La crítica se ha referido ampliamente a la dificultad para ubicar a Vidales
dentro de una tradición reconocible y de una generación determinada; forma parte
de Los Nuevos, generación en la que participa
como uno de sus fundadores, pero el autor no puede constreñirse bajo el mote de
poeta vanguardista más allá de su ruptura con los elementos retóricos que definen
a las vanguardias. El mismo Vidales aclara en “Siempre he oído decir que soy diferente”
[2] que ni León De Greiff ni Rafael Maya lo fueron, y que tampoco adhirieron
a la “poesía de color rosado” modernista. Los
Nuevos surgen como generación contra el anquilosamiento de las formas poéticas
tradicionales y su expresión específicamente colombiana. Vidales, revolucionario
e iconoclasta, es poseedor de un temperamento que lo define tanto en su brillo solitario
como en su acercamiento hacia los otros (sombras, fantasmas, antípodas, animales,
seres animados e inanimados que en su poesía adquieren movimientos y voz). Suenan timbres participa, incluso sin proponérselo,
de un carácter universalista y de una renovación retórica que lo ubican dentro de
la literatura de vanguardia, pero que va harto más allá de los dislocamientos de
las formas cubistas, de los maquínicos arrebatos futuristas o de los sinsentidos
dadaístas. El origen de la poesía de Vidales es desconocido a tal punto, aunque
se le atribuyen diversos parentescos, que una reseña publicada en una revista española
a partir de unos poemas de reciente cosecha
señala que es “interesante el nuevo poeta colombiano: pero, ¿de dónde proviene?
No hay poetas sin mentores, y en éste hay cierta cosa extraña: no se parece a nada,
y no se sabe cuáles puedan ser sus maestros” (Vidales, 2017: 224). El humorismo
y carácter aforístico de algunos textos de Vidales pueden recordar las greguerías
de Ramón Gómez de la Serna, pero hasta por ahí nomás. El mismo Gómez de la Serna
define las greguerías como la mezcla de humorismo y metáfora, una conjunción anclada
fundamentalmente en el ingenio y éste, según William Hazlitt, al contrario que la
poesía, “es una inversión de la imaginación o la fantasía aplicada a objetos dados,
que hace que lo pequeño parezca minúsculo o lo mezquino parezca más ligero e inútil”
(Hazlitt, 2018: 36). Las estampillas de
Vidales y la lógica ilógica de sus textos en verso y en prosa son efectivamente
ingeniosos y efectistas, pero Suenan timbres
es mucho más que ingenio. Así como ciertos rasgos surrealistas presentes en la poesía
de Vidales desbordan los límites de las obras vanguardistas, siempre ligadas a su
contexto, el carácter imaginero, sintético, político y existencial de sus textos
excede ampliamente el alcance poético y reflexivo de las greguerías.
Gonzalo Rojas nos dice que “los verdaderos poetas son de repente”, chispazos
espontáneos y excepcionales en el cielo poético. Todo en el poema de Rojas me parece
escrito a propósito de Vidales: que los verdaderos poetas nacen y desnacen, que ríen con
el descaro de los 15, que los hechiza
el peligro, que tienen mil ojos y otras
mil orejas guardados en el cráneo musical
y que olfatean lo invisible más allá del número.
El surgimiento de Vidales en la poesía colombiana (que padecía cincuenta años de
retraso respecto de otras líricas según Luis Tejada) de la década de los veinte
tiene mucho de prodigio y de milagro: “¡Ah, es bien raro encontrar entre nosotros
ese hombre nuevo, que rompa con el pasado, demasiado muerto ya; que aparezca con
su personalidad genuina, que traiga un poco de materia sorprendente en su obra!”
