Ya con veinte años
se trasladó a San Petersburgo, donde entró en contacto con la Sociedad de
Mecenas del Arte y estudió bajo la guía de Nikolái Roerich. En 1909 continuó
sus estudios en la escuela de Elizaveta Zvántseva bajo la dirección de Léon
Bakst, quien lo introdujo a la vibrante escena artística parisina. Allí Chagall
se vinculó a la École de Paris y entabló amistad con Amedeo Modigliani,
integrándose en un contexto creativo que nutriría toda su poética.
El regreso a
Vítebsk durante la Primera Guerra Mundial fue un período cargado de
experiencias, en el que contrajo matrimonio con Bella Rosenfeld y fundó la
célebre Escuela de Arte de Vítebsk, convirtiéndose en un activo participante de
la Revolución rusa de 1919. Los años parisinos y la influencia del cubismo se
reflejan en sus cuadros a través de una textura compositiva original, donde
figuras suspendidas y geometrías cromáticas dialogan con el sueño y la memoria.
El lenguaje
pictórico de Chagall se distingue por una extraordinaria libertad formal: sus
pinceladas, a veces ligeras y otras vibrantes, confieren movimiento y
suspensión a las figuras, que parecen flotar entre cielo y tierra. Los colores
dominantes son el azul profundo, el rojo intenso, el verde esmeralda y el
amarillo solar, que en conjunto generan una sinfonía cromática capaz de
transmitir alegría, espiritualidad y poesía. En sus cuadros reaparecen
frecuentemente figuras enamoradas, suspendidas en vuelos metafísicos que
celebran la armonía y el amor universal; animales fantásticos que evocan la
memoria de Vítebsk y de la tradición judía; escenas religiosas reinterpretadas
mediante alegorías personales; y momentos de fiesta y música que encarnan la
alegría de vivir a pesar de las persecuciones. En cada obra, lo vivido se
transforma en imagen poética: cada elemento flota en un espacio suspendido
donde sueño y memoria se funden, creando un continuum emocional de rara
intensidad.
Entre sus obras
más emblemáticas se encuentra “La ventana verde” de 1925, conservada hoy en el
Museum of Modern Art, donde la suspensión de las figuras refleja la influencia
cubista y la atención a la geometría del color. También destacan las
espectaculares vidrieras de la catedral de Reims, donde tonos azules y violetas
crean un diálogo entre luz y espiritualidad. Sus grandes encargos monumentales,
como la cúpula de la Ópera de París, las obras en el Metropolitan Opera House,
la Catedral de Fraumünster en Zúrich y la Iglesia de San Esteban en Mainz,
evidencian la capacidad de Chagall de adaptar su lenguaje pictórico a espacios
públicos, transformando la luz y la arquitectura en narración emocional. Una
curiosidad menos conocida es que su arte fue casi borrado de su país natal
durante la era estalinista, porque denunciaba tanto los crímenes nazis como los
soviéticos, y muchas obras fueron destruidas o desaparecieron.
A pesar de las
persecuciones y los largos exilios, Chagall permaneció fiel a la alegría y la
belleza como instrumentos de resistencia y poesía. En 1977 Francia lo condecoró
con la Legión de Honor por su trabajo en la Ópera de París, reconociendo su
papel como protagonista de todos los estilos principales del siglo XX. Su arte
sigue vivo en los grandes museos internacionales y en colecciones privadas,
testimoniando un recorrido que transforma memoria, dolor y amor en un lenguaje
universal. Marc Chagall nos deja una invitación eterna: mirar el mundo con los
ojos del sueño, donde cada color, cada vuelo y cada abrazo se convierte en
poesía visual.
La herencia de
Marc Chagall permanece en las imágenes que invitan a una lectura emocional del
mundo: cada figura flotante, cada animal fantástico, cada escena de fiesta o de
amor es al mismo tiempo símbolo y experiencia vivida.
De regreso en
Rusia, Chagall se representó con frecuencia junto a Bella Rosenfeld, el gran
amor de su vida, a quien conoció en 1909 y con quien se casó en 1915. Bella no
fue únicamente su esposa, sino su musa, su alter ego espiritual, la presencia
constante que da forma a la iconografía amorosa de su pintura. En El
cumpleaños, el artista, en una habitación donde el tiempo parece suspendido,
se eleva en el aire impulsado por un amor que lo libera de toda gravedad,
curvándose en un gesto imposible para besar a Bella, quien, sorprendida y
transfigurada, comienza también a volar. En esta escena no hay perspectiva
lógica ni peso físico: el amor anula las leyes del mundo y crea un espacio
propio, íntimo, absoluto.
