En fecha reciente
(abril, 2011), acompañado del artista visual y chamán Manuel Montilla, llegamos
a las faldas del Barú, donde habita el vate chiricano.
La voz serena
y atávica de Dimas Lidio nos dio la bienvenida. Su acento cálido discurre –a la
vez que caminamos por las diferentes estancias de la casa y poco a poco nos muestra
dibujos, acrílicos y grabados de artistas latinoamericanos– sobre diversos temas:
las antiguas etnias Gnäbe-Buglé y la discriminación y “ninguneo” que sufren estas
comunidades indígenas y la negligencia de los gobiernos de turno; el privilegio
de vivir en la altura donde muchas personas florecen y alcanzan increíbles índices
de longevidad. Comentarios y notas satíricas sobre amigos comunes. El humor negro
y desenfadado para señalar los aciagos tiempos de la dictadura panameña. El exilio
vivido en la Ciudad de los Palacios.
Reanudamos
el recorrido “güiki” en mano y nos ubicamos en “el rancho para hacer asados y tamales”
donde Manuel prepara los bártulos para llevar a cabo el ritual conversatorio.
Está a punto
de hacer “click” la grabadora, cuando Esperanza irrumpe en el rancho y nos alerta
de que tenemos una hora para realizar la conversa pues “la pasta” está a la espera.
Esperanza, mexicana, es la esposa del poeta; no en vano la casa está “tomada” por
rasgos y signos de la cultura mexicana. De pronto queda la impresión de que estamos
en Toluca/Potrerillos…
¡En la sobremesa
se escucha el meto chiricano con el órale chilango! [AP]
ALFONSO PEÑA | Dimas Lidio, vos
te trasladás para la ciudad de México en el año de 1969, en calidad de exiliado
político; tomemos en cuenta que es el final de una década acelerada y de cambios
significativos; tatuada por una serie de acontecimientos globales: París , México,
y Praga 68, el movimiento hippie, Vietnam… Panamá vive momentos muy complejos, con
la toma del poder por los militares panameños.
DIMAS LIDIO PITTY
| Conviene precisar que más bien “me trasladaron” y llegué a México a finales
de 1969, después de haber permanecido casi un año tras las rejas, por disposición,
voluntad o capricho de la “bota militar”. En Panamá hubo un golpe castrense. En
realidad, esta denominación resulta excesiva, es demasiado elegante y delicada,
para lo que realmente hubo. Ésos no eran militares, sino policías alzados, convertidos
en gorilas, que luego degeneraron en delincuentes comunes en el poder.
AP | El golpe de estado en Panamá, se da en los momentos en que el presidente
electo, Arnulfo Arias Madrid, está por iniciar su mandato…
DLP | Arnulfo
Arias Madrid había jurado el cargo de presidente constitucional once días antes
del golpe de estado. El cuartelazo fue encabezado por el coronel de la Guardia Nacional
–que así se llamaba entonces el aparato represivo– Boris Martínez, y otros se le
sumaron. Luego el coronel Martínez fue defenestrado y quedó al frente Omar Torrijos,
quien se hizo notorio dentro y fuera de Panamá. Esta fue la gente que persiguió
a los movimientos populares y a todos los que consideraban inicialmente como adversarios.
Antes de preguntar si estabas con ellos o contra ellos, ya te habían metido al bote.
En esa atmósfera represiva, muchas personas fueron torturadas, desterradas o asesinadas.
Algunos olvidan estas cosas y otros hacen cuanto pueden para que sean olvidadas.
La dictadura se prolongó por veintiún años. A la muerte de Torrijos, mediante zancadillas
y deslealtades Noriega se hizo con el poder. Lo demás es historia conocida.
AP | Retornemos al periplo mexicano. ¿Cómo era el clima que se experimentaba
en el ámbito sociocultural en la “urbe azteca” en esos años de cambio y derrumbe
de muchas estructuras?
DLP | Se podría
decir que era un clima de efervescencia, reflexiones y búsquedas. Tanto nativos
como exiliados latinoamericanos compartían inquietudes sociopolíticas y culturales.
México tiene una larga tradición de hospitalidad política, de riqueza humana y cultural.
La coincidencia y el contraste de criterios, la diversidad de experiencias y posturas
frente a la coyuntura, favorecían la clarificación de perspectivas y de conciencias.
