quarta-feira, 24 de agosto de 2022

ENRIQUE PICHÓN RIVIÉRE | Lautréamont, Los Cantos de Maldoror y el poema IX del primer Canto

 


Mi interés por la obra de Lautréamont coincide con el comienzo de mi interés por el psicoanálisis. Si bien yo conocía los Cantos, el encuentro con Edmundo Montagne, poeta uruguayo internado en el Hospicio de las Mercedes por una fuerte depresión, resultó decisivo. Nuestro diálogo se orientó inmediatamente sobre Lautréamont, ya que experiencias semejantes nos llevaban a ambos a una intensa identificación con el Conde. Nuestra amistad terminó trágicamente, con el suicidio de Montagne.

Impactado por este hecho, que reforzaba la “leyenda negra” de Lautréamont, centré mis esfuerzos en el intento de superar lo siniestro a través del descubrimiento de las claves ocultas en los Cantos. Estos han sido analizados como si se tratara del material emergente en sucesivas sesiones analíticas, como la crónica del mundo interno de Ducasse.

Mi trabajo se concretó en un ciclo de conferencias, cuyos textos configuran un libro, en el año 1946, en ocasión del centenario del nacimiento de Ducasse. Fue necesario que transcurriera un lapso semejante al de la vida de Lautréamont para que me decidiera en el centenario de su muerte, a publicar un fragmento de ese análisis.

Este poema, cuyo tema es el Océano (el noveno del 1er Canto) pone de manifiesto más que otros, la influencia que el romanticismo inglés ejerció sobre Lautréamont. Admiraba profundamente a Byron y a Shelley, pero sobre todo al primero, de quien trató da tomar no sólo aspectos de su poesía, sino imitó en actitudes y posturas.

El poema es fruto de la elaboración de fantasías y experiencias reales de su primera infancia y es fácil advertir en él alusiones a determinados acontecimientos históricos sucedidos en esa época. Imagino al niño Isidore Ducasse contemplando desde la azotea de su casa muy próxima al río, la inmensidad del gran estuario, como él llamaba al Río de la Plata, poblado de embarcaciones extranjeras durante el sitio de Montevideo. [1] Isidore Ducasse había perdido a su madre cuando tenía un año y ocho meses; según se habría suicidado. [2] Su padre, don Francisco Ducasse, canciller de la Legación Francesa, fue un hombre muy activo y muy relacionado con los grupos políticos y literatos, lo que lo mantenía permanentemente fuera de su casa. Por la noche ésta era un lugar habitual de reunión; relatos del día, crónicas de comportamiento de la Legación Francesa, intrigas diplomáticas, eran los temas obligados de estas tertulias. Tales circunstancias hacen suponer que Lautréamont pasó los primeros años de su infancia en este caos y abandono, en una soledad casi absoluta. Sus juegos y fantasías giraban alrededor de los relatos del sitio cuyo clima general debe haber coincidido con la crónica que hiciera Alejandro Dumas a pedido del gobierno de Montevideo. En esta soledad, compensada por una rica fantasía trabó una estrecha amistad con el río, su Océano del poema, proyectando en él las fantasías de su mundo interior.

Este poema tiene una configuración armoniosa y equilibrada, y su ritmo, con la reiteración de determinados temas, parece imitar el balanceo de las olas. El orden que encubre un caos subyacente no consigue, sin embargo, controlarlo totalmente. Los aspectos buenos e idealizados de sus objetos internos, proyectados sobre el Océano, predominan en estas fantasías. Aspectos parciales de la madre, del padre, de él mismo y de su gran amigo Dazet se alternan y entremezclan en el texto. Pero por sobre todos se destaca este último, personificación de todas sus amistades anteriores reales y fantaseadas. Dazet fue su condiscípulo en el Liceo Imperial de Tarbes durante los años 1860, 61 y 62. Lautréamont tenía 14 años cuando se trasladó directamente desde Montevideo a este colegio. Allí se ligó fuertemente con su amigo, quien figura, tiempo después, en la dedicatoria del prólogo a las poesías del conde. Lautréamont lo muestra como el personaje principal, en forma explícita ya que aparece con su propio nombre en la edición del primer canto (1868), época en que el mismo Ducasse firmaba con 3 asteriscos. En la edición completa publicada el año siguiente el autor sale parcialmente del anonimato; firma su libro con su pseudónimo Conde de Lautréamont y el nombre de Dazet y su imagen son metamorfoseadas de muy diversas maneras. El primer canto de Maldoror, publicado separadamente y enviado a un concurso literario de 1868 es un poema en el cual –como dice Manreaus– el espíritu del mal (Maldoror) rechaza la ayuda del espíritu del bien (Dazet).

