terça-feira, 21 de setembro de 2021

OMAR CASTILLO | El tiempo en la poesía de Darío Jaramillo Agudelo



En Colombia se lee al margen del instante vivo, cuando se ha perdido el ardor vital y solo queda la exhumación. Así se practica y promueve un manejo del presente que busca inutilizar la capacidad cognoscitiva, postergándola para “futuros” de arqueologías predecibles. Es así que la cultura y la vida cotidiana parecen perfiladas por un bisturí que extirpa al presente, dejando en su lugar un pasado disfrazado y los idearios para un futuro perplejo. Por ello se hace insustancial nuestra tradición, y en el caso de la poesía sí que es evidente.

Observar la manera como el poeta Darío Jaramillo Agudelo (Santa Rosa de Osos, Antioquia, 1947), dispone sus temas y maneja los tiempos en los cuales los moviliza, es el motivo de este ensayo, y para su elaboración se exploran los poemas publicados en sus libros: Historias (1974), Tratado de retórica (1978) y Poemas de amor (1986).

“Biografías Imaginarias” es el primer apartado de los tres que componen el libro Historias, y se abre con la “Biografía imaginaria de Seymour”, la cual se entrega como si se tratara de una conversación. En esta se anuncia el tono propuesto por el poeta para sus lectores, tono dado en cuadros cotidianos que procuran mantenerse ajenos a los sentimientos de lo mostrado como profundo e incógnito. Así, manejando un lenguaje conversacional y combinándolo con sus recorridos literarios, el poeta consigue un aliento para la rutina elaborada en el poema. Este primer apartado es resultado de las conjeturas del poeta sobre figuras de la literatura que le permiten aproximarse a circunstancias propias, empleando para ello un narrador. Entonces su escritura y los asuntos reflejados en ella, conducen al lector por pasadizos y diálogos donde suceden las íntimas mudanzas que el poeta descarga en el narrador. En esta escritura el narrador es el hilo que permite al poeta tejer la trama de sus poemas, la elíptica de la experiencia siendo encarnada por el narrador quien, al ser entretejido en la narración, adquiere una semejanza de espejo dada por las asociaciones evocadas a través de él. Así, en muchos pasajes de las “Biografías imaginarias” el narrador dona a los episodios gajes de leyenda, en decires y modos que perfilan una noción del mundo y sus usos, como en la “Biografía imaginaria de Marcel Schowb”:

 

Muere de tu muerte: no envidies nunca muertes antiguas;              nunca bajes la guardia:

recuerda siempre que la ternura no es la historia de tus remordimientos;

quema cuidadosamente a los muertos y expande sus cenizas; no abraces a los muertos porque ellos ahogan a los vivos,

no golpees nunca con el mismo lado de la mano: recuerda que sólo tienes una mejilla

y no olvides que toda confesión es otra mancha.

 

Casi una letanía en una escritura ejercida en versos largos, rayanos con la prosa y elaborados en imágenes que sin comprometer la sintaxis usual, establecen para el lector —aquí casi un oyente— su decir.

El segundo apartado: “Rincón poético”, contiene: “Instrucciones para escribir un poema”, “Arte poética una” y “Arte poética otra”. Estos poemas permiten al poeta espectrar algunos de los malestares que le afligen y motivan en la composición de su propia escritura, al tiempo que le sirven para organizar y programar los asuntos a inmiscuir en la narración del tercer apartado: “Historias” que concluye y da título a este, el primer libro publicado por Darío Jaramillo Agudelo.

Quien narra historias de otros, ¿se hace más verosímil en estas que en las propias? La sensación que nos penetra con la lectura de los poemas del apartado “Historias”, es la de encontrarnos frente a vivencias enrarecidas por la proyección incisiva, ya de imaginarios al trasluz de una permeabilidad literaria, ya por la de seres cuasi-anónimos entrevistos al mirar el álbum de familiares que impregnan de un murmullo surreal el entresueño cotidiano. Son “Historias” en tramos por donde se cuela la memoria de las costumbres de los ancestros en su ámbito familiarizador: “Asido fatalmente a los objetos, / venerando su inmutable presencia, / el desesperado se mueve entre el frío mirar de las cosas / que el tiempo y un no sé qué de venganza / acumuló alrededor suyo”.

La elaboración del poema así presentado, deja al lector ante un espejo de presunta realidad cotidiana varada fatalmente en lo inerte, donde la reflexión de acceso a las vivencias sucedidas queda detenida. Surge entonces un interrogante: ¿volver sobre las circunstancias y el decorado de un pasado que insiste en entretejerse con la realidad presente, es querer exorcizar la fisura de este pasado que se repite? Nos responde el poeta: “Puede usar la vieja fórmula de redecorar la casa / o la también aconsejada de huir, / pero todo será en vano. / Para el desesperado todas las cosas son un espejo”.

