Soy un escritor que
vive en un archipiélago conocido desde la Antigüedad como Islas Afortunadas, un
lugar idílico donde escritores y artistas en general, han permanecido casi invisibles
durante más de quinientos años. Algunos de mis colegas del pasado tuvieron la suerte
o quizá la valentía de desfilar por el patio de butacas, exigiendo al director de
escena el derecho a representarse a si mismos en el escenario. Se consideraban más
reales y consistentes que los actores que solían representarlos, es decir una casta
burguesa y acomodada que los utilizaban como reclamo publicitario o simplemente
como muñequitos de feria. Una situación muy incómoda y por la que muchos decidieron
sobrevivir deambulando entre oficios terriblemente prosaicos antes que vender su
alma al diablo.
Ser escritor, ser artista en estas ínsulas del
Subtrópico de Cáncer suponía un esfuerzo extraordinario. El esfuerzo de ser lo que
uno realmente era podía admitir una gratificación metafísica, pero casi nunca un
reconocimiento público. La mayoría de los escritores y artistas no lograron hacerse
visibles nunca. La lejanía geográfica de la Metrópolis no era el mayor impedimento
para poder ser ellos mismos sino la lejanía con que se les trataba aquí en la isla,
como si no existieran.
Como la lírica de un
pueblo es algo etéreo y la cultura de un lugar también (excepto su pintura, arquitectura
o escultura) me propuse fabricar una cámara digital de última generación capaz de
fotografiar quinientos años de auras esenciales de las Islas Canarias. Y lo esencial,
como ocurre en la Naturaleza, es lo que permanece vivo a través de los cambios circunstanciales,
la voz del género y de la especie a pesar de las caducidades de los individuos.
Durante meses navegué con mi peculiar máquina fotográfica
por los distintos tiempos idílicos del Subtrópico de Cáncer. Pero curiosamente me
encontré con un impedimento: yo mismo. Como toda cámara grabadora, sus imágenes
iban a estar condicionadas por mi punto de vista, por mi ojo espectador. Lo que
vi, lo que fotografié en mi viaje astral, es lo que ahora les voy a contar.
Lo primero que descubrí es que al unir todas las
fotos espectrales la imagen final formada eran las siete Islas Canarias de siempre.
¡Quinientos años después seguían separadas, cada una en su sitio! Busqué entonces
la definición de archipiélago que mejor se adecuara a mi paradójico hallazgo y ésta
es la que mejor se ajustaba al pie de la foto final: Archipiélago: conjunto de territorios
unidos por aquello que los separa. Me quedé tranquilo. Ya tenía la primera definición
áurica de las Islas Canarias: las islas del Subtrópico de Cáncer conservaban identidades
indivisibles e intransferibles, con lo cual el término Cultura Nacional no podía
cristalizar en ellas como concepto unificador. Unidas sólo por aquello que las separa.
Cuando viajas en el Tiempo para encontrar una respuesta
aclaratoria debes utilizar herramientas muy precisas para que en el viaje de vuelta
no reaparezcas con las manos vacías. Y si lo haces como escritor no debes hacerlo
como arqueólogo. El arqueólogo puede encontrar momias y el escritor unas fotos.
En mi caso, unas fotos que me revelaron lo siguiente:
Las islas siguen siendo incógnitas, lejanas, inasibles; llaman a la mente ardiente
y sacuden el cerebro.
Las islas señalan el horizonte invisible
Las islas son las zonas ultrasensibles del Planeta,
como escribiera un día André Bretón
Las islas son secretos y misterios, son cercanas
lejanías.
Las islas son una entonación, un ritmo, una
estructura peculiar de la idea matriz.
La especial sonoridad o musicalidad de las islas
es una consecuencia de habitar un cruce de caminos fronterizos.
El máximo mito insular es San Borondón, la isla
fantasma, la “nunca hallada”. El género humano es el Robinson Crusoe de esa isla,
escribe el poeta canario Andrés Sanchez Robayna.
