sábado, 29 de agosto de 2026

JOSÉ VASCONCELOS | El Nacionalismo en la América Latina

 


Extraño problema es el de cada vida humana y difícil el intento, siquiera sea de definirla; más difícil aún en nuestro caso, en donde se juntan los síntomas de la juventud y la vejez y las más heterogéneas razas. Extremadamente difícil por tratarse de una raza, hecha de contrastes y de países que son inmensamente ricos en recursos naturales, pero sumamente escasos de bienes disponibles. Situación también contradictoria desde el punto de vista espiritual porque poseemos veneros inexhaustos de cultura heredada y una generosidad de corazón y de acción, y al mismo tiempo padecemos de una general ignorancia y de una completa ausencia de planes constructivos.

El caso de este caos, que después de todo, quizá sólo sea una circunstancia inevitable del gran proceso de preparación de una cultura original, del fondo de todos estos datos, de estos hechos, de estos juicios y acontecimientos, procurar extraer algunos hilos de urdimbre para formar un vago tejido. Procuraremos seguir las ondulaciones misteriosas de esa cristalización de los rasgos de una raza, de esa lenta cristalización química. Tratar pues de hilvanar los hechos dentro de algunas series de conceptos que acaso nos sirvan para descubrir nada y deshecho lo tendencioso y lo que se ha querido que sea, del confuso tumulto de los sucesos. Acaso también, pues nadie conoce el límite de los poderes meramente, acaso también contribuyentes a esta empresa: los hechos ya vividos, repetidos y renovados, a crear esa dirección que falta a los hechos, esa corriente que arrastra las cosas, modela los ánimos y obliga a todos a colaborar en la tarea del ideal. De esta suerte el futuro inmediato podrá tomar de nosotros, de nuestra voluntad y de nuestro pensamiento, su sentido y su ley, la fuerza que ordena las cosas para organizarse y ascender con esplendor.

Desgraciadamente, toda la cultura aparece siempre como intento que no se logra del todo. Cada proceso de cultura amenazado por ese sujeto de vacilación de los sucesos que rompen el camino del ideal. El empeño colectivo se rompe entonces, la energía se dispersa y la existencia, desamparada del espíritu, vuelve a su apatía inferior, se torna inerte, a la vez también contagiada del ritmo inferior, susceptible también a la ley de las cosas, que son más parientes de nosotros de lo que a primera vista se cree, se siente como desgobierno de todos, un gobierno sin leyes, fatalidad. Es el influjo de la misma fatalidad que desintegra la energía física y a la misma roca la convierte gradualmente en polvo, a causa de los lentos y constantes desequilibrios de temperatura y movimiento, de que no escapa la roca. Gran Bola de lo homogéneo, devorando constantemente los atisbos y los intentos de creación de lo particular. Nosotros y el mundo físico, en realidad, un solo todo, una sola energía que se manifiesta en lo que llamamos moral, en lo que llamamos físico, en lo que llamamos feo dentro de la esfera de lo estético. En todas partes una misma debilidad, una misma impotencia, para lograr las formas superiores del destino. Procedimientos imperfectos de la potencia sospechosamente apegados a los procedimientos torpes en manos de seres que retornan al abismo en el instante exacto en que les falta el soplo divino; el trémulo misterioso de la alegría.

Tal ha sido en realidad el ideal iberoamericano, desde los comienzos de nuestra independencia, más aún desde que los conquistadores y los misioneros entraron en tierras que no sospechaban conquistar. Aventuras de leyenda convertidas en realidad viviente por el genio de los capitanes y los predicadores más asombrosos que ha conocido la historia, no sé a dónde pudieron llegar si no les hubiera plegado el otro designio que la Corona de España enviaba a nuestras tierras.

Desgraciadamente los españoles que llegaron a la América llenos de genio y de audacia, ya no eran libres; las ideas de la independencia liberal de Colón y la evidencia que la América del florentino, sino que dejaban la patria en el instante mismo que en las libertades políticas comenzaban a decaer por la supresión gradual de los fueros en Castilla, en Aragón, en todas las libres provincias cuyos sacrificios para la reconquista, para la formación de la nacionalidad, robándoles sus privilegios de autonomía y de ciudadanía.

