Esta violencia, y todo el agrietamiento estructural de la sociedad que ella
significó, conllevaron una quiebra en las instituciones fundamentales, una nueva
ordenación de los valores. La institución política, religiosa, cultural, familiar,
judicial, etc., en que se basaba la sociedad colombiana de ese entonces hizo crisis,
perdió confianza en sí misma, y frente al fracaso de los partidos políticos, institucionalizó
la violencia que iba a producir un tipo de conducta criminal que se convertiría
en norma. El enemigo estaba en todas partes porque los grupos en el poder le habían
hecho creer al colombiano que el enemigo era él mismo, que debía autodestruirse
a fin de encontrar su salvación: no hay códigos ni leyes que puedan contener el
genocidio. Y este es el origen del Nadaísmo, pregunta y respuesta a una sociedad
amordazada, a la cual no se le habían permitido escapes liberadores, y esto no solamente
en el campo raso de la vida de todos los días sino en el área de la cultura, y en
especial de la literatura, donde a pesar del esfuerzo de unos pocos, todavía los
rezagos del neoclasicismo, del parnasianismo y de un tradicionalismo clerical y
académico, seguían asustando los atisbos vanguardistas que lastimosamente no florecieron
a su debido tiempo. Es claro que la muerte de Gaitán vino a frustrar el empeño
creador del pueblo colombiano y a reordenar la historia del país.
De Andes, un pueblo en lo alto de la montaña antioqueña, Gonzalo Arango bajaría
a los 17 años a Medellín, siguiendo los pasos de una migración de habitantes del
campo que, gracias a la violencia desatada, irían a engrosar las ciudades.
Había nacido en 1931. Pero Arango no era un campesino, era hijo de un telegrafista
de pueblo que, aunque pobre, se las ingenió para mandar a su hijo a estudiar en
la Universidad de Antioquia, donde cursará hasta el tercer año de derecho. Una
inclinación suya a torcerlo todo, como él mismo diría, lleva a Arango a dejar la
carrera de derecho luego del tercer año y hacerse profesor de literatura, bibliotecario
y colaborador del Suplemento Literario del diario conservador El Colombiano. En
1953 se une al “Man”, grupo político fundado por el General Gustavo Rojas Pinilla
como una tercera fuerza en el país que representaba el binomio pueblo-fuerzas armadas.
Allí permanecerá hasta 1957, cuando luego de ser nombrado miembro suplente de la
Asamblea Nacional Constituyente que se encargaría de reelegir a Rojas Pinilla,
la dictadura de éste cae, y él tiene que refugiarse en Cali mientras una muchedumbre
pide su cabeza en las calles de Medellín.
Ya en Cali, donde pasa su asilo político, sus ideas y opiniones se radicalizarán
profundamente. Allí redacta, en 1958, su Primer Manifiesto Nadaísta, que
leído una noche en un café de la Avenida Sexta despierta inquietud y adhesión en
un grupo de muchachos inconformes, hijos y desterrados de la violencia. Ese mismo
año lo editará en Medellín:
El Nadaísmo, en un concepto
muy limitado, es una revolución en la forma y en el contenido del orden espiritual
imperante en Colombia. Para la juventud es un estado esquizofrénico-consciente contra
los estados pasivos del espíritu y la cultura.
El escándalo corre velozmente y junto con sus amigos decide quemar todos los
libros en la plazuela San Ignacio, frente a la Universidad de Antioquia, lee un
discurso escrito en papel toilette donde ya predica la nueva oscuridad. Más tarde
se hará un sacrilegio en la Catedral, se irrespetará con protestas incendiarias
una reunión de los intelectuales católicos, se distribuirán panfletos subversivos,
etc. Sin embargo, desde un principio Gonzalo Arango se niega a dar una definición
precisa del movimiento, lo cual se convertirá en caballo de batalla para desconcierto
de críticos, gramáticos y dueños de enciclopedias o diccionarios. El Nadaísmo es un estado del espíritu revolucionario,
y excede toda clase de previsiones y posibilidades, había escrito en la introducción
al Manifiesto.
