Lo conocí unos diez años después de
su exilio en el Distrito Federal, cuando en febrero de 1976 vino en plan turístico.
La madre comerciante de una amiga suya lo invitó a México con la condición de que
le trajera dos maletas de ropa de alta costura. La indumentaria estaba confeccionada
en piel. El motivo original se tornó político cuando se enteró que, en marzo, un
golpe militar había impuesto el terror en Argentina, sobre todo entre la población
con ideas progresistas, de izquierda, y no se diga de franca subversión al régimen
castrense. Eduardo había sido ya detenido un par de ocasiones por su activismo político
y a causa de una personalidad contestaria que lo caracterizaba y lo define hasta
la fecha. Sabía lo que le esperaba en la dictadura y decidió no regresar. Lo contrataron
en el área de Extensión Universitaria, de la UNAM, traduciendo y corrigiendo textos
del portugués al español para una revista. Eduardo siempre ha sostenido que no sólo
fueron las causas políticas de su exilio, también influyó la paleta de colores que
reverberaba en el gris de las calles y las casas de los barrios y salpicaba los
mercados, los mismo que los sonidos de los parques y los pregones, las miradas risueñas
de la gente, la algarabía de las fiestas y una oferta cultural que no había tiempo
para consumirla. Esa era la Ciudad de México, el entonces Distrito Federal. El exilio
se tornó en una natural inmersión en una identidad binacional.
Mosches conoció al famoso librero Mauricio
Achar en los comienzos de su experiencia mexicana, es decir, al dueño de la Gandhi,
antes de que fuera el emporio comercial que hoy cubre la mayor parte de territorio
nacional. Achar lo contrató para llevar el programa cultural de la librería, que
en esa época contaba con un foro y una cafetería donde se concentraban los jugadores
de ajedrez y algunos escritores. Otra tarea de Mosches era dirigir la editorial
Folios, también de la empresa. Entre ambas actividades surgió la idea de editar
una publicación periódica que diera noticia de las novedades bibliográficas que
ofrecía la Gandhi y difundir las actividades culturales de su foro. El número cero
fue dedicado a Julio Cortázar, luego vinieron autores mexicanos de gran relevancia
con otros de menor rango, pero con futuro promisorio. La presencia de autores centroamericanos,
a causa de los conflictos políticos en sus países, era notable y la revista enfocó
también a dichos escritores.
Por eso, al independizarse de Gandhi,
de manera concertada, en sus primeros 15 números hubo un entorno solidario y acogedor
que ayudó al sostenimiento de la revista. Luego vino una realidad cruda que se convirtió
en una pendiente escarpada. Las embajadas, las instituciones culturales de México,
de la capital y de provincia fueron una opción para sostener en pie el proyecto.
Pero algo que inicia con el entusiasmo colectivo se convierte poco a poco en la
obsesión de una o dos personas, y en este caso fue una: Eduardo Mosches.
Los medios para obtener no sólo los
recursos económicos de Blanco Móvil sino además las colaboraciones gratuitas
de los autores, el apoyo de diseñadores, fotógrafos, correctores, lectores, impresores,
se extienden a la necesidad de distribuir los frutos del esfuerzo, a difundir sus
contenidos, a promover cada edición. Esas habilidades se desarrollan y se vuelven
elaboradas, al tiempo que se simplifican porque cada vez se concentran más en el
bolsillo del editor, sobre todo si este es el dueño y el animador de sus propias
ilusiones. La publicación ha obtenido, a lo largo de su trayectoria, un par de magras
subvenciones para su impresión.
No he visto a nadie que a lo largo
de tantos años haya mantenido un entusiasmo indeclinable para presentar cada número,
no una vez, sino varias. También a ese aferrarse a la versión impresa, por seducir
a quien sea necesario para darle continuidad a su proyecto editorial, que nada tiene
de comercial, lucrativo o de glamour. Tal vez en la escena nacional sólo
la revista Dos Filos, de nuestro querido amigo José de Jesús Sampedro, recientemente
fallecido, haya superado, con 49 años de existencia, y desde la provincia mexicana,
ese largo aliento editorial dedicado a la poesía, sostenido desde las márgenes de
lo institucional y del mercado.
La revista ha contado en su longeva
permanencia con el apoyo de muchas amistades y ex amistades, evadiendo siempre el
vínculo con grupos hegemónicos, instituciones, clanes literarios o artísticos, pero
Eduardo destaca sobre todo la mano solidaria de amigos como Pablo Rulfo, Francesca
Gargallo, Elena Poniatowska. Asimismo, subraya número temáticos de la publicación
que le son entrañables: el número 70 (1996) dedicado a la literatura indígena en
América, el 78, cuyos contenidos abordaron La Utopía y la literatura en América
Latina (1977), y otro muy recordado es el 133 (2010) en el que los Desaparecidos
se hacen presentes en las plumas que los invocan y los reclaman.
