Voy a ocuparme de algunos problemas que se presentan cuando el ser humano y
sus productos son enfocados desde distintas perspectivas, como son el arte y la
ciencia. Mis preocupaciones sobre las relaciones entre las artes –e cuya rama literaria
algunas veces he intentado colgarme– y las ciencias sociales –de cuyos recursos
económicos ha dependido mi subsistencia– han nacido de la lectura de las obras de
los científicos sociales: antropólogos, historiadores, lingüistas etc. Porque los
artistas, a pesar de que son muy ególatras y en algunos casos megalómanos, también
son bastante tímidos o de plano miedosos para acercarse a examinar el fenómeno científico
desde una perspectiva artística. En cambio, la ciencia contemporánea –heredera del
espíritu absolutista del positivismo que pretende explicar todo, incluyendo al hombre
y lo que esta antes y después de él– muchas veces ha sometido a escrutinio y critica
las obras de arte a través de sus disciplinas.
Uno de estos autores, quien ha examinado las obras
de arte desde la disciplina antropológica, escribió en uno de los mejores libros
sobre el tema, Arte y antropología, que
su objetivo es intentar una aproximación decidida al análisis del fenómeno artístico
como un hecho de valor universal, desde la perspectiva de la teoría antropológica
y por consiguiente con el valor globalizador o totalizador que imprime la antropología
a la mayor parte de sus enfoques.
El problema no es que las ciencias examinen al hombre
y sus productos desde sus propias perspectivas y a partir de sus metodologías particulares,
sino que a partir de éstas se pretenda descalificar los enfoques propios de las
disciplinas artísticas, cuyos objetivos son muchas veces muy distintos a los que
guían la actividad científica. Si fueran sólo estos los problemas entre ciencia
y arte, tal vez no me preocuparían tanto; porque muchos investigadores con sobrada
competencia profesional han de haberse ocupado ya de estos problemas. Mis preocupaciones
nacen porque son precisamente las disciplinas con más carácter etnocentrista y cuyo
origen es claramente producto del colonialismo occidental (como son la antropología
y la lingüística) las que someten a critica los criterios propios de las literaturas
indígenas.
No es una casualidad que esta discusión que estoy planteando
se esté dando ahora. Hace mucho tiempo que las llamadas artes plásticas indígenas
pagaron su cuota para entrar al escenario mundial en pie de igualdad al arte griego.
Eso fue a partir del siglo pasado con el arte gético; posteriormente ingresaron
al escenario y mercado del arte las obras de arte negro africano. Para mayor información
sobre este asunto pueden acudir a varias obras; pero en este momento me conformo
con remitirlos a las palabras de Salvador Toscano, tomadas de su libro Arte precolombino de México y de la América Central
en cuya primera parte se puede leer lo siguiente: Histéricamente, la estética universal debió al romanticismo el descubrimiento
de los estilos artísticos que no encajaban en el marco clásico.
Digo que no es una casualidad que esta discusión se
esté planteando actualmente por nosotros, los indígenas indoamericanos, porque la
emergencia de las literaturas indígenas escritas en alfabeto latino y la participación
de los intelectuales indígenas en defensa de su propia identidad es reciente, al
menos en el territorio de los Estados Unidos Mexicanos. Tengo entendido que estos
fenómenos, y al parecer muchos están de acuerdo conmigo, aparecieron con la generación
de la revista Neza, publicada a partir de 1935, por los binnizá, o zapotecos como
hasta ahora son más conocidos.
Formalmente, pues, los géneros poéticos indígenas son
artificios que se destacan del uso cotidiano de la lengua y que se relacionan con
ciertos enclaves importantes de la comunidad. Esta composición en niveles varios
de la lengua es lo artístico y donde radica el valor de lo literario. No analizo
estos géneros, pues, desde el binomio oralidad-escritura, sino desde el uso común
de la lengua (oral o escrito) y el artístico de la misma.
