Traducir, es para mí, habitar
un movimiento: atender, en idéntico gesto, al ritmo latente del texto fuente y
a las exigencias prosódicas, semánticas y materiales del portugués. Tal
concepción se alimenta explícitamente de la poética de la relación
glissantiana: reconocer la opacidad irreductible del otro –del poema, de la
lengua– como condición de toda hospitalidad. En consecuencia, la traducción se
ofrece como acto “devocional”, una práctica de escucha radical donde el verso
ajeno es abordado no desde la clarificación, sino desde el cuidado de su
respiración oscura. En esta clave, la versión portuguesa no aspira a la
equivalencia lineal; se sitúa, por el contrario, en la zona vibrátil de la reverberación.
En
el prólogo que escribí para introducir al público lector a Veios do
horizonte, reflexiono sobre esa ética de la opacidad. La poesía de Saavedra
Gastélum –se afirma– “se sitúa en los márgenes de todo centro, en los contornos
donde el lenguaje comienza a romperse”. Los poemas emergen como fragmentos de una
conciencia refractaria a toda clausura identitaria: el cuerpo se expone herido,
la noche deviene condición ontológica y la piedra mineraliza la memoria. La
autora configura así lo que podríamos llamar una geología afectiva, un
entramado de estratos carnales y telúricos que se doblan sobre la lengua y la
fracturan. Tal geología rehúsa la convención de la verdad universal: prefiere
las fallas, las grietas, los restos fósiles de una subjetividad que se reconoce
multitud – “cuerpo materno, cuerpo vegetal, cuerpo em exilio”–. Este proceder
se inscribe en una genealogía de poetas latino-americanas –Alejandra Pizarnik,
Blanca Varela, Susana Thénon o Carmen Berenguer– que hicieron de la fisura una
forma de lucidez.
La
traducción, en diálogo con dicha fisura, se convierte en laboratorio de
tensiones. Dos vectores dominan el tejido discursivo: el tempo interior
y la materialidad rítmica. Por un lado, el verso de Saavedra Gastélum
opera con una temporalidad suspendida, casi órfica, que exige “una escucha
desacelerada”. Por otro, su arquitectura fónica recurre a dislocaciones
sintácticas, encabalgamientos y cortes abruptos que replican la cadencia
intermitente de la respiración nocturna. El desafío consiste, entonces, en
reproducir esa latencia sin diluir las aristas sonoras –objetivo que en la
versión portuguesa resuelvo mediante una sintaxis que abraza la economía del
verso libre y privilegia la densidad vocálica propia del portugués. El
resultado: la lengua de llegada revela inflexiones no manifiestas en el
original, desplazando ciertos núcleos metafóricos (la nocturnidad, la ruina, la
erosión) hacia tonalidades inéditas de saudade y despojamiento.
No
obstante, la propia estrategia de opacidad plantea interrogantes teóricos.
¿Hasta qué punto la “incompletud como forma de fidelidad” impide la
inteligibilidad crítica? ¿No existe el riesgo de que el derecho al enigma
derive en fetichización de la alteridad? La respuesta exige matiz: la opacidad
de Glissant no implica hermetismo; supone, más bien, una negociación
entre el deseo de desentrañar y la conciencia de un excedente irreductible. En
la traducción, esa negociación se traduce en la selección léxica, en la
dosificación de arcaísmos o regionalismos y en la decisión de mantener ciertos
sintagmas en castellano cuando su carga cultural lo demanda. Así, el portugués
funge de membrana porosa, nunca de celda hermética.
Desde
la perspectiva temática, el libro articula tres ejes que justifican su
relevancia: la corporalidad múltiple, la memoria espectral y la intimidad
cósmica. El cuerpo –reitero– no es aquí sustrato anecdótico, sino dispositivo
gnoseológico: instala el saber en la carne, reescribe la subjetividad desde la
herida. La memoria, por su parte, se encarna como fantasma que acecha y hace de
la ruina una zona de reactivación del deseo. Finalmente, la cosmogonía
implícita –relampagueante en símiles astrales y vislumbres abisales– desborda
el marco confesional y sitúa la voz poética en el lugar ambiguo del sacerdocio
laico: una liturgia que convoca el misterio sin dogmatizarlo. La traducción
preserva ese registro cósmico mediante un léxico que oscila entre la precisión
mineral y la mística insinuada, evitando tanto la sublimación romántica como el
realismo banal.
