domingo, 24 de abril de 2022

BERTA LUCÍA ESTRADA | Louise Bourgeois: “El arte es una garantía de salud mental”

 


A modo de introducción

El siglo XX vio nacer a dos grandes mujeres, a una escritora y a una escultora; me refiero a Marguerite Yourcenar (Bélgica, 1903-1987) y a Louise Bourgeois (Francia, 1911-2010). Marguerite Yourcenar iluminaría las letras de ese siglo que conoció dos guerras mundiales, La Shoah, La Revolución Rusa, La Gripe española o Influenza, La Guerra Civil Española, el Feminismo, la píldora anticonceptiva, Mayo del 68, la irrupción en grandes oleadas de la mujer en los centros de educación universitaria y al mundo laboral externo (por externo entiendo diferente al trabajo doméstico que había desarrollado por milenios; un trabajo sin remuneración y sin valor social ni familiar y mucho menos reconocido por los gobiernos de turno). Un siglo marcado por la Guerra de Vietnam; lo que dio lugar posteriormente al Movimiento Hippie y a su consigna “Haz el amor no la guerra”.

Y precisamente ese nuevo siglo comenzó con la gran revolución de las sufragistas que daría lugar a la lucha feminista y a la celebración del Día Internacional de la Mujer; fecha concebida por una valiente mujer llamada Clara Zetkin (Alemania 1857-Rusia 1933), quien desde 1981 formaba parte del Partido Socialdemócrata y luego, en 1890, creó la sección femenina del partido. Luego pasó a formar parte del partido Comunista Alemán. En La Primera Guerra Mundial se unió a un movimiento pacifista con su amiga y colaboradora Rosa Luxemburgo (1870-1919) y en 1915 realizó en Berlín una Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas contra la Guerra. Su actividad militante, y su posición antibélica, la condujeron varias veces a la prisión. Fue una férrea defensora de los derechos de la mujer y de su derecho al sufragio universal. Clara Setkin presentó una propuesta en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, que fue llevada a cabo en agosto de 1910, y cuya idea había surgido por el Womans Day, que venía celebrándose en Estados Unidos desde 1908 por las sufragistas, como una clara reivindicación de sus derechos a ser consideradas ciudadanas de primera y dejar a un lado la errónea imagen de ama de casa que el ala conservadora y religiosa defendía hasta la saciedad: la mujer como garante de la reproducción y conservación de la familia; negándole la participación en procesos económicos, políticos, culturales y sociales. Y son precisamente estas mujeres la que preceden a Virginia Woolf, Marguerite Yourcenar y Louise Bourgeois. La posibilidad de ser ciudadanas, y de ejercer el derecho al voto, abre una enorme ventana en la que millones de mujeres van a asomarse y a gritar “yo también tengo algo qué decir, yo tengo algo para hacer, tengo una idea y puedo crear, transformar la familia, la sociedad y el país”; y vaya sí lo consiguieron.

Memorias de Adriano es, posiblemente, una de las obras cumbres de la literatura universal y por ende del siglo XX; sin olvidar a Opus Nigrum. En la plástica encontramos el Arte abstracto, el Dadaísmo, el Surrealismo, el Arte Pop, las Instalaciones; entre otros movimientos artísticos que le darían vuelta a la concepción misma del arte que se había conocido hasta esa gran revolución artística que fue El Impresionismo.

Y es precisamente en ese mundo fluctuante donde nace y crece Louise Bourgeois. No sé si ella y Marguerite Yourcenar se encontraron alguna vez, aunque las dos vivieron la mayor parte de sus vidas en Estados Unidos. Louise Bourgeois en Nueva York y Marguerite Yourcenar en el estado de Maine; las dos eran francófonas e incluso el padre de Marguerite Yourcenar, un hombre libre como pocos, era francés. Marguerite Yourcenar muere en 1986, al año siguiente del deceso de Jorge Luis Borges con quien había conversado poco antes. Una de sus célebres preguntas fue: MY: –¿Cuándo va a salir del laberinto? JLB; –Cuando los demás lo hagan. Y ya sabemos que no lo hizo nunca; en ese mismo laberinto quedó atrapada para siempre la que fuese la más grande escritora de lengua francesa del siglo XX; la otra gran escritora es, sin duda alguna, Virginia Woolf; a quien Marguerite Yourcenar entrevistó cuando aun era muy joven sin que Virginia Woolf sospechara la gran importancia que esa jovencita tendría décadas después. Por su parte, Louise Bourgeois, una de las figuras más emblemáticas del arte contemporáneo, murió el 31 de mayo de 2010 en Nueva York a la legendaria edad de 98 años en el laberinto de sus propias Cells.

