segunda-feira, 5 de outubro de 2026

FLORIANO MARTINS | El fuego central de la pintura de Damaris Calderón

 


Cuando nos enfrentamos al vacío en algún lugar, los bosques se abren. Cada hoja que toma forma, como un parpadeo que se cuela entre nuestros ojos, asegura que hay un mundo dispuesto a crearse, como una línea decisiva que encontramos en el rostro de estos paisajes espirituales, una memoria singular de semillas en expansión. El bosque primordial, con sus huellas y luces, sus fantasmas y mitos, el anonimato de las figuras que trazan una perenne reconstrucción del paisaje. Cuando el ojo alberga estas variaciones de colores y de formas, este parpadeo de sombras que anuncian la incorporación de lo imprevisto, como capítulos reservados a una realidad que poco a poco se deja pintar, cuando el ojo luego contornea sus abismos más secretos, lo que emerge está más atrás en el tiempo, no importa que haya sido vislumbrado o incluso pintado mil veces. Lo que poco a poco se hace visible es una plenitud de recortes que podrían ser cuerpos humanos, follaje hinchado, pájaros nocturnos, una oratoria de encantamientos ante el mundo.

Los cuerpos desnudos recogen hojas del suelo. Cada fragmento representa una perspectiva de inmensidad. Un torrente de matices que parece reservado para las curvas más amplias del río del lenguaje. Sé que está ahí, sé que Damaris se divierte con estas admirables maravillas que hay dentro de ella, la forma en que recorta sus imágenes no revela nostalgia, no es un lugar retirado donde la soledad pasa factura, sino el centro del ser, donde todas las fuentes se mezclan. La mujer que se encuentra consigo misma en la consagración de su dualidad, el árbol que tiñe los cuadrantes de la tierra con su savia emblemática, los animales que preparan el nacimiento de una tierra que es la ascensión misma del enigma. Así veo captada en su mirada a Damaris Calderón, sentada en el banco improvisado con los restos de un árbol, junto a sus santos, en la diáspora creativa de sus elementos sagrados.

Todo en ella adquiere una fragancia intermedia de senderos que nos llevarán a encrucijadas destinadas a revelar, no sólo un hilo del cuadro, sino la abundancia de la especie misma.

Los pájaros salen volando de su propio vuelo. La plenitud de la canción se superpone a una hipérbole de la mirada. En sus penachos residen las oraciones de augurio. Cuanto más elevados están, más clara es la visión que nos permite identificarlos como la bóveda extática del alma humana. Somos todo lo que vemos, todo lo que tocamos. Toda esta explosión de significados que son expresión misma de la amistad entre dioses y hombres. Los pinceles de estos vuelos son un diseño de lo espontáneo, la danza de la abstracción, las predicciones asociadas a sus colores originales –golondrina, grulla, búho, ruiseñor, perdiz–, seda migratoria, la peregrinación del destino. ¿Dónde nacen estos pájaros, si no en los senderos de la imaginación? Si necesitan un nombre, entonces su creador satisfará su deseo. Sin embargo, a menudo cruzan mundos sin reconocer a parientes específicos. Las leyendas son un huerto de espejismos. La correspondencia entre colores y pulsiones psíquicas. Los pájaros que siempre están volviendo al sueño original. Los que sólo tienen un ala y siempre están buscando su otra mitad. En la pintura de Damaris Calderón (Cuba, 1967) los pájaros reflejan la imagen onírica de un vuelo interior. Se tragan los vientos y son la materia despojada de toda vida, consciente, inconsciente.

La artista parece buscar árboles en las páginas de sus libros. Árboles migratorios, transmutados en innumerables sombras, danzantes en el cielo abierto. Al igual que en los pájaros, todo en su pintura –y no se podía distinguir en su poesía– es la descripción repentina de una esencia compartida entre el cielo y la tierra. Con igual intensidad, lo que está dentro y fuera de cada parámetro. Quizás por eso podamos evocar a los caballos como una especie de alquimia que se encuentra entre árboles y pájaros. Necesita una metamorfosis, cuya huella nos dibuja en un poema:

 

Cuando la lengua se deshace

sin palabras ni tierra que pronunciar.

Cuando la espuma deja a mis pies

un cerco efímero

Y todo es borrado por las aguas

barrido por la niebla

déjame ver los caballos otra vez.

