terça-feira, 9 de junho de 2026

JORGE ORTEGA | Del modernismo al poeticismo – Noticia de la consolidación del canon poética mexicano

 


La poesía del siglo XX en México abre su telón bajo el embrujo del modernismo, la tendencia en boga que para 1900 se ha propagado por América Latina, alcanzando incluso a inquietar las convicciones compositivas de los poetas ibéricos asociados a la sazón con la generación del 98 en España. Lo cierto es que esta corriente poética automáticamente atribuida al nicaragüense Rubén Darío como si de un invento se tratara, se convierte en la lengua franca de la lírica hispana; con las debidas, justas y muy loables variantes regionales los argentinos, chilenos, colombianos, cubanos, mexicanos, uruguayos, venezolanos, y por supuesto españoles, asimilan los estilemas del nuevo idioma continental y transcontinental, reconfigurando formal y sustancialmente el rumbo de la poesía en castellano. Para Max Henríquez Ureña el fenómeno significó en términos culturales “el retorno de los galeones” indianos a la costa andaluza, una conquista a la inversa, el feraz subsidio que el genio latinoamericano confería a la península. El errante Darío muere en 1916 sin cumplir los cincuenta. Desde antes el modernismo ha empezado a perder novedad y a desdibujarse en la pantalla de los movimientos emergentes, pero si algo ha traído su vendaval ha sido el afianzamiento de la autonomía del oficio de escribir en cuanto a su nivel de competencia técnica y profesionalismo. No en vano ha dicho Adolfo Castañón que “nadie sabía mejor que Gutiérrez Nájera que los autores nacionales no valen por mexicanos y patriotas sino sola y exclusivamente por su valor en cuanto escritores”. [1] Para 1909 el futurismo italiano ha propiciado el sismo de la insurgencia vanguardista y de ahí en adelante no cesarán las réplicas: el año posterior al deceso del insigne artífice de Azul el dadaísmo implosiona en Zurich. El resto de la historia se lo conoce. Ultraísmo, creacionismo y surrealismo finiquitan en ambos lados del Atlántico cualquier resabio modernista. Pese a que la transición será un tanto más lenta en México, para 1927 una nueva promoción de poetas españoles se halla trabajando una poesía de muy distinto signo respecto de la que concebían tres décadas antes sus compatriotas Ramón del Valle Inclán, Manuel Machado y Francisco Villaespesa. Cuando irrumpe a escena la generación mexicana de Contemporáneos, afín en cronología y concurrencia a la española del 27, aún son palpables determinados sedimentos de la estela modernista, concretamente el cromatismo crepuscular y el lacre taciturno de la poesía de Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, Elías Nandino, Bernando Ortiz de Montellano.

Así las cosas, el modernismo fue más bien un puente entre dos centurias que le consintió a la poesía mexicana adquirir contemporaneidad y sintonizar con los alicientes de la flamante cultura urbana, luego de haberse demorado hasta todavía el último tercio del siglo XIX en el agónico gesto de un romanticismo trasnochado, salvo contadas excepciones: la sobriedad estoica de Manuel José Othón, el ímpetu dionisíaco de Salvador Díaz Mirón contenido por un magistral dominio de la métrica y, finalmente, la desencantada metafísica de Manuel Acuña oscilando entre el sentimentalismo trágico de la mitad del Ochocientos y el optimismo vital de los primeros modernistas mexicanos: Manuel Gutiérrez Nájera, Luis G. Urbina y José Juan Tablada. Hay una figura intermedia que sintetiza a cabalidad la mudanza de sensibilidades, el nayarita Amado Nervo, que viene a concertar en su orbe poético el decadentismo simbolista y la alocución de raíz misticoide fruto de su inclinación por la vida monacal, y la naciente elocuencia modernista que puso en la misma órbita a los líricos de Hispanoamérica, y que en el caso de Nervo supuso el más oportuno espacio de recepción de las aspiraciones cosmopolitas que lo llevaron a consumar misiones culturales en París, Madrid y Montevideo. Sea como fuere, algunos de estos poetas serán, por así decir, poetas de dos siglos: habrán nacido, habrán de formarse y habrán de empezar a publicar en el XIX, pero experimentarán el 1900 y sus gérmenes de renovación que culminarán con el ocaso del modernismo. No se alude ni a Ignacio Manuel Altamirano ni a Manuel Gutiérrez Nájera, considerado el icono del modernismo nacional, sino a Manuel José Othón, Luis G. Urbina, Amado Nervo y José Juan Tablada, cuyas trayectorias rebasaron el umbral de la centuria, permitiéndoles datar una parte significativa de su bibliografía a partir de los Novecientos. Aunque Othón muere en 1906, en 1902 se imprime Poemas rústicos, su entrega señera que resume en lo figurativo, lo atmosférico y discursivo la esencia de su labor, que plantea antes que ninguna, de modo consciente y deliberado, la poética del desierto, un ecosistema que define una notable porción del imaginario artístico del norte mexicano.

Como ha insinuado la crítica, la modernidad equiparada con el siglo XX ingresa a México en las postrimerías del XIX para constituir lato sensu una modernidad lírica anticipada. Gutiérrez Nájera no pisará físicamente el siglo XX, mas su célebre poema “La duquesa Job”, de 1884, va a simbolizar en opinión de José Javier Villarreal el “río que separa las dos orillas de la poesía mexicana de finales del diecinueve”, ya que “es el primer poema que se escribe para una clase media urbana”, [2] donde, tal como apuntó José Emilio Pacheco en el preámbulo de la clásica Antología del Modernismo, “la moda es la aparición figurativa de la modernidad”. [3] Y es que el modernismo está históricamente identificado con el ascenso de la belle époque, cuyo auge corre de 1889, año de la Exposición Universal de París en la que se inaugura la Torre Eiffel, hasta 1914, fecha de eclosión de la Gran Guerra que transtorna la noción de paz y bonanza del reciente par de decenios. El punto equidistante: 1900, el cruce de centuria, que coincide con otra Exposición Universal en la capital francesa, eje de la cultura occidental desde el siglo XIX, como lo asentará después Walter Benjamin. A partir de 1900 empiezan a estamparse de inmediato libros descollantes que fijan desde temprana hora los altos estándares de sugestividad y cuidado formal de la lírica mexicana vigesimosecular: Lascas, de 1901, de Salvador Díaz Mirón; Poemas rústicos, de 1902, de Manuel José Othón; Cuarzos, de 1902, y Joyeles, de 1907, de Efrén Rebolledo; Preludios, de 1903, Silenter, de 1909 y Los senderos ocultos, de 1911, de Enrique González Martínez; Los jardines interiores, de 1905, de Amado Nervo; Megalomanías, de 1908, y Maquetas, de 1908, de Francisco González León; Rumores de mi huerto, de 1908, de María Enriqueta Camarillo; y Puestas de sol, de 1910, de Luis G. Urbina. Esto junto a títulos de poetas de no menor relevancia: La canción del camino, de 1905, de Francisco A. de Icaza, cervantista y diplomático; y Con los ojos abiertos, de 1902, de Rafael López. La nota curiosa del conjunto es su ascendencia provincial. Buena parte de estas obras fue gestada o editada fuera de la Ciudad de México, o bien, concebida por exponentes nacidos o instruidos en el interior del país. La nación manifiesta un proceso de modernización nacional y distintas regiones empiezan a detonar focos de sofisticación que presentan, además de promisorios índices de desarrollo comercial e industrial, las mínimas condiciones para una vida cultural e intelectual de rendimientos plausibles.

Así, Díaz Mirón, oriundo de Veracruz, publica Lascas, volumen fundamental de su generación, en Xalapa; Othón es nativo de San Luis Potosí, en cuyo Seminario Conciliar estudia retórica y latín y, aunque Poemas rústicos se imprime en Ciudad de México, Poesía, de 1880, su opera prima, aparece en aquél lugar; el discreto Francisco González León, poeta tardío, ejerció farmacia en su natal Lagos de Moreno, Jalisco, donde siempre residió y dio a luz sus colecciones iniciáticas Megalomanías y Maquetas; Nervo viene al mundo en Tepic, Nayarit, y cursa teología en Zamora, Michoacán, habiendo radicado previamente en Jacona, para luego pasar a trabajar en El correo de la tarde de Mazatlán, Sinaloa; el poeta González Martínez nace en Guadalajara, se forma en el seminario diocesano de esa localidad y ejerce como médico en Mocorito, Sinaloa, donde publica Lirismos, de 1907, y Los senderos ocultos, su segundo y tercer libro de poemas, respectivamente, aparecido el primero, Preludios, en el puerto de Mazatlán; María Enriqueta Camarillo es natural de Coatepec, Veracruz; Alfredo R. Placencia, sacerdote, fue oriundo de Jalostitlán y emigró a Guadalajara para ganarse el pan y estudiar; tras complejas vicisitudes que lo llevaron por Estados Unidos y Centroamérica, consumió sus días como párroco de Tlaquepaque; Rafael López es originario de Guanajuato y, aunque llegó a la capital del país en 1901, se detuvo en León, donde fundó una revista con Manuel de la Parra; Efrén Rebolledo nace en Actopan, Hidalgo, y se educa en Pachuca; y ya vendrá el zacatecano universal Ramón López Velarde, broche de oro de la ola modernista mexicana, antes del relevo generacional que protagoniza la lúcida y audaz promoción de Contemporáneos. Contrario entonces al consabido prejuicio, la provincia ha sido un componente básico de la producción lírica mexicana, no sólo al transferir las particularidades de una sensibilidad y los trazos de una imaginería, sino también al acoger una efervescente actividad editorial que catapultó en su debut la andadura de una gama de autores primordiales ligados a muchas latitudes del territorio nacional; igualmente, que apuntaló la aportación de una variedad de poetas de la periferia que al trasladar su residencia a la capital enriquecieron la configuración de la poesía mexicana en distintos momentos de su historia, desde la remontada del modernismo hasta las electrizantes propuestas del siglo XXI, pasando por el grupo de Contemporáneos, los estridentistas, la generación del Medio Siglo, la del 68 y de 2000.

