Si no tomamos en cuenta que la propia Odisea es un arquetipo, perderemos
el horizonte; y, curiosamente, la Odisea nos evoca la pérdida del horizonte.
La Ilíada es el poema épico, intervenido de mitos y leyendas, que relata
mucho más que un acontecimiento bélico arcaico. La Odisea, por su parte,
se fue gestando como producto de aquella guerra, configurando el arquetipo del día
después de la guerra: el darse cuenta del fin de una era —en aquel entonces el final
de la Edad de Bronce—, el difícil retorno (nostos) a una aparente normalidad
que ya no existía, el encuentro con monstruos internos y externos, el regreso después
de la devastación y la dificultad de encontrar el camino; un arquetipo que contiene
otros arquetipos como una matrioska, como la fractalidad que anida en la materia
profunda. El hombre que regresa y nadie lo reconoce, ni siquiera él a sí mismo,
la pérdida del anclaje, el derrumbe de los grandes monumentos, la caída de los dioses...
Es decir, el arquetipo del fin de un mundo y el intento de reconstrucción valiéndose
de los fragmentos de la memoria individual y colectiva. Aglaia Berlutti afirma en
una reseña sobre este film: Un relato que ya era viejo antes del cristianismo.
Que ya era mágico incluso antes que la literatura adoptara la magia como vehículo
de expresión metafórico, esta es la aguda percepción de la numinosidad del arquetipo.
La gesta de Troya se dio, al parecer, en los siglos XII y XIII a. C. Con
ella finalizaba la Edad de Bronce en la cuenca oriental del Mediterráneo, allí donde se habían forjado grandes civilizaciones.
Aquel esplendor se vino abajo, dando paso a una era de oscuridad y olvido; la noche
del mundo avanzaba. No obstante, la memoria a través de los rapsodas o aedos que
cantaron aquella gesta, aquel derrumbe, sostuvo los restos que persistían. La palabra
era el hilo manifiesto para suturar heridas. Sin embargo, es claro que durante 400
años los rapsodas irían tejiendo con nuevos hilos, agregarían u omitirían elementos;
la memoria y el olvido harían su arduo trabajo de tejer y destejer. El canto acompañaría
a esta civilización perdida entre Caribdis y Escila, hasta que Homero y los homéridas,
400 años después, le dieran forma escrita al canto, y así reconformar la columna
vertebral de Occidente con su médula de poiesis, es decir, de creación. Homero,
o aquel que llamamos Homero, recoge estos cantos y los lleva a su tiempo, los moldea
y prepara el renacimiento de la nueva grandeza griega, el rescate de los dioses.
Volvamos a Nolan: no estamos en el final de la Edad de Bronce, pero no hace
falta mucha perspicacia para ver o intuir que estamos en el final de una época.
Ya la posmodernidad nos habla del derrumbe de estructuras rígidas que antes daban
soporte y certezas (dioses, creencias, formas de organización, ideologías), de la
amalgama de visiones y la translocación de los valores... Pero como la humanidad
es una y sigue teniendo inconsciente individual y colectivo —para sorpresa de muchos—,
el arquetipo de la Odisea o los arquetipos en ella contenidos son constelados
en nuestra decadencia. El arte sucede, como dijo el pintor Whistler; el inconsciente
es dinámico, como diría Freud; los arquetipos están vivos y expuestos al cambio,
recordando a Jung. Los pueblos del mar están en nuestras orillas; ya en el siglo
XIX sentamos a la belleza en las rodillas, la encontramos amarga y la injuriamos,
como dijo Rimbaud: «Un soir, j'ai assis la Beauté sur mes genoux. — Et je l'ai trouvée
amère. — Et je l'ai injuriée». No nos puede extrañar que ahora nuestra belleza —la
Helena por la que zarparon mil barcos— sea oscura y esté herida; es la belleza que
buscaba Psique descendiendo al inframundo, la belleza mutilada de la Venus de Milo.
Asimismo, nuestros héroes remiendan sus armaduras con lo que pueden; ya los mares
son tenebrosos y las naves que los surcan, precarias construcciones donde todo se
mezcla, ya sea de manera luminosa o sombría. Los dioses huyeron ante nuestra desidia.
La sabiduría ha sido decapitada y en su lugar se rinde honor a las vacías opiniones
de las redes sociales; los resplandecientes
guerreros mutan en frágiles doncellas sacrificables, que el rapsoda sea rapero es
casi una obviedad, que los pueblos que Occidente ha ignorado, o peor, ha conquistado,
retornen como retorna todo lo reprimido y que, sin embargo, subsista en el fondo
la música arcaica de los griegos, su escala pentatónica, el sonido místico de la
flauta. Nuestra Troya cayó, y solo alcanzamos a ver de lejos, con temor, la mano
de Poseidón mientras nos hundimos.