Este fue sin duda alguna el amigo más íntimo que tuvo Lautréamont; todas las figuras de adolescentes que aparecen después bajo diferentes nombres, como Loengrin, Elsenor, Reginaldo, Mario, Leman etc., pero sobre todo Mervyn representan sus dobles como así también objetos de amor en un vínculo homosexual. Parte del inmenso bestiario de Lautréamont, 185 clases de animales diferentes, elegidos para desempeñar funciones específicas, según surge de un estudio de Bachelard, son personificaciones o mejor dicho, animalizaciones de Dazet, tales como el pulpo de mirada de seda, el rinoceronte, el oso marino, el sapo, el ácarus sarcoptes que produce la sarna etc. Las metamorfosis sucesivas de Dazet continúan a través de todos los cantos y el crimen de Mervyn, (última representación de éste), a manos de Maldoror, representa el desenlace, en la fantasía, de una relación frustrada.

La estructura del poema del océano ofrece características especiales; la primera parte es un prólogo que enuncia los temas básicos de la fantasía en juego, le siguen a continuación diez fragmentos que comienzan y terminan con una frase reiterada: “Viejo Océano, yo te saludo viejo Océano”. Esta repetición nos muestra la sucesión de tentativas de elaborar situaciones inconscientes, penosas, de carácter depresivo, por medio del mecanismo que Freud describió con el nombre de automatismo de repetición.

El poema comienza así: “Me propongo declamar sin emocionarme a plena voz, la estrofa seria y fría que vais a oír. Vosotros fijáos en lo que contiene y defendéos de la impresión penosa que dejará seguramente, como una magulladura en vuestras imaginaciones trastornadas. No creéis que estoy a punto de morir porque no soy todavía un esqueleto ni la vejez está adherida a mi frente, no veáis ante vosotros más que al monstruo cuyo rostro por suerte no podéis ver, aunque es menos horrible que su alma. Sin embargo, yo no soy un criminal. No hace mucho he vuelto a ver el mar, y he pisado el puente de los barcos y mis recuerdos están recientes como si lo hubiera dejado la víspera”. Aconseja a continuación al lector imaginario, personificación de alguno de los aspectos de Dazet, mantenerse tranquilo como él, no envejecer al contemplar el triste espectáculo del corazón humano. Lautréamont se disocia aquí; una parte de él personificada como Maldoror (su maldad), otra parte, sus aspectos buenos son proyectados sobre la imagen de Dazet. La referencia que hace acerca del esqueleto, de la vejez, de su aspecto monstruoso y de su alma más horrible aún, son expresión de sentimientos de culpa reavivados. Decir que ha vuelto a ver el mar, el Océano, el estuario, tal como si lo hubiera visto la víspera, es una manera de reestablecer la continuidad en el tiempo; la experiencia depresiva. Para no destruirse se divide y trata de preservar aspectos propios a través de Dazet. Pero este mecanismo parece fracasar, ya que teme ser tomado por criminal, que su doble se intranquilice, que se avergüence y que sea víctima de una magulladura, producto de la impresión penosa en una imaginación trastornada. El mecanismo de disociación paranoide fracasa como tentativa de eludir la depresión en la que sus dos aspectos, lo bueno y lo malo, van a juntarse surgiendo así la vivencia de duelo y catástrofe.


