De antemano, el lector se preguntará
sobre la razón y significado del título, No te mueras en Palermo, homónimo
del que titula la última parte del cuaderno poético. ¿A quién va dirigido el reclamo,
el mandato suplicante del No te mueras? ¿Y por qué Palermo? ¿Hay alguna referencia
histórico-geográfica al legendario nombre de la ciudad italiana?, ¿al del distinguido
barrio porteño de Buenos Aires?, ¿a la etimología de la palabra y su significado
–puerto– entendiendo este como destino, lugar último de arribo? No sabemos, estas
son puras especulaciones. Lo cierto es que al final del poemario asistimos a la
confesión del hablante poético, “No te mueras en Palermo, [le] dijeron los pájaros
mientras picoteaban la carne lesionada de una fruta”. Para un ser de sensibilidad
poética y humana extremas, como la de nuestro poeta, no es de extrañar que en el
arrobo místico-poético fueran los pájaros, alados mensajeros de los dioses, los
que le transmitieran el lacerante recado. “Me lo contaron los pájaros”, dirá el
yo lírico en repetidas alocuciones, abatido ante la partida de Andreia, “Ojo de
pájara […] niña recién venida” que lo deja “colgado tras el trino auricular de [su]
última llamada”, “sin mapas ni señales para [su] viaje”.
Al adentrarnos en el texto, damos
con una línea breve y sugerente de la canción “Knockin’ on Heaven’s Door”, de Bob
Dylan: Esas frías y negras nubes que bajan…, la que funciona como trágico
presagio y nos prepara para asistir a una historia poetizada de la vida que culmina
con la ineludible llegada de la muerte. El poemario adopta una estructura tripartita,
tres composiciones que bien pueden funcionar como piezas independientes o constituir
una unidad, como la que le otorga el poeta: “Topología del cielo”, “El teixeidor
de morts” y “No te mueras en Palermo”. El yo lírico construye su universo poético
a partir de una genealogía femenina conformada por los personajes de Jeannette,
Amona, Angélica, Andrea –la madre, la abuela, la amante y la hermana, respectivamente.
En esta nota voy a comentar sobre
las secciones primera y tercera porque me interesa incursionar en el universo familiar
del “niño casi azul”, sus lazos de sangre, su evocación nostálgica del paraíso infantil
y su desmoronamiento emocional ante tanta muerte y ante la cárcel que implica la
existencia humana. Abre el poemario con un título que nos reta y provoca interrogantes:
“Topología del cielo” (Los imaginantes). ¿Se puede trazar una topología del cielo?
¿A qué cielo alude el poeta? ¿Es ese cielo metáfora del paraíso terrenal en el que
tuvo “un tren, un jardín y gustaba de poner flores en [su] pelo”? ¿Quién o quiénes
están facultados para trazar dicha cartografía? Solo los que habitan y transitan
ese espacio y que, como pez en el agua, se mueven de esa realidad donde moran los
imaginantes –los que sienten, los que perciben, los que evocan, los que sueñan-
a esta otra realidad material, regida por el dolor, la angustia y el desasosiego.
De la primera parte del poemario
voy a referirme a tres figuras centrales que constituyen el objeto lírico, elemento
que motiva y genera el desborde emocional del hablante. Ellas son: la madre, la
abuela y el mismo hablante, cuya voz se desplaza y fluctúa entre la del adulto desolado
que rememora y poetiza, y la del que fuera “niño casi azul” que asiste al derrumbe
de las “catedrales de la infancia”.
En el poema que abre la sección,
“Yuwí”, la madre es el objeto lírico. El hablante poético la describe como “ola
a veces suave / casi siempre violenta” de un mar “confuso”, “a veces calmo”, un
ser que “permanece / en su furiosa ternura de Ondina”. “ELLA”, “Jeannette”, “JUANA”
para los niños, es mar-matriz-origen. Está llamada a ser eterna como una Ondina.
