segunda-feira, 4 de dezembro de 2017

GABRIEL JIMÉNEZ EMÁN | Poesía y filosofía en Ludovico Silva


EL POETA COMO ENSAYISTA | Sólido conocedor de las ideas que dominan el mundo contemporáneo, este mundo le sirvió a Ludovico Silva (1937-1988) para meditar sobre la naturaleza de la cultura, sobre la esencia misma del fenómeno cultural en sus variantes implícitas, allí donde el universo conceptual parece regenerarse indefinidamente. Ludovico no era un obsedido de lo contemporáneo, no hizo de la modernidad un fetiche ni se consagró a especular sobre lo actual, como si lo actual tuviera siempre que ser joven o hubiese surgido por generación espontánea. Ludovico se consagró, sobre todo, a investigar las raíces de lo moderno, a escarbar en el origen mismo de los fenómenos sociales y estéticos, a hurgar en el pensamiento clásico hasta dar con algunas claves a las que siempre fue fiel: pasión por las ideas prístinas del mundo griego; el marxismo como método para desmontar gran parte de los mecanismos viciados que imperan en el orden capitalista. Todo ello sin dejar de realizar una crítica a muchas desviaciones marxistas como las que se estudian en el Anti-manual para uso de marxistas, marxólogos y marcianos, (1975), y en las que atañen al concepto de ideología, concepto que fustigó desde La plusvalía ideológica (1970), Teoría y práctica de la ideología (1971) hasta Teoría de la ideología (1980); y el concepto de alienación trabajado en Marx y la alienación (1974) y La alienación como sistema (1983). Su contribución en este terreno comporta una auténtica solidez conceptual, una verdadera aportación del pensamiento latinoamericano al marxismo.
Indagando en las raíces del pensamiento grecolatino, Ludovico Silva pudo asociarlo a lo que él llamó humanismo marxista, y a los fenómenos contraculturales que aparecieron en la década de los años sesenta, los cuales tendrían sus raíces en las actitudes de los poetas maudites, con Rimbaud, Baudelaire y Poe a la cabeza. Nada, para él, nace de la noche a la mañana, todo posee una raíz histórica y obedece a cambios dialécticos dentro de esa historia. Ludovico examina más bien la historia de las ideas y –sin hacer historiografía ni trazar panorámicas— busca en ellas correspondencias que rebasan la óptica analítica de las ciencias sociales, para ir en busca del terreno estético y, sobre todo, de la poesía. Y es precisamente a este vínculo con lo poético a lo que deseo referirme.
Ludovico comenzó a escribir sobre poesía en los periódicos. En el diario “El Nacional”, principalmente, anotó sus primeras impresiones sobre poetas venezolanos. Poeta él mismo, se había iniciado en la escritura con Tenebra (1964) –libro inadvertido en nuestro panorama poético— y Boom (1965), que mereció un prólogo del eminente filósofo estadounidense Thomas Merton; no publicó más poesía hasta In vino veritas (1977). De aquí en adelante decide publicar otros libros en este campo: Piedras y campanas (1979), Cuaderno de la noche (1979), La soledad de Orfeo (1980) y Cadáveres de circunstancias (1979), sin dejar de ofrecer por este tiempo algunos de sus mejores ensayos sobre estética y literatura: Belleza y Revolución (1979), Humanismo clásico y humanismo marxista (1983), y finalmente el que considero la obra más representativa del modo libre de ensayar en nuestro autor: Filosofía de la ociosidad (1987), donde deja asentada su voluntad de transgredir la metodología académica, y opta por los recursos del fragmento o la crónica, siempre matizada por anotaciones eruditas, citas, glosas, comentarios entre líneas. O como él mismo anota entre paréntesis: “Aforismos, sentencias, petit essais, fragmentos, diarios perdidos, oraciones, poemas, jaculatorias, rendición de cuentas.” (…) “Este es un libro entre dos mundos.(…) Esos dos mundos podrían ser el mundo del vino y el mundo de la sobriedad, pero esa distinción es superficial, porque en el mundo del vino yo estaba completamente sobrio, y en el mundo sin vino estoy completamente ebrio, de modo que al vino nadie lo entiende como tampoco nadie entiende a las mujeres, mucho menos ellas a sí mismas, ya que las mujeres tienen la extraña virtud de ser objetos artísticos que a veces pretenden ser consideradas desde el punto de vista humano, y son también seres humanos que desean con toda su alma, si es que la tienen y es cosa que los griegos ponían en duda (…)” y así continúa divagando “ociosamente” Ludovico hasta componer párrafos larguísimos que compara a los de Miguel de Cervantes: “Acabo de escribir el más grande párrafo que haya escrito en toda mi vida; creo que por lo menos igualé a los párrafos cervantinos (…) En fin creo que he hecho otro párrafo larguísimo, que entra en contradicción con este libro (…) Este libro ocioso, fragmentado y sólo a duras penas logrado en el aspecto estético y musical”. En efecto, Ludovico intenta anunciar para este libro una estructura musical en cuatro movimientos que no dejan de contener en sí una buena dosis de humor delirante. Tampoco es ocioso anotar que Ludovico se deja llevar por una suerte de lúcido delirio cuando escribe muchos de sus párrafos, que es justamente uno de los ingredientes que determinan buena parte de su obra poética, en especial del poema “In vino veritas” (en la verdad del vino) cuando escribe:

Mi estirpe es la de los lobos.
Aúllo por doquier, lanzo mordiscos al universo,
Me muerdo a veces a mí mismo
Creyendo que soy otro
Pero luego descanso en mis propios brazos.
(…)
Ríome desmadejado, peludo y loco,
Y ay, me duele este cuerpo y lo recuerdo,
Lo recuerdo muy bien. Era peludo,
Desmadejado y loco.
(…)
Adiós, adiós, ya he muerto. Te observo desde un mundo
Donde los seres tienen un sabor más profundo.

Todo ello habla de la terrible relación que Ludovico mantuvo con la bebida, que le llevó a experimentar las situaciones más críticas de salud, las dolorosas reclusiones en sanatorios, hospitales y clínicas. Parte de esta experiencia fue expresada en las cartas que le enviaba a su esposa Beatriz desde un sanatorio, recogidas bajo el título de Papeles desde el amonio (2002). “Estoy en la desesperación, y si te he escrito algo sobre Cervantes es por un presentimiento que tengo: deberé hacer lo posible para reflexionar cuerdamente en esta casa de empeñados, que por lo demás yo conocía, pues estuve aquí hace trece años, aunque aquellos sólo fueron cinco días que no me dejaron huella. Debo reflexionar, luchar por mantener mi mente sana, porque estoy rodeado de enajenados, de dementes, de enfermos brutales y de doctores y doctoras que te pasan caritativamente la mano por la frente como si fueras un muñeco o un trozo de carne podrida.”

Hacia el final de su vida, Silva nos sorprende con el último de sus poemarios, Crucifixión del vino, donde realiza justamente un ajuste de cuentas con la bebida. Para éste libro, Ludovico me solicitó el prólogo, del que extraigo este párrafo: “Hay dos caras del sacrificio en Crucifixión del vino: el estrago que el vino puede haber causado al poeta y la renuncia que el poeta debe llevar a cabo para escapar de los embates del vino y curarse en salud. Tal renuncia se va produciendo mediante el ejercicio de la memoria y merced a dos elementos claves en Crucifixión del vino: el humor y el tono narrativo. En efecto, los tres textos iniciales, “Crucifixión del vino”, “Recuerdos y lluvias” e “In artículo mortis” contienen historias entretejidas de nombres y citas en idiomas originales. El primero aspira ser una “Carta” al hermano (Héctor), con quien desea compartir sus dolencias terrestres, y también con su mujer (Beatriz), el poeta los inserta en un contrapunto de historias sórdidas. Pues hay otro recurso: el prosaísmo intencional, el feísmo ex profeso para lograr efectos precisos. Al principio nos golpea, después se va introduciendo en el texto gracias a un humor muy sutil que suene atenuar la brutalidad de ciertas imágenes. Seres y situaciones extramuro articulan la anécdota, aparecen y desaparecen como fantasmas, pero sirven de motivos de reflexión:

Tú vivirás eternamente
Pero antes debes morir.