En El paseo,
pintado entre 1917 y 1918, esta poética alcanza una de sus expresiones más
líricas. Chagall aparece elegantemente vestido, sosteniendo un pequeño pájaro
en una mano y a Bella en la otra. Ella se eleva como un cometa sobre el
paisaje, suspendida entre el cielo y la tierra, mientras la firmeza del gesto
del pintor la mantiene unida a él. El prado verde, la manta roja, la botella de
vino y la copa evocan un momento de intimidad compartida, un recuerdo casi
ritual de su unión. Al fondo, Vítebsk se despliega en formas geométricas
simples, como si la memoria hubiera sido filtrada por el lenguaje del cubismo,
convirtiéndose en escenario emocional más que en lugar real.
Sin embargo, esta
felicidad luminosa no sería eterna. La historia, con su violencia implacable,
irrumpió en la vida del artista. La persecución contra los judíos en Europa,
intensificada con el ascenso del nazismo, transformó radicalmente su
existencia. Chagall, cuya obra había sido calificada como degenerada por
el régimen nazi, se vio obligado a huir. Tras pasar por Francia y ante la
amenaza creciente de la ocupación alemana, emprendió una fuga desesperada que
lo llevaría primero a la península ibérica y luego, gracias a redes de ayuda
intelectual y humanitaria, a los Estados Unidos. Este exilio no fue solo
geográfico, sino también emocional: implicó la ruptura con su mundo, con su
lengua, con su memoria cotidiana.
En medio de este
contexto de desarraigo, el golpe más devastador llegó en 1944, cuando Bella
murió repentinamente. Su pérdida marcó una fractura irreparable en la vida y en
la obra de Chagall. Durante meses, el pintor fue incapaz de trabajar; el color,
que siempre había sido su lenguaje más íntimo, parecía haber perdido sentido.
Bella, que había sido la figura central de sus composiciones, continuó
apareciendo en sus cuadros, pero ahora como presencia espectral, como recuerdo
que flota en un espacio donde el amor y la ausencia se entrelazan. La ligereza
de los cuerpos suspendidos se vuelve entonces ambigua: ya no es solo
celebración, sino también nostalgia, evocación de algo irrecuperable.
El exilio
americano intensificó esta dimensión melancólica. Aunque Chagall encontró en
Estados Unidos un refugio físico, su pintura revela una constante tensión entre
el presente y el pasado. Los colores siguen siendo vibrantes, pero en ellos se
insinúa una tristeza profunda, una conciencia de pérdida que transforma la
alegría en algo más complejo, más frágil. La memoria de Bella se convierte en
una especie de eje invisible alrededor del cual gira su universo pictórico. En
muchas obras de este período, las figuras parecen buscarse sin alcanzarse, como
si el amor persistiera más allá de la muerte, pero ya no pudiera encarnarse plenamente.
Tras el final de
la guerra, Chagall regresó a Francia, instalándose nuevamente en
Saint-Paul-de-Vence. Este retorno no significó un regreso al pasado, sino la
construcción de una nueva etapa en la que la experiencia del dolor se integra
en su lenguaje artístico. Las grandes comisiones públicas, las vidrieras, los
murales, los decorados teatrales, pueden leerse como intentos de
reconciliación, como formas de devolver al mundo una luz que la guerra había
oscurecido. En estas obras, el color adquiere una dimensión casi espiritual: no
solo representa, sino que ilumina, envuelve, transforma el espacio en una
experiencia emocional compartida.
A pesar de todo,
el amor perdido nunca abandona su pintura. Bella sigue presente, convertida en
símbolo, en figura arquetípica, en encarnación de un vínculo que trasciende el
tiempo. La obra de Chagall, en este sentido, es un testimonio de la
persistencia del sentimiento frente a la destrucción histórica. Su capacidad
para transformar la tragedia en poesía visual lo sitúa en un lugar singular
dentro del arte del siglo XX: no como un mero testigo de su tiempo, sino como
un creador de mundos donde la memoria y el sueño ofrecen una forma de
resistencia.
