segunda-feira, 28 de dezembro de 2020

CONEXÃO HISPÂNICA | Celsa Acosta

MIGUEL MÁRQUEZ | Celsa Acosta, un cuenco los trae a su fondo

 


El azar convoca el misterio

CELSA ACOSTA

 

¿Por qué me sale al paso este libro (Otro lugar, antología poética, 1991-2007. Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2008) de Celsa Acosta (nacida en Coro, 1964)? ¿Qué quiere decir?, ¿de qué lugares se trata?, ¿a qué otro lugar se refiere?, ¿cuál es la diferencia entre uno y otro?  El poema del enganche es este:

 

Como un dardo

clavas tu horizonte

 

Surges de los laberintos

horadando lo intenso

que nos fluye

 

Naufragio de mi aliento

buscas reposar tus grutas

penetrando la quietud de la luz

 

Así le puedo decir el poema para acercarlo: como un dardo que clava en este cuerpo un horizonte. Y escucho que la poeta le dice al poema: surges de los laberintos, es decir, de aquello que no sabemos qué es, que no sabemos precisar y que pone en marcha, en movimiento hacia la luz y las sombras, eso que nos fluye, que nos lleva horadando lo intenso y toca tierra en el naufragio –donde eso busca reposar haciendo espacio en la quietud de la luz. Acercarnos, entonces, por el lado de un poema sobre la poesía y el poeta, sobre la escritura y el escritor, los procesos artísticos y la interioridad, el alma y las palabras. Una poesía reflexiva que hace constancia en el camino hacia el poema, que hace demora, tiempo en condición de sustancia para entenderlo, para que pueda dejar un poco de sí sobre nosotros a cambio de entrega y atención sensible, porque el mundo entra aquí por los poros abiertos de los sentidos y se resuelve en versos, en pájaros, en objetos, en ceremonias. Entonces, este dardo a lo mejor me saca una carta para llamar al entrecruce del poema con la vida, para darle vueltas a ese “otro lugar” que nos separa, que nos distancia, que nos mueve del primer lugar, de los naufragios, de lo enmarañado, “de la ausencia sonora/ donde me agravo” (dirá) y se abre una especie de horizonte como lugar que difiere, como horizonte nuevo o novedoso o renovado.

La antología reúne poemas de los siguientes libros: De otro lugar (1991), que a su vez está dividido en dos: “Del cuerpo” y “De las manos”; Labio ebrio y otros textos (1998); Hendidura de agua (2004), dividido en dos secciones, una de las cuales está referida a “Una lectura personal del I Ching”; y Voces (2005-2007), que es el poemario con el que concluye.

Es interesante ver que en este índice se anuncia algo que apunta en dirección al cuerpo, referido como tal y en tanto que manos, labios, voces, hablas; como también teniendo como premisa que quien habla de cuerpo habla de afectos, sentimientos, pasiones, y sin olvidar que el cuerpo es una dimensión configuradora, hacedora y portadora de los conflictos agudos que también nos acompañan en la elaboración de la subjetividad. Piel de pieles.

Comienzo de este modo pensando en lo que parecía asomarse con el poema que sale al encuentro: lo que parecía ubicar la mirada de lector en torno al alma y las palabras, se desliza, hacia la dimensión corporal. En este sentido, corrige lo imaginado. Por otro lado, la presencia del I Ching es importante, ya que no solo es el “antiquísimo Libro de las mutaciones” (D. G. Vogelmann, traductor al español), sino una vía para conocer un poco más lo que consideraba C. G. Jung: “un método de exploración del inconsciente… de insólita sabiduría”. Lo que a su vez se convierte en camino para acceder a “La mente china [sigue Jung, ya que] parece preocuparse exclusivamente por el aspecto casual de los acontecimientos. Lo que nosotros llamamos coincidencia [en Occidente] parece constituir el interés principal de esta mente peculiar, y aquello que reverenciamos como causalidad casi no se toma en cuenta”.

