segunda-feira, 5 de outubro de 2026

FLORIANO MARTINS | Cecilia Gianlupi y los nichos de calidad

 


CECILIA GIANLUPI (Uruguay, 1956). Escritora y gestora cultural. Poeta. Estudió Filosofía, Artes plásticas y gráficas. Teatro y música. Especializándose en Política Cultural. Coordina y gestiona sitios y eventos culturales uruguayos y extranjeros. Cofundadora de la Internacional de Escritores Insurgentes. Integra la Comisión de Solidaridad desde donde se ofrece la palabra poética como herramienta para visibilizar realidades sociales urgentes. Su poesía ha sido difundida por diversos medios de Chile, Argentina, Bolivia, Canarias, El Salvador y México. Integra diversas antologías y libros compartidos de poesía social. Publicaciones individuales: Poesía: Las horas posibles – elegía del Río de la Plata [Yaugurú], La flor de la locura, textos de memoria [Del rincón], Había una casa, Soltar el cabo del jazmín, Hilo, [inéditos]; Aproximación a una ontología de la soledad (Ensayo).

 

 

FM | ¿Cómo podemos hablar, a partir de tu propia poesía, del pensamiento poético y de qué tarea humanística se convoca, de qué manera actúa, con una determinación estética y también con su orientación comunicativa?

 

CG | Mi poesía es la expresión de lo que siento a partir de mi filosofía de vida. Como todo pensamiento filosófico, convoca a un tejido de intercambio sensible entre humanos a través de una cierta idea de belleza.

 

FM | Simpatías, parentescos, analogías, ¿cómo se relaciona tu poesía con otros poetas, en cualquier tiempo o lugar, que tal vez te permita ubicarte en una familia poética?

 

CG | Desde muy joven fui tocada por la poesía francesa, Baudelaire, Verlaine, y del modernismo vanguardista de Julio Herrera y Reissig. Después, mi propio tiempo histórico, me llevó a sentirme hija de la poesía española de la generación del 36 y de los uruguayos del 45. Supongo que mi poesía se construyó como un tejido que abriga el destemplado de la realidad humana, poesía social, sin permitirse caer en lo burdo, intenta conservar lo simbólico, su belleza.

 

FM | ¿Cómo se relacionan los poetas de tu país con otros poetas hispanoamericanos? ¿Existe algún tipo de comportamiento histórico, cuyas causas puedas explicar, que dificulten esta relación, no sólo en el ámbito de un diálogo estético, sino también en caminos abiertos o cerrados respecto de editoriales, revistas, la prensa etc.? ¿Operarían en este ambiente aspectos ideológicos o la eventual incidencia tendría una connotación individual, impulsada por alguna disputa o sentimiento de envidia? ¿Qué ha cambiado en este ámbito en los últimos tiempos?

 

CG | Los poetas uruguayos son considerados como de muy buen nivel, por los colegas y el medio literario americano y más. Somos un pequeño país con muy buenos poetas. Eso no sucede sólo con los poetas sino con los artistas en general. También con los deportistas. Como si se desarrollara aquí un raro nicho de calidad. La pequeñez territorial y de población también nos juega en contra. No nos es fácil acceder a la edición, difusión, prensa. El perfil del uruguayo en general, no es de andar atropellando, y si no sale del país, puede quedar atrapado y silenciado. La tecnología, los medios cibernéticos, las redes sociales, han ayudado a ir cambiando un poco todo eso.

 

FM | ¿Crees que es imprescindible que los poetas asuman la responsabilidad de difundir obras de otros autores, no sólo en tu país, sino también en Hispanoamérica, creando mecanismos editoriales, como editoriales y revistas?

 

CG | Si, claro. Crear redes. Tender puentes. Tejer. Es, debe ser, parte fundamental de la construcción cultural humana.

 

FM | ¿Qué valoración se puede hacer del entorno de la crítica literaria, incluyendo los estudios académicos, a lo largo de un siglo, en tu país? ¿Hubo avances o retrocesos y, en ambos casos, cuáles fueron las razones y consecuencias? ¿Hubo en algún momento la publicación de una Historia Nacional de la Literatura, y cuáles son los aciertos y defectos de tal libro, si es que existe algo así?

 

CG | En la 2da mitad del s20 hasta aquí, hay en mi país una cierta ausencia de crítica, tal vez en sintonía con la desaparición de unas generaciones importantísimas y un quiebre o cambio histórico que se da con la última dictadura. Hoy, se vislumbran líneas de critica desarrolladas en ciertos grupos de poder intelectual, pero se percibe también un movimiento venido de un lugar menos culturoso, la gente artivista, así como otro, venido de una oficialidad que representa elites socioeconómicas, que intenta hegemonizar la cultura. Yo pienso que nos hallamos frente a otro quiebre histórico y que es muy posible que estemos a la puerta de un salto cualitativo que sintetice todo esto y cristalice en una crítica acorde a un tiempo nuevo. Hay sí Historias de la Literatura. Y pueden ser leídas en sintonía con lo antedicho. Hay otros valiosos libros que antologan desde miradas específicas. Pero hay también mucho disperso e ignorado, que debería sistematizarse.

