terça-feira, 18 de novembro de 2014

Roberto Fernández Iglesias: la sustancia furiosa de ser | José Ángel Leyva

Roberto Fernández Iglesias

Según la Wikipedia, Roberto Fernández Iglesias es un panameño residente en México; según su poesía, es un hombre a quien poco le importa haber nacido en cualquier lugar del mundo, pero al mismo tiempo acota que es fundamental el lugar donde se vive y a veces también donde se nace. Según sus palabras y sus hechos lo importante es ser hombre de palabra, es decir, de hecho; un hombre que hace es un hombre que nace. Para mí, Roberto es un ciudadano, un poeta comprometido consigo mismo y con su entorno, hasta donde el concepto entorno abra sus posibilidades e implique su compromiso con la humanidad. Quizás sea Panamá, quizás Toluca, quizás Tunastral, quizás su familia, sus amigos, la escritura, el conocimiento, quizás sólo sea la poesía, donde cabe todo eso y lo demás.
Roberto CabreraEn este libro, Furiosa sustancia, publicado por su propio engendro de promoción cultural, Tunastral, que es ya un signo de identidad de los toluqueños y del Estado de México, la antologadora –porque es una compilación de textos escritos desde 1964 hasta los últimos años–, destaca la pasión de Fernández Iglesias por la poesía. Esa es su constante y su porfía, el objeto prístino de su querer, de su deber. Sus poemas lo muestran de frente, de perfil, por arriba, por abajo, por dentro por afuera. No quiere decir que sea en los versos donde Roberto guste más o guste menos, sino todo lo contrario, porque hay en él un búsqueda y una sed que lo desmarcan del hallazgo, de la conformidad. Está siempre explorando nuevas posibilidades del lenguaje con más o menos éxito, pero eso al parecer, le tiene sin cuidado. Va como un muchacho de taller en taller literario en sus propios cuadernos, cambiando de ruta, regresando a sus antiguas pautas y catapultándose a nuevos horizontes formales, porque en esencia los temas son los mismos.
La propuesta editorial de esta obra que reúne fragmentos de los numerosos libros escritos por Fernández Iglesias –presentados sin orden cronológico ni temático, sometido a la curaduría de Lorena Paz–, hace énfasis en la pasión del poeta y del promotor cultural, del profesor, del crítico, del autor en términos generales. Lorena Paz Valderrama Bernal, así, con todos nombres y apellidos, declara en su introducción la vocación magisterial y provocadora del personaje y escritor. A él no lo mueven las certezas, sino las dudas, el disenso más que la utopía, allí donde la utopía aún respira. Por eso, más allá del significado ideológico del concepto militancia, Fernández Iglesias figura o aparece como un militante de sus propios deseos. Deseos íntimos, personales, sí, pero inmersos en su naturaleza colectiva, comunitaria, social. Esa es la diferencia básica entre un poeta que se cultiva a sí mismo para la posteridad y otra que cultiva en sí mismo la posteridad como posibilidad de sobrevivencia común.
Roberto CabreraTunastral es parte de su poesía. Quienes hemos asistido a la lecturas, a las presentaciones, a la verbena literaria, somos testigos de que existe una atmósfera de camaradería y afecto, pero nunca de complacencia. Tunastral representa literalmente lo opuesto a la aridez de la política de Atracomulco. Es una parcela humilde y de bajos perfiles, donde cada quien trabaja y gana lo que le corresponde, recibe su ración de reconocimiento y de entusiasmo. Una pequeña zona de creatividad en medio de tanta rapacidad no es mérito menor. Lo dice bien Fernández Iglesias en ese poema sin título y con gloria, y que al parecer forman parte de la serie “Poemas de la Vida” (1984): “Un día cuando ya te has dado cuenta definitivamente/ que no todos usan la cabeza para el sombrero/ y que algunos tienen la corbata/ porque presienten que la vida debe ahorcarlos/ tomas los cadáveres de la mano/ y cantas como si fuera el primer día de la creación/ y todos los poemas que escribes/ está llenos de flores y de gloria/ y de respiraciones y de muertos hijueputas/ definitivamente / fuera de la historia de sí mismos.”
La poesía de Fernández Iglesias se caracteriza por su escurridiza actitud frente a las clasificaciones, va de un estilo a otro, de un modo a otro, de un Roberto a otro. La inquietud, la migración es su impulso. Casi ningún poemario se habla con el otro, cada uno dialoga con la posibilidad de ser distinto. No obstante, la ironía, la necesidad de comunicar, de decir, están presentes en todos sus poemas. Y esa extraña ternura amalgamada con la mala leche es un fantasma que recorre toda su escritura, de manera particular en sus relatos, tan bien seleccionados, por cierto. Es allí, donde rezuma la sustancia violenta con sabor de miel, donde Fernández Iglesias deja marca. Sucede desde los primeros relatos de este libro, “La marejada” y “Hombre de mundo”; despoja de eufemismos la escenas familiares donde priva el racismo sobre esa turba alegre, cuya diversión es ver la furia del mar, o esa fantasía del intelectual calenturiento que descubre, en el medio menos glamuroso, a una chica que escribe versos, y se siente movido no a la necesidad, sino a la responsabilidad de la derrota, a experimentar el golpe de la realidad. Esa chica hermosa y poeta, no puede decirle sí a la posibilidad de que él se siente junto a ella, y en efecto, la respuesta es no. Esa misma sustancia da forma a las historias de “18 narraciones breves”, donde advierto a un Roberto más estable, pero nunca predecible.
La correspondencia de ese humor puede hallarse en poemas como “no sé por qué”, o en los poemas de Trastienda (1994).
No entiendo los criterios para haber organizado el libro de esta manera cronológica pero a saltos en géneros, temas, estilos, formas. La respuesta podría estar no en la antologadora y curadora, sino en ese texto de Fernández Iglesias, “Trazos”, para explicar los siete cerros de Toluca, como los de Roma, según dice, pero uno de los toluqueños no es un cerro, sino una pirámide. Así que bajo tales explicaciones y semejante lógica, este libro tiene muestras de una obra que representa una vida como para que nunca le den la beca del sistema nacional de creadores, pero nosotros, lectores, le damos la furiosa sustancia de nuestra gratitud y nuestro afecto. Gracias Roberto por hacerte parte de este pozole cultural que aún masticas con espíritu panameño. 

