sexta-feira, 8 de maio de 2026

ERNESTO ÁLVAREZ | Laberinto de espejos, la poesía de David Cortés Cabán

 


El laberinto de espejos propuesto conlleva una visión de los modos de expresar poéticamente David Cortés Cabán sus sentires, impresiones, captaciones y observación de las realidades patentes en los ambientes por los que transita a veces se materia —calles de una metrópoli que con ser real se vuelve mítica en sus versos— y las más en la interioridad de una psique activa, en constante actividad mental, bien para describir los ambientes que se le manifiestan o para internarse en mundos de meditación transformando lo percibido en poesía fehaciente y creación en movimiento donde el poeta captura el continuo del devenir constante.

Importa que el autor cite de Jorge Luis Borges la sentencia. “El idioma es un ordenamiento eficaz de esa enigmática abundancia del mundo”. En su creación poética-narrativa David antepone a lo recomendado por Borges la captura de esas aves fugaces, las ideas, para a continuación proceder al ordenamiento y finalmente procesar la aludida abundancia del mundo mediante la aplicación de fórmulas propias.

David Cortés Cabán es maestro de la elusión al narrar mediante una estructura que a ratos nos parece una pompa de jabón deslumbrante a la vista, pero al aprehender el signo preciso del concepto, deviene en algo más difícil de deslindar aun cuando nos hallásemos en la aureola de una historia de amor al parecer simple. Porque el poeta es un enamorado del amor, antes que del objetivo que pueda motivar tal sentimiento.

 

Entre el poema en prosa y el minicuento

Si David Cortés Cabán intentó escribir un poema, el Destino, Juez Superior de un Tribual Supremo Metafísico, interventor en un certamen impuesto por la Escritura lírica, interviene para que misterio fluctúe a sus anchas y aprehenda al lector en una red de formulismos desbocados.

¿Cuento? Lo es por la trama.

¿Poema en prosa? Por la subjetividad del misterio onírico que lo emparenta a la escuela suprarrealista, en la plástica al De Chirico de las calles deshabitadas, solitarias, creando espacios que por lo vacíos tienen presencia en el ánimo del espectador. Así también se asemeja al futurismo.

No hay modo de atrapar esta narración entre los hilos de los cánones preconcebidos porque David precisó crear un instante de misterio ilógico antes que escribir un poema al modo tradicional acostumbrado.

El “Problema de perspectiva”, por ejemplo, lo es en tanto perspectiva no sea entendida como “punto de vista”, equivalente a “opinión personal”. Su visión ha trascendido a la metafísica de las percepciones ilógicas intuidas más que a las imaginables. El poema-en prosa-minicuento-relato es uno de los mejores logrados de este género mixto al romper los esquemas de la literatura convencional. Por eso es válida la propuesta con la cual el poeta abre el corpus del libro, y a su vez el poema inicial del mismo, como si pretendiera dar la clave de su escritura total y alertarnos de cómo debemos enfrentar su lectura: ¿Entonces este poema es un desorden?

Sí, el poema es un desorden perfectamente ordenado. En eso constituye la poética aplicable al libro en su totalidad. Pero, ¡cuidado! Un desorden perfectamente ordenado no constituye sinsentido de clase alguna. Estamos dispuestos y listos a enfrentar una poética distinta, mediante la cual el autor rompe con los esquemas de escritura. En vano buscaremos en esta prosa poética reflejos de Walt Whitman o de Baudelaire —obviando lo ya dicho del poema en prosa—; a Cortés Cabán le nace la poesía del imperioso mandato de capturar lo efímero —oficio habitual de la poesía, pero en este caso “con preme-ditación y alevosía”, como se dice en leguaje jurídico y ocultar lo evidente, pues detrás del velo tendido por el poeta está “el cuerpo del delito”. Veremos adelante los procesos de encubrimiento de los cuales se vale el poeta.

Cuando enfrentamos el poema “¿Has escuchado la leve brisa?”, segundo del libro, el título nos mueve a reflexión. Generalmente se formula esta pregunta cuando alguien se halla en estado de confinamiento, en el interior de una casa en medio de un estado atmosférico y la clausura obsede a tal grado de mover la vista al inquirir a un real o imaginario compañero, o preguntarse a sí mismo, si ha escuchado esa levedad susurrante, cuando la brisa parece silbar una melodía inédita al rozar las hojas de los árboles o penetrar por entre los intersticios de las maderas del hogar. Sensaciones. ¿Percep-ciones? Captura de lo efímero. En provocarlas y atraparlas es David diestro. Aquí han sido presas, entre las redes abiertas de su poesía.