La forma de estos poemas iniciales es la del verso escalonado, ideada por Mallarmé y después difundida por la primera vanguardia (llamada por algunos neo-tipografismo). Pero Ludovico juega con nuestra imaginación formal, y luego de enfrentarnos a esta configuración nos entrega piezas adecuadas al molde clásico, como el soneto “Héctor vino de París”, y otro a su primo Carlos Silva (quien fue mi profesor de estética en la Universidad de los Andes y extraordinario crítico de arte, y a quien admiré mucho) rodeado de obras pictóricas; también la “Sonata para Elizabeth Schön” y un “Feliz año” escrito en versos alejandrinos son los textos más resaltantes. En su “Feliz año” Ludovico nos abraza brindándoos consuelo, y desde ese abrazo él también parece renacer como el Ave Fénix:

El dolor de estar vivos y contemplar el río
Que avanza delicado, sereno, limpio y frío
Vida-río que avanza con sus túmulos frescos

(…)

Del año que se muere con nuestras ilusiones
Para renacer, vivo, sangrante, como un niño
Sobre la faz del mundo, sobre el cálido armiño
De unos brazos que sufren y que gozan cantando
Todas las cosas buenas que el tiempo va dejando.

EL ENSAYISTA COMO POETA | Llegado este punto, se produce entonces una circunstancia que quiere convertirse en norma cuando los ensayos y la obra teórica se imponen cuantitativamente a la obra de creación (¿no es la crítica, cuando es reveladora, un acto de creación?), y terminan por opacarla. En el caso de Ludovico, es sencillo advertir cómo el poeta casi desaparece para dar paso al ensayista, lo cual no deja de ser una suerte de sombra para el propio poeta. No es difícil constatarlo, por ejemplo, en el caso del gran escritor mexicano Octavio Paz: cómo el público, para no tomarse la molestia de leer al poeta, simplifica las cosas (“Como poeta no me convence; él es sobre todo ensayista”, se oye decir) y prefieren quedarse, quizá por comodidad, con una imagen unilateral del escritor. Con Ludovico ocurre algo similar. Su obra poética no ha merecido hasta ahora un estudio orgánico.
Esa pasión por la poesía le viene a Ludovico de un profundo conocimiento del mundo clásico, un mundo donde el orden intelectual, el sensible y el político están íntimamente unidos, y donde no existía esa división entre los orbes humanos de conocimiento que hoy llamamos “especialidades”, en las que cada quien conoce de lo suyo, no quiere ni siquiera asomarse al campo del otro y niega el saber interdisciplinario.
Ludovico pasa de la crítica periodística al ensayo estético cuando aborda la mayoría de los autores que aparecen en el libro La torre de los ángeles (1991), donde remarca un valor universal para la poesía venezolana, cuestión que muy pocos habían realizado hasta ese momento. Como se sabe, la literatura venezolana había permanecido rezagada por un buen tiempo respecto a la literatura hispanoamericana en general, por motivos que valdría la pena examinar bien; Ludovico no sólo da muestras de conocerla a fondo, sino de abarcar mucho más, ubicando a cada poeta en un tiempo y un contexto universales. En este libro estudia a los poetas José Antonio Ramos Sucre, Vicente Gerbasi, Juan Sánchez Peláez, Rafael Cadenas, Juan Calzadilla, Alfredo Silva Estrada, Alfredo Chacón, Francisco Pérez Perdomo, Ramón Palomares y Elizabeth Schön.
Cuantitativamente, sus escritos sobre poesía triplicarían a los contenidos en La torre de los ángeles, libro en el que pudo haberse incluido uno de los trabajos más lúcidos de cuantos escribió el autor de In vino veritas, y éste es el dedicado al poema “Myesis” de Juan Liscano, titulado Los astros esperan. El estilo suelto de Ludovico, la manera que el escritor utiliza para irnos introduciendo en los distintos ámbitos, es un ejercicio brillante de cultura y erudición. No desea hacer análisis estructurales, semióticos, sociológicos, ideológicos o textualistas, ni permite que su bagaje cultural sobrecargue el discurso interpretativo; tampoco se alza con una sola idea ni está obsedido con una ideología preexistente; ni está interesado en preparar al lector para hacerlo partícipe de un sentimiento particularizado. En Ludovico el Yo ensayístico es ilusorio: se reafirma sólo como invitación y no ejerce nunca el argumento de autoridad, esa fórmula suficiente del paternalismo intelectual. Por lo contrario, su Yo se siembra en una duda enriquecedora, que poco a poco va encontrando en su camino ciertas claves y, de la mano de ellas, nos va familiarizando, discreta y sutilmente, con el mundo de cada poeta. Como él mismo lo dice, opera con amor intellectualis, un fervor que se traduce en un marco amplio de referencias universales, al que suele hacernos acceder a través de uno de los recursos mejor empleados por el ensayista: el arte de la cita. Sin abrumarnos, sin demostrarnos cuánto sabe, el poeta se vale de citas en idiomas originales, tratando siempre de acercarnos al regusto por las lenguas, a la sonoridad y belleza propias de cada idioma, y lo hace de un modo tan oportuno, que, aunque no conozcamos a cabalidad el significado de una frase en un idioma extranjero, podemos disfrutarla en su dimensión musical, en su perfección formal.
“Siempre me ha gustado escribir sobre temas universales”—nos dice—. “Pero los años me han hecho aprender lo que, tarde o temprano termina por averiguar todo creador, a saber, que la puerta hacia lo universal es una puerta muy particular y muy concreta. En el presente caso, los poetas venezolanos me han servido para elevarme a reflexiones que atañen a todos los poetas del mundo.” Tomaría de Ludovico el verbo “elevarse” para definirlo a él: un verdadero artista es alguien que siempre está intentando un estado de elevación, deseando acercarse a los estadios sublimes de lo real; tanto a su parte visible como invisible, e intentando hacer ver que los aspectos sensiblemente hermosos son tan importantes como los aspectos mórbidos o negativos, que la belleza siempre se halla escondida entre los pliegues de lo humano.
Este “amor intelectual” implica también un acto de discreción, que viene a ser uno de los rasgos distintivos de todo discurso que se precie de auténticamente crítico. Dice esta vez el poeta: “Toca a los lectores dictaminar si en estas páginas hay algo de eso que ambiguamente se llama “crítica literaria”. Personalmente, no creo que haya mucho. Yo no hago crítica filológica, sino que trato de evocar mundos poéticos, empleando en ocasiones la propia arma de los poetas”. Sinceramente creo que Ludovico lo logra, alcanza a fertilizar la palabra de los otros poetas con la suya.