Estigma, bisagra que retiene a quien narra el pretérito de un ciclo humano, plural o singular en sus eventos, pero pormenorizado hasta conseguir la pisada precisa sobre la huella de un participante anónimo en “la última guerra Púnica”, o la imagen de “José Vicente Jaramillo, / perseguido por la lluvia”. El narrador agrega sin abandonar, en este tramo, la voz plural: “La historia es una forma noble / de ignorar el pasado”.

Empero, ¿el presente “alguien otro” lo encarna en el recuento escrito? O ¿es siempre la imagen escurridiza del pasado la que prende en la existencia? Sigamos.

Tratado de retórica —o de la necesidad de la poesía— es el segundo libro de Darío Jaramillo Agudelo y como el anterior, a este también lo integran tres apartados. El primero, llamado “Libro de las mutaciones”, contiene textos en los cuales las metáforas merodean atmósferas surreales y cuya mutabilidad cotidiana es encabalgada en los versos que imponen a su narrador semblanzas y rictus de actor poseído por el espectro de sus personajes. En este limbo rico en imágenes, la coartada narrada es expuesta entre la ambigüedad y la nitidez de los objetos, y la murmuración que delata a los ausentes, asimilándolos como si se trataran de un fósil o de los albores del fenotipo de la estirpe no absuelta:

 

flota el potro blanco, brillante el potro blanco húmedo vuela,

ave fénix del viajero: en adelante solo lo orientará la mano cálida

de una baraja desplegándose: allí verá el viajero realizado el sueño

de alguien que soñó que era un ángel, una vez, hace años,

allí el viajero oirá cantar y esto quiere decir que deberá detenerse

porque el tiempo ha hecho un alto en su camino.

 

¿Es “el tiempo” el que “ha hecho un alto”, o es “la mano cálida de una baraja desplegándose” la que con su azar permite al viajero saber que en su destino el tiempo se ha detenido? ¿Irrumpe el presente o, solo es el azar ajustando al viajero por un trazado destino de ángel caído? El cuerpo de los poemas que componen este apartado nos evidencia “la memoria viva de una alianza, de un pacto, de un cómplice, que sabe la manera” de mantenerse mientras la presencia de la que está poseso se “pudre”, se escinde sin registros vívidos de enmienda. Aparece entonces un encono de hermandad. Que conste, este pasado no es abstracto, la nervadura de su intervención es eficiente: “No. Nunca sabrás de dónde vino todo esto. / En el origen todo era caos, dios antes de dios, / punto central —inmóvil— / de la rueda; / todo fue superponiéndose / con la misma promiscua ansia de los días”.

En este espejo reflejo del Tao, ¿asistimos al evento de un ángel que, vuelto hacia su propia podredumbre, se proyecta desde otras presencias? Al final de este apartado nombrado “Libro de las mutaciones”, el poeta suspende su escritura “trazando un jeroglífico” que, como si se tratara de “una ave roja”, surca por su blanca página.

El segundo apartado, “Cónclave”, contiene cinco poemas de los cuales “Razones del ausente” es bisagra y pieza arquetípica de la escritura poética de Darío Jaramillo Agudelo:

 

Si alguien les pregunta por él,

díganle que quizá no vuelva nunca o que si regresa

acaso ya nadie reconozca su rostro; díganle también que no dejó

razones para nadie, que tenía un mensaje secreto, algo importante que decirles

pero que lo ha olvidado.

Díganle que ahora está cayendo, de otro modo y en otra parte del mundo, díganle que todavía no es feliz.

 

En estos versos ¿se ausenta quien dice tal sarta? O ¿más bien desfigura sus señas procurando entorpecer cualquier pesquisa? No importa, pues aun así sus huellas siguen imprimiéndose, por ellas, sigue acumulando anales que lo delatan y hacen posible su presencia. Cabe decir que al ausente de este pasaje citado lo visten cortes de pretérito desplegándose como en un país de abanico dominando el instante, dejando en evidencia que el ausente narrado en el poema permanece prendido al círculo familiarizador que lo entraña y mantiene escindido y sin enmienda.

El tercer apartado, “Tratado de retórica”, cumple la función de sutura para la zona donde se prolongan las atmósferas de desasosiego en las que el poeta figura al narrador quien, en un tono coloquial, anuncia el arte poética donde es elaborado su decir, la forma de hacer visible la saga inscrita en el talismán labrado por la humanidad en cada uno de sus períodos visibles e incógnitos donde permanecen las distintas maneras de poner las flores en el jarrón de siempre de la condición humana:

 

El presente Tratado de Retórica General

al día y actualizado

con los últimos descubrimientos en la materia

—y también en el espíritu—

sirve para salvar el alma

—de los que todavía la tienen,

se entiende—,

para investigar los más hondos secretos

del bien decir, —“embelleciendo la expresión de los conceptos”—

del maldecir —que es otra cosa—,

y pura y simplemente del callarse,

que es donde radica la necesidad de la poesía.