Afirma Pacheco: “Con Nervo y Rebolledo, Tablada es el poeta más representativo del novecientos mexicano”. [4] Efectivamente ese mojón de tiempo histórico simboliza el apogeo de la internacionalidad del régimen porfiriano, enfrascado ya en la recta final que lo conducirá a sucumbir. Son estos tres poetas los más viajeros de la generación modernista de México. Un indicador: todos desempeñan encomiendas de la cancillería mexicana en el exterior. Amado Nervo en España y Uruguay, aunque tuvo su ineludible estadía en Francia, donde trató a Darío, papa del modernismo; Efrén Rebolledo en Guatemala, Japón, China, Noruega, Francia, Holanda y España; José Juan Tablada en Estados Unidos, Venezuela y Colombia, pero visita con antelación Japón y Francia, parada obligada, ésta, para cualquier artista todavía hasta los años sesenta del siglo XX, aunque será el país nipón el que deje una profunda e indeleble impronta en el futuro poético y la visión creadora de Tablada. Por si fuera poco, los tres perecen en el extranjero: Nervo en Montevideo, Rebolledo en Madrid y Tablada en Nueva York. Mas lo moderno en Tablada no depende únicamente de su cosmopolitismo, de su irreprimible instinto de fuga hacia otros enclaves del arte y la cultura donde se cocinaban sotto voce las vanguardias, sino también de las incursiones de su cambiante programa creativo que asumió como canales de experiencia alterna la crónica periodística y la novela corta. Las metamorfosis de su poesía advierten las mutaciones que albergó en virtud de las circunnavegaciones vitales. Si para Octavio Paz “Tablada introduce en lengua española el haikú japonés” [5] con los libros Un día, de 1919, y El jarro de flores, de 1922, hay que asentar que de 1894 —cuando se da a conocer el poeta en la Revista Azul con el poema “Ónix”— a 1918, año de la impresión de Al sol y bajo la luna —con nota preliminar de Leopoldo Lugones— José Juan Tablada hilvanó una poesía de factura modernista apegada a las formas convencionales, pese a que el texto “Misa negra”, que escandalizó a Carmen Romero Rubio de Díaz, Primera Dama de México, preludiaba el advenimiento de un espíritu lúdico, innovador y curioso que encontró en poemas sintéticos, versos ideográficos y disociaciones líricas sus méritos más inconfundibles, perfectos e imperecederos, análogos a los ocurrentes dibujos escritos del Guillaume Apollinaire de Calligrammes, de 1918. A esta bibliografía hay que anexar Li Po y otros poemas, de 1920, y La feria, de 1928, estampados también fuera del país y en los cuales Tablada se aleja de la catadura de la poesía “seria” para encargarse de las no menos humanas sutilezas del paisaje y el mundo animal. Admirado por esa diferente manera de narrar la nación que es para él La suave Patria de Ramón López Velarde, de quien fue amigo, José Juan Tablada culmina su obra poética con un avezado interés estético y cultural por el arte y el folclor mexicanos.


Enrique González Martínez decreta la caducidad del paradigma modernista y descontinúa la eventual superficialidad de su modus operandi. Célebres son las líneas que lo proclamaron: “Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje / que da su nota blanca al azul de la fuente; / él pasea su gracia no más, pero no siente / el alma de las cosas ni la voz del paisaje”. La estrofa pertenece a un soneto en alejandrinos de Los senderos ocultos. Es 1911. Porfirio Díaz abandona México para siempre. La pólvora de la Revolución flota en el aire. Madero ocupa la silla presidencial. La maquinaria del cambio se ha puesto en marcha y es imparable. Giran los engranes de la lucha armada. La belle époque toca a su fin. El capítulo modernista concluye en México y pronto en Europa con la conflagración de 1914. La poesía de Amado Nervo, Enrique González Martínez y Ramón López Velarde califica fielmente la desilusión anímica y moral tanto del Porfiriato como del nuevo orden revolucionario, una realidad inédita que generó su expectativa de libertad y democracia, sí, pero igual su vacío de legitimidad política y justicia social. El escepticismo se apodera de las mentes más espabiladas y la visión del acertijo deviene un “edén subvertido”, para utilizar las palabras de López Velarde en el poema “El retorno maléfico”; la necesidad de proscribir el preciosismo modernista para emprender una travesía vertical a la conciencia del yo se convierte en un imperativo ético de la poesía del primer cuarto de siglo, como lo patentan el dejo filosofante de González Martínez, la contrariedad religiosa e instintiva de López Velarde y la sensación de fracaso y decepción afectivos que dominan los poemas del Nervo terminal del poemario póstumo La amada inmóvil, de 1922. Este salto cualitativo que Octavio Paz ha visualizado como la tradición de la ruptura, afianzará todavía más el peso de la individualidad en el discurso poético mexicano, recalcado por su reducida, por no decir nula, dosis ideológica, entendida como el grado de compromiso de una poesía con la realidad política del momento. Si hay una constante en la lírica de la primera mitad de la centuria es su intemporalidad, rasgo que por lógica la ha vinculado provisionalmente con el purismo, la abstracción, el culturalismo. Siendo Nervo, González Martínez, Tablada y López Velarde los autores más reveladores de la modernidad nacional en torno a 1930, es posible reparar en su poética una equilibrada conjugación entre la experiencia vivencial, la emoción y la imaginación literaria.

Es precisamente esta la clave de perdurabilidad de los Contemporáneos. Las voces de Carlos Pellicer, José Gorostiza, Xavier Villaurrutia y Salvador Novo —exponentes de tal generación— son ahora complementarias en virtud de la peculiar combinación de esas condiciones de invención. Tras la estela del último sucedáneo del modernismo, Ramón López Velarde, los Contemporáneos —llamados así por el nombre de la revista que los congregó— encarnan la segunda gran constelación de la poesía mexicana del siglo XX, tomando por antecedente la ya aludida pléyade del centenario de 1910: Díaz Mirón, Othón, Rebolledo, González Martínez, Nervo, González León, Urbina. La poesía de López Velarde funge como lazo de las supervivencias del modernismo literario con la vanguardia ultraísta en la que militara en Madrid el argentino Jorge Luis Borges. Si bien son palpables en el jerezano las huellas de Darío, Lugones, González Martínez y sobre todo Francisco González León, a quien López Velarde prologa en Campanas de la tarde, de 1922, también pueden atisbarse en sus sorprendentes adjetivos y afluencia de esdrújulos los rudimentos de una música nueva, una insólita sonoridad que despejará el horizonte poético de México a una renovación que amplíe el espectro de orientación formal, temática y tonal de la lírica mexicana. Sin renunciar a los alegatos del yo y los pruritos de la intimidad, el grupo de Contemporáneos induce, con obvias resistencias y batallas, la ironía, la sonrisa satírica, la insinuación de la homosexualidad, el abstraccionismo, la indagación del subconsciente. La lírica en lengua inglesa, el arte moderno, la dramaturgia y el pensamiento filosófico ocupan el lugar que otrora ocupó casi exclusivamente la poesía romántica y parnasiana en tanto que objeto de referencia del género para las plumas del modernismo mexicano. La lección del Ateneo de la Juventud —después Ateneo de México— habrá surtido efectos benéficos. La pluralidad de intereses, o la interdisciplinariedad de los mismos, cosecha de esta última promoción que tuvo sus cimientos en José Vasconcelos, Pedro Henríquez Ureña, Antonio Caso y Alfonso Reyes fue sin duda un caballo de Troya para franquear las murallas del nacionalismo revolucionario y facilitar la germinación de un cosmopolitismo artístico e intelectual que llegará para quedarse. De exquisitos y afrancesados fueron calificados los Contemporáneos, pero debido a su faena creativa y difusora la poesía mexicana incorporó a su tolva de insumos culturales una rica escala de lecturas que a la postre le han concedido autoridad, sentido de tradición y actualidad.

La singularidad de Ramón López Velarde radica en su abanico de dicotomías y dualidades. Por un lado es un autor de idiosincrasia provinciana y, por el otro, un habitante de la capital del país desde 1914, cuando arriba procedente de San Luis Potosí, y antes de Aguascalientes y Jerez. En Ciudad de México publica las dos colecciones que vio en vida: La sangre devota, de 1916, y Zozobra, de 1919; en la primera se hallan textos básicos del poeta: “Mi prima Águeda”, “Del pueblo natal”, “A Sara”, “A la patrona de mi pueblo”; el índice de la segunda recoge poemas de más palpable madurez que han ganado mayor fama en las antologías y los estudios sobre la poesía del zacatecano: “El viejo pozo”, “La mancha de púrpura”, “El retorno maléfico”, “Hormigas”, “La última odalisca”, “Jerezanas”. En ambos títulos la sensualidad y el sarcasmo son inducidos mediante el contraste generado por el roce de un lenguaje eclesiástico —propio de la fe católica pregonada por el autor— y una serie de imágenes de especial sugestividad táctil y colorística; o bien, a través del retrato de las costumbres pueblerinas en la perspectiva de un ojo crítico que sabe tomar cautela ante las trampas de la nostalgia y la coacción sentimental. Xavier Villaurrutia concluyó en un clarificador ensayo de 1942 que “la obra de Ramón López Velarde es, hasta ahora, la más intensa, la más atrevida tentativa de revelar el alma oculta de un hombre; de poner a flote las más sumergidas e inasibles angustias; de expresar los más vivos tormentos y las recónditas zozobras del espíritu ante los llamados del erotismo, de la religiosidad y de la muerte”. [6] Los poemas de 1919 a 1921 son recaudados en una edición póstuma, El son del corazón, de 1932, que incluye su más propagada composición, La suave Patria, pieza de encargo datada en abril de 1921 y con la cual el poeta se adhería a conmemorar el centenario de la consumación de la Independencia. Otros relevantes poemas de ese compendio son “Treinta y tres”, “El son del corazón”, “Si soltera agonizas”, “El perro de San Roque”, “El sueño de los guantes negros”, en los que se vira hacia una poesía de propensión trascendentalista y angustia existencial, asperjada de un extraño toque onírico y tejida de un simbolismo deudor de la tradición francesa, en concreto de la poesía de Jules Laforgue y, yendo más lejos, Baudelaire. Por lo que incumbe a la La suave Patria, poema endecasilábico divido en cuatro paneles semiteatrales —Proemio, Primer Acto, Intermedio (Cuauhtémoc), y Segundo Acto— López Velarde emula el exordio de la Eneida virgiliana y justifica desde el inicio tener que prescindir de la “exquisita / partitura del íntimo decoro” para disponerse a “cortar a la epopeya un gajo”, o sea, abocarse a ensalzar los ilustres y modestos heroísmos de la nación.