***

Existen dos tallos de fecundidad germinativa en el árbol literario de Ludovico Silva. Uno se dirige al espacio de comprensión del hombre en tanto ser social, el otro hacia el interior de un planeta desconocido, que es como si el árbol buscara su propia raíz en los meandros de su sueño con una desesperada ilusión trascendente, situada más allá de lo visible. Al mismo tiempo, Ludovico desearía que su ilusión se cumpliera aquí en la tierra, quisiera ver a los hombres ocupando un lugar de dignidad, y esto sería posible rescatando su fuerza de trabajo y observando su poder real, mirando objetivamente los fenómenos sociales y analizándoles a la luz del humanismo. El humanismo de Ludovico Silva es de índole marxista, pero su terreno se halla abonado de un profundo conocimiento del humanismo clásico, pues ha sabido hacer converger el anhelo clásico de perfección con el análisis de las ideologías, en una tentativa de encontrar claves rigurosas, muy alejadas del idealismo y mejor dirigida a encontrar un hombre integral, capaz de forjar un equilibrio con su entorno, y a la vez ser capaz de evaluar su propia soledad. Al fin y al cabo, la sociedad podría ser una suma de soledades armónicas y no ese conjunto de soledades sin norte ni refugio a donde parecen conducirnos las urbes modernas. En tal sentido, la naturaleza cognitiva de Ludovico es la de un auténtico ensayista, pues asimila su acontecer personal al colectivo en un acto que podríamos llamar de compromiso planetario de esencia poética, el cual absorbe el legado de la historia estética para incorporarlo a la reflexión sobre la ciencia, la filosofía y la literatura. Este compromiso involucra al hombre en su propia forma y con tal intensidad, que no vacilaría en señalar a Ludovico como uno de los primeros prosistas de nuestra modernidad, tal es su fluidez, precisión y elegancia. En el artículo periodístico, la crónica cotidiana o en el estudio compacto del tratado, Ludovico nos muestra que siempre tiene algo nuevo por decir, se mantiene alerta desde un faro desde donde vigila los distintos destellos que le son enviados desde otros océanos.
El otro tallo de este fértil crecimiento ha producido ciertas hojas: los poemas. La savia de las ramas y el jugo de los frutos le han donado los elementos para la fabricación de un excelente vino de espíritu. La presencia del licor ha sido una constante en la poética de Ludovico y, como en el mito griego de Dionisos, le ha servido para transportarlo a las zonas del delirio místico. Ese ceremonial nocturno celebrado bajo el signo de la embriaguez y las carreras orgiásticas a través de los bosques se ha transfigurado, en la poética de Ludovico, en ritual doloroso por medio del cual busca penetrar una especie de tiniebla personal: Tenebra, Cuaderno de la noche e In vino veritas, tres de sus libros capitales, anuncian ya este espacio desde una perspectiva específica de alquimia verbal: la de lograr un equilibrio aúrico [1] en la cadencia del verso, presente de modo orgánico en su libro Piedras y campanas, en donde los objetos aspiran convertirse en gemas simbólicas y los sonidos en canciones dramáticas. Quizá es oportuno que yo cite aquí algo de lo que escribí para entonces con motivo de la aparición de estos libros: “En Cuaderno de la noche (1979) Ludovico inicia el ciclo áurico antes mencionado, propugnando de alguna manera la articulación de Le mot juste, es decir, de la palabra que congregue el anhelo de dibujar un arte poética de lo terrible, tal como se advierte en los dos primeros poemas del Cuaderno de la noche: ponzoña, horror, huesos abominables, materia sangrienta, y al mismo tiempo máscara:

Y para algo me ha servido la poesía: para disimularme
Cuando era un inocente imbécil ilusionado, cuando creía
En los dioses y en mi destino.

Un ars que le sirve para exorcizar a quienes, bajo la máscara de la teología, escondían precisamente esa parte de la noche que Ludovico procura enaltecer: la noche de la desnudez; una desnudez que en su acepción moderna debe estar respaldada por fuerzas oscuras, o al menos contaminadas. En ella se alcanza a medias esa libertad, estampada en el verso:

Mi libertad es una tumba de oro

El continuo andar de Ludovico en medio de esta sombra le ha deparado a la poesía venezolana una de las voluntades más fieles a sus enigmas primordiales: la de ir dibujando un Yo afantasmado, que va buscando sus perfiles en los ambiguos espejos órficos o en los misterios paganos. Su Ópera poética (1988) recoge los libros citados anteriormente y otros inéditos como Pararrayos celestes (1981) dedicado éste último a músicos y poetas, nos constata tal fidelidad y nos permite detenernos en los intersticios de un verbo que, mientras recorre los vaivenes de un ánima reconcentrada y una conciencia dividida, también nos permite observar con cuánta verdad se ha efectuado el camino y cuáles son los signos vitales de su razón de ser.