Este prólogo continúa así en la primera versión: “A. Dazet, tú cuya alma es inseparable de la mía, tú el más hermoso de los hijos de la mujer, aunque adolescente todavía; tú cuyo nombre recuerda el más grande amigo de juventud de Byron, tú en quien moran noblemente como en su residencia natural, por mutuo acuerdo y con lazos indestructibles, la dulce virtud comunicativa y las gracias divinas. ¿Por qué no estás conmigo, tu vientre de mercurio contra mi pecho de aluminio sentados ambos sobre alguna roca de la orilla para contemplar este espectáculo que adoro?” En esta primera versión expresa Lautréamont su nostalgia por Dazet, “su alma inseparable de la mía”, esto constituye una fantasía o vivencia básica, característica de la relación de Maldoror con los demás objetos. Se divide o disocia, como hemos visto, en Maldoror y el Otro, su Doble, imagen especular representante de la Otra Parte depositada en objetos sucesivos por medio del mecanismo de identificación proyectiva. La presencia de este Otro (Alter-ego) es permanente en los cantos, como donde, por ejemplo, con el episodio de Elsenor y Reginaldo: “Un arcángel ha bajado del cielo y mensajero del señor nos mandó convertimos en una araña única y venir todas las noches a chuparte la sangre. El destino de esta parte de Lautréamont, sus vicisitudes, sus diferentes apariencias y finalmente su aniquilación, configuran la fantasía final, que es a la vez criminosa y suicida.

Maldoror dice: “por qué no estás conmigo sentados ambos sobre alguna roca de la orilla para contemplar este espectáculo que adoro”. En la versión definitiva de este poema Dazet, convertido en pulpo, integra la fantasía del Océano. “Oh, pulpo de mirada de seda, tú, cuya alma es inseparable de la mía, tú el más hermoso de los habitantes del globo terrestre que mandas en un serrallo de 400 ventosas”. Las 400 ventosas representan la fuerza de succión proyectada en el objeto. El pulpo –Dazet–, simboliza la fuerza de la necesidad y la nostalgia. A partir de este prólogo comienza el desarrollo de las 10 partes del poema, como 10 tiempos o 10 actos de un mismo drama, que se repiten. El diálogo se restablece, los personajes son ahora el mismo Maldoror y el Océano, personaje éste de carácter múltiple; ya que integra varios aspectos proyectivos, tales como la madre, el padre, Dazet, personas y objetos independientes o partes del mismo Maldoror. El mundo interno se ha restablecido; la fantasía del Océano es la propia fantasía de su mundo interno, el diálogo se restablece y lo que sigue, el drama, será una tentativa de elaborar este caos interno.

El primer fragmento comienza así: “Viejo Océano de olas de cristal”. Esta alusión a las olas de cristal, representa un elemento importante ya que se trata de la simbolización de la visión interior, el insight, que le permite ver y construir la fantasía de su mundo interno. Lo que ve es una enorme masa, el pecho, magullado y amoratado, es decir, golpeado y destruido. Frente a esta visión interior Maldoror dice: “por eso ante tu primer aspecto una ráfaga prolongada de tristeza que parece ser el murmullo de tu brisa suave, pasa dejando huellas imborrables sobre el alma profundamente conmovida; y traes (se dirige aquí a la madre internalizada) a la memoria de tus amantes, sin que se den cuenta siempre, los rudos comienzos del hombre (es decir, el nacimiento) cuando traba conocimiento con el dolor que ya no le abandona”. La visión interior de su mundo magullado y destruido y la nostalgia del claustro materno son los elementos con los cuales está elaborada la fantasía inconsciente con la que el poeta construyó este primer fragmento.