En lo personal, tuve ocasión de conocer y relacionarme con valiosas figuras de la
política y la cultura de países como Argentina, Chile, Ecuador, Puerto Rico, Uruguay,
Cuba, Colombia, República Dominicana y Centroamérica. Y, por supuesto, también con
grandes valores de la cultura mexicana. Algunos han fallecido; con otros se mantiene
el vínculo de amistad. Omito nombres para evitar que esta respuesta se convierta
en una especie de directorio telefónico y, además, para no incurrir en injusticias
y vergüenzas por olvido. Bueno, en síntesis, lo que quiero decir es que tuve la
fortuna de que el destierro impuesto se convirtiera en una experiencia provechosa,
en lo cultural y humano.
AP | Al tiempo, entras en relación con el poeta costarricense, Alfredo Cardona
Peña; conociendo su humor, su carácter satírico, sus interminables conversaciones,
su solidaridad y su amplia cultura… ¿Cómo fue tu relación con el autor de Anillos
en el tiempo?
DLP | El maestro
Cardona Peña me acogió con mucha cordialidad y simpatía cuando fui a conocerlo,
porque iba yo a entrevistarlo para el periódico El Día. En ese tiempo
El Día era uno de los diarios más importantes e influyentes
de México, no por su tiraje, sino por su impacto en las conciencias; aspiraba a
influir en el país sobretodo mediante el contacto con los círculos de decisión.
Esto, desde un punto de vista político, era de gran importancia; y en Latinoamérica,
desde el punto de vista de la información internacional, era también un referente,
porque pretendía ser bastante objetivo. En esto coincidía, más o menos, con la postura
editorial de Le Monde. Era un periodismo muy serio, pero a la vez accesible
a la gente promedio. De tal manera que cuando las agencias noticiosas manipulaban
la información, ahí la reelaborábamos, porque contábamos con el servicio de doce
agencias informativas, más servicios especiales y corresponsales propios en algunos
lugares. Eso nos permitía sintetizar la información y ofrecerla en forma más o menos
objetiva o, por lo menos, no manipulada y tendenciosa. El Día tenía páginas diarias dedicadas a la cultura, además
de suplementos dominicales.
AP | Cuando vos llegás a México, había ocurrido la matanza de Tlatelolco.
¿Cuál fue tu sensación ante ese hecho?
DLP | La matanza
de Tlatelolco fue el dos de octubre de 1968; llegué a tierra mexicana en la primera
semana de noviembre del año siguiente. Todavía el pueblo mexicano vivía momentos
de pesar y angustia; la sociedad estaba conmocionada. Había personas amigas que
sufrían terriblemente, como los poetas Juan Bañuelos, Efraín Huerta, Óscar Oliva,
Thelma Nava y otros. Había una gran pesadumbre, por un lado; pero también cólera
reprimida, por el otro. Ambas cosas coexistían.
AP | Recuerdas el gran poema mural de Juan Bañuelos sobre este lamentable
episodio de la historia mexicana contemporánea, el poeta como testigo ocular, entre
pirámides, calles y pasillos…
DLP | Siempre
me ha parecido que el papel del poeta y la poesía están relacionados con la memoria
y el testimonio… Jamás se debe olvidar la injusticia ni el crimen contra los pueblos;
no se pueden borrar. Eso es parte no sólo de la memoria, sino de nuestros genes;
de la memoria biológica, no sólo de la individual. El poema de Juan propone que
episodio histórico y mito permanezcan vivos en toda su dimensión. Por momentos se
vuelve épico, cuando hace conexiones en el tiempo entre la matanza de Tlatelolco
del trece de agosto de 1521 y la matanza de Tlatelolco en ese infausto año de 1968.
