1. Presentación de Amauta
Esta revista, en el campo intelectual, no representa un grupo.
Representa, más bien, un movimiento, un espírita. En el Perú se siente desde hace
algún tiempo una corriente, cada día más vigorosa y definida, de renovación. A los
fautores de esta renovación se les llama vanguardistas, socialistas, revolucionarios
etc. La historia no los ha bautizado definitivamente todavía. Existen entre ellos
algunas discrepancias formales, algunas diferencias psicológicas. Pero por encima
de lo que los diferencia, todos estos espíritus ponen lo que los aproxima y mancomuna:
su voluntad de crear un Perú nuevo dentro del mundo nuevo. La inteligencia, la coordinación
de los más volitivos de estos elementos, progresan gradualmente. El movimiento —intelectual
y espiritual— adquiere poco a poco organicidad. Con la aparición de AMAUTA
entra en una fase de definición.
AMAUTA ha tenido
un proceso normal de gestación. No nace de súbito por determinación exclusivamente
mía. Yo vine de Europa con el propósito de fundar una revista. Dolorosas vicisitudes
persona1es no me permitieron cumplirlo. Pero este tiempo no ha trascurrido en balde.
Mi esfuerzo se ha articulado con el de otros intelectuales y artistas que piensan
y sienten parecidamente a mí. Hace dos años, esta revista habría sido una voz un
tanto personal. Ahora es la voz de un movimiento y de una generación.
El primer resultado
que los escritores de AMAUTA nos proponemos obtener es el de acordamos y
conocernos mejor nosotros mismos. El trabajo de la revista nos solidarizará más.
Al mismo tiempo que atraerá a otros buenos elementos, alejará a algunos fluctuantes
y desganados que por ahora coquetean con el vanguardismo, pero que apenas éste les
demande un sacrificio, se apresurarán a dejarlo. AMAUTA cribará a los hombres
de la vanguardia —militantes y simpatizantes— hasta separar la paja del grano. Producirá
o precipitará un fenómeno de polarización y concentración.
No hace falta declarar
expresamente que AMAUTA no es una tribuna libre abierta a todos los vientos
del espíritu. Los que fundamos esta revista no concebimos una cultura y un arte
agnósticos. Nos sentimos una fuerza beligerante, polémica. No le hacemos ninguna
concesión al criterio generalmente falaz de la tolerancia de las ideas. Para nosotros
hay ideas buenas e ideas malas. En el prólogo de mi Libro, La Escena Contemporánea,
escribí que soy un hombre con una filiación y una fé. Lo mismo puedo decir de esta
revista, que rechaza rodo lo que es contrario a su ideología, así como todo lo que
no traduce ideología alguna.
Para presentar AMAUTA,
están demás las palabras solemnes. Quiero proscribir de esta revista la retórica.
Me parece absolutamente inútiles los programas. El Perú es un país de rótulos y
de etiquetas. Hagamos al fin alguna cosa con contenido, vale decir con espíritu.
AMAUTA, por otra parte, no tiene necesidad de un programa; tiene necesidad
tan solo de un destino, de un objeto.
El título preocupará
probablemente a algunos. Esto se deberá a la importancia excesiva, fundamental,
que tiene entre nosotros el rótulo. No se mire en este caso a la acepción estricta
de la palabra. El título no traduce sino nuestra adhesión a La Raza, no refleja
sino nuestro homenaje al Incaísmo. Pero específicamente la palabra Amauta adquiere
con esta revista una nueva acepción. La vamos a crear otra vez.
El objeto de esta
revista es el de plantear, esclarecer y conocer los problemas peruanos desde puntos
de vista doctrinarios y científicos. Pero consideraremos siempre al Perú dentro
del panorama del mundo. Estudiaremos todos los grandes movimientos de renovación
—políticos, filosóficos, artísticos, literarios, cien-tíficos. Todo lo humano es
nuestro. Esta revista vinculará a los hombres nuevos del Perú, primero con los de
los otros pueblos de América, en seguida con los de los otros pueblos del mundo.
Nada más agregaré.
Habrá que ser muy poco perspicaz para no darse cuenta de que al Perú le nace en
este momento una revista histórica.
2. Arte, revolución y decadencia
Conviene apresurar la liquidación de un equívoco que desorienta
a algunos artistas jóvenes. Hace falta establecer, rectificando ciertas definiciones
presurosas, que no todo el arte nuevo es revolucionario, ni es tampoco verdaderamente
nuevo. En el mundo contemporáneo coexisten dos almas, las de la revolución y la
decadencia. Solo la presencia de la primera confiere a un poema o un cuadro valor
de arte nuevo.
