quinta-feira, 5 de abril de 2018

MIGUEL MÁRQUEZ | Benito Mieses y las matemáticas líricas de la profanación



Quienes lo conocemos estamos al tanto de su amabilidad y de la inteligente, sibarita, cariñosa manera de estar presente en el mundo. Nacido para llamar la atención con un volumen físico considerable, pleno de energías creativas, quiso la vida que él estuviese del lado de quienes pasan y se la pasan viendo, observando, tomando apuntes precisos desde el otro lado de la baranda. Quiero decir, se siente cómodo, personalmente, en ese lugar que habita no con discreción (mala palabra para un hombre rebelde), sino con ese preservar lo más importante y compartirlo cuando sea necesario, cuando se imponga la intimidad de la creación y de la amistad. De resto, pasa por la vida como un perfecto outsider, alguien que trabaja al margen de los circuitos de nombradía e intercambio, de plusvalía en el marketing del Arte, o del autobombo sin más.
Aliada a su preferencia por el silencio en el colectivo de las malas costumbres, está una palabra que le viene a buenas, pero me parece pronto para traerla acá, por eso tiendo a situarlo en el único mercado que siempre le ha interesado: el del intercambio de afectos, de ideas, de letras, de condumios también, en esa economía informal del trueque amoroso que siempre lo mantiene despabilado y a punto de la sonrisa con ese humor que también lo caracteriza. Jamás de la risotada, pues no nació el día del sarcasmo ni sigue el horóscopo aturdido del recién llegado.


