sábado, 29 de agosto de 2026

JORGE BASADRE GROHMANN | Elogio y elegia de José María Eguren

 


A principios de este siglo aparece el modernismo en la literatura de habla castellana. José María Eguren es contemporáneo del modernismo, pero no está enrolado en sus filas. Dentro de la literatura peruana, dentro de la literatura americana, conserva la misma altitud señera.

Cuando José María Eguren apareció, no se bacía en el Perú literatura netamente minoritaria, como la entienden los poetas nuevos. El fugaz intento que significara Rocca de Vergallo no fue de nuestro medio. Al público todo estaban dedicados los poemas. Las conspiraciones tendían a ser consagraciones de la opinión pública, como la de los políticos, los toreros, los boxeadores. La técnica y la estructura del verso eran comprensibles para el iniciado y para el ignaro. Chocano, el más difundido de nuestros poetas, después de haber surgido en la poesía civil en relación con sucesos políticos o patrióticos, ensayaba ser el vocero continental. La aristocracia intelectual y espiritual de González Prada había buscado la tribuna para expresar sus ideas literarias, políticas y sociales (todos los escritos en prosa de este hombre sin condiciones físicas para la oratoria, son discursos); y los poemas de Minúsculas no eran precisamente revolucionarios, mientras que Exóticas, el libro más aproximado a los de Eguren en la literatura nacional, tenía más bien un valor lexicográfico. Leónidas Yerovi era, esencialmente, un poeta de periódico. La generación que entonces se iniciaba, después de ungir como poeta a José Galvet en una asamblea universitaria, lo iba a ver triunfar en dos concursos. Luis Fernán Cisneros, tras de encantar a los lectores de Actualidades y a los concurrentes a veladas con sus versos madrigalescos, era absorbido por un periodismo epigramático. Ureta ponía en sus poemas de entonces como ahora, un recogimiento accesible. Bustamante y Ballivián que posteriormente, daría una prueba más de su sensibilidad, adhiriéndose a la técnica nueva, desde entonces daba a su inquietud, una serenidad razonada. Es Eguren quien inicia la separación radical entre el público.

La burguesía intelectual empieza a sentir un sentimiento inédito, el malestar de la incomprensión y desde entonces aprende a mofarse y a lamentarse porque se escribe en difícil.

Por eso, si don Ricardo Palma ha llegado a identificarse con la literatura que mira hacia el pasado, si González Prada se ha identificado con la literatura que mira hacia el porvenir y si Chocano se ha identificado con la literatura continentalista, Eguren está entre los que pueden identificarse con la literatura estética, con la literatura que no quiere ser sino literatura.

La popularidad, que no debe ser confundida con la admiración de los iniciados y el mimetismo de los snobs, nunca ha dado ni dará sus favores a José María Eguren. Su obra no exhala lo vulgar ni lo acoge. Carece de eso de papagayo y de cotorra que tiene la garrulería hispano-criolla. Como se dijo de las habitantes de Bizancio, sus poemas van vestidos como si fueran hijos de reyes. Y así también los que van a reparticiones de premios a veladas conmemorativas, a fiestas cursis, pueden estar seguros de que no oirán nunca declamar sus poemas. Quizá si la declamación misma fracasa ante ellos.