(Tejada, 2017: 178). La imaginería, el pensamiento político, el lenguaje coloquial,
el tono conversacional y antipoético de Vidales (antes de que Nicanor Parra definiera
la antipoesía como el choque entre el último
hombre y el súper hombre, entre pedantería
y vulgaridad en la Revista Nueva del Internado
Nacional Barros Arana en 1935, y mucho antes de la publicación de Poemas y antipoemas en 1954) se pueden definir
como un temperamento “en pugilato con el público hoy remoto de aquella Bogotá de
1920. Por ese aspecto también, la gente trabaja mis poemas. En otras palabras, la
antipoesía la llevo en la sangre” (Vidales, 2017: 231). Estos elementos pueden observarse
claramente en “Psicología de una actitud”:
¡Bah!, ponerse a cuatro patas en el suelo. Sentado veía lo insignificante que
era esto. Arrastrarse. No tenía importancia. Cualquiera lo haría sin necesidad de
un largo proceso mental.
Me boté al suelo. Oh, ¡qué cambio tan brusco! Yo -¿yo en cuatro patas? Anonadamiento.
Convicción de que yo era un hombre capaz de todas las bajezas. Naturalmente me levanté
al punto.
Pero así supe que ponerse a cuatro patas -también como muchas cosas- es una
cosa trascendental (Vidales, 2017: 149).
El tono romántico de la infancia azul
en el poema “Los Arcos-Iris” habla de esa visión que invita al poeta al “indeterminado
deseo / como de acariciar cuellos / o como de domar serpientes. / Pero el dulce
muchacho de mi niñez / hace mucho tiempo que se ha marchado / yo no sé para dónde.
Y ahora / -en esta tarde romántica- cierro los ojos / y siento que me dejo estrangular
de un arco-iris” (Vidales, 2017: 58). Pero la bella evocación de caravanas de jirafas
de colores y la dramática imagen de sentirse estrangular por un arco-iris señalan
una infancia para nada lejana. Las propiedades del asombro, de la curiosidad, de
la alteración del plano lógico de la realidad son propias del niño que habita en
Vidales. Los números, y sabemos que para el autor “cifras y letras van unidas” (Arévalo,
Martínez, Moyano y Quintero, 2017: 259), siguen derroteros burlones y lúdicos a
través de paisajes surreales, incluso cuando aparecen en poemas que abordan más
directamente temas ideológicos y políticos. El poema titulado justamente “Los números”
se abre con la advertencia de la presencia ubicua del número en relojes, casas,
calles, autos, trenes y almanaques que se observan como en un travelling cinematográfico.
Los versos sencillos, hasta coloquiales, son rotundos hacia el cierre: “En la interminable
hilera de vitrinas / de las tiendas del mundo / el número ve y piensa / y te hace
‘pish…’ sin que lo notes. / El número vive esclavizado, / pero tiende una celada
en la moneda, / en la que caen los países / y ruedan como frutas” (Vidales, 2017:
124). Todo se observa, se oye, se huele y se paladea en visiones cargadas de sonidos,
de olores, de colores, de psicologismo: hojas, árboles, catedrales, nubes, cielo,
sol, lluvia, animales, cafés, horas del día, música, campanas, paraguas, pipas,
relojes, trenes, viajes, aventuras, barrios, parques, caras, ropas, espejos, sombras,
fantasmas, antípodas, “sin olvidar lo céntrico de toda poesía tradicional: la mujer;
la belleza del mundo; la muerte (aun quienes no creemos en su existencia)” (Vidales,
2017: 227). Se trata de una realidad parlante como en “Poema de la grafonola”, donde
una maullante señorita muy ligera de ropas
(se le notaba en la voz) exhibe la asombrosa
civilización que ha alcanzado el loro: “La grafonola seguía hablando / y la
vi hacer un gran gesto de pájaro / de espulgarse las alas. / Eso bastó. Le vi el
cuello curvo / el pico / y el impreciso batir de alas / verdes” (Vidales, 2017:
116).
El día es
lo más ciudadano que hay. Eso no me lo puede negar nadie. El día tiene gentes y
casas y pegados en las cintas vertiginiosas de las calles tiene tranvías-coches-autos-etc.-etc.
