Estos ojos han mirado a Hollywood durante quince
años. Muchas necedades se han escrito acerca de este suburbio de Los Ángeles,
ciudad que, a su vez, es un suburbio del país. América lo infama como a un
extraño indecente que se hubiera alojado de algún modo en su seno, o lo imagina
románticamente como una escena de las Mil y Una Noches, pero, por supuesto,
Hollywood no es ni peor ni mejor lugar que cualquiera ciudad provinciana de
nuestra tierra. Los productores de Hollywood son típicamente hombres de dinero;
sus directores son profesionistas típicos; sus actrices y actores son muchachas
y muchachos típicos. Su ejército de mecánicos, artesanos e ingenieros está
formado por gentes de la clase común americana: embadurnadlos un poco y bajad
sus salarios y los veríais encajar en el garage de vuestro pueblo. Los enjambres
de aspirantes que zumbonean en Hollywood alrededor de los estudios son la
típica semilla flotante de la selva americana; la semilla de desperdicio que no
encuentra suelo en que arraigar, ya se pudra cerca de casa o se la lleve el
viento. Hollywood sólo es extraordinario a un respecto: sus muchachas son
realmente tan bellas como toda muchacha desearía ser.
Hollywood es el perfecto espejo del buen éxito
americano. Las almas ordinarias tienen sueños extraordinarios, a la manera de
las almas ordinarias. Y en Hollywood, los sueños se realizan. Hay aquí
incontable dinero, encantamiento y una exacta producción mecánica del ideal
para el cual el éxito es un espectáculo. Y Chaplin mira con los ojos
horrorizados este mundo que ha sido su hogar desde que tenía veinticuatro años.
Existe otro mundo hacia el cual mira: el Londres gris y opresivo de su niñez.
Tiene cariño por los sufridos cuerpos blancos, los dientes podridos, los ojos
sentimentales de los barrios bajos londinenses, porque fueron suyos y están
siempre dentro de su corazón. Pero, por la línea materna, la sangre de Chaplin
es medio gitana. Por su madre —a quien trajo casi enloquecida y quebrantada a
vivir en la costa, cerca de él— otro mundo aún vive en Chaplin: un mundo de
praderas y de irresponsable hilaridad.
En la ciudad del éxito, Chaplin lleva consigo el
gusto por los barrios bajos londinenses; pero aún en ellos no se sentía en
casa. Hasta por aquel triste pasado que formó su cuerpo y su mente tiene una
despiadada e irónica repulsión, puesto que allí también el gitano que hay en él
era un extraño.
Con esta misma reserva pasa a través de Hollywood.
No es un recluso. Su secreto apartamiento es mucho más sutil que eso. Frecuenta
el Coconut Grove en el Ambassador, donde la juventud ligeramente degenerada de
la costa fermenta en el baile. Permanece durante varias horas en el restaurante
de su amigo Harry Bergman, en el Boulevard atestado. Concurre a fiestas —a las
de su amiga Marion Davies en su casa de la playa; a las de William Randolph
Hearst en su rancho— y en donde quiera que esté, resulta intocable. Este es el
principio que mejor explica el equilibrio de la oposición de sensaciones,
conducta y pensamiento que él determina. Chaplin es como un átomo que debiera
atravesar solo por el mundo. Recorre un camino intrincado, desviándose aquí y
allá, atraído innumerables veces, innumerables veces rechazado, pareciendo dar
o responder —permaneciendo siempre libre y solo. Una repulsión directa del
mundo que le rodea significaría una relación definida con él. No es éste su
juego. Si el mundo lo llama, responde, pasivo. Su curso ha sido desviado. Pero
él queda impasible. Resuelve toda fuerza con su opuesta. Esto significa,
emocionalmente, que frustra en sí mismo cualquier impulso de absoluta dádiva o
de embargo absoluto. Permanece im-poseído y en último caso im-poseedor. Pero
esta profunda frustración es la clave de su éxito profundo.
Chaplin ha guiado su vida personal con seguro
instinto por caminos en donde siempre habría de estar solo. Ama el mundo en que
vive y lo desprecia. No quiere cambiarlo: nadie está más lejos del fervor del
profeta, y sin embargo, pocos han hecho tanto para mostrarlo en su ridiculez e
insignificancia. No desea otro mundo. Usa de éste, tal como es, para asegurar
su soledad. Pero, si estuviera realmente solo, encontraría en el silencio de sí
mismo alguna aceptación que demostraría su unidad con el mundo.
Hubo un tiempo en que Chaplin me pareció una
especie de ángel caído, un ángel maldecido por Dios con todos los sentimientos
humanos y con la incapacidad de satisfacerlos; maldecido con el don de provocar
risa y amor, y sin el poder de tomar risa y amor para sí. Pero esto era un
error sentimental. La desordenada ternura de este hombre, su gentileza y gracia
son detenidas por su natural repulsión por la investidura a que tales
cualidades deben conducir. La dureza y el egoísmo despiadado son tan parte de
él como su ternura.
El movimiento es, pues, la vida de este primer
maestro del cine. Su arte es la esencia atesorada de su vida. El tema de la
película de Chaplin es Chaplin mismo en relación (oposición) con el mundo.