La mayoría, por eso, lo ignora. En su admirable ensayo, después incorporado como prólogo a La canción de las figuras, Enrique Carrillo recogía ya la pregunta común. Pero ¿hay un poeta Eguren?). Pero aún gente valiosa ha solido escatimarle su reconocimiento. La generación imperante en la época en que Eguren publicó su primer libro, era temperamentalmente distinta de él. Con resabios historicistas, que iniciaron la moda nacionalista: influida en sus sectores europeizantes por un francesismo que no ahondaba en el simbolismo como lo evidencia su tácito culto de la claridad, los versos de Eguren no la entusiasmaron. Eran demasiado arbitrarios, demasiado obscuros, demasiado abstrusos. José de la Riva-Agüero concluye su elogio a Garcilaso sosteniendo que el genio literario peruano es fundamentalmente clásico y que cuando se ha querido apartar de sus reglas simétricas, solo ha producido engendros. Ventura García Calderón, sin dejar de ser por ello acaso el primer crítico literario de América, omite el valor de Eguren en sus ensayos sobre nuestra literatura y en su antología Clemente Palma pone una nota dejando constancia de su disconformidad con el elogio que de Simbólicas hace Pedro S. Zulen en Ilustración Peruana. Pocos son los que toman en serio al poeta, inicialmente. Hay que citar, en primer lugar, a Enrique Bustamante y Ballivián que en su revista Contemporáneos acoge sus primeros versos de madurez, ya que dos o tres composiciones juveniles habían sido publicadas anteriormente en Lima Ilustrado; y que, en Balnearios, pequeño periódico de un pueblo vecino a Lima, hace el primer estudio sobre Simbólicas. Y hay que citar, también, a Pedro S. Zulen, a pesar de que no era un literato profesional. sino un hombre de biblioteca, un cultor de estudios filosóficos, un agitador de la redención indígena. Zulen, además de su estudio en Ilustración Peruana, contribuyó a la difusión de Eguren en Estados Unidos y, poco antes de morir, desafió el tradicionalismo universitario dedicando un número del Boletín Bibliográfico de la Universidad a una antología de los poemas de Simbólicas, La canción de las figuras y Sombra, verdaderamente imposibles de conseguir ahora. El esfuerzo de estos leales amigos y de unos cuantos más, es uno de los episodios gallardos de la literatura peruana.

Pero la generación que aparece en los primeros años de la guerra europea tiene una contextura nueva. Su movimiento intelectual no se desarrolla en la Universidad, como el de Riva-Agüero, sino en el periodismo. Es ésta una generación más puramente literaria que la anterior que estuvo un poco afectada de eruditismo: exenta de proyecciones políticas: más audaz al seguir las influencias europeas: más rebelde, pero con una rebeldia estética, reducida al descubierto consumo de drogas, a la actitud egolátrica y a la admiración de González Prada y de Eguren. La revista Colónida que señala un momento de esta generación, acoge el estudio de Enrique Carrillo sobre Eguren. Abraham Valdelomar, la figura más destacada de los nuevos de entonces, contribuye a ponerlo de moda. Poco después aparece el estudio de Isaac Goldberg; el crítico Train en el suplemento literario del The Times de Londres estudia igualmente al poeta de Simbólicas y de La Canción de las Figuras.

 

2.


Nacido en 1882, José María Eguren ha publicado hasta ahora solamente dos libros: Simbólicas (1911) y La Canción de las Figuras (1916). Tiene inédito el libro Sombra y ha anunciado una novela fantástica.

José María Eguren: un locuaz hombrecillo vestido de negro que conversa en las esquinas. En el cuello de pajarita, la corbata hace un nudo desmesurado que tiende al desastre. Ropa modesta. Un hongo tapa mal el cabello abundante que empieza a ser gris. Lejano parecido a Edgard Poe a la vez que un absurdo recuerdo fugaz de Charles Chaplin. José María Eguren: nerviosidad, deferencia también para el necio. ¿Qué nos cuenta, poeta? He leído nuevos libros, ha recibido cartas, ha estado enfermo. Perseguir mozas, urdir negocios, conquistar puestos, querer salvar a la patria, eso no cuenta.