La segunda parte comienza así: “Viejo Océano; tu forma armoniosamente esférica que alegra la cara grave de la geometría”. La visión de su mundo interior ha cambiado; la forma armoniosamente esférica es la visión de un pecho idealizado y que “alegra la cara grave de la geometría”. Esta alusión a la geometría se hace comprensible en su relación con el pecho y la lactancia a través de uno de los poemas del segundo canto que dice así: “¡Oh, severas matemáticas! No os he olvidado desde que vuestras sabias lecciones, más dulces que la miel, penetraron en mi corazón, como una oleada refrigerante; aspiraba yo instintivamente desde la cuna a beber en vuestra fuente, más antigua que el sol, y sigo aún pisando el atrio sagrado de vuestro templo solemne, como el más fiel de vuestros iniciados. Había vaguedad en mi espíritu, un no sé qué espeso como humo; pero supe subir religiosamente las gradas que conducen a vuestro altar, y habéis disipado ese velo obscuro, como el viento disipa las humaredas. Colocasteis en su lugar una frialdad excesiva, una prudencia consumada y una lógica implacable. Por medio de vuestra leche fortalecida, mi inteligencia se ha desarrollado rápidamente, tomando proporciones inmensas en medio de esa claridad arrebatadora que dais como presente, con prodigalidad, a los que os aman con un amor sincero. ¡Aritmética!, ¡Algebra!, ¡Geometría!”.

“Durante mi infancia aparecisteis ante mí una noche de mayo, a la luz de la luna, sobre una pradera verdeante, en las orillas de un límpido arroyo, iguales las tres en gracia y en pudor, llenas las tres de majestad como unas reinas. Disteis unos pasos hacia mí con vuestro largo vestido, flotante como un vapor, y me atrajisteis hacia vuestros altivos senos, como a un hijo bendecido. Entonces, acudí veloz, crispadas mis manos sobre vuestra blanca garganta. Me nutrí, reconocido, con vuestro maná fecundo y sentí que la humanidad se engrandecía en mí, tornándose mejor”.

“Gracias por los servicios innumerables que me habéis hecho. Gracias por las singulares cualidades con que habéis enriquecido mi inteligencia. Sin vosotras en mi lucha contra el hombre hubiera podido ser vencido.”

“Con ayuda de ese terrible auxiliar descubrí en la humanidad, nadando hacia las costas, frente al arrecife del odio, la maldad negra y horrorosa, sumida en medio de miasmas deletéreos, admirándose el ombligo. Fui el primero en descubrir, entre las tinieblas de sus entrañas, ese vicio nefasto, ¡leí mal! superior en él al bien. Con este arma envenenada que me prestasteis, arrojé de su pedestal, levantado por la cobardía del hombre, al propio Creador! Rechinó los dientes y sufrió esta injuria infamante porque tenía por adversario a alguien más fuerte que él.”

Esta fantasía de incorporar un pecho bueno e idealizado, coexistiendo con la de haber intenalizado otro, de carácter malo y persecutorio, da como resultado vivencias y actitudes particulares. Lautréamont dice: “Sin embargo, el hombre se ha creído bello en todos los siglos, pero en realidad no cree en su belleza, sino por amor propio, no es bello realmente y se da cuenta de ello, pues, sino, ¿por qué mira la cara de sus semejantes con tanto desprecio? La fantasía de un pecho idealizado interno, no asimilado, trae como resultado la vivencia de la propia belleza. Pero, como él mismo dice, es en realidad por amor propio, que es el amor por ese objeto interno y de carácter narcisístico. El deseo de propiedad y preservación permanente crea sentimientos de desconfianza internos y externos, aparece entonces el temor de tener que compartirlo y el desprecio, contraparte de esa desconfianza, es el resultado de la situación en que el yo, en plena posesión de este objeto interno, se siente omnipotente frente a los demás y considera estar por encima de ellos. Esto es el orgullo. Así pues, la omnipotencia narcisista de Maldoror-Lautréamont, se origina en esta fantasía. La omnipotencia, el orgullo, la desconfianza, la rebeldía y la lucha contra el padre por la propiedad exclusiva de este objeto (la madre) son los rasgos más característicos de Maldoror.


