sábado, 21 de março de 2026

SUSANA WALD y FLORIANO MARTINS | Los animales con que vivimos

 


Detrás del piano vivía un grillo. Había improvisado una casa con viejos trozos de capullos de escarabajos saltarines. El piano llevaba mucho tiempo apoyado contra la pared de mi salón. El grillo tal vez se alimentaba del recuerdo de notas que la casa ya no escuchaba. Estas voces debieron encontrarse dentro de la caja descolorida de este piano vertical. Notas que yacen como si nunca hubieran existido. Notas sólo comparadas con los murmullos de un dios que se culpaba por haber sido injusto con los grillos. Sin embargo, el silencio supuso que no había lealtad entre los dioses y los grillos. Tampoco fueron criados como aves migratorias. 

 

Mi habitación tenía esta debilidad: encarnaba con reprochable precisión las aflicciones de ciertos animales que vivían sus vidas actuando de manera ambigua entre la maldición y la venganza. Siempre supimos que los dioses eran así, pero el hecho de que también fueran así los grillos fue algo nuevo que sólo descubrí cuando conocí a ese misterioso residente cuyo desgarrador chillido resonaba como las hojas de un huracán atravesando el cielo. ¿Quién cantaría así si no se sintiera asfixiado por su propia decisión de vivir solo? 

 

O tal vez fueran los fantasmas masacrados de esos escarabajos saltarines nacidos muertos, porque la casa es también la piel que vestimos. Los egipcios sabían que cada casa era un fragmento del cuerpo efímero del universo. El grillo fue un huésped imprudente que ocupó dos casas que no eran suyas. Quizás había cruzado muchos mundos para llegar allí. Incluso es posible que viniera con el piano. Quién sabe. Como los dioses y los hombres, los grillos son inevitablemente nómadas.

 

Los humanos somos también animales. No siempre lo tenemos en cuenta. A diferencia de los grillos poseemos un cerebro grande, con el que podemos individualmente hacer lo que hace un grupo grande de grillos cuyo sistema nervioso colectivo les ayuda a satisfacer sus necesidades y ayuda a su supervivencia. La inteligencia de los grillos no es de despreciar, logran vivir en circunstancias adversas que un organismo mayor como el humano no puede tolerar. Es casi seguro que mucho antes de que aparecieran humanos en el planeta ya estaba poblado por grillos. Se puede pensar que nosotros somos los humanos los que invadimos la casa de los grillos y no a la inversa. 

 

El grillo que canta tras el piano acaparando la música que puede oír cuando alguien golpea las teclas hace su música con fines que quizás no son del todo diferentes a lo que anima a los pianistas. Dicen que lo que oímos como canto de grillos es un sonido que producen las hembras para atraer a los machos a la cópula. Mucho de la música que producen los pianistas se origina en urgencias similares, es decir, mucha música la inspira una emoción que llamamos amor que lleva a que varones y mujeres funcionamos con impulsos similares a los de los grillos. Mis hermanos grillos y yo cantamos y formamos conciertos en los que influenciamos a nuestros semejantes a perpetuar la vida, a darle sazón, a aprovechar el goce de tocarnos y de suspirar o cantar como sopranos o barítonos agradecidos de placeres.

 

Cuando deletreamos las verduras en la sartén tarareamos como si ese momento fuera una iniciación al campo y fuéramos espectros hipomórficos, de una civilización antigua que ciertamente precedió a la era del fuego. El origen de la tierra no es inseparable del destino humano, aunque los poderes de las tinieblas de alguna manera se perpetúan al toque de encarnaciones que, una vez totalmente renovadas, repiten nuevamente la misma oscura dialéctica. En uno de esos momentos, los grillos pueden haberse sentido como caballos de la muerte. Aquellos que poseían la llave de los sueños, que se la robaron a Artemidoro incluso antes de su nacimiento, y esperaron que llegaran hombres a este plano para ahogarlos en la desesperación. Las leyendas son como un instinto de supervivencia, una cadena simbólica que perpetúa a los hombres y a los grillos, es muy posible que, en busca de esa noche, como decía García Lorca, en la que se pueda recorrer el mejor de los caminos. Todos buscamos esa noche, con su abundancia solidaria que nos permita ir más allá de la imagen que reflejamos en el

horizonte.