Esto propició que la coherencia y cohesión del movimiento estuviera más allá
de las consignas y de los dogmas, y se afincara en una actitud frente a la vida
y a los medios de expresión, llámense éstos literatura o arte, mediante una actividad
subversiva en el plano del espíritu y en relación directa con la sociedad del momento.
Los nombres de Sartre, Breton, Kierkegaard, Kafka, Gide, Mallarmé, entre otros,
vienen a dar soporte a sus planteamientos, pero no desde el punto de vista formal
de la literatura sino desde los ángulos de fricción con la vida. No obstante, y
como suele suceder en casi todos los grupos que aspiran a entrometerse en la vanguardia,
es la poesía el arma predilecta:
Trataré de definir la poesía
como toda acción del espíritu completamente gratuita y desinteresada de presupuestos
éticos, sociales, políticos o racionales que se formulan los hombres como programas
de felicidad y justicia.
Este ejercicio del espíritu
creador originado en las potencias sensibles lo limito al campo de una subjetividad
pura, inútil, al acto solitario del Ser.
El ejercicio poético carece
de función social o moralizadora. Es un acto que se agota en sí mismo, el más inútil
del espíritu creador. Jean Paul Sartre lo definió como la elección del fracaso.
La poesía es, en esencia,
una aspiración de belleza solitaria. El más corruptor vicio onanista del espíritu
moderno.
Si la violencia había arrasado con los viejos valores de la sociedad colombiana
no se trataba pues, aquí, de restituirlos, sino de forjar, a costa de una profunda
rebelión, nuevos valores que opuestos frontalmente a los anteriores abrieran perspectivas
diferentes para encarar la vida. Sin embargo, Arango era consciente de que este
proyecto de escándalo y desorden no sería fácil de lograr:
La lucha será desigual
considerando el poder concentrado de que disponen nuestros enemigos: la economía
del país, las universidades, la religión, la prensa y demás vehículos de expresión
del pensamiento. Y además, la deprimente ignorancia del pueblo colombiano y su
reverente credulidad a los mitos que lo sumen en un lastimoso oscurantismo ( ...
). Ante empresa de tan grandes proporciones, renunciamos a destruir el orden establecido.
Somos impotentes. La aspiración del Nadaísmo es desacreditar ese orden.
Es importante señalar aquí que, como lo dejara bien claro Arango, el Nadaísmo
no surge como un movimiento hacia la victoria sino como una expresión del fracaso
de una generación que hará de ese mismo fracaso su arma de batalla; de allí la dialéctica
quemante del Manifiesto y su fe en una poesía sembrada en sí misma, inútil
como arma redentora. Al concluir, Gonzalo Arango, El Profeta de la Nueva Oscuridad, como se autodenominará desde ese
entonces, bosqueja el programa de lucha del movimiento:
.
En esta sociedad en que
la mentira está convertida en orden, no hay nadie sobre quien triunfar, sino sobre
uno mismo. Y luchar contra los otros significa enseñarles a triunfar sobre ellos
mismos.
La misión es ésta:
Lo demás será removido
y destruido.
¿Hasta dónde llegaremos?
El fin no importa desde el punto de vista de la lucha. Porque no llegar es también
el cumplimiento de un destino.
En esa contradicción o paradoja se movería el Nadaísmo, desconcertando y desubicando
a sus adherentes y contrincantes.
En ese entonces, como hoy en día, el control de los centros del poder cultural
se manejaba en Bogotá. Si la provincia producía algo era en Bogotá donde se decidía
su valor, y si algunos poetas se llamaban León de Greiff, Aurelio Arturo, Jorge
Gaitán Durán, Eduardo Cote Lamus, Rogelio Echavarría, Fernando Arbeláez, Héctor
Rojas Herazo, todos ellos de la provincia, y se destacaban, era porque habían sido
bautizados poetas en Bogotá. Quedarse en su pueblo era condenarse a ser totalmente
desconocido, o a ser visto con cierta compasión. Por esta razón, es y fue inaceptable
que un movimiento con proclamas despatarradas de revolución y cambio en el campo
de la cultura, se haya generado en ciudades como Medellín, Cali, Barranquilla, Pereira,
Manizales, Bucaramanga, producto de la intrepidez de estos muchachos pendencieros
de las clases bajas y media, con una varicela como formación cultural, que venían
a descubrir lo que los grandes maestros de la literatura en Bogotá ya habían descubierto
y, según sus palabras, superado ampliamente.
