Mi habitación
tenía esta debilidad: encarnaba con reprochable precisión las aflicciones de
ciertos animales que vivían sus vidas actuando de manera ambigua entre la
maldición y la venganza. Siempre supimos que los dioses eran así, pero el hecho
de que también fueran así los grillos fue algo nuevo que sólo descubrí cuando
conocí a ese misterioso residente cuyo desgarrador chillido resonaba como las
hojas de un huracán atravesando el cielo. ¿Quién cantaría así si no se sintiera
asfixiado por su propia decisión de vivir solo?
O tal vez
fueran los fantasmas masacrados de esos escarabajos saltarines nacidos muertos,
porque la casa es también la piel que vestimos. Los egipcios sabían que cada
casa era un fragmento del cuerpo efímero del universo. El grillo fue un huésped
imprudente que ocupó dos casas que no eran suyas. Quizás había cruzado muchos
mundos para llegar allí. Incluso es posible que viniera con el piano. Quién
sabe. Como los dioses y los hombres, los grillos son inevitablemente
nómadas.
Los humanos
somos también animales. No siempre lo tenemos en cuenta. A diferencia de los
grillos poseemos un cerebro grande, con el que podemos individualmente hacer lo
que hace un grupo grande de grillos cuyo sistema nervioso colectivo les ayuda a
satisfacer sus necesidades y ayuda a su supervivencia. La inteligencia de los
grillos no es de despreciar, logran vivir en circunstancias adversas que un
organismo mayor como el humano no puede tolerar. Es casi seguro que mucho antes
de que aparecieran humanos en el planeta ya estaba poblado por grillos. Se
puede pensar que nosotros somos los humanos los que invadimos la casa de los
grillos y no a la inversa.
El grillo que
canta tras el piano acaparando la música que puede oír cuando alguien golpea
las teclas hace su música con fines que quizás no son del todo diferentes a lo
que anima a los pianistas. Dicen que lo que oímos como canto de grillos es un
sonido que producen las hembras para atraer a los machos a la cópula. Mucho de
la música que producen los pianistas se origina en urgencias similares, es
decir, mucha música la inspira una emoción que llamamos amor que lleva a que
varones y mujeres funcionamos con impulsos similares a los de los grillos. Mis
hermanos grillos y yo cantamos y formamos conciertos en los que influenciamos a
nuestros semejantes a perpetuar la vida, a darle sazón, a aprovechar el goce de
tocarnos y de suspirar o cantar como sopranos o barítonos agradecidos de
placeres.
Cuando
deletreamos las verduras en la sartén tarareamos como si ese momento fuera una
iniciación al campo y fuéramos espectros hipomórficos, de una civilización
antigua que ciertamente precedió a la era del fuego. El origen de la tierra no
es inseparable del destino humano, aunque los poderes de las tinieblas de
alguna manera se perpetúan al toque de encarnaciones que, una vez totalmente
renovadas, repiten nuevamente la misma oscura dialéctica. En uno de esos
momentos, los grillos pueden haberse sentido como caballos de la muerte.
Aquellos que poseían la llave de los sueños, que se la robaron a Artemidoro
incluso antes de su nacimiento, y esperaron que llegaran hombres a este plano
para ahogarlos en la desesperación. Las leyendas son como un instinto de supervivencia,
una cadena simbólica que perpetúa a los hombres y a los grillos, es muy posible
que, en busca de esa noche, como decía García Lorca, en la que se pueda
recorrer el mejor de los caminos. Todos buscamos esa noche, con su abundancia
solidaria que nos permita ir más allá de la imagen que reflejamos en el
horizonte.
Una antología
de poemas del muy querido poeta húngaro György Faludy en su título alude a la
poesía como música de grillos. Los grillos y los humanos creamos el canto a la
vida, buscamos el modo de prolongar nuestra estadía en este gran milagro. A los
grillos se le desprecia como animalillos que hacen ruido. Lo mismo les pasa a
menudo a los poetas o incluso los músicos, ambos cantan, haciendo su labor.
Este ruido que hacemos los que participamos en el acto de crear algo que llena
el vacío, que puebla el aire, agua y tierra de lo que antes no se veía o no se
oía, o se pensaba que no existía es un ruido que alienta también a la vida
vegetal y quizás también la creación de cristales. No podemos dejar de hacer
ruido, no podemos abandonar el canto de los grillos, somos, junto a ellos los
que participamos en la música de las esferas.