Se produce además la reflexión sobre el estado anímico cuando los elementos de la naturaleza le prestan sentidos a la ausencia de un sentimiento ignoto de un amor perdido, pre-sentido, ideado— concebido en el ideal de la poesía. Amor que crea ilusiones, abre las alas, alza el vuelo y se eleva en travesía ascendente hacia lo infinito.

Es título de significados varios “Voces que no tienen edad” por hallarse el poeta desnudando al tiempo —temo decir frente a la Eternidad, y hasta invita a una travesía intemporal ante la cual debe irse equipado de una piel distinta a lo cotidiano, con sólo enfrentar este epígrafe. Concurre al poema una enumeración que puede dar origen a una serie de historias, pues cada uno de estos temas debería ser desarrollado de modo independiente. Asuntos como el peso de la soledad, metáfora vuelta realidad en las percepciones del poeta; la paradoja implícita al concebir que los árboles se vacían de los árboles; El gorrión se aleja, su garganta llena el vacío; La imagen también se desvanece, como si la percepción estuviese hecha de vapor o de distantes nubes listas a desvanecerse; y así otras que siendo absurdas a la lógica de la física realista da sentido de arte y permanencia a la creación poética.

El poema promueve la creación de una atmósfera de cinetismo fugaz, instantáneo, donde la entidad perceptiva no halla estabilidad externa ni en su interior. Podrán ser físicas las entidades nombradas, pero lo de importancia mayor es la ausencia de paz para el espíritu. El poeta ve, nombra y captura los quehaceres de los demás girando en torno suyo, pero no se halla a sí mismo. La incertidumbre prevalece en este examen psíquico en que se inmerge el poeta. Me canso de caminar y sigo sin comprender. Quiero regresar y no sé a dónde. Esta falta de objetivos es lo característico en este devenir del ser en medio del caos espiritual… ¿en el poeta? No sólo de él. De todo aquel que viva la angustia existencial, a la cual se le podría nombrar mediante un cliché que no está dispuesto a pasar de moda: mal del siglo. O de todos los tiempos. Porque siempre habrá personas inconformes, sobre todo aquellos poetas y pensadores que traen por misión tomarle el pulso a la vida y ser intérpretes de su tiempo. Entre ellos David Cortés Cabán figura con supremo derecho.


Luego de esa “Voces que no tienen edad”, debemos abordar un poema que estremece por la negación. El título original asignado por el poeta es “No merecemos la luz”. Por medio de la interrogante queda abierta una puerta hacia la meditación, antes que la autoritaria ordenanza privándonos del privilegio de ser iluminados.

Ante el negativismo implícito en la sentencia del poeta —y sentencia es aquí equivalente a imposición judicial— mi conciencia se rebela, viéndome en la urgencia de ripostar mediante esta alternativa: ¿Nos merecemos la luz? La forma interrogativa deja abierta una posibilidad de enmendar los designios de un destino concebido dictatorial de antemano. Lo curioso, por exagerado, es que en el original, en un poema constituido por un párrafo relativamente breve, el poeta utilice el vocablo Luz en 17 ocasiones. Si las reiteraciones pretenden establecer en el rostro la luminosidad del no creyente, sus excesos son factibles, aun cuando se hiera de muerte a la Estética. Lo peligroso es el tono imperativo adoptado por el autor, como lo haría un ministro de Dios desde un púlpito: Apóyate en la luz. Aun así, las oraciones conclusivas de este poema alcanzan un sentido ético-espiritual que no debe ser perdido de vista. Frases como Cubre tus ojos para ver luz, cuya paradoja es elocuente; Algunos han estado en el fondo sin ella. La luz jamás se desvanece. Esas sentencias conllevan estados positivos de trascendencia humana; éstas, aun siendo metafóricas y relativas al espíritu sus consecuencias, son físicas, además de mentales.

