segunda-feira, 26 de janeiro de 2026

VÍCTOR DE LA CRUZ | Literaturas indígenas: sus géneros y críticos

 


A la memoria de mi amigo Gerardo Can Pat quien se distinguió como artista del género poético.

 

Voy a ocuparme de algunos problemas que se presentan cuando el ser humano y sus productos son enfocados desde distintas perspectivas, como son el arte y la ciencia. Mis preocupaciones sobre las relaciones entre las artes –e cuya rama literaria algunas veces he intentado colgarme– y las ciencias sociales –de cuyos recursos económicos ha dependido mi subsistencia– han nacido de la lectura de las obras de los científicos sociales: antropólogos, historiadores, lingüistas etc. Porque los artistas, a pesar de que son muy ególatras y en algunos casos megalómanos, también son bastante tímidos o de plano miedosos para acercarse a examinar el fenómeno científico desde una perspectiva artística. En cambio, la ciencia contemporánea –heredera del espíritu absolutista del positivismo que pretende explicar todo, incluyendo al hombre y lo que esta antes y después de él– muchas veces ha sometido a escrutinio y critica las obras de arte a través de sus disciplinas.

Uno de estos autores, quien ha examinado las obras de arte desde la disciplina antropológica, escribió en uno de los mejores libros sobre el tema, Arte y antropología, que su objetivo es intentar una aproximación decidida al análisis del fenómeno artístico como un hecho de valor universal, desde la perspectiva de la teoría antropológica y por consiguiente con el valor globalizador o totalizador que imprime la antropología a la mayor parte de sus enfoques.

El problema no es que las ciencias examinen al hombre y sus productos desde sus propias perspectivas y a partir de sus metodologías particulares, sino que a partir de éstas se pretenda descalificar los enfoques propios de las disciplinas artísticas, cuyos objetivos son muchas veces muy distintos a los que guían la actividad científica. Si fueran sólo estos los problemas entre ciencia y arte, tal vez no me preocuparían tanto; porque muchos investigadores con sobrada competencia profesional han de haberse ocupado ya de estos problemas. Mis preocupaciones nacen porque son precisamente las disciplinas con más carácter etnocentrista y cuyo origen es claramente producto del colonialismo occidental (como son la antropología y la lingüística) las que someten a critica los criterios propios de las literaturas indígenas.

No es una casualidad que esta discusión que estoy planteando se esté dando ahora. Hace mucho tiempo que las llamadas artes plásticas indígenas pagaron su cuota para entrar al escenario mundial en pie de igualdad al arte griego. Eso fue a partir del siglo pasado con el arte gético; posteriormente ingresaron al escenario y mercado del arte las obras de arte negro africano. Para mayor información sobre este asunto pueden acudir a varias obras; pero en este momento me conformo con remitirlos a las palabras de Salvador Toscano, tomadas de su libro Arte precolombino de México y de la América Central en cuya primera parte se puede leer lo siguiente: Histéricamente, la estética universal debió al romanticismo el descubrimiento de los estilos artísticos que no encajaban en el marco clásico.

Digo que no es una casualidad que esta discusión se esté planteando actualmente por nosotros, los indígenas indoamericanos, porque la emergencia de las literaturas indígenas escritas en alfabeto latino y la participación de los intelectuales indígenas en defensa de su propia identidad es reciente, al menos en el territorio de los Estados Unidos Mexicanos. Tengo entendido que estos fenómenos, y al parecer muchos están de acuerdo conmigo, aparecieron con la generación de la revista Neza, publicada a partir de 1935, por los binnizá, o zapotecos como hasta ahora son más conocidos.