 

“El arte es una garantía de salud mental”

El día de la muerte de Louise Bourgeois recordé qué en 1978, hojeando el periódico, había leído por primera vez su nombre; estaba al pie de una foto que mostraba algo para lo que la sociedad aún no estaba preparada, y mucho menos yo que venía de una ciudad de provincia católica hasta los tuétanos, mojigata, conservadora, reaccionaria, machista y misógina. Se trataba de la exposición A banquet fashion-A fashion show of body parts”.

Era un performance presentado en 1978 en la Galería de Arte Contemporáneo de New York donde el crítico de arte Gert Schiff se paseaba entre las obras de Louise Bourgeois luciendo un extraño vestido en látex que ella misma había confeccionado para la ocasión. No volvería a saber de la artista y mi frágil memoria la olvidaría.

Pasarían poco más de veinte años antes de volver a sumergirme en las imágenes inquietantes de su obra. Fue en el marco del Diplomado de Historia y Crítica del Arte del Siglo XX, programado por el entonces Instituto de Cultura del Departamento de Caldas; hoy Secretaría de Cultura de Caldas. Desde entonces he estado fascinada por esa mujer que no abandonó nunca el oficio inmenso y doloroso de la creación artística.

Y sólo en el año 2007 pude estar frente a una de sus obras. Fue en el Museo Guggenheim de Bilbao, donde se encuentra una de sus grandes arañas, la más grande de todas (mide 9.27 m de altura); araña que amenaza con engullir a los transeúntes que se pasean debajo de sus inmensas patas. Esta cercanía me dejó el amargo sabor de no poder contemplar sus Cell, sus tótems o sus dibujos; pero al menos había podido tener una idea más real de la genialidad de Louise Bourgeois. Esta frustración desapareció en mayo de 2008 cuando pude visitar la retrospectiva que le dedicó el Centro Pompidou de París. Más de doscientas obras, exposición jamás hecha hasta ese momento de su producción artística, en cuanto a la cantidad de obras se refiere. Es de anotar que nunca una obra, o más bien el conjunto de ellas, me había producido un impacto tan absoluto y brutal. Sus Cells me sumergieron en un mundo doloroso, oscuro, turbio; fue como descender a las tinieblas de un pasado agobiante y lacerante. No en vano la autora siempre estuvo fascinada por el psicoanálisis. Yo no sería la única espectadora en confesar su confusión. Al respecto la artista decía: Mis obras son una reconstrucción del pasado. En ellas el pasado se ha vuelto tangible; pero al mismo tiempo están creadas con el fin de olvidar el pasado, para derrotarlo, para revivirlo en la memoria y posibilitar su olvido”. O bien: “Todos los días uno tiene que abandonar su pasado o aceptarlo, y entonces, si no puede aceptarlo, se hace escultor”. A lo que yo le replicaría: – O escritora.