Roberto Cabrera

José Ángel Leyva (México, 1958). Poeta, narrador, editor, promotor cultural, periodista. Ha dirigido diversas e importantes publicaciones, entre las cuales destacan las revistas de poesía Alforja y La Otra. Actualmente es coordinador de Publicaciones de la Universidad Intercontinental. En 1999 y 2008 recibió el premio Nacional de Periodismo, otorgado por el Club de Periodistas de México. Libros suyos han sido traducidos íntegros al francés, inglés, portugués e italiano.Contacto: josanley@gmail.com. Página ilustrada con obras del artista Roberto Cabrera (Guatemala).

El período de enero de 2010 hasta diciembre de 2011 Agulha Revista de Cultura cambia su nombre para Agulha Hispânicabajo la coordinación editorial general de Floriano Martins, para atender la necesidad de circulación periódica de ideas, reflexiones, propuestas, acompañamiento crítico de aspectos relevantes en lo que se refiere al tema de la cultura en América Hispánica. La revista, de circulación bimestral, ha tratado de temas generales ligados al arte y a la cultura, constituyendo un fórum amplio de discusión de asuntos diversos, estableciendo puntos de contacto entre los países hispano-americanos que  posibiliten mayor articulación entre sus referentes. Acompañamiento general de traducción y revisión a cargo de Gladys Mendía y Floriano Martins.

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