FLORIANO MARTINS
Teatro imposible, el nuevo
libro del poeta brasilero Floriano Martins, nos revela una deslumbrante manera
de acercarse a la poesía. Se explora aquí el sentido de un lenguaje que no
agota los modos de representar los temas y motivos que forman ese espacio único
donde cada texto funde una nueva imagen del cuerpo, del amor y el deseo, de la
vida y la muerte. Floriano Martins ha inventado su estilo y su modo de
describir la realidad, ésa que imagina o vive en un lenguaje de novedosa
frescura y singular belleza. Como quien mira objetivamente, el poeta se sitúa
en múltiples escenarios de un universo que se le presenta como un gran teatro.
Desde allí, su palabra va fundando un paisaje de imágenes que proyectan todos
los ámbitos de la vida, desde el amor filial que encarna un sentido desafiante
de la muerte, hasta las vivencias del amor carnal en su más desgarradora
intensidad.
Esta edición recoge algunos de
los libros anteriores del poeta, juntamente con poemas que permanecían inéditos
hasta el presente. En la nota de introducción, se define la naturaleza y el
modo en que han sido estructurados y distribuidos estos poemas. Para beneficio
del lector, el poeta mismo hace un señalamiento del trasfondo, el orden y la
secuencia que rigen estas composiciones. Al agruparlas, el poeta partió de una
nueva idea que rompe con el concepto que generalmente tenemos de una antología,
ese que a través del tiempo nos muestra la trayectoria, niveles y matices de la
obra de un autor. En este caso, no es la confección del libro como tal la que
el poeta enfatiza sino el asunto, el contenido y los planos que se representan
en la configuración de los textos. Se trata pues, de acuerdo a la intención del
poeta, de crear “una nueva formulación de libro, montado a partir de una
perspectiva que abarca tanto lo poético como lo plástico. Se encuentran tejidos
aquí tres paneles a la manera de una trama pictórica. Cada uno de ellos, a su
vez, remite a otro tríptico, de modo tal que no se cierran en sí mismos sino
que se expanden, como pequeños actos o piezas que van pasando de una forma a
otra en su prolongación”. Las pinturas y dibujos que usualmente ilustran la
poesía de Martins no aparecen en esta antología por razones de espacio pues
sabemos que la plástica, otra dimensión importante de su obra poética, haría de
esta antología una edición más voluminosa y, para fines de distribución, más
costosa.
En Teatro imposible confluyen y se superponen
imágenes que buscan darle un nuevo sentido al universo y a la vida. Quiero
decir, a una realidad que se transforma constantemente en la experiencia de una
escritura de distintos matices y situaciones. Si tomamos, por ejemplo, el título
del libro y buscamos una razón para unir ambos conceptos “teatro=imposible”,
nos colocarnos ante una idea que nos sugiere múltiples asociaciones, pues el
teatro requiere de un escenario físico y de un espectador. Pero en este caso la
poesía encarna una autonomía que le permite representar un escenario de
situaciones que se interrelacionan y trazan su propio sentido de la realidad.
Pienso, y es sólo una intuición, que el poeta busca acercarse al acto creativo
desde el punto de vista de las experiencias que definen y/o transforman el
destino humano. Por eso la poesía se convierte aquí en un acto de reflexión. Su
razón de ser encarna las relaciones que existen entre el amor y el desamor, la
vida y la muerte, el destino y la escritura misma en un espacio que se
fragmenta en una visión de múltiples interpretaciones. Los trece poemas que
componen Cenizas de Sol presentan diferentes personajes y
situaciones. Son, como la mayoría de los textos que forman este libro, poemas
en prosa cuya intensidad requiere un alto grado de concentración por parte del
lector: “El desafío de la creación nos reduce a lo inevitable”, nos dice en
este verso; y en otro: “Ando por las calles como si ardiese en una eterna
hoguera”. Y es que ese hablante poético encarna una experiencia punzante del
mundo, una experiencia que irrumpe como un río caudaloso hasta cubrir la vida y
la soledad del cuerpo. Estas vivencias y memorias se funden en un lenguaje que
nos muestra las cosas no ya como son, sino como las sentimos transformadas en
la poesía.