La voz del poeta Bañuelos canta la terrible gesta donde la sangre española hierve
y hiede con la sangre indígena; casi cinco siglos después el mito se reafirma con
el derramamiento de sangre mexicana en el mismo panteón legendario…
AP | Es una grata coincidencia, que en esta conversación, abordemos y rememoremos
a un poeta muy apreciado por diversos cuates y amigos. Recuerdo que lo conocí en
San José, en un antro luminosamente/oscuro llamado El Lobo Púrpura. Por ese ámbito
desfilaban los artistas del underground centroamericano y de otras latitudes. Los
viernes había una gran rumba y se presentaban poetas, músicos, mimos, sesiones espiritistas
y surreales. En alguna oportunidad, Ramón, en medio de un gran “destrampe” leyó
sus poemas. El ritual se inició a media noche y se prolongó por varias horas, ante
una gran concurrencia…
DLP | Ramón Oviero
y yo pertenecemos a un grupo de poetas panameños que se aglutinó en torno a hechos
significativos de nuestra historia, como fue la matanza de estudiantes en 1958 y
las jornadas patrióticas de enero de 1964, frente a la prepotencia yanqui. En 1958,
el gobierno nacional reprimió un movimiento estudiantil de protesta que demandaba
el mejoramiento de la educación; hubo manifestaciones en todo el país. A mí me tocó
ser uno de los militantes y dirigentes de la Federación de Estudiantes de Panamá
en la provincia de Chiriquí. Ramón y otros poetas estudiaban en el Instituto Nacional,
en la ciudad capital. Al tiempo coincidimos en la Universidad de Panamá y ahí se
formó el grupo “Columna Literaria”, que luego se convirtió en “Columna Cultural”.
Casi todos los días, mayormente por la tarde, nos reuníamos en la cafetería de la
Facultad de Humanidades algunos interesados en la poesía: Pedro Rivera, Ramón Oviero,
José Manuel Bayard Lerma, Ramiro Ochoa, Ornel Urriola, Eligio Salas (+), Alexis
Robles; y ocasionalmente llegaban César Young Núñez, José Antonio Córdova, Mireya
Hernández, Griselda López, Bertalicia Peralta, José Antonio Moncada Luna, Roberto
Luzcando y otros.
Esas sesiones
se convirtieron en una especie de “Taller literario”. Todos llevaban lo que estaban
escribiendo en ese momento y lo discutíamos apasionadamente. Nos destrozábamos sin
misericordia; era como un frenesí. Había un poeta que presentaba nueve o diez poemas
diariamente. En serio y en broma, decíamos que sufría de diarrea poética. Por supuesto,
ese cofrade era meticulosa e inmisericordemente aplastado, triturado por los demás.
Aquellas sesiones,
a pesar de su carácter informal, eran un asunto serio. Una vez se me ocurrió enviar
un poema de combate a la revista que editábamos. Los editores de la revista –Pedro Rivera, director; Ramón Oviero, jefe de
Redacción– rechazaron el poema y me enviaron una nota, donde decían que no lo publicaban
porque era un poema panfletario y tal y cual. Yo les contesté, también por escrito,
con una suerte de refutación –semilúcida y totalmente apasionada, como era de rigor–
de lo que ellos argumentaban. Lo que te quiero resaltar es la seriedad con que tomábamos
esos asuntos. Estas cosas ya no se ven en ninguna parte. Ese debate era literario,
ideológico y político. Resultaba enriquecedor para todos. De ahí surgió la hermandad
con Oviero y otros compañeros. El grupo organizaba lecturas de poesía en la Universidad
de Panamá. Eran recitales poéticos multitudinarios. El público no cabía en el Paraninfo
Universitario, que tenía capacidad para más de quinientas personas, y había que
poner bocinas en el exterior, porque la gente que no podía entrar también quería
oír los poemas.
Muchas veces,
la tertulia de la tarde la continuábamos en la ciudad. En los barrios antiguos,
como San Felipe, Calidonia, Santa Ana y El Chorrillo (este último prácticamente
borrado por las bombas y el fuego de la invasión estadounidense de 1989), íbamos
a cantinas legendarias, como la Nueva Ciudad de Verona, que hacia mil novecientos
treinta y tantos visitaba el ecuatoriano Demetrio Aguilera Malta, autor de Canal Zone; La Aurora, la Montmartre, la Chalet, la Nuevas
Brisas de Ancón, en la que el poeta Demetrio Korsi evocaba sus años de París y charlaba
con los muertos del cementerio vecino, y la Central, donde alguna vez estuvieron
Rubén Darío y Vargas Vila. En esos lugares, casi templos para la bohemia y la juventud
de entonces, se prolongaban el intercambio poético y las discusiones sociopolíticas
y literarias, en ocasiones hasta el alba. Entre Oviero y yo, la hermandad artística
y una especie de complicidad etílica y vital se mantuvieron desde entonces. Incluso
fui testigo y padrino de su boda. Luego compartimos el destierro. Se puede decir
que, hasta su muerte, Ramón fue para mí un hermano muy querido, además de ser un
gran poeta.