Su vida es sencilla y simple. Es una vida que casi no ha sido vivida y que, externamente. no ofrece resquicio alguno por donde haya podido penetrar lo que de la Vida reflejan sus poemas. Personalmente, es un hombrecillo bondadoso y afable. Es, en este sentido, un contraste con el ambiente envenenado de los corrillos literarios y con el tono beligerante y polémico del arte nuevo. No se confunda, sin embargo, su sencillez acogedora con la falta de orgullo. Profundamente orgulloso es este artista, como lo revela el hecho de no haberse prodigado, de haber guardado sus cuadros y dibujos porque los estimó mediocres, aunque Teófilo Castillo, descontentadizo crítico de arte, vio en ellos insuperablemente reflejado el paisaje de Lima; y aunque algunas de sus miniaturas tengan la pureza y el infantilismo que son tan relevantes en María Laurencin y en Norah Borges. Hay gente que se ríe de su infantilismo, de sus bagatelas. Pero en este país de vacaciones larvadas, es un ejemplo de dedicación y de continuidad. En este país de espíritus turbios, es un ejemplo de pulcritud. En este país de imitaciones, es un ejemplo de personalidad. Sobre todas las tentaciones de las circunstancias, sobre todas las inestabilidades del ambiente, nada ha sido sino poeta. Y poeta que nunca ha sido visto en los proscenios de los teatros y en las antesalas de los poderosos. Tímido e infantil, por otra parte, ha sido incapaz de sentirse genio, de llamar la atención con excentricidades e impertinencias; pero quizá si así hubiera procedido, habría sido tomada más en cuenta, su obra formidable.

 

3.

¿Hay algo de nuestro ambiente en la poesía de Eguren? Generalmente se ha dicho que no; y por cierto que tal afirmación es lógica. Los elementos más valiosos de la obra de arte, son, además, siempre los individuales, los imprevistos. Más en algunos de sus poemas cabe reconocer ciertas huellas locales. Sin esa vida de hogar que ya el tiempo está enervando, acaso la personalidad y, por consiguiente, la obra de Eguren, no tendrían explicación dentro de la realidad peruana. La vida de hacienda, no de la hacienda moderna de tipo yanqui con maquinaria y con confort, sino la que, en su edificio, en sus muebles, en su atmósfera, revela el respeto a un pasado familiar, le sirve para ciertas reminiscencias en “Visiones de Enero”, “Casa vetusta” etc., estilizándose en “Colonial”. Esta vida tranquila, propicia a la superstición, en medio de la campiña limeña sin exuberancias, sin colores detonantes, ¡cuánto no se imprimiría sobre el espíritu de Eguren desde niño!

Otra influencia personal más puede ser determinable. Muy temprano en la vida de Eguren debe de haber habido un trunco episodio amoroso. A una niña muerta se refieren los pocos momentos confidenciales de su poesía: en “Visiones de Enero”, “La muerta de marfil”, “Lied VI”, “Noche l” y otras.

En sus notas campesinas cabe reconocer, pues, a veces, algo de la vieja vida de hacienda y ecos lejanos del paisaje limeño; pero en su fantasía hay formas netamente germánicas, medioevales; castillos roqueros, la banda macrobia, las Eddas, las Walkyrias, son ingredientes de algunos de sus poemas, sobre todo en la primera época, en Simbólicas. Góticos son los muñecos de sus versos fantasistas; y con acentos de lieds algunos poemas como el que empieza: Cavas panteonero tumba de dolor. Pero este germanismo medioeval es sólo para decorar la fantasía: no hay aquí ni la rudeza ni el misticismo medioevales. Y tanto las reminiscencias locales como las adaptaciones góticas suelen unirse a la técnica del simbolismo francés.

Cuatro son las facetas en que, arbitrariamente, puede dividirse la poesía de Eguren: un lirismo romántico, el paisajismo, el simbolismo propiamente dicho y el creacionismo.

El sector únicamente lírico, linda en el misticismo. No hay en nuestra literatura tosca, comúnmente, ese acento purísimo. Es aquí donde más frecuentemente surge la mujer. Ella no es la hembra y no es la dama. El estremecimiento de la carne, del sexo, no aparece nunca aquí. En el espíritu evanescente, cuyos pasos oye en la “Noche I” tomo los azules lloros lasos que dio al piano antes de morir, es la virgen sol, la muerta de marfil de otros poemas. Como “Synha la bianca”, acaso ella tiene la sangre celeste. Como “Eros”, sus senos liliales son notas de luna. Es aquella a quien ofrenda su canción, como un jazmín de sueño que tuviera tus ojos y tu corazón. Accesible y mondado con relación al resto de sus poemas “Lied V”, representa este espíritu romántico, pero de un romanticismo comparable al inglés.