Louise Bourgeois nació el 25 de diciembre de 1911 en el seno de una familia burguesa y adinerada, cuyo oficio era el de restaurar tapices antiguos. Es en este taller que comenzó su labor de dibujante, al recrear los trazos arruinados por el tiempo. Este trabajo lo hace a instancias de su padre, un hombre violento; todo lo contrario del padre de Marguerite Yourcenar. Al terminar el bachillerato ingresa a la universidad para estudiar matemáticas y geometría; al respecto ella diría más tarde: – “Mi única forma de obtener paz mental era mediante el estudio de leyes que nadie podía cambiar”. Y es que su mundo, el mundo de su adolescencia, fue traumático, bouleversant, caótico y extremadamente violento; ya que Sadie, la institutriz inglesa y ama de llaves de la familia, era la amante del padre; quien la había llevado a vivir bajo el mismo techo con la excusa de enseñarle inglés a sus hijos. Una relación conocida por la madre de la artista que quedó gravemente enferma después de tener un enfisema pulmonar; imagino que no tenía fuerzas para luchar o a lo mejor ya no le interesaba. Y si bien a comienzos del siglo XX en la élite europea los matrimonios seguían siendo arreglados, y Francia no era ajena a esta tradición, los padres de Louise Bourgeois se escaparon juntos y decidieron vivir su amor libremente; jamás se casaron. Precisamente François Mauriac aborda este tema de los matrimonios arreglados o por conveniencia económica y social en una novela espléndida titulada Thérèse Desqueyroux; una novela que va a servirle de modelo a Georges Simenon para escribir Bebé Donge; un clásico de la literatura policiaca o polar. Esta inconmensurable traición del padre va a ser vivida por Louise Bourgeois cómo una violación: Ser artista es una garantía para nuestros congéneres que los agravios recibidos no harán de nosotros un asesino”. Con respecto a la institutriz, Louise Bourgeois diría: “Cuando Sadie llegó yo pensé que iba a quererme, lo que hizo fue traicionarme. La motivación de mi trabajo nació de una reacción negativa en contra de ella… en realidad es la cólera lo que me hace trabajar”.


Después de la muerte de su madre, en 1932, Louise Bourgeois abandonó la carrera y decidió estudiar dibujo y pintura. Su padre le retiró todo el apoyo económico ya que consideraba que las artes plásticas no era un oficio adecuado para una mujer y menos para su hija; así que Louise Bourgeois decidió pagarse ella misma sus estudios; ingresaba a los talleres donde se necesitaba una traductora de inglés al francés, y como era bilingüe no encontraba ninguna dificultad en conseguir trabajo; asistía a diferentes talleres; en uno de ellos conoció a Fernand Léger. Realizó estudios en las academias de la Grande Chaumière, Ranson, Julian, Colarossi, y en el taller de Fernand Léger. Ya para ese entonces Louise Bourgeois hurga en su propia psiquis, y como su principal trauma eran las múltiples infidelidades de su padre y su carácter violento y ofensivo, decidió sacar a flote la rabia, la indignación, la cólera y el odio hacia esa figura patriarcal que tanto daño le hizo a ella y a su madre y por ende a toda la familia. Decenas de años más tarde, en 1974, va a crear La destrucción del padre; una obra de la que hablaré luego.

Cuando ingresó como alumna al taller de Fernand Léger, este le hizo comprender que su verdadero camino no era el dibujo ni la pintura sino la escultura. De ahí a admirar a Bruncusi o a Giaccometti había sólo un paso. Sus primeros dibujos nos muestran a La mujer-casa. Una obsesión permanente en su obra. La mujer que no puede ni debe prescindir de ese espacio que en muchas ocasiones se convierte en una cárcel; sobre todo cuando la figura paterna, o la figura del marido, corresponde más bien a la de un cancerbero o un torturador.

Durante toda su vida la artista trató de exorcizar con el dibujo y con la escultura su infancia traumática, no solo con La destrucción del padre (1974), sino con la escritura, Niñez abusada. Tal vez por eso dice: Cuando se experimenta el dolor, uno se puede enclaustrar con el fin de protegerse. Pero la seguridad de la guarida puede también ser una trampa”.

Los dibujos de La Mujer-Casa, realizados a partir de los años 40, cuando ya la artista se encuentra viviendo en Nueva York, nos muestran las piernas frágiles de una mujer sosteniendo un inmenso rascacielos, por lo que su identidad queda perdida entre las ventanas y chimeneas del paisaje neoyorkino; o bien nos muestran a la misma autora volando por encima de ellos o flotando en el aire. Con respecto a este cambio radical de país, de lengua y de cultura, Louise Bourgeois diría: “Me liberé o me escapé de la casa paterna. Yo era una runaway girl”. Sin embargo, siente que de una u otra forma había traicionado a su país; es por eso que un año después de casada, en 1939, regresa a París y adopta un niño: “Me daba vergüenza dejar Francia, me sentía culpable; quería hacer algo por ese huérfano, era una cuestión de moral”.

