Los cuerpos desnudos recogen hojas del
suelo. Cada fragmento representa una perspectiva de inmensidad. Un torrente de matices
que parece reservado para las curvas más amplias del río del lenguaje. Sé que está
ahí, sé que Damaris se divierte con estas admirables maravillas que hay dentro de
ella, la forma en que recorta sus imágenes no revela nostalgia, no es un lugar retirado
donde la soledad pasa factura, sino el centro del ser, donde todas las fuentes se
mezclan. La mujer que se encuentra consigo misma en la consagración de su dualidad,
el árbol que tiñe los cuadrantes de la tierra con su savia emblemática, los animales
que preparan el nacimiento de una tierra que es la ascensión misma del enigma. Así
veo captada en su mirada a Damaris Calderón, sentada en el banco improvisado con
los restos de un árbol, junto a sus santos, en la diáspora creativa de sus elementos
sagrados.
Todo en ella adquiere una fragancia
intermedia de senderos que nos llevarán a encrucijadas destinadas a revelar, no
sólo un hilo del cuadro, sino la abundancia de la especie misma.
Los pájaros salen volando de su propio
vuelo. La plenitud de la canción se superpone a una hipérbole de la mirada. En sus
penachos residen las oraciones de augurio. Cuanto más elevados están, más clara
es la visión que nos permite identificarlos como la bóveda extática del alma humana.
Somos todo lo que vemos, todo lo que tocamos. Toda esta explosión de significados
que son expresión misma de la amistad entre dioses y hombres. Los pinceles de estos
vuelos son un diseño de lo espontáneo, la danza de la abstracción, las predicciones
asociadas a sus colores originales –golondrina, grulla, búho, ruiseñor, perdiz–,
seda migratoria, la peregrinación del destino. ¿Dónde nacen estos pájaros, si no
en los senderos de la imaginación? Si necesitan un nombre, entonces su creador satisfará
su deseo. Sin embargo, a menudo cruzan mundos sin reconocer a parientes específicos.
Las leyendas son un huerto de espejismos. La correspondencia entre colores y pulsiones
psíquicas. Los pájaros que siempre están volviendo al sueño original. Los que sólo
tienen un ala y siempre están buscando su otra mitad. En la pintura de Damaris Calderón
(Cuba, 1967) los pájaros reflejan la imagen onírica de un vuelo interior. Se tragan
los vientos y son la materia despojada de toda vida, consciente, inconsciente.
La artista parece buscar árboles en
las páginas de sus libros. Árboles migratorios, transmutados en innumerables sombras,
danzantes en el cielo abierto. Al igual que en los pájaros, todo en su pintura –y
no se podía distinguir en su poesía– es la descripción repentina de una esencia
compartida entre el cielo y la tierra. Con igual intensidad, lo que está dentro
y fuera de cada parámetro. Quizás por eso podamos evocar a los caballos como una
especie de alquimia que se encuentra entre árboles y pájaros. Necesita una metamorfosis,
cuya huella nos dibuja en un poema:
Cuando la lengua se deshace
sin palabras ni tierra que pronunciar.
Cuando la espuma deja a mis
pies
un cerco efímero
Y todo es borrado por las aguas
barrido por la niebla
déjame ver los caballos otra
vez.
Sus árboles vuelan y bailan, pero también los vemos
cabalgando por las llanuras del alma. Como un árbol situado en el centro de la vida
misma, lo vemos no sólo como materia, sino más bien como la dimensión majestuosa
de una fuente de inmortalidad. Vale la pena buscar amistad en las palabras de Mircea
Eliade, cuando dijo que si el árbol está cargado
de fuerzas sagradas es porque es vertical, es porque crece, pierde sus hojas y las
recupera, y porque, en consecuencia, se regenera: muere y renace innumerables veces.