Indudablemente, David Cortés nos trasfiere constantemente de un plano físico a una dimensión metafísica. Para acercarnos a las percepciones de sus poemas en prosa se debe ir acostumbrando la percepción a definir sus medios. Voces dan por supuesto las captaciones del oído; en tanto Miro el paisaje implica ser la mirada el órgano mediante el cual se aprehende lo observado tenido en perspectiva. Es “Miro el paisaje” brevísimo. Para acercarme a su mensaje debo entrar en un diálogo con el poeta. El texto comienza: “La luz muestra tu cuerpo”. Cortés Cabán se instala frente a la física de la materia, y aun siendo real ver un cuerpo iluminado en lo físico podría adquirir otra dimensión si dijese: La trasparencia muestra tu cuerpo. La luz iluminaría un cuerpo desnudo o vestido, ¿qué importaría?, en tanto la transparencia incita a observar cuidadosamente las formas tras las sedas por las que se desplazan las urgencias de las pupilas.

De todos modos: la luz muestra tu cuerpo, constituye una captura óptica, pero hay parlamentos inscritos en otro órgano de percepción: el oído: ¿Cuál es tu voz?, pregunta el poeta. Más adelante declara: Escucho el cántico de los pájaros… El mirar puede alcanzar dos dimensiones en tan breve poema: Miro el paisaje implica una percepción de óptica inmediata. Pero cuando expresa: Estoy viendo pasar la vida y no sé interpretar lo que veo, la expresión alcanza un estado metafísico, el cual debe ser valorado a la luz de los sentimientos, y tal vez desde una dimensión espiritual afín a las religiones de la tierra.

La doble dimensión de las identidades escindidas se ofrece en el poema “La escena”. Al definir el poema de tal modo el autor implica un teatro, pero en el creado por David actor y personaje dialogan para obtener de su contraposición un sentido filosófico, algo distinto y a su vez opuesto a leer por el placer de exquisito gusto. Al parecer, el actor no sabe cuál es su papel en el tablado, por tanto inquiere: ¿Cuál es la escena? ¿Qué es lo útil? Y a partir de aquí ocurren las reflexiones del poeta transfiriendo su mente a la del personaje, de modo tal que en escena se manifiestan dos entidades, piénsese actores siendo dos dimensiones de la persona misma: el autor-actor y su consciencia. De ahí que pueda apostrofar en segunda persona: Te pierdes un instante y eres el mismo. Te sumerges en la primera sensación. No regresarás, le digo al otro.

Este juego de los dobles tiene un sentido más denso y profundo que la simple representación. El escrito de David no es comedia. Pudiera ser la tragedia humana sin implicar el drama físico-social-político en que incurre el teatro común. Lo metafísico es lo evidente. La reflexión vital se expresa en la metáfora: A esta misma hora debes estar cruzando el otro puente. Se refiere a la Edad, cuando el tiempo nos acerca a la curva final de la Vida, por lo cual expresa: Es otoño y aún no es el fin. De sobra sabe alguien dedicado a la poesía que la alusión al otoño se refiere a la edad madura del humano, etapa declinante, en las vísperas del vuelo hacia el nunca más algo así como el never more enunciado por el Cuervo de Edgar Allan Poe—, esto David lo sabe y de otro modo lo percibe.

Generalmente se supone un puente etéreo entre la vida y la muerte, para quienes viven la esperanza de un Más Allá. Por eso David medita: Antes de posar el pie sobre el puente el viento te arrastra hasta la próxima impresión. Es importante que además de esa traslación mental-espiritual del poeta, concluya su propuesta hablando de la próxima impresión. Impresión por no haber certeza de lo trascendental del viaje. Impresión no implica el compromiso de la convicción. Cuanto tenemos es la prédica de las cacofonías con las que emisarios de la paz terrena llevan a los oídos de dóciles y fieles de espíritu, sin cuestionarse si las hambres padecidas por los pueblos son por la falta del pan de cada día o debido a la usurpación de las falanges poderosas. En fin, la imagen desaparece. Se cierra el diálogo.


 La persuasión. Es la misión del poeta amar lo en apariencia irreal. Las realidades del espíritu son tan ciertas como lo material de este mundo. Lo extraño es hallar con cual sentido se perciben esas entidades, extrañas por ser abstractas, y más aún por ser aprehendidas por un sentido distinto de aquellos cinco utilizables para percibir las cosas materiales. Pero el Universo es más amplio. Eso desde hace mucho tiempo he planteado: hay tanto mundo en el interior del ser humano como galaxias hay en el universo. El problema consiste en haber organizaciones políticas, económicas y pseudo espirituales dispuestas a amputar esas capacidades de penetrar ese universo interno llamado mente y al detenérsele el proceso se suspende en hombre y mujer su crecimiento mental, siendo inducidos a ser pigmeos en este mundo de estructuras castrantes. “La persuasión”, poema de David Cortés, se halla ante el umbral de un gran descubrimiento. Confío en que el poeta se convierta en Perseo y penetre en el laberinto dispuesto a matar al minotauro que inhibe al humano el develar el misterio del ser que se halla al final del tortuoso túnel.