Si el modernismo involucró una puesta al día de la poesía mexicana en relación con el tipo de poesía que se fraguaba en el resto del continente y momentáneamente España, el legado de los Contemporáneos, recalando en la reforma ateneísta, terminó consolidando en lo sucesivo un incesante estado de aggiornamento en la formación práctica y teórica de los poetas de México que se ha prolongado hasta el presente. Carlos Pellicer, Bernardo Ortiz de Montellano, Elías Nandino, Enrique González Rojo, José Gorostiza, Jaime Torres Bodet, Jorge Cuesta, Xavier Villaurrutia, Salvador Novo y Gilberto Owen —casi todos con lazos biológicos y biográficos con la provincia— acabaron por sentar las bases de, valga la redundancia, una contemporaneidad universal que a la vez contribuyó a afinar una multiplicidad de acentos, por fortuna disímbolos entre sí, que ratifican y oxigenan el canon poético mexicano, estableciendo una elevada cota de solvencia escritural para las voces subsecuentes. Los Contemporáneos incrementan el número de registros literarios de la poesía de México y ensanchan su abanico discursivo con osadía intelectual y aptitud vinculante, amparados en el genio creador, el discernimiento de la cultura heterodoxa y la capacidad de tender puentes con la poesía mundial, específicamente con las literaturas europea y nortemericana. De ahí el recelo del programa general de los Contemporáneos entre los sectores patrioteros que con intereses de cualquier índole andaban tras el botín de la legitimación política e identitaria del país, a propósito de la polvorosa secuela del movimiento revolucionario. Son los años treinta. Por eso para Pedro Ángel Palou “lo que fue tan radical y tan molesto de la actitud del grupo Contemporáneos consistió, en realidad, en oponerse por todos los medios a su alcance a que el artista obedeciera a una estética que no fuera la propia”. Los Contemporáneos remataron, pues, un proceso de gradual autonomía del arte literario, en particular el de carácter lírico, que guió a los poetas a tramar un sistema de valores íntimos, poéticos y pensamentales que no encontraban su tablero de equivalencias en el acontecer público, oficial o noticioso. Y añade Palou que “A partir de ellos —con retrocesos atroces en figuras individuales o en capillas completas— ha quedado claro que las instancias de consagración del escritor deben estar sancionadas por sus pares y que es la calidad artística de sus obras las que les permite ese reconocimiento”. [7] En suma, apelando al rigor, la dedicación, el conocimiento y la disciplina, los Contemporáneos profesionalizan en bloque la actividad del poeta en México, máxime si se recuerda que al margen de procurar otros géneros literarios —ensayo, teatro, crítica, prosa narrativa— la mayoría fueron poetas natos.

Las obras que alude Palou ostentan nombre y autor. Xavier Villaurrutia produce Nostalgia de la muerte, de 1938, que articula sus famosos nocturnos, modalidad de poema que destaca por su aire saturnino y la inclinación para ejecutar un sondeo de los misterios ontológicos, apelando a un estilo de sugerente plasticidad que prepara el advenimiento del surrealismo poético mexicano; Elías Nandino, jalisciense y coetáneo de la camarilla de Contemporáneos, insistirá en la misma fórmula poemática en Nocturna palabra, de 1976, aunque su libro cumbre bien podría ser Eternidad del polvo, de 1970, cúspide de un largo y gradual itinerario de madurez que, como ha indicado Carlos Montemayor, ya se presiente en los “Sonetos de insomnio” de Eco, de 1934; Gilberto Owen genera un poema como “Sindbad el varado” recogido en Perseo vencido, de 1948, una pieza cuya estructura fragmentaria, tensión narrativa y retícula de filiaciones, amén de sus inclasificables poemas en prosa de Línea, de 1930, certifican un procedimiento de escritura entonces inédito fundado en la asunción del texto poético tal un palimpsesto de trazos ocultos y un periplo espiritual por medio del cual el homo viator halla el sentido de la vida en la experiencia del trayecto; por su parte Carlos Pellicer —poeta pintor, poeta acuarelista— condensa en su colección Hora de junio, de 1937, el entusiasmo vital, reivindicando la consigna de Jorge Guillén, “El mundo está bien / hecho”, que promueve el festejo del paisaje natural; el fino humor urbano, vertido en el contexto de una dicción coloquial prefigurada en “La duquesa Job” de Gutiérrez Nájera, despunta en la poesía de Salvador Novo desde su volumen primerizo XX poemas, de 1925, hasta Never ever, de 1934, haciendo cala en Nuevo amor, de 1933, y Espejo, 1933, ese cúmulo de colecciones aparecidas durante la primera mitad de los años treinta, una década promisoria en la que comienzan a nivelarse las aguas de la transformación productiva de la nación, mientras se consolida la clase media de México y las ciudades acaparan los anhelos de una población rural ilusionada con el ideal de prosperidad que, pese a la silenciosa gestación de la Segunda Guerra Mundial, empieza a ondear en el ambiente de la capital mexicana. La poesía de Novo captura justamente los dobleces del nuevo espíritu nacional, a caballo entre la rigidez y el desgaste de la retórica nacionalista y la necesidad de un proyecto de país que, lo mismo que con Porfirio Díaz, recuperara el hilo del diálogo cultural con el exterior. Así, vuelta a la apertura. Sin embargo, habrá quienes opten por dignificar la marginalidad del oficio en el orden emergente y encaminen sus preocupaciones a los páramos de la especulación teísta, los enigmas de la inteligencia y los confines del delirio, como acontece en Jorge Cuesta y su críptico poema “Canto a un dios mineral”, de 1942; José Gorostiza y su inagotable Muerte sin fin, de 1939; y Sueños, de 1933, entrega de un inusitado experimentalismo narcótico de Bernardo Ortiz de Montellano.     


El aporte de esta tríada de autores, a la que hay que agregar a Villaurrutia, fue la de haber certificado la poética de la soledad, el silencio, la duda existencial y la tenue frontera entre la realidad y la ensoñación. En el firmamento de Cuesta, Gorostiza, Ortiz de Montellano y el poeta de Nostalgia de la muerte hay un yo autosuficiente y un cosmos autorreferencial en el que el mundo objetivo semeja estar postergado, relegado en el peso de las obviedades que la palabra poética no puede, por lo mismo, concederse la tentación de nombrar. Quizá por ello conviene asentar que la ascendencia melancólica, hermética, cerebral y cifrada de figuratividad metafórica que porta esta poesía compensa la alocución secular y naturalista que procuraron Novo y Pellicer, cuya obra brota del contacto con los estímulos del tiempo histórico y el orbe primigenio, no de la conjetura, el desvarío, la introspección. Hay que sumar a la nómina a Jaime Torres Bodet con una colección, Cripta, de 1937, sensiblemente influida por el purismo ultraísta. Ahí la lírica del pensamiento, por no denominarla intelectual, se hace sentir con idéntico arraigo como en la escritura de Jorge Cuesta. Los Contemporáneos retoman la tradición de la literatura difícil, una ruta crítica que en poesía arrancó probablemente en 1692 con la impresión en Sevilla del Primero sueño de Sor Juana y, como opción estilística, con la floración del Barroco en tierras novohispanas. Es curioso observar que la lírica mexicana moderna, tan celosa del diseño formal y la factura de la expresión verbal, encuentra su kilómetro cero en la sedimentación de los rasgos de la poesía culta de los siglos áureos que canonizaron el soneto y la silva, el endecasílabo y el heptasílabo, patrones compositivos que han tendido a abundar entre los poetas de la vigésima centuria mexicana, contando a los Contemporáneos y sus hipotéticos detractores, los estridentistas, movimiento de genuina determinación vanguardista en el México de la época, más aun que el de los Contemporáneos, apegados estos a un programa caracterizado por una postura ocasionalmente conservadora en cuanto a su escepticismo hacia la ruptura con los padres literarios, la definición política y la emisión de manifiestos. Al final del día, indica Guillermo Sheridan, los “Contemporáneos es un lugar imaginario en el que coincidieron diversos discursos y maneras de ejercer el quehacer literario y cultural entre los años de 1920 y 1932 y alrededor de un cierto número de empresas como revistas, grupos de teatro y sociedades de conferencias”. [8] Como sea, atenidos al perfil de la obra, algunos estridentistas, salvo Luis Quintanilla y Germán List Arzubide, tampoco estiraron demasiado la liga de la disidencia estética como para romper lanzas con el pasado inmediato, léase el modernista: Manuel Maples Arce aplica en Andamios interiores, de 1922, Urbe, de 1924, y Poemas interdictos, de 1927, igual que Salvador Gallardo Dávalos en El pentagrama eléctrico, de 1929, un prisma de metros que basculan en torno del alejandrino, ese verso magnánimo resucitado en lengua española por Rubén Darío.