El tercer fragmento del poema comienza así: “Viejo Océano, eres el símbolo de la identidad, siempre igual a ti mismo”. Como continuación de la fantasía anterior advertimos la expresión del deseo de lograr una identidad en el tiempo, una situación de paz y felicidad interior. Maldoror advierte, sin embargo, que si bien en otras partes, en algún sitio lejano, las olas del Océano pueden ser furiosas, continúa en su relación directa con él en la mayor calma. En su visión interior advierte la posibilidad de ser invadido nuevamente por esas olas furiosas, las olas furiosas de su agresión que ponen en peligro la integridad del objeto interno. Emerge el peligro subyacente de una nueva depresión, de una nueva destrucción y fragmentación de este objeto. El impulso a la reparación y el establecimiento de un objeto interno, integrado, están en la base de todo impulso creador.

La cuarta parte del poema que dice así: “Viejo Océano, no sería nada imposible que escondieses en tu pecho futuras utilidades para el hombre. Le has dado ya la ballena, no dejas fácilmente adivinar a los ojos ávidos de las ciencias naturales los mil secretos de tu íntima organización”. La fantasía que subyace aquí está en directa relación con la anterior. La curiosidad que el niño siente por el pecho y fuego por el cuerpo de la madre y sus fantasías de penetrar dentro de él, constituyen la base del impulso epistomofílico. Lautréamont, según testimonio de sus condiscípulos, tenía un gran interés por las ciencias naturales. La vivencia de un pecho con futuras utilidades e idéntico a sí mismo, con límites precisos, termina por configurar esa fantasía de un pecho idealizado, fantasía universal que se estructura durante el desarrollo del niño y a la cual se recurre frente a situaciones de peligro ya sean éstas internas o externas.

La quinta parte dice: “Viejo Océano; las diferentes especies de peces que tu alimentas no se han jurado fraternidad entre sí”. Alude así Maldoror al problema de los celos y rivalidad. “Cada especie vive por su lado, cada hombre vive como un salvaje en su covacha, sale raramente de ella para visitar a su semejante, igualmente agazapado en otra covacha. La gran familia universal de los hombres es una utopía”. Plantea aquí Lautréamont sin poder explicárselo conscientemente, su propio aislamiento, su situación de extranjero en la tierra, la rivalidad y los celos entre los hombres, la desconfianza. Maldoror es un hombre permanentemente agazapado en su covacha, listo para salir de ella y atacar a sus semejantes en los cuajes ha colocado ya su propia desconfianza. Al intentar explicarse esta situación dice: “Además del espectáculo de sus mamas fecundas se desprende la noción de ingratitud; porque se piensa inmediatamente en esos parientes numerosos, lo bastante ingratos con el Creador para abandonar el fruto de su miserable unión”. Lautréamont no puede ser más explícito; el espectáculo del mar con sus mamas fecundas despierta en él el sentimiento frente a la ingratitud de los padres (los parientes numerosos) que han abandonado al hijo (el fruto de su miserable unión). Lautréamont fue en realidad abandonado, así vive el niño la muerte de su madre, como un abandono, y la sustitución simbólica que hace de la madre a través del mar le sirve para expresar su irremediable nostalgia de ella.

La sexta parte de este poema dice: “Viejo Océano, tu grandeza material. sólo puede compararse con la medida que uno se representa la potencia activa que se ha necesitado para engendrar la totalidad de su masa. El hombre come sustancias alimenticias y hace otros esfuerzos dignos de mejor suerte para aparecer inmenso. Que se hinche cuanto quiera esta adorable criatura”, y dirigiéndose al mar y como una proyección de la propia vivencia del peligro le dice: “tranquilízate, no te igualará el hombre en tamaño”. Aparece aquí el conflicto con el padre, el hombre, como rival que pone en peligro su relación con la madre, sobre todo en términos de posesión del pecho. La relación sexual entre los padres, es decir, la escena primaria, es fantaseada en un plano oral; la succión y el vaciamiento son la técnica y la consecuencia de esta relación. La rivalidad con el padre frente a la madre hace que Maldoror se sienta abandonado; la primera frase, “tu grandeza material sólo puede compararse con la potencia que ha engendrado la totalidad de su masa”, no solamente hace alusión a la relación sexual de los padres sino que incluye una consecuencia de ésta; el embarazo de la madre. Es decir, una potencia activa, como él dice, ha engendrado la totalidad de su masa.

