El caso de este
caos, que después de todo, quizá sólo sea una circunstancia inevitable del gran
proceso de preparación de una cultura original, del fondo de todos estos datos,
de estos hechos, de estos juicios y acontecimientos, procurar extraer algunos hilos
de urdimbre para formar un vago tejido. Procuraremos seguir las ondulaciones misteriosas
de esa cristalización de los rasgos de una raza, de esa lenta cristalización química.
Tratar pues de hilvanar los hechos dentro de algunas series de conceptos que acaso
nos sirvan para descubrir nada y deshecho lo tendencioso y lo que se ha querido
que sea, del confuso tumulto de los sucesos. Acaso también, pues nadie conoce el
límite de los poderes meramente, acaso también contribuyentes a esta empresa: los
hechos ya vividos, repetidos y renovados, a crear esa dirección que falta a los
hechos, esa corriente que arrastra las cosas, modela los ánimos y obliga a todos
a colaborar en la tarea del ideal. De esta suerte el futuro inmediato podrá tomar
de nosotros, de nuestra voluntad y de nuestro pensamiento, su sentido y su ley,
la fuerza que ordena las cosas para organizarse y ascender con esplendor.
Desgraciadamente,
toda la cultura aparece siempre como intento que no se logra del todo. Cada proceso
de cultura amenazado por ese sujeto de vacilación de los sucesos que rompen el camino
del ideal. El empeño colectivo se rompe entonces, la energía se dispersa y la existencia,
desamparada del espíritu, vuelve a su apatía inferior, se torna inerte, a la vez
también contagiada del ritmo inferior, susceptible también a la ley de las cosas,
que son más parientes de nosotros de lo que a primera vista se cree, se siente como
desgobierno de todos, un gobierno sin leyes, fatalidad. Es el influjo de la misma
fatalidad que desintegra la energía física y a la misma roca la convierte gradualmente
en polvo, a causa de los lentos y constantes desequilibrios de temperatura y movimiento,
de que no escapa la roca. Gran Bola de lo homogéneo, devorando constantemente los
atisbos y los intentos de creación de lo particular. Nosotros y el mundo físico,
en realidad, un solo todo, una sola energía que se manifiesta en lo que llamamos
moral, en lo que llamamos físico, en lo que llamamos feo dentro de la esfera de
lo estético. En todas partes una misma debilidad, una misma impotencia, para lograr
las formas superiores del destino. Procedimientos imperfectos de la potencia sospechosamente
apegados a los procedimientos torpes en manos de seres que retornan al abismo en
el instante exacto en que les falta el soplo divino; el trémulo misterioso de la
alegría.
Tal ha sido en realidad
el ideal iberoamericano, desde los comienzos de nuestra independencia, más aún desde
que los conquistadores y los misioneros entraron en tierras que no sospechaban conquistar.
Aventuras de leyenda convertidas en realidad viviente por el genio de los capitanes
y los predicadores más asombrosos que ha conocido la historia, no sé a dónde pudieron
llegar si no les hubiera plegado el otro designio que la Corona de España enviaba
a nuestras tierras.
Desgraciadamente
los españoles que llegaron a la América llenos de genio y de audacia, ya no eran
libres; las ideas de la independencia liberal de Colón y la evidencia que la América
del florentino, sino que dejaban la patria en el instante mismo que en las libertades
políticas comenzaban a decaer por la supresión gradual de los fueros en Castilla,
en Aragón, en todas las libres provincias cuyos sacrificios para la reconquista,
para la formación de la nacionalidad, robándoles sus privilegios de autonomía y
de ciudadanía.
