Cuando José
María Eguren apareció, no se bacía en el Perú literatura netamente minoritaria,
como la entienden los poetas nuevos. El fugaz intento que significara Rocca de
Vergallo no fue de nuestro medio. Al público todo estaban dedicados los poemas.
Las conspiraciones tendían a ser consagraciones de la opinión pública, como la
de los políticos, los toreros, los boxeadores. La técnica y la estructura del
verso eran comprensibles para el iniciado y para el ignaro. Chocano, el más
difundido de nuestros poetas, después de haber surgido en la poesía civil en
relación con sucesos políticos o patrióticos, ensayaba ser el vocero
continental. La aristocracia intelectual y espiritual de González Prada había
buscado la tribuna para expresar sus ideas literarias, políticas y sociales
(todos los escritos en prosa de este hombre sin condiciones físicas para la
oratoria, son discursos); y los poemas de Minúsculas no eran precisamente revolucionarios,
mientras que Exóticas, el libro más aproximado a los de Eguren en la literatura
nacional, tenía más bien un valor lexicográfico. Leónidas Yerovi era,
esencialmente, un poeta de periódico. La generación que entonces se iniciaba,
después de ungir como poeta a José Galvet en una asamblea universitaria, lo iba
a ver triunfar en dos concursos. Luis Fernán Cisneros, tras de encantar a los
lectores de Actualidades y a los concurrentes a veladas con sus versos
madrigalescos, era absorbido por un periodismo epigramático. Ureta ponía en sus
poemas de entonces como ahora, un recogimiento accesible. Bustamante y
Ballivián que posteriormente, daría una prueba más de su sensibilidad,
adhiriéndose a la técnica nueva, desde entonces daba a su inquietud, una serenidad
razonada. Es Eguren quien inicia la separación radical entre el público.
La burguesía
intelectual empieza a sentir un sentimiento inédito, el malestar de la
incomprensión y desde entonces aprende a mofarse y a lamentarse porque se
escribe en difícil.
Por eso, si don
Ricardo Palma ha llegado a identificarse con la literatura que mira hacia el
pasado, si González Prada se ha identificado con la literatura que mira hacia
el porvenir y si Chocano se ha identificado con la literatura continentalista,
Eguren está entre los que pueden identificarse con la literatura estética, con
la literatura que no quiere ser sino literatura.
La popularidad,
que no debe ser confundida con la admiración de los iniciados y el mimetismo de
los snobs, nunca ha dado ni dará sus favores a José María Eguren. Su obra no
exhala lo vulgar ni lo acoge. Carece de eso de papagayo y de cotorra que tiene
la garrulería hispano-criolla. Como se dijo de las habitantes de Bizancio, sus
poemas van vestidos como si fueran hijos de reyes. Y así también los que van a
reparticiones de premios a veladas conmemorativas, a fiestas cursis, pueden
estar seguros de que no oirán nunca declamar sus poemas. Quizá si la
declamación misma fracasa ante ellos.
La mayoría, por
eso, lo ignora. En su admirable ensayo, después incorporado como prólogo a La
canción de las figuras, Enrique Carrillo recogía ya la pregunta común. Pero
¿hay un poeta Eguren?). Pero aún gente valiosa ha solido escatimarle su
reconocimiento. La generación imperante en la época en que Eguren publicó su
primer libro, era temperamentalmente distinta de él. Con resabios
historicistas, que iniciaron la moda nacionalista: influida en sus sectores
europeizantes por un francesismo que no ahondaba en el simbolismo como lo
evidencia su tácito culto de la claridad, los versos de Eguren no la
entusiasmaron. Eran demasiado arbitrarios, demasiado obscuros, demasiado
abstrusos. José de la Riva-Agüero concluye su elogio a Garcilaso sosteniendo
que el genio literario peruano es fundamentalmente clásico y que cuando se ha
querido apartar de sus reglas simétricas, solo ha producido engendros. Ventura
García Calderón, sin dejar de ser por ello acaso el primer crítico literario de
América, omite el valor de Eguren en sus ensayos sobre nuestra literatura y en su
antología Clemente Palma pone una nota dejando constancia de su disconformidad
con el elogio que de Simbólicas hace Pedro S. Zulen en Ilustración
Peruana. Pocos son los que toman en serio al poeta, inicialmente. Hay que
citar, en primer lugar, a Enrique Bustamante y Ballivián que en su revista Contemporáneos
acoge sus primeros versos de madurez, ya que dos o tres composiciones juveniles
habían sido publicadas anteriormente en Lima Ilustrado; y que, en
Balnearios, pequeño periódico de un pueblo vecino a Lima, hace el primer
estudio sobre Simbólicas. Y hay que citar, también, a Pedro S. Zulen, a pesar
de que no era un literato profesional. sino un hombre de biblioteca, un cultor
de estudios filosóficos, un agitador de la redención indígena. Zulen, además de
su estudio en Ilustración Peruana, contribuyó a la difusión de Eguren en
Estados Unidos y, poco antes de morir, desafió el tradicionalismo universitario
dedicando un número del Boletín Bibliográfico de la Universidad a una
antología de los poemas de Simbólicas, La canción de las figuras
y Sombra, verdaderamente imposibles de conseguir ahora. El esfuerzo de
estos leales amigos y de unos cuantos más, es uno de los episodios gallardos de
la literatura peruana.