INFIDENCIAS PERSONALES | Voy a referir, de aquí en adelante, la crónica de mi experiencia personal con Ludovico Silva. Cuando yo era un muchacho de veinte años, veía sus trabajos en la prensa, leía sus artículos y sus poemas en periódicos y revistas. Me formaba yo una idea grandiosa de este escritor, lo veía como a un Titán, como a una especie de gigante que podía hablar con propiedad sobre cualquier cosa. Un día leía un trabajo suyo sobre poesía y otro día un trabajo sobre marxismo o ideología, escuchaba sus programas de radio o diversas opiniones suyas en entrevistas que le hacían, con lo cual su figura crecía. Sus libros eran leídos y discutidos por cientos de estudiantes y profesores en Universidades de todo el país, cuando en Venezuela existía lo que pudiéramos llamar una vida humanística.
Ludovico Silva es probablemente el último de los humanistas venezolanos justamente porque es quien reúne las condiciones más completas para merecer tal título: pensador, poeta, filósofo, ensayista, crítico, erudito, intelectual, historiador, cronista, traductor, editor, profesor, y por si fuera poco, bohemio de alto rango. En todas estas facetas, Ludovico apostaba a algo significativo; lo asombroso es que las desempeñaba todas de manera cabal.
Debo mi primer estímulo real como escritor a un artículo de Ludovico sobre mi libro Los dientes de Raquel, publicado un domingo de 1973 en el Papel Literario de “El Nacional”. Ese trabajo me comprometió, me hizo tomar conciencia de oficio. A partir de allí, o me decidía a continuar escribiendo o no lo hacía, me conformaba con ser el autor de un solo libro, para luego tratar de adaptarme a ciertas reglas de sobrevivencia. No quería convertirme en un sobreviviente más de la hecatombe capitalista, ni en triunfador social en medio de gente infeliz. Lo menos que yo deseaba era ser un profesional exitoso; quería más bien ser un escritor irreverente y viajar, conocer mundo, leer, escribir más, tener aventuras con bellas mujeres, estallar de alegría frente al mar, confundirme entre la gente para oír, charlar y llevar todo aquello al papel, lo cual era justamente lo que había hecho Ludovico. Él, además, había estudiado lenguas antiguas y modernas en Universidades de Alemania y España, y visitaba otras ciudades llenas de historias asombrosas.
Ludovico poseía una capacidad especial para absorber conocimiento, para extraer lo esencial de las obras, para analizar textos y apreciar en ellos su hueso estético o filosófico. Glosaba ideas con una facilidad enorme; podía abordar, en ensayos breves o extensos, cualquier tópico o autor de la literatura con una claridad que nos dejaba pasmados. Ya sabemos que esa facilidad no es tal, que se llama talento o genio, y es producto de la lucidez unida a la pasión perseverante. Ella es capaz, cuando se enciende con la llama de la claridad de pensamiento, de producir frutos extraordinarios.
Una de las grandes felicidades de mi vida fue haber conocido un día a Ludovico Silva, y de ser su amigo. Ocurrió en un restaurante de Sabana Grande en Caracas; me hallaba yo acodado a una barra y de pronto alguien me espetó: “¿Tú eres Jiménez Emán, verdad?” “Sí”, le dije yo, ¿y tú eres Ludovico, no? Comenzamos a tomar copas y él me invitó luego a su casa a oír música y a conocer a su familia. Seguí frecuentándolos hasta un punto en que hice de aquella familia un afecto completo: sus hijos, su mujer, los vecinos y hasta el loro de aquella casa se hicieron mis amigos. Allí acudíamos varios poetas en tropel a terminar con el contenido de su nevera o de su cava, en una época que no dudo en percibir como una de las más felices que hayamos vivido. No fue brillante esa época porque haya sido históricamente mejor que la actual, sino porque las cosas que hacíamos tenían más sentido, más brillo, más esperanza.
Ludovico era un hombre callado, con sonrisa de niño bueno. Se acodaba en una barrita de aquel apartamento de Santa Eduvigis en Caracas a escuchar piezas clásicas transmitidas por la Radio Nacional de Venezuela, mientras fumaba (se apreciaba en su dedo anular una gran sortija de piedra negra, y colgando de su cuello un medallón de plata) bebía su cerveza, leía, charlaba o miraba hacia el cerro Ávila, donde se divisaban siempre pequeñas cascadas de agua. Mientras tanto, su esposa Beatriz y sus hijos Ikay y Thaís, el señor Martínez, Pepe Sellán –habituales de aquella casa— hacían diligencias, entraban y salían. Era un mosaico de gente afectuosa trayendo noticias; algo muy difícil de ver ahora.
En el pequeño espacio del comedor Ludovico tenía una pequeña máquina de escribir y numerosos cuadernos, libros en varios idiomas. En aquellos cuadernos, con letra menuda, se apreciaba la hermosa y apretada grafía de Ludovico. Ahí estaban Ernst Robert Curtius, Hugo Friedrich; las obras de Mallarmé, Verlaine y Hölderlin, los poetas franceses y alemanes que tanto admiraba. Por ahí también andaba Carlos Marx en su lengua original, y escritores españoles, latinoamericanos y venezolanos que eran amigos suyos: Jorge Guillén y Rafael Alberti, Miguel Otero Silva, Julio Cortázar o Salvador Garmendia. Ludovico nos asombraba mostrándonos sus cartas, el pulso de sus letras originales. Ahí solíamos charlar de grandes y pequeños acontecimientos de Caracas, desde lo que ocurría con el gobierno en Miraflores hasta lo que acontecía en nuestra ilusa República del Este. Ahí tumbábamos gobiernos y los volvíamos a construir, mezclando el ideal de la literatura con el ideal de país, de la mano de muchas lecturas realizadas por Ludovico, y de las frecuentes polémicas que sostenía por la prensa con otros colegas a través de la disensión, y sobre todo a través de la defensa de ideas socialistas, las cuales había que salvaguardar de los embates de una derecha recalcitrante, o de las directrices más nefastas del capitalismo moderno, que ahora llaman salvaje con toda razón.
Ludovico estaba preocupado por Venezuela, por su realidad social y política ineficaz, por todos los tropiezos y dificultades que había que salvar para realizar proyectos nobles, para implementar mecanismos y modelos económicos o sociales que pudieran sacarnos del atolladero. A menudo, se atormentaba mucho con esto; ello explicaba a mi entender parte de su temperamento reservado y reconcentrado; la imposibilidad de hacer algo práctico que pudiese ir en busca de una solución. Me atrevo a decir que sufría por los demás, intensificaba su dolor personal con el dolor colectivo, lo cual le llevaba a experimentar la más terrible de las soledades: la soledad social.
Ludovico intentó siempre mantener en pie los postulados básicos del humanismo marxista, llevando a cabo una crítica permanente de los espejismos de la ideología, aclarando conceptos, siempre en contra de las ortodoxias y de los simplismos, siempre atento a actualizar los contenidos del humanismo marxista y, a la vez, buscando en el humanismo clásico ideas que le ayudaran a sostenerlo, haciendo hincapié en un maridaje entre poesía y sociedad, llevando a cabo reflexiones estéticas que pudiesen fundirse en un núcleo societario más amplio, susceptibles de ser puestas en práctica y disfrutadas por un amplio espectro de ciudadanos, pues eran ciudadanos y no habitantes, seres sensibles y no funcionarios lo que Ludovico deseaba. Precisamente a través de su cátedra universitaria y de sus columnas periodísticas, sus libros y sus programas radiales, de su labor editorial en la revista Papeles en el Ateneo de Caracas, y luego desde la revista Lamigal, Ludovico intentó hacer confluir una preocupación integral de signo humanista: la de lograr un cambio significativo en el estamento económico que redundara en la vida social y, a su vez, que los valores éticos pudiesen ser asumidos a través del arte, para ver así cumplido buena parte de su ideal humano.
De su poesía siempre me gustaron Piedras y campanas y La soledad de Orfeo. De sus tratados sobre Marxismo elijo el Anti-manual y Humanismo clásico y humanismo marxista; de sus ensayos compilados prefiero Contracultura (1979), Belleza y Revolución y Filosofía de la ociosidad (1987); éste último un libro abierto, un mosaico donde se dan cita comentarios de todo tipo; como curiosidad intelectual me gusta El estilo literario de Marx (1971), libro único en su tipo, elogiado por Humberto Eco; aunque sospecho que para saborearlo bien habría que saber muy bien el idioma alemán.
Ludovico me confió al final dos obras suyas: Clavimandora (1992) —ensayos diversos y su libro más extenso— y Crucifixión del vino, libro de poemas; para ellos redacté sendos prólogos y los hice publicar en la Academia Nacional de la Historia y Fundarte, respectivamente. Clavimandora posee dos prólogos, uno del autor y otro mío. El de Ludovico empieza así: “Este libro no es ningún libro, sino un agregado de ensayos de variada índole que he publicado en los últimos treinta años. Sería descortés conmigo mismo si no dijera que estos ensayos me parecen oportunos como para hacerse imprescindibles para el venezolano de hoy, ahíto de dólares petrificados y de carne cara. De modo que he compuesto esta obra en dos partes: la primera, sobre los años duros de los sesenta, y la segunda sobre el resto. En ambas partes, el lector observará mi sentido de la proyección o el pronóstico histórico: en efecto, hay allí frases que dicen cosas tan evidentes como ésta: “Esta década del setenta me parece que no va a conducir a desarrollo alguno, sino a una profundización del subdesarrollo.” Tal fue y sigue siendo la verdad”. Y el prólogo mío cierra así: “Clavimandora, ese personaje barrigón que sintetiza mucho del alma de la provincia española, descrito por Camilo José Cela en sus crónicas como “un hijo de Andalucía de quien he aprendido muchas cosas nunca suficientemente agradecidas”, el cual “pinta en medio de esa pitanza que debe paladearse en su propio escabeche, aunque venga a resultar indigesto para algunos estómagos delicados, y hasta rebañando de la cazuela el último diente de ajo y la más olvidada brizna de tomillo”. Posee Clavimandora (a quien llaman así por su voz muy armoniosa y persuasiva) una barriga noble y rotunda, de acuerdo a la tradición de sus antepasados. La sabiduría y gracia espontánea de este personaje cautivaron la sensibilidad del Ludovico bohemio, a pie, deambulador de las tabernas europeas, especialmente de las barras de Alemania y España, que solía recordar con alegría, describiendo todas las peripecias vividas en ellas. Quizá Ludovico deseó unirse a ese desparpajo en estas notas periodísticas, pero también, creo, a una palabra que en si misma contiene una gran calidad sonora, y trae a la memoria las notas de una melodía entonada con pasión y delicadeza en los secretos recintos del idioma.” Son setecientas cincuenta páginas de artículos y ensayos breves.
Otro libro que se suma a este conjunto de reflexiones libres y heterogéneas donde caben filosofía, literatura, economía o sociología es De lo uno a lo otro. Ensayos filosófico-literarios (1975). Finalmente Ludovico me confió un libro con el título de El Combate por el Nuevo Mundo. Cultura, Contracultura y Alienación en Latinoamérica (1987), el cual permaneció inédito por muchos años hasta ahora (2017), en que lo he editado en mi sello editorial Fábula, localizable gratuitamente en la red Internet.