No es posible dimensionar la poesía mexicana del siglo XX sin el estridentismo, una insurgencia literaria y de beligerancia cultural jaspeada de moderado tinte político que lanzó manifiestos en las localidades de Puebla, Zacatecas, Ciudad Victoria, coronando su campaña en Xalapa y el puerto de Veracruz. Otra vez la provincia volvía a encajar su aguja en el bordado de la lírica nacional. Identificado con la consigna tecnológica del futurismo italiano, pero igual con el absurdo dadaísta, el estridentismo se extendió de 1921 a 1927 y, en efecto, se anticipó a la eclosión de los Contemporáneos o de la revista que dicha célula instrumentó, precedida por la de Ulises, engendrada por Novo y Villaurrutia. A diferencia de los Contemporáneos, los estridentistas trataron de compendiar en el genoma de su poética la herencia autóctona de México y el cosmopolitismo de las vanguardias europeas y americanas. “¡Viva el mole de guajolote!”, firmaron al calce de la segunda proclama el 1 de enero de 1923. Germán List Arzubide dedica El movimiento estridentista, de 1928, a una entidad nada desdeñable del santuario prehispánico: “A Huitzilopoxtli, manager del movimiento estridentista-homenaje de admiración azteca”. No cesa de resultar atrayente la aglutinación de las antípodas de la historia que acometen los estridentistas, donde lo ancestral es amasado con las divisas del progreso material en una fusión de índole bizarra que no renuncia a la intrepidez imaginativa y que, partiendo de ello, logra engendrar una poesía de admirable precisión gráfica y resonancia sensorial. Son versos de Salvador Gallardo Dávalos: “El álbum de las calles / se enrolla en los motores / Con fugas de los postes / que escriben sinfonías”. Y de Luis Quintanilla los siguientes: “Mientras en el mostrador de los cines / venden la noche al menudeo / un beso de celuloide / se escurre en tu recuerdo”. Y estos de Maples Arce: “Yo soy un punto muerto en medio de la hora, / equidistante al grito náufrago de una estrella. / Un parque de manubrio se engarrota en la sombra / y la luna sin cuerda / me oprime en las vidrieras”. Acerta Luis Mario Schneider al sopesar que el estridentismo “Fija el poema por escalones de imágenes y metáforas, por lo general de raíz cubista, yuxtapuestas, pero motivadas todas por una sola idea. Por medio de un acendrado subjetivismo que muchas veces conduce a un desarraigo, al derrotismo o a un estado de soledad, crea atmósferas que están más sugeridas que declaradas”. [9] Mientras que los Contemporáneos dan la espalda a la circunstancia externa, guareciéndose en una poética volcada a la exploración de los paisajes interiores, los estridentistas asumen en su óptica creadora el vértigo y la ansiedad de la vida moderna, donde la majestuosidad de los rascacielos y la magia del cinematógrafo inducen sentimientos encontrados: admiración hacia esa fascinante realidad emergente y sensación de aislamiento —como en un cuadro de Edward Hopper— en la intrincada selva de concreto en que desembocará la ciudad. Sin embargo, al menos uno, Maples Arce, concurre a la primera exhibición pública de los Contemporáneos que fue la Antología de la poesía mexicana moderna, de 1928, realizada por Jorge Cuesta.

Esta partición de intereses mostrada por estridentistas y Contemporáneos tenderá a evaporarse y aliarse en una promoción dominante ligada, de nueva cuenta, a un órgano editorial. Se trata de la revista Taller, impulsada por un puñado de jóvenes poetas nacidos la década posterior a la de los Contemporáneos o alrededor de casi tres lustros después, por utilizar el rango generacional manejado por Ortega y Gasset, autoridad en cálculos de esta índole. Sirvan estas líneas para encomiar la importancia que han tenido las publicaciones periódicas, considerando los manifiestos estridentistas, tanto en la difusión de la creación lírica de estos grupos como en la conformación de la genealogía poética de México al curso de los decenios. Las revistas literarias son los eslabones de la cadena evolutiva de la poesía mexicana del siglo XX, desde Revista Moderna y Savia Moderna escaparate de los modernistas en el amanecer de los Novecientos y donde aparecieron poemas de Urbina, Díaz Mirón, Othón, Tablada y María Enriqueta Camarillo, así como las inconfundibles ilustraciones noucentistas de Julio Ruelas hasta Alforja, por mencionar una, afluente de poetas de múltiples edades, filiaciones, geografías y nacionalidades, pasando, desde luego, por Revista de Revistas, Pegaso, Nosotros, Revista Nueva, La Falange, México Moderno, El Maestro, Ulises, Contemporáneos, Examen, Barandal, Cuadernos del Valle de México, Taller, El Hijo Pródigo, Tierra Nueva, Letras de México, Estaciones, Revista Mexicana de Literatura, Presencia, El Corno Emplumado, Revista de la Universidad de México, Cuadernos de Bellas Artes, Pájaro Cascabel, Diálogos, Plural, Vuelta, El Zaguán, Nexos, Armas y Letras, Gaceta del Fondo de Cultura Económica, Periódico de Poesía, Tierra Adentro, Biblioteca de México, Crítica, Parque Nandino, Poesía y Poética, Dosfilos, Paréntesis, Letras Libres, entre tantas otras plataformas de transmisión democrática o acotada del género poético que han propiciado la floración de autores imprescindibles de la actualidad y la consolidación de un archipiélago de numerosas tendencias colectivas que han representado la legitimación de un estilo o una ofensiva generacional, lo cual ha abonado a la solidificación del planisferio diacrónico de la poesía mexicana. A juicio del maestro José Luis Martínez, el grupo de Taller —articulado por Neftalí Beltrán, Miguel Bustos Cerecedo, Enrique Guerrero, Efrén Hernández, Efraín Huerta, Rafael López Malo, Octavio Novaro, Octavio Paz, Alberto Quintero Álvarez, Rafael Solana, Carmen Toscano y Rafael Vega Albela— “rechazaba el esteticismo que la generación precedente, de los Contemporáneos, había impuesto”; no obstante, “la espontaneidad y el calor humano que los juntaba había de ramificarse de muy diferente manera y calidad en cada uno de aquellos escritores”. [10] Algunos de estos poetas mueren pronto —Rafael Vega Albela y Alberto Quintero Álvarez— y otros desarrollan proyectos divergentes en lo artístico e ideológico.

Como el tiempo se encargó de confirmarlo, los poetas más trascendentales y plenos de esta promoción fueron Efraín Huerta y Octavio Paz, el primero tal vez con más amplios visos tonales y temáticos que el segundo, cuyo repertorio se aboca preponderantemente a vocalizar el amor y la memoria. Por sus afanes periodísticos aunados a la predisposición lírica de su oficio perenne, la poesía, Huerta ha sido ponderado desde los años cincuenta el poeta de la ciudad, la capital de México. Sus libros Los hombres del alba, de 1945, y Estrella en alto, de 1956, fueron los responsables. No es para menos: si los estridentistas intentan deletrear el concierto acústico y visual de la pujante civilización urbana cual si de una instalación artística se tratase, Efraín Huerta trabaja ya la versión crítica, y por tanto humanizada, de ese orden social tensado de contradicciones. El drama citadino de Huerta borra provisionalmente las categorías sobre las pasiones nobles y perversas, dignificando al hombre común desnudo de atributos superfluos, con sus grandezas y miserias, inmóvil en su condición de desamparo, inmerso en el laberinto ora plomizo, ora resplandeciente de calles y edificios. La figura del peatón que luego enaltecerá Jaime Sabines, y que tanto eco tendrá en la creación lírica posterior, como ocurre en los dioramas desenfadados de Héctor Carreto y Ricardo Castillo, posee en la poesía de Efraín Huerta su fase embrionaria con la apertura para acunar el detritus y el fulgor de la metrópoli, erigiéndose por medio de la experiencia un testigo de la convulsa pluralidad que la conforma. “Ciudad negra o colérica o mansa o cruel, / o fastidiosa nada más: sencillamente tibia”, se lee en “Declaración de odio”. Son también de Huerta los siguientes renglones que aspiran a recoger las vibraciones de la urbe, por viles que sean, dado que uno solo es el territorio de asfalto y hormigón por todos compartido y que unos u otros pueblan más allá del bien y del mal: “Son los hombres del alba. / Los bandidos con la barba crecida / y el bendito cinismo endurecido, / los asesinos cautelosos / con la ferocidad sobre los hombros, / los maricas con fiebre en las orejas / y en los blandos riñones, / los violadores, / los profesionales del desprecio, / los del aguardiente en las arterias, / los que gritan, aúllan, como lobos / con las patas heladas. / Los hombres más abandonados, / más locos, más valientes: / los más puros”. El riesgo como un rasgo inherente al individuo, una forma de catarsis para trasponer el conformismo o el automatismo y, ejerciendo el carácter, tal como quería Heráclito, vivir un destino.