Es la época en que su condición de exiliada se le hace insoportable. Sabe que no podría vivir en el seno familiar pero tampoco puede abstraerse del dolor que significa estar lejos de las personas que ama. Conocer a Louise Bourgeois es enfrentarse a un mundo sensible del cual no se habla, pero que está allí: el hogar. Dicho en otras palabras, el territorio que cualquier especie animal protege y defiende. En él se abriga, en él ama y en él sufre. La casa puede ser vista, o vivida, como un remanso o como una prisión. Durante milenios la mujer estuvo aislada de la sociedad, recluida en un gineceo, sin permitírsele espacios para la expresión estética. Carencia que experimenta la artista, y que se refleja en esos ejercicios bastante íntimos, innovadores dentro de la plástica, aunque imagino que no debieron haber sido concebidos para ser vistos por persona alguna, mucho menos para ser expuestos en una galería o museo. Los veo, más bien, como ejercicios introspectivos que tratan de dar respuestas a la vida de una mujer enclaustrada entre cuatro paredes, a las cuales se llama casa”. Y desde allí observa cómo la vida transcurre sin que a ella le ocurra nada extraordinario, y, peor aún, sin que ella pueda hacer algo por cambiar el mundo que la rodea. No hay que olvidar que durante años Louise Bourgeois fue considerada sólo la esposa del gran especialista de arte primitivo Robert Goldwater, sin que las galerías o los museos se mostrasen interesados en su extraordinaria obra; hasta el punto que solo a finales del siglo XX la artista pudo hablar libremente de su marido que había muerto trágicamente en 1973. Estos primeros dibujos, que bien podrían clasificarse como surrealistas, de una u otra forma desnudan su alma y nos ofrecen la mirada de una mujer en un mundo de hombres hecho para hombres; de ahí sus Femmes-Maison (Mujeres-casa). Mujeres que llevan la casa a cuestas y se identifican a tal punto con ellas que finalmente sus estructuras reemplazan sus rostros demacrados y marchitos.

En 1945 la Galería de Arte de Bertha Schaeffer de Nueva York le dedica una exposición en solitario y luego entra en contacto con Rothko, de Kooning y Pollock; sin embargo, no es sino hasta los años 80 que su obra es apreciada, valorada y difundida. Louise Bourgeois fue una solitaria, una huraña, no perteneció a ningún movimiento artístico ni tampoco se declaró feminista; ella misma decía que no lo era.

La obra de Bourgeois siempre estuvo marcada por una permanente búsqueda de la identidad de la mujer, en el buceo de su propia psique; búsqueda que se acentuó en los últimos años, cuando la muerte la acechaba en cualquier lugar de su apartamento. Ella misma decía: Mi cuerpo se convierte en la materia prima y yo expreso lo que siento a través de él”.

Al mismo tiempo que creó la serie mujer-casa, defendía el rol de la mujer; por lo que yo diría que aunque no se asumió como feminista si fue una mujer consciente del papel que le ha tocado jugar a la mujer en la sociedad de todos los tiempos; lo que la hace, a mi modo de ver, mucho más feminista que las radicales que han contribuido a crear un ambiente de desconcierto y rechazo en la sociedad actual. En ese aspecto, según Myriam Boutoulle, siguió los lineamientos de muchas de las mujeres francesas que durante años negaron ser feministas; una actitud en las antípodas de las mujeres anglosajonas para quienes el activismo feminista era casi un credo; una actitud que se explica por la carga religiosa; en este caso la religión católica que invisiviliza el rol de la mujer y la confina en las cuatro paredes de su casa; algo que aparecerá en su obra Femmes-Maison que ya hemos visto.