Pero la
generación que aparece en los primeros años de la guerra europea tiene una
contextura nueva. Su movimiento intelectual no se desarrolla en la Universidad,
como el de Riva-Agüero, sino en el periodismo. Es ésta una generación más
puramente literaria que la anterior que estuvo un poco afectada de eruditismo:
exenta de proyecciones políticas: más audaz al seguir las influencias europeas:
más rebelde, pero con una rebeldia estética, reducida al descubierto consumo de
drogas, a la actitud egolátrica y a la admiración de González Prada y de
Eguren. La revista Colónida que señala un momento de esta generación,
acoge el estudio de Enrique Carrillo sobre Eguren. Abraham Valdelomar, la
figura más destacada de los nuevos de entonces, contribuye a ponerlo de moda.
Poco después aparece el estudio de Isaac Goldberg; el crítico Train en el
suplemento literario del The Times de Londres estudia igualmente al
poeta de Simbólicas y de La Canción de las Figuras.
2.
José María
Eguren: un locuaz hombrecillo vestido de negro que conversa en las esquinas. En
el cuello de pajarita, la corbata hace un nudo desmesurado que tiende al
desastre. Ropa modesta. Un hongo tapa mal el cabello abundante que empieza a
ser gris. Lejano parecido a Edgard Poe a la vez que un absurdo recuerdo fugaz
de Charles Chaplin. José María Eguren: nerviosidad, deferencia también para el
necio. ¿Qué nos cuenta, poeta? He leído nuevos libros, ha recibido cartas, ha
estado enfermo. Perseguir mozas, urdir negocios, conquistar puestos, querer
salvar a la patria, eso no cuenta.
Su vida es
sencilla y simple. Es una vida que casi no ha sido vivida y que, externamente.
no ofrece resquicio alguno por donde haya podido penetrar lo que de la Vida
reflejan sus poemas. Personalmente, es un hombrecillo bondadoso y afable. Es,
en este sentido, un contraste con el ambiente envenenado de los corrillos
literarios y con el tono beligerante y polémico del arte nuevo. No se confunda,
sin embargo, su sencillez acogedora con la falta de orgullo. Profundamente
orgulloso es este artista, como lo revela el hecho de no haberse prodigado, de
haber guardado sus cuadros y dibujos porque los estimó mediocres, aunque
Teófilo Castillo, descontentadizo crítico de arte, vio en ellos
insuperablemente reflejado el paisaje de Lima; y aunque algunas de sus
miniaturas tengan la pureza y el infantilismo que son tan relevantes en María
Laurencin y en Norah Borges. Hay gente que se ríe de su infantilismo, de sus
bagatelas. Pero en este país de vacaciones larvadas, es un ejemplo de
dedicación y de continuidad. En este país de espíritus turbios, es un ejemplo
de pulcritud. En este país de imitaciones, es un ejemplo de personalidad. Sobre
todas las tentaciones de las circunstancias, sobre todas las inestabilidades
del ambiente, nada ha sido sino poeta. Y poeta que nunca ha sido visto en los
proscenios de los teatros y en las antesalas de los poderosos. Tímido e
infantil, por otra parte, ha sido incapaz de sentirse genio, de llamar la
atención con excentricidades e impertinencias; pero quizá si así hubiera
procedido, habría sido tomada más en cuenta, su obra formidable.