El nadaísmo era pues una vanguardia que llegaba tarde a la fiesta, cuando ya
todos los asistentes estaban dormidos. Por eso, el hecho de que esa alharaca desde
la provincia los despertara les creo mucho resentimiento, un dolor de cabeza que
se prolonga hasta nuestros días a los que se dicen herederos del poder cultural.
Apoderados de los medios periodísticos de provincia, y luego de algunos suplementos
culturales de Bogotá, los nadaístas comenzaron a enseñarle a leer a sus compatriotas,
repitiendo el mantra de que escribir no era privativo de las clases altas. Locos, geniales y peligrosos, era como se
definían frente a los colombianos, y desde Cereté hasta Tabatinga, pasando por Bogotá,
los nadaístas organizaron un entierro como fiesta, y allá fueron a parar los enredados
camellos modernistas de Guillermo Valencia, la contracepción poética de Rafael Maya,
la empedrada y celestial poesía de Eduardo Carranza; pero como era necesario, siguiendo
el adagio surrealista de pegarle a la madre mientras está joven, también le dieron
de patadas en el trasero a García Márquez, a Fernando Botero, a Andrés Holguín,
a Eduardo Mendoza Varela, entre otros.
Mi ingreso al nadaísmo fue lento, tan lento que todavía no sé bien si estoy
apenas ingresando, ahora que algunos de los poetas están saliendo de él, aunque
este ciclo de deserción y reintegración se cumple periódicamente. De niño desarrollé
un amor loco por las palabras, no sólo en cuanto a su relación con sonidos y silencios,
sino como parte integral del ser, y así me sentía un ser de palabras, tal vez en
la misma medida que otros se sienten hombres de edificios, de elementos químicos,
de números, de dinero. Y esto me llevó a conocer, valga el azar fortuito, a los
poetas nadaístas de Cali. Jotamario vivía en mí mismo Barrio Obrero, a unas cuadras
de mi casa. Pero también conocí a Jaime Jaramillo Escobar, que en ese entonces,
caminaba en las dos patas de su seudónimo, X-504; a Alfredo Sánchez, quien dirigía
el suplemento literario Esquirla, del
diario El Crisol; al cineasta Diego León
Giraldo y al pintor Leandro Velasco. Yo era bastante menor en edad que casi todos
ellos, así es que oía más que predicaba. Ese silencio, que ahora añoro, me acompañó
por mucho tiempo
Un día de esos me aparecí ante Alfredo Sánchez con unas prosas entrecortadas
que denominé Diario, y conseguí que éste
lo publicara en Esquirla, después de una
pequeña polémica entre los mismos nadaístas dado el carácter obsceno, a la Henry
Miller, de mi texto. Creo que, desde ese momento, era el año 1961, los nadaístas
me vieron como uno de ellos. Mi militancia activa duró sólo unos pocos años.
En 1967 decidí salir del país y viajé por Ecuador, Perú y Chile, pero ya al
regreso, y en 1969, mis desavenencias con Gonzalo Arango, y mi constante aislamiento,
me llevaron a abandonar de nuevo el país hasta hoy. Sin embargo, mi nombre quedó
siempre ligado al movimiento y es esta la razón que valida, de acuerdo a los editores,
la presencia de mis poemas en esta antología.
El nadaísmo fue un grupo bastante cerrado cuando se consolidó como grupo literario
a principios de la década del 60. Este hecho de ser un movimiento abierto y cerrado
a la vez refleja mucho la sociedad colombiana.