Chaplin transita por él, inconmensurablemente espoleado, solicitado, movido
—sin embargo, aparte; sin embargo, solo. La forma de la película de Chaplin es
la de su propio cuerpo, realzado por el mundo: su cuerpo convertido en una
máscara, detrás de la cual el hombre, todo intacto, sigue astuto.
Por supuesto que eso no es tan fácil como parece.
Precisamente porque su obra es la encarnación de su vida-genio, de su
vida-viaje, su nacimiento es un suceso delicado. Al principio no existe más que
el Chaplin atómico, asignado a algún papel que motivara su paso a través del
requerido número de rollos. Pero ese paso —en calidad de ayudante de enfermo,
tonto de circo, peregrino convicto, bombero, buscador de oro, vagabundo, portero,
falso campesino, etc.— ese paso debe estar nutrido de acontecimientos que sean
íntimamente Chaplin.
El alma del asunto, siendo íntimamente de Chaplin,
él lo lleva consigo. Lo único que necesita esperar es la escala precisa de los
episodios que encarnarán esa alma. Aún cuando ya los sucesos han venido a él
(los golpes particulares del film) deben ser pesados y medidos. ¿Dónde
ensamblarlos? ¿Y cómo?
Entretanto su estudio lo espera a varias millas de
distancia. Es un predio agradable de varios acres de extensión. Aquí vive Kono,
el notable factótum japonés que administra el viaje personal de Chaplin a
través de la vida y sirve como una especie de racional aceite contra las
inevitables fricciones de los encuentros inevitables con extraños y amigos.
Aquí espera su estado mayor: Alf Reeves (que ha estado con él desde los días
del music-hall) Harry Crocker, Carl Robinson, Henry Bergman, Harry Clive, Art
Totheroh, posiblemente el director Harry D’Arrast, que trabajó una vez con él.
Chaplin también es una criatura del teatro, y no hay
teatro sin una “taquilla” en frente. Pero en el estudio de Chaplin existe —con
más realidad que en ningún hombre— un hombre del pueblo, un cockney, un gitano,
un amigo del music-hall, que mira a los ojos del mundo, como en un espejo, para
mirarse a sí mismo más objetiva y exactamente. Así sucede que, yendo al público
de Chaplin, regresamos al hombre. Por medio de esta reflexión podemos ver, a
través de una atmósfera de instituciones molestas, ladrillos y gendarmes,
intacta la belleza. Intelectual francés, oficinista londinense, coolie chino,
peón mexicano, o niño de Park Avenue en la común desgracia de su sumisión a un
mundo suficientemente atestado de dinero para no dejar lugar al canto o a la
danza, pueden contemplar juntos este secreto triunfo que Chaplin ha
representado para ellos. Su canción hace estallar al mundo opresivo. Su
infantil resistencia a “crecer” de una “manera respetable” se convierte en el
triunfo del hombre.
WALDO FRANK (1889-1967). Escritor, historiador y crítico estadounidense. Figura central de la Generación Perdida estadounidense, amigo de Sherwood Anderson, Hart Crane y Jean Toomer. Fue editor de Las siete artes (1917) y tuvo una gran influencia en el latinoamericanismo en Estados Unidos. Publicó Nuestra América (1919), Virgen España (1926) y América Hispana (1931), libro que surgió de su viaje por Latinoamérica en 1929, cuando conoció a Mariátegui en Lima. Mariátegui lo invitó a ser corresponsal de Amauta. Frank escribió sobre Chaplin como símbolo del hombre moderno alienado y a la vez redentor: el vagabundo que se resiste a la máquina. El texto se publicó originalmente en Amauta #26, en septiembre de 1929.
BOLESŁAW BIEGAS (França, 1877-1954). Escultor, pintor, escritor e dramaturgo. Órfão muito cedo, foi criado por camponeses. Entre 1896 e 1901 estudou escultura na Academia de Belas Artes de Cracóvia com Konstanty Laszczka. Foi expulso da Academia em 1900 por causa de sua escultura O Livro da Vida, considerada imoral e decadente pela direção acadêmica. Com apoio da revista simbolista francesa La Plume, muda-se definitivamente para Paris em 1901. Frequenta brevemente a École des Beaux-Arts, mas logo segue carreira independente. Começa no Simbolismo, passa pelo Art Nouveau, depois se aproxima do Cubismo e Futurismo após o Salon de la Section d’Or de 1912. Cria seu estilo próprio que ele chamava de Esferismo – figuras compostas inteiramente de círculos e esferas. Ficou famoso pelos retratos simbolistas, pelas figuras de vampiras e femmes fatales, e pelas esculturas de formas geométricas simplificadas. Fez parte da École de Paris. Dentre suas exposições, destacam-se: Salon d’Automne, Société Nationale des Beaux-Arts (1912-1927), além de exposições regulares em Varsóvia e Cracóvia com o grupo Sztuka. Em 1950 fundou em Paris o Musée Boleslas Biegas, onde reuniu suas obras e coleção pessoal. O museu ainda existe. Bolesław Biegas é o artista convidado desta edição de Agulha Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
CODINOME ABRAXAS # 13 – AMAUTA (PERÚ)
Artista convidado: Bolesław Biegas (França, 1877-1954)
Editores:
Floriano Martins | floriano.agulha@gmail.com
Elys Regina Zils | elysre@gmail.com
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