 

Una antología de poemas del muy querido poeta húngaro György Faludy en su título alude a la poesía como música de grillos. Los grillos y los humanos creamos el canto a la vida, buscamos el modo de prolongar nuestra estadía en este gran milagro. A los grillos se le desprecia como animalillos que hacen ruido. Lo mismo les pasa a menudo a los poetas o incluso los músicos, ambos cantan, haciendo su labor. Este ruido que hacemos los que participamos en el acto de crear algo que llena el vacío, que puebla el aire, agua y tierra de lo que antes no se veía o no se oía, o se pensaba que no existía es un ruido que alienta también a la vida vegetal y quizás también la creación de cristales. No podemos dejar de hacer ruido, no podemos abandonar el canto de los grillos, somos, junto a ellos los que participamos en la música de las esferas. 

 

Desde que grillos y humanos poblamos de ruidos nuestros entornos otras vidas se han animado y siguen creciendo. La música ayuda a que crezcan las plantas. La poesía ayuda a que los humanos sigamos nuestro esfuerzo de vivir, los grillos con su cantar hacen lo mismo. Las hembras de los grillos llaman a la cópula, el canto de aves, grillos y humanos es la manifestación del amor que anima a todo lo que vive y que mueve al sol y las estrellas. Horizontes de grillos y de poetas pueblan los milagros.

 


Los grillos, sin embargo, nunca fabricaran armas nucleares. El canto de las ojivas no irradia belleza. El mundo está roto y dondequiera que se practica la esperanza esto no es más que un movimiento sin mayor credibilidad. Los grillos y los poetas, por mucho que sigan cantando, no tienen un arsenal de maravillas suficiente para frenar la imprudencia humana. Pienso nuevamente en György Faludy quien, al escribir sobre los días futuros, preguntó: ¿El aumento del nivel del mar nos salvará detrás de nuestros muros construidos con oraciones? 

 

Cuanto más tememos la caída, más se balancea la humanidad sobre un cable de acero que no soportará el peso de su malestar por mucho tiempo. De alguna manera, por una razón que nos persigue sin la menor explicación, no recordamos las canciones de los poetas, al mismo tiempo que parecemos sordos al lenguaje amoroso de los grillos.

 

En mi jardín los grillos conviven en armonía con ardillas, lagartijas, culebras y con muchas aves de colores y tamaños variados. Gozan el refugio de los árboles enormes en el amplio espacio. 

 

Aparecen también mariposas de colores variados, muchos son amarillos de un tinte muy claro. Revolotean por todos los lados en que aparecen flores. Entre los árboles hay dos que han dado åflores, uno en especial es espectacular con sus enormes flores rojas. A su lado brotan otros sobre una mata seguramente pariente de los girasoles, esta de flores amarillas bastante grandes, en gran abundancia.

 

Me gustan los animales de todo tipo. Tengo dos perros que me han salvado la vida durante la pandemia con su apego, cariño, afecto constante. Me gustan los caballos de los que había enorme cantidad cuando yo era joven, cosa de hace mucho tiempo… Me gustan los mapaches que a veces veo y gozo del balido de las ovejas que tiene mi vecino. Sé conversar con ellas. Y temprano en la mañana suelo hablar con los colibríes, cuando voy a ponerles agua azucarada. Están por todas partes con sus variados azules y verdes iridiscentes. 

 

Hace mucho tiempo conocí a un cerdo salvaje que vivía en una especie de refugio en un terreno no señalizado en la parte trasera de la granja de un familiar, donde solía pasar las vacaciones escolares. Venía de la familia de los grandes jabalíes, me dijo, y le gustaba contarme de un antepasado suyo que se sumergió en un lago de fuego y de su fondo sacó a la luz la tierra primitiva que dio origen a un inmenso bosque de robles. Nunca entendí por qué la tradición cristiana considera al jabalí un demonio lascivo, cuya impetuosidad debe ser combatida. Durante unos años, cada vez que regresaba allí, él de alguna manera me esperaba, ansioso por contarme historias de cuando uno de sus antepasados jugó un papel importante en el budismo tibetano, espiritualmente responsable de la liberación de la felicidad. Mis vacaciones se llenaron de la magia de estas hazañas que me parecían fábulas, y tal vez lo eran, tal vez sólo estaba imaginando esas conversaciones, o incluso tal vez no había ni un cerdo salvaje en esas tierras salvajes y casi sin cultivo. Sin embargo, mi memoria siempre se ha beneficiado de la exuberancia de mi inconsciente.