La cultura de las Islas Canarias es una Isla
Inventada. Quizá sea la isla fantasma que no logré fotografiar nunca. Quizá.
Cuando llegaron los
españoles, en Canarias se vivía en el Neolítico. En pocos años llegó el Renacimiento.
En mayo de 1497 un rey aborigen canario fue presentado ante el Senado veneciano
como regalo de los monarcas de Castilla y Aragón. Era el primer salvaje blanco que
conocía el mundo renacentista y para Canarias era el símbolo del inicio de su gran
travesía atlántica. El neolítico canario comenzó a no ser ajeno a la existencia
de otros mundos.
Desconozco que nos queda de aquellos indígenas,
pero me supongo que saltar del Neolítico al Renacimiento en tan poco espacio de
tiempo supuso un encontronazo de tal magnitud que aún sentimos los temblores. Intentaré
resumir que ocurrió después. Había que inventarlo todo, absolutamente todo, incluso
las ciudades donde iban a ocurrir estos insólitos acontecimientos que ahora cuento.
Los conquistadores lo
tenían claro: aquellas tierras iban a ser para ellos y ellos iban a decidir lo que
allí entraba o salía. Unos cuantos se repartieron todo el tesoro, tal y como sigue
ocurriendo ahora. Canarias siempre ha sido una tierra de amos y patronos y ese espíritu
terrateniente permanece intacto. El esfuerzo cacique consistió en reproducir los
modelos económicos, sociales y urbanísticos del continente. Pero los barcos no sólo
traían caballos y marqueses, curas y obispos, sacristanes y gobernadores. También
llegaban libros y obras de arte. Llegaban de Europa y América. Las familias más
adineradas podían enviar a sus hijos a las mejores capitales extranjeras. El ilustre
José Viera y Clavijo conoció personalmente a Voltaire y el ingeniero Agustín de
Bettencourt construyó puentes en San Petersburgo.
En ese trasiego de corsarios, piratas, conquistadores,
jesuitas ilustrados, franciscanos, ingenieros, notarios, escribanos, cronistas,
leguleyos, sobrestantes, llegaron a las islas, endechas, romances, instrumentos
musicales, cuadros flamencos, trípticos, libros incunables e incluso la Inquisición
y el Santo Oficio... Y las islas se convirtieron en un laboratorio, en tubos de
ensayo donde se podía experimentar con todo tipo de mixturas. Llegaron las influencias
en estado puro pero los isleños, aún aborígenes en el arte de pensar, mantuvieron
siempre la recámara crítica en funcionamiento, en estado de alerta. Comenzaron a
brotar los primeros periscopios y las primeras ciudades invisibles. Un mundo de
pergaminos e ideas comenzaba su andadura.
Las islas tardaron siglos
en volver a inventarse. Mientras los nuevos propietarios arrasaban el territorio,
desforestaban sus bosques mitológicos y marcaban sus parcelas de poder, los artistas
se encargaron de construir el imaginario insular desde cero, una labor encomiable
y que algunos ingenuos suelen llamar todavía la búsqueda de la identidad. Soy de
la opinión que desde que el Mencey aborigen se paseó en góndola por Venecia la identidad
de las islas se convirtió en un complejo sistema de canales y laberintos capaces
de despistar a los dioses más veteranos. Si la identidad fuera un rango yo debería
estar cantando ahora mismo. Pero soy un canario sin jaula y sólo cantaré esta noche,
después de cenar.
Pese a que los isleños
se consideraban aislados, perdidos y a veces náufragos, los barcos no dejaban de
llegar a puerto, despertando en los nativos una inmensa curiosidad por todo y al
mismo tiempo un continuo forcejeo por escapar de la isla. Algunos, tentados por
la imaginación y la fortuna emprendían viajes a tierras desconocidas. Otros se perdían
para siempre en el océano. Los que retornaron comenzaron a inventar una isla con
aquellos que no se habían ido nunca.