Cualquier día de la semana -llámese lunes o sábado- está siempre lleno de ciudades.
Pero la noche -¡ah! ¡caray!- la noche es lo más inculto que se conoce hasta hoy.
La noche está bien en los matorrales. La noche -primitiva-selvática-reacia a la
civilización- es el último resto de salvajismo en el mundo. ¿No habrá quién colonice
la noche?
(Vidales, 2017: 139).
El día puede
ser luminoso, azul, arbolado, bucólico, romántico como en “El paseo”, donde los
amantes caminan entre árboles, “como si se tratara / de unos altos pájaros verdes
/ que hubieran escondido / en el plumaje / la otra pierna” (Vidales, 2017. 68);
el cielo comienza a anochecer y surge la necesidad de guarecerse: “Si tú quieres
soñar / y te hace falta un tónico / vuelve la copa del cielo / ¡y bébete el azul!
/ Tú me escuchas. / Abres los ojos claros. / Y toda tú -pequeñita- / te quedas acurrucada
/ detrás de tus ojos claros” (Vidales, 2017: 68-69). La noche, en cambio, se puebla
de sombras y se transforma en la hora y el espacio privilegiados para los acontecimientos
inusuales que cruzan al flâneur. Frédéric Gros plantea que la flânerie es una actividad
poética ambigua y fantasmagórica que consiste en “remitificar la ciudad, inventar
nuevas divinidades y explorar la superficie poética del espectáculo urbano” (Gros,
2015: 190). El flâneur es, en ese sentido, siempre subversivo: se nutre de la multitud
de las grandes ciudades, de su velocidad y de su capitalismo; allí transita transgresivamente,
esquivando las muchedumbres, relentizando el paso y recolectando instantes, impresiones
y rostros. Esto puede observarse en la plasticidad de la ciudad observada en “Cinematografía nacional”; Bogotá proyecta un cielo amarilloso de linterna, unas nubes de estreno, unos árboles rígidos,
pero la noche permite la observación del fisiólogo: “Por los alrededores de Bogotá
/ merodea la luna. / ¡Y qué luna! / Es una luna barnizada de blanco / y con instalación
propia. / Afuera / el cielo de la noche / oscuro ampuloso / es un inmenso gongorismo.
/ Luego veo la luna. / ¡Oh! ¡Oh! / Les saca a los transeúntes / sus fichas antropométricas
contra el muro” (Vidales, 2017: 56-57).
Las escenas y reflexiones de índole filosófica de Vidales están matizadas de
un humor punzante y lúcido, y también de un tono inquietante que expresa una inusual
síntesis entre la risa y el horror. En Vidales la noche se puebla de fantasmas,
de figuras sombrías que, a pesar del humorismo que las acompaña, causan un efecto
de extrañamiento. “El vecino de adentro” utiliza el humor para referir la terrorífica
experiencia del encuentro con el otro que somos, aunque lo disimulemos en nuestro
interior más secreto:
El elemento terrorífico permite, sin forzar demasiado la lectura, establecer
ciertas afinidades entre el espectáculo de la Bogotá vista por Vidales, la Nueva
Inglaterra de H.P. Lovecraft bajo la intranquilidad que suscitan sus capiteles derruidos,
y las ciudades de Alfonso Reyes. Los rasgos fantásticos y oníricos, siempre tenebrosos
(pero con disposición hacia el asombro y la risa) establecen misteriosos vínculos
entre autores que la crítica no ha relacionado, pero que dialogan desde sus respectivas
orillas: lo risueño-macabro de Vidales, el horror cósmico de Lovecraft y el carácter
onírico en la etapa surrealista de Reyes (y también en textos posteriores que aúnan
el carácter cosmopolita y provinciano de su forma de mirar el mundo).