AP | Hablemos de otra personalidad panameña: Rogelio Sinán…
DLP | Mi relación
con Rogelio Sinán fue de admirador y discípulo a maestro. Sinán, además de ser figura
señera de la literatura panameña de los primeros tres cuartos del siglo veinte,
por su obra y por sus iniciativas y estímulos en las tareas literarias y culturales,
era una persona abierta, amable, gentil, que compartía con los jóvenes. Tuve con
él una buena relación; en algún momento también tuvimos discrepancias, como es natural.
De Sinán guardo recuerdos gratos, pese a que en su última etapa estuvo cerca del
régimen imperante y yo en la acera de enfrente. En resumen, era un hombre querible
y un escritor de gran calidad. De él conservo buenos recuerdos. No puedo decir otra
cosa.
AP | La narrativa de Sinán es muy apreciada en otras latitudes…
DLP | Y creo
que merecidamente. Los cuentos de Sinán se inscriben dentro de la buena literatura
que se da en Latinoamérica en ese momento. Tanto en la prosa como en la poesía,
Sinán incorpora elementos de la vanguardia, que había adquirido durante su estadía
en Europa. Por ejemplo, el uso del sicoanálisis, la multiplicidad de puntos de vista
de Pirandello, a quien él admiraba. Utiliza con eficacia estos recursos para abordar
y recrear la realidad nuestra. Creo que ésa fue una lección de Sinán que debemos
valorar en su justa medida. Ahora, sin negar su valía, algunos consideran más relevantes
sus aportaciones narrativas que su producción lírica. Es posible que haya algo de
razón en ese juicio. Pero, más allá de predilecciones de género o apreciaciones
subjetivas, Sinán es –como bien dices– un autor muy apreciado y valorado, dentro
y fuera de Panamá. Aparece en importantes antologías y creaciones suyas han sido
traducidas a varias lenguas. En pocas palabras, el suyo es un nombre imprescindible
en la historia de nuestras letras.
AP | Dimas Lidio, vos inaugurás tu ruta poética con el poemario Camino de
las cosas (1965); se puede rastrear una añoranza por la infancia, imágenes campestres
en contraposición con referencias urbanas y ante todo la mirada periférica en la
injusticia: “los pobres de la tierra”… Es un poemario que denota lo cuidadoso, el
equilibrio entre decir las cosas categóricamente y tener olfato fino para no sucumbir
ante la tentación de la mácula panfletaria…
DLP | Algo de
eso hay, sí. Soy hombre de dos mundos; se podría decir que vivo a caballo entre
el campo y la ciudad. Pasé la infancia en el campo; más bien en el monte, pues nací
en los alrededores de Potrerillos, en un lugar donde sólo había cuatro casas, la
más próxima de las cuales estaba a doscientos metros de la nuestra y casi no se
veía, por el rastrojo y los árboles. Allí viví hasta los siete años, cuando me enviaron
a comenzar la primaria en David, la capital de la provincia.
En cuanto
a las preocupaciones éticas y sociales… Por lo que me enseñaron de niño y por lo
que he aprendido y reflexionado luego, pienso que el hombre es un ser nacido para
el trabajo, el amor, la verdad y la justicia. En consecuencia –primero, quizás instintivamente;
después, reflexivamente–, me identifico con la postura del apóstol Martí: “Con los
pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar.” Es decir –en la línea de Dostoievski–,
me solidarizo con los “humillados y ofendidos” de todas partes. Creo que es un deber
moral ineludible para toda persona bien nacida. Y mucho más en los tiempos actuales,
con lo que pasa cada día en el mundo.
AP | De igual modo que Rubén Darío y muchos otros artistas, tienes predilección
por las tonalidades azules. El color blue, indistintamente tiene diversas connotaciones
literarias y visuales. Tu libro El País azul conforma una especie de diapasón lúdico.
Me queda la impresión de que bajo el título hay una especie de tsunami que “esmalta”
el contenido. ¿Cuál es tu visión?
DLP | Ese libro
para niños fue el primero que escribí, aunque no el primero en ser publicado. Entonces
tenía veintiún años y vivía en la capital del país. Así que en el trasfondo de esa
obra, más allá del asombro y los juegos, quizás estén las sensaciones y la añoranza
del terruño, que es azul. El lugar donde nací es una llanura extensa, un plano inclinado,
en las faldas del volcán Barú, el punto más alto de Panamá. Desde allí todo se ve
azul: el volcán, la cordillera, los bosques, el cielo, el mar, las islas. Desde
Potrerillos se dominan más de doscientos kilómetros del litoral pacífico panameño.