Veios do horizonte viene a inscribirse en la integración de la presencia de todas las lenguas
del mundo y que desafía a las jerarquías. La versión portuguesa, guiada por la
apuesta glissantiana de la relación, lo acompaña en su deriva, multiplicando
sus resonancias, abriendo fisuras nuevas en la roca verbal. Dedicado especialmente
al público lector lusófono, la travesía propuesta es invitación a exponerse a
la intemperie de una lengua otra que, al reflejarse, devuelve un rostro
híbrido: femenino, nocturno y telúrico.
Firmo,
por tanto, esta reseña consciente de la doble piel que me constituye: la de
traductora y la de crítica que interroga el trayecto de su propia práctica. Si,
como afirma Saavedra Gastélum, “el silencio es el ala del aire / que sube
desigual”, mi tarea ha sido escuchar ese vuelo desigual y permitir que en
portugués mantenga su turbulencia primigenia. Que el público lector –ahora
cómplice– se disponga a sentir en su respiración la bruma y el temblor de una
poesía que no se deja domesticar.
GLADYS MENDÍA (Venezuela, 1975) é escritora e editora. Tradutora do português para o castelhano, contando entre seus trabalhos de tradução a antologia poética de Roberto Piva intitulada A catedral da desordem (2017). Foi bolsista da Fundação Neruda (2003 e 2017) e participou do Workshop de Criação Poética com Raúl Zurita (2006). Publicou em diversas revistas literárias, assim como em antologias, sendo a mais recente Temporary Archives, Poems by women of Latin America, ed. Juana Adcock e Jèssica Pujol Duran, ARC Publications, 2022, Reino Unido. Seus livros são: O tempo é a ferida que goteja (2009); O álcool dos estados intermediários (2009); A silenciosa desesperação do sonho (2010); A grita. Reescrita de As Moradas, de Teresa de Ávila (2011); Inquietantes deslocações do pulso (2012); O canto dos manguezais (2018); Telemática. Reflexões de uma adicta digital (2021); LUCES ALTAS luces de peligro (2022) e seus mais recentes livros cocriados com Inteligência Artificial: Fosforescência tigra, Aire e Memorias de árvores (2023). Ela é editora fundadora da Revista de Literatura y Artes LP5.cl e LP5 Editora, desde o ano de 2004. É cofundadora da Furia del Libro (Feira de editoras independentes, Chile). Como editora, desenvolveu mais de vinte e cinco coleções de poesia, narrativa, ensaio e audiovisuais, publicando mais de 500 autores.
ROLANDO TOPOR (França, 1938-1997). Pintor, ilustrador, poeta, cançonetista, dramaturgo, encenador, cineasta e fotógrafo, artista impossível de catalogar, começou por destacar-se com os desenhos grotescos que publicou na revista satírica Hara-Kiri. Vencedor do Grand Prix de L’Humour Noir em 1961, bebeu dos surrealistas e respondeu-lhes com o movimento Pânico, que fundou com Fernando Arrabal e Alejandro Jodorowsky, entre outros. Em sua obra, Topor nos leva para um mundo do avesso, e a crueldade animalesca, o erotismo, a escatologia e a tétrica ironia das suas obras valeram-lhe o desprezo de críticos, vários projetos ruinosos e ameaças de morte quotidianas. Graças a uma sempre amável sugestão de João Antônio Buhrer, Rolando Topor agora está conosco como artista convidado desta edição da Agulha Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
Número 264 | março de 2026
Artista convidado: Rolando Topor (França, 1938-1997)
Editores:
Floriano Martins | floriano.agulha@gmail.com
Elys Regina Zils | elysre@gmail.com
ARC Edições © 2026
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