La distinción entre
las dos categorías coetáneas de artistas no es fácil. La decadencia y la revolución,
así como coexisten en el mismo mundo, coexisten también en los mismos individuos.
La consciencia del artista es el circo agonal de una lucha entre los dos espíritus.
La comprensión de esta lucha, a veces, casi siempre, escapa al propio artista. Pero
finalmente uno de los dos espíritus prevalece. El otro queda estrangulado en la
arena.
La decadencia de
la civilización capitalista se refleja en la atomización, en la disolución de su
arte. El arte, en esta crisis, ha perdido ante todo su unidad esencial. Cada uno
de sus principias, cada uno de sus elementos ha reivindicado su autonomía. Secesión
es su término más característico. Las escuelas se multiplican hasta lo infinito
porque no operan sino fuerzas centrifugas.
Pero esta anarquía,
en la cual muere, irreparablemente escindido el disgregado el espíritu del arte
burgués, preludia y prepara un orden nuevo. Es la transición del tramonta al alba.
En esta crisis se elaboran dispersamente los elementos del arte del porvenir. El
cubismo, el dadaísmo, el expresionismo etc. al mismo tiempo que acusan una crisis,
anuncian una reconstrucción. Aisladamente cada movimiento no trae una fórmula; pero
todos concurren —aportando un elemento, un valor, un principio— a su elaboración.
El sentido revolucionario
de las escuelas o tendencias contemporáneas no está en la creación de una técnica
nueva. No está tampoco en la destrucción de la técnica vieja. Está en el repudio,
en el desahucio, en la befa del absoluto burgués. El arte se nutre siempre, conscientemente
o no —esto es lo de menos— del absoluto de su época. El artista contemporáneo, en
la mayoría de los casos, lleva vacía el alma. La literatura de la decadencia es
una literatura sin absoluto. Pero así, solo se puede hacer unos de cuantos pasos.
El hombre no puede marchar sin una fé porque no tener una fé es no tener una meta.
Marchar sin una fe es patiner sur place. El artista que más exasperadamente
escéptico y nihilista se confiesa es generalmente el que tiene más desesperada necesidad
de un Mito.
Los futuristas rusos
se han adherido al comunismo; los futuristas italianos se han adherido al fascismo.
¿Se quiere mejor demostración histórica de que los artistas no pueden sustraerse
a la gravitación política? Máximo Bontempelli dice que en 1920 se sintió casi comunista
y en 1923, el año de la marcha a Roma, se sintió casi fascista. Ahora parece fascista
del todo. Muchos se han burlado de Bontempelli por esta confesión. Yo lo defiendo:
lo encuentro sincero. El alma vacía del pobre Bontempelli tenía que adaptar y aceptar
el Mito que colocara en su ara Mussolini. (Los vanguardistas italianos están convencidos
de que el fascismo es la Revolución.)
César Vallejo escribe
que mientras Haya de la Torre piensa que La Divina Comedia y el Quijote
tienen un substrato político, Vicente Huidobro pretende que el arte es independiente
de la política. Esta aserción es tan antigua y caduca en sus razones y motivos que
yo no la concebirla en un poeta ultraísta, si creyese a los poetas ultraístas en
grado de discurrir sobre política, economía y religión. En esta, como en otras cosas,
estoy naturalmente con Haya de la Torre. Si política es para Huidobro, exclusivamente,
la del Palais Bourbon, claro está que podemos reconocerle su arte toda la autonomía
que quiera. Pero el caso es que la política, para Haya y para mí, que la sentimos
elevada a la categoría de una religión, como dice Unamuno, es la trama misma de
la Historia. En las épocas clásicas, o de plenitud de un orden, la política puede
ser solo administración y parlamento; en las épocas románticas o de crisis de un
orden, la política ocupa el primer plano de la vida.
Así lo proclaman,
con su conducta, Louis Aragon, André Breton y sus compañeros de la revolución suprarrealista
—los mejores espíritus de la vanguardia francesa—, marchando hacia el comunismo.
Drieu la Rochelle, que cuando escribió Mesure de la France y Plainte contra
inconnu, estaba tan cerca de ese estado de ánimo, no ha podido seguirlos; pero
como tampoco ha podido escapar a la política, se ha declarado vagamente fascista
y claramente reaccionario.
