terça-feira, 9 de junho de 2026

YULEISY CRUZ LEZCANO | Marc Chagall y su poesía cromática entre memoria y sueño



El 28 de marzo de 1985, en Saint-Paul-de-Vence, fallecía Marc Chagall, uno de los más grandes pintores del siglo XX, símbolo de un arte capaz de fundir memoria, sueño y alegría. Nacido el 6 de julio de 1887 en Vítebsk, en el seno de una familia de artistas judíos sometidos a las duras restricciones del régimen zarista, Chagall supo transformar las dificultades de la vida en una poética universal, que atraviesa todas las vanguardias del siglo con una sensibilidad única.

Ya con veinte años se trasladó a San Petersburgo, donde entró en contacto con la Sociedad de Mecenas del Arte y estudió bajo la guía de Nikolái Roerich. En 1909 continuó sus estudios en la escuela de Elizaveta Zvántseva bajo la dirección de Léon Bakst, quien lo introdujo a la vibrante escena artística parisina. Allí Chagall se vinculó a la École de Paris y entabló amistad con Amedeo Modigliani, integrándose en un contexto creativo que nutriría toda su poética.

El regreso a Vítebsk durante la Primera Guerra Mundial fue un período cargado de experiencias, en el que contrajo matrimonio con Bella Rosenfeld y fundó la célebre Escuela de Arte de Vítebsk, convirtiéndose en un activo participante de la Revolución rusa de 1919. Los años parisinos y la influencia del cubismo se reflejan en sus cuadros a través de una textura compositiva original, donde figuras suspendidas y geometrías cromáticas dialogan con el sueño y la memoria.

El lenguaje pictórico de Chagall se distingue por una extraordinaria libertad formal: sus pinceladas, a veces ligeras y otras vibrantes, confieren movimiento y suspensión a las figuras, que parecen flotar entre cielo y tierra. Los colores dominantes son el azul profundo, el rojo intenso, el verde esmeralda y el amarillo solar, que en conjunto generan una sinfonía cromática capaz de transmitir alegría, espiritualidad y poesía. En sus cuadros reaparecen frecuentemente figuras enamoradas, suspendidas en vuelos metafísicos que celebran la armonía y el amor universal; animales fantásticos que evocan la memoria de Vítebsk y de la tradición judía; escenas religiosas reinterpretadas mediante alegorías personales; y momentos de fiesta y música que encarnan la alegría de vivir a pesar de las persecuciones. En cada obra, lo vivido se transforma en imagen poética: cada elemento flota en un espacio suspendido donde sueño y memoria se funden, creando un continuum emocional de rara intensidad.

Entre sus obras más emblemáticas se encuentra “La ventana verde” de 1925, conservada hoy en el Museum of Modern Art, donde la suspensión de las figuras refleja la influencia cubista y la atención a la geometría del color. También destacan las espectaculares vidrieras de la catedral de Reims, donde tonos azules y violetas crean un diálogo entre luz y espiritualidad. Sus grandes encargos monumentales, como la cúpula de la Ópera de París, las obras en el Metropolitan Opera House, la Catedral de Fraumünster en Zúrich y la Iglesia de San Esteban en Mainz, evidencian la capacidad de Chagall de adaptar su lenguaje pictórico a espacios públicos, transformando la luz y la arquitectura en narración emocional. Una curiosidad menos conocida es que su arte fue casi borrado de su país natal durante la era estalinista, porque denunciaba tanto los crímenes nazis como los soviéticos, y muchas obras fueron destruidas o desaparecieron.

A pesar de las persecuciones y los largos exilios, Chagall permaneció fiel a la alegría y la belleza como instrumentos de resistencia y poesía. En 1977 Francia lo condecoró con la Legión de Honor por su trabajo en la Ópera de París, reconociendo su papel como protagonista de todos los estilos principales del siglo XX. Su arte sigue vivo en los grandes museos internacionales y en colecciones privadas, testimoniando un recorrido que transforma memoria, dolor y amor en un lenguaje universal. Marc Chagall nos deja una invitación eterna: mirar el mundo con los ojos del sueño, donde cada color, cada vuelo y cada abrazo se convierte en poesía visual.

La herencia de Marc Chagall permanece en las imágenes que invitan a una lectura emocional del mundo: cada figura flotante, cada animal fantástico, cada escena de fiesta o de amor es al mismo tiempo símbolo y experiencia vivida.


La pintura me era necesaria como el pan. Me parecía como una ventana a través de la cual podría huir, evadirme hacia otro mundo. Esta confesión, escrita muchos años después, no es solo una reflexión íntima, sino la clave para comprender toda la obra de Marc Chagall. A lo largo de su extensa trayectoria, el artista privilegió temas profundamente arraigados en su mundo interior: el amor conyugal, la familia, la vida de los campesinos en Rusia, la nostalgia desgarradora por su tierra natal y los motivos de la tradición judía. En ellos encontró no solo materia pictórica, sino una forma de resistencia frente a la historia, una manera de sobrevivir al dolor a través de la belleza.