3.
¿Hay algo de nuestro ambiente en la poesía de Eguren?
Generalmente se ha dicho que no; y por cierto que tal afirmación es lógica. Los
elementos más valiosos de la obra de arte, son, además, siempre los
individuales, los imprevistos. Más en algunos de sus poemas cabe reconocer ciertas
huellas locales. Sin esa vida de hogar que ya el tiempo está enervando, acaso
la personalidad y, por consiguiente, la obra de Eguren, no tendrían explicación
dentro de la realidad peruana. La vida de hacienda, no de la hacienda moderna
de tipo yanqui con maquinaria y con confort, sino la que, en su edificio, en
sus muebles, en su atmósfera, revela el respeto a un pasado familiar, le sirve
para ciertas reminiscencias en “Visiones de Enero”, “Casa vetusta” etc.,
estilizándose en “Colonial”. Esta vida tranquila, propicia a la superstición,
en medio de la campiña limeña sin exuberancias, sin colores detonantes, ¡cuánto
no se imprimiría sobre el espíritu de Eguren desde niño!
Otra influencia
personal más puede ser determinable. Muy temprano en la vida de Eguren debe de
haber habido un trunco episodio amoroso. A una niña muerta se refieren los
pocos momentos confidenciales de su poesía: en “Visiones de Enero”, “La muerta
de marfil”, “Lied VI”, “Noche l” y otras.
En sus notas
campesinas cabe reconocer, pues, a veces, algo de la vieja vida de hacienda y
ecos lejanos del paisaje limeño; pero en su fantasía hay formas netamente
germánicas, medioevales; castillos roqueros, la banda macrobia, las Eddas, las
Walkyrias, son ingredientes de algunos de sus poemas, sobre todo en la primera
época, en Simbólicas. Góticos son los muñecos de sus versos fantasistas; y con
acentos de lieds algunos poemas como el que empieza: Cavas panteonero tumba de
dolor. Pero este germanismo medioeval es sólo para decorar la fantasía: no hay
aquí ni la rudeza ni el misticismo medioevales. Y tanto las reminiscencias
locales como las adaptaciones góticas suelen unirse a la técnica del simbolismo
francés.
Cuatro son las
facetas en que, arbitrariamente, puede dividirse la poesía de Eguren: un lirismo
romántico, el paisajismo, el simbolismo propiamente dicho y el creacionismo.
El sector
únicamente lírico, linda en el misticismo. No hay en nuestra literatura tosca,
comúnmente, ese acento purísimo. Es aquí donde más frecuentemente surge la
mujer. Ella no es la hembra y no es la dama. El estremecimiento de la carne,
del sexo, no aparece nunca aquí. En el espíritu evanescente, cuyos pasos oye en
la “Noche I” tomo los azules lloros lasos que dio al piano antes de morir, es
la virgen sol, la muerta de marfil de otros poemas. Como “Synha la bianca”,
acaso ella tiene la sangre celeste. Como “Eros”, sus senos liliales son notas
de luna. Es aquella a quien ofrenda su canción, como un jazmín de sueño que
tuviera tus ojos y tu corazón. Accesible y mondado con relación al resto de sus
poemas “Lied V”, representa este espíritu romántico, pero de un romanticismo
comparable al inglés.
En segundo
lugar, podría ser diferenciado, además, un sector paisajista. Allí realiza lo
que Carrillo llamaba la trasposición musical del paisaje.
Pero lo más
típico es el sector propiamente simbolista, donde se funden las cualidades de
sus otras facetas. Eguren imprime un sello a las innovaciones aportadas por el
simbolismo francés en el que el poema no llega nunca a ser una total superposición
de imágenes y de escenarios fantásticos. No es un adaptador ni un introductor,
pues tan solo. Aún quedan en nuestras poesías líricas e imperaban en la época
en que Eguren comenzó a publicar, los recuerdos. Resultan ellos sedimento o
cristalización de escenas en soledad reflexiva o en compañía emocionada. Todo
lo ajeno al yo es subalterno o inútil entonces. Esa es la manera fácil y
directa: contar lo que a uno le pasa. A lo sumo, en forma de comparaciones,
suele intentarse la pintura de las formas visuales de la realidad; para
reflejar lo normal, lo visible, lo que la historia o la naturaleza han hecho.
