Importa que el autor cite de Jorge Luis Borges la sentencia. “El idioma
es un ordenamiento eficaz de esa enigmática
abundancia del mundo”. En su creación poética-narrativa David antepone a lo
recomendado por Borges la captura de esas aves fugaces, las ideas, para a continuación proceder al ordenamiento y finalmente procesar la aludida abundancia del mundo mediante la aplicación de fórmulas propias.
David Cortés Cabán es maestro de la elusión al narrar mediante una
estructura que a ratos nos parece una pompa de jabón deslumbrante a la vista,
pero al aprehender el signo preciso del concepto, deviene en algo más difícil
de deslindar aun cuando nos hallásemos en la aureola de una historia de amor al
parecer simple. Porque el poeta es un enamorado del amor, antes que del
objetivo que pueda motivar tal sentimiento.
Entre el poema en prosa y el minicuento
Si David Cortés Cabán intentó escribir un poema, el Destino, Juez Superior de un
Tribual Supremo Metafísico, interventor en un certamen impuesto por la
Escritura lírica, interviene para que misterio fluctúe a sus anchas y aprehenda
al lector en una red de formulismos desbocados.
¿Cuento? Lo es por la trama.
¿Poema en prosa? Por la subjetividad del misterio onírico que lo
emparenta a la escuela suprarrealista, en la plástica al De Chirico de las
calles deshabitadas, solitarias, creando espacios que por lo
vacíos tienen presencia en el ánimo del espectador. Así también se asemeja al
futurismo.
No hay modo de atrapar esta narración entre los hilos de los cánones
preconcebidos porque David precisó crear un instante de misterio ilógico antes
que escribir un poema al modo tradicional acostumbrado.
El “Problema de perspectiva”, por ejemplo, lo es en tanto perspectiva no sea entendida como “punto de vista”, equivalente a “opinión
personal”. Su visión ha trascendido a la metafísica de las percepciones
ilógicas intuidas más que a las imaginables. El poema-en prosa-minicuento-relato es uno de los mejores logrados de este género mixto al romper
los esquemas de la literatura convencional. Por eso es válida la propuesta con
la cual el poeta abre el corpus del libro, y a su vez el poema inicial del
mismo, como si pretendiera dar la clave de su
escritura total y alertarnos de cómo debemos enfrentar su lectura: ¿Entonces este poema es un desorden?
Sí, el poema es un desorden perfectamente ordenado. En eso constituye la
poética aplicable al libro en su totalidad. Pero,
¡cuidado! Un desorden perfectamente ordenado no constituye sinsentido de clase alguna. Estamos dispuestos y listos
a enfrentar una poética distinta, mediante la cual el autor rompe con los
esquemas de escritura. En vano buscaremos en esta prosa poética reflejos de
Walt Whitman o de Baudelaire —obviando lo ya dicho del
poema en prosa—; a Cortés Cabán le nace la poesía del imperioso mandato de
capturar lo efímero —oficio habitual de la poesía, pero en este caso “con
preme-ditación y alevosía”, como se dice en leguaje jurídico— y ocultar lo evidente, pues detrás del velo
tendido por el poeta está “el cuerpo del delito”. Veremos adelante los procesos
de encubrimiento de los cuales se vale el poeta.
Cuando enfrentamos el poema “¿Has escuchado la leve brisa?”, segundo del libro, el título nos mueve
a reflexión. Generalmente se formula esta pregunta cuando alguien
se halla en estado de confinamiento, en el interior de una casa en medio de un
estado atmosférico y la clausura obsede a tal grado de mover la vista al
inquirir a un real o imaginario compañero, o preguntarse a sí mismo, si ha
escuchado esa levedad susurrante, cuando la brisa parece silbar una melodía
inédita al rozar las hojas de los árboles o penetrar por entre los intersticios
de las maderas del hogar. Sensaciones. ¿Percep-ciones? Captura de lo efímero.
En provocarlas y atraparlas es David diestro. Aquí
han sido presas, entre las redes abiertas de su poesía.
Se produce además la reflexión sobre el estado anímico
cuando los elementos de la naturaleza le prestan sentidos a la ausencia de un
sentimiento ignoto —de un amor perdido, pre-sentido, ideado— concebido en el ideal de la
poesía. Amor que crea ilusiones, abre las alas, alza el vuelo y se eleva en travesía ascendente hacia lo infinito.