Si antes de ir abriendo los poemas, reúno lo que ha surgido acá, veo que es posible que el cuerpo tenga espacio de privilegio en su acercamiento verbal al mundo que configura a partir del recorrido de lo físico con los sentidos –como la vista, el tacto, el oído, prioritariamente–, el camino de la percepción, el papel protagónico del poema ante la nada. Y también de algún modo creo que estos textos de Celsa Acosta nos llaman a tener en cuenta el Libro de las mutaciones como una posible lectura a la naciente investigación sobre el Yo en algunas filosofías de Asia.

El primer poema dice así y marca un sendero:

 

Todas las claves rompieron el gesto

 

El vestido cortado para cumplir

el tránsito del asombro a la huida

quedó guardado en la columna del espejo.

 

Estoy exhausta de tanto paisaje oscuro.

 

Oigo la voz

y el aleteo de unas manos

que sabían de la caricia

en el beso.

 

Callo la ausencia sonora

donde me agravo.

 

Y lo leo desde la visión bifronte de aquello ido, huido, arrojado, que no cesa de manifestarse, de romper gestos y de agotar la perspectiva hasta solo escucharse aquello que nos llama desde hace tanto, aquello perdido y vuelto “ausencia sonora” para hacer de lo grave un tiempo muy especial, el tiempo donde lo grave agrava, es decir, pega, duele, hace contacto y agota, vence, reina y muele en lo oscuro. El poema, sin embargo, apunta hacia esa ausencia. Los ecos son una fuente en cuya melodía pareciera que escuchamos algo que nos interpela y nos lleva por un lado a la escritura y por otro a una presencia invisible acariciada por el tacto de la espiritualidad, para el seguimiento paulatino, para el teje y desteje, para el asombro y el combate.

Escribe enseguida:

 

De la cabeza a los pies

he sentido manar el último

estallido del cuerpo transido.

 

Escucho

cómo los pájaros

pían el verbo distante.

 

Mis manos proclaman

la imagen

de la inicial caída.

 

Conozco el húmedo color

del aliento,

recibo la luz

como temblor.

 

El “cuerpo transido”, ¿el cuerpo tomado, avasallado, entristecido? Y me pregunto también lo siguiente: ¿Qué jovialidad contradictoriamente secreta anima lo que ocurre en estos versos que me contagia equilibrio? ¿Cómo se vuelve sonido la interrogación por el ser de la escritura y por esa dimensión trascendente que se materializa en las cosas? ¿Cómo se hace pájaro una pregunta? ¿Será algo cercano a la serenidad lo que me gusta de este tono en mitad incluso de lo más angustiante? Por su parte, las manos introducen el momento simbólico de la caída (“la imagen/ de la final caída”): fin de la inocencia, fin del mito, adiós al paraíso, y también comienzo de una búsqueda de pistas (“recibo la luz/ como temblor”) para saber cómo pasó lo que pasó, dónde fue el tajazo, por qué, y cuál es la consecuencia que nos marca. Jovialidad para la linterna, podría ser. Para las palabras. Para el oído. Para la ausencia. Lo de los pájaros y el verbo distante del que aquí se habla también introduce un diálogo entre elementos que parecen dejarnos de lado, como si ni siquiera pudiéramos acercarnos de verdad al mundo del lenguaje, ya que de alguna manera los pájaros son los encargados de hacer contacto con ese mundo que nos queda distante, y nos coloca en el punto de la máxima enajenación: en la mudez del invitado de piedra como riesgo mayor, como pesadilla.

Así escribe en el tercero:

 

El espacio cerrado que una vez

ocupó la lámpara y el espejo

tiene la lentitud gestual

de mi cuerpo.

 

Cómo entreabrir el verso

y asistir a la misteriosa movilidad

de un territorio guardado.

 

La memoria

máscara de la sonrisa,

nada nos ayuda.

 

Persistimos en lo finito necesario.