En segundo lugar, podría ser diferenciado, además, un sector paisajista. Allí realiza lo que Carrillo llamaba la trasposición musical del paisaje.

Pero lo más típico es el sector propiamente simbolista, donde se funden las cualidades de sus otras facetas. Eguren imprime un sello a las innovaciones aportadas por el simbolismo francés en el que el poema no llega nunca a ser una total superposición de imágenes y de escenarios fantásticos. No es un adaptador ni un introductor, pues tan solo. Aún quedan en nuestras poesías líricas e imperaban en la época en que Eguren comenzó a publicar, los recuerdos. Resultan ellos sedimento o cristalización de escenas en soledad reflexiva o en compañía emocionada. Todo lo ajeno al yo es subalterno o inútil entonces. Esa es la manera fácil y directa: contar lo que a uno le pasa. A lo sumo, en forma de comparaciones, suele intentarse la pintura de las formas visuales de la realidad; para reflejar lo normal, lo visible, lo que la historia o la naturaleza han hecho. Representativa del simbolismo en la literatura americana y peruana a la vez que hondamente original, la poesía de Eguren no emplea esos procedimientos. Ni es la confesión directa ni es el reflejo de las formas exteriores de la realidad. Ha suprimido la áspera impureza de las cosas. Poesía de correspondencias, distante de todo intelectualismo. Nunca está en trance de explicar. Nunca ofrece soluciones. Trae a la literatura peruana el esoterismo. Poesía generalmente hermética, a la vez que exenta de todo afán teorizante y de toda solemnidad de rito. La aridez le está vedada por su sentido del color y de la música verbales.


Finos y trascendentales son estos poemas. Se prueba aquí que la delicadeza no sirve sólo para urdir banalidades de salón y que la hondura no sólo cabe en el acento solemne o rijoso. Con Eguren —escribe José Carlos Mariátegui aparece, por primera vez en nuestra literatura la poesía de lo maravilloso. Pero también aparece por primera vez un vital acento trágico. No de lo trágico del suceso, de la peripecia: es lo trágico interior. En su mundo encantado, poblado de múltiples seres sólo por él vistos (“Las Señas”, “La Dama”, “J. Pedro de Acero”, “Synha la blanca” “La Tarde”, “La niña de la lámpara azul” y tantos más), cabe bailar un escalofrío cósmico. Poesía de visionario y de intuitivo que ha visto seres y cosas que nadie vio jamás, representando lo que se halla en el fondo más íntimo de todos. Baratijas que desgarran.

A un lado está el hecho eterno, vital, rudo; y al otro lado, la figulina deliciosa. El nexo entre ambos corresponde captarlo a la sensibilidad del lector. Para expresar, por ejemplo, y yendo a aquellos momentos dentro de los poemas de Eguren en que hay un sentido fácil y casi expreso, la burla que hace la mujer del hombre, no habla de la ingrata de pecho de piedra: pinta al pelele de la giba redonda a quien las princesas rubias marean en cálida ronda. Para referirse a la lucha, que es el fondo de la vida, no prorrumpe en exclamaciones sobre la crueldad de la naturaleza: pinta a los reyes rojos combatiendo desde la aurora. Se ha operado una trasmutación mágica. La obra de arte busca sus máximas posibilidades de depuración, no tiene nada de las bazofias que nos rodean en la vida cotidiana: y, al mismo tiempo, en su mundo imprevisible, independiente, está reflejando en forma más efectiva que en la fase elocuente. la realidad con que chocamos a cada instante. Los muñecos de Eguren se mueven como los seres corrientes; pero tienen una innata nobleza estética, un absoluto alejamiento de la imitación realista. Pertenecen al mundo de los cuentos. Crearlos es ya obra de belleza; y ponerles bajo la sedería de sus vestidos faustuosos un latido vital, es hacer culminar esa obra de arte.

