quinta-feira, 13 de fevereiro de 2025

CARMEN NOZAL | Miguel Hernández y la familia poética



Si Miguel Hernández hubiera vivido, estaría cumpliendo el próximo 12 de octubre 112 años. Lamentablemente, acabó sus días en el penal de Alicante, un 28 de marzo de 1942, siendo enterrado en el nicho número mil nueve del cementerio de Nuestra Señora del Remedio, el 30 de marzo. Murió entre rejas por los “fatales balazos de la insidiosa enfermedad crecida entre el hambre y la falta de cuidados”, recuerda el dramaturgo español Antonio Buero Vallejo, uno de los tantos escritores memorables con los que Miguel Hernández pudo convivir, y quien menciona con precisión la oportunidad que tuvo de coincidir con él durante la Guerra Civil Española y, posteriormente, el momento en el que lo encuentra, de nuevo, en la prisión de la Plaza del Conde de Toreno, antiguo edificio conventual hoy desaparecido, donde permanecerían juntos durante varios meses. “Con Miguel Hernández mantuve coloquios inolvidables mientras soportábamos con entereza la condena a muerte, y con él compartí parvos alimentos que nuestros familiares se quitaban de la boca para sostener nuestros decaídos cuerpos. Y ante aquel enfrentamiento con la más verdadera postrimería, Miguel y yo hablábamos de lo que realmente nos colmaba. Del oscuro destino de España, por supuesto; de lo que haríamos o no haríamos si conmutaban nuestra condena, también. Pero, sobre todo, de lo más importante. Y lo más importante ante la probable extinción seguía siendo el arte, seguía siendo la poesía.”

Y es que, en efecto, el alma de Miguel Hernández estaba llena de poesía. Y en la cárcel recitaba sus poemas y también algunos versos de Lorca, Cernuda y Aleixandre. El poeta cordobés Leopoldo de Luis nos dice sobre su obra: “La poesía de Miguel Hernández es una poesía radicalmente amorosa, una poesía que comulga con la naturaleza conmovida por las hondas vetas de la pasión humana. Ni un solo poema hernandiano queda al margen del sentido amoroso: amor a la mujer, al hijo, al pueblo, a la amistad, a la vida. Sólo enamorado puede escribirse una poesía tan vehemente y cálida.”

En enero de 1933, y en Murcia, Miguel Hernández conoció a Lorca, quien le llevaba doce años, según relata Francisco Esteve, periodista y presidente de la Asociación de Amigos de Miguel Hernández, justo cuando había llevado el teatro ambulante “La Barraca”. Al saber que ahí se encontraba Federico, no dudó en visitarlo desde Orihuela, la cual se encuentra a muy pocos kilómetros de distancia. Tan pronto lo conoció, no dudó en enseñarle su primer libro Perito en lunas y Lorca se deshizo en elogios. En ese mismo año, Hernández le escribió a Lorca: “Usted sabe bien que en este libro mío hay cosas que se superan difícilmente y que es un libro de formas resucitadas, renovadas, que es un primer libro y encierra en sus entrañas más personalidad, más valentía, más cojones -a pesar de su aire falso de Góngora- que todos los de casi todos los poetas consagrados, a los que si se les quitara la firma se les confundiría la voz.” En estas cartas, a veces, Miguel firmaba con el apellido de Hernández y, otras, como Miguel H. Giner. Firmara como firmara, Lorca siempre lo alentó: “Escribe, lee, estudia. ¡LUCHA! No seas vanidoso de tu obra. Tu libro es fuerte, tiene muchas cosas de interés y revela a los buenos ojos pasión de hombre, pero no tiene más cojones, como tú dices, que los de casi todos los poetas consagrados. Cálmate. Hoy se hace en España la más hermosa poesía de Europa. Pero por otra parte la gente es injusta. No se merece Perito en lunas ese silencio estúpido, no. Merece la atención y el estímulo y el amor de los buenos. Ese lo tienes y lo tendrás porque tienes la sangre de poeta, y hasta cuando en tu carta protestas tienes en medio de cosas brutales (que me gustan) la ternura de tu luminoso y atormentado corazón”.