Su obra desestabiliza, va en contra del orden establecido, es una crítica feroz a la sociedad y a la familia patriarcal; es una llaga abierta que no deja de supurar.

A finales de los 60 crea Personajes, son tótems que recuerdan los héroes o antihéroes de su infancia, pero marcados por el fantasma del exilio y que no hubiesen podido ser concebidos en su país de origen: Yo no hubiera sobrevivido en Francia en el caos de la celda familiar”, explicaba la artista. Es una obra compuesta aproximadamente de ochenta esculturas; cada una con una identidad bien definida. Son esculturas frágiles, con un equilibrio precario y que recuerdan un poco a las obras de Brancusi. Algunas de ellas representan el tema ya explorado de la Mujer-Casa; los rascacielos que encierran y que ahogan, pero cuyos techos permiten, al menos de alguna forma, respirar. No en vano es en la terraza del edificio donde vivía, donde instaló por primera vez su taller.

La soledad es otro de los temas recurrentes de la obra de Louise Bourgeois: “Al principio hacía figuras solitarias que no tenían ninguna libertad… Ahora hago grupos de objetos que se relacionan entre ellos… Pero todavía existe el sentimiento que me movió al principio: el drama de uno entre muchos”.

En los años 60 se muestra cómo lenfant terrible” que siempre la caracterizó al desafiar al puritanismo radical de la sociedad norteamericana con La abstracción excéntrica; una serie de falos desproporcionados, algunos colgando del techo, otros emergiendo de superficies que recuerdan los drapeados de Bernini. Es en este momento que crea Fillette (Niñita). Un inmenso miembro masculino con el que posará orgullosa para el fotógrafo Robert Mapplethorpe en 1982.

 

Pensando en esta obra soberbia y provocadora escribo este poema:

 

FILLETTE (NIÑITA)

 


Viajas debajo de mi brazo

como la baguette que pondré en la mesa

a la hora del almuerzo

 

Eres mi pequeña e íntima catedral gótica

que se esconde en uno de sus nichos

o debajo de los mantos de las esculturas

que los fieles veneran

 

Ahí estás,

erguida, dispuesta para la faena

que haga perpetuar la especie

y al deseo

que enciende nuestros cuerpos

 

No te temo

eres complemento

grito, extásis

origen, principio

 

Espeleóloga milenaria

tu visita

              -luz que ilumina mi caverna-

no tiene que ser sinónimo de descendencia

debe ser sinónimo de goce

y antónimo de daga

 

Mi vientre te recibe

anhelante

a veces acepta tu semilla

otras, la rechaza

 

Niñita

esta noche eterna dormiré abrazada a ti [1]

 

Una vez más surge la Louise Bourgeois que quiere bucear en el inconsciente. Ella misma dice: “Toda mi obra está basada en mi infancia”. Por lo qué para llegar a arrullar un falo proverbial, y tomarse una foto con él debajo del brazo, como si se tratara de una baguette, con una sonrisa de mujer realizada sexualmente y sin tabúes a la hora de gozar del sexo, tuvo que haber librado una lucha consigo misma del tamaño de una catedral gótica. Sobre todo para expresar su sentimiento con respecto a Niñita: Cuando yo cargo un pequeño falo en mis brazos, me da la impresión de cargar un objeto amable, no un objeto al que yo le haría daño”; y agrega: “Fillette es una referencia a la vulnerabilidad y la protección”. Según Guitemie Maldonado “La palabra en femenino señala discretamente el peso de las palabras en la construcción de la identidad de género”. Es por ello que algunos críticos de arte hacen referencia a la proximidad entre Louise Bourgeois y Marcel Duchamp; me refiero a la transposición de género, al deseo expreso de abolirlo; tal y como lo hiciera Georges Bataille en su informe sobre como abolir las categorías institucionales. El diminutivo, por su parte, representa la afección por un miembro que muchas veces, demasiadas tal vez, se relaciona con violencia y trauma. Y por supuesto, la soberbia foto de Robert Mapplethorpe le acarreó críticas virulentas de la parte de algunos grupos de feministas radicales.