De regreso en Rusia, Chagall se representó con frecuencia junto a Bella Rosenfeld, el gran amor de su vida, a quien conoció en 1909 y con quien se casó en 1915. Bella no fue únicamente su esposa, sino su musa, su alter ego espiritual, la presencia constante que da forma a la iconografía amorosa de su pintura. En El cumpleaños, el artista, en una habitación donde el tiempo parece suspendido, se eleva en el aire impulsado por un amor que lo libera de toda gravedad, curvándose en un gesto imposible para besar a Bella, quien, sorprendida y transfigurada, comienza también a volar. En esta escena no hay perspectiva lógica ni peso físico: el amor anula las leyes del mundo y crea un espacio propio, íntimo, absoluto.

En El paseo, pintado entre 1917 y 1918, esta poética alcanza una de sus expresiones más líricas. Chagall aparece elegantemente vestido, sosteniendo un pequeño pájaro en una mano y a Bella en la otra. Ella se eleva como un cometa sobre el paisaje, suspendida entre el cielo y la tierra, mientras la firmeza del gesto del pintor la mantiene unida a él. El prado verde, la manta roja, la botella de vino y la copa evocan un momento de intimidad compartida, un recuerdo casi ritual de su unión. Al fondo, Vítebsk se despliega en formas geométricas simples, como si la memoria hubiera sido filtrada por el lenguaje del cubismo, convirtiéndose en escenario emocional más que en lugar real.

Sin embargo, esta felicidad luminosa no sería eterna. La historia, con su violencia implacable, irrumpió en la vida del artista. La persecución contra los judíos en Europa, intensificada con el ascenso del nazismo, transformó radicalmente su existencia. Chagall, cuya obra había sido calificada como degenerada por el régimen nazi, se vio obligado a huir. Tras pasar por Francia y ante la amenaza creciente de la ocupación alemana, emprendió una fuga desesperada que lo llevaría primero a la península ibérica y luego, gracias a redes de ayuda intelectual y humanitaria, a los Estados Unidos. Este exilio no fue solo geográfico, sino también emocional: implicó la ruptura con su mundo, con su lengua, con su memoria cotidiana.

En medio de este contexto de desarraigo, el golpe más devastador llegó en 1944, cuando Bella murió repentinamente. Su pérdida marcó una fractura irreparable en la vida y en la obra de Chagall. Durante meses, el pintor fue incapaz de trabajar; el color, que siempre había sido su lenguaje más íntimo, parecía haber perdido sentido. Bella, que había sido la figura central de sus composiciones, continuó apareciendo en sus cuadros, pero ahora como presencia espectral, como recuerdo que flota en un espacio donde el amor y la ausencia se entrelazan. La ligereza de los cuerpos suspendidos se vuelve entonces ambigua: ya no es solo celebración, sino también nostalgia, evocación de algo irrecuperable.

El exilio americano intensificó esta dimensión melancólica. Aunque Chagall encontró en Estados Unidos un refugio físico, su pintura revela una constante tensión entre el presente y el pasado. Los colores siguen siendo vibrantes, pero en ellos se insinúa una tristeza profunda, una conciencia de pérdida que transforma la alegría en algo más complejo, más frágil. La memoria de Bella se convierte en una especie de eje invisible alrededor del cual gira su universo pictórico. En muchas obras de este período, las figuras parecen buscarse sin alcanzarse, como si el amor persistiera más allá de la muerte, pero ya no pudiera encarnarse plenamente.

Tras el final de la guerra, Chagall regresó a Francia, instalándose nuevamente en Saint-Paul-de-Vence. Este retorno no significó un regreso al pasado, sino la construcción de una nueva etapa en la que la experiencia del dolor se integra en su lenguaje artístico. Las grandes comisiones públicas, las vidrieras, los murales, los decorados teatrales, pueden leerse como intentos de reconciliación, como formas de devolver al mundo una luz que la guerra había oscurecido. En estas obras, el color adquiere una dimensión casi espiritual: no solo representa, sino que ilumina, envuelve, transforma el espacio en una experiencia emocional compartida.

A pesar de todo, el amor perdido nunca abandona su pintura. Bella sigue presente, convertida en símbolo, en figura arquetípica, en encarnación de un vínculo que trasciende el tiempo. La obra de Chagall, en este sentido, es un testimonio de la persistencia del sentimiento frente a la destrucción histórica. Su capacidad para transformar la tragedia en poesía visual lo sitúa en un lugar singular dentro del arte del siglo XX: no como un mero testigo de su tiempo, sino como un creador de mundos donde la memoria y el sueño ofrecen una forma de resistencia.


