JUANA M. RAMOS
La
voz de la poeta Juana M. Ramos está impregnada de belleza, una contundencia de sentidos
que nos conduce a una lectura panorámica. Leer a Juana es recorrer un territorio,
desconocido para muchos de nosotres que abordamos a su poesía desde un desconocimiento
cultural marcado por el colonialismo blanco que nos han transmitido. Abrirnos camino
por los colores, los recuerdos y la historia de El Salvador de la mano de las palabras
seleccionadas por Juana para pintar su ciudad, Santa Ana, es una experiencia única
de lectura. Un lugar abierto, como una ventana hacia lo verde que nos invita a recorrer
caminos no para transitar la luz trivial de lo bello, sino para encontrarnos con
la belleza de transformar el dolor y el desgarro que dejan los adioses que dan lugar
a las bienvenidas.
Juana reside en la ciudad de Nueva York y es profesora de español
y literatura en York College, CUNY. Desde su actividad docente y cultural, ha entramado
lazos con poetas de México, Argentina, Colombia, República Dominicana, Honduras,
Cuba, Puerto Rico, Guatemala, España y obviamente El Salvador, donde no sólo ocupa
un lugar fundamental representando a su diáspora sino en trabajo abriendo puertas
para las nuevas generaciones de escritores.
En el año 2020, trágico para nuestra humanidad que se vio asolada
por la muerte, dio inicio a EntreTmas, un espacio literario en Facebook
en el que promociona el trabajo de escritoras y escritores latinxs y latinoamericanos
a través de material audiovisual. En 2023, junto con la poeta argentina Margarita
Drago, la artista visual y narradora cubana Jacqueline Herranz Brook, la poeta dominicana
Yrene Santos y las dramaturgas y actrices Zaida Corniel y Eva C. Vásquez, dio inicio
a la revista digital y semestral EntreTmas Revista Digital, dedicada a difundir
a los poetas, narradores, dramaturgos y artistas visuales que producen sus obras
en español en la ciudad de Nueva York, Latinoamérica y el Caribe.
Hoy también dirige la Colección Libros Imposibles, junto
al poeta, traductor y ensayista brasileño Floriano Martins.
Desde hace más de tres años, y desafiando la escalada antiinmigrante
que reina en Estados Unidos, Juana M. Ramos y Margarita Drago han creado Palabra-Imagen-Escena
(PIE), un espacio literario de resistencia en Terraza 7, un bar emblemático en Queens,
por su consecuente tarea en apoyar la lucha política y social de los migrantes.
Los domingos a las 5 pm de la tarde, allí convocan a autores y gestores culturales
para dejar registro del cuerpo colectivo que forma parte del acervo cultural migrante.
En su libro Aquí no hay gatos, editado por El Pez Soluble
y parte de la Colección de Narrativa Pan, su relato “Denominador común”, lleva como
epígrafe la cita de la escritora argentina María Teresa Andrueto: El regreso
es una búsqueda inútil de lo perdido.
AB |
¿A dónde se regresa cuando se viaja desde la escritura?
JMR |
Sin duda, querida Adriana, se regresa a la memoria emocional. El texto, poético
o narrativo, en mi caso, se dispara a partir de un estímulo sensorial que le habla
a alguna emoción, lo único que sobrevive del evento vivido. Es ahí donde regreso,
es en ese espacio donde parte de mí sigue morando.
La letra M en la composición del nombre de Juana tiene una connotación
fundacional. En el mismo libro, su relato “9 de septiembre”, nos dice: recuerdo
a abuela como un roble.
AB |
¿Qué es la abuela en la vida de Juana y cómo esta presencia la acompaña en su creación?
JMR |
Abuela es el pilar de mi memoria. Viví gran parte de mi vida con ella. Su presencia
fue refugio. Aprendí de ella la fortaleza, pero también la ternura. A abuela la
llevo a flor de piel y me ha protegido, desde todos los planos que habitó y habita,
cada día de mi vida desde que tengo uso de razón. Abuela fue una mujer que se enfrentó
a la realidad del momento que le tocó vivir. Amó y también experimentó la contraparte
del amor. Sus circunstancias nunca la vencieron; por el contrario, le sirvieron
para imaginar otras posibilidades para seguir adelante. Y las concretó. Está presente
en cada texto, incluso en aquellos que no hablan de ella, porque al escribir parto
siempre de la gratitud (por muy borrascoso que sea el texto) de haberla tenido en
mi vida.