El título del poema lo sugiere y pronostica, “Yuwí”, que en lengua yoruba significa
cangrejo (crustáceo que según la mitología griega conquistó la inmortalidad porque
con su andar zigzagueante logró vencer el tiempo). Ella, como ola incesante “vivió
y vive”, mientras “los otros lo [intentamos], concluye el yo lírico. Tal vez, por
lo inmensa e imponente, la madre es una figura distante para el hablante, “niño
marino, pequeño y aturdido”. La observa desde sus “litorales y arrecifes”, de los
que “poco queda en pie”; la ve “sentada frente [a un] dantesco espejo”; “al
final de la noche [olía] a wiski” -comenta- “a veces apesta a ginebra y su
corazón a una magnolia”. Ella, Jeannette, es una figura lejana. “FUMA, FUMA, FUMA…
a sí misma se in-te-rro-ga, mientras juguetea con su vieja pata de conejo”.
La madre es inalcanzable para ese niño preñado de recuerdos y de sueños. El hablante
lírico lo grita desde sus entrañas: “Jeannette SE DESLIZA SE DESLIZA SE DESLIZA…
DERRAPA DERRAPA DERRAPA… Jeanette SE ESCURRE” en la memoria del niño tal como se
escurre la infancia. De allí los gritos en forma de alaridos que suenan como un
eco. A través de construcciones sintagmáticas anafóricas, en las que palabras claves
–verbos, adjetivos o sustantivos– destacan en caligrafía mayúscula, el poeta logra,
magistralmente, transmitir el desgarro de un sujeto frágil y desvalido. La madre
es un ser ausente, “tiene los ojos tristes, muy tristes, muy tristes … –absortos”,
tal vez por ello no la nombra. Solo la apostrofa y reduce su nombre, la llama
“Ma”, cuando añora la tribu que tuvo y ha perdido, y la interroga: “¿Dónde está
mi tribu? ¿Dónde está mi tribu? ¿Dónde está mi tribu?”, y desvalido, tal vez en
tono acusatorio, le reclama y le dice que “los niños crecen solos”, y le pide “permanecer
en el imaginario-almario de [su] cuarto y oír cómo se acerca el corazón metálico
del Soul Train”.
Surgido de un “pacífico océano”,
este “niño casi azul” ha descendido a la tierra y caído en manos de su abuela, “AMONA,
YAYA, la negra, la nicaragüense,
la obcecada, la turbia, la furibunda, la amorosa”. Amona es la ancestra que todo
lo sabe, porque ella, también una imaginante, ha habitado el paraíso del que él,
niño “ATARDECIDO”, proviene. Interpreto la figura de Amona como la de una sacerdotisa,
intermediaria entre el espacio aéreo del que procede, y la tierra donde mora, reina
y conoce el significado último de todas las cosas. Amona lo recibe en su santuario
–la cocina– el espacio sagrado donde oficiará el ceremonial de la primera iniciación,
el nacimiento. Para ello, reclama y prepara los elementos ritualísticos necesarios
que exige el ritual chamánico: “hojas marchitas del árbol de limón, un capullo de
mariposa; […] harina, manteca de cerdo, habichuelas; […] ramitas frescas de ruda
amoratada, cubitos blanqueadores –azulosos, azulinos, azulados”. Si este
acto ritual implica la revelación de un secreto, el descubrimiento de un misterio
y la conquista de una dimensión –en este orden–, Amona es la celebrante justamente
elegida. En una plática de acendrado contenido filosófico-literario, el pequeño
discípulo interroga a la maestra sabia iniciadora. Leo e interpreto este diálogo
como uno de los momentos más excelsos del poemario, en el que Melvyn Aguilar exhibe
un lenguaje de alto vuelo poético, revelador de un profundo pensamiento hermético
y literario. Heredero de los simbolistas, el poeta parte de la premisa de que existen
niveles profundos de la realidad que escapan a la percepción sensorial y al intelecto,
y requieren de la intuición poética que se manifiesta a través de un lenguaje simbólico.
Veámoslo reflejado en el diálogo entre el pequeño iniciado y Amona, su abuela sabia:
¿Qué es lo que revolotea más allá
de la ventana, YAYA? –EL AIRE–. ¿Y qué lo que se forma en la trasparencia de las
alas de las hormigas, AMONA? –LAS SECRETAS CONFIGURACIONES DEL CIELO–. […] ¿Y por
qué lloran los sauces, AMONA? –PORQUE ESTÁN ENAMORADOS–. ¿De qué, de quién, YAYA?