Superada la discusión de lo que, para nosotros, literatos
indígenas, significa el término literatura,
con las citas leídas, nos enfrentamos a otro problema: ¿son válidos los géneros
que reconocemos en nuestras literaturas, tenemos que seguir las clasificaciones
propias de la literatura ibérica o las que hace una teoría literaria con pretensiones
de validez universal? En el capítulo titulado “El relato”, el autor de Los mitos del tlacuache plantea el problema
de los géneros con meridiana claridad: La
realidad de las peculiaridades se percibe desde distintas tradiciones y formas de
conocimiento. Esto hace que se construyan géneros desde la teoría literaria y desde
fuera de ella, con base en obras literarias de la propia cultura y con base en las
de las culturas ajenas. Pero hay que ser muy claros. Puede haber altos niveles de
discordancia entre las formas de percepción-construcción de la realidad.
Y ante semejantes situaciones u obstáculos, al parecer
inesperados, el autor plantea una pregunta en tono alarmante: ¿Qué hacer ante una realidad literaria indígena
que tiene una caracterización propia? Es decir: ¿qué se puede hacer ante quienes
pretendemos darle validez ante clasificaciones de nuestra literatura? Creo que aquí
es donde podemos intervenir, en nuestra doble calidad de creadores y teóricos de
nuestra propia literatura, para aclarar la confusión de los antropólogos en un asunto
literario. He aquí el desglose del asunto según López Austin:
El
asunto que nos ocupa hace indispensable establecer la distinción entre dos concepciones
de género: 1. Una predominantemente normativa y prescriptiva, a la que se puede
suponer una calidad descriptiva considerable; concepción externa al investigador,
pero propia de la tradición cultural creadora de la literatura mítica que estudia;
pudiera llamársele género literario indígena. El género literario indígena, al ser
normativo y prescriptivo se caracteriza por la incidencia sobre la misma realidad
a la que se refiere; no sólo la caracteriza, sino que guía y regula su producción.
2. Una concepción del investigador, que parte de su propia teoría literaria, medio
que ha de ser suficiente para describir y explicar grupos de textos (pertenecientes
o no a su tradición) caracterizados por sus peculiaridades literarias; pudiera llamársele
género literario teórico.
Con todo el respeto que le tengo al maestro López Austin,
quiero expresar mi desacuerdo con él en este asunto: en toda lengua con literatura
propia se presentan los dos tipos de géneros, el literario indígena y el literario
teórico; porque ambos corresponden a distintos ámbitos de la actividad humana. Mientras
el primero –el literario indígena– se presenta en el terreno del arte, de la creación
literaria; el segundo –el literario teórico– se presenta en el terreno de la ciencia,
se trata de una reflexión teórica sobre el primero, de una reflexión analítica sobre
la creación literaria para agrupar las obras según sus afinidades y diferencias.
El primero tiene como objetivo enseñar a los aspirantes a creadores en su lengua
las técnicas apropiadas; es decir, como son las reglas establecidas por la tradición
para que una obra cumpla ciertos fines en determinados contextos. De ahí su carácter
normativo o prescriptivo: enseña a las jóvenes generaciones los moldes, las formas
o como se hacen las obras de arte en su lengua cuando los aspirantes a creadores
se encuentran en su etapa de aprendizaje; después los jóvenes, según su capacidad
creativa, podrán quedar encerrados en los moldes aprendidos o podrán romperlos.
Todavía recuerdo mis pretensiones literarias en la lengua española, en las cuales
fracasé rotundamente, leyendo la Retórica
y poética, literatura preceptiva, de Narciso Campilio y Correa, puesta al día,
con notas y adiciones por Alfredo Huertas García. Esto es lo que Carlos Montemayor
llama el arte de la lengua: El arte de la
lengua responde a una necesidad de comprender o intervenir en el medio en que la
comunidad vive y que tal respuesta asume modalidades reales, útiles. Sin su profundo
sentido de religiosidad y sin su artificio técnico, quizás no se entender la función
del arte de la lengua en el mundo indígena, como sería difícil entender, comparativamente,
los poemas arcaicos griegos religiosos, base de la poesía lírica y dramática ulterior.