Es necesario dejar en claro algo que es obvio para los nadaístas pero no tanto
para los demás. El nadaísmo no fue ni es un movimiento literario en el sentido estricto
de esta palabra. Es más bien una posición vital, más patafísica que filosófica o
metafísica. Es una manera de sacarle el cuerpo a la razón. Es aquí, en esta disyunción,
donde se origina el error analítico de los críticos de literatura colombiana. Visto
desde este ángulo, la crítica del vicerrector de mi colegio, que tildaba al nadaísmo
como algo abominable, está más cerca de la esencia del nadaísmo que los comentarios
de estos críticos. Porque si hablamos de una estética literaria del nadaísmo tendríamos
que dividirla en tantos nadaístas como hubo y hay. Y a pesar de que, en algunas
direcciones de aproximación a la poesía, especialmente, algunos nadaístas coincidan,
como veremos a continuación, esto no marca un camino literario general.
Se ha hecho común en la poesía colombiana destacar la presencia insular del
poeta Mario Rivero. Sin embargo, las líneas de poesía urbana, coloquial y conversacional,
con acento íntimo y personal, que frecuenta Rivero en sus Poemas urbanos,
es compartida por otros poetas, valga el ejemplo de Eduardo Escobar, del mismo Gonzalo
Arango, y de otro poeta mucho más joven, Jan Arb, poeta éste que introdujo lúdicamente
los elementos de la realidad cotidiana con un ojo cercano a la explosión de lo comercial,
lo que podríamos denominar como un ángulo cercano a lo pop. Debemos recordar, asimismo,
que el poeta Mario Rivero figura como uno de los integrantes del movimiento nadaísta
en la primera antología que se hizo de este grupo, Trece poetas nadaístas,
de 1963, aunque más tarde negara esta asociación.
El nadaísmo, en su afán de romper con todo, puso a circular por las calles de
la provincia colombiana, y luego en la capital, la alharaca vanguardista europea
y norteamericana de las décadas anteriores. Es obvio que poetas educados en Europa
como lo fueron Álvaro Mutis, Fernando Charry Lara, Jorge Gaitán Durán, Fernando
Arbeláez o Eduardo Cote Lamus, conocían muy bien las vanguardias europeas, e incorporaron
estos elementos como parte de lo que de tradición llegaba a sus obras, sin descuidar
los componentes colombianos o latinoamericanos que les correspondían. Sin embargo,
la actitud vital de todos ellos seguía las líneas de la inteligencia capitalina,
cercana a los poderes culturales y políticos, y la actitud de vanguardia tomaba
una dirección intelectual, respetable sí, pero que no afectaba el pensamiento general
del país. Para ellos estas vanguardias estaban casi superadas, ya que las veían
con ojos europeos. No para el nadaísmo que las encontró actuales, con ojos y narices
latinoamericanas, y se las acomodó en las gafas del ser colombiano de todos los
días frente al periódico, y así por primera vez Colombia vive el suceder literario,
artístico, como algo vital, desprendido de los escudos intelectuales.
Asimismo, Eduardo Escobar, para quien lo fundamental es el encuentro de frente
con la realidad. Debe notarse que su poesía tuvo de inmediato una amplia aceptación entre los jóvenes, gracias a la
fuerza del lenguaje, donde el tono cáustico, maldito, se emparenta con una inocencia
directa e hiriente.
Jaime Jaramillo Escobar y Gonzalo Arango, venían al nadaísmo con una escuela
que arrastraba todavía ciertos tonos de la poesía popular colombiana, o de poetas
que se habían hecho populares por el gusto masivo. Esto es resultado del autodidactismo
y de una formación cercana al mundo campesino, rural, no tanto citadino, la cual
se ve claramente en la poesía de Jaramillo Escobar, a la que este poeta mezcla magistralmente
alucinantes viajes a otras culturas y formas de pensamiento poético.
Por otro lado, y bien distante de esos planteamientos estéticos, Amílcar Osorio,
Jaime Espinel, y en ciertos momentos Alberto Escobar, frecuentan un lirismo cultista,
barroco, no precisamente surrealista. Poesía que preludia los movimientos neo-barrocos
poéticos, que hoy son devoción en muchos poetas latinoamericanos, especialmente
entre los argentinos y uruguayos.
