sábado, 29 de agosto de 2026

WALDO FRANK | Retrato de Charlie Chaplin

 


Los ojos de Chaplin son de un azul tan oscuramente sombreado que es casi púrpura. Son unos ojos tristes. Desde ellos, la piedad y la amargura miran al mundo. Están velados. Mientras el Chaplin hombre avanza con encanto irresistible, sus ojos se encierran en una soledad furiosamente inaccesible. Nadie que vea los ojos de Chaplin tendrá ganas de reír. Es la única parte del hombre que no aparece en sus películas.

Estos ojos han mirado a Hollywood durante quince años. Muchas necedades se han escrito acerca de este suburbio de Los Ángeles, ciudad que, a su vez, es un suburbio del país. América lo infama como a un extraño indecente que se hubiera alojado de algún modo en su seno, o lo imagina románticamente como una escena de las Mil y Una Noches, pero, por supuesto, Hollywood no es ni peor ni mejor lugar que cualquiera ciudad provinciana de nuestra tierra. Los productores de Hollywood son típicamente hombres de dinero; sus directores son profesionistas típicos; sus actrices y actores son muchachas y muchachos típicos. Su ejército de mecánicos, artesanos e ingenieros está formado por gentes de la clase común americana: embadurnadlos un poco y bajad sus salarios y los veríais encajar en el garage de vuestro pueblo. Los enjambres de aspirantes que zumbonean en Hollywood alrededor de los estudios son la típica semilla flotante de la selva americana; la semilla de desperdicio que no encuentra suelo en que arraigar, ya se pudra cerca de casa o se la lleve el viento. Hollywood sólo es extraordinario a un respecto: sus muchachas son realmente tan bellas como toda muchacha desearía ser.

Hollywood es el perfecto espejo del buen éxito americano. Las almas ordinarias tienen sueños extraordinarios, a la manera de las almas ordinarias. Y en Hollywood, los sueños se realizan. Hay aquí incontable dinero, encantamiento y una exacta producción mecánica del ideal para el cual el éxito es un espectáculo. Y Chaplin mira con los ojos horrorizados este mundo que ha sido su hogar desde que tenía veinticuatro años. Existe otro mundo hacia el cual mira: el Londres gris y opresivo de su niñez. Tiene cariño por los sufridos cuerpos blancos, los dientes podridos, los ojos sentimentales de los barrios bajos londinenses, porque fueron suyos y están siempre dentro de su corazón. Pero, por la línea materna, la sangre de Chaplin es medio gitana. Por su madre —a quien trajo casi enloquecida y quebrantada a vivir en la costa, cerca de él— otro mundo aún vive en Chaplin: un mundo de praderas y de irresponsable hilaridad.

En la ciudad del éxito, Chaplin lleva consigo el gusto por los barrios bajos londinenses; pero aún en ellos no se sentía en casa. Hasta por aquel triste pasado que formó su cuerpo y su mente tiene una despiadada e irónica repulsión, puesto que allí también el gitano que hay en él era un extraño.


Este contrapunto de simpatía y repulsión es nuestro primer indicio del hombre. La sala de su casa está abarrotada de bibelotes, cuadros, bric-à-bracs, que le han sido enviados por la asombrada magnificencia del mundo. Hay en ella tributos de mandarines chinos y de la realeza de Europa, y allí también, en la pared, cuelgan litografías de Whitechapel y Wapping. A Chaplin le gusta tomarlas de la pared. Representan calles que son como un infierno frío, en el cual las gentes giran despacio, como almas despojadas de todo, menos de la capacidad de sufrir. Mirad a sus ojos mientras contempla el cuadro del mundo de su niñez: son, a la vez, muy tiernos y muy duros. Las emociones de comprensión y de repulsión aparecen en ellos separadamente.