ENSAYOS PARA UNA POÉTICA | Siempre he pensado que escribir sobre poesía es uno de los ejercicios más exigentes de la literatura. Siendo la poesía el más elevado de los lenguajes; siendo ella misma uno de los supremos modos de captación del mundo, y la palabra escrita el instrumento para fijar la expresión que la comporta y constituye, recoge en sus signos los ecos de las voces pronunciadas o habladas, la poesía es un lenguaje de lenguajes, acopia ecos del mundo y los siembra en la página frágil de un libro, y desde esa fragilidad emite sentidos, revela ausencias, urde memoria, registra sueños y expectativas humanas, sintetiza vocablos buscando recuperar el tiempo que fluye, la sensación huidiza, la idea que germina.
Siendo así, la poesía requiere de un metalenguaje que la interprete desde su misma raíz, aporte ciertas claves para acercarla al dominio de la razón. No para explicarla o analizarla aplicándole un método, sino para meditarla en su vibrar interno, en su savia recurrente.
En América Latina, Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, José Lezama Lima, Cintio Vitier o Saúl Yurkievich han sido algunos de sus mejores intérpretes. En Venezuela, Fernando Paz Castillo, Mariano Picón Salas, Juan Liscano, Elisio Jiménez Sierra, Guillermo Sucre, Ludovico Silva, Eleazar León, Ennio Jiménez Emán, Armando Rojas Guardia o César Seco poseen un don para acercarse a ella a través de la prosa de meditación. La preparación sensible e intelectiva del lector de poesía debe ser vasta, pues se nutre de todas las formas de la literatura y luego las acrisola en una visión que toma en cuenta el conjunto de la cultura, pues la poesía a su vez ha tomado elementos visuales, musicales, plásticos, arquitectónicos, cinematográficos, sinestésicos, míticos, simbólicos, históricos, alegóricos y hasta patológicos y los pone al servicio de su tronco nutriente, para nutrir luego las ramas y las hojas, las flores y los frutos de ese lenguaje humano de la poesía, que se alimenta de paisaje, de olor, gusto y tacto pero también de idea, de meditación y contemplación de la especie: desea dejarlos de nuevo allí, vivos, llenos de latidos imperecederos.
En Venezuela, uno de los más consecuentes meditadores de la poesía fue Ludovico Silva. En periódicos, revistas, programas radiales, clases universitarias, Ludovico siempre estuvo atento al latido de la poesía en Venezuela y el mundo. Lector y estudioso de los grandes poetas europeos, y afanado de leerlos en sus lenguas originarias —griego, latín, alemán, francés, italiano e inglés— las cuales aprendió joven en sus andanzas y estudios por Europa para degustarlas mejor. Frecuentó ideas de clásicos griegos y latinos desde Homero, Virgilio, Tácito, Platón o Aristóteles, hasta filósofos y poetas alemanes e ingleses como Goethe, Schiller, Keats, Blake, Mallarmé o Wilde, y de norteamericanos como Edgar Allan Poe y Walt Whitman. Ludovico se fue alimentando de un conjunto de ideas sobre poesía que arrancan desde la antigüedad clásica, pasan por la Edad Media, el Renacimiento, el Clasicismo y el Romanticismo para al fin desembocar en lo que hemos dado en llamar Modernidad, uno de cuyos fundadores es Charles Baudelaire, y cuyo poema, “Correspondencias” sirve de aperitivo al libro que merece ahora nuestro comentario, Teoría Poética [2] cuyo prólogo, compilación y cronología le debemos a Edda Armas.
Edda se dio a la tarea de recoger una buena cantidad de artículos de Ludovico localizados en revistas, libros y en el archivo del escritor hasta ahora inéditos, cedidos por la Dirección de la Fundación que lleva su nombre, aglutinados todos en el espíritu de reflexión sobre el fenómeno poético, lo cual no significa que constituyan una teoría poética unificada o sistemática; apuntan antes hacía preocupaciones estéticas fundamentales de este escritor.
Resulta curioso que un marxista convencido, un humanista preocupado por asuntos de economía política, ideología y plusvalía, y en dilucidar conceptos filosóficos, haya tenido una constante inclinación hacia la estética, la música, la pintura y la indagación en el pluriverso de la poesía por más de treinta años constantes.
Teoría Poética nos coloca frente a unos textos organizados en seis partes. La primera de ellas, “Las misteriosas correspondencias”, está compuesta por un texto inédito que tiene como centro el ya mencionado poema de Baudelaire “Correspondencias”, a través del cual Ludovico intenta asomarse “al vasto y enigmático mundo de la creación poética”, y es elegido como “puerta ideal y concreta” de esa aventura reflexiva como herramienta o “manera de penetrar el mundo universal y general de la teoría poética a través del análisis de un poema concreto”, el cual es inspirado por la memoria de uno de los profesores que Ludovico más admira y cita a lo largo de sus escritos: Hugo Friedrich. Tanto Friedrich, autor del célebre libro Estructura de la lírica moderna. De Baudelaire a nuestros días, así como su discípulo alemán Ernest Robert Curtius, autor de otro libro de decisiva influencia en Ludovico: Literatura Europea y Edad Media Latina, son frecuentemente citados por nuestro poeta, quien nos dice que Friedrich suministraba a su alumnos en sus cursos de poesía copias de algún poema significativo, para desde ahí emprender el estudio formal y profundo del texto, en procura de su punto nuclear (kernpunkt), su “centro de gravedad, el punto por donde pasan y se entrecruzan y resumen todas las coordenadas de la pieza poética”. Método que Ludovico denomina osadamente inductivo, y había sido empleado por Aristóteles en su Organon, y por Francis Bacon en su Novus Organon, el cual puede definirse como “un razonamiento de tipo probabilístico que parte de los datos de la experiencia”, un razonamiento que se apoya en lo particular y asciende a lo general. Agrega Silva: “Este método pertenece, en sentido estricto, a la lógica, y en general al método científico, pero yo no veo ningún inconveniente en trasladarlo al campo de la teoría poética.”
Prosigue nuestro autor ilustrando con ejemplos donde este método ha sido utilizado con suerte, haciendo la aclaratoria de que un poeta nunca nos propone “ideas concretas”. En este breve texto, que sirve de introducción al volumen, Ludovico abunda en momentos de la poesía europea —donde Hugo Friedrich nos muestra su lucidez para el análisis— partiendo de Edgar Allan Poe y su Filosofía de la Composición, y también de fragmentos de Mallarmé, Novalis, Villon o Nerval, apoyándose en citas de Sartre, Marcel Raymond, Ferdinand de Saussure, Miguel de Unamuno o Eduardo Azcuy para mostrar la eficacia de su método, hasta llegar incluso a Góngora, Garcilaso o Lope, teniendo siempre como centro al poema de Baudelaire “Correspondencias”. Remata Silva este primer ensayo apoyado en consideraciones alusivas a la espiritualidad, especialmente en San Juan de la Cruz, trazando las debidas correspondencias con otros poetas como Claudel, Rimbaud y finalmente el propio Baudelaire, por considerarlo una suerte de tutor moderno de estas ideas, de quien dice Curtius que es “una encrucijada, un momento climático”, es decir, “una culminación y una compuerta que se abre al futuro.”
De seguidas, el texto “Homero”, también inédito y ya anunciado en el primero, imprime una acabada coherencia a este comienzo. La importancia de este escrito radica en que actualiza el sentido del gran poeta griego, tomando en cuenta que “la épica es la raíz de toda Grecia y a la vez contiene el germen de toda la filosofía griega”. Aquí se apoya Ludovico en Werner Jaeger y su Paideia, y en Ortega y Gasset, sacando a relucir más adelante las respectivas diferencias derivadas de estas ideas, entre la Ilíada y la Odisea.
La parte tercera, “La poesía, objeto enigmático”, es asimismo un ensayo encontrado en un borrador manuscrito en un cuaderno, donde nuestro escritor intenta clarificar la naturaleza implícita del poema. Primero lo asocia a la partitura musical, objeto estético con unas características muy propias. Aquí vuelven los ejemplos: Dante, San Juan de la Cruz, Rubén Darío, Mallarmé y Jorge Guillén; este último afirma que “para Góngora, la poesía en todo su rigor, es un lenguaje construido como un objeto enigmático”, es decir, un misterio por resolver. Agrega Ludovico: “La poesía es un enigma cuyo misterio no se resuelve nunca. Está en su esencia no resolverse.” Al mismo tiempo se indica el peso específico de cada palabra en el poema, al entusiasmo riguroso y a la totalidad que éste implica.
En la cuarta parte tenemos “Romanticismo y clasicismo: hacia la comprensión de la teoría poética occidental”, otro inédito de suma importancia. Ha tenido Edda Armas el tino de poner estos ensayos inéditos al principio del volumen, para así ganar la atención de lector, e imprimir coherencia a la serie. Una vez más, nos dice la compiladora, Silva reconoce que ha sido Hugo Friedrich quien le ha despertado la pasión hacia estos grandes movimientos del espíritu poético, donde se opone al tradicional contraste Romanticismo—Clasicismo, aludiendo, de paso, a la crítica de un modo bastante duro: “Ya la crítica –nos dice—no sabe qué hacer consigo misma; ni siquiera sabe si existe o no”.
Aprovecho este detalle para puntualizar que Ludovico Silva nunca se consideró un crítico literario. En sus escritos siempre obró como ensayista, es decir, como un oportuno experimentador, dotando a su prosa de un sentido lúdico, de humor, y sobre todo de un estilo conversacional que la llena de frescura, de vitalidad, y la aleja de cualquier juicio autoritario o inflexible. Se trata de una prosa dúctil, casi musical, propia de un poeta; de un poeta, insisto, que tampoco ha alcanzado un reconocimiento pleno en su país, aunque es autor de más de una docena de libros donde destaca un tono desgarrado, dramático, de mucha carga existencial, y donde están presentes los fantasmas del delirio con las interrogaciones del existir, el impulso dionisíaco y celebratorio con el sentimiento autodestructivo, la desilusión ante la existencia con la alegría estética.
Hablé líneas arriba del clasicismo y el romanticismo, y cómo estos han despertado más que una mera curiosidad en Ludovico: han despertado una pasión, y es esa pasión la que mueve buena parte de su voluntad investigativa, sobre todo cuando se refiere al rasgo que alienta al romanticismo literario alemán y su relación con la música. En ningún otro país como Alemania se ha dado una relación tan estrecha entre poesía y música. Cita el ejemplo de Schiller y Beethoven en la Novela Sinfonía, y el fragmento inicial de la Oda a la alegría de Schiller, que Ludovico se atreve a traducir: “En la divina chispa de los dioses / por el Elíseo cantan mis hermanas / y bebemos un trago de rubíes / para ensalzar tu cántico divino.”
Luis Miguel Isava, uno de los editores literarios de Teoría poética nos dice que, sin embargo, esta traducción libre “se aleja bastante del contenido de los versos del original”. Y es que Ludovico se arriesga a hacer las traducciones libres de varios de los poemas aludidos en el texto, excepto de “Correspondencias”, al cual —en un gesto de humildad intelectual—considera imposible de traducir, nos dice, “imposible, o por encima de mis fuerzas”, remitiéndonos a la “insuficiente y vaga” traducción de Eduardo Marquina. Por mi parte, me he atrevido a hacer una versión de este poema de Baudelaire en homenaje a Ludovico, cuyo ejercicio transcribo a continuación:

CORRESPONDENCIAS

Naturaleza es templo de vívidas columnas
A veces deja escapar sus confusas palabras
El hombre pasa y atraviesa bosques de símbolos
Que le observan con sus rostros familiares.

Como largos ecos de lejos confundidos
Dentro de una tenebrosa y profunda unidad
Vasta como la noche, o como esa claridad
Donde perfumes, colores y sonidos entre sí se responden.

Y hay perfumes frescos como carnes de niños
Dulces como el oboe, verdes como praderas
Y de otros, corruptos, ricos y triunfales.

En una expansión de cosas infinitas
como el ámbar, el musgo, el áloe o el incienso
propician el trasvase de los sentidos y el espíritu.

Adereza Ludovico este capítulo con anécdotas de su vida juvenil en Alemania (en las pequeñas ciudades de Freiburg im Breisgau y en Offenbach) donde, para visitar a una novia suya, debía atravesar el pequeño pueblo donde vivía, por cuyas calles se dejaban ver los filósofos, entre ellos el gran Martin Heidegger, a quien Ludovico vio de lejos, distinguiendo en él “sus ojillos de zorro campesino”.
Este capítulo tiene una doble peculiaridad. Por una parte, glosa varias concepciones de lo clásico a la luz de las obras de los teóricos alemanes Wellek, Warren y Ernest Robert Curtius, cotejándolas y dándole preeminencia a Curtius y a la tendencia de la filología románica, una escuela que se transforma en la recreación auténtica de la teoría poética del occidente romanizado (subrayado mío). Aclara aquí Ludovico que la filología no debe confundirse con la lingüística, y tampoco al romanticismo se le puede considerar una categoría.
Lo segundo es la interpretación marxista oportuna que lleva a cabo Ludovico de la literatura en general y de la poesía en particular, haciendo la respectiva aclaratoria de no creer en ningún determinismo social o económico al hablar sobre obras de arte, como pretenden presentarlo ciertos manuales superficiales de marxismo. Por más autónomos que pretendan ser el arte y el poema, nos aclara, éstos son siempre el producto de una época. La contracultura, por ejemplo, va en contra de la ideología capitalista y sus intereses.
Roza brevemente aquí Ludovico la eterna disputa entre sociología, ideología y literatura, del marxismo y la lingüística estructuralista, haciendo alusión al tema de la ideología que ya abordó en libros suyos como Teoría y práctica de la ideología (1971) y Teoría de la ideología (1980), y el del humanismo y la contracultura tratados en Humanismo clásico y humanismo marxista (1983). El mismo Silva lo expresa de este modo: “Un sistema de representaciones idolátricas que tiene como finalidad específica, dentro de las sociedades donde hay explotación (todas hasta ahora) ocultar y justificar y idealmente lo idolátrico, pues no se trata propiamente de “ideas” sino de lo que Bacon llama “idola”, ídolos, lo que realmente acontece en el seno material de la sociedad.” Hace Silva un repaso por los sociólogos Wellek, Warren y Lucien Goldman, para dirigirse luego a los terrenos de la teología y la religión, especialmente a lo que él llama “revolución cristiana” encarnada en San Agustín, y en otros como San Anselmo y los filósofos racionalistas.
Ludovico se vale aquí de su vasta cultura para trazar analogías que lo conducen a Descartes, especialmente a sus obras Los arcanos celestes (1758) y Del culto y el amor a Dios (1747) que, según él, inauguran una nueva visión cristiana. Sigue Ludovico con William Blake, romántico satanista, cabalista, hermetista y medievalista, y también a Swedenborg y Hölderlin. Pero es en William Blake donde Ludovico pone énfasis, tomando en cuenta las apropiadas traducciones de sus poemas titulados Canciones de experiencia. En este capítulo, como en ningún otro, Ludovico nos muestra sus cualidades de ensayista y de esteta, dotado de una gran erudición, pero esa erudición no estorba la lectura, no pesa, no discurre como la de un académico tradicional.
Los editores literarios de este volumen tuvieron el acierto de incluir el texto “¿Qué es un mundo?”, que ya había sido anunciado por su autor en el libro sobre teoría poética que tenía pensado concluir. Los editores en este caso tuvieron el tino de respetar, según se registra en la nota a pie de página, el texto se titulaba “Precauciones teóricas. Qué es un mundo y cuál es nuestro mundo actual”, tachado luego con bolígrafo y sustituido con el título “Teoría Poética”, al que tenía pensado colocar como título general de la obra. Dicho escrito tiene como núcleo la obra de San Agustín, y se inicia con el estilo propio del ensayo, juntando diversas razones antes de comenzar, o mejor, argumentaciones fragmentarias que nos llevarán, tanto a él como a nosotros, de paseo por este mundo poético de tantos autores con analogías (correspondencias), el cual conforma justamente el espíritu del ensayista, como si nos dijera: nada se sabe del todo, apenas se atisba o vislumbra, se tiene razón y no se tiene al mismo tiempo. Todo ello forma parte de la condición misma del ensayar. Sería prolijo enumerar aquí los numerosos ensayistas que le sirven de apoyatura para llevar a cabo su acercamiento a San Agustín, desde el poco conocido Francisco Sánchez, llamado El Brocense, hasta Goethe, Cervantes, Unamuno y otros, obrando como el mismo dice, con la debida “cautela teórica”, por lo cual nos advierte: “Por el momento será mejor que echemos una mirada en perspectiva sobre lo que hasta ahora se ha venido entendiendo por mundo, o mejor aún, sobre lo que objetiva y subjetivamente ha sido el mundo para los hombres de otras épocas.”
Son muchas las ideas manejadas por Silva en este capítulo –el más extenso del libro— para pretender glosarlos todos. Básteme tan sólo citar unas líneas contentivas de estas ideas, referidas a San Agustín: “Haber tenido que llegar a la superación dialéctica del viejo kosmos precisamente por haberse encontrado viviendo en una encrucijada histórica en la que iba envuelta toda su pasión de hombre de mundo, y al mismo tiempo toda su pasión de hombre de Dios.” Pasa luego el filósofo venezolano a revisar el pensamiento cristiano, la heterodoxia panteísta y el catolicismo, y a cotejarlos con el marxismo, valiéndose para ello de numerosas referencias literarias y filosóficas de Hegel, Sartre, Dilthey, Heidegger, Mario Bunge y otros, para desembocar finalmente en dos poetas cimeros de Europa que compartieron la visión augustiniana del mundo: San Juan de la Cruz y Dante Alighieri.
Yo no he leído en la filosofía ni en la estética escrita en Venezuela una reflexión de tales dimensiones conceptuales, como este acercamiento de Ludovico a las poéticas occidentales, teniendo como norte el pensamiento, la religión, la filosofía y la espiritualidad (que involucra a la fe) de una manera tan ecléctica y reveladora, en el intento de comprender lo que son los mundos, incluyendo el mundo de hoy. Al final del capítulo, una vez preparado el terreno para hacernos su revelación, Ludovico nos sumerge en las aguas del Dante, para salir de éstas empapado también de San Juan de la Cruz, y de una corte compuesta por Píndaro, Ovidio, Góngora, Valery, Mallarmé, Lorca, Vallejo, Guillén, y remojada de los misterios eleusinos griegos, hasta confluir en un poeta que constituye piedra de toque en cuanto aterrizamos en el mundo capitalista de hoy: Edgar Allan Poe.