La vista abarca del oriente chiricano a Punta Burica, en la frontera con Costa Rica.
Así que, aunque mi color favorito es el verde, si me dieran a escoger, posiblemente
no escogería una vida color de rosa, sino de color azul.
AP | Crónica prohibida (1979), es un poemario testimonial
de tu paso por la Cárcel Modelo de Panamá, en 1969; se enfatiza en el poema “La
celda número 13”; en Panamá obtiene el reconocimiento nacional con el Premio Ricardo
Miró. ¿Consideras que éste sea un libro contestatario o sobre él campean la tristeza
y la soledad?
DLP | Como dicen
por ahí, es un libro que admite varias lecturas. No diría que es sólo contestatario,
ya que en él afloran sufrimiento, cólera, tristeza, amor, patriotismo, evocación,
esperanza, anhelo de un futuro distinto… En fin, es conciencia de vida y de muerte.
Es decir, de humanidad. No aspira a ser otra cosa.
AP | En estos tiempos que vivimos es posible hablar de nostalgia revolucionaria…
DLP | La revolución
no es nostalgia: es anhelo y esperanza. Y en tiempos como éstos es cuando más se
debe afirmar el ánimo y pulir la esperanza. El objetivo, el vellocino, el ideal,
la felicidad, la utopía –llámesele como se quiera– siempre está adelante, detrás
del horizonte. Es lo que nos mueve. Y como la utopía no ha muerto, ni morirá mientras
viva el hombre, no hay por qué sentir nostalgia. En vez de afligirse y llorar por
lo que no pudo ser, es mejor ponerse a trabajar para que llegue y sea. La experiencia
humana es aleccionadora al respecto.
AP | ¿Consideras que tu poesía es colindante con tus libros de cuentos?
¿Se reitera la temática o, por el contrario, tu prosa es vernácula, con símbolos
cotidianos y permeada por el lenguaje onírico?
DLP | Creo que
hay afinidades entre una y otros. En realidad, la preocupación es la misma: el hombre.
Su circunstancia, sus sueños, sus luchas. Varían los ámbitos, los escenarios, pero
el personaje no cambia: el hombre en el tiempo, en la historia, frente al destino
que él mismo se labra. La expresión de esa agonía, de ese drama, es la literatura.
Es decir, la palabra potenciada, que proyecta y contiene al hombre. No sé si eso
se logra en lo que hago, pero ésa es la intención.
DLP | Es un libro
de atmósfera predominantemente rural. Es una aproximación a la gente, al ambiente
donde nací. Podría tomarse como una especie de tributo a la gente humilde, sencilla,
del campo. A sus costumbres, desvelos y sudores. Y también a sus mitos y sueños,
por supuesto, porque la gente es todo eso, y más.
AP | En la actualidad se menciona la Novela de las transnacionales (novela
bananera, agraria, urbana-proletaria, del caucho, del petróleo, novela de la mina,
etc.); me parece que dentro de esta novedosa clasificación, se tendría que tomar
en cuenta la novela canalera. Vos tenés una novela que es pionera en ese tema; sería
muy conveniente que nos hables de tu libro Estación de navegantes y la influencia
que ejerce en los escritores panameños.
DLP | Ese libro lo escribí en México, durante el exilio. Fue un modo de acercarme a la patria distante, no sólo aherrojada por una dictadura, sino con su territorio parcialmente ocupado por un poder extranjero. El objetivo era mostrar a Panamá como zona de tránsito desde la época prehispánica, como punto de convergencia de viajeros y culturas y, simultáneamente, como país dependiente de metrópolis imperiales; pero no desde una perspectiva maniquea, sino comprensiva, adecuada a la dialéctica de la realidad.
De las novelas relacionadas con el Canal, hay tres (dos anteriores a Estación de navegantes) vinculadas a coyunturas históricas cruciales: Canal zone, del ecuatoriano Demetrio Aguilera Malta, a la gran depresión de 1929-1932; Luna verde, de Joaquín Beleño, a la Segunda Guerra mundial, y Estación de navegantes, a la guerra de Vietnam; es decir, se ubica en el marco de la acción planetaria del poder imperial.
Esta novela se ha utilizado en colegios y universidades de Panamá, ha sido editada
y leída fuera del país y ha recibido comentarios favorables. No obstante, no me
atrevería a decir que ha ejercido alguna influencia en escritores panameños.