Desde Isabel con su leyenda falsa de las joyas —leyenda falsa porque no está probado que ofreciera a los judíos— hasta Fernando Séptimo, el degenerado sobre el cual se ha querido echar toda la culpa del fracaso, como si los otros de su abolengo no hubieran sido y no fueran lo mismo, todos los monarcas de España y aún los monarcas ingleses de nuestra América hicieron de la América una tierra de elección y de justicia para beneficio de todos los hombres. Ambas monarquías implantaron monopolios que violaban el compromiso de explotación y del abuso. Aún más, cerraban el continente a la explotación libre del humano esfuerzo y lo convertían en feudo de intereses ruines o en galardón de torpezas y cortesanos. Cierto que, por excepción, tuvimos algunos gobernantes ilustrados, pero más cierto es que el sistema de irresponsabilidad inherente a los gobiernos monárquicos, es, por su identidad misma fatal; fatal para nosotros y fatal para nosotros mismos. La América del Norte rompió con la Corona inglesa cincuenta años antes que nosotros y hoy nos llevan ventaja en poder y fortuna, pero pocos de nuestros males todavía arrancan de aquellos siglos de obediencia ciega. Todavía los arrebatos esporádicos contemporáneos de localismo y de naciocentrismo en el Paraguay, como el cavo que se niega a adherir al jefe, al cacique, al general que se levanta sobre la ley del Estado. Tan despreciable y pecaminosa sumisión del hombre al hombre no ha podido dar sino frutos de desventura. Casi todas nuestras victorias se ven anuladas por nuestra falta de sentido y de dirección, por los polizones del personalismo, molestias nacionales y extranjeros cada vez que se cruza la línea divisoria de nuestras nacionalidades. Proclamamos la igualdad de todas las gentes, pero muy pocos son los que pueden aprovechar la igualdad; la miseria, la pobreza general, la ignorancia, las condiciones geográficas y sociales han demorado nuestro progreso. Y los sistemas despóticos de gobierno inaugurados allá por los Reyes, continuados por los caudillos militares ignorantes y rudos, especies de condotieros feroces que llamamos caudillos y que han sido el azote de todos los nuevos Estados. Sucedió que los hombres heroicos, los que pudieron hacer algo grande, se agotaron casi totalmente en la lucha. Bolívar, nuestro más grande caudillo, perdió pronto el poder y fue reemplazado por jefes menores de milicia de montonera. Sucre, el más puro de todos nuestros idealistas, fue asesinado y uno de nuestros supuestos libertadores, Santander, de ideas exóticas, fundando así la larga y todavía no extinta dinastía de los presidentes asesinos. En México, casi todos los verdaderos patriotas perecieron por haber antepuesto los hechos a un lado y a la hora del triunfo, un aluvión de hechos que se apodera de la miseria y proclama en el poder a los que fueron en el frente de ejércitos reales, durante años había combatido a los rebeldes. San Martín, el glorioso jefe argentino, tuvo que dejar su país retirándose en desgracia y el poder, recayó también allá, en manos de generalillos y de asesinos. Tal es el abolengo de nuestro caudillaje, el abolengo del condotierismo latinoamericano; tal fue la herencia política de la monarquía, el sistema de gobierno por la espada. En cada una de nuestras grandes revoluciones libertadoras el caudillismo aparece al principio y no arriesgan ni entienden siquiera el movimiento, se aferran a él ya que está triunfando o en la segunda etapa; juntan entonces soldados y sin más programas que hacerse del poder. La tiranía, de esta suerte, cambia sus verdugos, pero no sus sistemas.


Tan nociva nos ha sido semejante política, que sólo pueden ufanarse del verdadero progreso, aquellos países que hace muchos años —como la Argentina— eliminaron el caudillaje desde sus comienzos por hombres de letras, no por soldados y dieron por tanto otra organización y otro porvenir a la nación, o los que al principio pudieron escapar a la tradición maldita; pero en los demás pueblos la lucha entre la barbarie en su forma más cruda y primitiva y la civilización en sus formas elementales e impotentes se desarrolla bajo las pasiones desencadenadas por el poder, la ambición y la ignorancia, impiden el desarrollo de cualquier plan constructivo. Cada periodo negro de nuestra historia ha quedado bautizado de esta suerte con el nombre sangriento de alguno de estos dictadores y caudillos que son baldón de nuestra estirpe.