Es título de significados varios “Voces que no tienen edad” por hallarse el poeta desnudando al tiempo —temo decir frente a la Eternidad—, y hasta invita a una travesía intemporal ante la cual debe irse
equipado de una piel distinta a lo cotidiano, con sólo enfrentar este epígrafe.
Concurre al poema una enumeración que puede dar origen a una
serie de historias, pues cada uno de estos temas debería ser desarrollado de
modo independiente. Asuntos como el peso de la soledad, metáfora vuelta realidad en las percepciones del poeta; la paradoja
implícita al concebir que los árboles se vacían de los árboles; El gorrión se aleja, su garganta llena el vacío; La imagen también se desvanece, como si la percepción estuviese hecha de vapor o de distantes nubes
listas a desvanecerse; y así otras que siendo absurdas a la lógica de la física realista
da sentido de arte y permanencia a la creación poética.
El poema promueve la creación de una atmósfera de cinetismo fugaz,
instantáneo, donde la entidad perceptiva no halla estabilidad externa ni en su
interior. Podrán ser físicas las entidades nombradas, pero lo de importancia
mayor es la ausencia de paz para el espíritu. El poeta ve, nombra y captura los
quehaceres de los demás girando en torno suyo, pero no se halla a sí mismo. La
incertidumbre prevalece en este examen psíquico en que se inmerge el poeta. Me canso de caminar y sigo sin comprender. Quiero regresar y no sé a dónde. Esta falta de objetivos es lo característico en este devenir del ser
en medio del caos espiritual… ¿en el poeta? No sólo de él. De todo aquel que
viva la angustia existencial, a la cual se le podría nombrar
mediante un cliché que no está dispuesto a pasar de moda: mal del siglo. O de todos los tiempos. Porque siempre
habrá personas inconformes, sobre todo aquellos poetas y pensadores que traen
por misión tomarle el pulso a la vida y ser intérpretes de su tiempo. Entre
ellos David Cortés Cabán figura con supremo derecho.
Ante el negativismo implícito en la sentencia del poeta —y sentencia es
aquí equivalente a imposición judicial— mi conciencia se rebela, viéndome en la
urgencia de ripostar mediante esta alternativa: ¿Nos merecemos la luz? La forma interrogativa deja abierta una posibilidad de enmendar los
designios de un destino concebido dictatorial de antemano. Lo curioso, por
exagerado, es que en el original, en un poema constituido por un párrafo
relativamente breve, el poeta utilice el vocablo Luz en 17 ocasiones. Si las reiteraciones pretenden establecer en el
rostro la luminosidad del no creyente, sus excesos son factibles, aun cuando se
hiera de muerte a la Estética. Lo peligroso es el tono
imperativo adoptado por el autor, como lo haría un ministro de Dios desde un
púlpito: Apóyate en la luz. Aun así, las oraciones conclusivas de este poema alcanzan un sentido
ético-espiritual que no debe ser perdido de vista. Frases como Cubre tus ojos para ver luz, cuya paradoja es elocuente; Algunos han estado en el fondo sin ella. La luz jamás se desvanece. Esas sentencias conllevan estados positivos de trascendencia humana; éstas, aun siendo metafóricas y relativas al
espíritu sus consecuencias, son físicas, además de mentales.
Indudablemente, David Cortés nos trasfiere constantemente de un plano
físico a una dimensión metafísica. Para acercarnos a las percepciones de sus
poemas en prosa se debe ir acostumbrando la percepción a definir sus medios. Voces dan por supuesto las captaciones del oído; en tanto Miro el paisaje implica ser la mirada el órgano mediante el cual se aprehende lo
observado tenido en perspectiva. Es “Miro el paisaje” brevísimo. Para acercarme
a su mensaje debo entrar en un diálogo con el poeta. El texto comienza: “La luz muestra tu
cuerpo”. Cortés Cabán se instala frente a la física de la materia, y aun siendo
real ver un cuerpo iluminado en lo físico podría adquirir otra dimensión si
dijese: La trasparencia muestra tu cuerpo. La luz iluminaría un cuerpo desnudo o vestido, ¿qué importaría?, en
tanto la transparencia incita a observar
cuidadosamente las formas tras las sedas por las que se desplazan las urgencias
de las pupilas.