Luis Tejada señala que el humorismo es siempre trascendental, que el humorista
posee una visión cósmica del universo y que “al tocar las menudas cosas cotidianas,
el poeta no pierde su situación eminente, su punto de vista universal y esencial”
(Tejada, 2017: 179). Esa compenetración de Vidales con los rasgos infinitesimales
de lo prosaico, pero ligados a un cosmos que se desplaza continuamente y que nos
deja en el anonadamiento que apenas percibimos detrás de la fachada estática del
universo, nos descubre “que hay un pino dormido / en la tour Eiffel / y que cada
catedral gótica / es como una selva dormida. / Y me dije: / ¡Oh! / las catedrales
góticas / fueron construidas / para fundas de árboles” (Vidales, 2017: 111). Esa
torsión de la realidad puede expresar una belleza apaciguada o directamente intranquilizadora
como en “Paisaje de la noche”, donde el lago se aquieta y la oscuridad es hermética
a simple vista, pero desde donde surgen árboles que se disuelven, en la que los
sapos se inflan, donde el viento es ventrudo y camina bocabajo y se ahorca en los
árboles o pasa estirado sobre sus piernas fluidas: “Y entonces -tal vez como nunca
volveré a presentirlo- / bajo la oscuridad se hizo todo más claro. / Los sapos -de
ojos de vidrio- parpadeaban aún. / Vi pasar su orquestación / en ligeras sombras
verdes. / Y -en medio de aquel mundo prodigioso- / todos mis gritos se aglomeraron
en la plaza del alma / y liberté uno / y era el grito del sueño / y se perdió en
la inmensidad / con su leve sombra rosada” (Vidales, 2017: 95). Juan Manuel Roca
señala en el prólogo a Suenan timbres
que la Colombia de 1926 “aún dormía un largo bostezo virreinal” (Roca, 2017: 14);
Lovecraft era, tanto en Colombia como en otros países latinoamericanos, un absoluto
desconocido en la década de 1920, sin distribución editorial y sin traducciones
disponibles. Es seguro que Vidales no había tenido acceso a las historias lovecraftianas
del ciclo onírico (1920-1927), mientras que los Mitos de Cthulhu (1925-1935) recién comenzaban a escribirse en la fecha
de publicación de Suenan timbres. La escritura
de Vidales, sin precedentes en la literatura colombiana, puede haberse visto sutilmente
influida por la lectura de las historias macabras de Poe y Maupassant, pero su reformulación
cósmica es inédita.
Juan Gustavo Cobo señala que Vidales inaugura la vanguardia poética en Colombia
y aporta “humor, ironía, una mirada oblicua sobre nuestra realidad, una visión cinematográfica
de nuestro país” (Coba, 2017: 239). Tanto Alberto Rodríguez Tosca como Isaías Peña
Gutiérrez refieren qué estaba ocurriendo en el panorama literario latinoamericano
y universal en la década de los veinte y, concretamente, en 1926, pero ninguno de
los dos repara en la aparición en 1920 de El
plano oblicuo de Alfonso Reyes. Me parece, sin embargo, que hay una comunicación
literaria entre Vidales y Reyes tan secreta y oblicua como
la sonrisa que expresa una comunicación velada. No hay antecedentes de que Vidales
haya leído a Reyes hacia 1926. Cartones de
Madrid es de 1917 y Calendario es
de 1924; las fechas señalan que Vidales pudo haber leído a Reyes, pero quizás es
poco probable. Hay, sin embargo, muchas coincidencias entre ambos. La primera de
ellas atañe a las poéticas de ambos autores, al cruce disciplinario entre literatura
y artes plásticas, y a la fusión entre ensayo, poesía y ficción. Gabriel Zaid nos
dice que no hay ensayo más breve que un aforismo y el carácter aforístico se presenta
tanto en los poemas de Vidales como en sus textos en prosa, mientras que Reyes explora
las posibilidades de los cartones y de los ensayos poemáticos. La segunda coincidencia
entre Vidales y Reyes se observa en los elementos vanguardistas de ambas escrituras.