La construcción del
imaginario isleño fue un viaje lleno de
lucidez y contratiempos. Las endechas, los romances y las canciones tradicionales
del siglo XV expresaban los sentimientos y la vida cotidiana de aquellas islas vírgenes.
Una de las endechas decía: “hice una raya
en la arena/ para ver la mar donde allega”. ¿Qué significaba esa raya en la
arena? ¿Una señal secreta? ¿Un experimento para medir lo inmedible? Yo creo que
era un intento de dibujar en la orilla las primeras emociones que surgían al contemplar
un lugar tan magnífico e inexplorado. El Romancero Canario es una fuente impresionante
de sabiduría popular, la primera información sociológica de aquellos tiempos tan
remotos. Durante siglos estas endechas, estos romances fueron perfumándose de mar
y de isla, convirtiéndose en uno de los colecciones romanceras más singulares, ricas
e importantes del mundo. La poesía tradicional no es exclusiva de ningún tiempo
pero gracias a un prodigioso proceso de permanencia y creación logra actualizarse
y revitalizarse en los labios del pueblo. Los isleños del Subtrópico cantan, siempre
han cantado, como el pájaro universal que los identifica. Y el romancero pervive
en el canto.
Varios lustros después
y transportados por unos artilugios literarios llegados desde la Antigüedad, algunos
escritores del siglo XVI decidieron dar largos paseos por los bosques de las islas,
descubriendo en aquellos misteriosos parajes y en sus majestuosos árboles, los símbolos
de un pasado mitológico que poco a poco iba desapareciendo. Se pusieron manos a
la obra y decidieron salvaguardar el mito, en un intento por salvaguardar también
la imagen de un pueblo. Cuentan algunos estudiosos que si en Las Palmas de Gran
Canaria hubiera existido una imprenta, El Siglo de Oro Español tendría en Cairasco
de Figueroa a uno de sus más notables representantes. En la Selva de Doramas, los
pocos árboles que aún quedan en pie aún escuchan sus palabras escritas en la Comedia
del Recibimiento (1582):
Estad atentas
a escucharme
este es el bosque
umbrífero
que de Doramas
tiene el nombre célebre
y apuestos son
los árboles
que frisan ya
con los montes del Líbano
y las palmas
altísimas
mucho más que
de Egipto las pirámides,
que los sabrosos
dátiles
producen a su
tiempo y dulces támaras.
Mientras la lejanía
geográfica avivaba espejismos en el exterior, la isla imaginaria se inventaba en
el interior de las Canarias a un ritmo imparable, como los volcanes, que se mantenían
en pleno apogeo, ganando terreno al mar. Es en ésta época cuando la poesía en Canarias
se coloca a la altura de los movimientos culturales europeos, aunque con características
tan propias como el mestizaje-consecuencia de la colonización- y la relación con
América. Un dato curioso, Silvestre de Balboa, coetáneo de Cairasco de Figueroa,
nace en Las Palmas en 1563, se instala en Puerto Príncipe e inaugura con su obra
“Espejo de Paciencia” la literatura cubana y sienta el primer eslabón cultural entre
las dos orillas de nuestro océano. Desde entonces la cultura del Subtrópico siempre
tuvo un perfume americano en su concepción, en su sentimiento.
El paisaje, el mar,
la creación de mitos, personajes y leyendas dio paso a una época barroca, de metáforas
creacionistas. Fue como si las palabras dijeran: “ya que hemos llegado hasta aquí,
ya tiene una fotografía nítida del la iconografía subtropical, ahora nos toca a
nosotras enredarnos y liarnos la manta a la cabeza”. Parecía como si se hubiesen
tomado un descanso y se ocuparan ahora de disfrutar consigo mismas, buscando la
introspección y la reflexión mora, que no excluye en ocasiones cierto tono de alegría
festiva. Juan Bautista Poggio (Santa Cruz de La Palma, 1632-1707) hijo de genovés
y palmera, llamado por autores posteriores “el Calderón canario” fue el autor dramático
y poeta lírico que mejor expresó ese carácter filosófico, dialéctico y etéreo que
comenzaba a navegar por las ínsulas del Subtrópico:
Si otra patria,
otras leyes, otro fuero
Otra edad o
fortuna te deseas,
No es porque
con razón infeliz seas,
Es que hayas
en ti mal compañero.