De tal manera que en este film veo el retrato contemporáneo de la Odisea,
no como actualización de la obra magna homérica, ni de la gesta histórica o legendaria,
sino el arquetipo encallado en el imaginario colectivo, como aquel caballo, pesado
y repleto de heces y orina, constelando el arquetipo de la humanidad que se sabe
náufraga, finalizando una etapa y tratando de hurgar en sus orillas para rescatar
lo rescatable, acabar con lo acabable, para que después de la devastación amanezca
otra manera de ser civilizado y que aún no conocemos. Curiosamente, Nolan apela
al imaginario cristiano de la redención a través de la familia y el amor, previo
reconocimiento de la culpa y deseo de reparación.
Pérez-Reverte habla, como otros, del final de Occidente;
es una metáfora, sin duda, pero lo sentimos con la orfandad de una
Calipso hipotímica o con el desespero de un titán herido y ciego. Renacen fantasías
colectivas de fin de mundo: invasión extraterrestre, conspiración de la élite, terremotos
provocados, invasiones de apátridas que darían al traste con la civilización, pandemias,
megasismos planetarios que hundirían países y harían brotar nuevos territorios:
más claro, imposible...
La fuerza del arquetipo que muestra Nolan ilumina las sombras de su obra
fílmica y la convierte en un reflejo del fin de los idealismos, de las últimas utopías
de nuestra época: la gran promesa de ser felices al despojarnos de los dioses.
Recordando a Borges, la Odisea nos conecta con la idea de que vivimos en el destierro y nuestro verdadero hogar está en el pasado o en el cielo, nunca en casa. El navegante solo busca las altas corrientes saladas. Y Nolan logra que estemos allí, parados en la barcaza, al lado de un Odiseo deconstruido, culpabilizado y sin ángel, que atravesó el mar amarrado a un pedazo de madera, entregado a la voluntad de los dioses y buscando redención.
ANA MARÍA HURTADO (Venezuela, 1960). Poeta, escritora, médica egresada cum Laude de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Psiquiatra y de niños, adolescentes y adultos, con estudios en el Centro de Estudios Junguianos de Caracas y en la Sociedad Psicoanalítica de Caracas. Ha sido docente de Semiología y de Historia de la Psiquiatría en el post grado de psiquiatría de la UCV. Ha colaborado en diversas páginas, blogs y revistas literarias, de arte y de psicoanálisis donde han sido publicado sus textos y poemas, entre otros: revista interdisciplinaria Trópico absoluto, RANLE (Academia norteamericana de la Lengua), Revista Poesía (Universidad de Carabobo), Vallejo and Company, Círculo de poesía, La antorcha magacin, Agulha, revista de cultura brasilera, Atlas Lírico de Hispanoamérica, Poémame, Liberoamérica: portal iberoamericano de arte y literatura, Prodavinci y El papel literario. Premio de narrativa Julio Garmendia (Dirección de cultura de la UCV, 1984). Ha participado como invitada al Encuentro de poetas argentinas y venezolanas, organizado por la editorial argentina Vuelo de Quimera, en 2022, al Encuentro Anasyrma , organizado por la editorial chilena LP5 Editora, a las VII jornadas de poesía de Valladolid, Dos orillas y al Salón de la Poesía de la FIL de Guadalajara, ambos en el 2024. Autora de los siguientes poemarios publicados: La fiesta de los náufragos (Editorial Diosa Blanca. Caracas, 2015). El beso del arcángel, en coautoría con el poeta colombiano Leonardo Torres (Oscar Todtmann Editores.Caracas, 2018). El árbol que en ella muere (Editorial Diosa Blanca. Caracas, 2023) La única inocencia (Editorial Diosa Blanca. Caracas, 2023). El Reino (Editorial Salto Mortal, Guadalajara, 2024).
PATRICK LEPETIT (França, 1953). Poeta, ensaísta, colagista e pesquisador ligado à rede acadêmica internacional Mélusine. Com forte atuação no Surrealismo contemporâneo, sua produção intelectual e artística investiga as correntes subterrâneas do movimento, mapeando os pontos de contato entre a criação estética, os mitos tradicionais, o hermetismo e as tradições esotéricas. É autor de diversas coletâneas de poesia (como Rouge solaire e Beauté du funambule) e de ensaios fundamentais, entre os quais Le Surréalisme. Parcours souterrain — obra laureada pelo Institut Maçonnique de France —, Surrealism and Operative Alchemy e La tête d’Ogmius. Surréalisme et mythes celtiques. Na vertente plástica, expande esse mesmo lirismo hermético para o campo das colagens e composições oníricas, projetando imagens ocultas do horizonte de nosso tempo. É o artista convidado da presente edição de Agulha Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
Número 266 | setembro de 2026
Artista convidado: Patrick Lepetit (França, 1953)
Editores:
Floriano Martins | floriano.agulha@gmail.com
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