Al poetizar también el suelo mexicano en la tentativa de valorar cabalmente el aquí y el ahora, en particular las implicaciones de la identidad con sus motivos primigenios, Efraín Huerta devino a la par un poeta de la arqueología y el paisaje. He ahí su espléndido poema “El Tajín”, un tríptico de hipnotizadora fuerza evocativa que auspicia un alegato ontológico sobre el pasado ancestral que germina en el sentido de pertenencia a la gloria extinta de un remoto asentamiento en ruinas: “Muertos, estamos muertos / en el instante, en la hora canicular, / cuando el ave es vencida / y una dulce serpiente se desploma”, reza uno de los pasajes del texto. Es 1963. Poco más de una década antes, en 1950, Pablo Neruda ha publicado su Canto general y la estimación transhistórica de la América precolombina no deja de ser un argumento referencial en las vanguardias latinoamericanas. Cualquier signo de identidad entraña un gesto de autoafirmación. Otro memorable poema extenso de Huerta, “Amor, patria mía”, incluido en el volumen Transa poética, de 1980, conforma un simulacro más deliberado y vigoroso de apego al tema de la filiación nacional. Por la galantería descriptiva del inicio, el poema encubre una declaración de afecto a la vasta geografía mexicana, como se deduce por el título; pero estrictamente la pieza depara una relatoría de los episodios heroicos, y por ende funestos, que permitieron la emancipación de México. El poeta enfatiza la eterna vocación sacrificial de la nación, recordando la captura, el fusilamiento y la exhibición temeraria de las cabezas de Aldama, Hidalgo, Jiménez, Morelos en la Alhóndiga de Granaditas. Una “llanura de sombras” es “nuestra patria”, capitula Efraín Huerta en su texto, datado “México-Tenochtitlan, 1973-1978”. Y es asimismo Huerta quien confecciona la modalidad del poemínimo, composición breve a caballo entre el haikú japonés y el epigrama latino, que por su intención oscila entre la sentencia aforística y el humor cómico, perpetuando así una de las zonas primordiales del temperamento mexicano: la guasa que va y viene y que surge y resurge en las charlas familiares y la interacción jocosa. Otros ámbitos explorados por Efraín Huerta son los del erotismo, la experiencia viajera, el infinito baúl de la amistad y, por supuesto, una de las querencias del poeta: la política, que —cuenta su hijo David Huerta— fue la materia de conversación de toda una noche de fraternal tertulia con los “dos Pablos”: Éluard y Neruda. La poesía de Efraín Huerta integra, pues, el ovillo de las preocupaciones más sustanciales del género lírico en la primera mitad del siglo XX, apurada por la innovación formal, la responsabilidad moral con el tiempo histórico y, por la gravedad y la proliferación de las conflagraciones mundiales y regionales y el fecundo combate de ideas, la fusión con el prójimo a través de la solidaridad, el amor, la camaradería.


Por su parte, Octavio Paz desanudó un proyecto de escritura cuya parábola coincide en buena medida con las avenidas centrales del arte vigesimosecular. Hacia afuera, Paz asimiló la tradición hispánica, el surrealismo francés y determinadas aportaciones de la poesía concreta del Brasil que tuvo en los planteamientos espaciales de Stéphane Mallarmé su kilómetro cero. Tales son a grandes brochazos las etapas de su trayecto creativo. Habría que reconsiderar una cuarta fase conclusiva: el retorno a los metros cultos del idioma y al versículo, como acontece en el inventario formal de Árbol adentro, de 1987, última entrega de la bibliografía lírica paceana. El primero de estos flexibles estadios lo ocupa la colección Libertad bajo palabra, de 1960, que engloba La estación violenta, de 1958, que rubrican no únicamente la absorción de la lírica castellana popular, culterana y contemporánea, sino también la conquista de una voz poética propia que destaca por amalgamar reflexión y sensualidad en una expresión deudora de la percepción recreadora de la naturaleza. El segundo tramo lo vertebra el poemario Salamandra, de 1962, y poemas de los libros-bisagra con este periodo de principios de los años sesenta, marcado por el establecimiento del poeta en la India como embajador de México en dicho país: ¿Águila o sol?, de 1951, y el ya citado La estación violenta, trabajos que abren y clausuran el arco surrealista de la poesía de Octavio Paz, una influencia gestada durante la prolongada estancia del autor en París como funcionario del servicio diplomático mexicano que viene a periclitar cuando Paz se instala en Nueva Delhi y protagoniza nuevas experiencias emocionales, estéticas y, claro, espirituales, que significarán un redireccionamiento de su discurso poético. En honor a la verdad hay que decir, por lo demás, que Octavio Paz fue un surrealista tardío; llega al movimiento, o a lo que quedaba de él, más de una década después de su cúspide. Por la edad de Paz, no es para menos: el primer manifiesto es lanzado en 1924, cuando el poeta cuenta apenas con diez años de vida. Sin embargo, como se mencionó líneas arriba, el primer volumen surrealista del Nobel de Literatura de 1990 no es un compendio de versos sino de prosa poética y narrativa de ficción: ¿Águila o sol?

El tercer segmento de la lírica paceana lo estructuran la aparición de Blanco, de 1967, Ladera este, 1969, Topoemas, 1971, y El mono gramático, de 1974, un ciclo de incursiones experimentales para el contexto mexicano en las que Octavio Paz sintoniza con algunos lances de la más discutible y controversial poesía internacional, sobre todo la que se hace sentir en disciplinas como la música y las artes visuales en Estados Unidos y Sudamérica. El vate de Mixcoac sondea otras retóricas, tantea lenguajes y componentes no verbales, sino tipográficos, del texto poético, tales como los blancos en la página y la fragmentación del verso, mutaciones de un metabolismo compositivo que a la postre harán escuela en las futuras generaciones, de entrada con los jóvenes poetas mexicanos nacidos en los cincuenta y que comienzan a asomarse a la escena literaria al detonar el decenio de 1970, cuando Paz regresa a México luego de renunciar al cargo de embajador en la India a causa de la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas en octubre de 1968. Finalmente, los poemarios Pasado en claro, de 1975, Vuelta, de 1976, y el ya referido Árbol adentro, de 1987, sellan el trayecto lírico paceano con una suerte de apocatástasis, esa figura que expresa la restitución de la trama a su punto de partida, y que en lo que concierne a la poesía de Paz equivale a la reutilización de las formas poéticas canonizadas que frecuenta Libertad bajo palabra. Pasado en claro es una silva modernista en la que convergen alejandrinos, endecasílabos, heptasílabos y pentasílabos, siguiendo el rastro de Muerte sin fin de Gorostiza, el poema que anteriormente volvió prácticamente sobre el mismo esquema métrico, siguiendo a su vez, a manera de hipótesis, los pasos de sor Juana en su obra magna Primero sueño. Vuelta es, por otro lado, el más urbano de los libros de poesía de Octavio Paz; el rótulo sugiere tanto la reintegración del autor a la vida mexicana como el cumplimento, en consecuencia, de un ciclo vital en un alarde por encauzar otro comienzo. Ahí los poemas “Nocturno de San Ildefonso” y “1930: Vistas fijas” asumen un sentido homenaje y un homenaje autocrítico a la memoria personal y generacional de la ciudad capital mediante un recorrido, otrora idílico, por su centro histórico —zona sagrada de un México añorado y utópico— que el poeta recuerda y sopesa a la luz diurna o lunar de lo soñado y lo vivido.

En este tenor, el universo poético de Octavio Paz está sistemáticamente cosido de señales autóctonas. Desde Libertad bajo palabra hasta Árbol adentro, hay factores míticos, bucólicos, lingüísticos o históricos de índole prehispánica —específicamente de la cultura náhuatl o de la civilización del altiplano—, en la edificación de constructos textuales; o bien, esgrimidos a modo de contrapunto de una dubitación metafísica o identitaria en torno a los fantasmas de un yo poético escindido. No es casual: a mediados de siglo el autor concibe uno de los tratados más sugestivos sobre los arcanos de la mexicanidad, El laberinto de la soledad, de 1950, un análisis sobre la idiosincrasia nacional con símiles que rozan el lugar de la poesía. Paz se consideró siempre un poeta solar y, en consecuencia, propendió a cultivar un lirismo que tuvo su más agudo pico energético en una luminosidad, un resplandor paradisíaco que late de principio a fin en su obra poética, sea para revelar una perspectiva oculta en la comprensión de las intrigas cósmicas o para alumbrar la dimensión primordial de la especie. Remarcan esta veta del corpus paceano composiciones en prosa como “El ramo azul”, “Eralabán”, “Mariposa de obsidiana”, “Dama huasteca”, “Ser natural” y “Valle de México”, pertenecientes a ¿Águila o sol?, donde la alucinación, el subconsciente y las potencias simbólicas del universo tangible son una puerta de ingreso a la plenitud interior y el desconocido envés del ser. Coronan este conjunto de piezas “El cántaro roto” y el soberbio poema Piedra de sol, de 1957, parteaguas del proyecto paceano que conforma hoy por hoy uno de los hitos de la poesía mexicana de todos los tiempos. Vertebrado de 584 endecasílabos, basa su nombre en la designación habitual del antiguo calendario azteca, ese imponente monolito circular de basalto conservado en el Museo Nacional de Antropología. La cantidad de versos escribe Paz en la nota preliminar responde a los 584 días del ciclo sinódico del planeta Venus, lo que insinúa veladamente las atribuciones de la divinidad latina del amor, bajo cuya advocación se desenvuelve el poema, jalonado por distintos pasajes de inusual hermosura literaria donde la pasión erótica y la conciencia afectiva articulan, con un sesgo fatífico y feliz, los nódulos de una intensa dramaticidad. La poesía de Octavio Paz debe hasta determinado punto su impacto al hecho de haber mantenido una postura equidistante con la tradición y sus variantes, conciliando vanguardismo y cultura autóctona; eso sí, de una manera todavía menos ostentosa y radical que la del criollismo de El Caribe o el Cono Sur y, por ello, anteponiendo un programa estético precavido y, en el fondo, escéptico de las más atrevidas propuestas de ruptura de Estados Unidos, Latinoamérica o Europa.


