La buena vida, ese programa ético de una práctica política
interpersonal y ecológica, aparece tenida de nostalgia, despierta una sonrisa de
añoranza, no una defensa. El amor, otrora ingrediente indispensable de la buena
vida y tópico obligado de la narrativa, particularmente de la narrativa escrita
por mujeres, ha cedido el paso a las construcciones de personajes desamados y no
amantes, conflictuados por la búsqueda de su identidad en un mundo cambiante, neurotizados
por la crisis de sus valores y perdidos en el páramo de las pasiones subsiguientes,
siempre más necesarias, rápidas y quemantes. Ni siquiera amor-pasión, cuando mucho
sexo-coca.
La literatura ha abandonado su creación más duradera:
el amor como utopía, como derrota de la muerte, eterna juventud y olvido de sí.
¿Ha dejado por eso de ser un vehículo para la construcción de las identidades grupales,
los movimientos culturales, el deber ser? La pregunta no es retórica, inconscientemente
construimos a partir de modelos. ¿El amor no sirve para el deber ser de las escritoras
y las lectoras, para su identidad?
Después de Los
recuerdos del porvenir (1964) de Elena Garro, en que el amor es el móvil de
manifestaciones eróticas perversas como el aire pesado y dulzón del trópico húmedo
y de crueldades desesperadas en la historia cíclica, monumental y sagrada, de México,
la literatura de las mujeres latinoamericanas poco a poco se ha desplazado hacia
la construcción de una identidad literaria sin asideros: la historia no puede ser
recuperada por el peso de la sumisión en la historia femenina y el futuro individual
está amenazado por la amalgama equivoca que evoca la aldea global. Desechados los
precedentes, las mujeres no dejamos de sentirnos amenazadas por la sensación enemiga
de que el mundo tiene una voluntad propia, una voluntad virocéntrica –ininteligible
sino en clave de misoginia–, que fija sus reglas en la economía de la cultura y
las ciencias. Las buenas escritoras, pepenadoras de los conflictos fluctuantes y
de los enlaces entre todos los sentires, no pueden por lo tanto conceder nada a
la comercialización del amor-receta. En ese espacio de la fantasía en y fuera de
la realidad que su narrativa expresa, desaparecen toda idealización de la vida en
común de una mujer con un hombre y, de paso, de una mujer con una mujer. El amor
ya no existe, nunca existió, siempre fue una forma de posesión: desde esta perspectiva
es imposible visualizarlo como un ideal alcanzado (o alcanzable) de realización
y plenitud.
Asimismo, nuestra difícil construcción de una identidad
nos aísla en una actividad individual que implica una valoración ególatra del yo.
Quien busca su identidad pretende develar para si la realidad objetiva de las relaciones
de poder entre mujeres y hombres que fue encubierta por las ideologías decimonónicas.
Una realidad híper-racional que visualiza la existencia del otro como una construcción
de la mente de cada individuo: existes en cuanto te veo, te amo en cuanto te invento.
El individualismo llevado a la negación de la libertad de trato interpersonal. Un
clon.
Dura, sin aliento ni esperanzas, escueta, la Realidad
es el presente perpetuo, relaciones de pareja definidas por las crisis emocionales
y económicas, relaciones con los hijos marcadas por su muerte o las drogas, relaciones
de competitividad con las compañeras de trabajo y de frustración con las amigas.
La Realidad es el espacio de los sentimientos sin personas amadas. O, peor, el lugar
de los resentimientos.
Sin embargo, la Realidad no es la contraparte de la
utopía, aunque como ella sea una construcción. Tampoco se relaciona literariamente
con los apocalipsis, tan comunes en épocas de crisis porque siempre sostienen una
esperanza totalitaria: dado que este mundo es un desastre, mejor que desaparezca
para que de sus cenizas surja uno mejor que la escritora puede visualizar para todos.
La Realidad implica no querer ver sino el presente, negarse a toda memoria por la
afirmación del propio ser libre y rechazar el futuro como proyecto, pues contendría
etapas, desarrollo, interdependencia. Hoy, parece decir la literatura femenina,
perdemos el habla, perdemos la escritura, perdemos el amor, sobrevivimos sin memoria.