Los libros Sabias arenas y Tumultúmulos son
dos elegías donde el personaje poético se funde con la imagen de la madre y del
padre. Una reflexión que busca trascender el recuerdo de la muerte. En ambos
textos el dolor se expresa a través de un léxico que se caracteriza por la
intensidad de las imágenes, destacando la presencia evocada de los padres cono
si el destino de éstos fuera la voz que le devuelve un nuevo sentido a su vida
y a la poesía: “El dolor me conduce a tu reino”, dice en este verso y para luego
reiterar: “Madre / guardada en mí que me visitas. Sirvo a tus sombras”. La
poesía es también un lugar donde la memoria recobra su pasado. Un pasado que le
confiere a la vida una pesada carga de soledad y nostalgia: “Hemos sido sólo
caída y oscuridad corriente. Un mar de salmos. Porque no podemos con la áspera
desnudez de los lamentos”. Estas impresiones crean una atmósfera sombría y
dolorosa del vacío que siente el hablante ante la dimensión de la muerte y la
soledad. El próximo libro, Tumultúmulos, dedicado
a la memoria del padre también trata el tema de la muerte: la imagen del padre
se presenta como un símbolo central del poema: “Soy yo: el libro, las voces /
de tu memoria que agitan los secretos del silencio, / tus carnes devoradas por
el tiempo”. Y más adelante señala: “Desapareciste de la tierra días antes de
que naciera mi hija. / Desde entonces pude invocar tu nombre como el de un
insinuante misterio que me quema los vestidos del tiempo”. La identificación
con la muerte del padre crea un ambiente sombrío y nostálgico, como si la
presencia del hablante poético se deslizara por el escenario de un mundo
irracional. Su frágil condición humana refleja la dolorosa realidad de la
muerte: “Un juego de letras invoca nuestra perplejidad”, dice en este verso. Y
en la misma estrofa: “Padre, padre mío. / Oigo estallar tus murmullos. / Me
confiesan la casa herida, espirales de turbio aniquilamiento. / Un juego de
letras apenas insinúa remisión: verbo y elemento nos arrastran por salas de
reconocimiento”. Es como si la poesía misma descendiera a lugares desconocidos
buscando la palabra capaz de dilucidar el misterio inexorable de la muerte. Una
palabra que dé sentido y ordene su mundo físico: “Fui un mago y la magia
sorprendía en mí sus flores de cenizas”. Las “cenizas” como las “caídas” son
elementos simbólicos de esta poesía: “Fui un mago impotente frente al fuego”,
señala, pues sus fuerzas parecen agotarse frente a la angustiosa realidad de la
muerte. En ese plano el poeta busca penetrar el sentido de la vida o de las
circunstancias de su mundo real. Intenta trascender esa angustia que se
convierte en el punto de referencia de su propia historia y de un lenguaje en
el que reconoce cada uno de sus actos. Y es que la escritura misma se convierte
en un espejo de su interioridad: “La palabra es el único medio de tocar el
espíritu, cuando la llaga se instala en nuestras entrañas. Éste es un viejo
libro escrito muchas veces. El dolor disimula su llanto, no su conjuro”, nos
dice en estos versos. En otro texto se recrea otra visión en oposición a la
angustia y a las sombras de muerte: “Pájaros de fuego deletreando el equilibrio
de tu ausencia. / Una noche, padre, y tu sombra guardada por un rayo”. Y, por
ejemplo:
Mi padre envejecido junto al fuego,
árbol ya no oculto
en temblores.
Oh dulce tiniebla,
¿tu edad se extingue
para siempre? ¿Qué
oscuro cántico
aparta al hombre
del júbilo de su muerte?