 

La cantidad de poemas de contenido amoroso y erótico escritos en la tradición poética de Occidente resulta extrema. En la poesía escrita en español también es tratado ampliamente junto con el tema de la muerte, volviéndose recursos que cargan con los sentimientos donde se idealizan la plenitud, la ausencia y los desgarramientos humanos. Esta parrafada para introducirnos en el tercer libro de Darío Jaramillo Agudelo, Poemas de amor.

Poemas de amor está compuesto por los apartados: “Poemas de amor”, “Escenas de la vida diaria”, “De la nostalgia” y “Colección de máscaras”. En el primer apartado el poeta nos da cuenta de presencias vividas en las fisuras de una integridad vital: “Ese otro que también me habita / [...] / invasor quizás o exiliado en este cuerpo ajeno o de ambos / […] / eco o palabra / […] / también te ama”. Estableciendo así maneras de amor impresas en la página como el recuento de aquello que fue pronunciado en una lengua de la cual se reclama el estampido de su alfabeto, la fuerza transgresora que exorciza la realidad del cuerpo escindido justo donde la conciencia se revela desvelando el inédito lado de la libido de un pétalo fosilizado.

Dejemos que sea el poeta quien nos describa tal umbral, la sustancia que en él se mantiene y revela:

 

Pero primero está la soledad,

y tú estás solo,

tú estás solo con tu pecado original —contigo mismo—.

Acaso una noche, a las nueve,

aparece el amor y todo estalla y algo se ilumina dentro de ti,

y te vuelves otro, menos amargo, más dichoso;

pero no olvides, especialmente entonces,

cuando llegue el amor y te calcine,

que primero y siempre está tu soledad.

 

Los apartados “Escenas de la vida diaria” y “De la nostalgia” reflejan, a través del narrador, los itinerarios del poeta volviendo una y otra vez al álbum donde permanecen los retratos de la estirpe, de la cual se sabe exhumada imagen expuesta en la galería de facciones que, como en los fragmentos de un rompecabezas intentan integrarse en la trayectoria de sus cotidianas e íntimas rutinas:

 

Ah, los mudos retratos

sin aroma y sin aire,

construidos con el color exacto que fue siempre el color del pretérito,

agridulce aparición de nombres olvidados,

de fechas ya amarillas,

 […]

Ah, los retratos,

construidos con materia de otro tiempo,

documento de un olvido distinto y más certero.

 

En el último apartado: “colección de máscaras”, el poeta nos lleva otra vez al principio que da origen a su itinerario poético, es decir, a las “Biografías imaginarias” de su primer libro, confirmándonos la presencia constante de su personaje narrador, el decir de este trayendo para los hilos de su escritura, ecos de una entraña que “horada los ojos”, y donde quedan evidentes las apetencias de una estirpe sobre las realidades de su descendencia.

En la poesía escrita en Colombia, la obra de Darío Jaramillo Agudelo nos muestra la fuerza esclarecedora de la palabra coloquial siendo penetrada por el acervo de una tradición literaria, la palabra vuelta espejo verbal. Así sus poemas nos quedan como piedras de toque, como alertas sobre las raíces de nuestro presente. Ascuas de sueños al despertar, para el primer paso de cada día.

Los tres libros de Darío Jaramillo Agudelo tratados en este ensayo, fueron reunidos por la Editorial de la Universidad Nacional de Colombia en 1987 con el título de 77 poemas. Otros de sus libros de poemas son: Del ojo a la lengua (ilustraciones para diez grabados de Juan Antonio Roda, 1995), Cantar por cantar (Pre-Textos, 2001), Gatos (Pre-Textos, 2005), Cuadernos de música (Pre-Textos, 2008), Solo al azar (Pre-Textos, 2011) y El cuerpo y otra cosa (Pre-Textos, 2016). En septiembre de 2018, Lumen publicó Poesía selecta de Darío Jaramillo Agudelo, libro que reúne una amplia muestra de la poesía escrita por el poeta entre 1974 y 2017.

 

§§§§§

 


 


 





 


 


 





 


 


 




 


 

§ Conexão Hispânica §

Curadoria & design: Floriano Martins

ARC Edições | Agulha Revista de Cultura

Fortaleza CE Brasil 2021



 

 

Nenhum comentário:

Postar um comentário