Blanco Móvil es la mitad
de la vida de su creador y editor. Cuarenta años parecen que son nada, pero son
un trayecto muy largo en la biografía de una persona. Eduardo Mosches ya piensa
en el relevo y anhela que alguien tenga esa misma vocación por difundir la obra
de los demás, por dar cuenta del pensamiento crítico y atender la sensibilidad que
transcurre en un mundo trastornado por la negación del otro, de los otros, por la
insaciable posesión material que de nada sirve ante la muerte. Porque Blanco
Móvil no sólo responde a la comunidad poética, artística, literaria, sino a
una concepción de la cultura en la que la vida es también el blanco móvil que cultiva
la memoria y el albedrío. Las páginas de esta revista están empapadas del sudor
de la fraternidad, de los ojos que expresan el dolor y el gozo de quienes creen
que la finitud sólo nos sirve para poner un granito de arena en este paso por la
Tierra. Pero como dijera Arnoldo Martínez Verdugo, en esta dinámica de las publicaciones
periódicas es fundamental que lo transitorio abone a su permanencia en el paso de
la historia.
Blanco móvil es la conciencia
que no se da el lujo de quedar expuesta al conformismo y el confort, es la celebración
del pensamiento. 40 años después, desde sus orígenes en Gandhi, está dispuesto a
celebrar por todo lo alto este esfuerzo y esta ofrenda cultural con la publicación
de antologías temáticas, la convocatoria de premios literarios y la edición de las
obras ganadoras. El panorama cultural es árido y escasean los apoyos a este tipo
de iniciativas ciudadanas, pero Mosches está dispuesto a sacrificar parte de sus
ahorros en coronar la gesta editorial de un Blanco Móvil, al que los avatares
no han podido detener su marcha.
JOSÉ ÁNGEL LEYVA (México, 1958). Poeta, narrador, editor y periodista. Se graduó en Medicina humana en la Escuela de Medicina de la Universidad Juárez del Estado de Durango, y estudió la Maestría en Letras Iberoamericanas en la FFyL de la UNAM. Fue subdirector de Literatura, artes plásticas y artes escénicas, Director de vinculación cultural y Coordinador de vinculación cultural de la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de México, de 2001 a 2005. Ha sido director de proyectos editoriales de Juan Pablos Editor; redactor y reportero, y más tarde director de la revista Información Científica y Tecnológica; Coordinador General de Publicaciones de la Universidad Intercontinental; director y jefe de redacción de la revista Nuestro Ambiente; director editorial de la revista Mundo (culturas y gente); director editorial de Memoria; director de la revista Fundación Rosenblueth, y codirector de Alforja, revista de poesía. Premio Nacional de Poesía Olga Arias 1990 por Entresueños. Premio del XXIX Certamen Nacional de Periodismo 1999 en el área de periodismo cultural otorgado por el Club de Periodistas. Premio Luis Donaldo Colosio a las Letras 2007, otorgado por el Estado de Durango. Premio del XXXVIII Certamen Nacional de Periodismo 2008 otorgado por el Club de Periodistas. Premio Durango al Mérito Literario 2009, otorgado por el ICED. Actualmente es director de la revista La Otra.
NELLY SANCHEZ (França, 1974). Doutora em Literatura Francesa, Francófona e Comparada, especialista em literatura francesa feminina, particularmente nas obras de autoras da Belle Époque. Editora crítica de títulos como L’Ange et les pervers, de Lucie Delarue-Mardrus, Recueil de recettes des Belles Perdrix e coletâneas de obras epistolares. Nos últimos quinze anos, também trabalhou como artista de colagem e artista visual. Artista autodidata, suas obras são uma extensão de sua pesquisa acadêmica, questionando estereótipos de gênero, particularmente aqueles relacionados à feminilidade, revelando um universo feminino, surreal, estranho e, por vezes, bem-humorado. Assim como Frida Kahlo e Leonora Carrington, Nelly Sanchez brinca com os símbolos da representação feminina, utilizando imagens recortadas de revistas de moda feminina. O crédito de sua foto que publicamos é de Elizabeth Herman. Nelly é a artista convidada da presente edição de Agulha Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
CODINOME ABRAXAS # 10 – BLANCO MÓVIL (MÉXICO)
Artista convidada: Nelly Sanchez (França, 1974)
Editores:
Floriano Martins | floriano.agulha@gmail.com
Elys Regina Zils | elysre@gmail.com
ARC Edições © 2026
∞ contatos
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FLORIANO MARTINS | floriano.agulha@gmail.com
ELYS REGINA ZILS | elysre@gmail.com









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