 

Sus árboles vuelan y bailan, pero también los vemos cabalgando por las llanuras del alma. Como un árbol situado en el centro de la vida misma, lo vemos no sólo como materia, sino más bien como la dimensión majestuosa de una fuente de inmortalidad. Vale la pena buscar amistad en las palabras de Mircea Eliade, cuando dijo que si el árbol está cargado de fuerzas sagradas es porque es vertical, es porque crece, pierde sus hojas y las recupera, y porque, en consecuencia, se regenera: muere y renace innumerables veces. Esto incluso me recuerda algo que leí sobre la condición terminada o inacabada de la creación artística. Quizás el arte, como la vida, esté siempre en progreso, de modo que evidente o no, traslúcida o no, la relación entre la vida y el arte refleja –mejor dicho: encarna– una segmentación, una alianza entre opuestos, un vértigo tranquilo incompleto. El crítico David Sylvester comenta la sensación de embriagadora liberación que siente ante los paisajes del artista británico Leon Kossoff (1926-2019), con sus abruptos contrastes de luces y sombras y la carga eléctrica que genera la vitalidad de su pintura. No veo un parentesco estético entre León y Dámaris, pero sí es cierto que en ella también tenemos la misma sensación, considerando que en la artista cubana el paisaje es la confesión impetuosa de la mirada.

Al hablar con ella, Damaris me dijo que

 

dibujar siempre fue para mí algo complementario a la escritura, después empecé a pintar y las fronteras entre disciplinas se indisciplinan, se cruzan como criaturas vivas, como animales. A veces hablo de mis libros cebras, no porque considere que el poema o la pintura necesiten la apoyatura o la muleta del otro, sino porque el poema se expande y adopta múltiples formas, la pintura, para mí, una de ellas. En Cuba en los años 1980 trabajé y leímos con otros poetas en espectáculos multidisciplinarios, que abarcaban la poesía, la música, la pintura, la intervención urbana. Mi formación en la plástica es autodidacta. Mucho ojo, mucha exploración personal.

 

Aún buscando la relación entre imagen escrita e imagen plástica, en nuestros diálogos virtuales ella destaca:

 

así como no soy autora de libros cerrados, un poema de un libro abre a otro y así, tampoco me siento encasillada en una escuela o filiación.

 

Asociando los árboles a los cuerpos desnudos que son también líneas y cavidades encontradas en los pinceles de Damaris, más que un peregrinaje lascivo o alguna fórmula de disolución moral, lo que encontramos es una sutil excavación de formas en busca de una cierta identidad sanguínea, el ritual creciente de colores, el despojo de sus enigmas resguardados en lo más profundo de la carne. Quizás por eso el rojo es el color más presente, por su representación del principio de vida. También en su pintura, el rojo es un recipiente secreto que guarda en su interior el origen de la creación. Si leemos sus figuras como espectros legendarios, asociamos –de ahí la importancia de ver la obra reunida, en una exposición amplia– cada uno de ellos con un momento vivido, con una experiencia primitiva que permanece en nuestro ser y se alimenta de la fuerza del tiempo.

Cuando pensamos en la familia a la que pertenece un determinado artista, a veces cometemos errores en nuestras asociaciones, si nos centramos más fácilmente en los aspectos formales. Cuando Damaris me habla de su admiración por Van Gogh, El Bosco, Frida Kahlo o Francis Bacon, aunque me fije en ciertas policromías o metáforas carnales, incluido el fauvismo que a ella también le interesa, no veo más que un escenario de preferencias, lo cual no corresponde a una filiación más íntima. Es posible pensar en Antonia Eiriz (1929-1995), aunque la obra de esta inmensa cubana dialoga más intensamente con el mencionado León Kossoff, contemporáneos entre sí, sin probablemente haberse conocido. En esta misma perspectiva, también le atraen las figuras de la pintura de otro cubano, Fidelio Ponce (1895-1949) o las enigmáticas sombras de la chilena Gracia Barrios (1927-2020). Son puntos de apoyo, un huerto de reverencia, de entusiasmo, más que una marca. Como ella misma me dijo: El arte es para mí un camino y no podría recorrerlo de una sola forma. Y luego me cuenta de su permanente interés por nuevas técnicas y desafíos:

 

en Chile me inicié también en el grabado, en la xilografía y en la cerámica de quema rústica, que me emociona particularmente por todo el trabajo ancestral que conlleva y la fascinación por trabajar con el fuego como coautor de cada pieza.