AB |
En este libro, los sueños forman parte de una serie de diez escritos que le abren
al lector una puerta a un territorio inmaterial palpable. Desde el mundo onírico,
la escritura de Juana M. Ramos nos permite conocer esos instantes atemporales que
nos quedan para conocer los misterios de una tela visual que ella teje con palabras.
¿Cómo se presentan los elementos sobrenaturales en la escritura de Juana M. Ramos?
¿Qué voz habla desde este espacio?
JMR |
La serie “Onírica”, que forma parte de Aquí no hay gatos, rompe por completo
con el tono de los relatos que le preceden y le suceden. No obstante, desde dentro
de cada “onírica” nada es sobrenatural, dado que en los sueños todo forma parte
del mundo “cotidiano” en el que se desarrollan. Nada es cuestionable en el andamiaje
surreal desde el que la voz narrativa cuenta las particularidades que experimenta.
En ese mundo reside todo aquello sin resolver y, en ocasiones, también emergen soluciones
que en la vigilia no logramos ver.
Por otro lado, desde ese espacio hablan todas las voces que me
dan forma, desde la niña que busca el abrazo de su madre hasta la mujer que se mueve
con soltura y destreza en esta ciudad “de luces y de sombras”, como digo en algún
poema.
Una conversación pendiente
En “La ciudad se ha inundado de paraguas”, Juana grita
junto a las mujeres de su pueblo… Ciudad cuchillo, ciudad navaja, ciudad machete…
AB | ¿Cómo piensa Juana al lenguaje desde el designio impuesto de
haber nacido mujer y qué se hace con ese legado?
JMR |
El lenguaje lo pienso como espacio de resistencia y de construcción y redefinición
de mi identidad como mujer “queer”. No diré que pretendo redefinir las identidades
de “todas” las mujeres, pero sí que mi trabajo literario y académico sirvan como
posibilidades para aquellas que se acerquen a él. Históricamente las mujeres han
sido silenciadas y mediante “la palabra” han sido moldeadas por narrativas ajenas
(patriarcales, misóginas, machistas, etc.) y se han reforzado estereotipos que las
relegan a roles secundarios. Es importante resemantizar conceptos, ideas y expresiones
para construir epistemologías que aborden y propongan otras miradas que impulsen
y amplifiquen las voces femeninas para desmantelar eso que, como mujeres, hemos
internalizado como verdades/realidades incuestionables e inamovibles.
AB |
¿Qué viaje emprende una mujer que decide irse de su tierra? Y en el caso particular
de Juana, ¿irse fue una decisión?
JMR |
Se emprende un viaje de re-identificación. Abandonar la tierra natal es dejar atrás,
de forma violenta, esa identidad que nos ha acompañado hasta el momento de la partida.
Para mí significó re-conocerme en esa muchacha protegida por sus abuelos; en esa
niña que aprendió a ser fuerte y a reescribirse en una suerte de diario rudimentario
en el que anotaba sus sentires después del divorcio de sus padres; en esa adolescente
que se enfrentó a la distancia física de una madre que no tuvo más opción que emigrar
para darles una vida mejor a sus hijos. Emigrar, no por decisión propia, fue verme
completamente, tomarle la mano a esa muchacha provinciana para desplazarnos juntas
a una nueva realidad, la de una ciudad-fiera que era necesario domar. Es un viaje
con escalas, que me obliga a detenerme un poco y a reflexionar sobre el viaje mismo.
Ahora soy esa mujer neoyorquina que no suelta ni un segundo a la que fui en los
distintos estadios de mi vida en El Salvador, a esa que me ha ayudado a transitar
por este proceso identitario.
AB |
¿Cómo fue el desarrollo de su escritura al llegar a New York?