 

Lo primero la belleza del poema, escribir acá de nuevo la primera estrofa para subrayar que la poesía es la poesía y todo acercamiento una lectura arbitraria que arma y desarma desde sus intereses, es decir, que hay algo que se sustrae de la interpretación, que se conserva en sí como en su mejor estado. Cito esa estrofa de nuevo para disfrutarla más: “El espacio cerrado que una vez/ ocupó la lámpara y el espejo/ tiene la lentitud gestual/ de mi cuerpo”.  De nuevo hay algo cerrado, oculto, tapado, que hace más difícil, riesgosa, trabajosa, la búsqueda en un encuentro con las sombras del espejo y la lámpara, como si se tratara de encontrar tierra entre tanto fantasma, especulación, cosas vaporosas que no se resuelven en algo, y de paso, esa nebulosa se parece al cuerpo que la observa, al cuerpo cerrado, clausurado, lento. Se puede decir que la poeta quiere ajustar su mirada, su lenguaje, y confirma presencia y equivalencia entre dos mundos para saber que es por ahí que va la cosa a ver si la destranca (“cómo entreabrir el verso”). Luego se pregunta cómo la escritura puede mostrar en su interior esa “misteriosa movilidad” de un terreno que no se sabe dónde anda y se percibe, se capta, en esa derivación de un lugar a otro, de un sitio a otro, entre lo que está presente en la despedida, y lo que está ausente por necesidad. Formas de querer atrapar lo imposible, lo que no se deja, lo que no nos ha sido dado y continuamente está allí para renovar el pacto con esa huella, donde incluso, la memoria “nada nos ayuda”. Como si se sumara al olvido lo que rubendarianamente diríamos que persigue una forma que no encuentra el estilo. Y ante esto, lo que queda, parece decirnos, es insistir en “lo finito necesario”, lo contingente, lo no seguro, lo probable que únicamente sabe que está en tránsito hacia lo inevitable (“el tránsito del asombro a la huida”).

Dice en el quinto:

 

Sentada frente al pequeño

hueco de esta mesa

multiplico

el rostro del vacío.

 

De pronto

siento a un niño respirar.

 

Recorro con mis manos

el turbulento espacio

donde fuimos conchas de otro cielo.

 

Renazco en la envoltura

de la sombra.

 

Aguardo el primer

y último camino.

 

Acá parece que el olvido, lo perdido, lo negado, adquiere otros nombres. Hay gente que nace y respira en algún lado, y con los dedos se recorren las líneas de conchas que estaban, conchas que no pueden ser más que presencias sagradas de un mito fundador al que nos aproximamos a veces en el sueño, a veces en el poema. casi siempre con un suspiro. Momentos de reconciliación con lo que no existe por la vía del ensueño (“donde fuimos conchas de otro cielo”), más allá de la errancia infinita, y se nace y se encuentra en esta vida que le toca (“Renazco en la envoltura/ de la sombra”).

El poema con el que pasa a la otra sección de este primer libro dice así:

 

Callado,

el cuerpo arroja diezmos

a su sombra.

 

No da cuenta del instante

en que el sonido de las piedras

reviste el rostro de migajas.

 

Y esto es importante, el subrayado de la humildad sobre la arrogancia de ciertos cuerpos que se pierden en los gestos, por un lado; y por otro, esto como que impide darse cuenta de que eso que suena ahí, como al desgaste, como en balde, “reviste el rostro de migajas”, esas que solo la humildad es capaz de reconocer en un bautizo semejante a rostros inundados de lo pequeño al margen, de lo que parece que no suma ni cuenta. Es ver lo que otros no perciben, ese rostro de un otro que no atiende ni sabe. Esas migajas son palabras que iluminan el camino como restos de un cuerpo que perseguimos y continuamente olvidamos. Un cuerpo de fragmentos, de detalles, de esbozos, de anotaciones al margen. Esta es la humildad que encuentro acá, la de ver desde ese lugar donde la poesía es la que contempla, donde la poesía es la que ilumina con señales que solo el alma, solo la vida en tensión hacia lo claroscuro puede escribir en la libreta. No lo unido sino lo desperdigado; no el ser sino lo que se encuentra en pedazos; no el Yo ni el Ego, sino aquello que hace acto de presencia desde una pequeña nada. En este sentido, esta es una poesía ritual en su acercamiento ceremonioso, no pocas veces celebrativo y más matérico de lo que se supone en una lectura al vuelo, pues aquí la territorialidad está a tono con los cuerpos, con lo que se deja ver, con lo que se esconde. Es una poesía donde lo magnético (atracciones, corrientes, repulsiones, rechazos) tiene imán de nombre, es decir, de permitirse los que se dice y lo que se calla. Y para complicar el panorama, también pudiera tratarse de algo menos atractivo, y lo que viene a ser presencia en este poema es el cuerpo del ultraje, el que arroja diezmos a su sombra, y recibe migajas, pocas, mínimas cosas a cambio, porque el intercambio es miserable, en el sentido de no estar en capacidad de tonos mayores, más generosos y vitales.