Representativa del simbolismo en la literatura americana y peruana a la vez que
hondamente original, la poesía de Eguren no emplea esos procedimientos. Ni es
la confesión directa ni es el reflejo de las formas exteriores de la realidad.
Ha suprimido la áspera impureza de las cosas. Poesía de correspondencias,
distante de todo intelectualismo. Nunca está en trance de explicar. Nunca
ofrece soluciones. Trae a la literatura peruana el esoterismo. Poesía
generalmente hermética, a la vez que exenta de todo afán teorizante y de toda
solemnidad de rito. La aridez le está vedada por su sentido del color y
de la música verbales.
A un lado está
el hecho eterno, vital, rudo; y al otro lado, la figulina deliciosa. El nexo
entre ambos corresponde captarlo a la sensibilidad del lector. Para expresar,
por ejemplo, y yendo a aquellos momentos dentro de los poemas de Eguren en que
hay un sentido fácil y casi expreso, la burla que hace la mujer del hombre, no
habla de la ingrata de pecho de piedra: pinta al pelele de la giba redonda a
quien las princesas rubias marean en cálida ronda. Para referirse a la lucha,
que es el fondo de la vida, no prorrumpe en exclamaciones sobre la crueldad de
la naturaleza: pinta a los reyes rojos combatiendo desde la aurora. Se ha
operado una trasmutación mágica. La obra de arte busca sus máximas
posibilidades de depuración, no tiene nada de las bazofias que nos rodean en la
vida cotidiana: y, al mismo tiempo, en su mundo imprevisible, independiente,
está reflejando en forma más efectiva que en la fase elocuente. la realidad con
que chocamos a cada instante. Los muñecos de Eguren se mueven como los seres
corrientes; pero tienen una innata nobleza estética, un absoluto alejamiento de
la imitación realista. Pertenecen al mundo de los cuentos. Crearlos es ya obra
de belleza; y ponerles bajo la sedería de sus vestidos faustuosos un latido
vital, es hacer culminar esa obra de arte.
Talvez por
ello, el nombre certero para este sector de la poesía de Eguren no debería
referirse al simbolismo, palabra que se presta a equívocos por su generalizada
aplicación en un momento de la historia literaria del mundo; quizá podría
decirse que es una poesía alegórica. Gramaticalmente, la alegoría sirve para
hacer entender una cosa expresando otra cosa diferente. Usada en literatura,
viene a significar la metáfora continuada. Es muy antiguo el uso de este medio
de expresión literaria: y los manuales de Retórica citan siempre la célebre oda
de Horacio en la que el emblema de una nave entregada a los embates de los
vientos y las olas, muestra a la República próxima a sumirse en los horrores de
la guerra civil, así como el romance de Lope “La barquilla” y los versos de
Fray· Luis de León, pintando la vida del cielo que empiezan:
Alma región
luciente
prado de
bienandanza que me anhelo…
Pero es la
mitología la que proporciona a la literatura y, en general, a todas las artes y
aún a la conversación diaria, los más frecuentes temas de la alegoría: Venus,
Marte, Cupido…
En Eguren, la
alegoría tiene la originalidad de no ser incidental, pues aparece en la mayor
parte de su obra. Además, es totalmente personal, no vulgar, inesperada,
siempre diferente.
4.
Queda aún otro sector en la poesía de Eguren: el puro
imaginismo. Algunas de sus composiciones pueden significar un alarde de primor
únicamente: aunque alguien pueda interpretarlas más ambiciosamente. Además de
ser un intimista ocu1to, ¿es Eguren un imaginista puro? Sí como Ortega y Gasset
dice de Mallarmé, su poesía consiste en callar los nombres directos de las
cosas, haciendo que su pesquisa sea un delicioso enigma, ¿ha querido a veces
hacer de la obra de arte un valor en sí, puramente musical y colorista? Por lo
menos, responde afirmativamente más de una burda sensibilidad. La teoría de la
deshumanización del arte halla en algunos momentos de la obra de Eguren una
previa realización. Si así fuera, ¿por qué dejarse llevar por el despecho del
cerebro, sórdido y maniático?