Y no solamente nuestro caudillaje ha logrado perpetuar, entre nosotros la ignorancia y la tiranía, sino que, en lo que atañe a la política internacional, esa misma ignominia de enemigo nato del acercamiento hispanoamericano y el sostén de ese nacionalismo celoso que es tan contrario a nuestra buena tradición y al espíritu de nuestra cultura. Contradictorio de lo que representa nuestra cultura nacional bajo el centro de España; un territorio continuo, una lengua, la misma religión y la misma idiosincrasia. Contradictorio, asimismo, de los intereses más altos de nuestra raza, interesados en crear, al abrigo de una doctrina independiente, los Sucre, los Bolívar, los Hidalgo, que propusieron crear naciones abiertas a toda la especie humana. Y una y otra vez la ambición y el cretinismo han venido a impedir que estos propósitos salvadores se consumaran. Todavía ayer, vimos fracasar por décima ocasión, una de las coaliciones más urgentes. A la caída de una especie de aborto demoníaco, que se llamaba Estrada Cabrera, la Revolución de Guatemala, se puso de acuerdo con los presidentes civiles del resto de Centro América y un día glorioso, el cable informó al mundo que los cinco presidentes de la América Central habían renunciado al poder y anunciado la convocatoria de una Asamblea constituyente de la nación Centro Americana. Pero enseguida un golpe militar, un golpe de Estado, una resurrección del caudillaje por un zafio general que tenía el encargo de unión se vino abajo con gran beneplácito de los intereses norteamericanos que intervienen en la política de la América Central. Aquí como siempre, se nos aparece el caudillo como el que, en su jerga de politicastro, llama todos los días traidores a los que no le siguen en todas sus infamias.




Pero no sólo ha sido el caudillo un malhechor del Estado, del latifundio. Aunque a veces se proclamen enemigos de la propiedad, casi no hay caudillo que no remate en latifundista. El latifundio es fatalmente consagrado al delito de apropiación exclusiva de la tierra; llámese soldado caudillo, Rey o Emperador, despotismo y latifundio son términos correlativos. Y es natural, los derechos económicos, lo mismo que los políticos, sólo pueden desenvolverse dentro de un régimen de libertad. El absolutismo conduce fatalmente a la miseria de los muchos y al boato y al abuso de los pocos. Sólo la democracia, a pesar de todos sus defectos, ha podido acercarnos las mejores realizaciones de la justicia social, por lo menos a la democracia, antes de que degenere en los imperialismos de las repúblicas que caen bajo el régimen de la plutocracia y decadencia. De todas maneras, entre nosotros, el caudillo y el gobierno de los militares han cooperado al desarrollo del latifundio. Un examen siquiera superficial de los títulos de propiedad de México permite la comprobación de que casi todos deben su haber, en un principio a merced de que la Corona española, después a concesiones y favores ilegítimos acordados a los generales influyentes de nuestras falsas repúblicas. Las mercedes reales se otorgaron por la Corona española, sin tener en cuenta los derechos de poblaciones enteras de indígenas y de mestizos que carecieron de fuerza para hacer valer su dominio. De este sistema de simple ocupación brutal, del gamonal del Perú. Algunos de los jefes de nuestra guerra de Independencia, hombres como Morelos en México o más tarde, como Alberdi en la Argentina, vieron claramente que el problema no estaría resuelto mientras estos monstruosos monopolios; cada una de nuestras revoluciones los combate; pero a medida que la revolución degenera en caudillismo, es el caudillo mismo el que aparece como terrateniente, como dueño de vidas y haciendas, en una reedición del mito feudal, al amparo del hacendado de México, del estanciero de la Argentina, del gamonal del Perú. Algunos propietarios que a su vez se convierten en el soporte más fuerte de la tiranía. De modo que mientras no demos serio adelanto, mientras permitamos que perduren los dos azotes sociales: el terrateniente y el caudillo militar. Y no sólo lo conquistaremos progresos sino que no aseguraremos la estabilidad política de nuestras repúblicas. La Revolución mexicana de los últimos quince años no ha sido más que un esfuerzo para romper el monopolio de la tierra y el monopolio de la política, la explotación del trabajador y la tiranía, el resurgimiento de las clases medias. Los más nobles y conscientes tendrán que producirse en los demás países de nuestra América si los gobiernos no se adelantan a la desesperación popular, poniendo de una mano salvadora sobre la más urgente de nuestras necesidades, que es la división de la tierra. Porque si no comprende la tesis asentada. Cada uno de nuestros derechos asegurados, cada una de nuestras conquistas sociales, por breve que sea, es un proceso invariablemente de aquellos periodos cortos en que se logra poner en fuga al militarismo y en que se ha salido de manos de los jefes militares, para ser ejercido dentro de formas civilizadas y democráticas. El desarrollo de la educación pública que casi siempre coincide con ese breve paréntesis en que se ve libre de la influencia del caudillo. Desde que el argentino Sarmiento implantó su gran reforma educacional, la Argentina no ha vuelto a producir Napoleones, ni encarnaciones de la reacción y la barbarie, como todavía ocurre en el resto de nuestras patrias. El poder creciente de la doctrina socialista en países como México, la Argentina y el Uruguay, acabará por imponer gentes mejores en el poder y entonces podremos convencer al emigrante de que realmente aquellas tierras están destinadas a producir un tipo de civilización generosa y universal. Por ahora todavía no podemos, en un sentido estricto, afirmar que la injusticia económica y el despotismo, estorban el desarrollo de nuestra cultura y nos impiden lograr la fraternidad y la comunión de todas las gentes. ¿Cuál es entonces la liga más fuerte que a todos nos une, cuál es el rasgo predominante de este agregado extensísimo de naciones y pueblos? Hay uno importante y que desde luego interesa al extranjero conocer: me refiero al idioma. En efecto, la fuerza de las circunstancias, la ley, el hábito, todo contribuye a imponer con mandato irrecusable el uso del idioma español en veinte de nuestros pueblos y el portugués en el Brasil. El portugués y el español; dos lenguas romano-ibéricas, fácilmente intercambiables y que sustituyen entre nosotros esa Babel de las distintas lenguas de Europa. En realidad, el conocimiento de una de estas dos lenguas es todo lo que se requiere para obtener ciudadanía espiritual en nuestras tierras. Un patriotismo lingüístico, tal será la fórmula postrera de nuestro nacionalismo iberoamericano. Una manera espiritual de patriotismo que está al alcance de todo el mundo y que significa para todo el que la logra, un poco más que la aquiescencia a una tradición local o que la obediencia a un imperativo de la costumbre o de la ley. Significa, más bien, la posesión de un vehículo mental, probado por los siglos, ilustrado por una gran literatura, simple y lógico en sus formas, claro en sus acentos y de léxico rico, tanto como el de cualquiera de las lenguas cultas. Acaso, después del inglés, el único idioma mundial, ya que lo hablan millones de hombres en las cuatro partes del mundo. Millones de hombres que fatalmente tendrán que juntarse, por lo menos en una especie de anfictionía de la cultura, como ya lo anuncian ciertas corrientes que empiezan a enlazar nuestras patrias inquietas con nuestros hermanos de habla y en parte, también de sangre, de las islas Filipinas y con esos otros lejanos parientes espirituales que se llaman los sefarditas o judíos españoles del cercano Oriente; rama estimable y fiel de nuestra familia lingüística que tendrá que perdonarnos, porque también nosotros sufrimos de las mismas manos inconscientes y duras; manos que han logrado destruir su propio Imperio, pero no la unidad de la raza, la unidad de la cultura emigradora y poderosa que reconoce por cuna la austera y ardiente planicie de Castilla.