La desolación ahora se
convierte en una imagen que impide apartar al hombre del camino al que está
predestinado. Parece que la muerte traza la secreta plenitud de un horizonte
vedado al conocimiento humano: “Vuelve a tu mundo imperfecto, padre. Debemos
odiar la moral de tu caída. El futuro que inventas, pero que te reniegas a
habitar. Rehúso ser tu intolerable referencia. Frente a la muerte, debo abrazar
el golpe de mi propio infortunio”. Estos poemas nos muestran ese aspecto
existencial de la vida donde “El hombre no resiste a la tiniebla de la memoria”
y reconoce que “estamos cercados de sombra”. De ahí el contacto siempre con la
muerte, esa realidad que cubre el último aliento de cada ser amado.
Los libros agrupados bajo el
subtítulo Estudios para un amor loco, presentan
diferentes enfoques. Extravío de la noche tiende,
por ejemplo, hace un erotismo descarnado, mezcla de luces y sombras, como si el
cuerpo humano fuera la piel de la escritura. Una escritura impregnada de un
amor que se consume a sí mismo como la llama de una vela que se extingue
lentamente. Ya de entrada nos inclinamos sobre la naturaleza de ese amor cuya
intensidad crece a través del texto:
Medito sobre tu
cuerpo
mientras se
extingue
una única vela
encendida.
Medito con
Píndaro: “Sueño
de una sombra el
hombre”,
Vestigios de mi
cuerpo
dentro del tuyo:
ballet
de sombras
imposibles
que se confunden
en escena
y penetran
mutuamente.
En ese cuerpo real se
transparenta también la forma donde se incorporan los elementos que definen la
estructura del poema: “las sombras”, “el vacío”, “la caída”, “los gestos”, “las
velas”, “los espejos” y “los sueños”, todos orientando el sentido del mismo:
“El espejo todavía está allí, mientras gozamos. Sudores emanan de las páginas
de un libro leído al revés en la piel del espejo” dice en estos versos,
personificando las acciones de una escritura que copia los gestos y los atributos
físicos del hablante: “Actuamos con palabras, y caemos en una trampa / cuando
no las apreciamos por encima de todo”. Y en otros dice: “…las sombras somos
nosotros, el amor que sentimos uno por el otro, el mundo se resume en una
declaración de amor…”. Pues en Floriano Martins el amor y la poesía asumen una
relación de múltiples máscaras en el sentido figurado de la palabra. Por
ejemplo, el sentido que la palabra asume, se intensifica y expande en la imagen
poética. Esa misma relación proyecta la imagen de la caída como un acto que
reconstruye los elementos de su propia realidad. Esto lo notamos en el
frecuente empleo de sustantivos que generan una visión surrealista de la vida y
del tiempo: “El futuro es sólo una caída de imagen”, dice en este verso; “Estamos
cayendo de la nada”, enfatiza en este otro. Y es que la experiencia de la caída
encarna también una imagen simbólica del amor en un cuerpo que enfoca su propia
destrucción y que genera, a la vez, una concepción de la vida y del mundo. El
poema termina enlazando los últimos versos con los primeros, dándole así un
sentido circular.
El amor se convierte en una
forma de conocimiento que si bien genera placer, también ve en la imagen de la
“caída” la fatalidad que consume los cuerpos. De ahí, nace una zona oscura
llena de interrogaciones y respuestas que parecen estrellarse contra el vacío:
“Los amores exponen su desnudez bajo la luz del tiempo, / afilan sus páginas
con un indestructible ardor, nadie puede juzgar o condenar el amor…”, dice el
hablante. Y en otro verso: “Mi amor es el centro de todo el mundo, / es la
única claridad posible.”, o, por ejemplo: “¡Qué se haga absoluta la tormenta
del amor!”.
