quarta-feira, 10 de maio de 2023

JUAN SUÁREZ PROAÑO | Escribir con otros: la poesía de Carolina Zamudio

 


Libros que nos cuentan las historias y los mitos diarios que tratan de explicar nuestra vida. Libros como cajas donde guardamos las cosas que se han hecho inmunes a la muerte y a la pérdida. Libros/redes que atrapan oscuros peces del arroyo del tiempo. Libros como cajas de música. Libros / huerta que vemos crecer y en los que sentimos el cosquilleo de una raíz propia que se aferra a la celulosa de sus páginas.

Un libro es siempre muchas cosas, y también elige no ser unas cuantas. Pero La timidez de los árboles nos hace pensar que un libro debe ser el resultado de un individuo —en este caso una poeta, Carolina Zamudio— que escribe con la lucidez de quien ha visto la vida y ha obtenido de esa observación una pizca del entendimiento que le ayudará a resistir.

Me inquieta utilizar la palabra entendimiento, pero acaso no exista una mayor precisión. La escritura ha estado con nosotros para revelarnos cosas; seguimos hallando en las viejas leyendas y en los mitos inmortales un sitio para identificarnos, un espejo que nos desnuda. Y recurrimos a ellos; buscamos esas narraciones que nos sobreviven. En esta obra es posible sentir cómo vibra el pensamiento de María Zambrano: aquella certeza de que en la poesía está un posible conocimiento y una reconocible verdad a nuestro alcance. Quizás haciendo coro con María Negroni cuando supone al libro como el lugar donde se esconde la música de un saber que se ignora; un saber que llega a nosotros desde una herencia desgarradora. Pero ¿qué nos revelan los pasajes de este libro que transitan del poema a la narración, al retrato, a la historia?

Al leer a Carolina Zamudio sentimos que su escritura es una forma de herencia, a veces entregada con crueldad, otras, con blandura. Al principio, La timidez de los árboles parece ser un álbum familiar, un libro que quiere sostener en la memoria ciertas personalidades, voces y genealogías amenazadas por el olvido y a quienes la poeta pretende conservar dentro de los límites de la página. Este libro podría fácilmente ser una obra que busca recordar los paisajes de una siempre lejana niñez y rescatar del olvido los cielos rurales y empolvados de una infancia atrapada en los matorrales de los años perdidos. Es la escritura, como sostenía Blanchot, la huella de la pérdida; pero de aquellas pérdidas, la poeta hace una apuesta por lo que permanece, un intento por conservar aquello que la muerte no se ha llevado.

Cuando se trata de ejercer este tipo de escritura, Zamudio demuestra que la domina y que tiene una plena conciencia del peligro que implica la romantización del pasado, lo perdido y lo rural. Recuerda mucho a la claridad de Jorge Teillier —quien aparece, no casual, en un epígrafe— y su reconocimiento de la aspereza y la dureza del campo; algo que la autora de este libro rehace muy bien en su magistral poema titulado “La Abuela”, donde conviven los miedos, las amenazas, las rutinas, los dolores, la vejez y una abrumadora presencia de la muerte, rural, empolvada, marginal y anónima. El poema no cae en el error de un campo idílico: hay un gallinero poderosamente simbólico que es juego para la niña y martirio para la abuela.

Pero, a pesar de que Carolina Zamudio hubiera logrado hacer un libro más que poderoso que hablase sobre la experiencia del pasado y lo perdido, el verdadero valor de La timidez de los árboles —me atrevo a sostener— radica en su consciencia explícita de la existencia de muchos y diversos otros que, como esos distantes mensajeros de los que hablaba Olga Orozco, traen palabras y rituales y entendimientos.

La escritura de Zamudio es un palimpsesto, un intertexto interminable de vidas que se superponen hasta dar origen a —cito a Carolina— esa sinfonía de todos los tiempos que nos emparenta y nos hace similares. Sinfonía que se oye más allá de los sentidos, que se sospecha y que se intuye. Llevo también un lunar, del lado derecho de la cintura, sobre el que algunas tardes me recuesto a mirar la vida, dice Carolina. El propósito del verso es claro: no importa la herida, la cicatriz, la forma del pelo, el lunar, sino lo que estas marcas significan, lo que han enseñado, la forma en que esa mujer le enseñó a contemplar la vida y la muerte.