La poesía de
Eguren tiene, así remansos emocionales que evocan a las más puras efusiones
románticas; con sus imágenes dobles y múltiples, interpretativas y
trascendentes, aunque sin carácter explicativo, se afilia al simbolismo; y
tiene también avizores presagios de la liberación posterior. Dei romanticismo
conserva la actitud estremecida ante la vida, cierta sapiencia sobre la humana
nadería. Del simbolismo adopta la delicadeza, el sentido del matiz, la
expresión figurada. Y antes de que alborearan las escuelas de vanguardia,
prescinde absolutamente de la anécdota, de la representación objetivista,
superando la realidad al intuir formas poéticas distintas de las que la
realidad exhibe, al desdeñar por manida e inferior la reproducción simple de la
vida para otear la superación de la vida por el arte mismo. Sin embargo, no
llega a la supresión del plan lírico, del tema concreto; conserva aún lo que
Jean Epstein ha llamado en su libro sobre la poesía de hoy el pensamiento
frase, carece del pensamiento asociación, instantáneo, vertiginoso,
antigramatical. Su ruptura con la lógica acostumbrada está en sus temas y no en
sus frases, está precisamente en el desarrollo de que prescinde la poesía
posterior; gramaticalmente correctos, sus poemas más obscuros lo son por su
significado aparente. Frente al arte nuevo están, además, su aristocratismo y
su melancolía. No podría decir, tampoco, como la escuda creacionista, a la que
más se asemeja entre los ismos nuevos, que el artista debe crear su obra con la
independencia con que la naturaleza crea el árbol.
5.
Eguren es infantil, pero no jovial y deportivamente como
la poesía actual. Su alma sigue siendo de niño, pero conoce toda la amargura de
la vida. Su musa tiene la pureza de la inocencia a la vez que la conciencia de
la horrenda miseria humana. Sus poemas podrían figurar en una antología para
niños, y ya lo ha comenzado a hacer García Monge en Costa Rica; pero podrían
figurar también en la antología del desengaño. Infantil es hasta en muchos de
sus temas, que son temas de cuentos de niños; pero a veces interpreta en ellos
acaso la inconsciencia y la fugacidad de la infancia. Y junto a la
personificación de los juguetes, gusta la de los escenarios vetustos o
ruinosos. La noche, sobre todo, interviene en sus visiones. Acaso no siempre le
guía la niña de la lámpara azul en la noche, ya que ella cobija las lágrimas de
los difuntos del convento en el templo del olvido, la ronda de espadas, la cena
del dominó vacío pero animado, las señas que lo llaman en la purpúrea y festiva
noche, el monje de la plazoleta. No es, pues, el de la cometa que goza de verse
esclava y Va cantando felices supersticiones. leit motiv predilecto. De su
verso dice: Tú lo puedes oír porque has pecado. Pero para entenderlo se
necesitaría según su frase en “Los Delfines”, sufrir por el pecado de la nativa
elegancia.
¿Es Eguren un
humorista? Es más bien un miniaturista sutil, en cuyo pincel diminuto la ironía
es un color más. No es humorismo lo que hay en la poesía de Eguren, aunque
tenga el sentido de lo grotesco en el detalle: lo que hay es gracia. Algo
indefinible que no es precisamente lo mismo que la donosura o el garbo. No
provoca, ni siquiera, la sonrisa en el rostro: quien sonríe es c1 espíritu. Es
una forma del gusto.
6.
En el valor atribuido a la metáfora, es fácil notar otra
diferencia entre Eguren y los nuevos. El procedimiento de las imágenes juntas
que él emplea, no es fácil asidero para la metáfora inconexa, hoy en boga.
La riqueza
melódica no sólo proviene del compás de las sílabas, de inverosímil suavidad y
tan armoniosas a pesar de desafine a veces de la métrica común, sino de las
palabras mismas. Eguren nada tiene de bardo; no hace cantos sino poemas; y su
estética que es verdaderamente estética rechaza todas las palabras plebeyas (en
una anécdota burlona aparece calificando a botón como palabra mala). Sutiliza
el castellano en mucho mayor grado que Darío; no lo enjoya ni lo adorna, lo
refina, lo enferma. A veces no asimos e1 sentido de su balbucear porque somos
demasiados burdos o porque es harto evanescente. Desde el ángulo de la vida
esta poesía aparece como una poesía larvada, evanescente, enfermiza. Pero a la
villana pesquisa de dislates es preferible la constatación de aciertos geniales
que fluyen de la limitación misma. Resultaría banal, por ejemplo, buscar las
veces en que la tiranía de la rima fue decisiva; decir que el dios cansado no
tendría la barba verde o no habría necesidad de mencionarla, así como a su
color carminado, sin la imposición de la rima;
Plomizo,
carminado,
y con la barba
verde,
el ritmo pierde
el dios cansado.