Así, la pintura de Chagall no es solo un refugio, como él mismo afirmaba, sino también un acto de afirmación. Frente a la persecución, el exilio y la pérdida, su obra insiste en la posibilidad de la belleza, en la fuerza del amor, en la continuidad de la memoria. En cada figura que vuela, en cada color que vibra, en cada escena que desafía la lógica, late la convicción de que el arte puede, todavía, abrir una ventana hacia otro mundo: un mundo donde incluso el dolor encuentra su forma de luz.

Cuando nos encontramos ante una pintura de Marc Chagall, la primera sensación que experimentamos es la de una tensión vibrante, casi invisible, que impulsa al ser humano hacia algo que lo trasciende; los elementos que aparecen en sus obras, aunque pertenezcan a la realidad cotidiana, están investidos de un valor simbólico profundo, como arquetipos que hunden sus raíces en la conciencia colectiva. Esta visión se manifiesta con especial claridad en el tema del amor, núcleo esencial de la obra de Chagall, incluso cuando representa escenas de dolor o de horror, tal como él mismo afirma en su autobiografía Ma vie:

 

En la vida, al igual que en la paleta del pintor, no existe más que un solo color capaz de dar sentido a la vida y al arte: el color del amor.

 

Este sentido de amor universal está profundamente ligado al entorno de la cultura judía en el que Chagall creció, y en particular a la visión jasídica, según la cual la presencia del amor divino santifica todos los actos de la existencia, incluso los más carnales. En esta perspectiva, el amor no es solo un sentimiento humano, sino una fuerza cósmica que atraviesa la materia y el espíritu, un principio que unifica lo visible y lo invisible.

En la obra de Chagall, este principio se traduce en imágenes en las que los cuerpos pierden peso, las figuras se elevan y los gestos más simples adquieren una dimensión trascendente. El abrazo entre dos amantes no es únicamente una escena íntima, sino la representación de una unión que supera el tiempo, el espacio y la muerte. Incluso en las composiciones marcadas por la tragedia, crucifixiones, exilios, figuras errantes, el amor persiste como una luz interna, como un color que resiste a la oscuridad.

Son tres las obras que permiten comprender de manera privilegiada este tema del amor en la pintura de Chagall, aquello que puede considerarse su verdadera filosofía, precisamente por su presencia constante a lo largo de todo su recorrido artístico. En ellas, el amor no aparece como un episodio, sino como una condición del ser, como una forma de conocimiento y como la única vía posible para reconciliar al ser humano con el mundo y consigo mismo.

Según documentan diversas fuentes museales italianas, entre ellas los estudios del Museo del Novecento y los recorridos críticos de la Galleria d’Arte Moderna, el encuentro entre Marc Chagall y Bella Rosenfeld en 1909 constituye uno de los momentos fundacionales de su universo poético. Bella no fue únicamente la mujer amada, sino la verdadera mediadora entre el artista y su visión del mundo: inspiradora constante, consejera íntima y encarnación de un ideal amoroso que atraviesa toda su obra. En estos primeros años de amor nace también el primero de los innumerables cuadros que le dedica, Mi prometida con guantes negros, donde ya se percibe esa tensión entre retrato y símbolo, entre presencia real y figura transfigurada.

La primera obra que permite adentrarse plenamente en esta dimensión es Los amantes en azul de 1914, realizada poco después de su unión con Bella. En ella, la pareja aparece en el centro de la composición, casi fundida en el azul profundo del cielo nocturno, ese azul que para Chagall representa el color del alma, una materia espiritual más que cromática. El gesto de la caricia de ella y la proximidad de los labios del hombre los presentan como dos individuos envueltos en la pasión, pero al mismo tiempo el tratamiento de los rostros, casi como máscaras, los eleva a la condición de arquetipos del amor universal. La potencia narrativa del color azul no se limita a envolver la escena, sino que parece atravesar a los amantes, dotándolos de una dimensión eterna. Las pinceladas de témpera, aplicadas transversalmente, construyen un cielo que no es fondo, sino fuerza activa, como si la atmósfera misma participara en la unión de los cuerpos, sugiriendo que el amor no pertenece al mundo físico, sino a una dimensión superior.


Esta concepción encuentra un desarrollo aún más evidente en El cumpleaños de 1915, donde aparece por primera vez de manera explícita el motivo del vuelo como metáfora de la felicidad amorosa. En esta obra, Chagall se representa a sí mismo en el día de su vigésimo octavo cumpleaños, arrebatado por una alegría incontenible que lo eleva por encima de la realidad. Su cuerpo se curva en una acrobacia imposible para alcanzar los labios de Bella, quien sostiene un ramo de flores, símbolo de plenitud y de celebración. La escena se desarrolla en una habitación descrita con minuciosidad casi doméstica: la vista desde la ventana, las cortinas, el tapiz de motivos orientales, la mesa con la tarta y la granada abierta, esta última es símbolo de fecundidad y de la intensidad de su vínculo.