Hay una voz que articula cada texto, que escribe para unir a las otras voces: una raíz central cuya importancia radica en su conocimiento de que al escribir no puede limitarse a recordar lo personal y lo pasado. Abre los ojos para expandir el espectro familiar y se permite recibir la herencia de unos ojos desconocidos, darle a lo común el espacio de lo íntimo. La voz poética se entrega al trabajo de mirar a esos que son infinitamente extraños, que aparecen en los rincones menos esperados del tiempo y que emprenden, en la escritura, un devenir hacia lo íntimo y conocido. Por eso, en La timidez de los árboles, lo familiar se amplía más allá de los límites de la sangre y la memoria recorre más allá de los campos de la infancia. Los otros son profundamente extraños y distantes, pero, a la vez, asombrosamente familiares para la poeta porque los ve enfrentarse a estados o momentos de la vida a los que ella ya se ha enfrentado o a los que, inevitablemente —lo reconoce— tendrá que enfrentarse. Los ve moverse bajo esa sinfonía misteriosa que ella también percibe.


La conexión que Zamudio traza con los personajes de su libro no tiene relación con su lugar de nacimiento, el cielo que los vio crecer o una atadura en los ríos de la sangre. No son nombres o apellidos particulares lo que la poeta busca dejar en las páginas, por eso los personajes que forman parte de este libro no son nombrados más que con el rol que desempeñan: la abuela, la doña, la niña, la amante, el pasajero… como si todos fueran parte de una enorme representación teatral de la vida en la cual solo el espectador les dará nombre y rostro a cada uno de sus papeles. Precisamente, no son rostros ni nombres, sino experiencias que, de pronto, en el acto de escribir, se reconocen como universales. La timidez de los árboles es la certeza de que las herencias también vienen por fuera de los límites de lo familiar, y una clienta delante de un mostrador, un paciente que se enfrenta a una cirugía crítica, una pasajera desconocida, pueden, quizás, heredarnos una forma de caminar, de mirar, una forma de tomar decisiones, de pensar la vida y mirar la muerte, de maternar, de sentir miedo o esperanza.

La lucidez que alumbra el libro de Zamudio está, precisamente, en hacer una escritura coral, una escritura que contiene otras voces y extrae de ellas aquello que las une de manera inseparable. Es la lucidez de observar, con igual precisión, entusiasmo, dolor, compasión y gratitud a la mujer que pasa sin mirar por la acera de enfrente o a la abuela que pasó, insistente y firme, en los primeros años de la juventud. Es una lucidez gamonediana de sentarse a contemplar la muerte, como diría el español, en sus muchas formas y manifestaciones, en otros que algo tienen de parecido con nosotros mismos; una entrega a observar, por lo tanto, la vida, lo que hace comunes a un puñado de seres dispersos: la hierba que crece en la juventud, la pureza de la compañía.

Susana Reisz se preguntaba si era posible hablar por otras; la respuesta, que ella misma sostiene, no es solo un sí, se puede; es también un se debe. Zamudio se aleja de la mera intención de recordar personas, se aleja de una escritura profética, se aleja del deber —acaso imposible— de inmortalizar individuos y entiende que la respuesta a la pregunta de Reisz y de tantas teóricas de la escritura radica en la naturaleza del gesto hacia esas otras que pueblan las palabras. La poeta entiende en este libro que el verdadero acto de la poesía no es prestar la voz, no es escribir para otras o por otras, sino hablar desde otras y con otras. Esta sutil pero enorme diferencia nace del reconocimiento, de la voluntad de escribir desde esas experiencias y lugares que las vuelve iguales, y con la certeza de compartir instantes, intuiciones y aprendizajes que impedirá, para siempre, la distancia y la indiferencia.