En el caso de los nahuas, cuyo resurgimiento literario empezó con el rescate de la tradición oral recopilada por los colonizadores, según Alfredo López Austin: Hace tres décadas se discutía aún si los nahuas prehispánicos habían tenido literatura. Quienes lo negaban se apoyaban en que los nahuas no habían creado un sistema fonético suficiente para registrar en forma fiel el uso artístico de la lengua. Garibay K. fue el defensor de la literatura prehispánica; pugné entonces por la extensión del concepto de literatura hasta hacerlo capaz de abarcar toda manifestación artística de la lengua. Gané la batalla frente a una fuerte oposición, y el problema quedó zanjado en México. Eso fue respecto al pasado del ámbito prehispánico, porque en el presente la batalla la estamos ganando quienes escribimos en nuestra propia lengua, con la colaboración de nuestros aliados no indígenas.

Formalmente, pues, los géneros poéticos indígenas son artificios que se destacan del uso cotidiano de la lengua y que se relacionan con ciertos enclaves importantes de la comunidad. Esta composición en niveles varios de la lengua es lo artístico y donde radica el valor de lo literario. No analizo estos géneros, pues, desde el binomio oralidad-escritura, sino desde el uso común de la lengua (oral o escrito) y el artístico de la misma.

Superada la discusión de lo que, para nosotros, literatos indígenas, significa el término literatura, con las citas leídas, nos enfrentamos a otro problema: ¿son válidos los géneros que reconocemos en nuestras literaturas, tenemos que seguir las clasificaciones propias de la literatura ibérica o las que hace una teoría literaria con pretensiones de validez universal? En el capítulo titulado “El relato”, el autor de Los mitos del tlacuache plantea el problema de los géneros con meridiana claridad: La realidad de las peculiaridades se percibe desde distintas tradiciones y formas de conocimiento. Esto hace que se construyan géneros desde la teoría literaria y desde fuera de ella, con base en obras literarias de la propia cultura y con base en las de las culturas ajenas. Pero hay que ser muy claros. Puede haber altos niveles de discordancia entre las formas de percepción-construcción de la realidad.

Y ante semejantes situaciones u obstáculos, al parecer inesperados, el autor plantea una pregunta en tono alarmante: ¿Qué hacer ante una realidad literaria indígena que tiene una caracterización propia? Es decir: ¿qué se puede hacer ante quienes pretendemos darle validez ante clasificaciones de nuestra literatura? Creo que aquí es donde podemos intervenir, en nuestra doble calidad de creadores y teóricos de nuestra propia literatura, para aclarar la confusión de los antropólogos en un asunto literario. He aquí el desglose del asunto según López Austin:

 

El asunto que nos ocupa hace indispensable establecer la distinción entre dos concepciones de género: 1. Una predominantemente normativa y prescriptiva, a la que se puede suponer una calidad descriptiva considerable; concepción externa al investigador, pero propia de la tradición cultural creadora de la literatura mítica que estudia; pudiera llamársele género literario indígena. El género literario indígena, al ser normativo y prescriptivo se caracteriza por la incidencia sobre la misma realidad a la que se refiere; no sólo la caracteriza, sino que guía y regula su producción. 2. Una concepción del investigador, que parte de su propia teoría literaria, medio que ha de ser suficiente para describir y explicar grupos de textos (pertenecientes o no a su tradición) caracterizados por sus peculiaridades literarias; pudiera llamársele género literario teórico.

 

