segunda-feira, 1 de novembro de 2021

FERNANDO SORRENTINO | Ligera filología anecdótica sobre la jerga llamada “cocoliche”

 


Empezaré por consignar que, aunque soy argentino de tercera generación y nunca me ha interesado investigar sobre mis ancestros, me resultó imposible ignorar que mis ocho bisabuelos fueron italianos. De manera que no poseo ningún antepasado europeo perteneciente a otro país que no sea el que se extiende por la segunda península del Mediterráneo.

Pero no fueron estas razones de, digamos, humildísima prosapia inmigratoria las que me llevaron a redactar las siguientes líneas, sino el mero hedonismo que rige mi conducta literaria: por completo libre del menor sentido del deber, sólo leo y escribo sobre lo que me interesa y me agrada. He aquí un ejemplo…

 

Italianos

La Primera Junta de Gobierno Patrio que se formó en Buenos Aires el 25 de mayo de 1810 constaba de nueve integrantes. Seis de ellos portaban, como parece lo más lógico en una colonia hispana (Virreinato del Río de la Plata), apellidos provenientes de diversas regiones de España: Cornelio Saavedra, Juan José Paso, Mariano Moreno, Juan Larrea, Domingo Matheu, Miguel de Azcuénaga. Pero el tercio restante, a modo de involuntario vaticinio sobre la futura constitución poblacional del país, exhibía apellidos italianos: Manuel Belgrano, Manuel Alberti, Juan José Castelli.

En la Argentina basta mirar la nómina de un conjunto cualquiera de personas (un equipo de fútbol, el alumnado de un colegio, los miembros de una academia, los divertidos diputados, los abnegados senadores, los laboriosos sindicalistas, los irreprochables jueces) para advertir que los apellidos originarios de la segunda península mediterránea empatan en cantidad a los de la primera.

Digamos, grosso modo, que las huestes hispanas e itálicas reúnen algo así como el 80 % de todos los apellidos argentinos; el 20 % restante se reparte, ignoro en qué precisas proporciones, entre la mayor parte de los países de Europa y algunos del Asia.

También viene a cuento la siguiente humorada de Borges: “A veces pienso que no soy argentino, ya que no tengo sangre ni apellido italianos”.

La gran inmigración italiana se produjo —con altibajos de máxima y de mínima— entre la segunda mitad del siglo xix y la primera del siglo xx. El censo de 1887 reveló que los italianos constituían nada menos que el 32 % de los habitantes de Buenos Aires.

Sólo fue suficiente una generación para trocar la nacionalidad: los hijos de esos italianos ya no se sintieron compatriotas de sus padres sino ciudadanos del país donde habían nacido. Naturalmente, supieron que su lengua no era el italiano sino el español.

 

Cocoliche

En los siglos xix y xx abunda, sobre todo en comedias y sainetes, el remedo jocoso e hiperbólico de la lengua española (la castilla) que empleaban los italianos. Esta jerga literaria artificial se denominó, muy afortunadamente, cocoliche, vocablo tomado de Cocoliche, un personaje que creó, en 1890, el acróbata y actor uruguayo José J. Podestá (1858-1937). Según parece —pues hay más de una versión—, el nombre del personaje se inspiró en el apellido de un peón del circo de los Podestá que se llamaba Francesco Cocoliccio y que hablaba fingiéndose compadrito argentino. Por ejemplo: Mi quiamo Franchisque Cocoliche, e songo cregollo gasta lo güese de la taba e la canilla de lo caracuse, amique.


Sin embargo, dieciocho años antes, José Hernández, en El gaucho Martín Fierro (1872), ya había hecho hablar en cocoliche al napolitano que estaba de centinela en el fortín: “¿Quén vívore?” y “¡Haga arto!”, por “¿Quién vive?” y “¡Haga alto!”.

También recuerdo cocoliche en Moneda Falsa (1907), sainete de Florencio Sánchez, y en muchos otros, por ejemplo, el admirable El conventillo de la Paloma (1929), de Alberto Vacarezza. En la letra de Julio Alberto Cantuarias, del tango Padrino pelao (1930), el “tano cabrero” amonesta así al atrevido que intentó pasar por invitado a la fiesta de casamiento:

 

Acuí, en cuesta casa,

osté no me entra.

Me son dato coenta

que osté es un colao.

 

Pero no es posible, ni tendría sentido, exponer una exhaustiva lista cocolichera.

 

Vivencia personal

En el ahora inexistente Teatro Variedades, frente a la plaza Constitución, supongo que allá por 1952, he presenciado ¡Qué noche de casamiento!, comedia de Ivo Pelay. El protagonista, el italiano don Humberto, era interpretado por el maravilloso actor Francisco Charmiello que, con un hiperbólico cocoliche de su invención, hacía trepidar en carcajadas las paredes del teatro y desternillar de risa al niño que era yo en aquel entonces.

 

Era un gringo tan bozal…

En el canto V de El gaucho Martín Fierro (1872) se presenta a

 

un gringo tan bozal,

que nada se le entendía.