Y porque Carolina Zamudio sabe que un libro que emprende esta tarea compleja requiere también de un registro igual de complejo, ha creado —con enorme pericia y astucia— un poemario que fácilmente podría transitar entre los límites del género, saltar al territorio de la narración, recoger la precisión del cuentista y hacer uso de la experiencia de la cronista sin descuidar el preciosismo lírico y el asombro de la metáfora. Un libro que tensiona el lenguaje y los registros narrativos. Una escritura que la acerca —y lo digo sin temor— a la narración primigenia, al mito, a la historia que referí al principio de esta reseña. Ese cuento que nos enseña una verdad, que nos prepara para la supervivencia. Pero esta escritora sabe que es momento de abandonar las historias que nos enfrentan a seres dotados de una virtud que quizás desconocemos, y enfrentarnos a una épica de los comunes: a la narración de vivir, a la narración de reconocernos parte del coro, parte de la comunidad, parte de las pérdidas y hallazgos que otros y otras viven.

La timidez de los árboles nos reafirma que la escritura es esa gran mano que busca lo familiar en los otros, que se extiende hacia un entendimiento, hacia una intuición de verdad, como ella misma dice; una verdad que nos impedirá salir intactos, ilesos, indiferentes y nos enseñará que somos la suma de experiencias compartidas y heredadas, que la vida y la muerte se pueden experimentar desde y con los brazos de otro.

 

LA ABUELA

 


Dicen que la abuela era perezosa para las tareas del hogar. Salvo coser y escribir. No era holgazanería, acaso un recato de guardar las formas. Y las manos. De no verle el rostro al sol. Que solo la liturgia de retorcer, los domingos, el pescuezo a las gallinas la llevaba al patio. Que el gallinero era el lugar de todo comienzo, justo detrás de la higuera, que más tarde dulce. Su puerta era un visillo por donde espiar la vida acolchonada de los primeros pasos, los nuestros. Al lado había un tacuaral, que más tarde laberinto. Un poco seco, casi muerto. Que caminar sobre las hojas y el aserrín esponjoso de ese piso improvisado de juegos nos hacía recordar que era domingo. Y ver, al salir, los surcos de la tierra seca. Escuchar que nos contaran que las comadrejas se comían los huevos de las aves. Y, también, que les mataban las crías. Abuela tenía un lunar del lado derecho de la nariz, a través del que miro la vida, hacia atrás buscando. Y uñas fuertes tenía, que se cortaban de siesta en impúdica función de lo cotidiano. También un cabello débil que se moría de a poco, en vida, junto a ella. Pero había que teñir. La vejez no era un lugar blanco. Y había una ventana, por la que veía pasar su historia, hacia atrás, desde una mecedora de fieltro verde. Se había detenido en una punta, imprecisa, de la infancia, y luego no hizo más que olvidar. Apenas recordar mendrugos y acomodarlos desordenados. Así, muchas veces, fui para ella su única hermana. Disfrutaba la niña que yo era de la confusión. La historia se contó aún más trágica de enredos cuando llegaron las comadrejas. Ella las veía pasar y detallaba aterradora y aterrada sus años precarios. Comadrejas que asustaban la vejez, a través del lunar enorme del lado derecho, que le hacía —desde todo su decoro saturado de espejos— más tétrica la escena: la niña que por momentos abuela era miraba su antiguo pueblo de calles de tierra con cara de vieja. No la oí morir. Dicen que la sala con la ventana que daba a la calle por donde mirar la vida, hacia atrás, ese día estuvo cerrada. Y ella al centro, con un coro de lloronas que de lejos pude ver, con la corrida de comadrejas que también oí pasar. Y veía el gallinero: nuestro juego, su martirio. Sus uñas que crecerían desde ese momento libres, sin que nadie pudiera cortarlas. Una cabellera larga y blanca que nacería arbórea. A mí me resguardaron en un cuarto de atrás. Que la inocencia no fuera truncada por la muerte. Eso creían. Para jugar sobre la cama que ocupara la hermana soltera me resguardaron. Más tarde se la llevaron. A guardarla. Como se guarda un mantel, ajado por el tiempo. En un cajón. Y yo quedé, como ella, con unos cuantos retazos para coserlos. Conservo, junto a las insistentes comadrejas de los sueños, la mirada fuerte ante las alucinaciones. Por una ventana y hacia la calle. Llevo también un lunar, del lado derecho en la cintura, sobre el que algunas tardes me recuesto a mirar la vida, hacia atrás, anclada a un punto. Blanco.