Miguel Hernández sintió mucha admiración por Juan Ramón Jiménez y Vicente Aleixandre, quien en la dedicatoria de Viento del pueblo le escribe: “A nosotros, que hemos nacido poetas entre todos los hombres, nos ha hecho poetas la vida junto todos los hombres.” En medio de estos intercambios, Miguel Hernández le escribe a Lorca: “Federico no quiero que me compadezca, quiero que me comprenda”, e incluso, en Llamo a los poetas Hernández dedica una estrofa a todos los que lo han alimentado:

 

Hablemos, Federico, Vicente, Pablo, Antonio,

Luis, Juan Ramón, Emilio, Manolo, Rafael,

Arturo, Pedro, Juan, Antonio, León Felipe.

Hablemos sobre el viento y la cosecha.

 

La mirada de Miguel Hernández se vuelca en los sectores de la sociedad más desafortunados y a través de sus versos ejerce un compromiso social. Junto con Machado y Lorca, Miguel Hernández forma parte del grupo conocido como “los poetas del sacrificio español” y al que Alberti se refiere como “Con Federico García Lorca y Antonio Machado es Miguel Hernández el tercer gran poeta del sacrificio español cuya vida y cuya obra fueron, como en el verso de Garcilaso de la Vega, antes del tiempo y casi en flor cortada.” Y es que los tres poetas padecieron en carne propia los estragos más violentos que dejó la guerra. A Miguel Hernández le tomó mucho trabajo asimilar el asesinato de Lorca. Para ello, acudió a la poesía y en Elegía Primera escribe:

 

Entre todos los muertos de elegía,

sin olvidar el eco de ninguno,

por haber resonado más en el alma mía,

la mano de mi llanto escoge uno.

Federico García,

hasta ayer se llamó: polvo se llama.

Ayer tuvo un espacio bajo el día

que hoy el hoyo le da bajo la grama.

 


Alberti también escribió: “Miguel, como tantos y tantos españoles de hoy, era de entraña católica. De ahí esa aleteante preocupación de muerte, de materia que se recuerda en todo momento deleznable, desprendida, a instantes bronca y dura, de su malograda obra. Cuando yo le conocí en Madrid, acababa de publicarle Cruz y Raya, la revista de José Bergamín, un auto sacramental, de corte calderoniano, pleno de poder asimilador y fuerza propia: Quién te ha visto y quién te ve sombra de lo que eras.”

Sobre los tres grandes poetas, Juan Gil-Albert escribe: “Es decir, no se puede ya hablar de Federico –“El crimen fue en Granada, en su Granada…”-, de Miguel Hernández, joven, enfermo y en prisión, y hasta de Antonio Machado, viejo expatriado a las puertas mismas de su país, sin pensar en su muerte; y eso no ocurre en los demás: vida y muerte hacen en ellos un todo con su obra. Ese es el espantoso privilegio que los distingue”.

No podían faltar las palabras de Pablo Neruda para describir a Miguel Hernández: “Poeta de abundancia increíble, de fuerza celestial y genital, era el corazón heredero de estos dos ríos de hierro: la tradición y la revolución” y decía de él:

 

“¡Con esa cara que tiene Miguel de patata recién sacada de la tierra”. Mientras, Miguel Hernández escribía “Me llamo barro aunque Miguel me llame…”

 

Por su lado, el escritor de la Generación del 50, Alfonso Sastre, dice que “Miguel Hernández sigue siendo hoy una lección viva para los poetas españoles: por su rigor formal (aspecto poético) y por su rigor combatiente (aspecto político). ¡Admirable, Miguel Hernández!”

En una conversación sostenida con Langston Hughes confiesa que su primera obra la publicó siendo pastor en 1934. Y en 1936 publicó El Rayo que no cesa, libro del que Juan Ramón Jiménez destaca seis poemas que denominó “sonetos desconcertantes” para que fueran leídos por los llamados amigos de la poesía pura. Miguel Hernández confiesa: “Yo creo en esa nueva literatura nuestra, producto de la revolución y de la guerra. ¿Cómo va a producirse? No lo sé. Pero sólo careciendo en lo absoluto de sensibilidad artística es posible sentir cómo ronda la muerte los frentes de combate, y no acudir a nuestra voz para transmitir y fijar ese drama”, a lo que Langston Hughes exclama: “No es sólo eso, sino que ya sabemos cómo los grandes movimientos humanos presentan siempre un concomitante artístico, principalmente literario. La guerra en España tiene una enorme fuerza dramática, desde luego, pero todavía es más profunda la transformación social que está operándose mediante esa guerra, transformación que, por otra parte, se había operado ya lo suficiente para lanzar a un pueblo a la conquista de su libertad.”