Y, de nuevo, la cuña de las revistas con su facultad aglutinadora y vinculante. Ahora es el turno de Tierra Nueva, órgano de inicios de los años cuarenta del siglo XX al que concurren los poetas Alí Chumacero y Jorge González Durán, junto con otros coetáneos que le conceden peralte y visibilidad a la generación: Roberto Cabral del Hoyo, Alfredo Cardona Peña, Manuel Calvillo y Miguel Guardia, algunos de los cuales podrían embonar, por su fecha de nacimiento, con la promoción de Taller. Lo atractivo de este grupo es la confluencia de cuatro destacadas voces femeninas dueñas de una personalidad lírica propia: Concha Urquiza, Margarita Michelena, Griselda Álvarez y Guadalupe Amor. Sí, además de poetas, personajes y casi leyenda, siendo probablemente la más auténtica la de Concha Urquiza, fallecida en el picado mar de Ensenada, Baja California, a la edad de 35, tras abandonar la acción política, el medio intelectual y el convento para consagrarse a una vida seglar de tintes misantrópicos. El cuño distintivo de esta generación es, en palabras de José Luis Martínez —cofundador de Tierra Nueva con Chumacero, González Durán y Leopoldo Zea— “la aceptación de un rigor en la formación literaria”, lo que se tradujo —continúa el crítico— en “su aspiración a realizar una obra con la austeridad que requiere un oficio que se aprende con esfuerzo y su preocupación por ir conquistando, sin prisa pero sin descanso, el mundo de la cultura”. [11] Varios de los poetas mencionados ocuparon, aparte, una posición sobresaliente en la consolidación de importantes instituciones del quehacer literario, artístico y cultural del país: Chumacero fue un editor imprescindible y su labor contribuyó a cimentar el Fondo de Cultura Económica; el mismo José Luis Martínez, no poeta sino ensayista, pero agente fundamental de la historiografía literaria de México, se desempeñó como titular de la Academia Mexicana de la Lengua, siéndolo anteriormente del Instituto Nacional de Bellas Artes; por su lado, Griselda Álvarez se convirtió en la primera gobernadora de una entidad federativa —Colima, de 1979 a 1985— y en un bastión de la promoción de la lectura; y no menos crucial fue la carrera periodística ejercida por más de medio siglo por Margarita Michelena. Lo cierto es que esta galaxia de poetas instrumentó una poesía ceñida a la hegemonía de los modelos clásicos y modernistas del canon hispano, reflejando en su respectiva escritura la rotunda viabilidad de la métrica tradicional, un léxico suntuoso y una vehemente sentimentalidad matizada en ocasiones de hermetismo.

Tres han sido, pues, los títulos publicados por Alí Chumacero: Páramo de sueños de 1944, Imágenes desterradas, de 1948, y Palabras en reposo, de 1956, siendo este último el más logrado, dada su decantada expresión emocional contenida por la hondura patética, el lenguaje vigoroso y la precisión descriptiva; vaya, una poesía angulosa y sensible en la que el yo poético se baña y sumerge en las aguas transformadoras del dolor, la frustración, la belleza o los desencuentros del amor para emerger lúcido y desengañado y ofrecer un testimonio de tamaña experiencia. Lo demuestran los textos “Poema de amorosa raíz”, “Responso del peregrino”, “Los ojos verdes”, “Alabanza secreta” y “Monólogo del viudo”, infalibles en cualquier antología. Ahora bien, si Guadalupe Amor y Griselda Álvarez manejan con maestría la décima y el soneto en situaciones de espeso carácter afectivo y filosófico, Margarita Michelena efectuó una prosodia más liberada del corsé homométrico con la que intentó reproducir la sensación de soledad existencial y desamparo del individuo en tanto que especie única, aunque también transpoló este conflicto a una muy particular circunstancia, la de su desarraigo, siendo hija de padres españoles nacida en Pachuca, Hidalgo. Son versos de Michelena en el poema “La desterrada”: “Canto para salir de mi rostro en tinieblas / a recordar los muros de mi casa, / porque entrando en mis ojos quedé ciega / y a tientas reconozco, cuando canto, / el infinito umbral de mi morada”. Por lo que atañe a Manuel Calvillo —junto con Chumacero y Michelena uno de los tres poetas de esta promoción incluidos en Poesía en movimiento, de 1966, balance de la lírica de la vigésima centuria prologado desde la India por Octavio Paz—, hay que aceptar que con su dilatado poema en versículo, el Libro del emigrante, de 1959, rompe el dominio de la métrica como el criterio rítmico de la generación, desahogando así los horizontes de búsqueda formal de todo el grupo. Asimismo, el repertorio temático se oxigena con la poesía espiritual de Concha Urquiza y la de otro discretísimo pero talentoso autor, el sacerdote michoacano Manuel Ponce, considerado por Gabriel Zaid —al lado de Ramón López Velarde y Carlos Pellicer— uno de los grandes poetas católicos mexicanos del siglo XX. Hay que añadir nomás el nombre de Alfredo R. Placencia, “modernista” inclasificable responsable de esos poemas de estremecedora belleza que son “Ciego Dios”, “Mi Cristo de cobre” y “Con un poco de olvido”. Al referirse a El jardín increíble, de 1950, opus magnum del padre Ponce, Zaid apunta que se trata de “un jardín teofánico, donde conviven la creación y la muerte, la angustia y la resurrección. Todo lo cual se manifiesta, hiere, estimula, exalta, hace triste o feliz a la conciencia sensible”. [12] En el marco de esta tendencia de propensión mística y escrutinio de lo divino, y no en el de sus colegas biológicos, hay que ubicar el trabajo poético de Concha Urquiza.

Así, con este linaje por antecedente, surge la llamada generación del Medio Siglo, engrosada en su vertiente lírica por varias voces irremplazables de la poesía contemporánea de México que empiezan a publicar, unos, a finales de la década de 1940, y otros, la mayoría, al demediar el decenio posterior. Suele relacionarse esta promoción con la Revista Mexicana de Literatura, la Revista de la Universidad de México y la Revista de Bellas Artes, pero más con la primera, coordinada en diferente ciclo por Antonio Alatorre, Rubén Bonifaz Nuño, Emmanuel Carballo, Rosario Castellanos, Carlos Fuentes, Juan García Ponce, Jorge Ibargüengoitia, Juan Rulfo y Tomás Segovia, entre otros. Para Ricardo Pozas Horcasitas este órgano “buscó abrir el cerco tendido sobre la cultura mexicana por el nacionalismo duro, consolidado por la revolución agraria […] lo habían hecho ya, en una batalla por lo universal, y desde la vanguardia, los miembros de la generación de los Contemporáneos (1928-1931)”. [13] No debe sorprender que la traducción de poesía sea una prioridad artística de los poetas de esta constelación. He ahí las cruzadas que al respecto acometieron Rubén Bonifaz Nuño, Rosario Castellanos, Manuel Durán, Jaime García Terrés, Jorge Hernández Campos, Eduardo Lizalde, Marco Antonio Montes de Oca, Tomás Segovia, Ramón Xirau. La mejor evidencia de esta faceta rotatoria con la creación poética es el volumen El surco y la brasa, de 1974, con selección y prólogo de Montes de Oca, donde los mencionados poetas ponen en castellano a Virgilio, Gottfried Benn, Tristan Corbière, John Donne, Odysseus Elytis, Filodemo de Gádara, Konstantinos Kavafis, Giorgios Seferis, Georg Trakl, W. B. Yeats, Paul Claudel, Emily Dickinson, Vittorio Alfieri, Dante Alighieri, Eugenio Montale, Salvatore Quasimodo, Torquato Tasso, Guillaume Apollinaire, Charles Baudelaire, Stéphane Mallarmé, Arthur Rimbaud, Dylan Thomas, Giuseppe Ungaretti, Paul Valéry, William Blake, Giovanni Boccaccio, Francesco Petrarca, André Breton, Hart Crane, Paul Éluard, Wallace Stevens, Elizabeth Bishop, Hans Magnus Enzensberger, Ramón Llull, Charles Tomlinson, Bernatz de Ventadorn, entre otros insoslayables protagonistas de la lírica occidental. La promoción del Medio Siglo completa y afianza la empresa cosmopolita de los Contemporáneos. Este vasto compás de lecturas llega a la poesía mexicana para quedarse e implantar un rango de apertura hacia diversas tradiciones lingüísticas de ultramar. La traducción de poesía se profesionaliza y deviene un campo de la actividad creadora congénito a la escritura de poemas, práctica que se extiende hasta el presente.


Para redondear la nómina de poetas del Medio Siglo habrá que sumar a los nombres ya citados los de Margarita Paz Paredes, Dolores Castro, Álvaro Mutis, Fernando Sánchez Mayáns, Jaime Sabines y Enriqueta Ochoa, eslabones insoslayables para culminar con fidelidad el rompecabezas poético de la época y de la centuria, pues su fruto detona con plenitud en la segunda mitad del siglo pasado, dando cabida a un magisterio cuyo impacto orientó en buena medida los rumbos de la poesía finisecular o la comprendida entre 1975 y 2000. La sátira romana, el amor cortés, la observación sosegada del mundo y de la historia personal, el misticismo onírico, las conmociones de la cotidianidad, los misterios de la materia, la comunión amable y cordial con la mujer y la ciudad, el látigo de la pasión erótica, la celebración del hecho de estar vivo, los dramas de la condición humana, la épica de la sobrevivencia y de las tierras lejanas, el severo monólogo de la introspección, la especulación metaliteraria, el sentimentalismo coloquial y la espiritualidad panteísta son algunas de las obsesiones que desvelan a esta generación y que, mediante la consagración de una obra, se vuelven también intereses adoptivos de las promociones sucesivas. Los poetas del Medio Siglo ensanchan y diversifican el cauce del discurso lírico mexicano. La voz parlante sale del yo y explora otras personas desde las cuales la enunciación poética descubre nuevos puntos de mira de la realidad y de la odisea interior. En estse sentido, Rogelio Guedea ha advertido que en concordancia con “un latido lírico que, de forma coincidente pero no deliberada, se extendió por toda Latinoamérica (la poesía confesional, conversacional, antisolemne o exteriorista), los poetas del Medio Siglo ostentaron un nuevo realismo proveniente principalmente de una línea expresiva derivada de los Poemas humanos de César Vallejo y de la Residencia en la tierra de Pablo Neruda, más del primero que del segundo”. [14] Por ello, las graves cuestiones que por décadas habían constituido el repertorio temático de la poesía nacional —la decepción amorosa, la muerte, la dubitación existencial, por relacionar unos cuantos asuntos— se pulverizan en aras de una objetividad poética, un diálogo intertextual con la tradición clásica y moderna, un sujeto autoconsciente que se permite audazmente una parodia de sí y del bagaje literario y cultural. No estaban solos. El camino había venido siendo apisonado por José Juan Tablada, Ramón López Velarde, estridentistas y Contemporáneos, o bien, se estaba allanando con los programas disruptivos de Efraín Huerta y Octavio Paz.