La séptima parte muestra la elaboración de la fantasía inconsciente que gira alrededor de las consecuencias de la frustración oral. Dice así: “Viejo Océano, tus aguas son amargas, tienen exactamente el mismo color que la bilis”. Con la frustración oral, la leche-buena o la relación buena con el pecho bueno se transforma en una relación mala, la leche es mala y amarga. Este es el signo de la frustración y de un resentimiento permanente en Lautrémont. Crea además en él una confusión, un desconcierto: si alguno tiene talento le hacen pasar por idiota, si otro es bello de cuerpo oculta un contrahecho horroroso. Su amargura y su desconsuelo se resuelven en el próximo fragmento del poema en una revisión de valores y una meditación sobre los alcances del conocimiento científico. Dirá al final de él, “le quedan a la psicología muchos progresos por hacer”.

El poema dice así: “Viejo Océano, los hombres a pesar de la excelencia de sus métodos no han conseguido aún, ayudados por los medios de investigación de la ciencia, medir la profundidad vertiginosa de tus abismos, tienes algunos que las sondas más largas y más pesadas han reconocido como inaccesibles”. Así me inicié a esta meditación.

Frente al desamparo y la muerte que está detrás adopta una actitud metafísica, abstrayéndose de todo se esfuerza en resolver este intrincado problema: “¿Cuál es el más profundo, el más impenetrable: el Océano o el corazón humano?”. Después de 30 años de experiencia dice que es más fácil inclinarse a ver que la profundidad y misterio es aún mayor en el corazón de los hombres. “Quién comprenderá –dice– por qué dos amantes que se idolatraban el día anterior (aquí hace alusión a su buena relación con la madre en la primera parte del poema, a su relación con Dazet) por una palabra mal interpretada se separan el uno hacía Oriente y el otro hacía Occidente, con los aguijones del odio, de la venganza, del amor y del remordimiento, y no se vuelven a ver jamás, envueltos cada uno en una soledad soberbia. Quién comprenderá por qué se saborean no solamente las desgracias generales de sus semejantes sino las particulares de los amigos más queridos, mientras que se siente uno afligido al mismo tiempo”. Lautréamont percibe en el corazón de los hombres la presencia de dos fuerzas antagónicas, el amor y el odio y la fuerza de la ambivalencia y la duda, y es aquí en este momento cuando dice: “le quedan a la psicología muchos progresos por hacer”. El problema del amor y el odio y de la ambivalencia, la existencia de dos instintos primitivos, el instinto de vida y el instinto de muerte, actuando siempre en la mente del hombre constituía antes del psicoanálisis una zona prohibida para la psicología. Solamente tenían acceso a ella los poetas, como Lautréamont, que en su función de videntes y portavoces denunciaron este carácter insondable e incomprensible del alma humana. El descubrimiento hecho por Freud de la existencia del inconsciente, de la importancia de los dos instintos básicos hirió profundamente el narcisismo del hombre.


En el penúltimo fragmento de este poema, es decir el noveno, se plantea un conflicto entre el hombre y el Océano: “Viejo Océano eres tan potente que los hombres han aprendido a costa tuya. Ya pueden emplear todos los recursos de su genio, son incapaces de dominarte”. Lo que estas palabras revelan es la fantasía de la pérdida del control sobre el mundo interno y la caída en el caos y la destrucción. El hombre cree ser más inteligente que el Océano, es posible, dice, hasta inclusive cierto, pero el hombre teme más al Océano que el Océano al hombre. El conflicto es allí entre el mundo de los instintos y la razón.