El texto “Mientras pasa la vida” enfrenta al lector a una preocupación que lleva siglos de intensas meditaciones y el problema fundamental sigue aún en pie, deviniendo por ge-neraciones de siglos sin hallar respuestas plausibles y menos soluciones. Nos hallamos ante un planteamiento dispuesto a abrir una “caja de Pandora”, donde el ser humano habrá de dejar escapar y a su vez enfrentar todos los males posibles si quiere tomar posesión de sí. Pero el peor de los dilemas es la aprehensión del tiempo que fugaz escapa a cada segundo. De ahí que tenga importancia la forma en que David Cortés descorre la cortina hacia este escenario. “La vida pasa”, es la clave. La llave para dar acceso a lo que viene a continuación. La enumeración en secuencia rápida muestra la maestría con la que el poeta se deshace de cuanto fluctúa en ese devenir apresurado. Las voces, los gestos, los deseos, las miradas, el amor, la soledad, el desamor, la vanidad, la dicha, las palabras, los caminos baldíos, la juventud, la ansiedad, la metrópoli inhóspita, lo concreto y lo abstracto enumerado por el autor, escapa como si las ráfagas de un huracán dispersaran cuanto halla a su paso. Cuanto somos y da sentido a la vida entra en un remolino y trastorna el sentido de vivir.

Si este comienzo cataclísmico tiene un trascendental sentido, el autor pasa luego a lo específico. El texto se con-vierte en un elogio al amor. Alternan elementos concretos con estados ideales. La línea conclusiva es certera: Es primavera y tu alma sigue errante bajo el leve misterio sin suspirar, pues mantiene al lector fluctuando en el doble plano: físico y metafísico, uncido a un sentimiento primario y en el umbral de lo eterno.

Hay en la escritura de David Cortés la condensación de una filosofía que, como en fórmula química, contiene un mundo de sentidos. “El anciano” es uno de esos escritos a los cuales le basta seis líneas para guardar un tesoro de pensamientos. Cuando el poeta-pensador escribe: El anciano llega hasta donde es posible caminar”, no se refiere a una caminata en el espacio físico: alude al término de la edad, cuando comprende y se pregunta si habrá futuro. El ente se sabe vivir en soledad, y como si estuviese recluido en un hospital puede reflexionar, por medio del poeta: Desde que partió el último visitante finge no estar solo. Y en medio de su soledad percibe a la muerte susurrarle: te amo desde la primera vez. Hallazgo extraordinario. Si se piensa que el ser humano comienza a descontar desde su nacimiento los días de su existencia, sería absurdo seguir cantando Cumpleaños feliz, cuando cada año que se cumple es uno menos a ser vivido en nuestro período de estadía sobre la tierra. Esto David lo percibe al poner por escrito tan segura sentencia. Ello nos hace recordar un decir popular: la muerte está sentada detrás de la oreja, implicando acompañarnos siempre. ¿La verdad? Se nace para morir. Cada acto del ser humano, me refiero a los hechos conscientes no al subsistir para ganar el pan cotidiano, constituye una hilacha que el viviente despierto le arranca al manto de la muerte. La vida del ser humano es como el pasar del viento. Por eso el poeta se vale de una metáfora al exponer: átame cuando me reconozcas, para significar ese devenir continuo imposible de apresar su fluir ni contenerlo de ningún modo. ¡El reloj cuenta el tiempo, pero no lo retiene! Y valido de ese mecanismo, súmese el calendario, el humano cuenta sus minutos y los días de su existencia, sin poder evitar llegar al termino otorgado por la Ley de Vida.