El sufrimiento y martirio de Edgar Poe en el mundo capitalista de Estados Unidos revela la máxima hostilidad ante el mundo de los poetas. En este sentido, Carlos Marx nos dice en sus Manuscritos (1857) que en esa nación había llegado a existir el capitalismo en estado puro, una sociedad hostil a todo arte, y que la verdadera cultura dentro del capitalismo sería la contracultura, en abierto enfrentamiento al sistema. Toda esa conversión de la cultura en mercancía o valor de cambio; esto es, en el capitalismo avanzado el arte está al servicio del capital y no al servicio de la cultura o la poesía. Vale la pena citar un fragmento breve alusivo a esto: “De suerte que la obra de estos artistas o poetas servirá tan sólo, por más hábiles o talentosos que puedan ser sus autores, para afeitar o decorar un poco el horrendo rostro de una sociedad basada en la explotación, la miseria de las mayorías, el hambre de los muchos, la agresión clasista…” Como excepciones, cita por supuesto a Poe, Oscar Wilde, Whitman y Baudelaire, haciendo las explicaciones pertinentes. Recomiendo leer sobre todo la reflexión que hace sobre Whitman, apoyada en un fragmento del Canto a mí mismo, el cual ha sido traducido por Jorge Luis Borges. Ludovico tiende aquí la mejor red del ensayista: no nos dice explícitamente qué es un mundo, sino cuáles son los mundos más conocidos: el mundo griego, el mundo helénico que se extiende hasta la romanidad, el mundo cristiano y el mundo de las filosofías orientales basadas en la disolución del Yo en un nirvana, la Nada de la Felicidad. Pero no nos esgrime ideas a modo de conclusión, dejando para el lector el trabajo de asimilar esta noción de mundo o de los mundos.
En adelante, los ensayos que conseguimos pertenecen unos a volúmenes editados; otros exhumados de los manuscritos que reposan en los archivos de la Fundación Ludovico Silva, y han sido referidos por sus compiladores como “copias al carbón en archivos del autor”. Estos inéditos con carácter de primicia son: “El espíritu de la música”, “La secuencia eterna”, “Tiempo y poesía”, “Esquema de dos fuerzas”, “Potencia latinoamericana”, “Indefinición”, “Evasiones”, “Vida literaria” y “Falsedades estéticas”. Los otros han sido escogidos de distintos volúmenes suyos (Clavimandora, Belleza y Revolución, De lo uno a lo otro, Filosofía de la ociosidad). El primero de ellos, “Elogio de la locura poética”, fue tomado de Filosofía de la ociosidad y constituye un capítulo en sí mismo, mientras que el resto compone el capítulo intitulado “Papeles de Ludo: construyendo el arte de la teoría poética o Breve Manual para talleristas”, en el cual, además de los inéditos mencionados, se aprecian los siguientes. “Las palabras”, “La palabra poética”, “La poesía y el Yo”, “Sobre poesía y razón”, “Intuición y conciencia en poesía”, “Signo y significado en poesía”, “Formas poéticas”, “Más difícil que hacer un buen soneto”, “Rima pobre y pobre rima”, “Pensar la poesía”, “Vivisección de la poesía”, “Sobre el esoterismo”, “Cómo se hace poesía histórica”, “Poesía concentracionaria”, “Piedras antiguas” y “Edades perdidas”. Todos estos escritos son de corta extensión, pero no carece ninguno de la agudeza propia de Ludovico, de su capacidad de ver más allá, de visionar y buscar nuevas posibilidades y contextos para la poesía, sólo que del modo sintético del artículo o la crónica, siempre con ese sabroso tono conversacional de la fluidez de lo hablado. Unos son comentarios de libros específicos (como son los casos de los trabajos sobre Vicente Gerbasi, Ramón Palomares, Alí Lameda, Aníbal Castillo o Sergio Mondragón) pero también hay otros que abordan el fenómeno poético contextualizándolo en el momento en que se produce, como corresponde a la publicación periodística de donde provienen originariamente, aunque se encuentren luego en volumen. Uno de estos volúmenes, acaso el más profuso (747 páginas) es Clavimandora (que me tocó prologar en 1992 para la Academia Nacional de la Historia) o Filosofía de la ociosidad, editado por la misma Academia en 1987. También, tanto Belleza y Revolución como De lo uno a lo otro, están compuestos por artículos publicados en periódicos y revistas.
Son diversos los enfoques de estos ensayos, y el lector se acercará a ellos de acuerdo a sus intereses estéticos. Me han parecido reveladores varios de estos trabajos inéditos, como son los casos de “Esquema de dos fuerzas”, “Tiempo y poesía”, “Potencia Latinoamericana” y “Vida literaria”. La verdad es que la visión de Ludovico en estos artículos no ha perdido un ápice de vigencia; me atrevería a decir que la ha ganado, en el estado actual de cosas que se han venido experimentando en el país, en el plano político y en el cultural. Como marxista convencido que fue, Ludovico hubiera estado identificado quizá con el proceso de cambios propiciado por el Presidente Hugo Chávez; eso nadie puede asegurarlo, es verdad, pero tanto en las ideas manejadas por Chávez como en las expuestas por Silva, hay numerosos puntos de conexión. De haber estado aún con nosotros, los aportes de Ludovico habrían sido muy útiles para nuestro proceso hacia un socialismo humanizado, valiéndonos de una revolución que da poder y participación al pueblo. No podemos especular sobre cuál habría sido la posición de Ludovico en este sentido, pero son muchos los puntos de contacto, repito, entre las ideas socialistas, marxistas y humanistas de Ludovico y la concepción comunitaria y participativa que proponía Chávez en la construcción de un socialismo para Venezuela.
Por ejemplo, en lo que respecta al papel de los poetas en la sociedad, Ludovico tiene una posición muy clara: “(…) los poetas que cantan la catástrofe están adelantándose a algo que puede suceder. Entiéndase bien, no son los portavoces de una fatalidad, sino de una posibilidad. Nadie más apto que un latinoamericano para presentir un Apocalipsis (…) Ese gesto de horror frente a la pintura de la destrucción total es el máximo objetivo de la poesía actual, latinoamericana o no (…) Los poetas latinoamericanos están en el deber de escribir desde perspectivas mundiales (…) tenemos en nuestras manos la posibilidad de lanzar este continente entero hacia el mundo como una catapulta cargada de poesía” (“Potencia latinoamericana”, pág. 213). En el artículo siguiente (“Indefinición”) se refiere a aspectos formales generales de la poesía hispanoamericana, diciendo que esta “padece de una ausencia de definición, en una paranoia literaria, en una ausencia de equilibrio en el manejo del lenguaje poético.” Frases que, descontextualizadas, funcionan más como provocaciones que como juicios terminantes.