Para Miguel Hernández la base de su poesía revolucionaria fue la guerra. “La experiencia de la lucha, el contacto directo con el dolor en el campo de batalla, va a remover en muchos espíritus grandes fuerzas antes dormidas por la lentitud cotidiana.”

Sobre Miguel Hernández también escribió Nicolás Guillén: “Imaginaos a un duro mocetón valenciano, campesino de Alicante, con la redonda cabeza pelada al rape; las manos grandes de quien ha trabajado mucho con ellas; los ojos verdes y saltones, llenos siempre de un asombro inefable; la nariz respingada, como la de aquellos rústicos deliciosos que ilustraban los cuentos infantiles de calleja; la voz cortante y recia; la piel tostada por el férreo sol levantino, todo ello sepultado en unos pantalones de pana ya muy trabajada y unas espardeñas de flamante soga, y habréis construido rápidamente la figura de un gran poeta de la juventud revolucionaria española. Comisario Político del Regimiento del Campesino: la figura del camarada Miguel Hernández.”

Cabe mencionar que viajó varias veces a Cartagena pues en Cabo de Palos y La Unión vivió la poetisa María Cegarra, presencia tangible de “El rayo que no cesa”. Con la intención de que el público comprendiera mejor su poesía, llevaba una jaula que, en vez de tener un canario, tenía un limón. Además, hacía uso de una campanilla para llamar la atención de los espectadores. Así era Miguel Hernández y, al mismo tiempo, nadie puede saber a ciencia cierta de dónde provino la grandeza de este pastor que dejó las cabras en el monte para alimentar el alma de sus lectores a lo largo y ancho de toda la tierra y de todos los tiempos.

 

Me llamo barro aunque Miguel me llame.

Barro es mi profesión y mi destino

que mancha con su lengua cuanto lame.

Soy un triste instrumento del camino.

Soy una lengua dulcemente infame

a los pies que idolatro desplegada.

 

Como un nocturno buey de agua y barbecho

que quiere ser criatura idolatrada,

embisto a tus zapatos y a sus alrededores,

y hecho de alfombras y de besos hecho

tu talón que me injuria beso y siembro de flores.

 

Coloco relicarios de mi especie

a tu talón mordiente, a tu pisada,

y siempre a tu pisada me adelanto

para que tu impasible pie desprecie

todo el amor que hacia tu pie levanto.

 

Más mojado que el rostro de mi llanto,

cuando el vidrio lanar del hielo bala,

cuando el invierno tu ventana cierra

bajo a tus pies un gavilán de ala,

de ala manchada y corazón de tierra.

Bajo a tus pies un ramo derretido

de humilde miel pataleada y sola,

un despreciado corazón caído

en forma de alga y en figura de ola.

 

Barro en vano me invisto de amapola,

barro en vano vertiendo voy mis brazos,

barro en vano te muerdo los talones,

dándote a malheridos aletazos

sapos como convulsos corazones.

 

Apenas si me pisas, si me pones

la imagen de tu huella sobre encima,

se despedaza y rompe la armadura

de arrope bipartido que me ciñe la boca

en carne viva y pura,

pidiéndote a pedazos que la oprima

siempre tu pie de liebre libre y loca.

 

Su taciturna nata se arracima,

los sollozos agitan su arboleda

de lana cerebral bajo tu paso.

y pasas, y se queda

incendiando su cera de invierno ante el ocaso,

mártir, alhaja y pasto de la rueda.

 


Harto de someterse a los puñales

circulantes del carro y la pezuña,

teme del barro un parto de animales

de corrosiva piel y vengativa uña.

 

Teme que el barro crezca en un momento,

teme que crezca y suba y cubra tierna,

tierna y celosamente

tu tobillo de junco, mi tormento,

teme que inunde el nardo de tu pierna

y crezca más y ascienda hasta tu frente.