Cuando la poesía es reflexión, ¿para qué cortar versos y contar sílabas en el fluir de un pensamiento que nos descubre sensaciones, sentimientos y consideraciones de vida al par que las bellezas de una lírica distinta, divorciada de la cacofonía de ismos sabidos y de los compases congelados en el tiempo? David Cortés responde a esta verdad con intuición de poeta, teniendo a mano y llevando en mente la vara mágica para tocar el idioma y transformarlo en reflexión, antes que la “belleza” manoseada por tantos que se solazan con rimados y cantarinos versos. Salomón, el David del “Llanto por Jonathan”, Tagore, Gibran, entre otros que escribieron versículos o prosa poética, han dado lecciones de lo que es poesía —¡el espíritu de la Poesía!— sin recurrir a la chanzoneta de la rima. Hoy David Cortés Cabán se inscribe en esta acreditada tradición de poetas que saben extraer la quintaesencia de lo bello además del zumo del pensamiento reflexivo por medio de una prosa natural, sin rebuscamientos de estilo ni vanas presunciones.


La amada evanescente. En varios de los poemas escritos por David Cortés Cabán se percibe la búsqueda infinita. Necesariamente acude a la mente una Ella que la mente común, acostumbrada a asociar el pensamiento con el eros nuestro de cada día pierde de vista haber necesidades de mayor significado, con todo y ser el amor ideal un fin válido.

Lo difícil de aprehender es la Amada eterna, la Poesía verdadera, ese Ideal a cuya falda desea acogerse el poeta y sólo puede retener hilachas de la evanescente y transparente seda que cubre la huidiza figura de su Amada.

Hay instancias, en que el poeta, David Cortés Cabán, se instala listo a recibir la visita de la Amada, y le transcurre el tiempo, en tanto la naturaleza se desborda en torno suyo. De lo físico exterior, el autor se transporta a lo psíquico interno para reflexionar: Lo ocurrido en mi cabeza me llega desde afuera, cuando la lluvia cae torrencialmente y sacude los árboles. El transcurrir en la exterioridad se vuelve, pues, un asunto de reflexión; por eso se pregunta: “Qué significa torrencialmente cuando no sabemos nombrar y el alma corre buscándote, esperando ver acontecer algo, que el yo regrese y diga hacia dónde ha ido”. En la evasión se halla el sentido de la poesía. El nombrar cosas y estados físicos y psíquicos son el pretexto. La búsqueda es lo que da sentido al poema “El alma en silencio”, y de igual modo en otros poemas de Cortés Cabán. No nos preocupa si el poeta divaga o realmente vaga, Esperando verte cruzar el puente del río Yangtsé, dichos exotismos podrán dirigir la mirada hacia distancias de tipo turístico —si no se trata de soslayadas memorias—, lo de importancia son las travesías internas desfilando por la psique del poeta.

En fin: estos poemas, ¿constituyen una memoria? Al menos una “crónica” del devenir cotidiano del reflexivo autor.

Tiene especial significado “La escena”, porque en este escrito David presenta la escena en doble plano: un poeta lee Hojas de hierba de Walt Whitman y un par de obreros trabajan en el patio, aun cuando en un momento dado se intercambian los planos y es el poeta quien deshierba y los obreros son los lectores del poema. ¡Raro escenario! En su conclusión debo meter la mano para insertar un par de conceptos que el poeta no tuvo el propósito de escribir. Cito: “Para no avergonzarlos yo sigo su labor, recojo las hojas secas del patio mientras el viento desprende un remolino de hojas rojas detrás de mis pasos. Pienso en árboles cuyas hojas son rojas previo a su desprendimiento, enrojecen el césped y sobre él se secan.” Intromisión en el pensar del poeta, a riesgo de prosificar la poesía, de por sí ya expresada en prosa.

Llegados a este término, al dar con un escrito cuyo título es “Poesía”, debemos detenernos en él para sin recurrir a la paráfrasis acostumbrada del crítico —de cualquier crítico— apropiarnos de lo que tiene que decirnos David Cortés Cabán. No está demás decir: nos adjudicamos el derecho de liberar el discurso de algún término que impida el fluir del pensamiento, como cuando un editor se vale del bisturí intelectual para mutilar la criatura de su original creador.

Cito, POESÍA:

 

Pequeño garfio penetra en mis huesos, huella de antílope en mis sueños ¿qué traes con la lluvia, que traes con el relámpago? ¿Ves algo alrededor? La juventud, la postrera lumbre, el hombre corre y corre sin regresar. ¿Cómo hacer cuando las palabras semejan grandes montañas desoladas? La casa desvelada atraviesa la imagen de la montaña verdosa, de la montaña cerca del jardín borroso. ¿Ves al hombre bajar la escalera y perderse entre la multitud? ¿Qué dice el cántico sobre el puente de cristal? ¿Qué expresan las palabras cuando no puedes más?