 

En mi jardín es constante el movimiento de las aves. Es un pulso de la vida natural, una justificación de que es importante mantener vivos los árboles en que anidan. No basta gozar la vida, es necesarios esforzarse para que el llamado de las hojas siga siendo música y verbo. El esfuerzo llama al placer. Mi jardín es parte de la Selva Oscura al que entro con el Dante, selva en que encuentro ritmos y espacios esenciales. La selva es también musical, y la música incluye a la selva. Esta selva es oculta y siempre presente, interviene en todo, ayuda a la vivacidad del espectáculo que se percibe sobre la hoja. A esta selva recurro cuando todo lo que busco entra en la niebla que es viviente, que alienta a todo lo vivo. Es la niebla que me envuelve cuando cierro los ojos mientras me adentro en las aventuras nocturnas.

 

Los bicos-de-lacre no entran en las notas de una canción. Van más allá del pentagrama brillante de los cielos y descienden para responder al llamado de las aguas y las hojas. Los dioses no saben cómo comportarse ante la grandeza despreocupada de los pájaros. Últimamente he colocado pequeñas fuentes de agua potable y algunos depósitos de alpiste alrededor del jardín para que los pájaros locales puedan venir a cantarme. Esta magia del azar descifra los colores sonrientes de cada talismán con que nos visitan las estaciones. Una brizna de sol. Una maravilla azucarada del cielo. El caballero pelirrojo también conocido como el gallo-de-la-pradera. Si no logramos reunir a los siete maestros del mundo cada mañana es porque nos equivocamos en alguna letra o algo se quedó atascado en el silencio mientras picoteábamos los granos. Escuchar a los pájaros nunca me hizo querer volar. Estoy seguro de que cuando me ven escribir ellos nunca piensan en cambiar el color del paisaje.

  


Mi nieto más pequeño está fascinado por un hipopótamo que ganó en un premio por pasar el mayor tiempo levitando a más de 30 centímetros del suelo. Yo no sabía que llevaba tiempo entrenando y ya había conseguido la marca inalcanzable, a su edad, de 57 centímetros. Gabriel tenía entonces 4 años y cuando llevamos al cachorrito musculoso a casa dijo rápidamente que su nombre sería Delfos. Como sus padres viven en un departamento, Delfos tuvo que venir a vivir conmigo, y en casa pronto creció tanto que no podía ir más allá de un jardín lateral donde los bicos-de-lacre seguían cantando y ahora disfrutaban picoteando el lomo de aquella serena criatura que un día, para nuestra sorpresa, encontramos transformada en un diminuto caballito de mar, en el tanque que yo había construido para el creciente hipopótamo. ¿Había regresado a su pasado mítico? ¿Había galopado tanto en sus sueños que descubriera poderes mágicos dentro de sí mismo que lo llevaron a adaptarse mejor al entorno de mi jardín? Nunca lo sabremos. Durante un tiempo Gabriel y yo nos quedamos contemplando aquella maravilla, hasta que un día Delfos fue encontrado flotando sin vida en el acuario de la sala, donde lo habíamos reubicado. Nosotros, que no somos capaces de caminar en aguas profundas, encontramos extraño todo lo que proviene de la oscuridad de los océanos. La intrepidez con que nos seduce el agua podría posiblemente ahogar nuestra inteligencia. Quizás por eso nos atrae mucho más aprender a volar o incluso, como en el caso de mi nieto, a levitar.

 

Una nariz helada me despierta y me hace chillar de alegría. Un día nuevo. Llega una perra tripié me llama la atención que está en los huesos, devora cuanta cosa le pongo delante. La veo y pienso que los tiranos y los criminales cuando mueren se reencarnan en los perros que nacen en México. Cortar un pedazo de pata a una perra o la cola a un perro me parece que debiera ser sancionado. En todo caso gana mi desprecio. Veo rasgos de individualidad y de destinos separados en todos los seres vivos. También en los del reino vegetal. Planto cinco árboles del mismo tamaño, los trato de la misma manera y no tienen el mismo ritmo de vida, no crecen igual, no toman formas de aspecto similar. Lo mismo sucede con los animales. Pueden ser dependientes, exigiendo atención constante; pueden tener actitud digna e independiente. Pueden ser la expresión misma de la vulnerabilidad. Si no me crees ven a ver de qué te estoy hablando.