Desde Isabel con
su leyenda falsa de las joyas —leyenda falsa porque no está probado que ofreciera
a los judíos— hasta Fernando Séptimo, el degenerado sobre el cual se ha querido
echar toda la culpa del fracaso, como si los otros de su abolengo no hubieran sido
y no fueran lo mismo, todos los monarcas de España y aún los monarcas ingleses de
nuestra América hicieron de la América una tierra de elección y de justicia para
beneficio de todos los hombres. Ambas monarquías implantaron monopolios que violaban
el compromiso de explotación y del abuso. Aún más, cerraban el continente a la explotación
libre del humano esfuerzo y lo convertían en feudo de intereses ruines o en galardón
de torpezas y cortesanos. Cierto que, por excepción, tuvimos algunos gobernantes
ilustrados, pero más cierto es que el sistema de irresponsabilidad inherente a los
gobiernos monárquicos, es, por su identidad misma fatal; fatal para nosotros y fatal
para nosotros mismos. La América del Norte rompió con la Corona inglesa cincuenta
años antes que nosotros y hoy nos llevan ventaja en poder y fortuna, pero pocos
de nuestros males todavía arrancan de aquellos siglos de obediencia ciega. Todavía
los arrebatos esporádicos contemporáneos de localismo y de naciocentrismo en el
Paraguay, como el cavo que se niega a adherir al jefe, al cacique, al general que
se levanta sobre la ley del Estado. Tan despreciable y pecaminosa sumisión del hombre
al hombre no ha podido dar sino frutos de desventura. Casi todas nuestras victorias
se ven anuladas por nuestra falta de sentido y de dirección, por los polizones del
personalismo, molestias nacionales y extranjeros cada vez que se cruza la línea
divisoria de nuestras nacionalidades. Proclamamos la igualdad de todas las gentes,
pero muy pocos son los que pueden aprovechar la igualdad; la miseria, la pobreza
general, la ignorancia, las condiciones geográficas y sociales han demorado nuestro
progreso. Y los sistemas despóticos de gobierno inaugurados allá por los Reyes,
continuados por los caudillos militares ignorantes y rudos, especies de condotieros
feroces que llamamos caudillos y que han sido el azote de todos los nuevos Estados.
Sucedió que los hombres heroicos, los que pudieron hacer algo grande, se agotaron
casi totalmente en la lucha. Bolívar, nuestro más grande caudillo, perdió pronto
el poder y fue reemplazado por jefes menores de milicia de montonera. Sucre, el
más puro de todos nuestros idealistas, fue asesinado y uno de nuestros supuestos
libertadores, Santander, de ideas exóticas, fundando así la larga y todavía no extinta
dinastía de los presidentes asesinos. En México, casi todos los verdaderos patriotas
perecieron por haber antepuesto los hechos a un lado y a la hora del triunfo, un
aluvión de hechos que se apodera de la miseria y proclama en el poder a los que
fueron en el frente de ejércitos reales, durante años había combatido a los rebeldes.
San Martín, el glorioso jefe argentino, tuvo que dejar su país retirándose en desgracia
y el poder, recayó también allá, en manos de generalillos y de asesinos. Tal es
el abolengo de nuestro caudillaje, el abolengo del condotierismo latinoamericano;
tal fue la herencia política de la monarquía, el sistema de gobierno por la espada.
En cada una de nuestras grandes revoluciones libertadoras el caudillismo aparece
al principio y no arriesgan ni entienden siquiera el movimiento, se aferran a él
ya que está triunfando o en la segunda etapa; juntan entonces soldados y sin más
programas que hacerse del poder. La tiranía, de esta suerte, cambia sus verdugos,
pero no sus sistemas.
Y no solamente nuestro
caudillaje ha logrado perpetuar, entre nosotros la ignorancia y la tiranía, sino
que, en lo que atañe a la política internacional, esa misma ignominia de enemigo
nato del acercamiento hispanoamericano y el sostén de ese nacionalismo celoso que
es tan contrario a nuestra buena tradición y al espíritu de nuestra cultura. Contradictorio
de lo que representa nuestra cultura nacional bajo el centro de España; un territorio
continuo, una lengua, la misma religión y la misma idiosincrasia. Contradictorio,
asimismo, de los intereses más altos de nuestra raza, interesados en crear, al abrigo
de una doctrina independiente, los Sucre, los Bolívar, los Hidalgo, que propusieron
crear naciones abiertas a toda la especie humana. Y una y otra vez la ambición y
el cretinismo han venido a impedir que estos propósitos salvadores se consumaran.
Todavía ayer, vimos fracasar por décima ocasión, una de las coaliciones más urgentes.