En tres tiempos, Los cielos de la Tierra (1997) de la mexicana Carmen Boullosa,
afirma que, del pasado, del presente y del futuro no podemos esperar nada, estamos
solas y conscientes de nuestra soledad porque hemos terminado de construir nuestra
identidad única, aislada, inmortal.
En La Genara
(1998), novela epistolar de la tijuanense Rosina Conde, el amor es una alucinada
reflexión que dos mujeres, dos hermanas, hacen vía correo electrónico sobre la pareja,
los diez años que las separan, la relación con los padres y sus propias peleas.
El lenguaje no es bello, sino fundacional. Luisa y Genara se escriben como se habla
en la intimidad femenina, de manera grandilocuente cuando están intimidadas por
los recuerdos del silencio paterno, llana para las explicaciones, un poco histérica
en los reclamos. Escribe Genara a Luisa, el 18 de febrero de 1990:
¿Qué
te está pasando, mi querida Luisa? ¿No eras tú la mujer valiente y fuerte que no
se amendrontaba ante nada? ¿Ya se te olvidaron tus proyectos y tus planes de convencimiento?
No me digas que la enajenación se ha apoderado de ti. ¿Por que no te tomas unas
pequeñas vacaciones? Bien podrías venirte a descansar a Tijuana unos días a puerta
cerrada, para que no te encuentren si te buscan en el trabajo o en la universidad.
¿No te parece buena la idea? Tu largo silencio y tu tono actual me hacen pensar
que te estas neurotizando un poco. Además, eso de que no podrás amar nunca de nuevo
me parece exagerado. Esa es una capacidad que no debemos perder. ¿Tú misma me lo
decías cuando terminaste con el Martin!, ¿no? Y yo he tratado de seguir tus consejos
al pie de la letra. Ahora no me dejaras abajo, ¿verdad? Te quiero un chingo.
En 1989, Maria Luisa Puga describía de forma semejante
el afecto entre amigas al inicio de la vida individual: juventud y amistad, proyecto
y esfuerzo, inconciencia y amor, son binomios indisolubles a los veinte años. En
Antonia, sin embargo, la muerte impide el goce pleno de la relación con la amiga,
relación que la melancolía de la soledad revive en el recuerdo de la adulta como
nostalgia, como frustración: Teníamos veinte
años. Veinte años en punto, qué risa. Lo que uno puede creer y querer a los veinte
años. Algo de culpa deben haber tenido los Beatles, escribe la autora-narradora
que desde la primera línea nos previene que su personaje –la amiga– morirá a lo
largo de la narración. Asimismo, las relaciones de pareja que las dos personajes
centrales tienen cada una con un novio-conviviente son necesarias para reconstruir
un mundo provinciano que después de 1968 se abría a la libertad sentimental, pero
son totalmente prescindibles. Un año después, en Las razones del lago, Puga pone
en boca de los perros de un pueblo mexicano, su personaje colectivo, la descripción
del desamor como costumbre: Le ponen mucha
atención a sus crías los humanos, mucha más que nosotros a las nuestras. Los echamos
al mundo y ya. Que sobreviva el que pueda. Hasta hay veces que nos los comemos.
Pero lo que los humanos hacen con las suyas es heredarles su infelicidad.
Ser mujer de alcurnia, en el cuento de Sabina Berman
“El principio de la civilización” (1994), es estar atrapada entre las reglas de
la costumbre y la propia conciencia de hembra: crecer destinada al matrimonio y
no poderlo realizar con quien se desea. La receptora del relato, la escritora que
transcribe la voz de la anciana amante, se sorprende a cada rato de la violenta
sinceridad del erotismo ególatra y doloroso, feroz, de la pasión que sobrevive a
una historia horrendamente normal –un hijo bastardo y la soledad del matrimonio,
una casa que vender y las confesiones a pulso de coñac.
La literatura escrita por mujeres no puede soslayar
que en el amor hay entrega y que la entrega casi siempre implica ser para otro u
otra. Creo que ahí hay una clave para entender la actual apuesta por la Realidad.
El feminismo, aceptado o no por las escritoras, ha desenmascarado que el cuerpo
de la mujer ha sido construido ideológicamente por los hombres como un cuerpo para
darle algo a ellos. Sobre nuestro cuerpo los hombres han construido su idea de la
vida femenina, su idea de nuestros deseos, nuestra sexualidad y del trabajo de nosotras
todas. Saber eso es un golpe. Un golpe que no se quiere volver a recibir. Las mujeres
decidimos ser para nosotras. Pero el amor que no es entrega, ¿sigue siendo amor?