Esto incluso me recuerda algo que leí sobre la condición terminada o inacabada de
la creación artística. Quizás el arte, como la vida, esté siempre en progreso, de
modo que evidente o no, traslúcida o no, la relación entre la vida y el arte refleja
–mejor dicho: encarna– una segmentación, una alianza entre opuestos, un vértigo
tranquilo incompleto. El crítico David Sylvester comenta la sensación de embriagadora liberación que
siente ante los paisajes del artista británico Leon Kossoff (1926-2019), con sus abruptos contrastes de luces y sombras y
la carga eléctrica que genera la vitalidad de su pintura. No veo un parentesco
estético entre León y Dámaris, pero sí es cierto que en ella también tenemos la
misma sensación, considerando que en la artista cubana el paisaje es la confesión
impetuosa de la mirada.
Al hablar con ella, Damaris me dijo que
dibujar siempre fue para
mí algo complementario a la escritura, después empecé a pintar y las fronteras entre
disciplinas se indisciplinan, se cruzan como criaturas vivas, como animales. A veces
hablo de mis libros cebras, no porque considere que el poema o la pintura necesiten
la apoyatura o la muleta del otro, sino porque el poema se expande y adopta múltiples
formas, la pintura, para mí, una de ellas. En Cuba en los años 1980 trabajé y leímos
con otros poetas en espectáculos multidisciplinarios, que abarcaban la poesía, la
música, la pintura, la intervención urbana. Mi formación en la plástica es autodidacta.
Mucho ojo, mucha exploración personal.
Aún buscando la relación entre imagen escrita e imagen
plástica, en nuestros diálogos virtuales ella destaca:
así como no soy autora de
libros cerrados, un poema de un libro abre a otro y así, tampoco me siento encasillada
en una escuela o filiación.
Asociando los árboles a los cuerpos desnudos que son
también líneas y cavidades encontradas en los pinceles de Damaris, más que un peregrinaje
lascivo o alguna fórmula de disolución moral, lo que encontramos es una sutil excavación
de formas en busca de una cierta identidad sanguínea, el ritual creciente de colores,
el despojo de sus enigmas resguardados en lo más profundo de la carne. Quizás por
eso el rojo es el color más presente, por su representación del principio de vida.
También en su pintura, el rojo es un recipiente secreto que guarda en su interior
el origen de la creación. Si leemos sus figuras como espectros legendarios, asociamos
–de ahí la importancia de ver la obra reunida, en una exposición amplia– cada uno
de ellos con un momento vivido, con una experiencia primitiva que permanece en nuestro
ser y se alimenta de la fuerza del tiempo.
Cuando pensamos en la familia a la que pertenece un
determinado artista, a veces cometemos errores en nuestras asociaciones, si nos
centramos más fácilmente en los aspectos formales. Cuando Damaris me habla de su
admiración por Van Gogh, El Bosco, Frida Kahlo o Francis Bacon, aunque me fije en
ciertas policromías o metáforas carnales, incluido el fauvismo que a ella también
le interesa, no veo más que un escenario de preferencias, lo cual no corresponde
a una filiación más íntima. Es posible pensar en Antonia Eiriz (1929-1995), aunque
la obra de esta inmensa cubana dialoga más intensamente con el mencionado León Kossoff,
contemporáneos entre sí, sin probablemente haberse conocido. En esta misma perspectiva,
también le atraen las figuras de la pintura de otro cubano, Fidelio Ponce (1895-1949)
o las enigmáticas sombras de la chilena Gracia Barrios (1927-2020). Son puntos de
apoyo, un huerto de reverencia, de entusiasmo, más que una marca. Como ella misma
me dijo: El arte es para mí un camino y no podría recorrerlo de una sola forma. Y luego me cuenta de su permanente interés por nuevas técnicas
y desafíos:
en Chile me inicié también
en el grabado, en la xilografía y en la cerámica de quema rústica, que me emociona
particularmente por todo el trabajo ancestral que conlleva y la fascinación por
trabajar con el fuego como coautor de cada pieza.
