segunda-feira, 14 de dezembro de 2020

NAUFRAGIOS DEL TIEMPO XXXII – XXXV

 

El hombre es divino en la experiencia de sus límites. 

GEORGES BATAILLE

 


XXXII
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Es posible que el año sea ahora 2097, pero ¿quién determinaría estas fechas? ¿Y qué importancia podrían tener? Mientras Alfredo se hace estas preguntas, sus ojos, ya más acostumbrados a la oscuridad de la cueva, comienzan a distinguir finalmente, en la tejida maraña de una de las paredes, una silueta que poco a poco se identifica como Cronos. Cuanto más se retuercen los enredos, más claramente aparecen los contornos de la figura de ese anciano, con barbas y cabellos despeinados, en el deleite de una inercia que escapa a toda mecánica racional. No hay duda que es Él, el dios del tiempo.

El azar engordó las pequeñas catástrofes forjadas por la memoria. Los relojes de arena revelaron a regañadientes el falso fondo de sus absurdos. ¿Cómo contrarrestar los opuestos cuando cada uno esconde pedazos de sus caprichos? Junto con los rasgos corporales de Cronos, lo que la intuición de Alfredo le reveló es que la obsesión por el tiempo era una enfermedad aún más exorbitante que la voluntad de poder. La gran tragedia del hombre es su incapacidad para olvidar los fantasmas de sus herejías más misteriosas. Las insinuantes vitrinas de los males. Las cartillas baratas del aburrimiento. La obra de arte eternamente falsificada que mantuvo su precio alto en el mercado negro.

Alfredo limpió las ventanas de sus vislumbres. Rompió el vacío en busca de lo que creía que era el único ejemplo de su propia agonía. Las páginas envejecidas de la duración indefinida de sus tormentos, contenía toda la miseria de la raza humana. Incluso, si abdicaba del repulsivo heroísmo que lo convertía en un monstruo, los restos de su naturaleza todavía intercambiarían las reliquias de sus lamentos. Al rechazar a Teseo, todo en él se redujo a una mitad perforada y devorada. Alfredo no era más que una maldición cuya factura no tenía a quien cobrar.

Cada vez que miraba la indiferencia de Cronos, y veía en ella la civilización carbonizada entregada al parlamento de su aniquilación, lloraba desconsoladamente. Ya no quedaba Lavinia ni la oscura suntuosidad de aquella casa de los delirios. Tampoco la obsesión original por el tiempo le brindó apoyo. No quedaba nada de las descuidadas limosnas de la razón o de los pergaminos adictos a los aforismos redentores. Esa cueva ya no era parte del mundo. Afuera no quedaba ni una sola alma viviente. Alfredo gritó el nombre de Cibele, pero su voz lo sorprendió como la de un imbécil arruinado. La oscuridad era un último hechizo, y sus enormes ojos ya no reflejaban el altruismo de los dioses. Se olvidaría la propia animalidad. Intuía que Cibele no lo despertaría de su sueño irrecuperable.

 


XXXIII
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Alfredo entró ineluctablemente en un eterno duermevela– en cierta forma una gruta aún más profunda que la que albergaba su cuerpo lacerado por el deterioro del tiempo y por la vida ignominiosa que alguna vez llevó y que ahora solo aparecía ante sus ojos en forma de pesadilla, de condena. No porque alguien lo hubiese lanzado al averno sino porque el mismo encontraba en el acto de autoflagelarse una especie de láudano– a lo mejor porque le recordaba las drogas que consumió en una de las vidas ya muy lejanas y olvidadas. Y es que el arrepentimiento rara vez es verdadero. Y por supuesto, eso no le inquietaba. A lo mejor esa era la causa de su longevidad, de su incapacidad de morir y de la maestría que tuvo cientos de veces de reinventarse en un cuerpo joven e incorrupto. Él no necesitaba ni de pinturas ni de espejos para repetirse en una juventud infinita. No obstante, el refugio húmedo, caliente y silencioso, que ahora lo acogía, lo lanzó en una senectud sin retorno. Su cuerpo perdió el brío de antaño, las mejillas se pegaron a los huesos, y la memoria se extravió por laberintos desconocidos incluso para Teseo. Poco a poco se fue encorvando, volvió a la posición fetal y por último se convirtió en un ovillo diminuto. Las arañas lo usaron para ser el centro de sus telas– una especie de mapa del cosmos que ellas mismas inventaban cada segundo, cada minuto de esa noche eterna que era el tiempo de la caverna que las cobijaba. Alfredo no hizo nada para impedirlo– poco le importaba si vivía en una celda hecha de hilos o si era una pesadilla más de las muchas que lo atormentaban desde el inicio de los tiempos.