Lozna y Barbus, conforman un
tipo de personaje andrógino, y parecen proyectarse también como metáforas de un
escenario irreal, figuras representativas de un amor que se desvanece en la
imagen misma de “la caída”. Ambos se sitúan en los extremos de un erotismo que
sólo existe como la reflexión de una idea poética. Oigámoslos:
BARBUS — Sólo al tocar tu
ausencia: Innumerable: la noche engendra su inextinguible resplandor, sol de
los santos, raíz del fuego. La destrucción de sus cuerpos siembra en la memoria
una ciudad de imágenes indescifrables.
LOZNA — Sin la perfección de tu olvido
nada en mí ha podido morir bastante. Tu memoria es una violación de mis
residuos más secretos. Una oscura trama del tiempo para que no se vaya del todo
la materia de sus letras.
[…]
¿Qué vas a
escribir, poeta, acerca del osario de las pérdidas del lenguaje?
¿Quién sino Lozna
podría amarme contra la supuesta riqueza de los sentidos?
Solamente en la
poesía es posible encontrar algo de nosotros […]
Si bien es cierto que Lozna y
Barbus encarnan una especie de cuestionamiento del amor y la vida, ese
cuestionamiento no exige de ningún modo esclarecer los conflictos de la razón
misma de ese amor o de la muerte: “No quiere Lozna que Barbus haga tantas
preguntas.”, dice el hablante. Pues esas preguntas son, además, un modo
punzante de indagar zonas que nos abisman en una dolorosa realidad de la
existencia. La “caída” sirve aquí como un recurso lingüístico para desarrollar
todo un pensamiento reflexivo no sólo del acto amoroso, sino también del
lenguaje poético, y de lo que significa estar poseído por el amor: “El amor es
una partija que acaricia los cuerpos / en su perplejidad de esplendores / una
ciudad desnuda / de regresos, / una ráfaga de las cicatrices de la palabra.”
señala en estos versos. Y es que el amor y la muerte se emparejan, son una
fuerza inexorable que traza el destino de los amantes. En ese amor se
trasparenta también la identidad de un hablante herido por las “caídas”, y las
experiencias y sentimientos que lo agobian. Este es un escenario donde las
criaturas amorosas (Lozna y Barbus) discurren sobre la pasión que los consume.
DAVID CORTÉS CABÁN (Puerto Rico, 1952). Reside en Nueva York, Estados Unidos. Posee una Maestría en Literatura Española e Hispanoamericana de The City College of New York. Fue maestro en las Escuelas Públicas de Nueva York y profesor adjunto del Departamento de Lenguas Modernas de Hostos Community College de la City University of New York (Cuny). Ha publicado los poemarios Poemas y otros silencios (Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1981), Al final de las palabras (Nueva Jersey, Editorial Slusa, 1985), Una hora antes (Madrid, Editorial Playor, 1991), El libro de los regresos (Madrid, Editorial Verbum, 1999), Ritual de pájaros: antología personal (con prólogo de Ramón Palomares y Eugenio Montejo; Mérida, Venezuela, 2004), Islas (Caracas, Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2011) y Lugar sin fin (Ciudad de México, Colección Temblor de Cielo, La Otra, 2017).
PAULO SAYEG (Brasil, 1960). Desenhista, essencialmente desenhista. Este
amável artista, humaníssimo, que se diz suscinto ao falar, é possuidor –
justamente por se deixar possuir – de um vastíssimo horizonte de traços e
imagens. Paulo é também pintor e programador visual brasileiro. Ao
longo de sua trajetória, atuou nas áreas de artes plásticas, publicidade,
ilustração, desenho animado e direção de arte. Realizou diversas exposições
individuais e coletivas no Brasil e no exterior, destacando-se por uma produção
marcada pelo expressionismo, pelo gestualismo e pela forte presença figurativa.
Em 1987, recebeu o prêmio de Melhor Desenhista concedido pela Associação
Paulista de Críticos de Arte (APCA). Artista convidado da presente edição de Agulha
Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
CODINOME ABRAXAS # 12 – LA OTRA (MÉXICO)
Artista convidado: Paulo Sayeg (Brasil, 1960)
Editores:
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