Desde que
grillos y humanos poblamos de ruidos nuestros entornos otras vidas se han
animado y siguen creciendo. La música ayuda a que crezcan las plantas. La
poesía ayuda a que los humanos sigamos nuestro esfuerzo de vivir, los grillos
con su cantar hacen lo mismo. Las hembras de los grillos llaman a la cópula, el
canto de aves, grillos y humanos es la manifestación del amor que anima a todo
lo que vive y que mueve al sol y las estrellas. Horizontes de grillos y de
poetas pueblan los milagros.
Cuanto más
tememos la caída, más se balancea la humanidad sobre un cable de acero que no
soportará el peso de su malestar por mucho tiempo. De alguna manera, por una
razón que nos persigue sin la menor explicación, no recordamos las canciones de
los poetas, al mismo tiempo que parecemos sordos al lenguaje amoroso de los
grillos.
En mi jardín
los grillos conviven en armonía con ardillas, lagartijas, culebras y con muchas
aves de colores y tamaños variados. Gozan el refugio de los árboles enormes en
el amplio espacio.
Aparecen
también mariposas de colores variados, muchos son amarillos de un tinte muy
claro. Revolotean por todos los lados en que aparecen flores. Entre los árboles
hay dos que han dado åflores, uno en especial es espectacular con sus
enormes flores rojas. A su lado brotan otros sobre una mata seguramente
pariente de los girasoles, esta de flores amarillas bastante grandes, en gran
abundancia.
Me gustan los
animales de todo tipo. Tengo dos perros que me han salvado la vida durante la
pandemia con su apego, cariño, afecto constante. Me gustan los caballos de los
que había enorme cantidad cuando yo era joven, cosa de hace mucho tiempo… Me
gustan los mapaches que a veces veo y gozo del balido de las ovejas que tiene
mi vecino. Sé conversar con ellas. Y temprano en la mañana suelo hablar
con los colibríes, cuando voy a ponerles agua azucarada. Están por todas partes
con sus variados azules y verdes iridiscentes.
Hace mucho
tiempo conocí a un cerdo salvaje que vivía en una especie de refugio en un
terreno no señalizado en la parte trasera de la granja de un familiar, donde
solía pasar las vacaciones escolares. Venía de la familia de los grandes
jabalíes, me dijo, y le gustaba contarme de un antepasado suyo que se sumergió
en un lago de fuego y de su fondo sacó a la luz la tierra primitiva que dio
origen a un inmenso bosque de robles. Nunca entendí por qué la tradición
cristiana considera al jabalí un demonio lascivo, cuya impetuosidad debe ser
combatida. Durante unos años, cada vez que regresaba allí, él de alguna manera
me esperaba, ansioso por contarme historias de cuando uno de sus antepasados
jugó un papel importante en el budismo tibetano, espiritualmente responsable de
la liberación de la felicidad. Mis vacaciones se llenaron de la magia de estas
hazañas que me parecían fábulas, y tal vez lo eran, tal vez sólo estaba
imaginando esas conversaciones, o incluso tal vez no había ni un cerdo salvaje
en esas tierras salvajes y casi sin cultivo. Sin embargo, mi memoria siempre se
ha beneficiado de la exuberancia de mi inconsciente.
En mi jardín
es constante el movimiento de las aves. Es un pulso de la vida natural, una
justificación de que es importante mantener vivos los árboles en que anidan. No
basta gozar la vida, es necesarios esforzarse para que el llamado de las hojas siga siendo música y verbo. El esfuerzo llama
al placer. Mi jardín es parte de la Selva Oscura al que entro con el Dante,
selva en que encuentro ritmos y espacios esenciales. La selva es también
musical, y la música incluye a la selva. Esta selva es oculta y siempre
presente, interviene en todo, ayuda a la vivacidad del espectáculo que se
percibe sobre la hoja. A esta selva recurro cuando todo lo que busco entra en
la niebla que es viviente, que alienta a todo lo vivo. Es la niebla que me
envuelve cuando cierro los ojos mientras me adentro en las aventuras nocturnas.
Los bicos-de-lacre
no entran en las notas de una canción. Van más allá del pentagrama brillante de
los cielos y descienden para responder al llamado de las aguas y las hojas. Los
dioses no saben cómo comportarse ante la grandeza despreocupada de los pájaros.