Con esta misma reserva pasa a través de Hollywood. No es un recluso. Su secreto apartamiento es mucho más sutil que eso. Frecuenta el Coconut Grove en el Ambassador, donde la juventud ligeramente degenerada de la costa fermenta en el baile. Permanece durante varias horas en el restaurante de su amigo Harry Bergman, en el Boulevard atestado. Concurre a fiestas —a las de su amiga Marion Davies en su casa de la playa; a las de William Randolph Hearst en su rancho— y en donde quiera que esté, resulta intocable. Este es el principio que mejor explica el equilibrio de la oposición de sensaciones, conducta y pensamiento que él determina. Chaplin es como un átomo que debiera atravesar solo por el mundo. Recorre un camino intrincado, desviándose aquí y allá, atraído innumerables veces, innumerables veces rechazado, pareciendo dar o responder —permaneciendo siempre libre y solo. Una repulsión directa del mundo que le rodea significaría una relación definida con él. No es éste su juego. Si el mundo lo llama, responde, pasivo. Su curso ha sido desviado. Pero él queda impasible. Resuelve toda fuerza con su opuesta. Esto significa, emocionalmente, que frustra en sí mismo cualquier impulso de absoluta dádiva o de embargo absoluto. Permanece im-poseído y en último caso im-poseedor. Pero esta profunda frustración es la clave de su éxito profundo.

Chaplin ha guiado su vida personal con seguro instinto por caminos en donde siempre habría de estar solo. Ama el mundo en que vive y lo desprecia. No quiere cambiarlo: nadie está más lejos del fervor del profeta, y sin embargo, pocos han hecho tanto para mostrarlo en su ridiculez e insignificancia. No desea otro mundo. Usa de éste, tal como es, para asegurar su soledad. Pero, si estuviera realmente solo, encontraría en el silencio de sí mismo alguna aceptación que demostraría su unidad con el mundo.

Hubo un tiempo en que Chaplin me pareció una especie de ángel caído, un ángel maldecido por Dios con todos los sentimientos humanos y con la incapacidad de satisfacerlos; maldecido con el don de provocar risa y amor, y sin el poder de tomar risa y amor para sí. Pero esto era un error sentimental. La desordenada ternura de este hombre, su gentileza y gracia son detenidas por su natural repulsión por la investidura a que tales cualidades deben conducir. La dureza y el egoísmo despiadado son tan parte de él como su ternura.


Chaplin tiene infinitos recursos para conseguir lo que desea. La complicada técnica de su arte es solamente una fase del mismo arte en su vida. Este es el hombre que, cuando fue abordado por primera vez con una invitación para ingresar al cine —no probado y desconocido— hizo ascender la oferta inicial de 75.00 dólares por semana a doce veces esa cantidad. Vi que estaban ansiosos, me explicó. Cuando les dije: creo que estudiaré filosofía, no me gusta representar, vi que palidecieron. Así fue como…

El movimiento es, pues, la vida de este primer maestro del cine. Su arte es la esencia atesorada de su vida. El tema de la película de Chaplin es Chaplin mismo en relación (oposición) con el mundo. Chaplin transita por él, inconmensurablemente espoleado, solicitado, movido —sin embargo, aparte; sin embargo, solo. La forma de la película de Chaplin es la de su propio cuerpo, realzado por el mundo: su cuerpo convertido en una máscara, detrás de la cual el hombre, todo intacto, sigue astuto.

Por supuesto que eso no es tan fácil como parece. Precisamente porque su obra es la encarnación de su vida-genio, de su vida-viaje, su nacimiento es un suceso delicado. Al principio no existe más que el Chaplin atómico, asignado a algún papel que motivara su paso a través del requerido número de rollos. Pero ese paso —en calidad de ayudante de enfermo, tonto de circo, peregrino convicto, bombero, buscador de oro, vagabundo, portero, falso campesino, etc.— ese paso debe estar nutrido de acontecimientos que sean íntimamente Chaplin.

El alma del asunto, siendo íntimamente de Chaplin, él lo lleva consigo. Lo único que necesita esperar es la escala precisa de los episodios que encarnarán esa alma. Aún cuando ya los sucesos han venido a él (los golpes particulares del film) deben ser pesados y medidos. ¿Dónde ensamblarlos? ¿Y cómo?

Entretanto su estudio lo espera a varias millas de distancia. Es un predio agradable de varios acres de extensión. Aquí vive Kono, el notable factótum japonés que administra el viaje personal de Chaplin a través de la vida y sirve como una especie de racional aceite contra las inevitables fricciones de los encuentros inevitables con extraños y amigos. Aquí espera su estado mayor: Alf Reeves (que ha estado con él desde los días del music-hall) Harry Crocker, Carl Robinson, Henry Bergman, Harry Clive, Art Totheroh, posiblemente el director Harry D’Arrast, que trabajó una vez con él.