De todos modos: la luz muestra tu cuerpo, constituye una captura óptica, pero hay parlamentos inscritos en otro
órgano de percepción: el oído: ¿Cuál es tu voz?, pregunta el poeta. Más adelante declara: Escucho el cántico de los pájaros… El mirar puede alcanzar dos dimensiones en tan breve poema: Miro el paisaje implica una percepción de óptica inmediata. Pero cuando expresa: Estoy viendo pasar la vida y no sé interpretar lo que veo, la expresión alcanza un estado metafísico, el cual debe ser valorado
a la luz de los sentimientos, y tal vez desde una dimensión espiritual afín a las religiones de la tierra.
La doble dimensión de las identidades escindidas se ofrece en el poema
“La escena”. Al definir el poema de tal modo el autor implica un teatro,
pero en el creado por David actor y personaje dialogan para obtener de su
contraposición un sentido filosófico, algo distinto y a su vez opuesto a leer
por el placer de exquisito gusto. Al parecer, el
actor no sabe cuál es su papel en el tablado, por tanto inquiere: ¿Cuál es la escena? ¿Qué es lo útil? Y a partir de aquí ocurren las reflexiones del poeta transfiriendo su
mente a la del personaje, de modo tal que en escena se manifiestan dos
entidades, piénsese actores siendo dos dimensiones de la persona misma: el
autor-actor y su consciencia. De ahí que pueda
apostrofar en segunda persona: Te pierdes un instante y eres el mismo. Te sumerges en la primera sensación. No regresarás, le digo al otro.
Este juego de los dobles tiene un sentido más denso y
profundo que la simple representación. El escrito de David no es comedia.
Pudiera ser la tragedia humana sin implicar el drama físico-social-político en
que incurre el teatro común. Lo metafísico es lo evidente. La reflexión vital
se expresa en la metáfora: A esta misma hora debes estar cruzando el otro puente. Se refiere a la Edad, cuando el tiempo nos acerca a la curva
final de la Vida, por lo cual expresa: Es otoño y aún no es el fin. De sobra sabe alguien dedicado a la poesía que
la alusión al otoño se refiere a la edad madura del humano, etapa declinante,
en las vísperas del vuelo hacia el nunca más —algo así como el never more enunciado por el Cuervo de Edgar Allan Poe—, esto David lo sabe y de
otro modo lo percibe.
Generalmente se supone un puente etéreo entre la vida y la muerte, para
quienes viven la esperanza de un Más Allá. Por eso David medita: Antes de posar el pie sobre el puente el viento te arrastra hasta la
próxima impresión. Es importante que además de esa traslación mental-espiritual del
poeta, concluya su propuesta hablando de la próxima impresión. Impresión por no haber certeza de lo trascendental del viaje.
Impresión no implica el compromiso de la convicción. Cuanto tenemos es la
prédica de las cacofonías con las que emisarios de
la paz terrena llevan a los oídos de dóciles y fieles de espíritu, sin
cuestionarse si las hambres padecidas por los pueblos son por la falta del pan
de cada día o debido a la usurpación de las falanges poderosas. En fin, la
imagen desaparece. Se cierra el diálogo.
El texto “Mientras pasa la vida” enfrenta al lector a una preocupación
que lleva siglos de intensas meditaciones y el problema fundamental sigue
aún en pie, deviniendo por ge-neraciones de siglos sin hallar respuestas
plausibles y menos soluciones. Nos hallamos ante un planteamiento dispuesto a
abrir una “caja de Pandora”, donde el ser humano habrá de dejar escapar y a su
vez enfrentar todos los males posibles si quiere tomar posesión de sí. Pero el
peor de los dilemas es la aprehensión del tiempo que fugaz escapa a cada
segundo. De ahí que tenga importancia la forma en que David Cortés descorre la
cortina hacia este escenario. “La vida pasa”, es la
clave. La llave para dar acceso a lo que viene a continuación. La enumeración
en secuencia rápida muestra la maestría con la que el poeta se deshace de
cuanto fluctúa en ese devenir apresurado. Las voces, los gestos, los deseos,
las miradas, el amor, la soledad, el desamor, la vanidad, la dicha, las
palabras, los caminos baldíos, la juventud, la ansiedad, la metrópoli
inhóspita, lo concreto y lo abstracto enumerado por el autor, escapa como si
las ráfagas de un huracán dispersaran cuanto halla a su paso.