Obras axiales de esta generación: A quien corresponda, de 1960, y La experiencia, de 1986, de Jorge Hernández Campos; El corazón transfigurado, de 1949, y Cantares de vela, de 1960, de Dolores Castro; Los elementos del desastre, de 1953, y Caravansary , de 1981, de Álvaro Mutis, escritor colombiano afincado en México desde el decenio de 1950; El espejo enterrado, de 1955, Las playas, de 1974, y Gradas, de 1979, de Ramón Xirau, filósofo de origen catalán radicado en el país desde 1939; El manto y la corona, de 1958, La flama en el espejo, de 1971, y Albur de amor, de 1987, de Rubén Bonifaz Nuño; Las provincias del aire, de 1956, Los reinos combatientes, de 1962, Todo lo más por decir, de 1971, y Corre la voz, de 1980, de Jaime García Terrés; Trayectoria del polvo, de 1948, Al pie de la letra, de 1959, y Lívida luz, de 1960, de Rosario Castellanos; Ciudad asediada, de 1954, La palma azul, de 1959, y El lugar del hombre, de 1965, de Manuel Durán; Horal, de 1950, La señal, de 1951, Tarumba, de 1956, Diario semanario y otros poemas en prosa, de 1961, Yuria, de 1967, Algo sobre la muerte del Mayor Sabines, de 1973, y Nuevo recuento de poemas, de 1977, de Jaime Sabines; El sol y su eco, de 1960, Anagnórisis, de 1967, Terceto, de 1972, Cantata a solas, de 1985, y Fiel imagen, de 1997, de Tomás Segovia; Cada cosa es Babel, de 1966, El tigre en la casa, de 1970, La zorra enferma, de 1974, Caza mayor, de 1979, Memoria del tigre, de 1983, y Tabernarios y eróticos, de 1988, de Eduardo Lizalde; Las vírgenes terrestres, de 1969, Retorno de Electra, de 1973, y Bajo el oro pequeño de los trigos, de 1984, de Enriqueta Ochoa; Ruina de la infame Babilonia, de 1953, Contrapunto de la fe, de 1955, Delante de la luz cantan los pájaros, de 1959, Cantos al sol que no se alcanza, de 1961, Fundación del entusiasmo, de 1963, Vendimia del juglar, de 1965, Pedir el fuego, de 1968, Se llama como quieras, de 1974, Las constelaciones secretas, de 1976, y Tablero de orientaciones, de 1984, del prolífico y versátil poeta de imaginación pródiga Marco Antonio Montes de Oca. Y a propósito de Montes de Oca, hay que consignar aquí la sociedad tripartita que sostuvo a partir de 1951 con Eduardo Lizalde y Enrique González Rojo Arthur: el poeticismo, tendencia de juventud gestada en sus albores por estos dos últimos y, como apunta Lizalde, “bajo la mirada paternal del poeta Enrique González Martínez (abuelo de aquél), que andaba entonces [1948] cerca de los ochenta años y toleraba, estupefacto, pero cordial y animoso, todas las atrocidades líricas de las creaciones poeticistas”. [15] Animada por el purismo ultraísta, el denuedo futurista y la ideología marxista, puede considerarse el poeticismo una de las pocas reacciones programáticas de inspiración vanguardista en el siglo XX mexicano, junto al estridentismo de los años veinte, desde luego, y el infrarrealismo de los setenta de cuya matriz emanaron autores como José Vicente Anaya, Roberto Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro.

Nacidos la mayoría durante la década de 1920, excepto Montes de Oca, quien era de 1932, los poetas del Medio Siglo alcanzaron entre 1955 y 1975 la madurez que les facilitó condensar un modelo sostenible. Una prosodia versátil, la complejidad de actitudes y tonos enunciativos, una poderosa capacidad fabulativa, un diálogo crítico con la tradición y la excursión metapoética se han instituido como pulsiones ya aclimatadas de la lírica mexicana. Uno de los relevos de esta familia generacional será la célula de los novísimos aglutinados en el libro colectivo La espiga amotinada, de 1960, que incorporaba material de Juan Bañuelos, Jaime Labastida, Óscar Oliva, Jaime Augusto Shelley y Eraclio Zepeda, venidos los cinco al mundo en el decenio de 1930. Pero hay entre Montes de Oca y el grupo de La espiga amotinada una extraordinaria constelación de voces esenciales para entender tanto el pasado reciente como la actualidad del quehacer poético del país. Se trata de una nómina de lujo: Thelma Nava, Isabel Fraire, Ulalume González de León, Juan Martínez, Gabriel Zaid, Hugo Gutiérrez Vega, Gerardo Deniz, Sergio Mondragón, José Carlos Becerra, Abigael Bohórquez, Francisco Cervantes y José Emilio Pacheco. Cierra esta música de esferas generacionales el debut poético, a mediados de los sesenta, de Homero Aridjis, la presencia novicia de la antología Poesía en movimiento, recuento selectivo de poesía mexicana de la Revolución a las vísperas del 68. Poesía en movimiento clausura un ciclo y anuncia otro, recapitula y plantea apuestas, perfilando hacia el porvenir —el último cuarto de la centuria— las probabilidades de una promoción emergente —la de La espiga amotinada, Zaid, Gutiérrez Vega, Becerra, Cervantes, Pacheco y Aridjis—, sí, pero también la pujanza de una genealogía poética en la que presuntamente se reconocían los responsables de la edición —Paz, Chumacero, Pacheco y Aridjis— y los autores incluidos en sus páginas. Del cúmulo de poetas adscritos en la promoción del Medio Siglo, Dolores Castro, Ramón Xirau, Álvaro Mutis, Enriqueta Ochoa, Eduardo Lizalde, Ulalume González de León, Juan Martínez, Hugo Gutiérrez Vega y Gerardo Deniz no habrán de figurar en Poesía en movimiento, lo que más allá de parecer arbitrario o debatible, hace ver la pluralidad estética que acogía el gusto poético de México, y, en consecuencia, la tentativa de legitimación de una estirpe literaria. La verdad es que el tiempo y la justicia poética que supone la calidad escritural acabó reivindicando frente al lector la valía de los poemas de Xirau, Ochoa, Lizalde, Deniz y Juan Martínez, pese a que los de este —acopiados en las colecciones En las palabras del viento, de 1959, Ángel de fuego, de 1978, y En el valle sagrado, de 1986— resulten aún prácticamente desconocidos, no obstante su galopante fuerza expresiva, lucidez conjetural y emocionada clarividencia para dirimir y exorcizar las incertidumbres de la modernidad.

El poeta más significativo de los nacidos entre 1933 y 1940 es sin duda José Emilio Pacheco, quien además ejerció la narrativa, el periodismo, la traducción y el ensayo. Buena parte de su obra poética ha sido reunida en el volumen Tarde o temprano, de 2000, versión corregida y naturalmente aumentada de una publicación de similar intención exhaustiva fechada en 1980. Sin embargo, poemarios torales de Pacheco en el concierto de la poesía mexicana contemporánea son No me preguntes cómo pasa el tiempo, de 1969, Irás y no volverás, de 1973, Los trabajos del mar, de 1984, Miro la tierra, de 1987, Ciudad de la memoria, de 1990, El silencio de la luna, de 1996, La arena errante, de 1999, y Como la lluvia, de 2009, entregas en las que José Emilio Pacheco insiste sobre todo en denunciar la abrasión del tiempo y las paradojas de la edad moderna caracterizada por la ilusión de una prosperidad urgida por el consumo y el progreso tecnológico. Practicante de un holgado abanico de estructuras rítmicas que fluctúa del endecasílabo metafísico al endecasílabo conversacional, atravesando por el versículo y el poema en prosa, Pacheco ha transitado de la descripción evocativa a una suerte de relato de las decisivas ironías de la actualidad, de modo que su poesía ha ganado empatía con el lector común, por lo que no sería exagerado verla como una crónica en clave poética de los avatares de México y de la humanidad de la segunda mitad del siglo XX: las turbulencias clasemedieras de la época del Desarrollo Estabilizador, el movimiento estudiantil de 1968, el terremoto de 1985 en la capital del país, la obsolescencia de la retórica nacionalista, la santificación del capitalismo, el escepticismo hacia los sistemas políticos, la dilución de los encantos de la cotidianidad frente al redoble de la tecnología digital. En la medida que José Emilio Pacheco encarna la conciencia ciudadana de la lírica mexicana de un incipiente tercer milenio, se transforma en su más alto moralista. En las antípodas se ubica el arte verbal de Gerardo Deniz, poeta de origen ibérico, hijo de exiliados republicanos, asentado con sus padres en México desde 1942. Lenguaje, búsqueda y rebusca son para él sinónimos y sirven para dilucidar las peliagudas complejidades de la curiosidad intelectual frente al dilema del conocimiento y la existencia. Asociado a las poéticas neobarrocas —por los desafíos de su decir—, los textos de Gerardo Deniz pudieran parecer del exclusivo interés de los poetas, mas hay que aclarar la obstinada excentricidad de su propuesta constituye un feraz ejercicio de voluntad idiomática que exhibe la potencia inventiva de la lengua española y la noción del género poético como un enardecido y febril simulacro de la inteligencia y la transversalidad de la ciencia. He ahí sus colecciones Adrede, de 1970, Gatuperio, de 1978, Enroque, de 1986, Mansalva y Picos pardos, de 1987, Grosso modo, de 1988, Mundonuevos, de 1991, Amor y oxidente, de 1991, Alebrijes, de 1992. A juicio de Eduardo Milán, “Deniz queda como una especie de residuo marginal, como un cuerpo extraño injerto en el conjunto de la poesía latinoamericana con una avidez diferencial memorable”. [16] Gerardo Deniz o el don de estar sin estar.  