Vidales cuenta que su poesía cuestiona el estatismo, que todo se mueve y que esa
propiedad ha hecho decir “a ciertos finos espíritus que esa poesía es la precursora
de los dibujos animados de Disney, elogio que les agradezco” (Vidales, 2017: 217),
mientras que Reyes percibe una realidad en un flujo constante que desafía la razón
en planos pictóricos, casi cinematográficos, que recortan, alargan, seleccionan
y fijan recuerdos que el cuerpo atesora. El tecer rasgo en común entre ambos autores
remite a la mirada oblicua presente en sus textos. Oswaldo Zavala
señala que en Reyes se difumina “la frontera entre realidad y fantasía a través
de la creación de ese plano oblicuo” (Zavala, 2014: 378) que se presenta tanto en
El plano oblicuo como en Cartones de Madrid y en Calendario. Reyes utiliza el boceto como
procedimiento para dibujar una ciudad heterogénea que imbrica lo narrativo, lo poético
y hasta lo dramático, y donde el elemento plástico recorre Cartones de Madrid. El carácter visual de este último se profundiza
en los ensayos poemáticos de Calendario
de Reyes y se conecta con las Estampillas
de Vidales. [4] Las miradas oblicuas de Reyes y de Vidales,
así como las visiones pictóricas y cinematográficas encierran una forma, un contenido
y una poética, un procedimiento analítico y estético de mirar los objetos, los paisajes,
los hombres y, por supuesto, las mujeres. Reyes percibe la belleza como idea y las
mujeres, como expresión de la belleza, son para él ojos o cabellera o ritmos, elementos
que se disponen en planos caleidoscópicos: “Cuando yo muera y los médicos me abran el cuerpo para sacarme el alma, la van
a encontrar llena de quemaduras del color de todos los ojos de las mujeres; si ya
no es que encuentran un miserable puñado de cenizas: ¡toda se me habrá consumido
en esta posesión imposible de las miradas, tonel sin fondo de los deseos!” (Reyes,
1995: 355). El poema “Las instantáneas” de Vidales señala la contemplación admirada
ante el paso presuroso de las mujeres y el deseo de fijar su belleza en la eternidad
fotográfica:
Uno es una máquina fotográfica. Las piernas son el parapeto de esta máquina.
Cuando yo salgo a la calle me pongo a sacar vistas. Llevo una bomba de corneta
de auto en el bolsillo para dar la ilusión de la pera de la máquina.
Y cuando una señorita pasa muy de prisa yo casi siento deseos de gritarle.
-Deténgase usted, señorita. Yo le saco su instantánea.
Y en ese momento apretar la bomba de goma en el bolsillo (Vidales, 2017: 145).
Luis Vidales viajó
a Chile en 1953 y aquí, en el exilio, vivió once años de su vida desempeñándose
en la Dirección Nacional de Estadística y como profesor de Estética e Historia del
Arte (ya sabemos que cifras y letras van unidas). Me emociona saber que el llamado
de Suenan timbres, a casi cien años de
su aparición, repercute en Chile y en el concierto poético latinoamericano con bulliciosa
algazara. Los verdaderos poetas son de repente,
timbres que resuenan y se siguen oprimiendo porque, en palabras de Gonzalo Rojas,
el vaticinio va con ellos, son lozanía y arden
lozanía.
NOTAS
1. Roca señala que el primer timbrazo sonó en 1926, el año de aparición del
libro en Editorial Minerva; el segundo fue en 1976 con la publicación de Suenan timbres por el Instituto Colombiano
de Cultura; el tercer corresponde a la edición de Plaza y Janés de 1986; el cuarto
sonó en 2004 con la edición en la Colección de Poesía de la Universidad Nacional
de Colombia; el quinto llamado es el que tengo entre las manos y que corresponde
a la edición de Letra a letra y Domingo atrasado.
2. Publicado originalmente
en la revista Nueva Frontera Nº 118, Bogotá,
febrero de 1977: 24-25 y 32, e incluido como uno de los trece textos testimoniales
en la edición de 2017 de Letra a letra y Domingo atrasado.