Cuando nos
encontramos ante una pintura de Marc Chagall, la primera sensación que
experimentamos es la de una tensión vibrante, casi invisible, que impulsa al
ser humano hacia algo que lo trasciende; los elementos que aparecen en sus
obras, aunque pertenezcan a la realidad cotidiana, están investidos de un valor
simbólico profundo, como arquetipos que hunden sus raíces en la conciencia
colectiva. Esta visión se manifiesta con especial claridad en el tema del amor,
núcleo esencial de la obra de Chagall, incluso cuando representa escenas de
dolor o de horror, tal como él mismo afirma en su autobiografía Ma vie:
En la vida, al igual que en la paleta del pintor, no
existe más que un solo color capaz de dar sentido a la vida y al arte: el color
del amor.
Este sentido de
amor universal está profundamente ligado al entorno de la cultura judía en el
que Chagall creció, y en particular a la visión jasídica, según la cual la
presencia del amor divino santifica todos los actos de la existencia, incluso
los más carnales. En esta perspectiva, el amor no es solo un sentimiento
humano, sino una fuerza cósmica que atraviesa la materia y el espíritu, un
principio que unifica lo visible y lo invisible.
En la obra de
Chagall, este principio se traduce en imágenes en las que los cuerpos pierden
peso, las figuras se elevan y los gestos más simples adquieren una dimensión
trascendente. El abrazo entre dos amantes no es únicamente una escena íntima,
sino la representación de una unión que supera el tiempo, el espacio y la
muerte. Incluso en las composiciones marcadas por la tragedia, crucifixiones,
exilios, figuras errantes, el amor persiste como una luz interna, como un color
que resiste a la oscuridad.
Son tres las obras
que permiten comprender de manera privilegiada este tema del amor en la pintura
de Chagall, aquello que puede considerarse su verdadera filosofía, precisamente
por su presencia constante a lo largo de todo su recorrido artístico. En ellas,
el amor no aparece como un episodio, sino como una condición del ser, como una
forma de conocimiento y como la única vía posible para reconciliar al ser
humano con el mundo y consigo mismo.
Según documentan
diversas fuentes museales italianas, entre ellas los estudios del Museo del
Novecento y los recorridos críticos de la Galleria d’Arte Moderna, el encuentro
entre Marc Chagall y Bella Rosenfeld en 1909 constituye uno de los momentos
fundacionales de su universo poético. Bella no fue únicamente la mujer amada,
sino la verdadera mediadora entre el artista y su visión del mundo: inspiradora
constante, consejera íntima y encarnación de un ideal amoroso que atraviesa
toda su obra. En estos primeros años de amor nace también el primero de los
innumerables cuadros que le dedica, Mi prometida con guantes negros,
donde ya se percibe esa tensión entre retrato y símbolo, entre presencia real y
figura transfigurada.
La primera obra
que permite adentrarse plenamente en esta dimensión es Los amantes en azul
de 1914, realizada poco después de su unión con Bella. En ella, la pareja
aparece en el centro de la composición, casi fundida en el azul profundo del
cielo nocturno, ese azul que para Chagall representa el color del alma, una
materia espiritual más que cromática. El gesto de la caricia de ella y la
proximidad de los labios del hombre los presentan como dos individuos envueltos
en la pasión, pero al mismo tiempo el tratamiento de los rostros, casi como
máscaras, los eleva a la condición de arquetipos del amor universal. La
potencia narrativa del color azul no se limita a envolver la escena, sino que
parece atravesar a los amantes, dotándolos de una dimensión eterna. Las
pinceladas de témpera, aplicadas transversalmente, construyen un cielo que no
es fondo, sino fuerza activa, como si la atmósfera misma participara en la
unión de los cuerpos, sugiriendo que el amor no pertenece al mundo físico, sino
a una dimensión superior.
Esta atención al
detalle cotidiano, acentuada por la organización geométrica del espacio, remite
a la dimensión concreta y terrenal del amor, pero entra en contraste con la
ligereza del vuelo de los amantes. Dicho contraste se ve reforzado por el uso
diferenciado de la técnica pictórica: las superficies como la mesa o el suelo
están construidas mediante pinceladas uniformes y horizontales, estables y casi
inmóviles, mientras que las figuras de los amantes están modeladas con
pinceladas más ligeras y verticales, que transmiten dinamismo y suspensión. De
este modo, la pintura crea una fractura visual entre lo inmóvil y lo etéreo,
entre el mundo físico y el mundo emocional, haciendo visible la capacidad del
amor para elevar al ser humano por encima de lo cotidiano.