 

De interés es que David Cortés no haya pretendido escribir una poética, como se sospecharía al leer el título, su fin pareció ser el de crear un poema, no el dar una definición de ella. Y aunque parezca prosaica la expresión “Pequeño garfio penetra en mis huesos”, la creación pudiera ser así, torturante, inflexible, demandante de expresar penas y dolores antes que solazarse en idealismos irrealizables. ¡Todo puede pasar!

Al arribar al poema “Cosas del corazón” hallé una frase de significado poético superior, considerando que dicha expresión aplica a la perfección a toda la creación poética de Cortés Cabán: Laberinto de espejos daría título a mis refle-xiones al usurpar lo escrito por el poeta y transcribirlo al mundo particular del intérprete a quien comúnmente llaman “el crítico”. En “Cosas del corazón” la Enigmática acompaña al Poeta de modo indisoluble. Ella y Yo, son inseparables en este libro de David Cortés. Aun cuando la ambigüedad desvíe nuestro interés en hallar la Poesía como compañera y mueva la sospecha de haber una amante encubierta —la malicia no es buena compañera—, quienes participamos de un idealismo, sabemos si lo ideal obsede a tal grado de personificar a entidades materiales y de dimensión abstracta. Indudable, la Poesía es abstracción. Poesía es entidad con identidad en sí misma. El poema, lo capturado en palabras puesto en la plana de un papel y en las páginas de un libro, puede tener presencia y dejarse acariciar por mirada libidinosa, pero la Poesía se salva de las obscenidades del lector lujurioso. Sin embargo, Poesía se salva amparada en su pureza. Trasciende al alma. Se eleva evanescente. Hablo de la Poesía trascendental mediante la cual se eleva el Espíritu. A un lado queda el poema social-materialista, elogio de pobrezas o demandante de igualdad política y de justicia económica. El poema no es la Poesía. El poema es la ropa, es disfraz. Poesía, si es aprehensible —no capturada, asida ni enjaulada— se instala en ese estado que algunos llaman místico, si mística se refiere a esa parte del Ser donde habitan las energías mentales de esa otra dimensión del humano.

Tras lo dicho, ¿cómo hemos de enfrentar un poema que David ha titulado “La razón”? En “La razón”, el poeta practica un desdoblamiento de identidades dialogando entre sí al plantear asuntos de interés trascendental para el humano. David se sitúa desde la perspectiva del Otro. “Ahora es mi turno, le digo al cuerpo que vuela en el viento y me tiende sobre la hierba.” Los verbos, en este escrito, tienen un papel de trascendencia, por las perspectivas que asumen los puntos de vista expresados: le digo al cuerpo, implica el imperativo de una persona al ordenar a su propia materia, el ser se vierte sobre sí en segunda persona; dijo una voz, nos transfiere a la tercera persona singular; “Es cierto”, pensé. Hay una vuelta al yo, esta vez interno en el ámbito de la reflexión. “Es verdad”, dijo la voz. Vuelta a la tercera persona singular. Luego aparecerá el dije, de la primera persona, sentencioso. Lo cierto es que “La razón” es la que “se devana los sesos” por medio de este diálogo entre entidades internas. El poeta, maestro del desdoblamiento, triplica su ser en ese poema.

La voluntad de soñar es algo difícil, si no imposible de producir a conciencia y propósito. El sueño llega involuntario, sin orden expresa del soñante. A menos que en poeta sea “un soñador”, como suele decirse cuando alguien anda perdido “por los quintos cielos”. Existe el “soñar despierto”, un desear que algo ocurra en ese estado ideal forjado por el pensamiento: ese sueño es deseo. Pero en el universo suprarrealista del poeta puede traerse al primer plano el sueño, y es así como entra en juego el poema “Estamos tratando de soñar”, escrito por Cortés Cabán. “Estamos tratando de soñar, pero aun seguimos despiertos, le dije a la muchacha del Jardín Botánico.” Este versículo constituye el ábrete sésamo, el fiat lux para penetrar a un universo surrealista y a su vez impresionista donde surgen como personajes el Arte, dos Artistas y los Girasoles. Y así le escuchamos decir a la ideal muchacha, interlocutora del poeta.