 

 

(cóndor)

 

iba

con ojos

colgando de su pico

también llevaba sesos

y vaginas

úteros

lenguas

y testículos

yo creí

que era de pura mala suerte

habérmela topado

pero hoy

vuela otra vez

y lleva mi útero en su pico

acompaña su vuelo

una bandada

de aves que conozco

una de ellas ostenta

lo que pudo

menoscabar de mi sesera

otra, agita victoriosa un ojo mío

otra, mi lengua de amar

mi bella lengua de decir te quiero

desde ahora

sólo habrá por ojo la palabra

por matriz la poesía

y conjugarla

será la última forma

de mi lengua

 

 

(hilo)

 

soy una mujer que lo ha perdido todo

vine al planeta con ese vaticinio

siempre lo supe y sin embargo

amé a rabiar, como si no lo supiera

si algo de luz quedara en lo que amé

aquí lo dejo, apenas llevo

la enseñanza de que nacemos solamente

para manifestar el universo

ese despótico chorro inextinguible

en el que somos apenas un relámpago

estoy volviendo a donde no existen clanes

ni familia ni propiedad privada

tal vez por eso fui perdiéndolo todo

hoja por hoja rama tras rama, todo

menos el hilo que me ata a la vida

por la gracia del arte y la palabra.

 

(hilo 2)

 

uno se acostumbra a perderlo todo

los dedos de la abuela trenzando el tiempo

en la fina y sedosa cabellera de la infancia

el viejo mazo de cartas

donde el nonno escondía el desarraigo

su raíz

su pavorosa soledad

la guerra

la compañera de escuela que se fue

justo cuando cambiamos

aquella dificil figurita

las plantillas mojadas

en el vaso de té de la tía Morocha

los hijos perrunos, de quienes aprendemos

la arbitrariedad de las especies

la fútil compartimentación

y la incondicionalidad -tal vez, la única

el hijo de goma, me refiero al muñeco

maikol se llamaba el mío

vaya a saber por cuál mundo vagaba

aquella gurisita que eligió

un bautizo tan gringo para el hijo

el piano, polichinela, marcha turca

taquito militar, la polonesa

envoltorio rosado, hermana grande

ese fugaz rincón de luz, guitarra

ah, la guitarra ...

después uno pierde otras cosas

a conciencia, o por error

la libertad

privilegios

vocación

la juventud

el tiempo

y ya sin madre sin padre sin hermanos

uno ve cómo chorrean

entre los delicados hilos de la red

los hijos de la carne y de los huesos

las horas cada vez menos posibles

las imágenes de todos los espejos

y uno no entiende nada

o más bien, no entiende cómo

no se dio cuenta antes

que iba a perderlo todo.

 

 

LA CRÍTICA

 

1. Reseña de La Flor de la locura, por Gustavo Esmoris.

 

Si como alguna vez se dijo, la poesía es la fundación del ser por la palabra, esta comunión entre lo interno y lo externo, si es auténtica, trasciende lo meramente personal hacia un lugar donde lo unitario y heterogéneo hablan a través de la pluma del poeta de turno. Desde esa instauración de lo poético, en un balance sorprendente entre lo clásico y las vanguardias de los sesenta, donde la presencia de Eliseo Diego no parece para nada casual, Cecilia Gianlupi nos sorprende con un estilo personal reconocible, en el que sobresale un dolor transparente por el ser humano y por todo aquello que vive y está condenado, representado en esa palabra , en esa fundación o refundación del ser, que de tan fuerte ni siquiera se abstiene de incluir la onomatopeya de aquello que le duele al mundo, ese “ay” reivindicado desde la canción popular, para resignificarlo desde el hondo lugar desde el cual se escribe, activando “Esa dulce corteza donde cuaja el momento / en que la flor por fin se hace palabra”. Un dolor propio en carne ajena, que en ningún momento olvida la belleza, incluso cuando se proyecta hacia “la gota de sangre que bajó por una pierna / y el escupitajo con un diente que flota”; un dolor que no excluye esa búsqueda donde la ilusión se mantiene como una bandera en alto, y donde todo el planeta parece caber en una callecita cualquiera de Montevideo. En esa dialéctica poética y vital, lo negativo suele dar paso a lo positivo; toda la ingeniería social y política parece desprenderse de estos textos sin renunciar a lo esencialmente poético, en un equilibrio bien sostenido entre lo angustioso y lo esperanzador. Desde ese lugar, desde ese permanente aquí y ahora, la poeta nos sorprende, y a la vez nos insta, con una amplia gama de tonos, a veces oscuros, a veces luminosos, a ingresar en nosotros para desembocar en el otro. Esta condición de su escritura impone una innegociable experiencia para le lector, en la que no hay lugar para el escepticismo o el abatimiento; por el contrario, en las páginas de este libro se dejan entrever múltiples caminos, invitando q un viaje donde esa palabra fundacional de lo humano se vuelve tan necesaria. Por todo eso, “La flor de la locura” es un libro que en ningún momento se plantea la imparcialidad. Mientras nos internamos en su geografía, las sendas que se abren en cada verso se multiplican y nos llevan con ellas, en una forma de tránsito que solo se alcanza con la verdadera poesía; mariposas rojas, blancas y negras, de todos los colores, invitando a esa celebración que siempre tiene lo humano como destino.