Junto con Deniz y Juan Martínez, José Carlos Becerra y Francisco Cervantes son también autores de culto de la geografía poética mexicana. El primero, Becerra, murió prematuramente en Italia en 1970, pero legó el suficiente material poético que dio pie a la conformación de un libro leído desde entonces con fascinación por variadas promociones: El otoño recorre las islas, de 1973, volumen con prefacio de Octavio Paz preparado por Pacheco y Gabriel Zaid que congrega los dos colecciones previas al deceso del poeta en fatal accidente automovilístico en la carretera de Brindisi —Oscura palabra, de 1965, y Relación de los hechos, de 1967—, y cuatro series póstumas —Los muelles, La Venta, Fiestas de invierno y Cómo retrasar la aparición de las hormigas. Un verso de largo aliento tejido de bellas e inusitadas imágenes de repentina inspiración surrealista conforma la cualidad dominante del estilo poético del tabasqueño, animado por atmósferas de reminiscencia marina y aderezado por un soplo de amorosa nostalgia que remite a la poesía del sevillano Vicente Aleixandre. La melancolía heroica de Francisco Cervantes no le va en zaga. Si Becerra echa mano de un pasado íntimo bordado por los sitios de la memoria, Cervantes de la cronología de un pueblo que no es México sino Portugal, o, más bien, su cultura, arte, paisaje y tradición literaria. La aportación de Francisco Cervantes estriba en la síntesis que cristaliza entre la dicción poética en castellano, lusitano y galaicoportugués, disponiendo un programa que compensa el monopolio del lirismo presentista o atenido sin más a la repetición conformista de las recetas vanguardistas. Cervantes emprendió una revaloración de las añejas formas peninsulares y, de esta manera, procreó una poesía que al desmarcarse de influjos contemporáneos o modernos enriqueció la diversidad temática y compositiva de su generación, siendo inevitablemente centrífuga. Entre sus títulos más representativos se encuentran Los varones señalados, de 1972, Cantado para nadie, de 1982, Heridas que se alternan, de 1985, y Regimiento de nieblas, de 1994, donde los estertores de un velado drama individual coincide con el drama de las gestas epopéyicas, por lo que la sentimentalidad acaba transmutada en una épica de tono elegíaco. Como se aprecia, la poesía mexicana ha desbordado ya por mucho los límites de identidad nacional, escindiéndose a otras tradiciones occidentales y orientales. Tras la estela de la Revolución y el casi solitario predominio de las letras francesas como referente internacional, la lírica de México se abandona a la influencia de Italia, Estados Unidos, Rusia, Grecia, Portugal, Brasil, Polonia, Alemania, Suecia, el mundo árabe, Japón, China, amasando una actualidad lírica comparable a la de estas tradiciones nacionales o lingüísticas.

Recapitulando, hay en suma algunas notas preponderantes en la poesía mexicana a través de las cuales se advierte la curva de su comportamiento, a saber: uno, la aportación de los poetas venidos de provincia o nacidos ahí resulta cardinal en cuanto a la suficiencia para animar la vida literaria de la capital e incorporar nuevos proyectos grupales para la creación y difusión de la poesía; dos, la precocidad de buena parte de los componentes de las distintas generaciones, misma que los conduce a producir desde edad temprana obras de notable madurez, conformar antologías poéticas y constituir órganos impresos para la promoción de la poesía y la legitimación grupal; tres, la traducción de poetas de otras lenguas, una práctica que se vuelve paulatinamente un eficaz catalizador en la formación de una cultura literaria; cuatro, la proliferación de revistas generacionales deviene la más importante estafeta del trayecto ininterrumpido de la poesía mexicana de la primera y segunda mitad del siglo XX; y cinco, la existencia de una genealogía poética de México que transita con paso firme y visible, dudoso y tenue, desde el modernismo áspero y urbano de Othón y de Gutiérrez Nájera hasta la sensualidad contemplativa de Homero Aridjis, transitando, hay que decirlo otra vez, por José Juan Tablada, Ramón López Velarde, los Contemporáneos y los estridentistas, Octavio Paz y Efraín Huerta, la pléyade del Medio Siglo, el quinteto de La espiga amotinada y las singulares búsquedas paralelas de Juan Martínez, Gabriel Zaid, Hugo Gutiérrez Vega, José Carlos Becerra, Francisco Cervantes y José Emilio Pacheco. A esta corriente de nombres que son hechos, capítulos de la lírica mexicana, es preciso añadir los de algunos poetas iberoamericanos de primera línea que contribuyeron mediante su obra o su presencia a la evolución o el mejoramiento de la poesía de México: Pedro Garfias, Luis Cernuda, Luis Cardoza y Aragón, Otto-Raúl González, Álvaro Mutis, Hugo Gola, Juan Gelman, entre otros. El patrimonio de la poesía mexicana se mide no únicamente en libros individuales, sino igual en antologías y revistas del género en las que confluyen autores capitalinos o provincianos, nacidos dentro o fuera del territorio mexicano que han transformado la escena poética en una zona franca para diversos estilos y gustos normados por la pauta del rigor. En cincuenta, sesenta años, la poesía de México viró de una poesía de ambiente crepuscular y acento doliente a otra urgida por la soltura, el desenfado, el riesgo, la naturalidad. La concesión del Premio Nobel de Literatura de 1990 a Octavio Paz, y del Premio Cervantes al mismo Paz, en 1982, y en 2010 a José Emilio Pacheco, es prueba insoslayable de su radiante solvencia universal.


NOTAS

1. Adolfo Castañón, Arbitrario de literatura mexicana, Vuelta, México, 1993.

2. José Javier Villarreal, “El legado del duque Job”, Los fantasmas de la pasión, Aldus, México, 1997.

3. José Emilio Pacheco, Antología del modernismo (1884-1921), Universidad Nacional Autónoma de México / ERA, México, 1999.

4. Ibid.

5. Octavio Paz, “Estela de José Juan Tablada”, Las peras del olmo, Seix Barral, Barcelona, 1990 [1ª. ed. 1957].

6. Xavier Villaurrutia, “El León y la Virgen”, Antología, Fondo de Cultura Económica, México, 1991.

7. Pedro Ángel Palou, La casa del silencio. Aproximación en tres tiempos a Contemporáneos, El Colegio de Michoacán, Zamora, 1997.

8. Guillermo Sheridan, Los Contemporáneos ayer, Fondo de Cultura Económica, México, 1985.

9. Luis Mario Schneider, El estridentismo o una literatura de la estrategia, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 1997 [1ª. ed. 1970].

10. José Luis Martínez y Christopher Domínguez Michael, La literatura mexicana del siglo XX, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 1995.

11. Ibid.

12. Gabriel Zaid, Tres poetas católicos, Océano, México, 1997.

13. Ricardo Pozas Horcasitas, “La Revista Mexicana de Literatura: la ruptura en las letras (1955-1965)”, Fractal, 47, 2007.

14. Rogelio Guedea, Poetas del Medio Siglo (mapa de una generación), Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2007.

15. Eduardo Lizalde, Nueva memoria del tigre (Poesía 1949-1991), Fondo de Cultura Económica, México, 1993.

16. Eduardo Milán, Una cierta mirada, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1989.



JORGE ORTEGA (México, 1972). Poeta y ensayista, autor de una veintena de libros de poesía y crítica. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Barcelona. Sus más recientes publicaciones son el libro de poesía Hotel del Universo (Mantis Editores, México, 2023), Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2022, y el libro de crítica de poesía Días inhábiles. Aproximaciones a la poesía y otras formas de abducción (Secretaría de Cultura de Baja California, México, 2026), con el que obtuvo el Premio Estatal de Literatura de Baja California 2024 en el género de Periodismo Cultural.




JAN ŠVANKMAJER (República Tcheca, 1934). Artista surrealista, marionetista, animador e cineasta, é conhecido por suas releituras sombrias de contos de fadas famosos e pelo uso vanguardista da animação stop-motion tridimensional combinada com filmagens em live-action. Alguns críticos o elogiaram por privilegiar os elementos visuais em detrimento do enredo e da narrativa, outros por seu uso de fantasia sombria. Adaptou obras literárias como Alice e Fausto. Sua obra Šílení (2005, Loucura) foi descrita como uma história de terror cômica que demonstra a influência do escritor americano Edgar Allan Poe e do nobre francês Marquês de Sade. Hmyz (2018, Inseto) é baseado na peça Ze ivota hmyzu (1921, A Peça dos Insetos) de Karel e Josef Čapek. A obra plástica de Jan Švankmajer nos acompanha nesta edição de Agulha Revista de Cultura em que é nosso artista convidado. Também podemos encontrar uma reveladora entrevista que lhe fez Floriano Martins, publicada em três idiomas.

  



Agulha Revista de Cultura

Número 265 | junho de 2026

Artista convidado: Jan Švankmajer (República Tcheca, 1934)

Editores:

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