 

O vamos en el frío amanecer, caminando por las calles casi desiertas, si no fuera por las miserables formas humanas y animales que se resguardan del hambre y otros vértigos con las telas raídas de la nada. Allí todos ya han superado sus límites. Perros, lagartijas, borrachos, ranas, prostitutas, viejas indias ciegas, un caballo tan desvencijado que apenas puede cojear. Noches como éstas son el último verso de una maldición intemperante. Encontré a uno de ellos, Euclides, un viejo ornitorrinco que se alimentaba de pequeños ratones esqueléticos. A Euclides le habían arrancado sus espuelas venenosas y se revolcaba en charcos negros y sucios, en busca de gusanos. Cuando me acerqué a él, retrocedió tan asustado que me agaché en silencio, sin moverme, esperando que entendiera que no estaba allí para hacerle daño. Ciertamente le era imposible seguir creyendo en el hombre. Ambos permanecimos completamente quietos hasta que decidí extender la mano y acariciarle la cabeza. Fue bien recibido y pronto lo tomé en mis brazos. En mi casa lo metí en un tanque en el patio, con agua limpia y fui a buscarle unas sardinas al refrigerador. Quizás esa fue su primera comida en mucho tiempo. Euclides tenía una mirada tierna que me hizo sentir avergonzado. Sentí la violencia del mundo como un diario del mal escrito en cada movimiento de aquel animal que, al día siguiente, cuando me desperté y fui a verlo al patio, estaba muerto, flotando boca abajo en el tanque.

 


Los animales viven dentro de mí. Aparecen los días en que me doy cuenta cuando el infierno sopla su viento caliente y los cielos se visten de su mejor blanco. Son la encarnación de cómo muchos de mí vivimos en la edad más íntima de mis anhelos. El pétalo arcaico que cambia de color y forma y reaparece constantemente en la identidad secreta de todas las plantas. Cuando un hombre muere, lleva consigo algunos de estos animales que pueden ayudarle en la transición de una creencia a otra. Un pájaro, una serpiente, anguilas eléctricas, preparadas en aceites y telas, un bestiario simbólico que permite la vigilancia del tiempo y la enumeración de metáforas que son como un prodigio de larga vida. Generalmente somos criados por estos animales que cultivan nuestra alma. Incluso en rituales preparatorios, como el del pollo colgado por las patas con un corte en el cuello por donde se vierte toda la sangre a una palangana en el suelo del patio. Incluso la primera vez que vimos a dos perros callejeros copulando. Incluso cuando ayudamos a pescar los lambaris en el río cerca de nuestra casa y luego los ponemos en la sartén, quién sabe, tal vez con un último aliento de vida. Los animales son la representación visceral de nuestra relación con el mito. Pienso en esto mientras cambio el agua azucarada de las fuentes de agua que he colocado alrededor del balcón.

 

Los grillos ya no saben tocar el piano. Las noches languidecen bajo los armazones de muebles viejos. No sé si estamos perdiendo animales o simplemente reemplazándolos. Escondido en los rincones más improbables del alma, aún es posible encontrar un viejo escorpión, bajo una piedra negra que ha echado raíces en la tierra. El otro día me pareció oír el canto de un periquito desgarrando los tímpanos de la memoria. A la vista, manadas de búfalos y un par de cobayas del reino comienzan a llegar. Algunas hormigas aún sueñan con dejar su rastro flemático y, disfrazadas de cigarras, llevar una vida de vagabundos cósmicos. Los animales mastican, cada uno según su hambre, las líneas que componen la extensión de nuestros mundos.


NOTA

Un día, Susana Wald y Floriano Martins, dos surrealistas asociados en otros proyectos, comenzaron a escribir lo que imaginaban que sería un libro. Martins había escrito un extenso estudio sobre ella, sobre su magnífica obra, que, a su vez, se convirtió en un libro. Ahora era el turno de un bestiario, con cierta influencia del género medieval, pero carente de su aspecto moral, que combinaba su coexistencia con animales reales y fantásticos, permitiendo que la memoria fluyera junto con la imaginación, una delicada relación amorosa entre el sueño y la vigilia. Debido a la densidad de la escritura, el libro terminó siendo más corto, y ahora publicamos el resultado de esta visión antropomórfica de la realidad bajo la firma mágica de dos entrañables surrealistas.




