quarta-feira, 20 de outubro de 2021

BERTA LUCÍA ESTRADA | Dos lecturas

 


1. El último vuelo del flamenco, de Mia Couto, un libro de una extraña y profunda belleza

 

Cuando leí El último vuelo del flamenco (2002), del mozambiqueño Mia Couto, exclamé en voz alta: ¡Qué libro tan hermoso! Lo hago muy pocas veces, y creo que nunca me lo digo a mí misma en voz alta; como ratificando una y otra vez que sí, que si es cierto que acabo de leer un libro que me ha conducido por parajes inusitados, en los que la palabra es una y otra y otra y otra vez pura poesía.

Pero, ¿Quién es Mia Couto? Podría decir que es nada menos ni nada más que el ganador del Premio Camoes 2013, el galardón más importante de la literatura escrita en lengua portuguesa, equivalente al Premio Cervantes de Literatura, y con eso uno creería que ya se ha dicho todo. Pero no, Couto es eso, y mucho, mucho más. La primera vez que leí algo sobre él fue en el diario El Espectador (Colombia) donde apareció una breve reseña sobre la obra a la que hago referencia. Y aunque la leí con atención luego la olvidé y un año después me sumergí en ese mundo lírico y mágico del mundo rural mozambiqueño. Lo hice con fruición, bebiendo, degustando cada palabra, cada expresión, y con la certeza que voy a volver a leerlo varias veces; eso sí, en voz alta; puesto que es una narración para ser escuchada, no leída, ya que tiene la magia de la tradición oral.

“El mundo no es lo que existe, sino lo que ocurre.” Dicho de Tizangara

Couto nos lleva por parajes de lo que podría denominarse surrealismo africano, paisajes oníricos, porque “En Mozambique, lo que no se ve es más importante que lo que se ve”, dice Couto en su novela y en algunas entrevistas que le han hecho. La novela se desarrolla en Tizangara, una especie de Macondo, un pueblo imaginado, soñado, pintado con las palabras y las expresiones de las palabras de las veintiséis lenguas que se hablan en el país, más de treinta si se tienen en cuenta los diferentes dialectos del bantú.


Esto es importante tenerlo en cuenta para entender la oralidad en la narración de Couto. Gabriel García Márquez siempre dijo que después de los ocho años, cuando muere su abuelo, nunca más volvería a vivir algún episodio extraordinario, ya que era su voz la que lo hacía vivir episodios únicos e irrepetibles.

Esa misma impresión tuve con la lectura de El último vuelo del flamenco. Las leyendas y los mitos fundacionales recorren sus capítulos y nos explican ese mundo inexistente y no por eso menos verdadero. La magia de la palabra y los sueños, más verdaderos que la pálida realidad de los habitantes de Tizangara, son los verdaderos protagonistas. Son ellos los que explican los hechos fantásticos a los que se ve enfrentado el italiano Massimo Risi que ha ido a investigar las misteriosas explosiones de seis soldados pertenecientes a los cascos azules de la ONU; dejando como única seña de su paso por el mundo sus penes colgando de ninguna parte.

Es así como Couto nos sumerge en la guerra civil, que va desde 1977 hasta 1992, trayendo a colación la época del colonialismo portugués y mostrando en toda su crudeza la corrupción rampante de las fuerzas del orden y administrativas.

La lectura de El último vuelo del flamenco me regaló momentos muy emotivos, quería subrayarlo todo, cada frase se me hacía única y de una extraña belleza y profundidad. Solemos creer que sólo los occidentales son capaces de crear un pensamiento filosófico, por lo que olvidamos que el pensamiento mágico también lleva dosis enormes de filosofía.

El fin del libro es bastante acertado, ya que en él se constata que la narración obedece a una cosmogonía clara; y como todas las cosmogonías lleva en sus entrañas su propia desaparición, como cuando Macondo es borrado de la faz de la tierra. En lo que fuera el poblado de Tizangara solo quedan dos testigos; o sea los elegidos para contar la historia, la leyenda de Tizangara. En otras palabras, para que el olvido no se instale en las praderas áridas, habitadas por el viento y por el vuelo de las zancudas.

 

NOTA

Como no quería abandonar el asombro que me había producido El último vuelo del flamenco, inmediatamente me sumergí en la lectura en francés de su libro La pluie ébahie, en portugués A chuva pasmada, su título en español podría traducirse como La lluvia pasmada.

 


 

2. Calle de las tiendas oscuras, de Patrick Modiano, o el arte de perderse a sí mismo

 

A raíz del Nobel los críticos literarios hicieron énfasis en resaltar su condición de “arqueólogo de la memoria”. Incluso él mismo dice que su memoria existe antes de su nacimiento. Elementos que cobran importancia cuando se lee el libro Calle de las tiendas oscuras. Su personaje principal, Guy Roland, al menos uno de sus nombres, de profesión detective, poco carismático, casi un borrador de sí mismo, parte a la misión más importante que ha hecho en los últimos quince años, la recuperación de su propio pasado, la recuperación de la memoria perdida en una mañana hibernal mientras cruzaba la frontera hacia Suiza, tratando de huir de la ocupación alemana en territorio francés.


Es un libro sobre el exilio, no el exilio en tierras ajenas, sino el exilio en sí mismo. El que surge cuando nuestros recuerdos nos abandonan y nos vemos obligados a trasladarnos a vivir en un cuerpo que no nos pertenece porque todos los sentimientos, olores o caricias, que alguna vez lo poblaron, se fueron sin dejar huellas aparentes. Es un libro sobre la soledad más profunda, la soledad que nace de una vida sin pasado, sin imágenes, sin nombres.

Calle de las tiendas oscuras, Premio Goncourt 1978, está escrito como si fuese una novela policiaca. Guy Roland parte a la búsqueda de su propia vida, de sus propios recuerdos, extraviados en una amnesia severa de la cual desconoce las causas. Roland es un personaje gris, sin emociones, sólo lo mueve una especie de intriga sobre su propio pasado, pero sin que tenga mayores consecuencias en su nueva vida. Posiblemente porque es aún más gris que la anterior.

El libro es un viaje al interior de un laberinto, sin un Dédalo que sirva como punto de referencia para poder regresar si el encuentro con el Minotauro que habita en su interior es más monstruoso de lo que el protagonista pensaba. Es un libro en que su personaje principal camina bordeando un eterno precipicio, enfrentado al permanente dilema de evitarlo o de lanzarse a sus fauces. Al final el lector es testigo de la pérdida de la brújula de Roland, cuando él mismo, que ha creído caminar en terreno firme, da vuelta atrás y piensa en regresar a su antigua calle, la de las tiendas oscuras, no en París, sino en Roma. Es en ese momento, en el que el lector, que creía que el rompecabezas había sido armado correctamente, se ve confrontado a la evidencia que faltan piezas para lograr armar toda la memoria.

Calle de las tiendas oscuras, es una narración que nos sumerge en arenas movedizas; pero sobre todo es un viaje interior, simbolista, el viaje que podría enfrentarnos con nosotros mismos, el viaje del conocimiento interior, que se revela al final como algo imposible de lograr; posiblemente porque estamos condenados desde siempre al olvido de nosotros mismos.


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[A partir de janeiro de 2022]


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Número 184 | outubro de 2021

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Um comentário:

  1. Maravilloso análisis que me invita con urgencia a leer esas obras para sumergirme en sus personajes y en su trama.

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