Fillette me hace pensar en las Venus esteatopígicas de la época paleolítica; esas esculturas con las que se rindió culto a la maternidad, puesto que sin el falo ese principio no podría ser posible.


Es en esta década que su obra alcanza dimensiones extraordinarias, sus temas abarcan todo el mundo femenino: el coito, el embarazo, la crianza, la lactancia, el cuerpo de la mujer en el espacio, el dolor, sobre todo el dolor humano; y estos temas son representados con todos los materiales que tenía a su alcance: bronce, mármol, yeso, látex, madera. Años más tarde, cuando ya es una anciana, regresa al taller de su infancia al utilizar hilos, telas, drapeados, antiguos tapices. En cuanto al exorcismo se refiere, ella misma decía: El exorcismo es algo sano. Cauterizar, quemar con el objetivo de sanar. Es como cortar las ramas de los árboles. He aquí mi talento”. Louise Bourgeois aprendió el arte de exorcizar el horror, sobre todo el horror de la sociedad patriarcal; me refiero a la infamia que tan bien define la feminista, escritora, poeta, escritora y periodista Robin Morgan (EEUU-1941):

 

A las mujeres se nos reserva la religión, en lugar de la filosofía, la moralidad en lugar de la ética, los temores femeniles, en lugar de la angustia existencial, las cuestiones comunitarias en lugar de la política, el altruismo en lugar de la preocupación personal; el voluntariado en lugar del trabajo remunerado y valorizado, la apariencia en lugar de la substancia, el romanticismo en lugar de la sexualidad, el procrear en lugar de crear y el hogar, en lugar del universo. [2]

 

En 1974 creó la serie a la que hice alusión anteriormente, La destrucción del padre:

 

Destrucción del padre

Antropofagia

festín de diosas olvidadas

 

Ágape aniquilador

de privilegios fálicos

herederos de antiguas leyes sálicas

 

Una luz mortecina cae sobre la enorme laja que sirve de comedor

Allí yacen los restos del padre desmembrado

Su mujer e hijos roban el festín de las diosas

 

Con esta puesta en escena Louise Bourgeois quiere aniquilar la imagen paterna y a la vez deshacerse del dolor que le infligió la muerte del marido; y se libera de su recuerdo y del tiempo en que las galerías y los marchantes de arte la ignoraron precisamente porque ella solo era la esposa de un gran crítico de arte. Incluso durante años el solo hecho de escuchar hablar de arte primitivo la desestabilizaba. La destrucción del padre es una instalación asaz perturbadora. Es una gruta o madriguera concebida como un pequeño teatro, donde la artista, junto a su familia, se dispone a darse un gran festín, a todas luces antropófago. La figura del padre amado, y a la vez odiado, surge, en esta su primera instalación, como “Una pieza claustrofóbica, demasiado claustrofóbica, sin que ofrezca ninguna salida”, tal y como lo expresara la propia artista. El gran escultor Richard Serra dice al respecto: La fuente del dolor, el corazón y la ansiedad de esta obra son indescifrables; no obstante, despierta en mí recuerdos de experiencias personales que yo preferiría olvidar”. En esta obra, como en muchas otras, no es tanto la materia prima la protagonista como el color; sobre todo el rojo. El rojo puede significar pasión, y al mismo tiempo violencia, desastre, caos, aniquilación, rabia y olvido. Y por supuesto, el negro significa muerte, tragedia, llanto, duelo.

No es sino hasta el año de 1982, con la retrospectiva que se realiza en el Museo de Arte de Nueva York, que esta artista prodigiosa comienza a ser conocida en el ámbito internacional y a ser nombrada al lado de genios como Picasso o Giacometti.