A la caída de una especie de aborto demoníaco, que se llamaba Estrada Cabrera, la
Revolución de Guatemala, se puso de acuerdo con los presidentes civiles del resto
de Centro América y un día glorioso, el cable informó al mundo que los cinco presidentes
de la América Central habían renunciado al poder y anunciado la convocatoria de
una Asamblea constituyente de la nación Centro Americana. Pero enseguida un golpe
militar, un golpe de Estado, una resurrección del caudillaje por un zafio general
que tenía el encargo de unión se vino abajo con gran beneplácito de los intereses
norteamericanos que intervienen en la política de la América Central. Aquí como
siempre, se nos aparece el caudillo como el que, en su jerga de politicastro, llama
todos los días traidores a los que no le siguen en todas sus infamias.
Pero no sólo ha
sido el caudillo un malhechor del Estado, del latifundio. Aunque a veces se proclamen
enemigos de la propiedad, casi no hay caudillo que no remate en latifundista. El
latifundio es fatalmente consagrado al delito de apropiación exclusiva de la tierra;
llámese soldado caudillo, Rey o Emperador, despotismo y latifundio son términos
correlativos. Y es natural, los derechos económicos, lo mismo que los políticos,
sólo pueden desenvolverse dentro de un régimen de libertad. El absolutismo conduce
fatalmente a la miseria de los muchos y al boato y al abuso de los pocos. Sólo la
democracia, a pesar de todos sus defectos, ha podido acercarnos las mejores realizaciones
de la justicia social, por lo menos a la democracia, antes de que degenere en los
imperialismos de las repúblicas que caen bajo el régimen de la plutocracia y decadencia.
De todas maneras, entre nosotros, el caudillo y el gobierno de los militares han
cooperado al desarrollo del latifundio. Un examen siquiera superficial de los títulos
de propiedad de México permite la comprobación de que casi todos deben su haber,
en un principio a merced de que la Corona española, después a concesiones y favores
ilegítimos acordados a los generales influyentes de nuestras falsas repúblicas.
Las mercedes reales se otorgaron por la Corona española, sin tener en cuenta los
derechos de poblaciones enteras de indígenas y de mestizos que carecieron de fuerza
para hacer valer su dominio. De este sistema de simple ocupación brutal, del gamonal
del Perú. Algunos de los jefes de nuestra guerra de Independencia, hombres como
Morelos en México o más tarde, como Alberdi en la Argentina, vieron claramente que
el problema no estaría resuelto mientras estos monstruosos monopolios; cada una
de nuestras revoluciones los combate; pero a medida que la revolución degenera en
caudillismo, es el caudillo mismo el que aparece como terrateniente, como dueño
de vidas y haciendas, en una reedición del mito feudal, al amparo del hacendado
de México, del estanciero de la Argentina, del gamonal del Perú. Algunos propietarios
que a su vez se convierten en el soporte más fuerte de la tiranía. De modo que mientras
no demos serio adelanto, mientras permitamos que perduren los dos azotes sociales:
el terrateniente y el caudillo militar. Y no sólo lo conquistaremos progresos sino
que no aseguraremos la estabilidad política de nuestras repúblicas. La Revolución
mexicana de los últimos quince años no ha sido más que un esfuerzo para romper el
monopolio de la tierra y el monopolio de la política, la explotación del trabajador
y la tiranía, el resurgimiento de las clases medias. Los más nobles y conscientes
tendrán que producirse en los demás países de nuestra América si los gobiernos no
se adelantan a la desesperación popular, poniendo de una mano salvadora sobre la
más urgente de nuestras necesidades, que es la división de la tierra. Porque si
no comprende la tesis asentada. Cada uno de nuestros derechos asegurados, cada una
de nuestras conquistas sociales, por breve que sea, es un proceso invariablemente
de aquellos periodos cortos en que se logra poner en fuga al militarismo y en que
se ha salido de manos de los jefes militares, para ser ejercido dentro de formas
civilizadas y democráticas. El desarrollo de la educación pública que casi siempre
coincide con ese breve paréntesis en que se ve libre de la influencia del caudillo.