Con lo anterior quiero decir que lo normativo o preceptivo
no está arrinconado en la literatura indígena, ni lo teórico esta acaparado por
los otros. Ambas formas se presentan, en mayor o menor grado, en las distintas culturas,
dependiendo de sus necesidades específicas o de sus grados de desarrollo. Más adelante,
en el mismo capítulo, el autor de Los mitos del tlacuache plantea otras preguntas
que enseguida contesta: ¿Qué utilidad puede
tener para el etnólogo o para el historiador el conocimiento de clases construidas
por una sociedad de tradición distante a la suya y desde perspectivas de conocimiento
que no le son propias? Fundamos nuestro saber en nuestra propia teoría. Nuestros
conceptos son las herramientas básicas al profesar nuestras disciplinas. ¿Podemos
renunciar provisionalmente a nuestra concepción del mundo para aceptar por empatía
concepciones pretéritas o ajenas? Tal ha sido la ilusi6bn de muchos pensadores;
pero los resultados no han pasado de ser expresiones de la solidaridad de un extraño,
hacia el pasado reconstruyéndolo desde el presente irrenunciable.
Esa es, en sus propias palabras, la posición de un
extraño; pero no la nuestra. Yo no sé qué utilidad tenga, para un etnólogo ajeno
a nuestras culturas, nuestras clasificaciones, pero sí sé para qué nos sirven: es
nuestra manera de entender y explicar literariamente al mundo y al hombre. La clasificación
de nuestros géneros parte de nuestras concepciones literarias; es decir, de nuestra
forma de usar creativamente nuestra lengua, de ver y expresar la realidad humana
y divina. Nuestra clasificación de géneros obedece a otros criterios y fines; pero
eso no quiere decir que no podamos hacer elaboraciones teóricas de nuestra propia
producción literaria o que éstas no tengan ninguna validez.
Por supuesto que no pedimos a etnólogos ni a historiadores
ajenos a nuestras culturas que renuncien a sus concepciones y adopten otras pretéritas
que les sean ajenas. Simplemente queremos decir que hay diferentes criterios de
clasificación y que las clasificaciones indígenas tienen su causa, su razón de ser;
que muchas veces, por desgracia o por fortuna, no coinciden con las de los científicos
sociales ajenos a los de la propia etnia, o con fines artísticos exclusivamente.
Unas y otras no necesariamente tienen que coincidir porque se construyen en esferas
diferentes de la realidad, aunque unas estorben y otras descalifiquen.
Creo, con esta ponencia, haber demostrado que no sólo
somos capaces de crear literatura, sino también teorizar sobre la misma de acuerdo
a nuestros propios criterios y a nuestras propias necesidades; es decir, podemos
movemos en el terreno del arte y de la propia literatura. La función social de la
literatura indígena está en crisis. ¿Cuál es la función social de la literatura
en tiempos de crisis, como la que estamos viviendo actualmente en este país llamado
Estados Unidos Mexicanos? A pesar del avance de la modernización mediante las tecnologías
de procedencia occidental, la globalización de la economía capitalista con la caída
de los regímenes llamados de socialismo real, los efectos de estos cambios en la
vida cotidiana y las tradiciones de los pueblos indígenas; éstos resisten, no pierden
las esperanzas de sobrevivir y fortalecer sus lenguas y sus culturas en las condiciones
adversas. Sin embargo, esta esperanza y esta resistencia, cuando se razonan no son
del todo infundadas: la reactivación de las luchas interétnicas en la ex URSS y
en la vieja Europa y la rebelión de varios pueblos indígenas en el estado de Chiapas,
en contra de la colonización iniciada por los europeos hace 500 años y continuada
por sus descendientes criollos y mestizos, nos hacen pensar que el modelo globalizador
y uniformador de culturas y lenguas está en crisis. Eso quiere decir que llegó el
momento de ajustar cuentas con el modelo civilizatorio-colonizador occidental para
abrir nuevas perspectivas a las minorías étnicas y, de esa manera, a sus formas
de expresión literaria.
Si queremos pensar en la sobrevivencia de la literatura
indígena tenemos que pensar primero en la sobrevivencia misma de los hablantes de
las lenguas, en la necesidad de que los proyectos de desarrollo implementados por
los estados nacionales permitan la sobrevivencia de los grupos indígenas, de sus
proyectos de vida traducidos a proyectos políticos. El problema fundamental de las
literaturas indígenas es, entonces, la sobrevivencia de las etnias mismas, que es
lo que está en juego con la globalización del capitalismo mundial y como consecuencia
de ésta con |a implantación del neoliberalismo en nuestro país; sin la resistencia
de un proyecto alternativo de sociedad como lo era el socialista antes de la crisis
de los países limados de socialismo real,
o como lo ha planteado un teórico de las cuestiones étnicas: para la mayoría de
las etnias indias de América Latina el problema fundamental en este periodo de su
historia es el de su supervivencia física y cultural, por tanto, el de su definición
como entidades culturales y nacionales especificas al interior de los espacios políticos
y jurídicos de los estados nacionales constituidos. Antes de las cuestiones que
se plantean en términos de desarrollo se encuentra este punto crucial de las posibilidades
de permanencia de las etnias.