El Océano, “este patriarca observador contemporáneo de las primeras épocas, sonríe compasivo cuando asiste a los combates navales de las naciones”. Y refiriéndose a la descripción de una batalla naval dice: “Parece que el drama ha terminado, y que el Océano lo ha engullido todo en su vientre, las fauces son formidables y deben ser grandes allá abajo en la dirección de lo desconocido”. Como hemos dicho, la potencia del mar representa a la potencia de los instintos, la intensidad de los deseos y sobre todo de deseos orales en relación con la avidez ilimitada e insondable que caracteriza la situación depresiva. La fantasía final de que el mar traga los despojos de las batallas navales, es la expresión de la fantasía inconsciente de la fragmentación del objeto y la caída en el caos y la destrucción. Si esta fantasía es proyectada, como sucede frecuentemente en los niños, aparece el temor de ser tragado, mordido por animales como en el caso de las zoofobias.

La última parte de este poema comienza así: “Viejo Océano, oh, gran celibatario. Cuando recorres la soledad solemne de sus reinos flemáticos te enorgulleses justamente de tu magnificencia nativa y de los sinceros elogios que me apresuro a hacerte”. Frustrado por la madre, invadido por la depresión, Maldoror trata de recuperar al hombre, al padre, Dazet, a través de la fantasía del Océano. En un recitativo dramático y sin respuesta trata de recuperar el amor de éste. “Eres más bello que la noche, le dice, respóndeme Océano. ¿Quieres ser mí hermano? Muévete con impetuosidad... más... más... más aún, si quieres que te compare con la venganza de Dios; alarga tus garras lívidas abriéndote un camino en tu propio seno. Está bien... desenvuelve tus olas aterradoras Océano horrible, sólo por mí comprendido y ante el cual caigo prosternado a tus plantas. La majestad del hombre es prestada. No me la ¡impondrán: tú si... Magnetizador e indómito, enrollando tus olas unas sobre las otras, con la conciencia de lo que eres, mientras lanzas desde las profundidades de tu pecho como abrumado por un remordimiento intenso que no puedo descubrir, ese sordo mugido perpetuo que los hombres temen tanto hasta cuando te contemplan desde un sitio seguro, temblorosos sobre la orilla.” Aquí vuelve Maldoror al punto de partida cuando se preguntaba: “por qué no estás conmigo, sentados ambos sobre una roca de la orilla para contemplar ese espectáculo que adoro”. Maldoror siente que no puede llamarse el igual de Dazet. Le dice: “en presencia de tu superioridad te daría todo mi amor, no puedo amarte, te detesto. Por qué he vuelto a ti por milésima vez, hacia tus brazos amistosos que se entreabren para acariciar mi frente ardorosa, que vio desaparecer la fiebre a tu contacto. No conozco tu destino oculto, dime si eres la mansión del príncipe de las tinieblas, dime si el soplo de Satán crea las tempestades, tienes que decírmelo, me alegraría saber que el infierno se halla tan cerca del hombre. Quiero que ésta sea la última estrofa de mi invocación, por consiguiente, quiero una vez más saludarte y despedirme de ti viejo Océano de olas de cristal”.

Lautréamont no recibió respuesta. Debido a la intensidad de su frustración, su infierno interior se hizo insoportable, proyectó esto sobre el Océano, sobre Dazet; el soplo de Satán, que crea las tempestades y el príncipe de las tinieblas que habita el Océano, es su mansión. También su destino, regido por las fuerzas del mal colocadas en el Océano, son motivo de inquietud para Maldoror: “No conozco tu destino oculto, le dice. Está desde entonces definitivamente a merced de su satanismo. Más tarde intentará manejarlo, controlarlo, pero sus esfuerzos serán inútiles, sólo podría lograrlo a través del crimen o del suicidio.

La hipótesis que surge del análisis de su obra es que el Conde de Lautréamont en cierto sentido se suicidó. Quiero decir con esto que su muerte fue deseada. Nacido en el clima del horror del sitio de Montevideo, sorprendido en 1870 por el sitio de París, esta doble condición de sitiado lo paralizó. Lo siniestro surge en la vida de Ducasse, quizás por última vez, con la reaparición de Garibaldi, presente en Montevideo en 1848 y en París en 1870, como emisario de un destino irremediable.

 

NOTAS
Publicado, originalmente, en: revista Los libros II núm. 13 noviembre 1970, Buenos Aires, Argentina.