JMR |
En Nueva York empecé a escribir con conciencia de escritora. Tuve la suerte de conocer
a mujeres que ya habían abierto espacios en la ciudad para visibilizar sus voces
y las voces emergentes de otras escritoras que buscaban un lugar en la escena literaria
y cultural neoyorquina. Es en Nueva York donde dejo de engavetar lo escrito. Es
en Nueva York donde publico por primera vez, y desde donde doy el salto para compartir
mi trabajo poético con otros escritores a lo largo de Latinoamérica –y otras geografías
aún más lejanas–. En Nueva York renazco.
A través de la lectura de los poemas vamos recorriendo las ramas
de un árbol familiar que fue creciendo entre risas de tías, olores de comidas, conversaciones
y cuidados. La costura de esa máquina Singer que en las noches arrullaba
los sueños de una inocencia que desconocía la violencia, las separaciones y el desmembramiento
que imponen los exilios.
AB |
¿Cuán decisiva fue en la obra de Juana la figura de su madre como referente de libertad?
JMR |
Me atrevería a decir que mi poesía se sostiene sobre una gramática materna. Mi madre
me enseñó a nombrar y a calificar el mundo que me rodeó desde pequeña, aprendí la
cadencia de esa realidad, los tonos y los ritmos, a expresar el dolor con estructuras
escuetas y precisas, y la ternura con un andamiaje amplio, espacioso, prolongado.
Mi escritura se cimienta en esa gramática. En la poesía soy libre, transito en cada
texto con naturalidad, me manifiesto sin poses ni afectación, pero sí con mucha
fuerza y soltura; con honestidad y ecuanimidad. Mi madre desafió a una sociedad
muy conservadora al divorciarse cuando yo tenía diez años. Tuvo que sortear una
serie de obstáculos cuyo principal flagelo fue la actitud machista de mi padre.
No obstante, ella tomó a sus dos hijos y les demostró a todos que podía salir adelante.
Claro está que tuvo que pagar un alto precio: separarse por un tiempo de sus hijos
para buscar nuevos horizontes y oportunidades. Su vida no ha sido fácil. Su fortaleza
y valentía han sido el más edificante de los ejemplos. Sí, mi madre es referente
y pilar de mi obra, como también lo es mi abuela. Me sostengo de esas dos figuras
femeninas que, de alguna forma, son modelos disidentes que objetan el mandato patriarcal.
Observo, enuncio, escribo gracias a la libertad que me han heredado y que tanto
agradezco. Ambas son, además, un tema inagotable que se interconecta con todo lo
que me interesa y me ocupa.
AB |
¿Cuán determinante fue la figura paterna en la construcción de una vida que rompió
con la herencia patriarcal?
AB |
¿Se puede desde la escritura responder a ese llamado de la conversación pendiente?
JMR | Totalmente.
Tengo muchas conversaciones pendientes, algunas, las más importantes, las he concretado
mediante la escritura. La poesía, particularmente, es el lugar en el que puedo convocar
a mis fantasmas, a esas subjetividades que ya no están y con quienes debo saldar
cuentas. Uno de esos fantasmas es mi padre. “Una conversación pendiente”, poema
que le da título a uno de mis libros, es eso, un ajuste de cuentas con él. Debimos
haber conversado, pero las heridas sangraban demasiado y para evitar una hemorragia
pospuse esa plática. Mi padre murió y esa charla se me quedó atorada en la garganta,
me asfixiaba, y fue la escritura la que me procuró el tiempo y el espacio apropiados
y justos para desatar ese nudo gordiano en el que se convirtió la relación entre
mi padre y yo.
Aparecen las palabras
medio tímidas
son murmullo,
con miedo se sujetan
unas de las otras.
(Fragmento de “El poema”)
Es un Domingo de Pascua del año 2026 y las playas de la ciudad
de Los Ángeles sobreviven al terror de los ejércitos paramilitares de ICE, desde
el sol y la alegría. Una ciudad que ha sido sitiada por el terror y la violencia
en las paredes de sus calles grita: “Estos son los terroristas domésticos”, mostrando
los rostros enmascarados de los agentes ilegales pagados para perseguir a los migrantes.
El terror estatal ahora presente en Estados Unidos durante la
segunda administración de Donald Trump nos remite a esos tiempos de espanto de nuestros
países, cuando la impunidad del poder decidía la vida y la muerte de sus ciudadanos.