Es sensible, por supuesto, en cualquier otro lugar. En París, por ejemplo, donde el hombre trabaja con palabras y con pigmentos, como Chaplin con masas humanas, su métier se entiende tan solo como la más alta forma de una práctica común. Pero Hollywood es la ciudad americana común y corriente, no una capital de artistas. Y los estudios de Hollywood dedican su precisión y su conciencia a problemas de mecánica y dinero. Son monumentos de vaguedad estética, nulidad intelectual y azar artístico.

Chaplin también es una criatura del teatro, y no hay teatro sin una “taquilla” en frente. Pero en el estudio de Chaplin existe —con más realidad que en ningún hombre— un hombre del pueblo, un cockney, un gitano, un amigo del music-hall, que mira a los ojos del mundo, como en un espejo, para mirarse a sí mismo más objetiva y exactamente. Así sucede que, yendo al público de Chaplin, regresamos al hombre. Por medio de esta reflexión podemos ver, a través de una atmósfera de instituciones molestas, ladrillos y gendarmes, intacta la belleza. Intelectual francés, oficinista londinense, coolie chino, peón mexicano, o niño de Park Avenue en la común desgracia de su sumisión a un mundo suficientemente atestado de dinero para no dejar lugar al canto o a la danza, pueden contemplar juntos este secreto triunfo que Chaplin ha representado para ellos. Su canción hace estallar al mundo opresivo. Su infantil resistencia a “crecer” de una “manera respetable” se convierte en el triunfo del hombre.




WALDO FRANK (1889-1967). Escritor, historiador y crítico estadounidense. Figura central de la Generación Perdida estadounidense, amigo de Sherwood Anderson, Hart Crane y Jean Toomer. Fue editor de Las siete artes (1917) y tuvo una gran influencia en el latinoamericanismo en Estados Unidos. Publicó Nuestra América (1919), Virgen España (1926) y América Hispana (1931), libro que surgió de su viaje por Latinoamérica en 1929, cuando conoció a Mariátegui en Lima. Mariátegui lo invitó a ser corresponsal de Amauta. Frank escribió sobre Chaplin como símbolo del hombre moderno alienado y a la vez redentor: el vagabundo que se resiste a la máquina. El texto se publicó originalmente en Amauta #26, en septiembre de 1929.




BOLESŁAW BIEGAS (França, 1877-1954). Escultor, pintor, escritor e dramaturgo. Órfão muito cedo, foi criado por camponeses. Entre 1896 e 1901 estudou escultura na Academia de Belas Artes de Cracóvia com Konstanty Laszczka. Foi expulso da Academia em 1900 por causa de sua escultura O Livro da Vida, considerada imoral e decadente pela direção acadêmica. Com apoio da revista simbolista francesa La Plume, muda-se definitivamente para Paris em 1901. Frequenta brevemente a École des Beaux-Arts, mas logo segue carreira independente. Começa no Simbolismo, passa pelo Art Nouveau, depois se aproxima do Cubismo e Futurismo após o Salon de la Section d’Or de 1912. Cria seu estilo próprio que ele chamava de Esferismo – figuras compostas inteiramente de círculos e esferas. Ficou famoso pelos retratos simbolistas, pelas figuras de vampiras e femmes fatales, e pelas esculturas de formas geométricas simplificadas. Fez parte da École de Paris. Dentre suas exposições, destacam-se: Salon d’Automne, Société Nationale des Beaux-Arts (1912-1927), além de exposições regulares em Varsóvia e Cracóvia com o grupo Sztuka. Em 1950 fundou em Paris o Musée Boleslas Biegas, onde reuniu suas obras e coleção pessoal. O museu ainda existe. Bolesław Biegas é o artista convidado desta edição de Agulha Revista de Cultura.

  



Agulha Revista de Cultura

CODINOME ABRAXAS # 13 – AMAUTA (PERÚ)

Artista convidado: Bolesław Biegas (França, 1877-1954)

Editores:

Floriano Martins | floriano.agulha@gmail.com

Elys Regina Zils | elysre@gmail.com

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