Lo que nos
hace reír pone al descubierto defectos humanos grotescos, ridículos, en efecto,
como planteó Aristóteles, pero también nos permite tomar distancia con aquello que
se expone para poder juzgar el hecho con mayor objetividad, tal como lo expuso magistralmente
Brecht.
Así pues,
no sólo a través de la tragedia se pueden develar los secretos de las grandes pasiones
humanas: los géneros humorísticos también contribuyen, desde otra perspectiva, a
la interpretación de fenómenos diversos. Kant observó que la risa depende de la
perspectiva en la cual el observador elija: el mismo hecho puede verse con seriedad
o con humor.
Por otro lado,
lo que nos hace reír es cómico o humorístico. Aunque generalmente se usan como sinónimos,
en la actualidad la tendencia es identificar lo cómico en el ámbito de las acciones
y al humor en el del lenguaje verbal y los juegos de palabras. A este último caso
corresponde la poesía.
¿Por qué algo
nos hace reír? Nos hace reír el ridículo, lo que implica cierta humillación; a ello
se refiere Bergson cuando afirma que la risa implica “una anestesia del corazón”.
Pero también nos hacen reír los juegos del lenguaje, los inocentes chistes que utilizan
dilogías, comparaciones y otros recursos poéticos. Grosso modo, los especialistas
han dado dos explicaciones: porque un hecho determinado hace sentir al que ríe,
según los teóricos actuales, una sensación de superioridad o cierta extrañeza. Así,
para Kant, la risa se produce también cuando algo nos causa una sorpresa al defraudar
nuestras expectativas. Yo prefiero esta explicación, pues abarca tanto a la comicidad
–que implica el ridículo– como al humor.
Pero la risa
se cuela en todas partes y tiene distintas funciones: la burla por puro gusto, para
hacer reír; para realizar crítica social y para satirizar a algún personaje. Trataré
de demostrar este punto mediante ejemplos de poemas humorísticos a lo largo de la
historia.
Ahora bien,
el humor en la poesía es difícil de conseguir. Por un lado, el lenguaje metafórico
es considerado el único medio para llegar a la verdad esencial de las cosas; por
otro, géneros populares –por ejemplo, el chiste– han sido considerados como la otra
cara, lo totalmente opuesto a la poesía, según la opinión de Carlos Bousoño: “Poesía
y chiste coinciden únicamente en una cosa: en ser sendos modos de escaparse a la
adicción neutra, insípida; y claro está que el camino para tal fuga ha de resultar
forzosamente el mismo: la sustitución lengua. De esta forma, el matiz entre chiste
y poesía humorística es frágil. ¿Cómo alcanzar un tono gracioso sin justamente caer
en el chiste fácil, en un lenguaje soez o antipoético? Yo creo que esta dificultad
impide que existan más poetas humorísticos.
Por otro lado,
este tipo de poesía posee una característica fundamental: pertenece a la corriente
coloquial o conversacional, es decir, su lenguaje poético se parece −sólo se parece,
pues, cuando llega a ser idéntico, la poesía desaparece− al habla de todos los días,
al utilizar un lenguaje llano, fórmulas hechas, populares (como refranes), elementos
de cultura también popular (canciones, marcas de productos, etcétera) y, figuras
retóricas sencillas, fáciles de aprehender. En efecto, el humor implica un lenguaje
especial, donde gobiernan sobre todo figuras literarias como la ironía, el retruécano,
los juegos de palabras, las dilogías y las comparaciones absurdas.
Aunque varios
poetas han escrito versos humorísticos, sólo algunos pocos escriben exclusivamente
o casi exclusivamente este tipo de poesía, como Nicanor Parra, Héctor Carreto y
la joven escritora Svetlana Garza.
Grandes poetas
clásicos han dirigido su pluma desde la perspectiva humorística. Así, comenzaré
con ejemplos de clásicos como Francisco de Quevedo (1580-1645) y Sor Juana (1648-1695).
Aunque Quevedo
se caracteriza por sus sátiras, en el soneto siguiente, nos hace reír por puro gusto,
utilizando elementos escatológicos combinados con figuras grandilocuentes:
La voz del
ojo, que llamamos pedo
(ruiseñor
de los putos) detenida,
da muerte
a la salud más presumida,
y el propio
Preste Juan le tiene miedo.
Mas pronunciada
con el labio acedo
y con pujo
sonoro despedida,
con pullas
y con risas da la vida,
y con puf
y con asco, siendo quedo.
Cágome en
el blasón de los monarcas
que se precian,
cercados de tudescos,
de dar la
vida y dispensar las Parcas.
Pues en el
tribunal de sus greguescos,
con aflojar
y comprimir las arcas,
cualquier
culo lo hace con dos cuescos.
Parecer quiere
el denuedo
de vuestro
parecer loco
al niño que
pone el coco
y luego le
tiene miedo.
[…]
¿Pues cómo
ha de estar templada
la que vuestro
amor pretende,
si la que
es ingrata ofende
y la que es
fácil enfada?