 

XXXIV.

 

Cuando el big-bang se disipó, Cibele se preguntó de nuevo cómo era posible olvidar lo que nunca sucedió. En la bañera con Lavinia o intentando inventar la manzana con Alfredo o asombrada por la alucinación del tiempo, Cibele quiso volver a escenarios equidistantes. ¿Pero, cómo hacerlo sin la certeza de haberlos vivido? Las imágenes espectrales se reproducen frente a ella con sus seductores abismos. Una iniciación respiratoria de silencios y vacíos. Las deidades emergieron con cada sílaba pronunciada en su corazón. Cibele buscó el vértigo del solipsismo. Quería amar a Cronos y Lavinia y Alfredo como una forma de disolver toda moral, una especie de mística licenciosa. Su cuerpo quería retener al barquero y al río, a la espada y a la ley, al cadáver y a la lágrima. Extinción de símbolos hasta que la paradoja rasgara los velos del inconsciente y ella se convirtiera en la cortesana de los preciosos refugios de la existencia.


Las visiones de Cibele estuvieron marcadas por especulaciones seminales– más que dualidad o alquimia sexual, lo que buscaba era la clave de la metamorfosis, los pasajes secretos de una cura a otra, sugestivas cáscaras de metáforas absorbentes, en medio de la creciente extinción de las fuentes de la vida. No tenía la inmortalidad como meta, pero quería, en su inagotable peregrinaje, entregarse a las placenteras ramificaciones de los deseos. Sus máscaras se llamaban Alfredo, Lavinia, Cronos.

 

XXXV.

 

Cibele era consciente que con cada máscara su rostro adoptaba a una persona diferente. Con ella asumía la vida de un personaje, su historia, sus frustraciones, odios, rencores e incluso sus propios e ineluctables olvidos. Las batallas, las guerras perdidas, y nunca abandonadas del todo, le ponían un escudo en su pecho y una espada en la mano. Espada que a veces tomaba la apariencia de una catapulta, de un arcabuz o de una bomba atómica. Como si su destino fuese la destrucción ad infinitum– la anticreación. En cierta forma ella, y su verdadero ego, sumado a los egos de sus múltiples compañeros de lecho y lascivia, eran la representación del caos. La metamorfosis continua, y al mismo tiempo repetitiva, lejos de esculpir la memoria taladraba el olvido. Por lo que no se acordaba que Mnemosine era su eterna contrincante, desde que se batió en duelo con ella, mucho antes de arder en el fondo del mar en compañía de Teseo. Ese era su karma, su destino trágico– por el que era una y otra y otra vez condenada al suplicio tártaro. Cuando eso sucedía era presa de una sed insaciable– y a pesar de estar rodeada de agua estas se apartaban cada vez que quería sorber una gota. O bien, en sus sueños, se veía a sí misma recostada en un inmenso árbol donde pendían diversos frutos, y cuando alzaba sus manos, para calmar su hambre, la fruta desaparecía antes de ser tocada. El acto reiterativo la conducía inexorablemente al delirio, luego perdía la conciencia y caía en una especie de letargo abisal del que era muy difícil despertar. 

 


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Agulha Revista de Cultura

UMA AGULHA NO MUNDO INTEIRO

Número 162 | dezembro de 2020

Artista convidada: Siegrid Wiese (México, 1980)

editor geral | FLORIANO MARTINS | floriano.agulha@gmail.com

editor assistente | MÁRCIO SIMÕES | mxsimoes@hotmail.com

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