Ortega y Gasset
es responsable, en el mundo hispano, de una parte de este equívoco sobre el arte
nuevo. Su mirada, así como no distinguió escuelas ni tendencias, no distinguió al
menos, en el arte moderno, los elementos de revolución de los elementos de decadencia.
El autor de La Deshumanización del Arte no nos dio una definición del arte
nuevo. Pero tomó como rasgos de una revolución los que corresponden típicamente
a una decadencia. Esta lo condujo a pretender, entre otras cosas, que la nueva inspiración
es siempre, indefectiblemente, cómica. Su cuadro sintomatológico, en general, es
justo; pero su diagnóstico es incompleto y equivocado.
No basta el procedimiento.
No basta la técnica. Paul Morand, a pesar de sus imágenes y de su modernidad, es
un producto de decadencia. Se respira en su literatura una atmósfera de disolución.
Jean Cocteau, después de haber coqueteado un tiempo con el dadaísmo, nos sale ahora
con su Rappell a l’ordre.
Conviene esclarecer
la cuestión, hasta desvanecer el último equívoco. La empresa, es difícil, Cuesta
trabajo entenderse sobre muchos puntos. Es frecuente la presencia de reflejos de
la decadencia en el arte de vanguardia, hasta cuando, superando el subjetivismo
que a veces lo enferma, se propone metas realmente revolucionarias. Hidalgo, ubicando
a Lenin, en un poema de varias dimensiones, dice que los senos salomé y la peluca
a la garconne son los primeros pasos hacia la socialización de la mujer.
Y de esto no hay que sorprenderse. Existen poetas que creen que el jazz-band es
un heraldo de la revolución.
3. Populismo literario y estabilización capitalista
No es raro que en un período de estabilización y de poincarismo
—el ministerio de Tardieu, como lo remarca.na sus más exactos críticos, no reniega
absolutamente el espíritu poincarista, sino lo continúa insertando en él su técnica
policial —, aparezca en la literatura francesa una corriente o una moda como el
populismo igualmente distante del estetismo ultra decadente y de la desesperanza
nihilista y anárquica. El populismo cuenta para asegurarse una buena cotización
en la bolsa literaria con la cooperación de ostensibles factores psicológicos y
políticos. La descripción naturalista del tendero, del conserje, del pequeño empleado,
del artesano, del obrero mismo, observado en apresuradas visitas a los suburbios
o en las horas más torrentosas del metro, recobra su rol en la literatura de la
Tercera República.
Un movimiento que
reconoce su mentor en Mr. André Therive, sucesor de M. Paul Souda y en la crítica
literaria de Le Temps, no podría ciertamente asignarse ninguna función renovadora
social ni políticamente. El populismo proclama su agnosticismo, su neutralidad política.
Pretende coincidir con la literatura revolucionaria de Rusia y Alemania en el realismo
y la objetividad. Juega a la alza de estos valores, en un instante en que se presiente
la baja de los que deciden la moda de las novelas de Giraudoux o Morand.
¿Por qué, entonces,
Agustín Habaru, en Monde declara más importante el acta bautismal del populismo
que el manifiesto en que André Breton hace en el último número de La Revolución
Surrealiste el balance de experiencia suprarrealista? Habaru admite que el populismo
es un pobre feto cuyo frasco ocupará en los anaqueles de la historia literaria menos
sitio que la bola de vidrio suprarrealista. Dada y el suprarrealismo, prolongado
en un período de derrumbamiento y de caos la literatura de análisis psicológico,
han sido manifestaciones fuertemente representativas de una época. La perezosa fórmula:
pintar el pueblo no ofrece hoy día nada de parecido. Definiendo el espíritu del
populismo, Habaru agrega: André Therive, que ha hecho un loable esfuerzo por aproximarse
al alma de los pequeños empleados, busca la vida del pueblo en la plataforma de
los autobuses. Hace el efecto de un turista de la Agencia Cook en busca de las curiosidades
de Belleville. Las altas esferas y los bajos fondos de la sociedad son asuntos devastados
por el tráfico de veinte años de literatura. Se busca otra cosa en las regiones
pobladas de pequeñas gentes. Otra cosa, es decir otros temas de literatura.