[…]
Mas entre
el enfado y pena
que vuestro
gusto refiere,
bien haya
la que no os quiere
y quejaos
enhorabuena.
Dan vuestras
amantes penas
a sus libertades
alas
y después
de hacerlas malas
las queréis
hallar muy buenas.
¿Cuál mayor
culpa ha tenido
en una pasión
errada:
la que cae
de rogada
o el que ruega
de caído?
¿O cuál es
más de culpar,
aunque cualquiera
mal haga:
la que peca
por la paga
o el que paga
por pecar?
Cerca de la
ironía está la sátira, aunque más cruel, más amarga, como hizo Salvador Novo (1904-1974)
para burlarse de Diego Rivera y de su esposa Guadalupe Marín, utilizando elementos
de la vida privada del famoso pintor, así como metáforas y comparaciones groseras
para insultar:
LA DIEGADA
Marchose a
Rusia el genio pintoresco
a sus hijas
dejando –si podría
hijas llamarse
a quienes son grotesco
engendro de
hipopótamo y arpía.
Ella necesitaba
su refresco
y para procurárselo
pedía
que le repiquetearan
el gregüesco,
con dedo,
poste, plátano o bujía.
Simbólicos
tamales obsequiaba
en la su cursi
semanaria fiesta,
y en lúbricos
deseos desmayaba.
Pero bien
pronto, al comprender que esta
consolación
estéril resultaba,
le agarró
la palabra a Jorge Cuesta.
No es que
todas las sátiras sean buenas, lo cual reduce el número de poemas de humor con calidad.
Novo utiliza objetos fálicos para burlarse de Marín. En realidad, este soneto carece
de poesía, sólo se limita a acomodar su sátira a este molde poético, a diferencia
de dos poetas muy queridos y leídos: Efraín Huerta (1914-1982) y Rosario Castellanos
(1925-1974).
En la obra
de Huerta encontramos otro tipo de recursos poéticos, específicamente en sus poemínimos,
donde vemos el humor verbal, casi sin anécdota, en su plenitud, por ejemplo, en
parodias de dichos populares: “Todo / Cabe / En un / Poemínimo / Sabiéndolo / Acomodar”;
“Bienaventurados / Los poetas / Pobres / Porque De ellos / Será / El reino / De
los / Suelos”. También hallamos perogrulladas, como: “Soy / La mujer / Más Feliz
/ De mi vida” y “Si no / Fuera / Por mi / Buena salud / Ya me habría / Muerto”.
Si bien hay algunos casos donde hay una burla a personajes determinados, como Lilia
Prado y los poetas, me parece que sobresale la técnica. En todo caso, estos textos
no llegan a la hiriente sátira.
Recursos que
me recuerdan a Sor Juana −tratamiento de temas serios, duros, uso de ironía (en
ocasiones amarga)−, aparecen en Rosario Castellanos, quien mezcla una suerte de
cuestionamiento a los estereotipos femenino y masculino, unido a la poesía intimista
en una especie de autoburla. Atención con el final de este ejemplo: coincide exactamente
con el sentimiento de extrañamiento por un absurdo que plantea Kant:
AUTORRETRATO
Yo soy una
señora: tratamiento
arduo de conseguir,
en mi caso, y más útil
para alternar
con los demás que un título
extendido
a mi nombre en cualquier academia.
Así, pues,
luzco mi trofeo y repito:
yo soy una
señora. Gorda o flaca
según las
posiciones de los astros,
los ciclos
glandulares
y otros fenómenos
que no comprendo.
Rubia, si elijo
una peluca rubia.
O morena,
según la alternativa.
(En realidad,
mi pelo encanece, encanece.)
Soy más o
menos fea. Eso depende mucho
de la mano
que aplica el maquillaje.
Mi apariencia
ha cambiado a lo largo del tiempo
—aunque no
tanto como dice Weininger
que cambia
la apariencia del genio—. Soy mediocre.
Lo cual, por
una parte, me exime de enemigos
y, por la
otra, me da la devoción
de algún admirador
y la amistad
de esos hombres
que hablan por teléfono
y envían largas
cartas de felicitación.
Que beben
lentamente whisky sobre las rocas
y charlan
de política y de literatura.
Amigas… hmmm…
a veces, raras veces
y en muy pequeñas
dosis.
En general,
rehúyo los espejos.
Me dirían
lo de siempre: que me visto muy mal
y que hago
el ridículo
cuando pretendo
coquetear con alguien.
Soy madre
de Gabriel: ya usted sabe, ese niño
que un día
se erigirá en juez inapelable
y que acaso,
además, ejerza de verdugo.
Mientras tanto
lo amo.
[…]
Lloro cuando
se quema el arroz o cuando pierdo
el último
recibo del impuesto predial.
XXXV
ÚLTIMA vez
que repito lo mismo
ruego a todos
los niños de Chile
que no me
confundan con el Viejito Pascuero
no me escriban
pidiéndome regalos
−yo no soy
fabricante de juguetes−
bueno es el
cilantro pero no tanto
y a los adultos
les digo una cosa
yo no ando
pidiendo limosna
no me confundan
con un pordiosero
no necesito
óbolos de nadie
los sofistas
enseñan por dinero.