Sin embargo, y esto sí creo es fundamental, la libertad de acción que el surrealismo
trajo al hacer de la poesía un arma de juego y de fuego para arremeter contra el
horror creado por la sociedad burguesa, fue acogida de manera total por el nadaísmo.
En definitiva, podemos decir que muchos factores pueden ser considerados en la formación
y dirección de las múltiples estéticas nadaístas, pero es claro que el surrealismo
como método, como forma del hacer literario, no fue aceptado del todo por una parte
significativa del nadaísmo.
Maestro del coloquialismo y de la imagen atrevida y precisa, Jotamario Arbeláez
trae al nadaísmo una voz fuerte, llena de humor danzante por la página, y aunque
el dolor de la violencia colombiana no esté fuera de sus poemas, su tono irónico
e incluso sarcástico, crea otra visión de esa misma realidad. Jotamario, como ningún
otro poeta nadaísta, sabe mezclar con alta precisión lo lírico y lo conversacional.
Darío Lemos, poeta de vida trágica y muy controvertida, y quien fue uno de los
participantes en el famoso sacrilegio nadaísta a la catedral sagrada de Medellín,
es tal vez el poeta que mejor representa al poeta maldito, de tradición baudeleriana,
en la poesía colombiana hasta la llegada de Raúl Gómez Jattin, años después.
Como se puede ver, hablar de una sola estética nadaísta es caer en un profundo
error. Error que sirvió para que los comentaristas de poesía al finalizar la década
del 60 y comienzos del 70, pudieran saltar sin ambages por encima de la presencia
del nadaísmo y reinaugurar la poesía colombiana adhiriéndola a los poetas de las
generaciones anteriores. Sin embargo, todos ellos, y debo citar aquí a poetas como
Juan Gustavo Cobo Borda, María Mercedes Carranza, Darío Jaramillo, etc., se nutrieron
del nadaísmo. Otros poetas, valga el caso de José Manuel Arango, Giovanni Quessep
y Jaime García Maffla, se entroncan con una tradición diferente, que viene en parte
de la poesía italiana y europea en los dos primeros, y de la poesía del Siglo de
Oro español en el último, pero reciben esta libertad de acción, es decir, quedan
libres de la pesada tradición poética colombiana, gracias a los puentes que había
levantado y quemado el nadaísmo.
Cuando conocí a Álvaro Mutis en México en 1972 descubrí que odiaba el nadaísmo
sin conocer mayormente la obra de los poetas nadaístas. Se la hice conocer y su
actitud cambió radicalmente. Mutis comprendió de inmediato la importancia de este
movimiento, y el craso error que habían cometido los comentaristas de poesía en
Colombia, ya en ese entonces, al negar su valor. Debo recordar aquí que el último
número de Mito, la importante revista
literaria colombiana de la década del 50, está dedicado al nadaísmo, y que la muerte
prematura de Jorge Gaitán Durán, director de esta publicación, fue un golpe no sólo
para la literatura colombiana y latinoamericana en general, sino para el movimiento
nadaísta, que veía en él (yo entre ellos) a un poeta y a un activista literario
fundamental para nuestra generación, ya que a partir de este número se iba a establecer
un diálogo creativo crítico muy intenso entre él y los poetas nadaístas. Álvaro
Mutis me dijo un día que su muerte había sido lo peor que le había pasado al nadaísmo.
Gracias a Jotamario, quien heredó tanto la valentía como la imaginación de Gonzalo
Arango para mantener vivo el aliento nadaísta, el nadaísmo es el movimiento de carácter
intelectual surgido en América Latina que más se ha prolongado en el tiempo. 50
años de constante actividad dicen de un espíritu indomable, con una capacidad de
metamorfosis para mantenerse joven y beligerante. Con la desventaja triste de que
muchos de los integrantes nadaístas han muerto, Jotamario ha sabido conservar el
grito primigenio revolucionario del nadaísmo. Tanto que me atrevo a pensar que si
Gonzalo Arango estuviera vivo hoy en día, el nadaísmo ya sería pasto de los archivos
literarios. Esto por supuesto sería preferible para los nadaístas, que nunca dejarán
de lamentar la absurda y temprana muerte del “profeta” como lo llamaban.