3. Respecto del carácter urbano de una parte de la poesía
de Vidales, otra parte está conformada por el carácter naturalista y, por consiguiente,
menos citadino de su obra. Parece que todo queda en familia, porque Juan Manuel
Roca, sobrino de Vidales, posee también una marcada veta naturalista que dialoga
en poemas donde se oye el bullicio de la ciudad, tanto en su belleza como en sus
miserias.
4. Los bocetos de Cartones de Madrid
de Reyes sugieren, desde el título del libro, su carácter inacabado. Posteriormente,
el título que reúne los ensayos poemáticos del libro de 1924 de Reyes remite a las
acrónicas entradas de un calendario formadas por una curva abierta de simpatías y diferencias. Los textos de ambos
libros son, como las Estampillas de Vidales (nombre que deriva de estampas -diseños
en plano o en relieve sobre diferentes superficies-), breves y plásticas.
5. Ejemplifico con
“Del hilo, al ovillo”, texto que expone el problema de los celos en una prosa
escénica. Los celos, “turbación de nuestra alma que cobra agudísima conciencia de
su soledad irremediable. Pasión que no mueve a piedad por ser acaso la más individual
y exclusiva, y que a los más lamentables extravíos conduce” (Torri, 1970: 14), llevan
a un desconfiado marido que teme el engaño de su mujer a seguir el rastro de la
madeja que su mujer teje y que él presume que se le ha caído en una contienda amorosa
a sus espaldas. Dispuesto al crimen sigue el recorrido del hilo, que por el hilo se saca el ovillo, pero lo
que encuentra es al bello y terrible gato envuelto en la madeja, jugando entre sus
hilos con manos y patas, mientras su mujer “en el sillón habitual, sin una sonrisa,
inmóvil, ella –siempre enigmática- lo contemplaba sin verlo” (Reyes, 1995: 327).
La fábula presenta una reformulación en clave irónica de Penélope; la mujer celada
siempre está tejiendo por matar el tiempo
o por tener pretexto de andar siempre con
los ojos bajos, quizás aburrida del marido y sus dudas. Su imagen estatuaria
es sospechosa y sugiere una naturaleza tan misteriosa, equívocamente candorosa y
potencialmente terrible como puede ser la del gato. El final del texto no aclara
a quién traspasa ella con su mirada, a quién contempla ella sin verlo; si al gato
o al marido (Martínez en Reyes, 2020: 475).
MARÍA LUISA MARTÍNEZ M. (México, 1956). Poeta y ensayista. Colaboradora de importantes revistas literarias como La Otra Revista, donde publica ensayos críticos sobre literatura y artes visuales. Cuenta con una sólida trayectoria en diseño, habiendo participado en proyectos relevantes como Alforja, Arte y Literatura y colaborado con instituciones como la UNAM. Además, participa en ciclos de lectura y poéticas de la inteligencia, y es frecuentemente citada en antologías de poetas mexicanos contemporáneos.
PAULO SAYEG (Brasil, 1960). Desenhista, essencialmente desenhista. Este amável artista, humaníssimo, que se diz suscinto ao falar, é possuidor – justamente por se deixar possuir – de um vastíssimo horizonte de traços e imagens. Paulo é também pintor e programador visual brasileiro. Ao longo de sua trajetória, atuou nas áreas de artes plásticas, publicidade, ilustração, desenho animado e direção de arte. Realizou diversas exposições individuais e coletivas no Brasil e no exterior, destacando-se por uma produção marcada pelo expressionismo, pelo gestualismo e pela forte presença figurativa. Em 1987, recebeu o prêmio de Melhor Desenhista concedido pela Associação Paulista de Críticos de Arte (APCA). Artista convidado da presente edição de Agulha Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
CODINOME ABRAXAS # 12 – LA OTRA (MÉXICO)
Artista convidado: Paulo Sayeg (Brasil, 1960)
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