 

El protagonista formula esta ¿ingenua o irónica? deducción:

 

¡Quién sabe de ánde sería!

Tal vez no juera cristiano,

pues lo único que decía

es que era pa-po-litano. [1]

 

Al volver Martín Fierro una noche al fortín, el gringo, que —algo borracho— se encuentra de centinela, no lo reconoce; una sextina es suficiente para describir la situación y reproducir el humorístico diálogo entre el lenguaje torpe del gringo y las respuestas taimadas del gaucho:

 

Cuando me vido acercar,

“¿Quén vívore?”, preguntó.

“¿Qué víboras?”, dije yo.

“¡Haga arto!”, me pegó el grito,

y yo dije despacito:

“Más lagarto serás vos”.

 

Como vemos, dieciocho años antes de que José J. Podestá “patentara”, en 1890, la jerga literaria llamada cocoliche, éste aparece a modo de pincelada cómica en un contexto trágico, merced al ilimitado talento creador de José Hernández.

 

Un paisano del Bragao…

No. En este caso no voy a referirme a don Laguna, el del célebre overo rosao y fraternal amigo de Anastasio el Pollo, tal como nos lo hizo conocer el Fausto (1866) de Estanislao del Campo.


Este preciso paisano de Bragado no es otro que Juan Carlos Rizzo, nacido en 1931 en aquella localidad bonaerense. Además, me toca muy de cerca: Juan Carlos es primo hermano de mi padre: sus respectivas madres, de apellido Sofia, eran hermanas.

En el año 2002 publicó, en Buenos Aires, el libro Las Catorce Provincias (relatos del boliche), donde evoca recuerdos de épocas lejanas. Siendo entonces niño de nueve o diez años, testimonia el uso, hacia 1940, del cocoliche (no literario sino espontáneo) por parte de los italianos (los tanos) que jugaban a los naipes en el comercio de su familia:

 

[Los criollos] jugaban al truco, al mus y al tres siete mezclándose con los tanos. Era gracioso escucharlos cuando imitaban los dichos de los gringos tratando de traducirlos… O cuando, a la inversa, eran ellos los que, acriollándose en una imitación muy graciosa del decir de nuestros paisanos, improvisaban sus versos. Muchas veces mi padre me llamó para que los escuchara…


Io sono un criocho italiano

que parla mal la castilla.

¡Non se caiga de la silla,

que tengue flor nella mano…!

 


En seguida seguía el divertido contrapunto, que terminaba por transformarlos en auténticos payadores:

 

Y yo soy criollo, no gringo,

y atajate, que te bocho:

¿cómo se dice en tu lengua

contraflor con treinta y ocho?

 

Terminada esa partida, o la siguiente (porque el orden no viene al caso), uno de los truqueadores gringos respondía en tono de milonga pampeana:

 

Aquí me pongo a cantare

co la guetarra a la mano

e le canto ¡contraflore!

Angárresela, paisano.

 

Sin duda, no menos de ocho de aquellos gringos cocolicheros confluyen, a modo de pirámide invertida, en el monoglótico hispanohablante argentino que ahora pone fin a este trabajo.

 

NOTA

1. Desde luego, el gringo se declararía a sí mismo como napoletano, pero, rápido para la burla y la sutileza, Martín Fierro prefiere oír papo-litano, ya que papo es uno de los nombres vulgares del órgano sexual femenino. No está de más recordar que la tontería no era el fuerte del señor Martín Fierro; él mismo lo comentó con sorna: “me les hacía el dormido, / aunque soy medio dispierto”.

 

_____

FERNANDO SORRENTINO (Buenos Aires, 1942). Escritor y profesor de literatura. Ha publicado ensayos, cuentos y entrevistas. Ha colaborado en los periódicos La Nación y La Prensa, entre otros. Muchos de sus cuentos han sido traducidos y publicados en más de veinticinco idiomas. Sus últimos libros de cuentos son Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015) y Para defenderse de los escorpiones, y otros cuentos insólitos (2018), ambos publicados en Madrid por Apache Libros. Autor de Siete conversaciones con Jorge Luis Borges (1974), cuya más reciente edición es la de la Editorial Losada (2007).


***** 

 





[A partir de janeiro de 2022]

*****

Agulha Revista de Cultura

UMA AGULHA NA MESA O MUNDO NO PRATO

Número 185 | novembro de 2021

Curadoria: Floriano Martins (Brasil, 1957)

Artista convidado: Luis Scafati (Argentina, 1947)

editor geral | FLORIANO MARTINS | floriano.agulha@gmail.com

editor assistente | MÁRCIO SIMÕES | mxsimoes@hotmail.com

logo & design | FLORIANO MARTINS

revisão de textos & difusão | FLORIANO MARTINS | MÁRCIO SIMÕES

ARC Edições © 2021

 

Visitem também:

Atlas Lírico da América Hispânica

Conexão Hispânica

Escritura Conquistada

 


 

 

Nenhum comentário:

Postar um comentário