Talvez por ello, el nombre certero para este sector de la poesía de Eguren no debería referirse al simbolismo, palabra que se presta a equívocos por su generalizada aplicación en un momento de la historia literaria del mundo; quizá podría decirse que es una poesía alegórica. Gramaticalmente, la alegoría sirve para hacer entender una cosa expresando otra cosa diferente. Usada en literatura, viene a significar la metáfora continuada. Es muy antiguo el uso de este medio de expresión literaria: y los manuales de Retórica citan siempre la célebre oda de Horacio en la que el emblema de una nave entregada a los embates de los vientos y las olas, muestra a la República próxima a sumirse en los horrores de la guerra civil, así como el romance de Lope “La barquilla” y los versos de Fray· Luis de León, pintando la vida del cielo que empiezan:

 

Alma región luciente

prado de bienandanza que me anhelo…

 

Pero es la mitología la que proporciona a la literatura y, en general, a todas las artes y aún a la conversación diaria, los más frecuentes temas de la alegoría: Venus, Marte, Cupido…

En Eguren, la alegoría tiene la originalidad de no ser incidental, pues aparece en la mayor parte de su obra. Además, es totalmente personal, no vulgar, inesperada, siempre diferente.

 

4.

Queda aún otro sector en la poesía de Eguren: el puro imaginismo. Algunas de sus composiciones pueden significar un alarde de primor únicamente: aunque alguien pueda interpretarlas más ambiciosamente. Además de ser un intimista ocu1to, ¿es Eguren un imaginista puro? Sí como Ortega y Gasset dice de Mallarmé, su poesía consiste en callar los nombres directos de las cosas, haciendo que su pesquisa sea un delicioso enigma, ¿ha querido a veces hacer de la obra de arte un valor en sí, puramente musical y colorista? Por lo menos, responde afirmativamente más de una burda sensibilidad. La teoría de la deshumanización del arte halla en algunos momentos de la obra de Eguren una previa realización. Si así fuera, ¿por qué dejarse llevar por el despecho del cerebro, sórdido y maniático?

La poesía de Eguren tiene, así remansos emocionales que evocan a las más puras efusiones románticas; con sus imágenes dobles y múltiples, interpretativas y trascendentes, aunque sin carácter explicativo, se afilia al simbolismo; y tiene también avizores presagios de la liberación posterior. Dei romanticismo conserva la actitud estremecida ante la vida, cierta sapiencia sobre la humana nadería. Del simbolismo adopta la delicadeza, el sentido del matiz, la expresión figurada. Y antes de que alborearan las escuelas de vanguardia, prescinde absolutamente de la anécdota, de la representación objetivista, superando la realidad al intuir formas poéticas distintas de las que la realidad exhibe, al desdeñar por manida e inferior la reproducción simple de la vida para otear la superación de la vida por el arte mismo. Sin embargo, no llega a la supresión del plan lírico, del tema concreto; conserva aún lo que Jean Epstein ha llamado en su libro sobre la poesía de hoy el pensamiento frase, carece del pensamiento asociación, instantáneo, vertiginoso, antigramatical. Su ruptura con la lógica acostumbrada está en sus temas y no en sus frases, está precisamente en el desarrollo de que prescinde la poesía posterior; gramaticalmente correctos, sus poemas más obscuros lo son por su significado aparente. Frente al arte nuevo están, además, su aristocratismo y su melancolía. No podría decir, tampoco, como la escuda creacionista, a la que más se asemeja entre los ismos nuevos, que el artista debe crear su obra con la independencia con que la naturaleza crea el árbol.

 

5.