Frente a una tentativa,
o mejor frente a una especulación, de este género, la crítica revolucionaria no
puede asumir sino una actitud de inexorable repudio. Excesivo y ultraísta, el suprarrealisrno
es una fuerza revolucionaria que exige y merece una avaluación bien distinta. Aceptando
la validez del marxismo en el plano social y político, ha hecho el más honrado esfuerzo
por imponerse, contra su impulso centrífugo, y anárquico, una disciplina en la lucha
con el orden capitalista. El populismo, en tanto, no es sino la más especiosa maniobra
por reconciliar las letras burguesas con una cuantiosa clientela de pequeñas gentes,
con un ingente público que les habría enajenado el empleo exclusivo de los poncifs
de tras guerra, el apogeo indefinido de las modas post-proustianas y post-gidianas.
La demagogia es
el peor enemigo de la Revolución, lo mismo en la política que en la literatura.
El populismo es esencialmente demagógico. La novela y la crítica burguesas sienten
en Francia que a las grandes masas de lectores del demos indiferenciado mitad conservador
mitad frondeur, no les quedarían en breve plazo más obras prestigiosas que las de
Zola, si la literatura se obstinara en seguir las huellas de los maestros del psicoanálisis
moroso y de la prosa preciosista, de aquí nace la decisión de fomentar la producción
en gran escala de novelas que, reclamándose precisamente de Zola, abastezcan al
pueblo de una literatura que se adapte a sus gustos e indague con simpatía sus sentimientos.
Sería sumamente peligroso, para los intereses electorales y literarios de la burguesía
francesa, que concluyesen por acaparar a este público, desalojando al mismo Zola,
las novelas de la revolución rusa. Se traza el plan de una literatura populista
exactamente como se trazaría un plan manufacturero, al abrigo de tarifas proteccionistas
y atendiendo a la demanda y a las necesidades del mercado interno, El populismo
se presenta, de este lado, en estricta correspondencia con la política de estabilización
del franco, No es sino un aspecto de la reorganización de la economía francesa,
dentro de los prudentes principios poincaristas. Para la burguesía, subconscientemente
o conscientemente, la novela no es sino una rama de la industria, un sector de la
producción. Por cierto relajamiento de la organización industrial, se estaba produciendo
casi únicamente una novela de lujo. La novela popular era abandonada a los autores
revolucionarios o fabricada con viejos moldes, con gastadas matrices. Hay que prevenir
la pérdida de una parte del mercado lanzando una nueva manufactura, que tenga en
cuenta la evolución del gusto y las necesidades de los consumidores.
Nos interesa la
sinceridad, la desnudez de la literatura burguesa. Más aún, nos interesa su cinismo.
Que nos haga conocer toda la perplejidad, todos los desfallecimientos, todos los
deliquios del espíritu burgués. Social o históricamente, nos importará siempre más
una página de Proust y de Gide, que todos los volúmenes de los varios Therive del
populismo y del Temps. Artística, estéticamente, la única posibilidad de
perduración de esta literatura está en la más rigurosa —y escandalosa— sinceridad.
Sobre la mesa de trabajo del crítico revolucionario, independientemente de toda
consideración jerárquica, un libro de Joyce será en todo instante un documento más
valioso que el de cualquier neo-Zola.
Zola, el viejo,
el grande, fue como ya he escrito la sublimación de la pequeña burguesía. Pequeño-burguesa,
pero con las más despreciables estimas de degeneración y utilitarismo, es toda especulación
populista en la literatura y en la política contemporáneas.
Ernst Glaesser,
que a todos los que consideramos y entendemos la época desde el mismo ángulo social,
nos merece sin duda más atención que M. André Therive, nos habla del hombre sin
clase y lo define así: El hombre que, a causa de la guerra, ha perdido su fe en
las ideas de su educación, el hombre que no cree ya en ninguna fórmula; el hombre
que en vano ha combatido un día por ideales; el hombre que, por esto, no se entrega
más a un programa, a una teoría del universo; que se mantiene conscientemente alejado
de toda interpretación de la vida. Los partidos llaman a estos hombres la gran masa
de los abstencionistas: nosotros los llamamos la gran masa de los desesperados.
Es este el tipo de hombre que importa hoy, pues se cuenta. por millones. Es el gran
enigma en el pueblo; constituye una gran capa anárquica a la que nada protege ni
doctrina universal ni programa; es instable, es la materia prima de nuestro tiempo.