Con todo el respeto que le tengo al maestro López Austin, quiero expresar mi desacuerdo con él en este asunto: en toda lengua con literatura propia se presentan los dos tipos de géneros, el literario indígena y el literario teórico; porque ambos corresponden a distintos ámbitos de la actividad humana. Mientras el primero –el literario indígena– se presenta en el terreno del arte, de la creación literaria; el segundo –el literario teórico– se presenta en el terreno de la ciencia, se trata de una reflexión teórica sobre el primero, de una reflexión analítica sobre la creación literaria para agrupar las obras según sus afinidades y diferencias. El primero tiene como objetivo enseñar a los aspirantes a creadores en su lengua las técnicas apropiadas; es decir, como son las reglas establecidas por la tradición para que una obra cumpla ciertos fines en determinados contextos. De ahí su carácter normativo o prescriptivo: enseña a las jóvenes generaciones los moldes, las formas o como se hacen las obras de arte en su lengua cuando los aspirantes a creadores se encuentran en su etapa de aprendizaje; después los jóvenes, según su capacidad creativa, podrán quedar encerrados en los moldes aprendidos o podrán romperlos. Todavía recuerdo mis pretensiones literarias en la lengua española, en las cuales fracasé rotundamente, leyendo la Retórica y poética, literatura preceptiva, de Narciso Campilio y Correa, puesta al día, con notas y adiciones por Alfredo Huertas García. Esto es lo que Carlos Montemayor llama el arte de la lengua: El arte de la lengua responde a una necesidad de comprender o intervenir en el medio en que la comunidad vive y que tal respuesta asume modalidades reales, útiles. Sin su profundo sentido de religiosidad y sin su artificio técnico, quizás no se entender la función del arte de la lengua en el mundo indígena, como sería difícil entender, comparativamente, los poemas arcaicos griegos religiosos, base de la poesía lírica y dramática ulterior.


Por otra parte, el llamado género literario teórico lo desarrollamos cuando reflexionamos sobre la creación literaria en nuestra propia lengua. Por ejemplo, mi clasificación de la literatura contemporánea de los binnizá, en La flor de la palabra, es resultado de la aplicación de dos procedimientos metodológicos: uno histérico y otro etnográfico. Para reconocer la existencia de un género determinado me detuve donde coincidían los resultados de ambos métodos; por eso hubo uno que no registré, porque no sobrevivió en la literatura hasta el momento en que terminé la investigación, o al menos no puede documentaria. Se trata del género novela, el cual fray Juan de Cérdova registró en una entrada como “Novela o conseja para contar” y cuya traducción hizo como Tichacanitichaci, tichacoquite. A pesar de la descalificación de nuestras clasificaciones, no debemos desanimamos para intentar una reconstrucción de algunas de ellas, que en cierta manera han sobrevivido hasta nuestros días.

Con lo anterior quiero decir que lo normativo o preceptivo no está arrinconado en la literatura indígena, ni lo teórico esta acaparado por los otros. Ambas formas se presentan, en mayor o menor grado, en las distintas culturas, dependiendo de sus necesidades específicas o de sus grados de desarrollo. Más adelante, en el mismo capítulo, el autor de Los mitos del tlacuache plantea otras preguntas que enseguida contesta: ¿Qué utilidad puede tener para el etnólogo o para el historiador el conocimiento de clases construidas por una sociedad de tradición distante a la suya y desde perspectivas de conocimiento que no le son propias? Fundamos nuestro saber en nuestra propia teoría. Nuestros conceptos son las herramientas básicas al profesar nuestras disciplinas. ¿Podemos renunciar provisionalmente a nuestra concepción del mundo para aceptar por empatía concepciones pretéritas o ajenas? Tal ha sido la ilusi6bn de muchos pensadores; pero los resultados no han pasado de ser expresiones de la solidaridad de un extraño, hacia el pasado reconstruyéndolo desde el presente irrenunciable.

Esa es, en sus propias palabras, la posición de un extraño; pero no la nuestra. Yo no sé qué utilidad tenga, para un etnólogo ajeno a nuestras culturas, nuestras clasificaciones, pero sí sé para qué nos sirven: es nuestra manera de entender y explicar literariamente al mundo y al hombre. La clasificación de nuestros géneros parte de nuestras concepciones literarias; es decir, de nuestra forma de usar creativamente nuestra lengua, de ver y expresar la realidad humana y divina. Nuestra clasificación de géneros obedece a otros criterios y fines; pero eso no quiere decir que no podamos hacer elaboraciones teóricas de nuestra propia producción literaria o que éstas no tengan ninguna validez.