Últimamente he colocado pequeñas fuentes de agua potable y algunos depósitos de
alpiste alrededor del jardín para que los pájaros locales puedan venir a
cantarme. Esta magia del azar descifra los colores sonrientes de cada talismán
con que nos visitan las estaciones. Una brizna de sol. Una maravilla azucarada
del cielo. El caballero pelirrojo también conocido como el gallo-de-la-pradera.
Si no logramos reunir a los siete maestros del mundo cada mañana es porque nos
equivocamos en alguna letra o algo se quedó atascado en el silencio mientras
picoteábamos los granos. Escuchar a los pájaros nunca me hizo querer volar.
Estoy seguro de que cuando me ven escribir ellos nunca piensan en cambiar el
color del paisaje.
Una nariz
helada me despierta y me hace chillar de alegría. Un día nuevo. Llega una perra
tripié me llama la atención que está en los huesos, devora cuanta cosa le pongo
delante. La veo y pienso que los tiranos y los criminales cuando mueren se
reencarnan en los perros que nacen en México. Cortar un pedazo de pata a una
perra o la cola a un perro me parece que debiera ser sancionado. En todo caso
gana mi desprecio. Veo rasgos de individualidad y de destinos separados en
todos los seres vivos. También en los del reino vegetal. Planto cinco árboles
del mismo tamaño, los trato de la misma manera y no tienen el mismo ritmo de
vida, no crecen igual, no toman formas de aspecto similar. Lo mismo sucede con
los animales. Pueden ser dependientes, exigiendo atención constante; pueden
tener actitud digna e independiente. Pueden ser la expresión misma de la
vulnerabilidad. Si no me crees ven a ver de qué te estoy hablando.
O vamos en el
frío amanecer, caminando por las calles casi desiertas, si no fuera por las
miserables formas humanas y animales que se resguardan del hambre y otros
vértigos con las telas raídas de la nada. Allí todos ya han superado sus
límites. Perros, lagartijas, borrachos, ranas, prostitutas, viejas indias
ciegas, un caballo tan desvencijado que apenas puede cojear. Noches como éstas
son el último verso de una maldición intemperante. Encontré a uno de ellos,
Euclides, un viejo ornitorrinco que se alimentaba de pequeños ratones
esqueléticos. A Euclides le habían arrancado sus espuelas venenosas y se
revolcaba en charcos negros y sucios, en busca de gusanos. Cuando me acerqué a
él, retrocedió tan asustado que me agaché en silencio, sin moverme, esperando
que entendiera que no estaba allí para hacerle daño. Ciertamente le era
imposible seguir creyendo en el hombre. Ambos permanecimos completamente quietos
hasta que decidí extender la mano y acariciarle la cabeza. Fue bien recibido y
pronto lo tomé en mis brazos. En mi casa lo metí en un tanque en el patio, con
agua limpia y fui a buscarle unas sardinas al refrigerador. Quizás esa fue su
primera comida en mucho tiempo. Euclides tenía una mirada tierna que me hizo
sentir avergonzado. Sentí la violencia del mundo como un diario del mal escrito
en cada movimiento de aquel animal que, al día siguiente, cuando me desperté y
fui a verlo al patio, estaba muerto, flotando boca abajo en el tanque.
Los grillos ya no saben
tocar el piano. Las noches languidecen bajo los armazones de muebles viejos. No
sé si estamos perdiendo animales o simplemente reemplazándolos. Escondido en
los rincones más improbables del alma, aún es posible encontrar un viejo
escorpión, bajo una piedra negra que ha echado raíces en la tierra. El otro día
me pareció oír el canto de un periquito desgarrando los tímpanos de la memoria.
A la vista, manadas de búfalos y un par de cobayas del reino comienzan a
llegar. Algunas hormigas aún sueñan con dejar su rastro flemático y,
disfrazadas de cigarras, llevar una vida de vagabundos cósmicos. Los animales
mastican, cada uno según su hambre, las líneas que componen la extensión de
nuestros mundos.
NOTA
Un día,
Susana Wald y Floriano Martins, dos surrealistas asociados en otros proyectos,
comenzaron a escribir lo que imaginaban que sería un libro. Martins había
escrito un extenso estudio sobre ella, sobre su magnífica obra, que, a su vez,
se convirtió en un libro. Ahora era el turno de un bestiario, con cierta
influencia del género medieval, pero carente de su aspecto moral, que combinaba
su coexistencia con animales reales y fantásticos, permitiendo que la memoria
fluyera junto con la imaginación, una delicada relación amorosa entre el sueño
y la vigilia. Debido a la densidad de la escritura, el libro terminó siendo más
corto, y ahora publicamos el resultado de esta visión antropomórfica de la
realidad bajo la firma mágica de dos entrañables surrealistas.