Miles desaparecieron y aún estamos reclamando por la verdad de los destinos de esas
vidas truncadas sin motivo.
Caminamos, entre el sol, las olas y los frescos aromas de las
frutas recién cortadas que nos traen las memorias felices de aquellos que hemos
conocido el eterno verano de nuestra América Central.
Así deberían ser las playas en nuestros países si la felicidad
no nos hubiera sido arrebatada, nos
decimos, y es que la guerra civil de El Salvador es una herida que no cierra y está
presente en los relatos, en las charlas y hasta en la alegría. Es parte de la identidad
de ese pueblo, que sigue luchando por su identidad y su independencia.
Juana
M. Ramos junto con Margarita Drago fueron las editoras del libro Tomamos la palabra.
Mujeres en la guerra civil de El Salvador (1980-1992), un libro de antología
testimonial, editado en el año 2016 por UCA Editores. Es un libro imprescindible
para comprender el presente de este país desangrado por el crimen institucional
sostenido por una clase dominante privilegiada que ve en la justicia social una
amenaza.
En ese libro Juana escribe: De la guerra me alcanzaron sólo
las esquirlas: apagones, toques de queda, balaceras nocturnas que nos obligaban
a saltar de la cama y resguardarnos. Ignoraba por completo la participación de algunos
miembros de mi familia en el proceso revolucionario. Nunca se habló de ello.
[Fragmento de “De las guerras de la memoria a las memorias de la guerra: Las mujeres
tomamos la palabra”.]
AB |
Después de esta experiencia de investigación junto a la poeta Margarita Drago, ¿es
posible hablar hoy de una poesía campesina en El Salvador?
JMR |
Ciertamente la poesía surge en todos los rincones de ese país que lleva por bandera
una herida abierta que sigue mirándose a sí misma sin la esperanza de cicatrizar.
Ahora bien, Tomamos la palabra. Mujeres en la guerra civil de El Salvador (1980-1992)
es un libro que nos dejó, tanto a Margarita como a mí, la oportunidad de experimentar,
a través de la memoria colectiva femenina y, en algunos casos, feminista, la otra
cara de la Historia. Esa otra Historia en la historia de cada una de esas mujeres
que fueron parte activa, desde diversas trincheras, del proceso revolucionario.
Sería muy irresponsable de mi parte hablar de una “poesía campesina”, dado que,
en la actualidad, no estoy familiarizada con esa vertiente en el país. Sí podría
hablar de una poesía costumbrista que busca caminar de la mano de una suerte de
identidad nacional. Ahora bien, sí te puedo asegurar, por lo que ese libro nos dejó,
que es posible hablar de una poética femenina de la guerra, que da testimonio de
un momento histórico que ayudó a redefinir las subjetividades femeninas de esas
mujeres que poetizaron su experiencia de vida como parte de las organizaciones que
conformaron el FMLN.
JMR |
En la actualidad, en el país se vive un ambiente de represión frente a todos los
temas que el Estado salvadoreño considera de corte liberal. El conservadurismo a
ultranza se ha impuesto en una sociedad que nunca ha dejado de ser tradicional.
Para darte un ejemplo concreto de este oscurantismo que se vive en el país, el presidente
Nayib Bukele eliminó todo material educativo que incluyera, incluso, barruntos de
ideología de género, aduciendo que “son cosas contrarias a la naturaleza”. Asimismo,
prohibió el lenguaje inclusivo. Como podrás ver, frente a la represión de un estado
con mentalidad poco más que medieval, el desarrollo de los movimientos feministas
se ve afectado. Por supuesto que organizaciones como ORMUSA (Organización de Mujeres
Salvadoreñas por la Paz), Las Mélidas (Asociación Movimiento de Mujeres
Mélida Anaya Montes) y el Instituto de Investigación,
Capacitación y Desarrollo de la Mujer (IMU) se mantienen activas para la
defensa de los derechos de las mujeres (la niñez, la adolescencia y la juventud).
AB |
En la página 170 del poemario Una Conversación Pendiente, el poema “La herida”
nos regresa al principio de esta propuesta, una charla con la autora para adentrarnos
más en su obra y reflexionar sobre la resonancia que deja la escritura en nuestros
cuerpos. Los lectores sabemos que de un texto sentido no se sale inmune, por suerte.