Desde que el argentino Sarmiento implantó su gran reforma educacional, la Argentina
no ha vuelto a producir Napoleones, ni encarnaciones de la reacción y la barbarie,
como todavía ocurre en el resto de nuestras patrias. El poder creciente de la doctrina
socialista en países como México, la Argentina y el Uruguay, acabará por imponer
gentes mejores en el poder y entonces podremos convencer al emigrante de que realmente
aquellas tierras están destinadas a producir un tipo de civilización generosa y
universal. Por ahora todavía no podemos, en un sentido estricto, afirmar que la
injusticia económica y el despotismo, estorban el desarrollo de nuestra cultura
y nos impiden lograr la fraternidad y la comunión de todas las gentes. ¿Cuál es
entonces la liga más fuerte que a todos nos une, cuál es el rasgo predominante de
este agregado extensísimo de naciones y pueblos? Hay uno importante y que desde
luego interesa al extranjero conocer: me refiero al idioma. En efecto, la fuerza
de las circunstancias, la ley, el hábito, todo contribuye a imponer con mandato
irrecusable el uso del idioma español en veinte de nuestros pueblos y el portugués
en el Brasil. El portugués y el español; dos lenguas romano-ibéricas, fácilmente
intercambiables y que sustituyen entre nosotros esa Babel de las distintas lenguas
de Europa. En realidad, el conocimiento de una de estas dos lenguas es todo lo que
se requiere para obtener ciudadanía espiritual en nuestras tierras. Un patriotismo
lingüístico, tal será la fórmula postrera de nuestro nacionalismo iberoamericano.
Una manera espiritual de patriotismo que está al alcance de todo el mundo y que
significa para todo el que la logra, un poco más que la aquiescencia a una tradición
local o que la obediencia a un imperativo de la costumbre o de la ley. Significa,
más bien, la posesión de un vehículo mental, probado por los siglos, ilustrado por
una gran literatura, simple y lógico en sus formas, claro en sus acentos y de léxico
rico, tanto como el de cualquiera de las lenguas cultas. Acaso, después del inglés,
el único idioma mundial, ya que lo hablan millones de hombres en las cuatro partes
del mundo. Millones de hombres que fatalmente tendrán que juntarse, por lo menos
en una especie de anfictionía de la cultura, como ya lo anuncian ciertas corrientes
que empiezan a enlazar nuestras patrias inquietas con nuestros hermanos de habla
y en parte, también de sangre, de las islas Filipinas y con esos otros lejanos parientes
espirituales que se llaman los sefarditas o judíos españoles del cercano Oriente;
rama estimable y fiel de nuestra familia lingüística que tendrá que perdonarnos,
porque también nosotros sufrimos de las mismas manos inconscientes y duras; manos
que han logrado destruir su propio Imperio, pero no la unidad de la raza, la unidad
de la cultura emigradora y poderosa que reconoce por cuna la austera y ardiente
planicie de Castilla.
Sin embargo, no vamos a levantar muros en un campo en el que todo ha de ser camino;
defenderemos celosamente el idioma contra las amenazas de la perfidia o de la fuerza;
pero ¿no vamos a convertirlo en un nuevo ídolo intocable alguna con las realidades
sociales y étnicas del nuevo continente? Es cierto que allá, como en todas partes,
la masa es pesada para moverse y los hombres de cultura media se muestran egoístas,
ciegos y escépticos; sin embargo, basta mirar nuestro mapa con atención para sentir
que de aquellas vastísimas soledades emana una invocación a la humanidad; un anhelo
de que aquella tierra sea poblada y organizada de otra manera, y ya no como antes.
La inmensa belleza de aquellos paisajes, hizo que los conquistadores y los misioneros
no se detuviesen en un sitio sino que constantemente avanzaran para extender el
dominio humano sobre las cordilleras y los desiertos. Esa misma grandiosidad armoniosa
de aquellos vastos sitios de elección, pone en las almas que allí se desenvuelven,
no sé qué necesidad de ensanchamiento y de grandeza y un sentido de religiosidad
artística, comparable al indostánico de las buenas épocas antiguas. Nuestra emoción
particular tiene la ventaja de que es moderna y de que se está formando en una época
en que el mundo ya no está limitado a las tradiciones y las capacidades de solo
un pueblo. La civilización es ahora, por primera vez en la historia, un fenómeno
realmente universal; no es inglesa, aunque los ingleses dominen materialmente el
mundo; no es francesa, aunque los franceses extiendan su pensamiento a muchas naciones;
no es alemana, no es italiana; no es ni siquiera europea porque hay muchas cosas
fundamentales que Europa ha tenido que tomar de otras partes y todavía le quedan
algunas que aprender. De suerte que por primera vez, puede hoy afirmarse que la
civilización comienza a ser mundial. Y el sitio predestinado, el lugar insustituible
para el desarrollo y ensanche y cristalización de esa mundialidad, está entre nuestras
campañas y nuestros bosques y nuestros mares. Nuestra alma nacional también responde
a tan vasto destino, porque posee, más que otra alguna del globo, estos dos elementos
que reunidos constituyen la mejor base para construir un futuro; una mentalidad
completamente libre de prejuicios, de tradición o de casta y un sentido de belleza
fino y profundo que, si logra desenvolverse dentro de normas éticas y sociales,
producirá el mayor florecimiento que han visto los siglos.