 

Teme que se levante huracanado

del blando territorio del invierno

y estalle y truene y caiga diluviado

sobre tu sangre duramente tierno.

 

Teme un asalto de ofendida espuma

y teme un amoroso cataclismo.

 

Antes que la sequía lo consuma

el barro ha de volverte de lo mismo.




CARMEN NOZAL (España, 1964). Reside en la Ciudad de México desde 1986. Tiene también la Nacionalidad Mexicana. Es Licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM y egresada de la Escuela de Escritores de la SOGEM. Autora de libros de poesía, entre los que se cuentan: Visiones de piedra, Premio de Poesía UNAM, 1991. Vagaluz, Premio Nacional de Poesía Elías Nandino, 1992. Aguamor, La Tinta del Alcatraz, 1993. Hacia los flecos del frío, Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos, 1993. El espejo de Luzbel, premiado por la Universidad Veracruzana, 1994. Equis, publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana, 1995. Palabra interior, publicado por la Universidad Autónoma del Estado de México, 1996, reeditado y corregido en el 2000 bajo el título De la palabra cacería, En el reino de la luz y otros poemas, publicado por el Ateneo Jovellanos, por ser finalista de dicho galardón internacional, 1999. Está incluida en la Enciclopedia de Escritores Asturianos y en medio centenar de antologías. Ha trabajado como guionista y es autora del cortometraje para animación Cuando Mister Cronos perdió el tiempo, premiado por el IMCINE y de la obra de teatro para niños El dinosaurio y la estrella fugaz. Becaria de la SOGEM y del Instituto de Cultura de la Ciudad de México. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, bable, alemán, italiano, turco y árabe. Durante trece años se ha desempeñado como Promotora Cultural, de los cuales siete se llevaron a cabo en la Casa del Poeta “Ramón López Velarde” donde laboró como coordinadora de actividades culturales, jefa de prensa y relaciones públicas. También ha trabajado en la Secretaria de Cultura Federal como directora de área y secretaria particular. En el transcurso de 2018 ha publicado la segunda edición de Vagaluz; República, libro de poemas sobre la Guerra Civil Española, editado por Parentalia; y Zona Cero: 286, testimonial sobre el sismo del 19 de septiembre, premiado por DEMAC. Actualmente, se desempeña como directora de comunicación, prensa y difusión del Museo Nacional de Arte (MUNAL).




MANOEL D’ALMEIDA E SOUSA (Portugal, 1947). Poeta e artista visual. Sua obra possui um acento valioso na esfera do humor. Fazedor de coisas (simples) e criador de canídeos. Passou por vários sítios incluindo a Escola Superior de Teatro e Cinema. É fundador do projeto associativo Mandrágora onde encenou e atuou como figurante. Já pintou, desenhou e fez revistas – entre elas a Bicicleta. A seu respeito escreveu Nicolau Saião: Almeida e Sousa acentua mais ou menos conscientemente o contraste entre a reposição parcial da antiga legibilidade e o exterior atmosférico a que usa chamar-se passado. É, obviamente, um exilado da tal pintura de tradição. Os seus quadros assemelham-se a violentas sacudidelas na sua vida de pessoa que intervém mediante os materiais, os traços, a cor ou a ausência de cor, na sequência do quotidiano. É o acaso que o motiva ou, pelo contrário, é uma deliberada atenção a tudo o que o rodeia? Que possui bons olhos de pintor e independência de espírito – e de razão conceptual – não sofre dúvida. Ele subverte – e nas suas colagens isso é muito perceptível – muito do tempo presente. Mas isso é evidentemente uma busca lúcida do futuro. Manoel d’Almeida e Sousa é o artista convidado da presente edição de Agulha Revista de Cultura.

 



Agulha Revista de Cultura

CODINOME ABRAXAS # 01 – REVISTA ALTAZOR (CHILE)

Artista convidado: Manoel d’Almeida e Sousa (Portugal, 1947)

Editores:

Floriano Martins | floriano.agulha@gmail.com

Elys Regina Zils | elysre@gmail.com

ARC Edições © 2025




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