Ante esto se pregunta:

 

¿Quién suspende el acorde

de las manos?

 

Asustadas entran al sueño.

 

Dentro

la oración arranca

sus silencios.

 

Sola,

en la brevedad de este espacio,

toda inmóvil,

espero el día.

 

Qué bien dicha está esa quietud, esta detención insomne, este carácter trancado al amanecer. ¿Quién al leer estos versos no sabe que a esta navegación profunda lo que la funda es el poema? ¿Quién deja pasar invitación semejante a lo que son los movimientos inestables del alma y a las fuerzas que nos mantienen con los ojos abiertos y con el corazón pilas, listo, despabilado? Este es el magnetismo, esa intuición para cazar las fuerzas confrontadas, atascadas, confundidas, hartas, para tratar de animar lo inanimado, para soplarlas y encenderlas, para entender con palabras los grandes mares y los grandes ríos del alma y sus desiertos. “¿Quién suspende el acorde/ de las manos?”, pregunta, quién le da susto y la mantiene inmóvil. Es como estar en presencia de la pérdida en lo más inmediato y en el temor de quedar con nada, como si lo quieto salvara, no pusiera el acento en la denuncia o en la alarma. Es el acecho, la persecución. Quizás la culpa. Quizás lo que no nos quita los ojos de encima.

El segundo libro comienza diciendo:

 

Después de la tristeza

adviene una claridad en movimiento.

 

La palabra, relámpago amarillo,

es como un sol a mediodía

que pronto declina y mengua

como luna llena.

 

A veces se está lleno

y se está vacío

todo crece y decrece.

 

Se habita la desventura

tiene ojos la sombra.

 

Celsa lo dice en el subtítulo de esta “Primera hendidura”, se trata de “Una lectura personal del I Ching”. Lo más evidente: el atesoramiento en el principio sapiencial de los contrarios en un clima de frescura metafórica. Y lo que me luce prioritario es el juego de equivalencias dentro de una lectura del mundo que coloca el punto de interés en cierta astrología poética para leer la cara y el envés, lo exterior y lo interior, la casa y la calle. Después, dejarse hacer lo suyo es lo que viene a cuento: las palabras estremecidas, las palabras unidas por una luz sonora, la claridad después de la tristeza (esta que me hace preguntas: ¿la tristeza como vía de acceso, como premisa?, ¿cuál es el papel de este sentimiento en ese punto introductorio, rito de pasaje, condición necesaria de la claridad?), el color de los símbolos (sus símbolos, sus amarillos, su linaje), el sol de la luna y viceversa, o la luna que versa sobre el sol, o el verso montado sobre la luna, y en todo caso, lo lleno que no es más que lo vacío o esa desventura habitable que nos mira como si fuera una sombra. ¿Claves esotéricas? Probablemente, y especialmente si se tienen, como ella tiene, alma de sacerdotisa y cuerpo de poeta. Aunque tal vez son palabras menos extrañas de lo que suponemos, pues son su manera de decir, de dibujar, de describir cómo pone al mundo, su mundo, en movimiento, cómo lo saca del lugar de la quietud que borra, de la quietud que mata y de la que debe salir (de este modo lo leemos en otros versos: “Parada en esta puerta abierta/ camino súbitamente/ hasta romper el freno de los pasos”… el freno: esa parálisis. También lo dice de otra dura y gráfica manera: “Los muros que he levantado/ en mi cuerpo… Trazan huidizos bosques/ para esquivar la red que los apresa”. Y no puedo hacer más que dejar oír esta pregunta: “¿Cómo dejar de ser/ mustio oleaje?”. Y de anotar esta estrofa que me gusta tanto porque, además, da tanta idea:

 

En el fulgor de la ausencia

recreo el acorde

de un canto.