En 1980 Louise Bourgeois se trasladó a vivir a un gran loft. Lo que parecería una anécdota sin importancia, se convirtió en uno de los ejes fundamentales de la obra que comenzó a tomar forma a partir de ese momento. Son las Cells, o Celdas, donde la artista comienza a recrear todo el universo de su infancia. Sillas, brocados, tapices, miembros colgando del techo, juguetes. En la década de los 90 la artista recrea las habitaciones de sus padres y la suya propia. Al observarlas el espectador no puede escapar a la sensación de opresión y de ahogo que las invade. Las puertas, las ventanas, los laboratorios, las habitaciones íntimas, invitan al voyeur, que habita en cada uno de nosotros, a fisgonear y bucear en las obsesiones que dieron lugar a tan extraordinarias instalaciones. El símbolo de la tragedia y de la desesperanza está magistralmente representado en este ambiente traumático que cuenta, sin decirlo explícitamente, el abuso del que posiblemente fuera víctima en su niñez. El buceo y la búsqueda de los recuerdos se hace aún más intenso, todo el pasado se despierta y grita para no ser olvidado ni ignorado.

Luego vendrían las Cells encerradas por una inmensa araña.

 

Cells

El invierno llegó en una tarde de noviembre, un mes antes de lo esperado

El frío se instaló en el espacio donde cuelgan las prótesis de mi hermana, sus muñecas sin cabeza yacen en el suelo

Las estalactitas y estalagmitas rompieron los tapices de las sillas antiguas

El viejo catre de mi padre me tragó cual grieta que se abre luego de un terremoto para cerrarse minutos después

El aire envenenado impide respirar

Las rejas impidieron la fuga

El horror me hizo su presa favorita

La celda, espacio claustrofóbico, atenaza mi garganta

Un aullido salió del fondo de mí misma

Eco del grito de Munch que resuena en las oquedades de esta casa-prisión

 

Las arañas son un homenaje a su madre; a quien ve cómo a alguien que trabaja permanentemente, que teje y desteje como la eterna Penélope. Desteje, no para destruir sino para restaurar. No hay que olvidar que el oficio de su madre era el de restauradora de tapices antiguos y a Louise Bourgeois le gustaba recordarlo: Yo vengo de una familia de restauradores. La araña es una restauradora. Si destruyes su tela, ella no se desespera. Ella teje y repara”. Al mismo tiempo sus arañas son un homenaje a la madre que cuida, que protege, que ama. Entre las dos había un lazo muy fuerte, hasta el punto que cuando la madre murió, Louise Bourgeois intentó suicidarse.

En los últimos años, hablo de la primera década del siglo XXI, la artista, ya nonagenaria, encontró nuevos canales de expresión. Lejos de sentarse en una butaca, a esperar que la muerte le tocara la espalda, se dedicó a crear cabezas y tótems utilizando burdas telas y tapices antiguos: Yo necesito mis recuerdos. Ellos son mis documentos. Me paso la vida mirándolos… y estoy profundamente celosa de ellos”.

El trabajo de su progenitora, el de tejedora, apareció nuevamente en sus manos y al igual que ella se convirtió en otra Penélope. Como toda su obra, este es un trabajo inquietante, un grito que sale de sus entrañas para recordar el embarazo, el parto, la crianza de los hijos, el hijo problema, el amor de madre. Los años que precedieron a su muerte los pasó encerrada en su apartamento y dedicada por completo a la creación artística. No en vano Louise Bourgeois no dejó nunca de repetir que el arte es una garantía de salud mental”; a lo que yo agregaría: una garantía de sentirse vivo.

 

NOTAS

1. Los poemas que aparecen en este artículo son de mi autoría y son inéditos; los escribí pensando en Louise Bourgeois y en sus obras más emblemáticas.

2. “Delia Quiñonez, Libertad expresiva en la poesía escrita por mujeres”. https://arcagulharevistadecultura.blogspot.com/2021/09/delia-quinonez-libertad-expresiva-en-la.html?fbclid=IwAR280RakDDM4LQCg0MpjAqbdldeLAWDk_4pMaDABB27Va_aFPskpoTMkhVU

 

Bibliografía

www.alejandradeargos.com/index.php/es/completas/32-artistas/41711-louise-bourgeois-biografia-obras-y-exposiciones

BADER, Cristhine. Louise Bourgeois, Scultura e opera grafichi. Suisse 2006.

CLAIR, Jean. Cinq notes sur l’oeuvre de Louise Bourgeois.