Si la función de la literatura oral indígena es la
de preservar la memoria del grupo y la recreación de sus formas de vida en tiempos
de relativa estabilidad social; en época de crisis la función de la literatura escrita,
por los miembros de los grupos étnicos en peligro, todavía es más importante y útil
en dos ámbitos: en el lingüístico y en el ideológico. Para apoyar nuestra afirmación
sobre la función de la literatura indígena citaremos las palabras de T. S. Eliot,
por tratarse de un gran poeta con una vasta experiencia en el espacio multiétnico
y plurilingüístico europeo y de su propio país, Gran Bretaña: …La poesía puede en cierta medida preservar y
hasta restaurar la belleza de una lengua; puede y debe también ayudara en su desarrollo,
para que adquiera sutileza y precisión en las circunstancias más complejas y para
los fines cambiantes de la vida moderna como tuvo anteriormente para servir a épocas
más simples.
La restauración de la belleza de la lengua de que nos
habla Eliot ayuda a los miembros de la etnia en crisis, desde la lengua y a fortalecer
sus esperanzas para mantener su proyecto propio de vida hacia el incierto futuro.
Y esto es mucho, porque el fortalecimiento ideológico de la identidad de los pueblos
indígenas puede darles fuerza para cambiar su presente y construir proyectos políticos
propios hacia el futuro, a pesar del proyecto civilizatorio uniformador occidental.
Esta utopía me parecía muy lejana cuando me iniciaba en la tarea de difundir la
literatura zapoteca a través de nuestra revista Guchachi’reza, porque el pensamiento
criollo casi me había convencido de que a las etnias indígenas americanas se les
habían agotado las energías para luchar por su sobrevivencia; pero, después de la
rebelión indígena que se inici6 en Chiapas el primero de enero de 1994, mis esperanzas
sobre el renacimiento de las literaturas indígenas mesoamericanas se han fortalecido
y sólo es cuestión de esperar un poco más que haga erupción en todo México.
VÍCTOR DE LA CRUZ (México, 1948). Escritor zapoteco, nacido en Juchitan, Oaxaca. Es director de la revista Guchachi’reza (Iguana rajada). Cultiva los géneros de ensayo histérico, poesía namativa. Cuenta con los siguientes libros de poesía: Primera voz, Cuatro elegías y Jardín de cactus, además de otras publicaciones de ensayo. En 1993 obtuvo el Premio Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Indígenas, convocado por el CNCA. El 25 de agosto de 2011 fue electo como miembro correspondiente, en Oaxaca, de la Academia Mexicana de la Lengua aml. Su discurso de ingreso trató sobre las literaturas indígenas. Como asesor colaboró en el Centro de Investigación y Desarrollo Binnizá, así como en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social.
NELLY SANCHEZ (França, 1974). Doutora em Literatura Francesa, Francófona e Comparada, especialista em literatura francesa feminina, particularmente nas obras de autoras da Belle Époque. Editora crítica de títulos como L’Ange et les pervers, de Lucie Delarue-Mardrus, Recueil de recettes des Belles Perdrix e coletâneas de obras epistolares. Nos últimos quinze anos, também trabalhou como artista de colagem e artista visual. Artista autodidata, suas obras são uma extensão de sua pesquisa acadêmica, questionando estereótipos de gênero, particularmente aqueles relacionados à feminilidade, revelando um universo feminino, surreal, estranho e, por vezes, bem-humorado. Assim como Frida Kahlo e Leonora Carrington, Nelly Sanchez brinca com os símbolos da representação feminina, utilizando imagens recortadas de revistas de moda feminina. O crédito de sua foto que publicamos é de Elizabeth Herman. Nelly é a artista convidada da presente edição de Agulha Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
CODINOME ABRAXAS # 10 – BLANCO MÓVIL (MÉXICO)
Artista convidada: Nelly Sanchez (França, 1974)
Editores:
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