Ahora bien, no vale la pena hacer una revolución si, como Saturno, no está dispuesta
a devorar a sus hijos. No sólo basta darles duro y con un palo a la cabeza a los
mayores. He ahí el problema del nadaísmo: al triunfar como rebeldía inauguró una
reacción, otorgándole a la poesía colombiana la libertad para hacerse más conservadora,
incluso de lo que fueron algunos predecesores del nadaísmo, entre los que podríamos
incluir a Porfirio Barba Jacob o a León de Greiff. Gracias a su fervoroso escepticismo
y a una necesidad de quedar en buena posición en los nichos de la poesía colombiana,
los nadaístas permiten que se vuelva a repetir, incluso con mayor control y dominio,
la hegemonía cultural centrista del país. Esta es la coyuntura que aprovechan algunos
poetas para tomar el poder cultural desde las posiciones políticas de las instituciones
culturales y gubernamentales.
¿Fue y es el nadaísmo un movimiento revolucionario? Sí
y no, podemos responder, sin temor a errar la respuesta, debido a que el nadaísmo
incluye en su mismo núcleo revolución y reacción. Si esto es así, y es más, si consideramos
como antes he dejado claro que el nadaísmo no es esencialmente una escuela o movimiento
literario, entonces mi demanda de acción polémica no es válida, ya que no hay derecho
a pedirle al nadaísmo la responsabilidad de vigilar la buena salud de la literatura
en Colombia. Por eso el nadaísmo es lo que es cuando está contra sí mismo, cuando
siendo deja de ser. Quizás por esto que la abuela de Jotamario le dijo una vez al
poeta: “Si el nadaísmo fuera algo bueno, ya
lo habrían inventado en mi tiempo”.
Pensar el nadaísmo implica un salto al vacío más allá del
orden y la razón convencional, implica estar al otro lado del armatoste de la cultura.
Definitivamente, así pasen 50 años, el nadaísmo sigue siendo “una cosa abominable”.
ARMANDO ROMERO (Colombia, 1944). Poeta, narrador y crítico literario. Perteneció al grupo inicial del nadaísmo, movimiento vanguardista literario de la década del 60 en Colombia. Doctorado en Pittsburgh, actualmente vive en Estados Unidos, donde es profesor de la Universidad de Cincinnati. Ha publicado numerosos libros de poesía, narrativa y ensayo. En 2008 recibió el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Atenas, Grecia. Algunos de sus libros son El poeta de vidrio (1979), Del aire a la mano (1979), Las palabras están en situación (1985, estudio de la poesía colombiana de los años 40 y 50), El nadaísmo o la búsqueda de una vanguardia perdida (1988), Las combinaciones de vidas (1989), Gente de pluma (1989, ensayos), Cuatro líneas (2002), De noche al sol (2004), Una gravedad alegre (2007, antología de poesía latinoamericana), Antología del nadaísmo (2009), Amanece aquella oscuridad (2012) y El color del Egeo (2016). Su obra poética ha sido traducida a varios idiomas y sus libros han sido publicados en países como Argentina, Bulgaria, España, Francia, Grecia e Italia.
PAULO SAYEG (Brasil, 1960). Desenhista, essencialmente desenhista. Este
amável artista, humaníssimo, que se diz suscinto ao falar, é possuidor –
justamente por se deixar possuir – de um vastíssimo horizonte de traços e
imagens. Paulo é também pintor
e programador visual brasileiro. Ao longo de sua trajetória, atuou nas áreas de
artes plásticas, publicidade, ilustração, desenho animado e direção de arte.
Realizou diversas exposições individuais e coletivas no Brasil e no exterior,
destacando-se por uma produção marcada pelo expressionismo, pelo gestualismo e
pela forte presença figurativa. Em 1987, recebeu o prêmio de Melhor Desenhista
concedido pela Associação Paulista de Críticos de Arte (APCA). Artista convidado
da presente edição de Agulha Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
CODINOME ABRAXAS # 12 – LA OTRA (MÉXICO)
Artista convidado: Paulo Sayeg (Brasil, 1960)
Editores:
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