Cuanto somos y da sentido a la vida entra en un remolino y trastorna el sentido
de vivir.
Si este comienzo cataclísmico tiene un trascendental sentido, el autor
pasa luego a lo específico. El texto se con-vierte en un elogio al amor.
Alternan elementos concretos con estados ideales. La línea
conclusiva es certera: Es primavera y tu alma sigue errante bajo el leve misterio sin suspirar, pues mantiene al lector fluctuando en el doble plano: físico y
metafísico, uncido a un sentimiento primario y en el umbral de lo eterno.
Hay en la escritura de David Cortés la condensación de una filosofía
que, como en fórmula química, contiene un mundo de sentidos. “El anciano” es
uno de esos escritos a los cuales le basta seis líneas para guardar un tesoro
de pensamientos. Cuando el poeta-pensador escribe: El anciano llega hasta
donde es posible caminar”, no se refiere a una caminata en el espacio físico:
alude al término de la edad, cuando comprende y se pregunta si habrá futuro. El
ente se sabe vivir en soledad, y como si
estuviese recluido en un hospital puede reflexionar, por medio del poeta: Desde que partió el último visitante finge no estar solo. Y en medio de su soledad percibe a la muerte susurrarle: te amo desde la primera vez. Hallazgo extraordinario. Si se piensa que el ser humano comienza a
descontar desde su nacimiento los días de su existencia, sería absurdo seguir
cantando Cumpleaños feliz, cuando cada año que se cumple es uno menos a ser vivido en nuestro
período de estadía sobre la tierra. Esto David lo percibe al poner por escrito
tan segura sentencia. Ello nos hace recordar un decir popular: la muerte está sentada detrás de la oreja, implicando acompañarnos siempre. ¿La verdad? Se nace para morir. Cada acto del ser humano, me refiero a los hechos
conscientes no al subsistir para ganar el pan cotidiano, constituye una hilacha
que el viviente despierto le arranca al manto de la muerte. La vida del ser
humano es como el pasar del viento. Por eso el poeta se
vale de una metáfora al exponer: átame cuando me reconozcas, para significar ese devenir continuo imposible de
apresar su fluir ni contenerlo de ningún modo. ¡El reloj cuenta el tiempo, pero
no lo retiene! Y valido de ese mecanismo, súmese el calendario, el humano
cuenta sus minutos y los días de su existencia, sin poder evitar llegar al
termino otorgado por la Ley de Vida.
Cuando la poesía es reflexión, ¿para qué cortar versos y contar sílabas
en el fluir de un pensamiento que nos descubre sensaciones, sentimientos y
consideraciones de vida al par que las bellezas de una lírica distinta,
divorciada de la cacofonía de ismos sabidos y de los compases congelados en el
tiempo? David Cortés responde a esta verdad con intuición de
poeta, teniendo a mano y llevando en mente la vara mágica para tocar el idioma
y transformarlo en reflexión, antes que la “belleza” manoseada por tantos que
se solazan con rimados y cantarinos versos. Salomón, el David del “Llanto por Jonathan”, Tagore, Gibran, entre otros que escribieron versículos o prosa
poética, han dado lecciones de lo que es poesía —¡el espíritu de la Poesía!—
sin recurrir a la chanzoneta de la rima. Hoy David Cortés Cabán se inscribe en
esta acreditada tradición de poetas que saben
extraer la quintaesencia de lo bello además del zumo del pensamiento reflexivo
por medio de una prosa natural, sin rebuscamientos de estilo ni vanas
presunciones.
Lo difícil de aprehender es la Amada eterna, la Poesía verdadera, ese
Ideal a cuya falda desea acogerse el poeta y sólo puede
retener hilachas de la evanescente y transparente seda que cubre la huidiza
figura de su Amada.