El idioma español, es, pues, la médula de nuestra nacionalidad y el lazo de unión, el signo de inteligencia de cien patrias por todo el planeta. Más que una bandera, más que un territorio dado, el castellano es el emblema de nuestra universalidad y el verbo de nuestra misión colectiva. No cambiaremos esta lengua ni ante las amenazas de la espada ni delante de las seducciones de las mil sirenas del imperialismo extranjero.

Sin embargo, no vamos a levantar muros en un campo en el que todo ha de ser camino; defenderemos celosamente el idioma contra las amenazas de la perfidia o de la fuerza; pero ¿no vamos a convertirlo en un nuevo ídolo intocable alguna con las realidades sociales y étnicas del nuevo continente? Es cierto que allá, como en todas partes, la masa es pesada para moverse y los hombres de cultura media se muestran egoístas, ciegos y escépticos; sin embargo, basta mirar nuestro mapa con atención para sentir que de aquellas vastísimas soledades emana una invocación a la humanidad; un anhelo de que aquella tierra sea poblada y organizada de otra manera, y ya no como antes. La inmensa belleza de aquellos paisajes, hizo que los conquistadores y los misioneros no se detuviesen en un sitio sino que constantemente avanzaran para extender el dominio humano sobre las cordilleras y los desiertos. Esa misma grandiosidad armoniosa de aquellos vastos sitios de elección, pone en las almas que allí se desenvuelven, no sé qué necesidad de ensanchamiento y de grandeza y un sentido de religiosidad artística, comparable al indostánico de las buenas épocas antiguas. Nuestra emoción particular tiene la ventaja de que es moderna y de que se está formando en una época en que el mundo ya no está limitado a las tradiciones y las capacidades de solo un pueblo. La civilización es ahora, por primera vez en la historia, un fenómeno realmente universal; no es inglesa, aunque los ingleses dominen materialmente el mundo; no es francesa, aunque los franceses extiendan su pensamiento a muchas naciones; no es alemana, no es italiana; no es ni siquiera europea porque hay muchas cosas fundamentales que Europa ha tenido que tomar de otras partes y todavía le quedan algunas que aprender. De suerte que por primera vez, puede hoy afirmarse que la civilización comienza a ser mundial. Y el sitio predestinado, el lugar insustituible para el desarrollo y ensanche y cristalización de esa mundialidad, está entre nuestras campañas y nuestros bosques y nuestros mares. Nuestra alma nacional también responde a tan vasto destino, porque posee, más que otra alguna del globo, estos dos elementos que reunidos constituyen la mejor base para construir un futuro; una mentalidad completamente libre de prejuicios, de tradición o de casta y un sentido de belleza fino y profundo que, si logra desenvolverse dentro de normas éticas y sociales, producirá el mayor florecimiento que han visto los siglos.

