Patético y complejo mundo el que anida en la cabeza
de aquella joven institutriz de ceño adusto, Emily Brontë, que se encubre tras un
tal Ellis para enfrentarse al pacato mundo de la era victoriana. La misma historia
tantas veces repetida: mujeres a quienes se niega su rol de escritoras y cuyos nombres
se esconden con vergüenza, con miedo o rabia, detrás de un seudónimo masculino.
Las hermanas Brontë conservaron la letra inicial de
sus nombres y apellidos para no perder del todo la identidad: Ellis Bell para Emily,
Currer Bell para Charlotte y Acton Bell para Anne. En sus casos había otra razón
poderosa para el ocultamiento: pretendían que sus obras fueran valoradas sin el
prejuicio con el que se recibían los textos escritos por mujeres, usualmente tratados
con galantería para sus gratificaciones, lo cual no es un verdadero elogio, o
que provocaban el rechazo abrupto y humillante, en palabras de la propia Charlotte.
La familia Brontë, signada por la muerte prematura
de sus miembros, vive aprisa su vida interior, como si sospechara que son precisamente
sus obras las que le concederán la inmortalidad. Los libros fueron la herencia y
la fortaleza de las hijas de Patrick, el párroco anglicano que les dio su biblioteca
como alimento y furtivamente compartió con ellas la alegría de que sus obras llegaran
a los lectores, pese a los editores y a la censura. La complicidad del padre le
da un lugar en esta historia.
El pueblo de Haworth, según Elizabeth Gaskell, estaba
situado en una ladera de una colina muy empinada, en medio de un oleaje de colinas
sinuosas coronadas por páramos agrestes. Allí se respiraba un ambiente opresivo,
de soledad y encierro. Sus gentes eran hoscas, desconfiadas: hay pocas muestras
de las cosas agradables de la vida entre esta población ruda y violenta. Su acogida
es seca; el tono y el acento de su habla, ásperos y bruscos. Con esta atmósfera
se adivina la necesidad de acudir a los libros y a la imaginación para crear mundos
e historias y así escapar de su tiempo y de aquel condado lúgubre y frío de West
Yorkshire en Inglaterra.
Las aplicadas y talentosas hermanas subvierten el
orden y el puritanismo rayando sus cuadernos. Junto a su hermano Branwell crean
mundos imaginarios, trabajan sus manuscritos en la intimidad, crean personajes que
intentan escapar del rigor de la estrechez, del orden casi feudal de Haworth, en
el que la juventud era fugaz, la felicidad y el amor apenas un albur y donde todo
llevaba a la desesperanza.
Desde su infancia ya vivían en el fantástico mundo
de Glass Town que crearon como un juego. Un país hecho de islas autónomas, con historia
y geografía, con un sistema de gobierno e incluso con publicaciones periódicas.
Las restricciones impuestas por los mayores, Charlotte y Branwell, en relación con
las aventuras en la “Confederación de la Ciudad del vidrio”, llevó a la insurrección
de las pequeñas y ocasionó un maravilloso cisma. El rebelde mundo de Gondal fue
la respuesta de Emily y Anne a las imposiciones de los grandes. Ese fue el reino
donde transcurrieron sus aventuras infantiles y donde engendraron personajes que
luego tendrían un lugar en la trama de sus novelas y en los tópicos de sus poemas
y pinturas. Porque las Brontë también fueron buenas dibujantes. Gondal se pobló
de héroes románticos y aventureros e inspiró versos que aludían a la guerra, al
amor y a la intriga. Las “Crónicas de Gondal” se perdieron, aunque son mencionadas
en los diarios de Emily y de Anne.
A Charlotte Brontë, la mayor, debemos no solo Jane
Eyre, ese clásico de las letras inglesas, sino su admirable tesón y su audacia
para sacar a la luz las novelas y poemarios escritos por ella y por sus hermanas.
Esta mujer admirable confiesa en 1850, en su nota biográfica sobre Ellis y Acton
Bell, siendo ya la única sobreviviente, que cuando eran niñas, al vivir en una región
tan apartada y con tan escaso acceso a la educación, no tuvieron otro aliciente
que los libros ni otro placer y pasatiempos más alegre que componer textos literarios.
Publicaron juntas un volumen de poesía que tuvo la fría recepción para la que ya
se habían preparado de antemano y, sin cejar su empeño, cada una se concentró en
escribir su propia novela. Aunque los críticos no les hacían justicia a sus obras,
el fracaso las incentivaba más.
Jorge Zalamea Borda en su sugestivo ensayo “La extraña
familia de Patricio Brontë” escrito en 1940, cuyo título contiene algo de negación,
algo de ocultamiento de la fuerte identidad de las tres escritoras, hace este retrato
de Emily:
El quebradizo cuello, la barbilla indecisa, la boca
en que el labio superior sobresale, las pálidas mejillas, el suelto, corto, descuidado
cabello, son pueriles y tienen esa irregular belleza que hace llorar de ternura.