Esta atención al detalle cotidiano, acentuada por la organización geométrica del espacio, remite a la dimensión concreta y terrenal del amor, pero entra en contraste con la ligereza del vuelo de los amantes. Dicho contraste se ve reforzado por el uso diferenciado de la técnica pictórica: las superficies como la mesa o el suelo están construidas mediante pinceladas uniformes y horizontales, estables y casi inmóviles, mientras que las figuras de los amantes están modeladas con pinceladas más ligeras y verticales, que transmiten dinamismo y suspensión. De este modo, la pintura crea una fractura visual entre lo inmóvil y lo etéreo, entre el mundo físico y el mundo emocional, haciendo visible la capacidad del amor para elevar al ser humano por encima de lo cotidiano.

En estas obras, ampliamente estudiadas por la historiografía artística europea, se percibe con claridad cómo la filosofía del amor en Chagall evoluciona desde la celebración íntima hacia una dimensión cada vez más universal. El amor deja de ser únicamente una experiencia biográfica para convertirse en un principio estructurador de la realidad pictórica, una fuerza que descompone las leyes del espacio y del tiempo, y que permite al artista construir un lenguaje donde lo visible y lo invisible, lo real y lo soñado, se funden en una misma imagen poética.




YULEISY CRUZ LEZCANO (Cuba, 1973). Poeta, escritora y profesional de la salud originaria de Cuba, residente en Marzabotto, provincia de Bolonia (Italia). Licenciada en Ciencias Biológicas y posteriormente en Ciencias de la Enfermería y Obstetricia por la Universidad de Bolonia, ha sabido integrar su formación científica con una profunda vocación humanística. Actualmente cursa un máster universitario de segundo nivel en Gestión de la violencia en el ámbito social, sanitario y educativo, temática en la que está activamente comprometida también a través de un proyecto educativo itinerante que promueve la sensibilización contra la violencia de género. Autora prolífica, ha publicado 18 libros, algunos de ellos en edición bilingüe (italiano/español y español/portugués), obteniendo premios y reconocimientos en numerosos certámenes literarios nacionales e internacionales. Uno de sus libros más recientes, Di un’altra voce sarà la paura (2024), ha sido candidato al Premio Strega, seleccionado para el Salón Internacional del Libro de Turín 2024 y presentado en diversos contextos de prestigio: desde la Televisión Estatal de la República de San Marino hasta Tele Granducato de Toscana, desde la embajada de Cuba en Roma hasta el Festival Libri nel Borgo Antico de Bisceglie, y en el programa Street Talk de Andrea Villani, emitido en 22 cadenas televisivas italianas. El libro se ha convertido también en el eje central de un proyecto itinerante de educación y sensibilización, presentado en escuelas, ayuntamientos y asociaciones en toda Italia. En 2024 fue seleccionada para participar en el Festival Literario de Venecia La Palabra en el el Mundo, consolidando su presencia en la escena poética internacional. Ese mismo año obtuvo el Gran Premio del Jurado en el Premio Internacional “Il Meleto di Guido Gozzano” y el Premio Ginebra en el Switzerland Literary Prize con el libro bilingüe Doble acento para un naufragio, publicado por Edições Fantasma en Portugal. Asimismo, fue jurado del Premio Internacional La Estación del Arte (Madrid) y seleccionada por el proyecto Latilma, en colaboración con la Universidad de Roma.



JAN ŠVANKMAJER (República Tcheca, 1934). Artista surrealista, marionetista, animador e cineasta, é conhecido por suas releituras sombrias de contos de fadas famosos e pelo uso vanguardista da animação stop-motion tridimensional combinada com filmagens em live-action. Alguns críticos o elogiaram por privilegiar os elementos visuais em detrimento do enredo e da narrativa, outros por seu uso de fantasia sombria. Adaptou obras literárias como Alice e Fausto. Sua obra Šílení (2005, Loucura) foi descrita como uma história de terror cômica que demonstra a influência do escritor americano Edgar Allan Poe e do nobre francês Marquês de Sade. Hmyz (2018, Inseto) é baseado na peça Ze ivota hmyzu (1921, A Peça dos Insetos) de Karel e Josef Čapek. A obra plástica de Jan Švankmajer nos acompanha nesta edição de Agulha Revista de Cultura em que é nosso artista convidado. Também podemos encontrar uma reveladora entrevista que lhe fez Floriano Martins, publicada em três idiomas.

  



Agulha Revista de Cultura

Número 265 | junho de 2026

Artista convidado: Jan Švankmajer (República Tcheca, 1934)

Editores:

Floriano Martins | floriano.agulha@gmail.com

Elys Regina Zils | elysre@gmail.com

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