Envois L’Échoppe. 1999. Louise Bourgeois. Por Simonne Sauren (Búsqueda por Internet).

Louise Bourgeois: decir lo que no se puede decir. Por Sara Rivera (Búsqueda por Internet).

 

Catálogos de la Exposición em el Centro George Pompidou:

Publicaciones del Centro Pompidou:

Louise Bourgeois. Folleto de la exposición del Centro Pompidou. 2008.

Louise Bourgeois au Centre Pompidou. Beaux Arts. 2008. (Este catálogo contiene los siguientes artículos:

–“Indiferente à tout ce qui n’est pas art”. Entretien avec Marie-Laure Bernadac et Jonas Storve. Commisaires de l’exposition ; –Chère Louise, lettre d’amour. Par Marie Darrieussecq; –Magistrale marginale, Louise Bourgeois dans l’art contemporain. Par Itzhak Goldberg; –L’Album de 1945 à nos jours. Par Emmanuelle Lequeux; –Au nom du père, l’art comme thérapie. Par Eveline Grossman; –Les fils de l’araignée. Robert Gober, Mike Kelley, Tracey Emin… Par Emmanuelle Lequeux; –Face caméra. Entretien avec Brigitte Cornand. Propos recueillis par Bernard Blistene.)

Louise Bourgeois. Connaissance des Arts. Centre Pompidou. 2008. (Este catálogo contiene los siguientes artículos: –Naissance et rennaissances de Louise Bourgeois. Entretien avec Marie-Laure Bernadac, par François Legrand; –Roman de famille. Par Myriam Boutoulle; –Être sculpteur. Par Jerôme Coignard; –Quand les mots deviennent formes. Par Françoise Monnin; –Dans la peau de Louise Bourgeois. Oeuvres commentées par Guitemie Maldonado.) 

 

 


BERTA LUCÍA ESTRADA (Colombia, 1955). Es escritora, poeta, dramaturga, crítica literaria y de arte, autora del blog El Hilo de Ariadna del diario El Espectador (Colombia). Integrante y secretaria del PEN Internacional/Colombia. Es librepensadora, feminista, atea y defensora de la otredad. Ha publicado trece libros, entre ellos La route du miroir, poesía (2012), en edición bilingüe, Náufraga Perpetua, ensayo poético (2012), y ¡Cuidado! Escritoras a la vista…; Todo lo demás lo barrió el viento, La Trilogía de la agonía que comprende las siguientes obras: El museo del Visionario (obra de teatro patafísica), Naufragios del Tiempo y Las sombras suspensas (Trilogía escrita al alimón con Floriano Martins). (2021). Y con el sello de ARC Edições y Editora Cintra fueron publicados los dos tomos que conforman El oficio de escribir (Ensayos críticos, 2020). Ha recibido cinco premios de poesía.
 

 


JULIA SOBOLEVA | Nascida na Letônia, 1990, é uma artista de mídia mista baseada no Reino Unido. Seus processos envolvem pintura e colagem em imagens fotográficas encontradas, além de performance e vídeo. Nascida e criada em uma era pós-soviética e não sendo capaz de encontrar seu próprio lugar contra o passado complicado de sua nação, Julia explora as noções de loucura e realidade, família, tabu e trauma transgeracional em seu trabalho. Ela obteve um mestrado em ilustração na Manchester School of Art e passou a trabalhar como educadora e ilustradora freelance. Entre suas mais recentes exposições, destacam-se “Einblick 6: Julia Soboleva” Hamburgo, 2021), “I Have Found the Light in the Darkness” (Itália, 2021), “Danse” (França, 2021), “Please Don’t Mind Me While I Ugly Cry” (Grécia, 2022), e “The Rogues Gallery” (on line, 2022).


 

Agulha Revista de Cultura

Série SURREALISMO SURREALISTAS # 08

Número 207 | abril de 2022

Artista convidada: Julia Soboleva (Letônia, 1990)

editor geral | FLORIANO MARTINS | floriano.agulha@gmail.com

editor assistente | MÁRCIO SIMÕES | mxsimoes@hotmail.com

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