Cuando intenta precisar la clasificación social de esta capa, Glaesser no sabe decirnos,
sino que se encuentra entre el proletariado y la pequeña burguesía. Aún aceptando
la existencia de una cantidad innumerable de declasés, el estrato en que piensa
Glaesser no es otro que la pequeña burguesía misma. Glaesser quiere que el arte
traduzca el hombre sin clase, pero no según el método naturalista de descripción
de una variedad, de un género social, sino como introspección en lo más patético
e individual de su drama de hombre sin esperanza, de alma centrífuga y sin meta.
Y los libros en que piensa Glaesser a propósito de esta tarea actual del arte no
son, por cierto, las mediocres especulaciones neo-naturalistas, sino el Ulysses
de Joyce y el Berlin Alexanderplatz de Doeblin. Aquí, la intención es otra. Glaesser
exagera el valor cualitativo y cuantitativo del hombre sin clase. Su esperanza —mesiánica,
utopista— se alimenta de desesperanzas. Pero Glaesser, en esta empresa, toma posición
neta y categórica contra el orden social reinante. Y asigna al arte la función no
de mantener en la pequeña burguesía la afición a la pintura naturalista de sus costumbres,
sino de excitarla desesperada al combate con el espectáculo tremendo de su soledad
y de su vacío.
JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI (1894–1930). Conocido como “El Amauta” (maestro o sabio en quechua), fue uno de los pensadores políticos, periodistas y ensayistas más influyentes de América Latina en el siglo XX. Su obra destacó por aplicar el marxismo de forma abierta y adaptada a la realidad indígena y social del continente. Debido a una temprana lesión en la rodilla, su salud fue frágil toda la vida, lo que lo llevó a formarse de manera fundamentalmente autodidacta. A los 14 años ingresó a trabajar en el diario La Prensa como alcanzapliegos, ascendiendo rápidamente a cronista y periodista bajo el seudónimo de Juan Croniqueur. Viajó a Europa tras ser prácticamente exiliado por el gobierno de Augusto B. Leguía. Vivió principalmente en Italia, donde presenció el auge del fascismo y se empapó de las corrientes marxistas europeas. Regresó al Perú transformado en un socialista convicto y confeso, con el firme propósito de estudiar la realidad nacional. Ha fundado la Editorial Minerva (1925), proyecto que inició junto a su hermano para difundir la cultura y el pensamiento crítico en el Perú. Ha creado la revista Amauta (1926), legendaria tribuna cultural y política que unió a la vanguardia artística, intelectuales, obreros e indigenistas de la época. Autor de 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, el libro de análisis socioeconómico más leído e importante de la historia de su país. Fundó el Partido Socialista Peruano (1928) y la revista Labor. Además, impulsó activamente la creación de la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP). Con “Presentación de Amauta”, José Carlos Mariátegui inaugura la aventura editorial de su fundamental publicación, Amauta # 1, setembro de 1926. El artículo “Arte, revolución y decadencia” fue publicado en el número 3 de Amauta, noviembre de 1926. El artículo “Populismo literario y estabilización capitalista” en el número 28, enero de 1930.
BOLESŁAW BIEGAS (França, 1877-1954). Escultor, pintor, escritor e dramaturgo. Órfão muito cedo, foi criado por camponeses. Entre 1896 e 1901 estudou escultura na Academia de Belas Artes de Cracóvia com Konstanty Laszczka. Foi expulso da Academia em 1900 por causa de sua escultura O Livro da Vida, considerada imoral e decadente pela direção acadêmica. Com apoio da revista simbolista francesa La Plume, muda-se definitivamente para Paris em 1901. Frequenta brevemente a École des Beaux-Arts, mas logo segue carreira independente. Começa no Simbolismo, passa pelo Art Nouveau, depois se aproxima do Cubismo e Futurismo após o Salon de la Section d’Or de 1912. Cria seu estilo próprio que ele chamava de Esferismo – figuras compostas inteiramente de círculos e esferas. Ficou famoso pelos retratos simbolistas, pelas figuras de vampiras e femmes fatales, e pelas esculturas de formas geométricas simplificadas. Fez parte da École de Paris. Dentre suas exposições, destacam-se: Salon d’Automne, Société Nationale des Beaux-Arts (1912-1927), além de exposições regulares em Varsóvia e Cracóvia com o grupo Sztuka. Em 1950 fundou em Paris o Musée Boleslas Biegas, onde reuniu suas obras e coleção pessoal. O museu ainda existe. Bolesław Biegas é o artista convidado desta edição de Agulha Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
CODINOME ABRAXAS # 13 – AMAUTA (PERÚ)
Artista convidado: Bolesław Biegas (França, 1877-1954)
Editores:
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