Huye de la borrasca
el marinero,
Y más que el
mar le turban sus ideas:
Mudarás de sudor,
no de tareas;
De heridas mudarás,
no de acero
Se elaboraba entonces
un pensamiento propio, en este caso la inquietud del que desea huir. La Isla Inventada
ya era más densa, más profunda en su pensamiento. El aislamiento se unía al cosmopolitismo,
las nostalgias al Universo de ensueños. Sin embargo, de aquellas palabras efervescentes
y mágicas surgió posteriormente una literatura de anécdotas, un talante humorístico
dotado de un fuerte poder crítico, ese toque socarrón y burlón que esconde toda
inteligencia que sabe tomar distancia campechana con casi todo. Finalizando ya la
época barroca, un escritor plenamente inserto en el Ideario de la Ilustración, el
Vizconde de Buen Paso utiliza en sus admirables Cartas Diferentes, valores propiamente
líricos pero que suelen estar supeditados a la efectividad anecdótico-humorística.
La isla inventada comenzaba a reírse de si misma. Y de casi todo.
La recámara crítica tomaba formas más reconocibles,
pero aún estaba en su estado más primitivo. No obstante, las fotografías comenzaban
a adquirir un estilo camaleón, heterodoxo. Y los nativos subtropicales se divertían
y sufrían con su intocable individualidad., lo que el embajador canario en Paris
León y Castillo llamó posteriormente y en plan humorístico, la ley del mauro (así se nombraba entonces al campesino canario): “Paso
de buey, tripa de lobo y hacerse el bobo”, o sea lentitud en el actuar, estrategia
para el plan final y dar la sensación de que no sabemos nada. El arte de la invisibilidad
astuta, el aprendizaje del aislamiento. Pero el final del siglo XVII ya convocaba
a nuevas aventuras, quizá más cotidianas. Los viajes de ida y vuelta, el comercio
con el exterior, el mestizaje en estado avanzado, los barcos y las noticias que
llegaban con más rapidez ofrecían ahora al isleño nuevas oportunidades para sentir
y vivir.
En un nuevo escenario cultural las principales
orientaciones convergían ahora en la necesidad de un autoconocimiento. Entre los
siglos XVIII y XIX las islas imaginarias comenzaron a divisarse en la lejanía. Figuras
como Viera y Clavijo, “el arcediano que tenía la sonrisa de Voltaire” impregna al
S. XVIII insular de Ilustración, reflexión conceptual y peso ideológico...El esfuerzo
no había sido en vano, pese a la permanente invisibilidad a la que se veían forzadas
las inteligencias. ¿Quiénes somos realmente? — se preguntaron entonces los isleños.
¿Quiénes somos? ¿Cómo somos? ¿Que nos preocupa? Cuando comenzaron a plantearse esas
preguntas, del mar emergieron las doctrinas románticas y hubo un acercamiento a
la intimidad. La universalidad renacía ahora de ese mundo inmediato y local. De
las islas surgían los grandes temas de la humanidad. Pero la intimidad requería
también un lugar más cercano, una búsqueda de una moral insular, quizá la búsqueda
de una imagen insular. Hubo intentos de un arte y una literatura regionalista pero
la modernidad ya empujaba con ímpetu, como un gran trasatlántico que llegaba atiborrado
de turistas y con ganas de pasárselo muy bien.