Sus ojos son un capítulo más que cromático, pues a pesar de todos los diluvios que ha experimentado este Noé tropical en el arca de los inmensos desbarajustes existenciales, su mirada conserva en todo momento una argucia, una cita, un resplandor por donde circula la savia de una sabia pertenencia, justo en la pupila de un ardor manifiesto que se mantiene intacto. A ella, a su mirada creo, le ha dedicado todos los días y las noches de su amable y curiosa forma de vivir en esta tierra. Esto es fácil constatarlo en una historia artística con los colores, la suya, que conozco desde hace aproximadamente treinta años y algo más. Una indagación poética donde la sugerencia le da a uno la entrada a un universo de señales que encuentran materia en el símbolo del pez, de la copa, de las sillas, de los recuadros, de las escaleras, de las retículas, de esos extraños seres que la pueblan y ensilencian. Asimismo, vemos en su trabajo la búsqueda de un abecedario caligráfico, tipográfico, verbal, que lo emparenta y lo une con otra de sus pasiones: la poesía, esa que quizás podría resumir su nombre por completo, esa misma que viene haciendo, pintando y leyendo desde hace ya mucho.
Esa intensidad verbal de su obra plástica lo lleva a uno a un ámbito donde están preferencias suyas a las que ha dedicado el alma con inmensa atención: Alfredo Silva Estrada, Sonia Sanoja, Ida Gramcko, Juan Sánchez Peláez, Juan Calzadilla, los beatnik (a Charles Bukowski lo ha traducido con fuerza y entusiasmo) y esta lista pudiera alargarse bastante más con creadores de aquí y de otros países que alguien mencionará en su momento con la indispensable vocación de ser exhaustivo. Es autor de varios libros de poemas. Y esa impronta, decía, es la que uno encuentra como sello en su obra, por un lado, como filiación, como enlace, como vínculo, y también con una independencia, con un relieve que me seduce e interroga con sus números, con sus signos, a la manera de una clave a la que quisiera, algún día, darle mayor espacio de interpretación y ver cómo esos son modos de entrarle a una vía de decir las cosas que bien pudiera nombrarse como la inclinación conceptual de Benito Mieses. Inclinación que habría que explorar de verdad, pues por aquí es mucho lo que hay para entenderlo y fabularlo.
Quiero abundar de manera paralela con la idea anterior, señalando lo poco naíf que es este artista, y lo digo pensando en ese jipismo militante de Benito que alguien pudiera asociar con lo ingenuo para equivocarse en la mismísima entrada. Nadie más alejado que él de un acercamiento al arte a la cañona, en el sentido de irreflexivamente. Lo suyo es y ha sido el estudio detrás del biombo, detrás de la parafernalia de los lugares comunes. Es decir, es un verdadero pensador de lo que hace y de lo que han hecho otros en la tradición artística nacional e internacional. Y además, es economista graduado de la Universidad Central de Venezuela, alguien que ha leído, por ejemplo, El capital de Marx, entre muchos libros de filosofía. Lo que quiero afirmar es que le encanta la teoría y se le ve muy a gusto cuando refiere lo que encuentra en esos libros.
De manera similar, él mismo es quien habla de su obra y la segmenta, la clasifica con dinamismo, la agrupa no solo por fechas sino por las fichas, por la apuesta que entraña cada uno de sus vértices. Yo le he escuchado hablar con fascinación de maestros suyos como Dámaso Ogaz [dice este, el mismo Dámaso de sí en un escrito que circula en Internet y creo lo reproduce bien en el espíritu que influenció en Mieses a través de lo curricular: “Dámaso Ogaz mide 1.79 cm. de alto, es de tez morena, como Torquato Tasso, usa bigotes como Rilke («mi admiración, dice Ogaz, me llevó a estos usos poco higiénicos»), tiene ojos grises («de los que son culpables los hebreos», nos agrega), su rostro es ovoidal y su perfil es casi convexo. Habla en la actualidad tres dialectos y un poco del idioma castellano, un idioma, según él, «en desuso». Practicó en su infancia gimnasia sueca y la carrera de los mil metros con valla], como Álvaro de Rossón (cito este otro retrato de la misma fuente electrónica: “Todo un modelo escenógrafo, musicalizador, creador de luces y efectos sonoros, escritor, periodista, traductor, poeta, crítico de arte, hacedor de versiones, productor de programas radiales, ganadero y director teatral), de otro artista también muy influyente en el arte actual y hecho a la medida de sí, de sus preguntas, de sus juegos a veces hirientes: Claudio Perna.
Es decir, hablamos de un trío antiburgués, investigador, experimentador, impugnador de la sociedad y del arte que está en los orígenes del hacer poético y plástico tanto de Benito como de su hermano de faenas (de los libros, de los colores y de la vida) desde muy temprano, el otro poeta y artista visual: Hermes Vargas.
También rasgo muy suyo es la itinerancia, el amor por los viajes, por el desplazamiento, por el cambio; hasta donde sé, ha vivido en Caracas, Mérida, Coro, Adícora, Valencia. Y justo ahora, cuando se ha puesto en marcha la posibilidad de hacerle una exposición que dé cuenta de su trabajo, será esta ocasión ideal para agrupar obras suyas que imagino andarán por los caminos múltiples de este país.
En algún momento, pensando en su obra, tuve una idea que vuelve ahora; la de que su hacer en las artes visuales consiste en unas matemáticas líricas de la profanación que, con las ciencias puras e impuras de la poesía, construye mundos tangibles donde el color vuelve a cobrar una simpatía, una cordialidad, una relevancia imaginativa, que me parece concuerdan con el Benito Mieses que conozco y quiero desde hace mucho, el hacedor de Bares y de Mares, de letras y de números, de ficciones para entender la hora que le corresponde y transformar mística, lúdica y animosamente la calle.
Había quedado en mencionar una palabra sobre él y he decidido mantenerla conmigo, porque ellas, las palabras, a veces, confunden más de la cuenta, y lo que quiero decir cuenta mucho como para que no se entienda o no lo diga como corresponde. En todo caso, es aquello que respalda a una actividad con una estructura ética y contemplativa a la que le gusta más mantenerse a la deriva que en las tablas, que no habla de sí, pero desde allí refiere. Palabra sabía muy usada, palabra bíblica, con la que podemos continuar sin afanarnos con las cosas de este mundo para contabilizarlas a la luz o en lo oscuro. Es aquello que lo acompaña con una trama, un tejido, una forma, donde la significación viene a manifestarse con una espontaneidad de contacto y respuesta que es casi como música, y no como teatro. A su melodía, a sus buenos días, a su corazón, dedico estas palabras y me llevo aquella por donde vine.


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Página ilustrada com obras de Benito Mieses (Venezuela, 1958), artista convidado desta edição.
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Agulha Revista de Cultura
Número 110 | Abril de 2018
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Um comentário:

  1. El encuentro entre poetas siempre nos deja un leve suspiro de saudade.

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