Decía al principio que la experiencia del vacío hace
aparecer bosques en el fondo de nuestra mirada. Y son como prendas constituidas
por ese fuego del que habla la artista, la ascendencia de la letra, la gubia, el
lápiz, que va mucho más allá del soporte de una estética, al revelar toda una fuente
múltiple de desprendimientos, el fuego que nos desnuda e ilumina, la consagración
del asombro creativo, esta verticalidad implícita como valor espiritual, el vendaval
de la mirada sobre todas las formas, la noche, el vacío, el constante renacer de
los caminos, todo lo que nos hace estar aquí y ser testigos de la obra de Damaris
Calderón.
MI CORAZÓN ES UNA TRAMPA PARA OSOS
Mi corazón es
sordomudo
Mi corazón es
una trampa para osos
De mi corazón
la gente entra y sale
Como la sangre
por una arteria
Mi corazón es
borracho
( bebe el día
y lo transforma en alcohol)
( bebe la noche
y la transforma en destilado)
Mi corazón es un incendio
Es el viento
Mi corazón es
una ola
(se repliega
y arrasa).
Es un pirómano
Es una flecha
(se atraviesa
a sí mismo).
Es un minutero
Una bomba
Un cuentamillas.
Es hereje
Es zurdo
Es una víscera
Amorosa.
Mi corazón es
un niño
Al que le falta
la respiración.
POR LA BORDA
Sol frontal
occipital
salteador de
caminos
hablando el
viento sur
y el ciclón
tropical
(la voz de mi
madre).
El pájaro que
picotea el vidrio
y se refleja
en la ventana
mitad sinsonte
mitad tordo soy yo.
La mujer que
avanza de espaldas.
He aprendido
con las raíces
el lenguaje
de lo que se hunde
y la muerte
llega a mi casa
con la vivacidad
del verano.
ODISEA
Cómo volver
allí cómo volver.
¿Conoces tú
el país en que se vuelve?
Me quedo sola.
La calle oscura
todo el pueblo
una sola calle oscura
que termina
en las líneas de un tren (mental)
muerto hace
años.
Las casas- tonadas
lo irrisorio
golpeando la
madera
los techos de
zinc
llamándome por
mi nombre.
La vida siempre
estuvo aquí:
Aquel patio
este patio (siempre aquel patio)
su olor a jazmín
a descomposición.
La sangre corriendo.
El corazón del
puerco
alcanzado en
una dos tres
puñaladas.
El verano zumbando
como mosca.
Una golondrina
haciendo el verano
(intentándolo)
Mi caligrafía
corriendo.
Mis piernas
corriendo.
El mar repartiendo
peces epítetos
repitiendo tejiendo
mi tela de araña:
Y Antino vino a la guerra,
cubierto de oro, como una doncella
y la muerte lo atrapó.
Yo comería hielo
fuego piedras rocas pedernales
tierra hambre
de tierra boca de tierra
me hiciera regresar.
FIN DE AÑO
Las mujeres
no tienen nada que darme.
Los hombres
no tienen nada que darme.
Los niños no
tienen nada que darme.
Mi madre no
tiene nada que darme.
El sol la tierra
el viento el agua
el desierto
el mar el océano
no tienen nada
que darme.
El verde no
tiene nada que darme.
Los pájaros
( su canto)
no tiene nada
que darme.
La vida no tiene
qué darme.
La muerte no
tiene qué darme.
Yo
no tengo nada
que darme.
¿Para qué brindar entonces
deseándonos nuevos destinos?
BYE
Adiós a los
trenes.
Se avisa que
no volverán más los trenes
como no volverá
más Teillier a la madera nativa
como no volverán
más mis huesos rechinando
a la Calzada
de Jesús del Monte.
Toda la tierra
es jaula.
CONEXÃO HISPÂNICA 2021-2026
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ARC Edições | Agulha Revista de Cultura
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Me gustó mucho esta valoración integral de la creación artística de Damaris Calderón. Coincido en los aspectos relacionados con las principales imágenes que recurren tanto en la pintura como en la poesia, los colores y las maneras de acercarse al volumen y forma de las figuras, asi como la asociación con lo místico espiritual que se desborda en ella, sin lo cual, no estaríamos en presencia de una obra de esta artista. Gracias y felicidades.
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