El primer cuarto de
siglo del S. XX dio paso a una visión más rítmica del mundo. Entonces los poetas
y artistas fueron más filósofos que nunca, espectadores de una realidad cercana
y reconocible. Comenzaron a hablar de las historias que ocurrían en las tabernas
del puerto, de los vericuetos de la ciudad comercial, las tienditas de turcos, de
la vida en Madeira, Cádiz o Liverpool. Alonso Quesada, uno de los grandes escritores
canarios, nuestro Pessoa particular, escribía entonces: “El rumor del mar es como una remota voz humana… Una cordillera de montañas
frente al muelle… el mar, con un sueño de siglos, no amenaza ni brama en las bahías.
Parece guardar silencioso las montañas”... También estaba estabilizando el lugar
Tomás Morales, el poeta de Las Rosas de Hércules, el que según Valbuena Prat “era
el gran abridor de caminos, el poeta de los
aciertos y de las adivinaciones, precursor extenso.”. Abrieron caminos de futuro
aquellos poetas inmensos, hasta que en 1935, desde las páginas de la revista La
Gaceta de Arte se lanzó el siguiente manifiesto: “Impulsamos la larga playa de la isla a todos los continentes. Es nuestra
herencia. Y enriquecerla y decantarla, nuestra misión”.
Lo que vino después
fue una época oscura. La Dictadura del General Franco retornó a la invisibilidad
todas las conquistas anteriores. El fascismo que siempre arrasa con la inteligencia
hizo desaparecer a los creadores disidentes. Su memoria comienza a ser restaurada
aunque los nuevos caciquismos insulares han brotado con la misma virulencia de siempre,
corrompiendo la verdadera imagen de una isla que tanto tiempo tardó en ser inventada.
Los años cuarenta y
cincuenta del S.XX vieron renacer, como resistencias en un mundo de barrotes la
poesía social. Escritores como Agustín Millares Sall, Pedro Lezcano, Pedro García
Cabrera se empeñaron en protestar desde la inteligencia, recuperando la dignidad
perdida, asumiendo riesgos, incluso la represión y la cárcel. La revista Planas
de Poesía fue un nuevo intento de conjurar al enemigo, asociándose pintores y escultores,
poetas y músicos. La poesía pedía la paz y la palabra, mientras el Arte recuperaba
su esfera.
Lo íntimo y lo social, lo vanguardista y surreal,
lo indígena y conceptual emergieron entonces en las islas como volcanes, incorporándose
a su paisaje cultural, saliendo indemnes de tanta persecución e indiferencia, como
si el Arte gravitara siempre en torno a las islas, como una nube protectora, siempre
inaudita y variable.
En 1928 el escritor
canario Agustín Espinosa ya había escrito su libro Lancelot 28º-7º: “Lo que yo he buscado realizar, sobre todo- escribe
Espinosa- ha sido esto: un mundo poético; una mitología conductora .Mi intento es
el de crear un Lanzarote nuevo. Un Lanzarote inventado por mí... Sustituyo lo concreto
por lo abstracto… construyo la geografía integral de Lanzarote”. Varias décadas
después el universal pintor y arquitecto César Manrique, volvió a inventar Lanzarote,
haciéndola mundialmente famosa. Construyendo en el interior de las burbujas volcánicas,
el artista conejero hizo emerger una nueva isla lunar desde el fondo de su portentosa
imaginación. El arte fue la que la hizo visible.
¿Cómo construir una
imagen certera en un territorio tan fragmentado, como es el caso de este archipiélago
del Subtrópico? Las islas capitalinas, tan comerciales y desenvueltas, son cosmopolitas
y mundanas; las cercanas a África, desérticas y desconfiadas, se acercan a lo atávico
y simbolista, a la necesidad de volver a inventar el mito; las más pequeñas mantienen
como un tesoro sus costumbres ancestrales, defendiéndose de la temible globalización.