SUSANA WALD (Hungría, 1937). Pintora, ceramista, escritora, editora y traductora literaria, residente en Oaxaca, México. Nacida en Budapest, Wald emigró con su familia a Buenos Aires, donde estudió cerámica en la Escuela Nacional de Cerámica antes de mudarse a Santiago de Chile en 1957. Mientras continuaba su trabajo como ceramista, Wald comenzó a estudiar medicina en la Universidad de Chile en 1962. Al año siguiente, conoció al poeta y artista chileno Ludwig Zeller (1927-2019), director de la galería del Ministerio de Educación, quien se convertiría en su colaborador y compañero de vida. Juntos, participaron activamente en grupos surrealistas en Chile y en todo el mundo, incluido el movimiento Fases con sede en París. Ha realizado exposiciones individuales en Chile, Canadá, Estados Unidos, Francia, Alemania, Bélgica, Islandia, Venezuela y México. En octubre de 2001, fui artista invitada de Agulha Revista de Cultura # 17.



FLORIANO MARTINS (Fortaleza, 1957). Poeta, editor, dramaturgo, ensaísta, artista plástico e tradutor. Criou em 1999 a Agulha Revista de Cultura. Coordenou (2005-2010) a coleção “Ponte Velha” de autores portugueses da Escrituras Editora (São Paulo). Curador do projeto “Atlas Lírico da América Hispânica”, da revista Acrobata. Esteve presente em festivais de poesia realizados em países como Bolívia, Chile, Colômbia, Costa Rica, República Dominicana, El Salvador, Equador, Espanha, México, Nicarágua, Panamá, Portugal e Venezuela. Curador da Bienal Internacional do Livro do Ceará (Brasil, 2008), e membro do júri do Prêmio Casa das Américas (Cuba, 2009), foi professor convidado da Universidade de Cincinnati (Ohio, Estados Unidos, 2010). Tradutor de livros de César Moro, Federico García Lorca, Guillermo Cabrera Infante, Vicente Huidobro, Hans Arp, Juan Calzadilla, Enrique Molina, Jorge Luis Borges, Aldo Pellegrini e Pablo Antonio Cuadra. Entre seus livros mais recentes se destacam Un poco más de surrealismo no hará ningún daño a la realidad (ensaio, México, 2015), O iluminismo é uma baleia (teatro, Brasil, em parceria com Zuca Sardan, 2016), Antes que a árvore se feche (poesia completa, Brasil, 2020), Naufrágios do tempo (novela, com Berta Lucía Estrada, 2020), Las mujeres desaparecidas (poesia, Chile, 2022), Sombras no jardim (prosa poética, Brasil, 2023), e Obra-prima da confusão entre dois mundos (poesia, Brasil, 2026).




ROLANDO TOPOR (França, 1938-1997). Pintor, ilustrador, poeta, cançonetista, dramaturgo, encenador, cineasta e fotógrafo, artista impossível de catalogar, começou por destacar-se com os desenhos grotescos que publicou na revista satírica Hara-Kiri. Vencedor do Grand Prix de L’Humour Noir em 1961, bebeu dos surrealistas e respondeu-lhes com o movimento Pânico, que fundou com Fernando Arrabal e Alejandro Jodorowsky, entre outros. Em sua obra, Topor nos leva para um mundo do avesso, e a crueldade animalesca, o erotismo, a escatologia e a tétrica ironia das suas obras valeram-lhe o desprezo de críticos, vários projetos ruinosos e ameaças de morte quotidianas. Graças a uma sempre amável sugestão de João Antônio Buhrer, Rolando Topor agora está conosco como artista convidado desta edição da Agulha Revista de Cultura.

  



Agulha Revista de Cultura

Número 264 | março de 2026

Artista convidado: Rolando Topor (França, 1938-1997)

Editores:

Floriano Martins | floriano.agulha@gmail.com

Elys Regina Zils | elysre@gmail.com

ARC Edições © 2026


∞ contatos

https://www.instagram.com/agulharevistadecultura/

http://arcagulharevistadecultura.blogspot.com/

FLORIANO MARTINS | floriano.agulha@gmail.com

ELYS REGINA ZILS | elysre@gmail.com

 




 

 

Nenhum comentário:

Postar um comentário