Eguren es infantil, pero no jovial y deportivamente como la poesía actual. Su alma sigue siendo de niño, pero conoce toda la amargura de la vida. Su musa tiene la pureza de la inocencia a la vez que la conciencia de la horrenda miseria humana. Sus poemas podrían figurar en una antología para niños, y ya lo ha comenzado a hacer García Monge en Costa Rica; pero podrían figurar también en la antología del desengaño. Infantil es hasta en muchos de sus temas, que son temas de cuentos de niños; pero a veces interpreta en ellos acaso la inconsciencia y la fugacidad de la infancia. Y junto a la personificación de los juguetes, gusta la de los escenarios vetustos o ruinosos. La noche, sobre todo, interviene en sus visiones. Acaso no siempre le guía la niña de la lámpara azul en la noche, ya que ella cobija las lágrimas de los difuntos del convento en el templo del olvido, la ronda de espadas, la cena del dominó vacío pero animado, las señas que lo llaman en la purpúrea y festiva noche, el monje de la plazoleta. No es, pues, el de la cometa que goza de verse esclava y Va cantando felices supersticiones. leit motiv predilecto. De su verso dice: Tú lo puedes oír porque has pecado. Pero para entenderlo se necesitaría según su frase en “Los Delfines”, sufrir por el pecado de la nativa elegancia.

¿Es Eguren un humorista? Es más bien un miniaturista sutil, en cuyo pincel diminuto la ironía es un color más. No es humorismo lo que hay en la poesía de Eguren, aunque tenga el sentido de lo grotesco en el detalle: lo que hay es gracia. Algo indefinible que no es precisamente lo mismo que la donosura o el garbo. No provoca, ni siquiera, la sonrisa en el rostro: quien sonríe es c1 espíritu. Es una forma del gusto.

 

6.

En el valor atribuido a la metáfora, es fácil notar otra diferencia entre Eguren y los nuevos. El procedimiento de las imágenes juntas que él emplea, no es fácil asidero para la metáfora inconexa, hoy en boga.


También en contraposición del arte nuevo, para el cual la palabra ha perdido su valor de calidad, de distinción, hay en la poesía de Eguren esencialmente un valor musical. De la música de Darío puede decirse que fue música de orquesta, pues hasta en las notas civiles o épicas, supo poner el lirismo de flautas y violines. La música de Chocano es a veces, no siempre, música de banda. La música de Eguren evoca sólo a un instrumento, pero arcaico. Es una armonía a la sordina que, sin embargo, llega a lo recóndito mejor que todo ostentoso estruendo. No parece que estuviera escrita en castellano por la tradicional rudeza de este idioma que Unamuno llamara huesudo; y porque los hombres vulgares lo oímos y lo usamos todos los días. En verdad, aún si estuviera escrita en el idioma más armonioso y suave, siempre daría esa sensación, porque con frecuencia sus palabras parecen notas. (Mendelssohn, Schumann, Chopin, podrían ser los compositores a citar ahora pero no los nuevos: ni Strawinsky, ni Satie, ni Ernest Schelling).

La riqueza melódica no sólo proviene del compás de las sílabas, de inverosímil suavidad y tan armoniosas a pesar de desafine a veces de la métrica común, sino de las palabras mismas. Eguren nada tiene de bardo; no hace cantos sino poemas; y su estética que es verdaderamente estética rechaza todas las palabras plebeyas (en una anécdota burlona aparece calificando a botón como palabra mala). Sutiliza el castellano en mucho mayor grado que Darío; no lo enjoya ni lo adorna, lo refina, lo enferma. A veces no asimos e1 sentido de su balbucear porque somos demasiados burdos o porque es harto evanescente. Desde el ángulo de la vida esta poesía aparece como una poesía larvada, evanescente, enfermiza. Pero a la villana pesquisa de dislates es preferible la constatación de aciertos geniales que fluyen de la limitación misma. Resultaría banal, por ejemplo, buscar las veces en que la tiranía de la rima fue decisiva; decir que el dios cansado no tendría la barba verde o no habría necesidad de mencionarla, así como a su color carminado, sin la imposición de la rima;

 

Plomizo,

carminado,

y con la barba verde,

el ritmo pierde el dios cansado.