–DEL VIENTO–. ¿A qué saben las raíces del Loto, YAYA? –A NUBES, A LUNA, A TIERRA
MOJADA–. ¿Quién nos enseñará a escuchar el aire, AMONA? –EL AGUA–. ¿Y al agua quién,
AMOMA? –EL AGUA MISMA–. ¿Por qué canta el bambusal, YAYA? –PORQUE EXISTE EL VIENTO,
EL AGUA Y EL AIRE–. ¿Y la tierra, YAYA? –La tierra es la tierra, como el barro es
el barro y el polvo, polvo es–. ¿Quién nos enseñará a pensar el canto de las cosas,
AMONA? ¿Quién a entenderlo? –EL SILENCIO–. ¿Y qué es el silencio, Yaya? –UNA FUGA
DE CRIATURAS EQUINAS E IMAGINARIAS–. ¿Cómo suena el circular de las hormigas, YAYA?
–COMO UNA ESTAMPIDA DE CABALLITOS DE PLOMO ASUSTADOS EN EL MARCO DE UNA VENTANA–.
¿Y de qué se espantan los caballos, YAYA? De ellos mismos, cuando huyen, pero no
huyen –BUSCAN–. ¿Y qué buscan, YAYA? SE BUSCAN, SE BUSCAN, SE BUSCAN-A ELLOS MISMOS.
Retomemos el diálogo precedente.
“Los caballos huyen cuando se espantan -asegura Yaya- pero no huyen, buscan, se
buscan a ellos mismos”. Y así como ellos, también Amona se ha ido, tal vez en busca
de sí misma, y ha partido “en su mortuorio zepelín ESCARLATA”. Y con Amona, se ha
derrumbado la infancia, porque “EL TREN, NO SE DETIENE, NO SE DETIENE, NO SE DETIENE”.
Y el niño queda solo, “descalzo al atardecer”, tiene “enferma la esperanza”, porque
hay “tanta sombra en el río y tanta muerte pululando”.
Cierra este cuaderno poético con
un poema en prosa de tono elegíaco: “No te mueras en Palermo”, en el que la muerte
de Andrea es el tema y el motivo del canto desgarrado del yo lírico. Andrea Ch.,
el “único ángel posible” del poeta, ha decidido irse, ha escogido abandonar “este
mundo: sus gallos y violines, el sepulcro y sus imanes”. Andrea, a quien el hablante
describe “niña recién venida, frágil, quebradiza, asustada”, “asciende alada […]
entre las danzas de Cázalas y Saint Saëns”. Ha optado por escapar del spleen,
renunciar a este mundo donde “el río es un cementerio de cadáveres” y todo es “genocidio
de amapolas”. Andrea se ha atrevido a indagar el aire y lanzarse “A SU SUERTE”.
Para el objeto lírico, la muerte no es huida, sino acto liberador, abandono de un
mundo hostil y de sombras, búsqueda del paraíso. El poeta, en diálogo intertextual
con Béla Tarr y László Krasznahorkai -cineasta y novelista húngaros-, lo advierte
en el epígrafe que encabeza esta sección: “Sí, ella se dijo suavemente. Al ver todo
esto, los ángeles entenderán. Ella sintió sosiego y los árboles, el camino, la lluvia
y la noche respiraron con tranquilidad. […] Ella sintió que estos acontecimientos
no estaban relacionados de forma accidental, pero he aquí el hermoso e indescriptible
sentido que los une. Y ella supo que no estaba sola”. Podemos asociar a Andrea con
el personaje femenino de la cita, y tal vez esta haya sido la última reflexión y
decisión del objeto lírico de lanzarse a su suerte, “convencida de que no estaba
sola”. Su decisión de abandonar este mundo no destila culpa; por el contrario, revela
“sosiego”, si tomamos la cita precedente como pauta que nos entrega el poeta-hablante
lírico; incluso, hasta la naturaleza respira con tranquilidad. Probablemente la
idea que la impulsa es la de saberse inmortal, que la muerte es el fin temporal
de una existencia, y la inmortalidad, la experiencia de una vida que no muere;
tempiterna, la definiría el filósofo catalán Raimon Panikkar. El binomio antitético
vida-muerte, como idea poetizada en esta sección del poemario, se sustenta con una
serie de imágenes y estados anímicos igualmente antitéticos: Andrea es “luz”, “chispa”,
“Candil”; él, “niño ensombrecido”. Andrea “asciende alada”; él busca la llave para
alcanzar las “raíces del abismo”. Ella ha decidido irse; él se queda sabiendo “que
no [tiene] de dónde regresar”. En total desamparo seguirá “girando la galera” y
“glisando los días”. Finalmente, el hablante lírico remata su elegía con el mismo
lamento que, como letanía ha pronunciado a lo largo de todo el discurso poético:
“yo, un niño casi azul, gaseoso, fructuoso, genital y ensombrecido”.