 

Hay que continuar escuchándola y que cada quien haga lo que le corresponde:

 

Ella tiene el vigor de los maderos.

 

Sus aguas abrazan al viejo almendrón

ascienden sus retoños.

 

Una gracia le viene serena

le brotan flores

el árbol ha subido por el lago

 

quizás sea desventura.

 

Una muchacha

las recoge como un ramo

va al encuentro de la semilla.

 

Un hombre arde en sus sueños.

 

Momento de enunciación por lo femenino, la fertilidad, la creación, la intuición, la mañana, la vida. Y es curioso que un poema que atraviesa con esmero los versos de la feminidad concluya sorpresivamente con ese hombre que arde en sueños como pudiera hacerlo en la fiebre o en el delirio. El hombre que se ha ido, tal vez, el que no está. Lo que arbitrariamente me sugiere a María Magdalena, a la madre de Cristo, a los enamorados de Chagall en el campo con sus colores (sus creencias). Imágenes contradictorias, entre el abandono y la plenitud del afecto, el dolor y lo sublime, lo terrible y la esperanza. Me parece que en esta poesía con insistencia de cuerpo (de escribir en relación a la manera en que siente, en que se vincula por la piel con aquello que cancela, que posterga, que postra, y también eso que abunda en detalles, en esa irrupción de la alegría en el entorno más cercano), sería deseable leerla desde esa forma “femenina” de ver y recrear el mundo en lo que tiene de luminoso y de opacidad extraña (enmarañada), pues hay algo acá muy delicado y sensorial que llamo de ese modo y que, junto a la manera de orar, de mirar hacia el cielo, es muy probable que pueda llevarnos a descubrir muchas cosas más allá o de los sexos. O sea, estos poemas me generan interrogantes sobre eso femenino que dibuja en lo sereno hasta lo más terrible y es algo delicado en el registro sensorial, algo que capta en los intersticios de la piel con mirada aguda, con sentimientos, con luminosidad, meditación y belleza. Creo que por ahí es lo que también toca a la puerta.

Antes de continuar anoto dos epígrafes de esta parte, uno de Ungaretti que dice:

 

Después de tanta/ niebla/ una / a/ una

se descubren las estrellas

 

El otro es de Verhesen:

 

Aquí ninguna sombra enceguece los rostros

Ningún día desvanece a los días

 

En estos epígrafes creo que se puede leer esa disposición, esa creencia, es fe, en que hay algo que está siempre más allá del luto, la pena, la tristeza, el engaño, los muros, lo duro, lo pesado, lo que detiene, lo que frena, lo que enrarece, lo que continuamente padecemos (ella lo dice así: “volver a lo que nos despoja// a la orfandad de la carne/ al desencuentro mudo/ en que el inmóvil destino/ huye de su ausencia”), y simultáneamente a esto nos recuerda que: “Ningún día desvanece a los días”. Esto no es hablar de la esperanza, esto es vivir esperanzado. Una puerta abierta de luz en el desasosiego, en lo terrible.

En la estrofa de un poema de Celsa podemos leer esto:

 

Cargo entre mis manos

los ojos de un dios

soy agua

y en mis puños

un ardor se crispa.

 