 

Fácil seria encontrar los momentos en que parece haberse frustrado el valor poético del poema. Aunque Eguren ha cuidado de publicar tan solo aquello donde a la vez que no se viera la huella de la imitación, se cuajara la expresión adecuada tiene momentos en que puede no gustar. Alguna vez publicó una “Incaica” que desoló a sus amigos. Hay que ser muy benévolo con Eguren cuando parece que no acierta, pero es pobre todo elogio cuando acierta. Mejor es esto que la constante mediocridad pasable.

Surdo es querer explicar, definir, medir la sensibilidad. Un instante de fruición artística es más elocuente que largos párrafos. Y es que leer versos no es operación idéntica a leer el periódico. No creo que siempre quepa equiparar al artista y al político. El artista puede crear libremente: e1 político sólo vale en el grado en que es nacional. Los elementos de los grados más artísticos, del arte son variables, personales; extraños al albedrío del político son los problemas que tiene que encarar. El artista escoge a su auditorio, mejor dicho, el auditorio lo escoge a él, un auditorio que puede ser escaso en su patria y disperso por todo el mundo y tan pequeño en conjunto acaso, como los que pueden conocer las nuevas proyecciones de la geometría no euclidiana; mientras la obra del político interesa, quiéralo él o no, a todos sus connacionales conscientes, quienes deben pedirle cuentas de ella imperativamente. Lo político y lo social, a veces, pueden no intervenir para nada en la novela poemática, en el poema, en el cuadro, en la sinfonía.

Ejemplo de lo inasible, de lo autónomo del artista es Eguren. Estas observaciones cariñosas no lo aprehenden. Hay en su obra un halo indefinible. Nos hace recordar, por eso, a algunos pasajes de la Vita Nueva, a algunos cuadros de Dante Gabriel Rossetti; a la vez que, por su gracia, a algunos trozos de Gaspar de la Nuit de Louis Bertrand. En América tiene algún parecido con la obra de Enrique Banchs, el aristocrático poeta argentino. Quizá Eguren, Banchs y María de Jorge lsaaca tengan un significado análogo dentro de la literatura americana.

Así mismo, algunos poemas recientes de García Lorca coinciden vagamente con su manera.

Y si nuestra aristocracia lo fuera honda, intrínsecamente, hubiera aceptado con fruición a este poeta: lo hubiera hecho e1 favorito de los salones más refinados, de las damas más elegantes.

 

7.

César Vallejo es, cronológicamente, nuestro segundo poeta difícil. Con lo que viene, necesariamente, una comparación entre Vallejo y Eguren. La reacción del público es análoga ante ambos. En el fondo, ambos traen a nuestra literatura, por caminos inhollados, el sentido de lo trágico cotidiano, que por más que se ahonde siempre aparece como inédito. Pero Eguren tiene un significado verbal distinto al de Vallejo. Musical y pictóricamente aristocrático es el verso de Eguren; fuerte, criollo, sin trabas el de Vallejo. Las mujeres que aman los versos y que tienen gusto, amarán, seguramente los de Eguren; en cambio, los de Vallejo no deben gustarles, por broncos y rijosos. Los temas predominantes de Eguren son, además, símbolos indescifrados; Vallejo sólo llega a las imágenes. Lo ininteligible en Eguren suele ser el sentido de sus poemas y en Vallejo las frases mismas sin sindéresis. Vallejo está plantado en medio de la vida; Eguren en un mundo de milagrería que sólo en lo profundo recoge lo vital de la vida (Así también mientras la vida de Eguren es una vida subterránea, en la biografía de Vallejo se cuentan la prisión, la diaria bohemia de la pobreza). La melancolía de Eguren hiere; el dolor de Vallejo desgarra. La una penetra como una niebla; el otro estruja como una zarpa. Eguren no comprende que Vallejo ponga la palabra cobrador para sugerir una emoción estética aunque sea líricamente; Vallejo no comprende que Eguren se solace pintando la liga de la marquesita de “Colonial”… Vallejo viene de la sierra, del pueblo con un sello de autoctonismo: Eguren es un producto aristocrático, tan aristocrático que no tiene contacto con nuestra realidad abigarrada. Vallejo es más humano y Eguren más artista. Los poemas de Vallejo dan la sensación de algo no concluido, de algo a medio hacer, pero con un estupendo fracaso; los poemas de Eguren dan la sensación de algo acabado. Sin embargo, genéricamente, puede decirse que el arte de Eguren ha tramontado mientras que Vallejo está actualmente en Paris, y es aún joven.