Ese es el agradecimiento continuo que sentimos hacia los seres que en un acto de
valentía y arrojo nos tocan con sus palabras.
EN
MI HERIDA
Tan naufragio soy
en tu calzada angosta
que insiste en esbozar distancias.
Nadie vuelve a la escena
del crimen,
sin embargo,
yo, con el puñal en la
lengua
vuelvo al crimen
para lamer tu carne
magra
tu delicada carne estrecha
por momentos vulnerada.
Vuelvo buscando la pulpa
de tu cuerpo huraño,
vuelvo buscando tu boca entreabierta,
vuelto a tu tierna
borrasca
que toca tierra en la más profunda
de todas mis heridas,
herida en la que sigues habitando,
herida de dientes
afilados
cuyas fauces te devoran.
Después de leer varias veces este poema en voz alta frente a otro
mar que no es el de El Salvador ni el de Los Ángeles, me pregunto:
En este presente, ¿con quién dialoga la poesía de Juana M. Ramos?
JMR |
Mi poesía dialoga con todas las voces que me habitan y se encuentran en el centro
para ser una sola; dialoga con el recuerdo de mi padre y con lo que decido conservar
de él; dialoga con mi abuela, quien me enseñó de anturios y geranios; dialoga con
mi abuelo, quien descifró el lenguaje de los pájaros y de la ternura; dialoga con
mi madre, quien deletreó el sacrificio con la fuerza que halló en la urgencia por
estar cerca de sus hijos; dialoga con la inminencia de la muerte, del declive, de
las debacles que puede que me esperen; dialoga con la condición humana, con todo
lo que nos afecta como sociedad, con la trashumancia que nos acompaña desde los
orígenes; con el desamor y los desaciertos; con el amor y los aciertos; dialoga
con esta que soy y deja de ser para ser una y todos. Mi poesía dialoga con los universos
de los que está hecho quien me honra con su lectura; dialoga con la herida que soy
y aún no cierra.
AB |
Esta era mi “conversación pendiente” con Juana M. Ramos. Necesité de la cercanía
que nos dio la fraternidad solidaria de la lectura El peso de las palabras que
llevamos, compartida el pasado 3 de abril en Beyond Baroque y el 4 de
abril en The Last Bookstore, Studio City, en North Hollywood, junto a las
poetas Alicia Partnoy, Margarita Drago, Susana Marcelo, Roberto Leni, Francisco
Letelier y Carolina Rivera Escamilla, curadora en los dos eventos, para poder responder
a este llamado.
Gracias.
ADRIANA BRIFF (Argentina). Hizo su licenciatura en Periodismo en la Universidad Nacional de Rosario y trabajó en la redacción del diario Democracia, de dicha ciudad. En 1989, emigró a la ciudad de San Matero, California, donde reside desde esa fecha. Ha publicado crónicas y textos en medios de Argentina y Estados Unidos. En 2025 publicó su libro Crónicas de los Desayunos, en la Editorial Poetry Ambassador, dirigida por la escritora Genevive Patthey y en directa colaboración con la escritora Carolina Rivera Escamilla y la poeta argentina Cintia Ceballos.
PATRICK LEPETIT (França, 1953). Poeta, ensaísta, colagista e pesquisador ligado à rede acadêmica internacional Mélusine. Com forte atuação no Surrealismo contemporâneo, sua produção intelectual e artística investiga as correntes subterrâneas do movimento, mapeando os pontos de contato entre a criação estética, os mitos tradicionais, o hermetismo e as tradições esotéricas. É autor de diversas coletâneas de poesia (como Rouge solaire e Beauté du funambule) e de ensaios fundamentais, entre os quais Le Surréalisme. Parcours souterrain — obra laureada pelo Institut Maçonnique de France —, Surrealism and Operative Alchemy e La tête d’Ogmius. Surréalisme et mythes celtiques. Na vertente plástica, expande esse mesmo lirismo hermético para o campo das colagens e composições oníricas, projetando imagens ocultas do horizonte de nosso tempo. É o artista convidado da presente edição de Agulha Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
Número 266 | setembro de 2026
Artista convidado: Patrick Lepetit (França, 1953)
Editores:
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