La cercanía, el presentimiento y el encuentro con otra esfera en este mundo, con otro lugar, se hace sentir con fuerza y belleza. Este asunto de un camino de apertura, iniciación, otredad, requiere de un estudio mayor. Me limito a señalar su presencia benéfica, su aire fresco, tan fresco como el modo en que esta poesía renace clara en el vacío. Pienso que por esta senda se presenta algo así como la dialéctica de los elementos, la combinatoria tensa que da lugar a una simultaneidad que nos aleja de lo unitario, de lo idéntico, de lo quieto, detenido, para entrar en un mundo de contrarios que está en disonancia con la poesía que guarda o mantiene un acuerdo previo de significación entre las cosas (cuando se escribe como quien da cuenta de algo, mientras aquí la poesía se escribe para darse cuenta de las palabras que confluyen imantadas por los cuencos del fondo y las fuerzas del decir). Ese pacto previo con los lugares comunes del sentido, acá no solo está suspendido sino también roto, y lo está en tanto se abre a otra forma de considerar, meditar, escribir, estructurada a partir de la simultaneidad, del desdoblamiento, y más todavía: del modo en que alguien va uniendo las cosas que le interesan teniendo de modelo eso mismo que surge entre sus dedos (en este trabajo sobre Otro lugar me surgen con frecuencia imágenes de la cerámica, el barro, la tierra que unas manos trabajan con destreza, cariño, placer, ¿será que estos versos me acercan a la artesanía como una vía táctil de darle forma al desarraigo?), y de acuerdo a una física intransferible: la de sus acentos, pausas, movimientos, voces. Las palabras entonces pudieran ser: darse cancha, pista, lengua, curso y discurso, letra y poema, taza y tinta, en una búsqueda incesante que va encontrando señales por aquí, por allá, lejos siempre de lo que ahoga, cansa y disminuye (en el poema “Escritos del habla” leemos: “buscó la otra orilla/ sin descanso/ bajo el peso del hambre y el desamparo/ bajo el miedo de huesos y carne”).

El libro con el que concluye esta antología lleva por título Voces, y aquí me parece se puede contemplar muy bien un eje de esta escritura: la disyuntiva, la circunstancia, la complejidad entre el cuerpo y vamos a decirle el alma, entre el sujeto y el contexto, entre el cuerpo y la ausencia, la vigilia y el sueño, lo interno y lo externo, la luz y lo oscuro. Es decir, todo un viaje a través de esa dinámica no pocas veces adolorida, temblorosa, estremecida y casi siempre interrogante en geografías, espacios, terrenos ganados por la reflexión, el misterio, lo onírico. En esto el libro entero es de una gran riqueza, señalo apenas algunas huellas que encontré en esta parte y me hubiera gustado desarrollar a través de afinidades con poemas anteriores: “Más allá de la rosa y la raíz/ algo vacía los cuerpos/ lo terrible entra por los pies”; “dónde el mar que me detiene/ desamparo del sentido”; “¿dónde estará lo grande?/ ¿dónde permanecer?”; “Por qué/ a esa hora el sueño se derrumba”; “el hueco en la pared/ lo ha tapado un clavo/ el hueco en la mesa/ lo ha tapado el otro que conversa conmigo”; el largo y precioso poema “Quién soy… Quién eres” es un ejemplo perfecto de lo que quiero decir, al igual que el poema (“Voces”) que le da título a esta sección de textos inéditos (para la fecha de su publicación en Monte Ávila, luego fue editado de forma individual por Ediciones Imaginaria, el año 2013) con los que da término a la antología, acentuando los temas del sitio, la errancia y el lugar: encaramada en el ventisquero, dándole forma al desarraigo.

Ahora, con la introducción de cierta brusquedad me despido de esta querida lectura. Le pongo pausa con el fragmento que sigue, en el propósito también de convocar a leer esta ofrenda poética que, en mi caso, vino a señalarme varias cosas que agradezco por la interlocución, compañía, enseñanza, movilización de intereses.

Escribe en un poema:

 

Al paso de la memoria

los pies encuentran calma.

 

Un cuenco

los trae a su fondo.

 

Entonces,

el silencio abre el vacío.

 

Asimismo, abro al azar, como debe ser, el I Ching, y aparece el hexagrama número 50. “Ting / El caldero”. En el comentario sobre la imagen podemos leer:

 

Sobre la madera hay fuego: la imagen del caldero. Así el noble, rectificando su posición, afirma el destino.

 

Lo que me recuerda el fragmento de un poema de Celsa que quiero colocar acá para confirmar los canales secretos y “coincidentes” de la poesía, el sueño y la imaginación:

 

Si apareciera una raíz

llevaría las vasijas

los cuencos, los potes

hasta las crecientes del río.

 


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§ Conexão Hispânica §

Curadoria & design: Floriano Martins

ARC Edições | Agulha Revista de Cultura

Fortaleza CE Brasil 2021



 

  

 

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