 

LA DOÑA

 

Entonces pasaban los trenes. Ojos cerrados, tendida en el suelo, veo el relieve de unas raíces. Nervaduras de un árbol de distinto grosor, entrelazados en la tierra por la que me filtro. Entonces ella. Entonces pasaban, pero eso fue mucho antes. Faldas largas, llegaba puntual a las siete. Abría puertas y ventanas; en el rocío, la evidencia del nuevo día. Sus manos comenzaban a quitar el polvo a cada rincón de la casa. Manos macizas que continuaban lo que había dejado ayer, y antes de ayer. Toda una vida. Cargaba, casi siempre, una bolsa verde con la tenacidad de su huerta. El aroma del perejil sobresalía de entre la frescura de las lechugas, que impregnaban nuevas, cada vez, las sombras con las que el sol cortaba la mesada de la cocina. Ciertas saltaban las fuerzas de sus piernas ofrendadas a la tierra. En sobre relieve a través de la piel, las venas en las que se leía una historia. Anudadas, pegadas a mis ojos. Cartografía de horas de pie que disimulaba con faldas de algodón, a veces con flores. Imposible calcular su edad. Sí el brillo de sus ojos, el tamaño de su sonrisa: un moño que se achicaba más y más con cada diente perdido. Y sus brazos. Ay, sus brazos una red que me rescataba en las mañanas de las usuales pesadillas de saltar al vacío. Nunca terminaba de caer. Despertaba en el aire. Lo recordaba en su abrazo. De ida al trabajo, a unas pocas cuadras de casa, la Doña —como respetuosos la llamábamos— caminaba primero por las vías de un tren que un día, sin aviso, dejó de pasar. Silbando, hacía un trecho de calles de tierra y se detenía, meticulosa, en la exuberancia de las sultanas paraguayas. Lo supe por sus cuentos. Ella era para mí, toda ella, y sus leyendas, la fuerza. La de la tierra. La madre tierra. La diosa de las flores y los frutos. La rutina era maravilla en la cara de esa mujer que nunca vio su partida de nacimiento y calculaba, por algunos indicios, su tiempo. Madre sin hijos, propios, con que medir el destino. Algunas veces hice con ella el camino de regreso. Por veredas irregulares y luego calles de barro, hasta la aventura de las vías: un camino sin fin. Llegábamos cansadas a la intimidad de su casa de techo bajo y piso de tierra. Me metía en su huerta como en sus brazos. Allí fue donde aprendí para siempre de los colores. En los pimientos y tomates del cerco imaginario de siembra. Y cerqué a las gallinas, les quité los huevos. Me fasciné —con ese asombro aún intacto— con el árbol de mamón de frutos verdes en racimos, como enormes uvas, y más arriba las estrellas. Las hojas del árbol en forma de estrellas que daban la sombra. Una vez salimos de la casa, del patio, de la huerta y nos paramos —un pie casi en las vías y la fe ciega de quien busca un milagro— a ver el tren. Pasaron perros flacos. Cantó un gallo. El cielo del pueblo nos miró burlón. El tren nunca llegó.