SUSANA WALD (Hungría, 1937). Pintora, ceramista, escritora, editora y traductora literaria, residente en Oaxaca, México. Nacida en Budapest, Wald emigró con su familia a Buenos Aires, donde estudió cerámica en la Escuela Nacional de Cerámica antes de mudarse a Santiago de Chile en 1957. Mientras continuaba su trabajo como ceramista, Wald comenzó a estudiar medicina en la Universidad de Chile en 1962. Al año siguiente, conoció al poeta y artista chileno Ludwig Zeller (1927-2019), director de la galería del Ministerio de Educación, quien se convertiría en su colaborador y compañero de vida. Juntos, participaron activamente en grupos surrealistas en Chile y en todo el mundo, incluido el movimiento Fases con sede en París. Ha realizado exposiciones individuales en Chile, Canadá, Estados Unidos, Francia, Alemania, Bélgica, Islandia, Venezuela y México. En octubre de 2001, fui artista invitada de Agulha Revista de Cultura # 17.
FLORIANO MARTINS (Fortaleza, 1957). Poeta, editor, dramaturgo, ensaísta, artista plástico e tradutor. Criou em 1999 a Agulha Revista de Cultura. Coordenou (2005-2010) a coleção “Ponte Velha” de autores portugueses da Escrituras Editora (São Paulo). Curador do projeto “Atlas Lírico da América Hispânica”, da revista Acrobata. Esteve presente em festivais de poesia realizados em países como Bolívia, Chile, Colômbia, Costa Rica, República Dominicana, El Salvador, Equador, Espanha, México, Nicarágua, Panamá, Portugal e Venezuela. Curador da Bienal Internacional do Livro do Ceará (Brasil, 2008), e membro do júri do Prêmio Casa das Américas (Cuba, 2009), foi professor convidado da Universidade de Cincinnati (Ohio, Estados Unidos, 2010). Tradutor de livros de César Moro, Federico García Lorca, Guillermo Cabrera Infante, Vicente Huidobro, Hans Arp, Juan Calzadilla, Enrique Molina, Jorge Luis Borges, Aldo Pellegrini e Pablo Antonio Cuadra. Entre seus livros mais recentes se destacam Un poco más de surrealismo no hará ningún daño a la realidad (ensaio, México, 2015), O iluminismo é uma baleia (teatro, Brasil, em parceria com Zuca Sardan, 2016), Antes que a árvore se feche (poesia completa, Brasil, 2020), Naufrágios do tempo (novela, com Berta Lucía Estrada, 2020), Las mujeres desaparecidas (poesia, Chile, 2022), Sombras no jardim (prosa poética, Brasil, 2023), e Obra-prima da confusão entre dois mundos (poesia, Brasil, 2026).
ROLANDO TOPOR (França, 1938-1997). Pintor, ilustrador, poeta, cançonetista, dramaturgo, encenador, cineasta e fotógrafo, artista impossível de catalogar, começou por destacar-se com os desenhos grotescos que publicou na revista satírica Hara-Kiri. Vencedor do Grand Prix de L’Humour Noir em 1961, bebeu dos surrealistas e respondeu-lhes com o movimento Pânico, que fundou com Fernando Arrabal e Alejandro Jodorowsky, entre outros. Em sua obra, Topor nos leva para um mundo do avesso, e a crueldade animalesca, o erotismo, a escatologia e a tétrica ironia das suas obras valeram-lhe o desprezo de críticos, vários projetos ruinosos e ameaças de morte quotidianas. Graças a uma sempre amável sugestão de João Antônio Buhrer, Rolando Topor agora está conosco como artista convidado desta edição da Agulha Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
Número 264 | março de 2026
Artista convidado: Rolando Topor (França, 1938-1997)
Editores:
Floriano Martins | floriano.agulha@gmail.com
Elys Regina Zils | elysre@gmail.com
ARC Edições © 2026
∞ contatos
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FLORIANO MARTINS | floriano.agulha@gmail.com
ELYS REGINA ZILS | elysre@gmail.com











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