AP | ¿Recuerdas la obra de Malcolm Lowry, Por el canal de Panamá? (1960).
Es un ejercicio escritural diferente a Bajo el Volcán, y a Oscuro como la tumba
donde yace mi amigo; más bien es ficción y tiene que ver con la literatura de viajes.
Lo significativo, e infame, es que en las descripciones que hace el narrador beodo
y alucinado, en la travesía por el mar de Mesoamérica, apunta: “¡Malditas sean todas
las repúblicas centroamericanas con su corrupción, su lindura, sus dictadores, sus
mordidas, sus turistas, sus revoluciones tontas, sus volcanes, su historia y su
calor!”. ¿Verborrea o ironía?
DLP | Conviene
pensar que es verborrea del personaje e ironía del autor. Parece poco verosímil
que Lowry, quien sentía gran afecto por nuestras tierras, mostrara malquerencia
y desprecio hacia nosotros. A lo mejor es la pesadumbre del ebrio, que en ocasiones
se exterioriza en palabras caústicas antes de terminar en llanto. Ahora, sea cual
sea el trasfondo, esas palabras –escritas hace más de medio siglo– aluden a tópicos
dolorosos, a realidades entonces existentes y persistentes todavía. Por si acaso,
me quedo con el padre del cónsul de Bajo el volcán, que es
una obra mayor, de oscuridad transparente.
AP | Buena parte de tu creación la has realizado en Potrerillos, al pie
del volcán Barú, en la banda amistosa y fronteriza “pana-tica”; para concluir esta
amena charla, cuéntanos de tus proyectos escriturales inmediatos.
En cuanto
a proyectos de trabajo, lo único que tengo en mente es seguir haciendo lo que hago
mientras el cuerpo aguante y tenga ánimo y aliento. Hemingway decía que un hombre
puede ser destruido pero no derrotado. Creo que esa frase vale para los afanes literarios
y para la creación en general. Un artista, un creador no renuncia ni se jubila mientras
le quede un hálito de sensibilidad, de conciencia, de vida. Y después sigue la brega,
desde el silencio y las letras.
Ya sabes que
en nuestros campos la décima se canta. Bueno, quizás en este caso, como despedida,
se podrían aplicar unos versos que dicen:
Al pie de la cordillera,
el Barú veló mi
cuna
y en el Valle de
la Luna
viviré cuando me
muera.
ALFONSO PEÑA (Costa Rica, 1951-2022). Narrador, editor, artista gráfico, agitador cultural. Entre 1980-1990 coeditó la revista de Arte y Literatura Andrómeda. Desde los ochentas está vinculado a la corriente del Surrealismo Latinoamericano, divulgando poesía, gráfica y collages de importantes artistas surrealistas. Editó numerosos volúmenes con Ediciones Andrómeda y dirigió, junto al escritor y editor Tomás Saraví, el artefacto poético–gráfico: Manija. Ha publicado: Noches de Celofán, La Novena Generación, Labios pintados de azul, Cartografía de la imaginación, Conversas. Ha sido incluido en importantes antologías internacionales, además de haber colaborado regularmente con revistas y suplementos hispanoamericanos y sus textos han sido vertidos parcialmente al inglés, francés y portugués.
PAULO SAYEG (Brasil, 1960). Desenhista, essencialmente desenhista. Este
amável artista, humaníssimo, que se diz suscinto ao falar, é possuidor –
justamente por se deixar possuir – de um vastíssimo horizonte de traços e
imagens. Paulo é também pintor e programador visual brasileiro. Ao
longo de sua trajetória, atuou nas áreas de artes plásticas, publicidade,
ilustração, desenho animado e direção de arte. Realizou diversas exposições
individuais e coletivas no Brasil e no exterior, destacando-se por uma produção
marcada pelo expressionismo, pelo gestualismo e pela forte presença figurativa.
Em 1987, recebeu o prêmio de Melhor Desenhista concedido pela Associação
Paulista de Críticos de Arte (APCA). Artista convidado da presente edição de Agulha
Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
CODINOME ABRAXAS # 12 – LA OTRA (MÉXICO)
Artista convidado: Paulo Sayeg (Brasil, 1960)
Editores:
Floriano Martins | floriano.agulha@gmail.com
Elys Regina Zils | elysre@gmail.com
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