Por supuesto que no pedimos a etnólogos ni a historiadores ajenos a nuestras culturas que renuncien a sus concepciones y adopten otras pretéritas que les sean ajenas. Simplemente queremos decir que hay diferentes criterios de clasificación y que las clasificaciones indígenas tienen su causa, su razón de ser; que muchas veces, por desgracia o por fortuna, no coinciden con las de los científicos sociales ajenos a los de la propia etnia, o con fines artísticos exclusivamente. Unas y otras no necesariamente tienen que coincidir porque se construyen en esferas diferentes de la realidad, aunque unas estorben y otras descalifiquen.


La cuestión está en: a) si se encuentra uno fuera o dentro de la cultura para su análisis, b) si quiere hacer creación o teoría literaria y c) si es creyente o no en la religión o cosmovisión expresada por esa obra literaria. Dependiendo de la situación de la persona, ante las situaciones mencionadas, puede aplicar un criterio interno o externo, uno de| creador o del teórico u otro del creyente o no creyente. Para fines teórico-literarios podríamos comparar los mitos de creación narrados en el Libro del Génesis de la Biblia con los mitos de creación del Popol Vuh o los de nuestras propias culturas; sin embargo, para el cristiano, los bíblicos son sagrados, pero para nosotros no. Lo que es difícil de aceptar es que la normatividad literaria pertenezca a las culturas indígenas mientras que la teorización a los otros.

Creo, con esta ponencia, haber demostrado que no sólo somos capaces de crear literatura, sino también teorizar sobre la misma de acuerdo a nuestros propios criterios y a nuestras propias necesidades; es decir, podemos movemos en el terreno del arte y de la propia literatura. La función social de la literatura indígena está en crisis. ¿Cuál es la función social de la literatura en tiempos de crisis, como la que estamos viviendo actualmente en este país llamado Estados Unidos Mexicanos? A pesar del avance de la modernización mediante las tecnologías de procedencia occidental, la globalización de la economía capitalista con la caída de los regímenes llamados de socialismo real, los efectos de estos cambios en la vida cotidiana y las tradiciones de los pueblos indígenas; éstos resisten, no pierden las esperanzas de sobrevivir y fortalecer sus lenguas y sus culturas en las condiciones adversas. Sin embargo, esta esperanza y esta resistencia, cuando se razonan no son del todo infundadas: la reactivación de las luchas interétnicas en la ex URSS y en la vieja Europa y la rebelión de varios pueblos indígenas en el estado de Chiapas, en contra de la colonización iniciada por los europeos hace 500 años y continuada por sus descendientes criollos y mestizos, nos hacen pensar que el modelo globalizador y uniformador de culturas y lenguas está en crisis. Eso quiere decir que llegó el momento de ajustar cuentas con el modelo civilizatorio-colonizador occidental para abrir nuevas perspectivas a las minorías étnicas y, de esa manera, a sus formas de expresión literaria.

Si queremos pensar en la sobrevivencia de la literatura indígena tenemos que pensar primero en la sobrevivencia misma de los hablantes de las lenguas, en la necesidad de que los proyectos de desarrollo implementados por los estados nacionales permitan la sobrevivencia de los grupos indígenas, de sus proyectos de vida traducidos a proyectos políticos. El problema fundamental de las literaturas indígenas es, entonces, la sobrevivencia de las etnias mismas, que es lo que está en juego con la globalización del capitalismo mundial y como consecuencia de ésta con |a implantación del neoliberalismo en nuestro país; sin la resistencia de un proyecto alternativo de sociedad como lo era el socialista antes de la crisis de los países limados de socialismo real, o como lo ha planteado un teórico de las cuestiones étnicas: para la mayoría de las etnias indias de América Latina el problema fundamental en este periodo de su historia es el de su supervivencia física y cultural, por tanto, el de su definición como entidades culturales y nacionales especificas al interior de los espacios políticos y jurídicos de los estados nacionales constituidos. Antes de las cuestiones que se plantean en términos de desarrollo se encuentra este punto crucial de las posibilidades de permanencia de las etnias.