Ante ese contacto dando entrada al Jardín Botánico —de por sí ambiente mágico y de variable colorido— debemos enfrentar el elemento de transición del estado real al universo mágico del poeta: “No es nada extraño. Ahora recojo un girasol, pero no veo que sea de Van Gogh”, dijo ella. En medio de este mundo de transferencias de objetos y confusiones de actos propios del surrealismo, el pensamiento del poeta se desplaza del tiempo actual a la infancia, en tanto Ella lo devuelve a realidad distinta, suprarrealista y cambiante aún. “Una vaca está mirándome, no sé si será la misma vista en mi niñez.” La imagen de “la vaca” le sirve a la muchacha para precisar: “Debes estar soñando con Chagall”. Si recuerdo bien, en un cuadro de Chagall había una vaca subida sobre un tejado. Y esto me hace meditar: ¿se halla el poeta en un jardín botánico, o está observando una exposición de pintura en un museo de arte moderno? Porque ambas referencias “los girasoles de Van Gogh”, relativos al impresionismo pictórico, y las vacas de Chagall, de factura surrealista, son referentes a las artes plásticas dispuestas en un museo o en una galería. Y si a la realidad de las vacas nos refiriésemos, estaríamos en un zoológico, no así en un jardín botánico. No perdamos de vista que el poeta vivió mucho tiempo en un área cercana al Jardín Botánico del Bronx neoyorkino, donde había una sección zoológica para apreciar antílopes, leones y otras fieras allí enjauladas. Por medio de esta realidad se justifican las transferencias referenciales del zoo al Jardín Botánico.

Las alusiones a las obras estéticas enunciadas, de Van Gogh y Chagall, son pues relaciones mediante las cuales los protagonistas se interrelaciones, se percibe el tono amistoso, por no decir de broma, en que incurren Ella y Él. Ella y Él, cierto. A lo largo de estos poemas en prosa ambos seres se interrelacionan y se complementan dando origen al diálogo continuo, implicando como diálogo también las reflexiones del Poeta. Pero, recordemos: este diálogo se produce en la duermevela del autor, por tanto, es dable concluir del modo en que finaliza su propuesta: “No es posible intervenir en los sueños”, pronunció reflexiva. Es cierto —contesté—. “Además Van Gogh debe estar ocupado entre sus girasoles”, adjudicó conclusiva. Como un envío enigmático pronuncia: No siempre conseguimos lo que amamos. Aunque nos parezca distraída, o mejor abstraído, al contemplar o atraer a la memoria las obras pictóricas de dos reconocidos artistas, el poema es en sí una declaración de amor donde se funden dos mundos estéticos en representación de Eros.




ERNESTO ÁLVAREZ (Puerto Rico, 1937). Pintor, grabador, poeta, cuentista, novelista y crítico. En 1960 comienza sus estudios en la Universidad Interamericana de Arecibo. Becado por la Universidad de Puerto Rico, se traslada a Río Piedras donde obtuvo su Bachillerato en Bellas Artes, en 1964. Entre sus maestros se encuentran John Balossi, Carlos Marichal, y Félix Bonilla Norat. Durante los años 1963 a 1969 fue supervisor del Taller de Artes Gráficas y director de la Galería, ambos en el Centro Universitario. Obtiene su maestría y doctorado en Literatura, en New York University. Además de una rica producción literaria en las áreas de ficción y poesía ha publicado trabajos de investigación en literatura y folklor puertorriqueño. Dirigió la Revista de Estudios Generales por 15 años. Es profesor jubilado de la Facultad de Estudios Generales, Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Ha expuesto su trabajo como artista en acrílico, grabados y dibujos en museos y galerías en Puerto Rico y Nueva York.



PAULO SAYEG (Brasil, 1960). Desenhista, essencialmente desenhista. Este amável artista, humaníssimo, que se diz suscinto ao falar, é possuidor – justamente por se deixar possuir – de um vastíssimo horizonte de traços e imagens. Paulo é também pintor e programador visual brasileiro. Ao longo de sua trajetória, atuou nas áreas de artes plásticas, publicidade, ilustração, desenho animado e direção de arte. Realizou diversas exposições individuais e coletivas no Brasil e no exterior, destacando-se por uma produção marcada pelo expressionismo, pelo gestualismo e pela forte presença figurativa. Em 1987, recebeu o prêmio de Melhor Desenhista concedido pela Associação Paulista de Críticos de Arte (APCA). Artista convidado da presente edição de Agulha Revista de Cultura.

  



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CODINOME ABRAXAS # 12 – LA OTRA (MÉXICO)

Artista convidado: Paulo Sayeg (Brasil, 1960)

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