Pero la nariz fría, fina, cortante, de móviles aletas y los alucinados ojos redondos
y la frente imperiosa acusan una vida profunda, una pasión latente, una tensión
amenazante del espíritu, del corazón y de la inteligencia.
Mientras su físico se deterioraba, mentalmente se
fortalecía más aún de lo que nunca habíamos conocido en ella. Día tras día, al ver
con qué fachada hacía frente al sufrimiento, yo me llenaba de una angustia de asombro
y de amor al mirarla. Jamás he visto nada igual, pero, ciertamente, jamás he visto
nada a su altura en ningún aspecto. Más fuerte que un hombre, más sencilla que una
niña, tenía una forma única de ser. Lo más terrible era que mientras rebosaba compasión
hacia los demás, consigo mismo era inmisericorde; el espíritu era implacable con
la carne: a la mano temblorosa, las exánimes extremidades, los ojos apagados, les
exigía el mismo servicio que le habían prestado en la salud.
Cumbres borrascosas habría permanecido en la oscuridad de no haber sido por Charlotte. Es ella
quien reconoce el valor literario de la novela y logra su publicación, así como
gestiona la edición de su ópera prima Jane Eyre y de la primera novela de
Anne, Agnes Grey. Esta intrepidez trasciende y se constituye en un legado
para la humanidad. Wuthering Heights, ese referente literario universal,
vio la luz en 1847, un año antes de la muerte de su autora, quien no escapó de la
enfermedad que había mandado a la tumba a sus dos hermanas mayores, María y Elizabeth,
y que luego acabaría también con Charlotte y con Anne. La tuberculosis es otro personaje
de su novela. La peste blanca, la peste romántica del Siglo XIX que se pasea por
los campos y los más finos salones para subyugar la belleza y el poder, esa enfermedad
de las pasiones frustradas, según Thomas Mann. La bella palidez de la muerte se
interpone para definir giros dramáticos y el destino de todos.
Heathcliff y Catherine rezuman una pasión desaforada,
se atraen desde la infancia con un amor furtivo al que no accede el lector, pues
apenas se presiente entre los pantanos, dentro de los cuartos, más allá de cualquier
mirada, sin que siquiera la autora conozca su intimidad. El niño Heathcliff fue
llevado una noche por el señor Earnshaw, el padre de Catherine, y acogido como un
hijo adoptivo. Su procedencia es desconocida. Su color de piel, sus ademanes toscos,
el brillo de sus ojos, generan resquemores. ¿Foráneo? ¿Negro? ¿Gitano? Todo hace
sospechar. Nunca será aceptado por la familia ni por los criados. Tampoco Catherine
acepta las emociones que él le provoca. Y cuando el padre muere, sobre su protegido
caen los rigores de la soberbia de Hindley Earnshaw, el hermano de Catherine.
El amor tácito de los jóvenes en la hacienda Cumbres
borrascosas seguirá creciendo, se confundirá con dolor, violencia, rencor. Catherine
comienza un juego de doble filo. Aunque ame a Heathcliff se casará con Edgard Linton,
el heredero de la Granja de Los Tordos. Y este acontecimiento marca trágicamente
la vida de sus herederos y de otros personajes, hasta tocar el absurdo, hasta la
inverosimilitud. En las historias que se desatan entre las dos familias, en sus
haciendas, en ese frío campo azotado sin piedad por el viento, hay sufrimiento y
deseos desbordados, hay intriga y saña, más allá de la muerte.
Nelly Dean, el ama de llaves, es la narradora central
de las múltiples tramas y además participa e interviene en los hechos dramáticos
que abarcan unos cuarenta años. Es el alter ego de Emily, los ojos de los lectores
dentro de las habitaciones, la que fisgonea, la servidora fiel y muchas veces intrusa
y delatora. Ella sabe lo que ocurre entre las penumbras y las almas y da cuenta
de hechos ocultos utilizando el relato de otros para completar los hechos. Lockwood,
el hombre que inicia y cierra la narración, es apenas un pretexto, pues en la novela
predomina la voz de las mujeres. Son ellas las que finalmente definen los desenlaces.
La joven Cathy, hija de Catherine y Edgar Linton,
marca el final de la historia, pues además de su belleza y su ternura, es una mujer
letrada. Entre las formas de violencia que se ejerce contra ella por parte de los
hombres está el negarle al acceso a los libros, quemarle los únicos que tiene a
su alcance. Pero vencerá por su fuerza y su inteligencia y así terminará enseñando
a leer a Harenton, su rudo primo, víctima también del maltrato de su tío Heatcliff.
A través de las letras lograrán acercar sus corazones y fundarán otra historia,
que esta vez se presiente apacible y dulce, como consuelo para el estremecido lector.