Si la función de la literatura oral indígena es la de preservar la memoria del grupo y la recreación de sus formas de vida en tiempos de relativa estabilidad social; en época de crisis la función de la literatura escrita, por los miembros de los grupos étnicos en peligro, todavía es más importante y útil en dos ámbitos: en el lingüístico y en el ideológico. Para apoyar nuestra afirmación sobre la función de la literatura indígena citaremos las palabras de T. S. Eliot, por tratarse de un gran poeta con una vasta experiencia en el espacio multiétnico y plurilingüístico europeo y de su propio país, Gran Bretaña: …La poesía puede en cierta medida preservar y hasta restaurar la belleza de una lengua; puede y debe también ayudara en su desarrollo, para que adquiera sutileza y precisión en las circunstancias más complejas y para los fines cambiantes de la vida moderna como tuvo anteriormente para servir a épocas más simples.

La restauración de la belleza de la lengua de que nos habla Eliot ayuda a los miembros de la etnia en crisis, desde la lengua y a fortalecer sus esperanzas para mantener su proyecto propio de vida hacia el incierto futuro. Y esto es mucho, porque el fortalecimiento ideológico de la identidad de los pueblos indígenas puede darles fuerza para cambiar su presente y construir proyectos políticos propios hacia el futuro, a pesar del proyecto civilizatorio uniformador occidental. Esta utopía me parecía muy lejana cuando me iniciaba en la tarea de difundir la literatura zapoteca a través de nuestra revista Guchachi’reza, porque el pensamiento criollo casi me había convencido de que a las etnias indígenas americanas se les habían agotado las energías para luchar por su sobrevivencia; pero, después de la rebelión indígena que se inici6 en Chiapas el primero de enero de 1994, mis esperanzas sobre el renacimiento de las literaturas indígenas mesoamericanas se han fortalecido y sólo es cuestión de esperar un poco más que haga erupción en todo México.




VÍCTOR DE LA CRUZ (México, 1948). Escritor zapoteco, nacido en Juchitan, Oaxaca. Es director de la revista Guchachi’reza (Iguana rajada). Cultiva los géneros de ensayo histérico, poesía namativa. Cuenta con los siguientes libros de poesía: Primera voz, Cuatro elegías y Jardín de cactus, además de otras publicaciones de ensayo. En 1993 obtuvo el Premio Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Indígenas, convocado por el CNCA. El 25 de agosto de 2011 fue electo como miembro correspondiente, en Oaxaca, de la Academia Mexicana de la Lengua aml. Su discurso de ingreso trató sobre las literaturas indígenas. Como asesor colaboró en el Centro de Investigación y Desarrollo Binnizá, así como en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social.




NELLY SANCHEZ (França, 1974). Doutora em Literatura Francesa, Francófona e Comparada, especialista em literatura francesa feminina, particularmente nas obras de autoras da Belle Époque. Editora crítica de títulos como L’Ange et les pervers, de Lucie Delarue-Mardrus,  Recueil de recettes des Belles Perdrix e coletâneas de obras epistolares. Nos últimos quinze anos, também trabalhou como artista de colagem e artista visual. Artista autodidata, suas obras são uma extensão de sua pesquisa acadêmica, questionando estereótipos de gênero, particularmente aqueles relacionados à feminilidade, revelando um universo feminino, surreal, estranho e, por vezes, bem-humorado. Assim como Frida Kahlo e Leonora Carrington, Nelly Sanchez brinca com os símbolos da representação feminina, utilizando imagens recortadas de revistas de moda feminina. O crédito de sua foto que publicamos é de Elizabeth Herman. Nelly é a artista convidada da presente edição de Agulha Revista de Cultura.

  



Agulha Revista de Cultura

CODINOME ABRAXAS # 10 – BLANCO MÓVIL (MÉXICO)

Artista convidada:  Nelly Sanchez (França, 1974)

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