Hay instancias, en que el poeta, David Cortés Cabán, se instala listo a
recibir la visita de la Amada, y le transcurre el tiempo, en tanto la
naturaleza se desborda en torno suyo. De lo físico exterior, el autor se
transporta a lo psíquico interno para reflexionar: Lo ocurrido en mi cabeza me llega desde afuera, cuando la lluvia cae
torrencialmente y sacude los árboles. El transcurrir en la exterioridad se vuelve, pues, un asunto de
reflexión; por eso se pregunta: “Qué significa torrencialmente cuando no sabemos nombrar y el alma corre buscándote, esperando ver
acontecer algo, que el yo regrese y diga hacia dónde ha ido”. En la evasión se
halla el sentido de la poesía. El nombrar cosas y estados físicos y psíquicos
son el pretexto. La búsqueda es lo que da sentido al poema “El alma en silencio”, y
de igual modo en otros poemas de Cortés Cabán. No nos preocupa si el poeta
divaga o realmente vaga, Esperando verte cruzar el puente del río Yangtsé, dichos exotismos podrán dirigir la mirada hacia distancias de tipo
turístico —si no se trata de soslayadas memorias—, lo de importancia son las
travesías internas desfilando por la psique del poeta.
En fin: estos poemas, ¿constituyen una memoria? Al menos una “crónica” del devenir cotidiano del reflexivo autor.
Tiene especial significado “La escena”, porque en este escrito David presenta la escena en doble plano: un poeta lee Hojas de hierba de Walt Whitman y un par de obreros trabajan en el patio,
aun cuando en un momento dado se intercambian los planos y es el poeta quien
deshierba y los obreros son los lectores del poema. ¡Raro escenario! En su
conclusión debo meter la mano para insertar un par de conceptos que el poeta no
tuvo el propósito de escribir. Cito: “Para no avergonzarlos yo sigo su
labor, recojo las hojas secas del patio mientras el viento
desprende un remolino de hojas rojas detrás de mis pasos. Pienso en árboles cuyas hojas son rojas previo a su desprendimiento, enrojecen el césped y sobre él se secan.”
Intromisión en el pensar del poeta, a riesgo de prosificar la poesía, de por sí
ya expresada en prosa.
Llegados a este término, al dar con un escrito cuyo título es “Poesía”,
debemos detenernos en él para sin recurrir a la paráfrasis acostumbrada del
crítico —de cualquier crítico— apropiarnos de lo que tiene que
decirnos David Cortés Cabán. No está demás decir: nos adjudicamos el derecho de
liberar el discurso de algún término que impida el fluir del pensamiento, como
cuando un editor se vale del bisturí intelectual para mutilar la criatura de su
original creador.
Cito, POESÍA:
Pequeño garfio penetra en mis huesos, huella de antílope en mis sueños ¿qué traes con la lluvia, que traes
con el relámpago? ¿Ves algo alrededor? La juventud, la postrera lumbre, el hombre
corre y corre sin regresar. ¿Cómo hacer cuando las palabras semejan grandes
montañas desoladas? La casa desvelada atraviesa la imagen de la montaña
verdosa, de la montaña cerca del jardín borroso. ¿Ves al
hombre bajar la escalera y perderse entre la multitud? ¿Qué dice el cántico
sobre el puente de cristal? ¿Qué expresan las palabras cuando no puedes más?
De interés es que David Cortés no haya pretendido escribir una poética,
como se sospecharía al leer el título, su fin pareció ser el de crear un poema,
no el dar una definición de ella. Y aunque parezca prosaica la
expresión “Pequeño garfio penetra en mis huesos”, la creación pudiera ser así,
torturante, inflexible, demandante de expresar penas y dolores antes que
solazarse en idealismos irrealizables. ¡Todo puede pasar!
Al arribar al poema “Cosas del corazón” hallé una frase de significado
poético superior, considerando que dicha expresión aplica a la perfección a toda la creación poética de Cortés Cabán: Laberinto de espejos daría título a mis refle-xiones al usurpar lo escrito por el
poeta y transcribirlo al mundo particular del intérprete a quien comúnmente
llaman “el crítico”. En “Cosas del corazón” la Enigmática acompaña al Poeta de
modo indisoluble. Ella y Yo, son inseparables en este libro de David Cortés. Aun
cuando la ambigüedad desvíe nuestro interés en hallar la Poesía como
compañera y mueva la sospecha de haber una amante encubierta —la malicia no es
buena compañera—, quienes participamos de un idealismo, sabemos si lo ideal
obsede a tal grado de personificar a entidades
materiales y de dimensión abstracta. Indudable, la Poesía es abstracción.