Fácil seria
encontrar los momentos en que parece haberse frustrado el valor poético del
poema. Aunque Eguren ha cuidado de publicar tan solo aquello donde a la vez que
no se viera la huella de la imitación, se cuajara la expresión adecuada tiene
momentos en que puede no gustar. Alguna vez publicó una “Incaica” que desoló a
sus amigos. Hay que ser muy benévolo con Eguren cuando parece que no acierta,
pero es pobre todo elogio cuando acierta. Mejor es esto que la constante
mediocridad pasable.
Surdo es querer
explicar, definir, medir la sensibilidad. Un instante de fruición artística es
más elocuente que largos párrafos. Y es que leer versos no es operación
idéntica a leer el periódico. No creo que siempre quepa equiparar al artista y al
político. El artista puede crear libremente: e1 político sólo vale en el grado
en que es nacional. Los elementos de los grados más artísticos, del arte son
variables, personales; extraños al albedrío del político son los problemas que
tiene que encarar. El artista escoge a su auditorio, mejor dicho, el auditorio
lo escoge a él, un auditorio que puede ser escaso en su patria y disperso por
todo el mundo y tan pequeño en conjunto acaso, como los que pueden conocer las
nuevas proyecciones de la geometría no euclidiana; mientras la obra del
político interesa, quiéralo él o no, a todos sus connacionales conscientes,
quienes deben pedirle cuentas de ella imperativamente. Lo político y lo social,
a veces, pueden no intervenir para nada en la novela poemática, en el poema, en
el cuadro, en la sinfonía.
Ejemplo de lo
inasible, de lo autónomo del artista es Eguren. Estas observaciones cariñosas
no lo aprehenden. Hay en su obra un halo indefinible. Nos hace recordar, por
eso, a algunos pasajes de la Vita Nueva, a algunos cuadros de Dante
Gabriel Rossetti; a la vez que, por su gracia, a algunos trozos de Gaspar de la
Nuit de Louis Bertrand. En América tiene algún parecido con la obra de Enrique
Banchs, el aristocrático poeta argentino. Quizá Eguren, Banchs y María
de Jorge lsaaca tengan un significado análogo dentro de la literatura
americana.
Así mismo,
algunos poemas recientes de García Lorca coinciden vagamente con su manera.
Y si nuestra
aristocracia lo fuera honda, intrínsecamente, hubiera aceptado con fruición a este
poeta: lo hubiera hecho e1 favorito de los salones más refinados, de las damas
más elegantes.
7.
César Vallejo es, cronológicamente, nuestro segundo poeta
difícil. Con lo que viene, necesariamente, una comparación entre Vallejo y
Eguren. La reacción del público es análoga ante ambos. En el fondo, ambos traen
a nuestra literatura, por caminos inhollados, el sentido de lo trágico
cotidiano, que por más que se ahonde siempre aparece como inédito. Pero Eguren
tiene un significado verbal distinto al de Vallejo. Musical y pictóricamente
aristocrático es el verso de Eguren; fuerte, criollo, sin trabas el de Vallejo.
Las mujeres que aman los versos y que tienen gusto, amarán, seguramente los de
Eguren; en cambio, los de Vallejo no deben gustarles, por broncos y rijosos.
Los temas predominantes de Eguren son, además, símbolos indescifrados; Vallejo
sólo llega a las imágenes. Lo ininteligible en Eguren suele ser el sentido de
sus poemas y en Vallejo las frases mismas sin sindéresis. Vallejo está plantado
en medio de la vida; Eguren en un mundo de milagrería que sólo en lo profundo
recoge lo vital de la vida (Así también mientras la vida de Eguren es una vida
subterránea, en la biografía de Vallejo se cuentan la prisión, la diaria
bohemia de la pobreza). La melancolía de Eguren hiere; el dolor de Vallejo
desgarra. La una penetra como una niebla; el otro estruja como una zarpa.