Sin embargo, la
obra de allá es demasiado vasta, demasiado urgente y demasiado importante para que
pueda tomarla a su cargo una sola raza. Nuestro continente no es un territorio reservado
para los blancos, ni siquiera para los rojos y tampoco debe excluir a negros y asiáticos.
Al contrario, para todos hay allí tarea y galardón. Estamos en vísperas del instante
en que tendrán que juntarse dos grandes potencias creadoras: dos potencias que traerán
una revolución benéfica al mundo; ellas son: los vastos recursos inexplotados de
América y la técnica de la ingeniería europea que constantemente perfecciona sus
métodos. Cuando las dos fuerzas hoy latentes se desenvuelvan y se junten, la humanidad…
JOSÉ VASCONCELOS (México, 1882-1959). Filósofo, escritor, pedagogo y político mexicano. Fue rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (1920-1921) y el primer secretario de Educación Pública (1921-1924). Impulsó la cruzada nacional contra el analfabetismo, publicó clásicos universales a precios populares e invitó a Rivera, Orozco y Siqueiros a crear murales en las escuelas. Autor de La raza cósmica (1925) e Indología (1926), donde propone que el mestizaje latinoamericano generará la quinta raza, una síntesis universal. Fue el gran teórico del iberoamericanismo y del nacionalismo inclusivo, razón por la cual Mariátegui lo publicó. Candidato presidencial en 1929, se exilió tras denunciar fraude. Conocido como el “Maestro de América”, sigue siendo hasta el día de hoy el referente supremo del proyecto educativo mexicano posrevolucionario. La conferencia impartida en la reunión del Congreso Socialista en Viena, dedicada a M. Vincenzi, fue publicada en dos números de Amauta, el 4 y el 5, en diciembre de 1926 y en 1927 respectivamente.
BOLESŁAW BIEGAS (França, 1877-1954). Escultor, pintor, escritor e dramaturgo. Órfão muito cedo, foi criado por camponeses. Entre 1896 e 1901 estudou escultura na Academia de Belas Artes de Cracóvia com Konstanty Laszczka. Foi expulso da Academia em 1900 por causa de sua escultura O Livro da Vida, considerada imoral e decadente pela direção acadêmica. Com apoio da revista simbolista francesa La Plume, muda-se definitivamente para Paris em 1901. Frequenta brevemente a École des Beaux-Arts, mas logo segue carreira independente. Começa no Simbolismo, passa pelo Art Nouveau, depois se aproxima do Cubismo e Futurismo após o Salon de la Section d’Or de 1912. Cria seu estilo próprio que ele chamava de Esferismo – figuras compostas inteiramente de círculos e esferas. Ficou famoso pelos retratos simbolistas, pelas figuras de vampiras e femmes fatales, e pelas esculturas de formas geométricas simplificadas. Fez parte da École de Paris. Dentre suas exposições, destacam-se: Salon d’Automne, Société Nationale des Beaux-Arts (1912-1927), além de exposições regulares em Varsóvia e Cracóvia com o grupo Sztuka. Em 1950 fundou em Paris o Musée Boleslas Biegas, onde reuniu suas obras e coleção pessoal. O museu ainda existe. Bolesław Biegas é o artista convidado desta edição de Agulha Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
CODINOME ABRAXAS # 13 – AMAUTA (PERÚ)
Artista convidado: Bolesław Biegas (França, 1877-1954)
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