Poesía es entidad con identidad en sí misma. El poema, lo capturado en palabras
puesto en la plana de un papel y en las páginas de un libro, puede tener
presencia y dejarse acariciar por mirada libidinosa, pero la Poesía se salva de las
obscenidades del lector lujurioso. Sin embargo, Poesía se salva amparada en su
pureza. Trasciende al alma. Se eleva evanescente. Hablo de la Poesía
trascendental mediante la cual se eleva el Espíritu. A un
lado queda el poema social-materialista, elogio de pobrezas o demandante de
igualdad política y de justicia económica. El poema no es la Poesía. El poema
es la ropa, es disfraz. Poesía, si es aprehensible —no capturada, asida ni
enjaulada— se instala en ese estado que algunos llaman místico, si mística se
refiere a esa parte del Ser donde habitan las energías mentales de esa otra
dimensión del humano.
Tras lo dicho, ¿cómo hemos de enfrentar un poema que David ha titulado
“La razón”? En “La razón”, el poeta practica un desdoblamiento de identidades
dialogando entre sí al plantear asuntos de interés trascendental para
el humano. David se sitúa desde la perspectiva del Otro. “Ahora es mi turno, le
digo al cuerpo que vuela en el viento y me tiende sobre la hierba.” Los verbos, en este escrito, tienen un papel de
trascendencia, por las perspectivas que asumen los puntos de vista expresados:
le digo al cuerpo, implica el imperativo de una persona al ordenar a su propia
materia, el ser se vierte sobre sí en segunda persona; dijo una voz, nos transfiere a la tercera persona singular; “Es cierto”, pensé. Hay una vuelta al yo, esta vez interno en el ámbito de la reflexión.
“Es verdad”, dijo la voz. Vuelta a la tercera persona singular. Luego aparecerá el dije, de la primera persona, sentencioso. Lo cierto es que “La razón” es la
que “se devana los sesos” por medio de este diálogo entre entidades internas.
El poeta, maestro del desdoblamiento, triplica su ser en ese poema.
La voluntad de soñar es algo difícil, si no imposible de producir a
conciencia y propósito. El sueño llega involuntario, sin orden
expresa del soñante. A menos que en poeta sea “un soñador”, como suele decirse
cuando alguien anda perdido “por los quintos cielos”. Existe el “soñar
despierto”, un desear que algo ocurra en ese estado ideal forjado por el
pensamiento: ese sueño es deseo. Pero en el universo suprarrealista del poeta puede
traerse al primer plano el sueño, y es así como entra en juego el poema
“Estamos tratando de soñar”, escrito por Cortés Cabán. “Estamos tratando de
soñar, pero aun seguimos despiertos, le dije a la
muchacha del Jardín Botánico.” Este versículo constituye el ábrete sésamo, el fiat lux para penetrar a un universo surrealista y a su vez impresionista donde surgen como
personajes el Arte, dos Artistas y los Girasoles. Y así le escuchamos decir a
la ideal muchacha, interlocutora del poeta.
Ante ese contacto dando entrada al Jardín Botánico —de por sí ambiente
mágico y de variable colorido— debemos enfrentar el elemento de transición del
estado real al universo mágico del poeta:
“No es nada extraño. Ahora recojo un girasol, pero no veo que sea de Van Gogh”,
dijo ella. En medio de este mundo de transferencias de objetos y confusiones de
actos propios del surrealismo, el pensamiento del poeta se desplaza del tiempo actual a la infancia, en tanto Ella lo devuelve a realidad distinta,
suprarrealista y cambiante aún. “Una vaca está mirándome, no sé si será la
misma vista en mi niñez.” La imagen de “la vaca” le sirve a la muchacha para
precisar: “Debes estar soñando con Chagall”. Si
recuerdo bien, en un cuadro de Chagall había una vaca subida sobre un tejado. Y
esto me hace meditar: ¿se halla el poeta en un jardín botánico, o está
observando una exposición de pintura en un museo de arte moderno? Porque ambas
referencias “los girasoles de Van Gogh”, relativos al impresionismo pictórico, y
las vacas de Chagall, de factura surrealista, son referentes a las artes
plásticas dispuestas en un museo o en una galería. Y si a la realidad de las
vacas nos refiriésemos, estaríamos en un zoológico, no
así en un jardín botánico. No perdamos de vista que el poeta vivió mucho tiempo
en un área cercana al Jardín Botánico del Bronx neoyorkino, donde había una
sección zoológica para apreciar antílopes, leones y otras fieras allí
enjauladas. Por medio de esta realidad se justifican las transferencias
referenciales del zoo al Jardín Botánico.