 

 

2. Reseña de Las horas posibles, elegía del Río de la Plata, por Alfredo Alzugarat

 

Elegía ha querido llamar la autora a este poemario, convocando a una forma poética que arranca desde el comienzo de los tiempos y que más que un homenaje a los que se han ido es un intento profundo de asumir la vida, la pasada y la por venir. Porque si “las horas posibles” son las que tenemos por delante, las que nos están aguardando, las que habrá que hacer nuestras; las horas pasadas, aquellas de las que nos preguntamos qué se hicieron, cómo se fueron, son las que condicionan nuestro diario existir y conviven con nuestro presente.

En esas horas pasadas está la madre que se añora, los caballos azules de un mundo azul, la niñez en un pueblo lejano y en un tiempo sin fin. Son signos que nos conducen a un paraíso irremediablemente perdido al que se quiere volver desesperadamente. Porque luego viene la juventud y el tiempo del amor vividos como en una guerra: asediada, desprotegida -dice la voz de la poeta: “entre rapaces / que degüellan flores / sonriendo” – Y llegan los muertos queridos, tan entrañables, los que se llevan con uno a todas partes y en todos los momentos, los que interpelan y obligan a definirse y explorar los más recónditos sederos del alma. Los que nos preguntan dónde estamos, qué hacemos, los que caben en un mismo hueco, pasajeros sin retorno que dan dolor pero que también provocan el canto, el verso, la palabra.

La poeta de este libro es una sobreviviente de un mundo consumido pero que permanece, que sabe que debe seguir adelante pese a todo, porque vale la pena seguir adelante, por los hijos, por los que vendrán, por las horas posibles. Porque sabe que “siempre habrá semillas / más abajo”. Por eso su entraña se desgarra y se desdobla, “soy todo lo que fui y ya no soy / (como el perfume evaporado vuelto esencia)”, proclama, y en un brevísimo poema -casi una cifra- su obra nos habla de cicatrices con memoria, donde perdura “el dolor inolvidable / de la herida”. Em esa dialéctica de contrarios irreconciliables -de ser y no ser, de cicatrices y heridas, de pasado y presente, de dolor y superación, de muerte y vida -con esa pesada mochila, la poeta canta con voz dolida pero severa, firme, tajante, en versos tan meditados como contenidos, y, lo que es más importante, canta con vos propia, auténtica.

No solo a sus muertos sobrevivió la poeta. Sobrevivió también a las cárceles de la dictadura, cárceles pergeñadas para anular al ser, para destruir y deshumanizar. Cecilia Gianlupi conoció ese mundo que ella describe de baldosas rajadas, de colores grisáceos, del chocar de talones, de hombres desdentados, y en ese mundo, como muchas otras y otros, aprendió el valor de la palabra y de la memoria. Es alguien más que permite reafirmar que en la resistencia a esas cárceles triunfó el arte y que de esa experiencia límite nacieron muchos narradores y poetas de hoy y de mañana.

De la Cecilia Gianlupi ex presa política quiero citar unas frases que ella escribió a propósito de un libro en el que se publicaron algunas cartas de una compañera de prisión. Allí, en ese otro libro, recuerda el sitio exacto donde se la confinó, la unión con sus compañeras, y los recursos elementales que les permitieron seguir viviendo. “Era un barracón de presas niñas en el que aprendí a ser una presa. Allí trataron otra vez de aniquilarme y gracias a mis compañeras aprendí a dar batalla con la tozudez, la complicidad, el abrazo, la música. Como un mismo rostro de un solo cuerpo muy joven y dolorido pero enhiesto, prodigando abrazos para recibir o despedir compañeras, paseando al sol alrededor del galpón, repitiendo un poema, ejerciendo la unión por encima de cualquier bandera, hicimos de la risa una trinchera.”

Creo que también así es posible ver a la autora, a la poeta, como una sobreviviente que lejos de claudicar a desventuras y sinsabores, pone en alto la risa de la niña que fue. Que resiste con la risa y con la poesía. Que con dolor construye.

Tal vez por eso es que nos dice que “si por suerte no morimos / nos volvemos un ser / irremediablemente dolorido / que cuando se permite sonreír / es capaz de convertir el infierno en maravilla”.

 

 

 

 


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