La nostalgia por la infancia presente en toda la obra
de Hortensia Moreno ofrece una mirada complaciente hacia las épocas de perfección
de la vida. El crecimiento es para la escritora mexicana una apuesta, y el amor
interviene en él como el imprescindible dolor que nos permite madurar. En Ideas fijas (1997) parece ofrecer una salida:
el dialogo entre un hombre sostenido por el amor –que no pudo corresponder– de muchas
mujeres y una mujer segura de que el amor no puede durar. La amistad como cura y
la literatura como medio de la propia afirmación: Al buscar lo sublime, corro el riesgo de que se rían de mí. Corro el riesgo
también de que me miren con desprecio, afirma el protagonista de la novela,
un hombre escritor enfrentado al hecho inquietante de la presencia del arte en su
vida, deslumbrado ante su potencia arrasadora. No obstante, la identidad es una
obsesión para Moreno, aunque sea para afirmar a través de su búsqueda la propia
efimeridad. Solo, habiendo derrotado el poder de seducción de la mujer y su deseo
de reproducción, el protagonista de Ideas
fijas termina diciendo: Soy un escritor
y me sé enfermo de tristeza, soledad y desesperanza.
Frente a una voluntad semejante, apenas es posible
esbozar una sonrisa porque Berta Hiriart en Feliz
año nuevo (1994) ironiza sobre la felicidad que el amor provoca, convirtiéndolo
en una enfermedad rara, mortal, típica de las parejitas de enamorados, la dementia
felix. O porque los personajes de la muy joven Guadalupe Sanchez Nettel se dejan
desvestir con una lentitud desesperante, como si el vestido representase las defensas
que las mujeres han construido para no ser tocadas y que, contraparte inevitable,
les impiden tocar. En Juegos de artificios
(1992) un protagonista no sabe cómo formular, a la gente que lo ama, las preguntas
que definen todos sus intereses. En su cuarto, no caben dos personas.
FRANCESCA GARGALLO (Itália, 1956). Mexicana de origen italiano. Poeta y narradora. Radica en México desde 1979. Estudió Filosofía en la Universitá degli Studi di Roma; obtuvo el Doctorado en Estudios Latinoamericanos en la FFyL de la UNAM. Colaboradora de El Búho, Excélsior, FEM, Pace e Guerra, Página Uno, Plural, Progreso Italoamericano, Revista de Historia de la Historiografía Moderna, y Revista Latinoamérica. Premio Bellas Artes para Crítica de Artes Plásticas Luis Cardoza y Aragón en 2010. Publicó los libros Calla, mi amor, que vivo; Hay un poema en el mundo; Manantial de dos fuentes; y Estar en el mundo, entre otros.
NELLY SANCHEZ (França, 1974). Doutora em Literatura Francesa, Francófona e Comparada, especialista em literatura francesa feminina, particularmente nas obras de autoras da Belle Époque. Editora crítica de títulos como L’Ange et les pervers, de Lucie Delarue-Mardrus, Recueil de recettes des Belles Perdrix e coletâneas de obras epistolares. Nos últimos quinze anos, também trabalhou como artista de colagem e artista visual. Artista autodidata, suas obras são uma extensão de sua pesquisa acadêmica, questionando estereótipos de gênero, particularmente aqueles relacionados à feminilidade, revelando um universo feminino, surreal, estranho e, por vezes, bem-humorado. Assim como Frida Kahlo e Leonora Carrington, Nelly Sanchez brinca com os símbolos da representação feminina, utilizando imagens recortadas de revistas de moda feminina. O crédito de sua foto que publicamos é de Elizabeth Herman. Nelly é a artista convidada da presente edição de Agulha Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
CODINOME ABRAXAS # 10 – BLANCO MÓVIL (MÉXICO)
Artista convidada: Nelly Sanchez (França, 1974)
Editores:
Floriano Martins | floriano.agulha@gmail.com
Elys Regina Zils | elysre@gmail.com
ARC Edições © 2026
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FLORIANO MARTINS | floriano.agulha@gmail.com
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