Las alusiones a las obras estéticas enunciadas, de Van Gogh y Chagall, son pues
relaciones mediante las cuales los protagonistas se interrelaciones, se percibe
el tono amistoso, por no decir de broma, en que incurren Ella y Él. Ella y Él,
cierto. A lo largo de estos poemas en prosa
ambos seres se interrelacionan y se complementan dando origen al diálogo
continuo, implicando como diálogo también las reflexiones del Poeta. Pero,
recordemos: este diálogo se produce en la duermevela del autor, por tanto, es
dable concluir del modo en que finaliza su propuesta: “No es posible intervenir en
los sueños”, pronunció reflexiva. Es cierto —contesté—. “Además Van Gogh debe
estar ocupado entre sus girasoles”, adjudicó conclusiva. Como un envío
enigmático pronuncia: No siempre conseguimos lo que amamos. Aunque nos parezca distraída, o mejor abstraído, al contemplar o
atraer a la memoria las obras pictóricas de
dos reconocidos artistas, el poema es en sí una declaración de amor donde se
funden dos mundos estéticos en representación de Eros.
ERNESTO ÁLVAREZ (Puerto Rico, 1937). Pintor, grabador, poeta, cuentista, novelista y crítico. En 1960 comienza sus estudios en la Universidad Interamericana de Arecibo. Becado por la Universidad de Puerto Rico, se traslada a Río Piedras donde obtuvo su Bachillerato en Bellas Artes, en 1964. Entre sus maestros se encuentran John Balossi, Carlos Marichal, y Félix Bonilla Norat. Durante los años 1963 a 1969 fue supervisor del Taller de Artes Gráficas y director de la Galería, ambos en el Centro Universitario. Obtiene su maestría y doctorado en Literatura, en New York University. Además de una rica producción literaria en las áreas de ficción y poesía ha publicado trabajos de investigación en literatura y folklor puertorriqueño. Dirigió la Revista de Estudios Generales por 15 años. Es profesor jubilado de la Facultad de Estudios Generales, Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Ha expuesto su trabajo como artista en acrílico, grabados y dibujos en museos y galerías en Puerto Rico y Nueva York.
PAULO SAYEG (Brasil, 1960). Desenhista, essencialmente desenhista. Este
amável artista, humaníssimo, que se diz suscinto ao falar, é possuidor –
justamente por se deixar possuir – de um vastíssimo horizonte de traços e
imagens. Paulo é também pintor e programador visual
brasileiro. Ao longo de sua trajetória, atuou nas áreas de artes plásticas,
publicidade, ilustração, desenho animado e direção de arte. Realizou diversas
exposições individuais e coletivas no Brasil e no exterior, destacando-se por
uma produção marcada pelo expressionismo, pelo gestualismo e pela forte
presença figurativa. Em 1987, recebeu o prêmio de Melhor Desenhista concedido
pela Associação Paulista de Críticos de Arte (APCA). Artista convidado da
presente edição de Agulha Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
CODINOME ABRAXAS # 12 – LA OTRA (MÉXICO)
Artista convidado: Paulo Sayeg (Brasil, 1960)
Editores:
Floriano Martins | floriano.agulha@gmail.com
Elys Regina Zils | elysre@gmail.com
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∞ contatos
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FLORIANO MARTINS | floriano.agulha@gmail.com
ELYS REGINA ZILS | elysre@gmail.com










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