 

EL ABUELO

 


En la pequeña galería a la que daba el cuarto había una mecedora de mimbre desgastada por el tiempo y las lluvias que no pudieron detenerse. La vida se hamacaba en ella contemplando al cuerpo enjuto del abuelo que sin ningún decoro dejaba ver, hora a hora en los pocos días que duró su despedida, los huesos de su cuerpo. La piel, en él, tampoco se resistía y era una película de la que caían cada vez más capas de forma abrupta. Otoño que fue un remolino. Piel y hueso se mecían los días: primero, el cuerpo de este lado; al siguiente, del otro. Todo, para evitar las excoriaciones. Las de él, las de nuestra mirada. No sabíamos cuánto llevaría la partida, cuál parte nuestra ganaría la batalla contra ese cuerpo que —con la acritud de lo que no tiene vuelta atrás, ni puede ser acelerado— se nos escapaba ante los ojos. Humores y, durante los frecuentes intervalos de sueño, mínimos suspiros que nos mostraban, inmensa, la fragilidad. Los ojos pardos, esos, seguían siendo los mismos y desde allí intuíamos: mientras nuestros sentidos luchaban tenaces por entumecerse, los de él se aguzaban. Que nada quedara por decirse ni apreciar. Había que acercar el oído para escucharlo, pero sus manos se aferraban con fuerza y los ojos absorbían para refrescarse todas las lágrimas que no derramábamos. Desde afuera ante nosotros, el jazmín del país dispuesto con sus lilas de luto, las que él, prolijo, había cuidado toda la vida, también caía: leve, pañuelo de despedida. Nosotros casi nada percibíamos. Nuestra única imagen era la de ese traje semitransparente con el que el abuelo se había vestido, bajo las sábanas, con sabiduría de nigromante. La misma con la que supo detener —junto a Santa Clara y una que otra palabra en guaraní— la lluvia. Un día, cerramos los sentidos. Ni siquiera pensamos, para consolarnos, en que también se aprende del canto de los pájaros. Y, luego, del silencio. La muerte, supimos más tarde, dejó algo más que un perfume rancio.

 

EL ENFERMO

 

Imagina que algo te atenaza la cabeza, desde la nuca hacia arriba. Dos pinzas gigantes a punto de comprimirte. Fácil sería decir: exprimirte las ideas. No hay chance de pensar. ¿Será químico? El cerebro cabe en una mano. Pesa menos que el dolor. Imagina que tu cuerpo tiembla un espanto tan profundo que es como tener, conocer el alma, tintineante y húmeda, debajo de cada pedazo de piel. Escapar por esos cables verdes que sigues con la mirada bajo la palidez de tu cuerpo. ¿Será físico? Un hombre cansado y sudoroso ante un espejo. Puede dibujar un plano de sus venas. Si fueran vías, él sería un tren. Podría descarrilar. Algo cede. Todo él. El hombre se arroja a las vías. El reflejo de su cuerpo está borroso. Sube la mirada. Siente alivio en la humedad de sus ojos. Intenta meterse también en ellos. Se contempla ante el espejo como en una ermita. Reza. No por él. A él. ¿Acaso voy a morirme? El hombre mira el cristal queriendo entrar por otra ventana a sí mismo. Hacer foco. Atravesar solo una de las ventanas. Íntegro y vivo. La de color más pleno. Y ya no volver.

 

 


JUAN SUÁREZ PROAÑO (Ecuador, 1993). Poeta, editor. Máster en Teoría Literaria por la Universidad de Salamanca. Ha publicado 5 poemarios. Su libro Las cosas negadas obtuvo el Premio Nacional de Poesía Paralelo Cero 2021. Es editor en El Ángel Editor (Quito) y en la revista Esteros.
 


 

 


XUL SOLAR (Argentina, 1887-1963). Su pintura visionaria traspasa los límites de la pura abstracción, al ver surgir de ella el mito transfigurado, figura esencial de su interpretación del mundo. Es una pintura en la que se produce la fusión de narración y espejismo. Xul Solar también fue músico, místico y astrólogo. En su pasión por la invención, nos trajo ejemplos insólitos, como un teatro de marionetas con personajes sacados de los signos del zodiaco, la creación de un lenguaje artificial y un intrigante piano de 28 notas. En gran parte, la originalidad de la obra de Xul Solar proviene precisamente de su permanente debate entre tradición y modernidad.




Agulha Revista de Cultura

Número 229 | maio de 2023

Artista convidado: Xul Solar (Argentina, 1887-1963)

editora | ELYS REGINA ZILS | elysre@gmail.com

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