1. La atmósfera sádica y traicionara del sitio, con sus decepcionas, sus luchas intestinas, sus crueles hazañas de degollinas y descuartizamientos, configuraron sus primeras experiencias y su concepción de la vida. Cuántas veces habré oído contar el martirio sufrido por Murquette y Etchevenry en manos de las fuerzas de Oribe y Rosas, “desposeídos de sus ropas –dice un cronista– recibieron un golpe de lanza y luego fueron paseados desnudos por el campamento, donde se les hizo objeto de los mayores ultrajes. Luego, atados de pies y manos, se les abrió el cuerpo longitudinalmente, se les arrancó las entrañas y el corazón y se les mutiló en forma vergonzosa. Se les arrancó trozos de piel de los costados para hacer maneas de caballos, y por fin, cortadas las cabezas, se les dejó expuestos en medio del campo”.

2. Esa muerte trágica, vivida como abandono, constituyó para Isidore una pérdida irreparable, fuente de todo su resentimiento. El silencio con que se rodeó la muerte (fue enterrada sólo con su nombre de pila), configuró para el conde un “misterio familiar”. En este sentido resulta significativo el relato de sus condiscípulos del Liceo de Tarbes, acerca del entusiasmo de Ducasse por la tragedia de Edipo, y su queja de que Yocasta no muriera ante los ojos de los espectadores, como expresión inconsciente de su deseo de indagar en el secreto de la muerte de su madre a la vez que manifiesta, una vez más, la intensidad de su resentimiento. 

 

 


ENRIQUE PICHÓN RIVIÉRE | (Suíça, 1907-1977). Nació en Ginebra y, a la edad de tres años, emigró con su familia a Argentina. Fue uno de los fundadores de la Asociación Psicoanalítica Argentina y creó la psicología social operativa y la técnica de los grupos operativos. Junto a Arminda Aberastury (1910-1972), su primera esposa, contribuyó a la difusión de las teorías de Melanie Klein (1882-1960). Tuvo una vida rica en aventuras y hechos significativos para la historia del psicoanálisis y la psiquiatría. Su biografía incluye una relación con el Surrealismo, con especial atención al Conde de Lautréamont, el franco-uruguayo Isidore Ducasse (1846-1870). Fue amante de la poesía, la música y la bohemia.
 

 



EMILIO BOLINCHES | (Uruguai, 1960). Em 1973 iniciou seus estudos de desenho com o aquarelista Esteban R. Garino por três anos. Em 1980 fundou o “Taller 2”, o primeiro workshop privado de formação em Design Gráfico que dirigiu durante nove anos e que entregou ao Designer Gráfico Osvaldo Ruso, que continuou até ao final dos anos 1990. Entre 1982 e 1987 integrou e partilhou o atelier do pintor Carlos Prunell onde deu aulas juntamente com ele. Trabalha como professor de desenho na escola secundária desde 1982 e há dez anos. Desde 1976, expôs o seu trabalho em mais de 400 exposições coletivas e 23 individuais, duas das quais nos EUA. Foi destacado e premiado nos mais importantes Salões de Arte dos anos 80 a nível Oficial e Privado, em Montevidéu e interior do País em treze oportunidades. Aos 22 anos, sua obra passa a fazer parte do Patrimônio Artístico Nacional. Suas obras estão em Museus Nacionais e Coleções Particulares em mais de trinta países (a partir de 2010, uma obra da Série “Céus Mágicos” está registrada no Palácio do Governo Chinês). Atualmente desenvolve suas Oficinas de Artes Plásticas no Centro Cultural Carlos Brussa, SUA Sociedade Uruguaia de Atores. Realiza Workshops para Empresas, com uma proposta vinculativa entre as Artes Plásticas e o Cotidiano, assim como palestras de integração às Artes, para incorporação à Nossa Dieta Diária.

 


Agulha Revista de Cultura

Série SURREALISMO SURREALISTAS # 16

Número 215 | agosto de 2022

Artista convidado: Emilio Bolinches (Uruguai, 1960)

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