En “Pensar la poesía” nos dice que en Venezuela –serían los años de la década de los 70—“los pocos que han intentado seriamente comprender los fenómenos poéticos han caído en el error de pensar que lo primero que hay que hacer en el análisis de la poesía, es descubrir sus motivaciones prácticas”. En este sentido, Ludovico saludaba la aparición en el panorama venezolano de aquellos años a nuevos pensadores de la poesía como Carlos J. Soucre y Rafael Valera Benítez, “gentes que renuevan el ocio eterno, que de ocio nada tiene, pues su ocupación es nada menos que el principal, el más serio, el más oscuro y peligroso tema de nuestro tiempo: el porvenir de la poesía.” Encontramos aquí sendos artículos aclarando los equívocos del esoterismo en poesía, críticas del mal manejo que se hace de la epopeya en la poesía actual (el caso de Alí Lameda), advertencias sobre la rima, las formas y los signos poéticos, todos jugando en el tablero de las teorizaciones y puntualizaciones acerca del complejo lenguaje de la poesía.
Habría que hacer énfasis en el trabajo que cierra el volumen, “Vida literaria”, por contener una reflexión sobre los aspectos sociales y políticos donde se desenvuelve el poeta, que siempre han sido ásperos y difíciles. Insiste Ludovico en que si alguien “se toma la literatura como destino y se afrenta la vida con toda la sensibilidad posible hacia ella, entonces la literatura es densamente cruel, y sus satisfacciones no pasan de ser brevísimos destellos solos en el alma, hacia adentro.” Verdadero broche de oro, “Vida literaria” contiene actualizaciones sobre las funciones del poeta y la poesía en cualquier tiempo, sobre todo en el que vivimos hoy en nuestro país: “En Venezuela, los escritores servimos de muy poca cosa. Me lastima profundamente tener que decirlo, pero la culpa de esto no la tiene tanto el sistema en que vivimos sino los mismos escritores. Nuestra actitud es francamente contradictoria: exhibimos una estupenda calidad, un estupendo talento, pero también unas tremendas ganas de comernos a nosotros mismos. (…) Los poetas deberían ocuparse más de la vida política, la vida ciudadana (que eso significa la palabra “política”) lo que ocurre en el país, la miseria que nos circunda y nos invade, el despojo espiritual de todos aquellos que, teniendo talento natural, no tienen oportunidad para desarrollarlo, sino que viven colgando de las promesas que cada cinco años les hacen los candidatos a la presidencia. Los poetas deberían opinar sobre estas cosas, porque no es posible ni ético que vivan de ellas como parásitos intelectuales, sin hacer el más mínimo esfuerzo, con su pluma, por cambiar y transformar las cosas.”
Más adelante complementa la idea citando a tres escritores que incursionan en la política, como Baudelaire, Goethe, Maiakovsky y Lorca. “Es preciso participar, aunque no tengamos ganas, dice. “En nuestros tiempos, un poeta que se limite a hacer versos es un pobre poeta. Pues es preciso recordar a los poetas que la más alta tarea imaginable no es la de ser un gran poeta, sino un hombre verdadero, lo de gran poeta debe no ser sino una añadidura a lo de ser un hombre completo. (…) El poeta es un productor, pero no sólo de versos, sino también de otras cosas que contribuyen a la ciudadanía, de esa Politeia que tanto preocupaba a Platón. Si Platón tenía reservas hacia los poetas no era tanto porque no encajaban en su teoría de las ideas o formas (“los copiadores de copias” o “imitadores de imitaciones”), sino porque Platón se daba cuenta de que los poetas no tenían una participación activa en los destinos del Estado (…) No se trata de que los poetas hagan política con sus versos. Eso vamos a dejárselo al falso socialismo, al estúpido “compromiso de izquierda”; se trata de que los poetas escriban en prosa sus opiniones políticas, que digan lo que piensan para que no sea verdad aquello de de que “el talento poético se aloja en cerebros casi imbéciles”
Mejor final no podía tener el capítulo, que es a la vez el final de los textos de Ludovico en el libro: “El rescate de la poesía, en nuestro país, tiene que venir aparejado con un rescate de la inteligencia. La síntesis tiene que acompañarse del análisis. El entendimiento necesita de la sensibilidad, como diría Kant. La intuición necesita de la conciencia. Y el poeta, que en nuestras sociedades modernas es un hombre que vive en perpetua guerra contra las grandes ciudades capitalistas, tiene que aprender racionalmente qué es eso del capitalismo, y es más, tiene que denunciarlo. Tiene que estar en guerra, porque la sociedad está en guerra con él.”
Así concluye el ensayo y así concluyen los textos de Ludovico, seguidos de una cuidadosa cronología de Edda Armas, una foto hecha a Ludovico por Ricardo Armas y una Bibliografía referenciada en el texto original del autor. Edda ha agradecido en su prólogo la colaboración y asistencia de María Clara Salas, Luis Miguel Isava, Rafael Tomás Caldera, Deyvis Deniz Machín y Gabriel Payares. Todos ellos han contribuido a realizar esta importante edición, que no vacilo en considerar un aporte sustantivo a la literatura venezolana de cualquier tiempo. Apreciamos cómo Ludovico Silva no sólo fue el brillante pensador, el magnífico poeta, el apasionado bohemio melómano, el cuidadoso editor, el profesor o el amigo sincero y afable, que se cuidó de no mostrar demasiado la enorme figura intelectual que en efecto fue, sino también el escritor dotado de un verdadero sentido visionario, capaz de calibrar las necesidades de cambio social que esperábamos los venezolanos teniendo al socialismo como norte, al humanismo marxista como ideal de realización cultural, y a la poesía como a una ética intelectual y espiritual profunda, que debía ser no sólo un refugio estético para la soledad o la precariedad existencial, sino una manera de obtener esperanza en un mundo desesperanzado. Si se transportó a las raíces de la literatura occidental para saborear desde allí sus frutos literarios en sus lenguas originarias, y se sumergió en los distintos idiomas desde temprana edad para encontrar allí el sentido musical de su prosa, y ello lo condujo al éxtasis estético, a las alturas de lo sublime, pero también descendió a los infiernos y sufrió los embates del alcohol hasta los límites de un delirio etílico extremo, fue seguramente para donarnos algunas pistas que nos permitieran compartir una esperanza colectiva, un sueño objetivado donde pudieran coincidir los anhelos cósmicos de los individuos con mejores formas de compartir el pan terrenal.

NOTAS
1. Sobre este libro y este aspecto escribí un trabajo que puede consultarse, “Ludovico Silva, la palabra de oro”, en mi libro Diálogos con la página, Academia Nacional de la Historia, El libro menor, No 53, Caracas, 1984.
2. Editorial Equinoccio, Colección Papiros, Ensayo, Universidad Simón Bolívar, Caracas, 2008.


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GABRIEL JIMÉNEZ EMÁN (Venezuela, 1950). Narrador, poeta y ensayista. Libros más recientes: Consuelo para moribundos y otros microrrelatos (2012), Hombre mirando al sur. Tributo al jazz (2014), Gustavo Pereira. Los cuatro horizontes de una poética (2014), y Solárium (2015). Contacto: gjimenezemen@gmail.com. Página ilustrada com obras de Paulo Aguinsky (Brasil), artista convidado desta edição.

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Agulha Revista de Cultura
Número 105 | Dezembro de 2017
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