En estas obras,
ampliamente estudiadas por la historiografía artística europea, se percibe con
claridad cómo la filosofía del amor en Chagall evoluciona desde la celebración
íntima hacia una dimensión cada vez más universal. El amor deja de ser
únicamente una experiencia biográfica para convertirse en un principio
estructurador de la realidad pictórica, una fuerza que descompone las leyes del
espacio y del tiempo, y que permite al artista construir un lenguaje donde lo
visible y lo invisible, lo real y lo soñado, se funden en una misma imagen
poética.
YULEISY CRUZ LEZCANO (Cuba, 1973). Poeta, escritora y profesional de la salud originaria de Cuba, residente en Marzabotto, provincia de Bolonia (Italia). Licenciada en Ciencias Biológicas y posteriormente en Ciencias de la Enfermería y Obstetricia por la Universidad de Bolonia, ha sabido integrar su formación científica con una profunda vocación humanística. Actualmente cursa un máster universitario de segundo nivel en Gestión de la violencia en el ámbito social, sanitario y educativo, temática en la que está activamente comprometida también a través de un proyecto educativo itinerante que promueve la sensibilización contra la violencia de género. Autora prolífica, ha publicado 18 libros, algunos de ellos en edición bilingüe (italiano/español y español/portugués), obteniendo premios y reconocimientos en numerosos certámenes literarios nacionales e internacionales. Uno de sus libros más recientes, Di un’altra voce sarà la paura (2024), ha sido candidato al Premio Strega, seleccionado para el Salón Internacional del Libro de Turín 2024 y presentado en diversos contextos de prestigio: desde la Televisión Estatal de la República de San Marino hasta Tele Granducato de Toscana, desde la embajada de Cuba en Roma hasta el Festival Libri nel Borgo Antico de Bisceglie, y en el programa Street Talk de Andrea Villani, emitido en 22 cadenas televisivas italianas. El libro se ha convertido también en el eje central de un proyecto itinerante de educación y sensibilización, presentado en escuelas, ayuntamientos y asociaciones en toda Italia. En 2024 fue seleccionada para participar en el Festival Literario de Venecia La Palabra en el el Mundo, consolidando su presencia en la escena poética internacional. Ese mismo año obtuvo el Gran Premio del Jurado en el Premio Internacional “Il Meleto di Guido Gozzano” y el Premio Ginebra en el Switzerland Literary Prize con el libro bilingüe Doble acento para un naufragio, publicado por Edições Fantasma en Portugal. Asimismo, fue jurado del Premio Internacional La Estación del Arte (Madrid) y seleccionada por el proyecto Latilma, en colaboración con la Universidad de Roma.
JAN ŠVANKMAJER (República Tcheca, 1934). Artista surrealista, marionetista, animador e cineasta, é conhecido por suas releituras sombrias de contos de fadas famosos e pelo uso vanguardista da animação stop-motion tridimensional combinada com filmagens em live-action. Alguns críticos o elogiaram por privilegiar os elementos visuais em detrimento do enredo e da narrativa, outros por seu uso de fantasia sombria. Adaptou obras literárias como Alice e Fausto. Sua obra Šílení (2005, Loucura) foi descrita como uma história de terror cômica que demonstra a influência do escritor americano Edgar Allan Poe e do nobre francês Marquês de Sade. Hmyz (2018, Inseto) é baseado na peça Ze ivota hmyzu (1921, A Peça dos Insetos) de Karel e Josef Čapek. A obra plástica de Jan Švankmajer nos acompanha nesta edição de Agulha Revista de Cultura em que é nosso artista convidado. Também podemos encontrar uma reveladora entrevista que lhe fez Floriano Martins, publicada em três idiomas.
Agulha Revista de Cultura
Número 265 | junho de 2026
Artista convidado: Jan Švankmajer (República Tcheca, 1934)
Editores:
Floriano Martins | floriano.agulha@gmail.com
Elys Regina Zils | elysre@gmail.com
ARC Edições © 2026
∞ contatos
https://www.instagram.com/agulharevistadecultura/
http://arcagulharevistadecultura.blogspot.com/
FLORIANO MARTINS | floriano.agulha@gmail.com
ELYS REGINA ZILS | elysre@gmail.com










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