Podrá decirse que es un elogio este ensayo. Al mismo tiempo es, sin embargo, una elegía. Somos muchos los que amamos al poeta y, sin embargo, vemos en sus últimas producciones una glosa a las anteriores, un inútil intento de superar la intensidad de otrora. El arte nuevo, nuestra sensibilidad juvenil son más complejos, más amplios. Ello no importa mucho. Cinco o seis de sus poemas bastan para que siempre nos asombremos de que este artista viva al lado nuestro.




JORGE BASADRE GROHMANN (Perú, 1903-1980). Fue el historiador más importante de la República del Perú, además de crítico literario, profesor y político. Formó parte de la llamada Generación del Centenario. Colaboró ​​activamente con el grupo de José Carlos Mariátegui, utilizando su plataforma para publicar crítica literaria y ensayos históricos de gran impacto social. Creó el concepto del Perú como un problema y una posibilidad. Sostuvo que la promesa de la vida republicana aún debía cumplirse para todos los ciudadanos. Director de la Biblioteca Nacional, reconstruyó y modernizó la institución tras el trágico incendio de 1943. Ocupó el cargo de ministro de Educación Pública en dos ocasiones (1945 y 1956-1958). Su principal publicación es la monumental Historia de la República del Perú. La obra comenzó con unos pocos volúmenes y se amplió en ediciones sucesivas, abarcando en detalle la vida política, social y económica del país desde la Independencia en 1821 hasta mediados del siglo XX. El texto sobre Eguren se publicó en el número 21 de la revista Amauta, en febrero de 1929.




BOLESŁAW BIEGAS (França, 1877-1954). Escultor, pintor, escritor e dramaturgo. Órfão muito cedo, foi criado por camponeses. Entre 1896 e 1901 estudou escultura na Academia de Belas Artes de Cracóvia com Konstanty Laszczka. Foi expulso da Academia em 1900 por causa de sua escultura O Livro da Vida, considerada imoral e decadente pela direção acadêmica. Com apoio da revista simbolista francesa La Plume, muda-se definitivamente para Paris em 1901. Frequenta brevemente a École des Beaux-Arts, mas logo segue carreira independente. Começa no Simbolismo, passa pelo Art Nouveau, depois se aproxima do Cubismo e Futurismo após o Salon de la Section d’Or de 1912. Cria seu estilo próprio que ele chamava de Esferismo – figuras compostas inteiramente de círculos e esferas. Ficou famoso pelos retratos simbolistas, pelas figuras de vampiras e femmes fatales, e pelas esculturas de formas geométricas simplificadas. Fez parte da École de Paris. Dentre suas exposições, destacam-se: Salon d’Automne, Société Nationale des Beaux-Arts (1912-1927), além de exposições regulares em Varsóvia e Cracóvia com o grupo Sztuka. Em 1950 fundou em Paris o Musée Boleslas Biegas, onde reuniu suas obras e coleção pessoal. O museu ainda existe. Bolesław Biegas é o artista convidado desta edição de Agulha Revista de Cultura.

  



Agulha Revista de Cultura

CODINOME ABRAXAS # 13 – AMAUTA (PERÚ)

Artista convidado: Bolesław Biegas (França, 1877-1954)

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