Nótese el
recurso random –como lo llamarían los jóvenes– del cilantro, juicio
de cocina que no se relaciona en nada con las demás afirmaciones.
Abigael Bohórquez
(1936-1995), poeta homoerótico, tiene una faceta humorística que pocos conocen.
Me llaman la atención en especial dos poemas cortos: ambos utilizan dilogías sexuales.
Además, el primero que citaré es una especie de parodia de jarchas medievales, pero
en contexto homosexual; el uso del lenguaje arcaico constituye otro motivo para
sonreír:
dédesme hora
un beso, fermosura;
erguídese
broñido
con que me
falaguedes;
aguijemos:
si dijeren
digan, de vero vala,
que dormí
favorido
de so el niño
garrido.
…………………………………………………….
y vos,
¿qué habedes?
¿qué me queréis?
…………………………………………………….
vosotros lo
seredes!!!!
El segundo
poema –que desde el título ya nos suena a doble sentido– remata además con un gracioso
calambur:
ENCHUFE
pajarito atrapado
entre las
trompas
de falo
pío
pío
¡pío!
EL CABALLO DE TROJAN
Esa noche,
mientras Paris,
absorto, pulía
su dardo;
mientras Menelao
soñaba
con lienzos
tibios detrás del muro,
me escurrí
hasta la pieza de Helena
y, envuelto
en un disfraz de látex,
logré violar
las puertas de Troya.
GIMNASIO
¿Dices Claudio,
que no tengo los bíceps de Aquiles
ni el tórax
de Atlas?
Tienes toda
la razón. Sin embargo,
poseo un músculo
más duro,
que no ejercito
en el gimnasio
sino en la
alcoba de la mujer hambrienta.
A UN EMPLEADO
¿Le molesta,
empleado Vargas,
que me acueste
con su esposa?
Tenga lógica,
mi amigo;
soy más guapo
–qué remedio,
y soy su jefe,
le recuerdo.
En el primer
poema destaca el juego entre la marca de condones Trojan y la legendaria ciudad
antigua. Esta combinación entre alusiones griegas y cosas cotidianas actuales provoca
la sensación de absurdo ya mencionada.
Eduardo Casar
(1952) es un humorista nato: sentencias, comentarios graciosos, transitan sus poemas,
sólo por placer –lo cual se agradece–, por ejemplo:
LA VENTAJA
La ventaja
de estar perdiendo
el pelo
es que puedo
peinarme
utilizando
la sombra
como espejo,
con un ahorro
enorme
de rasgos
interiores.
EL FIN
El fin
justifica
los miedos.
PEQUEÑOS ESPEJISMOS
(fragmento)
5
Un espejo
conbexo (sic)
es narcisista.
Como se ha
podido observar, la función del humor cumple distintos objetivos, pero siempre ayuda
a la desautomatización del lenguaje, que caracteriza no sólo a la poesía, sino al
arte en general. Todos estos poetas son retadores, todos se enfrentan a la idea
de que la poesía es sagrada y debe tratar de cosas importantes; se enfrentan a la
creencia de que la risa no debe tomarse en serio. El desparpajo de todos los autores
mencionados constituye de por sí una especie de rebelión desde la palabra, la cual
implica reírse incluso de los demonios propios.
GRISSEL GÓMEZ ESTRADA (México, 1970) Poeta. Es licenciada en Letras Hispánicas por la UAM y maestra en Literatura Española por la UNAM. Imparte cursos de Literatura y Filosofía en la Universidad Tecnológica de la Mixteca. Obtuvo el primer lugar en el Concurso de Poesía UAM 96 y el segundo sitio en el Concurso Nacional de Poesía Efraín Huerta, en 1997. Ha publicado ensayo y poesía en diversas revistas y periódicos nacionales, en Casa del Tiempo y Unomásuno; y su poemario Los clavos de fuego de la noche en el libro colectivo No hay quinto malo (UAM, 1998).
PAULO SAYEG (Brasil, 1960). Desenhista, essencialmente desenhista. Este
amável artista, humaníssimo, que se diz suscinto ao falar, é possuidor –
justamente por se deixar possuir – de um vastíssimo horizonte de traços e
imagens. Paulo é também pintor e programador visual brasileiro. Ao
longo de sua trajetória, atuou nas áreas de artes plásticas, publicidade,
ilustração, desenho animado e direção de arte. Realizou diversas exposições
individuais e coletivas no Brasil e no exterior, destacando-se por uma produção
marcada pelo expressionismo, pelo gestualismo e pela forte presença figurativa.
Em 1987, recebeu o prêmio de Melhor Desenhista concedido pela Associação
Paulista de Críticos de Arte (APCA). Artista convidado da presente edição de Agulha
Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
CODINOME ABRAXAS # 12 – LA OTRA (MÉXICO)
Artista convidado: Paulo Sayeg (Brasil, 1960)
Editores:
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