Eguren no comprende que Vallejo ponga la palabra cobrador para sugerir una
emoción estética aunque sea líricamente; Vallejo no comprende que Eguren se
solace pintando la liga de la marquesita de “Colonial”… Vallejo viene de la
sierra, del pueblo con un sello de autoctonismo: Eguren es un producto
aristocrático, tan aristocrático que no tiene contacto con nuestra realidad
abigarrada. Vallejo es más humano y Eguren más artista. Los poemas de Vallejo
dan la sensación de algo no concluido, de algo a medio hacer, pero con un
estupendo fracaso; los poemas de Eguren dan la sensación de algo acabado. Sin
embargo, genéricamente, puede decirse que el arte de Eguren ha tramontado
mientras que Vallejo está actualmente en Paris, y es aún joven.
Podrá decirse que
es un elogio este ensayo. Al mismo tiempo es, sin embargo, una elegía. Somos
muchos los que amamos al poeta y, sin embargo, vemos en sus últimas
producciones una glosa a las anteriores, un inútil intento de superar la
intensidad de otrora. El arte nuevo, nuestra sensibilidad juvenil son más
complejos, más amplios. Ello no importa mucho. Cinco o seis de sus poemas
bastan para que siempre nos asombremos de que este artista viva al lado
nuestro.
JORGE BASADRE GROHMANN (Perú, 1903-1980). Fue el historiador más importante de la República del Perú, además de crítico literario, profesor y político. Formó parte de la llamada Generación del Centenario. Colaboró activamente con el grupo de José Carlos Mariátegui, utilizando su plataforma para publicar crítica literaria y ensayos históricos de gran impacto social. Creó el concepto del Perú como un problema y una posibilidad. Sostuvo que la promesa de la vida republicana aún debía cumplirse para todos los ciudadanos. Director de la Biblioteca Nacional, reconstruyó y modernizó la institución tras el trágico incendio de 1943. Ocupó el cargo de ministro de Educación Pública en dos ocasiones (1945 y 1956-1958). Su principal publicación es la monumental Historia de la República del Perú. La obra comenzó con unos pocos volúmenes y se amplió en ediciones sucesivas, abarcando en detalle la vida política, social y económica del país desde la Independencia en 1821 hasta mediados del siglo XX. El texto sobre Eguren se publicó en el número 21 de la revista Amauta, en febrero de 1929.
BOLESŁAW BIEGAS (França, 1877-1954). Escultor, pintor, escritor e dramaturgo. Órfão muito cedo, foi criado por camponeses. Entre 1896 e 1901 estudou escultura na Academia de Belas Artes de Cracóvia com Konstanty Laszczka. Foi expulso da Academia em 1900 por causa de sua escultura O Livro da Vida, considerada imoral e decadente pela direção acadêmica. Com apoio da revista simbolista francesa La Plume, muda-se definitivamente para Paris em 1901. Frequenta brevemente a École des Beaux-Arts, mas logo segue carreira independente. Começa no Simbolismo, passa pelo Art Nouveau, depois se aproxima do Cubismo e Futurismo após o Salon de la Section d’Or de 1912. Cria seu estilo próprio que ele chamava de Esferismo – figuras compostas inteiramente de círculos e esferas. Ficou famoso pelos retratos simbolistas, pelas figuras de vampiras e femmes fatales, e pelas esculturas de formas geométricas simplificadas. Fez parte da École de Paris. Dentre suas exposições, destacam-se: Salon d’Automne, Société Nationale des Beaux-Arts (1912-1927), além de exposições regulares em Varsóvia e Cracóvia com o grupo Sztuka. Em 1950 fundou em Paris o Musée Boleslas Biegas, onde reuniu suas obras e coleção pessoal. O museu ainda existe. Bolesław Biegas é o artista convidado desta edição de Agulha Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
CODINOME ABRAXAS # 13 – AMAUTA (PERÚ)
Artista convidado: Bolesław Biegas (França, 1877-1954)
Editores:
Floriano Martins | floriano.agulha@gmail.com
Elys Regina Zils | elysre@gmail.com
ARC Edições © 2026
∞ contatos
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FLORIANO MARTINS | floriano.agulha@gmail.com
ELYS REGINA ZILS | elysre@gmail.com










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