¿Que la novela era tosca y los personajes rústicos
y repulsivos en su comportamiento y en su lenguaje? ¿Que la novela ofendía a los
lectores acostumbrados a historias románticas o a tramas de enseñanza moral? Eso
y más se dijo cuando se publicó. Charlotte quiso mediar, en parte justificando las
críticas, casi disculpando a la autora por el mundo que vivió, y, por otro lado,
explicando las complejidades que subyacen en la creación literaria, sin duda lo
mejor de su razonamiento en favor de la novela. Respondió que era necesario escribir
los improperios con las palabras que son, en vez de sustituirlas por espacios en
blanco precedidos de la letra inicial, como se estilaba en la época. Argumentó que
un autor creador no tiene todo el control sobre la trama ni sobre la psicología
de sus personajes, pues estos tienen voluntad propia.
Poco se habla de la obra poética de Emily. Virginia
Woolf resaltó su talento así: A Emily Brontë no le bastaba con escribir unos versos,
con proferir un grito, con expresar un credo. En sus poemas lo hizo de manera contundente,
y quizá estos poemas lleguen a ser más duraderos que su novela. Aunque hasta hoy
este vaticinio literario no se ha cumplido, sus poemas contienen tanta fuerza, dramatismo
y pasión como el sentir de los personajes de Cumbres borrascosas. Personajes
que, según la misma Woolf, siendo tan distintos y lejanos a lo real, adquieren tal
verosimilitud que podemos verlos y sentir con ellos.
Es como si pudiéramos hacer trizas todo aquello por
lo que conocemos al ser humano y rellenar estas transparencias irreconocibles con
una ráfaga de vida tal que trasciendan la realidad. El suyo es, entonces, el más
excepcional de todos los poderes. Era capaz de liberar la vida de su dependencia
de los hechos reales; definir el alma que hay detrás de un rostro con unas simples
pinceladas y darlas de tal modo que a ese rostro no le haga falta un cuerpo; hablar
de un páramo y hacer que sople el viento y que ruja el trueno.
Emily incorpora en su ser el paisaje agreste en que
vivió. Es amante de esas alondras salvajes, de las rocas heladas y cenicientas,
de las campanillas azules y de esos campos de maíz contoneándose.
Es esa niña que tiene la cabeza sobre la almohada, pero su pensamiento vuela muy
lejos para divisar los astros, para escuchar el choque de roca con ola y de ola
con roca, aunque se encuentre a gran distancia del mar. Es esa mujer que habita
también en el país de la muerte donde ya nada preocupa; que vive intensamente,
con una turbulencia interior tan desaforada, que apenas se intuye en su rostro inmutable.
Es la autora que vuelca todo su ser en la literatura.
Cuando, cansada de las preocupaciones del largo día,
y de la terrenal mudanza de dolor en dolor,
perdida y dispuesta a desesperar,
tu cálida voz me vuelve a llamar,
¡oh, amiga verdadera! ¡No estoy sola
mientras puedas hablarme con ese tono de voz!
Puesto que no hay esperanza en el mundo exterior,
doblemente aprecio el mundo interior,
tu mundo, en que ni el fraude, ni el odio, ni la duda,
ni la fría desconfianza brotan jamás;
donde tú y yo y la Libertad
tenemos soberanía indisputable.
LUZ HELENA CORDERO VILLAMIZAR (Colombia, 1961). Poeta, narradora, cronista y ensayista. Su obra ha sido incluida en diversas antologías poéticas y de cuentos. Sus poemas se han traducido parcialmente al inglés, portugués, italiano y chino. Entre sus libros figuran: Ninguna parte también es un lugar (crónicas), 2024; Todavía nos queda la insolencia (cuentos), 2022; Unas cuantas tiernas imprecisiones (crónica), 2022; Pliegos de cordel (poesía, ensayo y crónica), 2019; Eco de las sombras (poesía), 2018; Postal de la memoria (poesía antología personal), 2010; Por arte de palabras (poesía), 2009; Cielo ausente (poesía), 2001; El puente está quebrado (relatos), 1998; Canción para matar el miedo (cuentos), 1997; Óyeme con los ojos (poesía), 1996.
ROLANDO TOPOR (França, 1938-1997). Pintor, ilustrador, poeta, cançonetista, dramaturgo, encenador, cineasta e fotógrafo, artista impossível de catalogar, começou por destacar-se com os desenhos grotescos que publicou na revista satírica Hara-Kiri. Vencedor do Grand Prix de L’Humour Noir em 1961, bebeu dos surrealistas e respondeu-lhes com o movimento Pânico, que fundou com Fernando Arrabal e Alejandro Jodorowsky, entre outros. Em sua obra, Topor nos leva para um mundo do avesso, e a crueldade animalesca, o erotismo, a escatologia e a tétrica ironia das suas obras valeram-lhe o desprezo de críticos, vários projetos ruinosos e ameaças de morte quotidianas. Graças a uma sempre amável sugestão de João Antônio Buhrer, Rolando Topor agora está conosco como artista convidado desta edição da Agulha Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
Número 264 | março de 2026
Artista convidado: Rolando Topor (França, 1938-1997)
Editores:
Floriano Martins | floriano.agulha@gmail.com
Elys Regina Zils | elysre@gmail.com
ARC Edições © 2026
∞ contatos
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FLORIANO MARTINS | floriano.agulha@gmail.com
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