Quien lee a Melvyn Aguilar siente
el aguijonear de su palabra punzante, ardiente, amorosa y sabia. Su poesía cala
hondo y nos conduce a tocar fondo, a llegar a las densas profundidades del ser hasta
liberar la carne y el alma de las ataduras y cadenas que aprisionan la existencia
humana. Nos reta a alzar vuelo y ser como el “niño azul”, un imaginante que sueña,
imagina mundos posibles, bajo el impulso y el poder de los dioses de todos los oráculos
y de todas las tradiciones.
MARGARITA DRAGO (Argentina, 1946). Reside en Nueva York desde que salió de la cárcel, donde ejerce como profesora de Lengua y Literatura Hispanoamericana en York College (CUNY). Como exprisionera política y escritora ha participado en congresos, coloquios, ferias del libro y festivales de poesía en los Estados Unidos, Argentina, Perú, Brasil, México, Honduras, El Salvador, República Dominicana, Puerto Rico, Cuba, Canadá, España y Francia. Es autora de Fragmentos de la memoria: Recuerdos de una experiencia carcelaria (1975-1980) (Editorial Campana, 2007) -declarado de interés cultural por la Honorable Cámara de Diputados de la Nación Argentina- y de la edición ampliada del mismo, Fragmentos de la memoria. Mi vida en dos batallas (2022); de la edición italiana Frammenti della memoria. La mia vita in due battaglie (2023); de los poemarios: Con la memoria al ras de la garganta (2013), Quedó la puerta abierta (2016), Hijas de los vuelos (2016), Un gato de ojos grandes me mira fijamente (2017), Heme aquí (2017), Con la memoria al ras de la garganta/Con la memoria stretta in gola (2018 y 2022), Sé vuelo (2018); Un cuerpo que aún palpita (2023); Palabra ardiente (2023); del estudio académico Sor María de Jesús Tomelín (1579-1637), concepcionista poblana: La construcción fallida de una santa (2019); Nosotras en libertad (2022). Es coautora de Tomamos la palabra: mujeres en la guerra civil de El Salvador (1980-1992) (2016). Es subdirectora de la revista semestral de literatura EntreTmas Revista Digital y curadora, junto a Juana M. Ramos, de Palabra-Imagen-Escena, un espacio artístico creado para la difusión de las creaciones de poetas, narradores, dramaturgos y artistas visuales que producen su obra en español en NY. Sus poemas, relatos y ensayos han aparecido en antologías y publicaciones impresas y digitales en Estados Unidos, América Latina, España e Italia.
JOSEF BUBENÍK (República Checa, 1965). Artista. Miembro de la Asociación de Artistas Plásticos de las Tierras Altas (en la Unión de Artistas Plásticos de la República Checa), Asociación de la Bienal de Brno (SBB, con sede en Brno). Miembro del grupo surrealista Stir Up. Muchas otras actividades visuales y artísticas. Estudios: LŠU en Brno, en la escuela Petrov (con el pintor Petr Skácel), formación en artes plásticas en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Masaryk en Brno (profesor Leonid Ochrymčuk, doctorando Jiří Havlíček), consultorías privadas en la década de 1980 en los talleres del pintor Jan Wolf y del pintor Jánuš Kubíček. Artista invitado de la presente edición de Agulha Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
CODINOME ABRAXAS # 11 – EL PEZ SOLUBLE (COSTA RICA)
Artista convidado: Josef Bubeník (República Tcheca, 1965)
Editores:
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