 

Decía al principio que la experiencia del vacío hace aparecer bosques en el fondo de nuestra mirada. Y son como prendas constituidas por ese fuego del que habla la artista, la ascendencia de la letra, la gubia, el lápiz, que va mucho más allá del soporte de una estética, al revelar toda una fuente múltiple de desprendimientos, el fuego que nos desnuda e ilumina, la consagración del asombro creativo, esta verticalidad implícita como valor espiritual, el vendaval de la mirada sobre todas las formas, la noche, el vacío, el constante renacer de los caminos, todo lo que nos hace estar aquí y ser testigos de la obra de Damaris Calderón.

 

 

MI CORAZÓN ES UNA TRAMPA PARA OSOS

 

Mi corazón es sordomudo

Mi corazón es una trampa para osos

De mi corazón la gente entra y sale

Como la sangre por una arteria

Mi corazón es borracho

( bebe el día y lo transforma en alcohol)

( bebe la noche y la transforma en destilado)

 Mi corazón es un incendio

Es el viento

Mi corazón es una ola

(se repliega y arrasa).

Es un pirómano

Es una flecha

(se atraviesa a sí mismo).

Es un minutero

Una bomba

Un cuentamillas.

Es hereje

Es zurdo

Es una víscera

Amorosa.

Mi corazón es un niño

Al que le falta la respiración.

 

 

POR LA BORDA

 

Sol frontal

occipital

salteador de caminos

hablando el viento sur

y el ciclón tropical

(la voz de mi madre).

El pájaro que picotea el vidrio

y se refleja en la ventana

mitad sinsonte mitad tordo soy yo.

La mujer que avanza de espaldas.

He aprendido con las raíces

el lenguaje de lo que se hunde

y la muerte llega a mi casa

con la vivacidad del verano.

 

 

ODISEA

 

Cómo volver allí cómo volver.

¿Conoces tú el país en que se vuelve?

Me quedo sola.

La calle oscura

todo el pueblo una sola calle oscura

que termina en las líneas de un tren (mental)

muerto hace años.

Las casas- tonadas

lo irrisorio

golpeando la madera

los techos de zinc

llamándome por mi nombre.

La vida siempre estuvo aquí:

Aquel patio este patio (siempre aquel patio)

su olor a jazmín a descomposición.

La sangre corriendo.

El corazón del puerco

alcanzado en una dos tres

puñaladas.

El verano zumbando como mosca.

Una golondrina haciendo el verano

    (intentándolo)

Mi caligrafía corriendo.

Mis piernas corriendo.

El mar repartiendo peces epítetos

repitiendo  tejiendo

mi tela de araña:

Y Antino vino a la guerra,

cubierto de oro, como una doncella

y la muerte lo atrapó.

Yo comería hielo fuego piedras rocas pedernales

tierra hambre de tierra boca de tierra

me hiciera regresar.

 

 

FIN DE AÑO

 

Las mujeres no tienen nada que darme.

Los hombres no tienen nada que darme.

Los niños no tienen nada que darme.

Mi madre no tiene nada que darme.

El sol la tierra el viento el agua

el desierto el mar el océano

no tienen nada que darme.

El verde no tiene nada que darme.

Los pájaros

( su canto)

no tiene nada que darme.

La vida no tiene qué darme.

La muerte no tiene qué darme.

Yo

no tengo nada que darme.

¿Para qué brindar entonces

deseándonos nuevos destinos?

 

 

BYE

 

Adiós a los trenes.

Se avisa que no volverán más los trenes

como no volverá más Teillier a la madera nativa

como no volverán más mis huesos rechinando

a la Calzada de Jesús del Monte.

Toda la tierra es jaula.

 

 

 

 


 

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Um comentário:

  1. Me gustó mucho esta valoración integral de la creación artística de Damaris Calderón. Coincido en los aspectos relacionados con las principales imágenes que recurren tanto en la pintura como en la poesia, los colores y las maneras de acercarse al volumen y forma de las figuras, asi como la asociación con lo místico espiritual que se desborda en ella, sin lo cual, no estaríamos en presencia de una obra de esta artista. Gracias y felicidades.

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