién está dirigido un poema?” Esta es la respuesta de un tal Richard Wilbur: “Un poema está dirigido a la musa, y ésta existe, entre otras cosas, para velar el hecho que los poemas no están dirigidos a nadie.” La poesía lírica es la mejor prueba para nuestra pregunta. Un poema es siempre la pregunta acerca del estado del Yo, y todas las esfinges e imágenes de Sais se mezclan en la respuesta. El ámbito cultural atlántico, entonces, aquí y ahora: la poesía moderna, la poesía absoluta, es la poesía sin fe, la poesía sin esperanza, la poesía que no se dirige a nadie, una poesía de palabras que van montadas en sí mismas para fascinar. Y sin embargo, puede tratarse de una esencia supraterrena, trascendente, que no mejora la vida del simple hombre sino que la intensifica y la potencia. Quien no pueda divisar, incluso detrás de esta tesis y esta formulación, más que nihilismo y lascivia, entonces no percibe que detrás de la fascinación y la palabra aún hay suficiente oscuridad y abismo del ser como para satisfacer al pensador más profundo, que en cada forma que fascine viven suficientes sustancias de pasiones, naturaleza y experiencia trágica. Observen por un momento el camino recorrido hasta aquí: el camino religioso y el camino poético-estético a través de los milenios: la humanidad entera se nutre de algunos auto-encuentros, ¿pero qué encuentra en ellos? Muy poca cosa, y siempre en soledad.
Floriano Martins | Estudos de pele, 2010-2011Entonces, acaso pensaréis llegados a este punto, el autor responde de una forma asaz negativa a la pregunta que le fue puesta. No, de ninguna manera. La poesía no mejora las cosas, pero realiza algo quizá más decisivo: las modifica. No tiene repercusiones sobre la historia, si es arte pura carece de repercusiones terapéuticas y pedagógicas, procede de otro modo: anula el tiempo y la historia. Su acción se ejercita sobre los genes, sobre la masa hereditaria, sobre la sustancia —un largo caminointerior—. La esencia de la poesía tiene reservas infinitas, su núcleo despide una energía demoledora pero su periferia es angosta; no suena mucho, pero sobre este poco el contacto es incandescente. Todas las cosas se voltean, todos los conceptos y las categorías modifican sus características en el momento en que son consideradas bajo la luz del arte —la que ella les pone, y bajo la que son puestas—. El arte suscita un torrente allí donde todo era aburrido y torpe y seco, un torrente que permanece confuso e incomprensible pero difunde semillas sobre las reducidas orillas del desierto, semillas de felicidad y de dolor, la esencia de la poesía es perfección y fascinación.
Y para que vean cuán seria es la situación a la cual me esfuerzo en dar expresión, concluyo con algunos versos de Hebbel en los que se escucha también esa palabra que es ajena a mi estilo pero que muchos de ustedes tal vez esperan escuchar. Es un cuarteto del poema “A los jóvenes”:

Ja, es werde, spricht auch Gott,
und sein Segen senkt sich still,
denn er macht den nicht zum Spott,
der sich selbst vollenden will. [6]

Leído el 15 de noviembre de 1955 en la sede de la radio colonesa en el marco de una discusión pública con Reinhold Schneider.
Publicado con este título en 1956, en Wiesbaden.

NOTAS
1. Reinhold Schneider (1903-1958) fue un escritor y biógrafo de tendencia católica. Escribió poemas antihitlerianos. Entre sus obras se encuentran Philipp IILas Casas vor Karl VMacht und GnadeDie letzten Tage y Die neuen Türme (sonetos), Taganrog, entre otras.
2. En alemán, los diez mandamientos contienen siempre el verbo sollen, “deber” (por ejemplo: Du sollst nicht toeten, “No matarás”), que aparece también en el título de este ensayo.
3. Uso la versión de Nácar y Colunga, de la Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1973.
4. Al respecto, véase el primer apartado “El arte” del capítulo iii, “Los problemas”, de G. Benn, Lebensweg eines Intellektualisten: “Soy, asimismo, de la opinión que se debe distinguir nítidamente entre ambos fenómenos, el del artista y el del hombre de cultura.” Cito de acuerdo con mi traducción respectiva (Verdehalago, México, 1999, pp. 63ss.).
5. Benn regresa a su propia circunstancia, pero también a su obra temprana. Al respecto, véase Der junge Hebbel, en la sección de poesía.
6Así sea, dice también Dios, / y su bendición desciende silenciosa, / pues Él no se burla de quien / en sí mismo quiere cumplirse.

Gottfried Benn (Alemania, 1886-1956). Poeta, ensaysta. Ensayo tomado de Gottfried Benn, Un peregrinar sin nombre | Ein Wallen, namenlos. Obra selecta, vol. II, Ensayo. Prosa (La Cabra Ediciones, México, 2009), organización y traducción de José Manuel Recillas. Contacto: passarge@gmail.com. Página ilustrada con obras de Floriano Martins (Brasil), artista invitado de esta edición de ARC.



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