Las que llegaron a América huyendo de la pobreza se perfuman de nostalgias, de puntos
cubanos, de fiestas indianas, de viajes imaginarios, de tristes malagueñas. Y dentro
de cada una de ellas el norte no es el sur, los vientos marcan ritmos emocionales,
las altas cumbres atraen ritos mágicos: cada isla del Subtrópico es un pequeño continente
en miniatura.
¿Ingleses en el humor? ¿Portugueses en la saudade?
¿Fenicios en lo comercial y pragmático? ¿Africanos en lo silenciosos y cercanamente
lejanos? ¿Receptivos? ¿Desconfiados? ¿Filósofos? ¿Surrealistas? ¿Simbolistas? ¿Conceptuales?
¿Absurdos? ¿Ensimismados?
De niños íbamos los
domingos al Puerto de La Luz de Las Palmas a visitar a los marineros rusos, japoneses, chinos, coreanos, senegaleses,
panameños. Creíamos que vivían allí, en el puerto de la isla, con nosotros. Ir a
verlos era un espectáculo; ir a ver al otro, sentir la existencia del visitante
con sus vestimentas y costumbres diferentes, nos causaba admiración y sorpresa.
Para mí era el paseo más impactante, el que me abrió la mirada al mundo. Me imagino
que el resto de los isleños sentirían lo mismo en otros instantes de esta larga
historia que he contado hasta aquí.
Contra este movimiento
universal de apertura y gusto por las novedades siempre han existido dentro de las
islas voces discordantes o nacionalismos prefabricados que buscan sacar rédito mercantil
a estas visitas exteriores, utilizando para sus lucrativos negocios ideas como “cultura
nacional”, siendo estos dos conceptos elementos contrapuestos. Pero Alonso Quesada,
fino tejedor de intuiciones, nos salvaguarda en el tiempo de cualquier engaño circunstancial,
cuando escribe: todo lo que se institucionaliza
se idiotiza.
Creo que los artistas
insulares debemos seguir nombrando la belleza. Es la única manera de poder seguir
habitando la isla inventada, la única isla que verdaderamente nos pertenece. El
único lugar donde ser invisible sigue siendo una tentación.
JUAN CARLOS DE SANCHO (Islas Canarias, 1956). Autor polifacético, abarca desde el relato y la poesía hasta el ensayo, la ilustración, el columnismo, la crítica de arte y el guion televisivo y radiofónico. Cofundador de la revista Puentepalo y coeditor de la editorial del mismo nombre, dirige además la editorial El Rinoceronte de Durero. También es dibujante de tiras cómicas (Mona y Lisa, La Cabra que Ríe, Stand & By). Participa habitualmente en coloquios internacionales de literatura, con la finalidad de difundir la literatura insular. Traducido a diversas lenguas, parte de sus escritos de pensamiento se han publicado en revistas especializadas extranjeras.
PAULO SAYEG (Brasil,
1960). Desenhista, essencialmente desenhista. Este amável artista, humaníssimo,
que se diz suscinto ao falar, é possuidor – justamente por se deixar possuir –
de um vastíssimo horizonte de traços e imagens. Paulo é também pintor e programador visual
brasileiro. Ao longo de sua trajetória, atuou nas áreas de artes plásticas,
publicidade, ilustração, desenho animado e direção de arte. Realizou diversas
exposições individuais e coletivas no Brasil e no exterior, destacando-se por
uma produção marcada pelo expressionismo, pelo gestualismo e pela forte
presença figurativa. Em 1987, recebeu o prêmio de Melhor Desenhista concedido
pela Associação Paulista de Críticos de Arte (APCA). Artista convidado da
presente edição de Agulha Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
CODINOME ABRAXAS # 12 – LA OTRA (MÉXICO)
Artista convidado: Paulo Sayeg (Brasil, 1960)
Editores:
Floriano Martins | floriano.agulha@gmail.com
Elys Regina Zils | elysre@gmail.com
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