Sin embargo, la obra de allá es demasiado vasta, demasiado urgente y demasiado importante para que pueda tomarla a su cargo una sola raza. Nuestro continente no es un territorio reservado para los blancos, ni siquiera para los rojos y tampoco debe excluir a negros y asiáticos. Al contrario, para todos hay allí tarea y galardón. Estamos en vísperas del instante en que tendrán que juntarse dos grandes potencias creadoras: dos potencias que traerán una revolución benéfica al mundo; ellas son: los vastos recursos inexplotados de América y la técnica de la ingeniería europea que constantemente perfecciona sus métodos. Cuando las dos fuerzas hoy latentes se desenvuelvan y se junten, la humanidad…



JOSÉ VASCONCELOS (México, 1882-1959). Filósofo, escritor, pedagogo y político mexicano. Fue rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (1920-1921) y el primer secretario de Educación Pública (1921-1924). Impulsó la cruzada nacional contra el analfabetismo, publicó clásicos universales a precios populares e invitó a Rivera, Orozco y Siqueiros a crear murales en las escuelas. Autor de La raza cósmica (1925) e Indología (1926), donde propone que el mestizaje latinoamericano generará la quinta raza, una síntesis universal. Fue el gran teórico del iberoamericanismo y del nacionalismo inclusivo, razón por la cual Mariátegui lo publicó. Candidato presidencial en 1929, se exilió tras denunciar fraude. Conocido como el “Maestro de América”, sigue siendo hasta el día de hoy el referente supremo del proyecto educativo mexicano posrevolucionario. La conferencia impartida en la reunión del Congreso Socialista en Viena, dedicada a M. Vincenzi, fue publicada en dos números de Amauta, el 4 y el 5, en diciembre de 1926 y en 1927 respectivamente.



BOLESŁAW BIEGAS (França, 1877-1954). Escultor, pintor, escritor e dramaturgo. Órfão muito cedo, foi criado por camponeses. Entre 1896 e 1901 estudou escultura na Academia de Belas Artes de Cracóvia com Konstanty Laszczka. Foi expulso da Academia em 1900 por causa de sua escultura O Livro da Vida, considerada imoral e decadente pela direção acadêmica. Com apoio da revista simbolista francesa La Plume, muda-se definitivamente para Paris em 1901. Frequenta brevemente a École des Beaux-Arts, mas logo segue carreira independente. Começa no Simbolismo, passa pelo Art Nouveau, depois se aproxima do Cubismo e Futurismo após o Salon de la Section d’Or de 1912. Cria seu estilo próprio que ele chamava de Esferismo – figuras compostas inteiramente de círculos e esferas. Ficou famoso pelos retratos simbolistas, pelas figuras de vampiras e femmes fatales, e pelas esculturas de formas geométricas simplificadas. Fez parte da École de Paris. Dentre suas exposições, destacam-se: Salon d’Automne, Société Nationale des Beaux-Arts (1912-1927), além de exposições regulares em Varsóvia e Cracóvia com o grupo Sztuka. Em 1950 fundou em Paris o Musée Boleslas Biegas, onde reuniu suas obras e coleção pessoal. O museu ainda existe. Bolesław Biegas é o artista convidado desta edição de Agulha Revista de Cultura.

  



Agulha Revista de Cultura

CODINOME ABRAXAS # 13 – AMAUTA (PERÚ)

Artista convidado: Bolesław Biegas (França, 1877-1954)

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