hemos dejado
llevar con alegría para poder cumplir con él.
YRENE SANTOS
La obra poética de la dominicana
Yrene Santos evoca las experiencias de la vida y las relaciones familiares en un
léxico que implica una relación con el tiempo, con la lluvia y la música, el cuerpo
del amor y la muerte, en una visión que se convierte, tal como sugiere el título
del libro, en un andar permanente. [1] Una visión de mundo que piensa
el concepto de la escritura como una andadura interminable. Conscientes del esfuerzo
creativo, y del horizonte del camino andado, vemos a la poeta trazar los signos
de identidad y los recuerdos que la habitan como armoniosas revelaciones de su ser.
Y su mundo nos conmueve no por lo que aspira a retener, sino por lo que nos ofrece
como si la poesía fuera una dádiva deslumbrante. Por eso, lo que acontece en estas
composiciones no está fuera de la mirada, tampoco habrá que buscarlo en el ámbito
exterior de las cosas, sino en el fondo del ser, allí donde el vivir humano
conserva su imagen más pulcra y verdadera. Es decir, lo que existe en el interior
de la poeta como una silenciosa referencia de su yo frente a la ordinaria
cotidianidad del entorno que condiciona su paso por el mundo.
Yrene Santos
ha creado, a través de casi cuatro décadas de escritura poética, un paisaje de referencias
y deslumbramientos que nos recuerda que la palabra tiene su propia luz y no necesita
de exageraciones. Las cosas que conmueven la vida se pueden expresar sin alardes
como quien musita una oración o como quien ha aprendido a escucharse a sí misma
en el camino recorrido. Si en su primer libro, Desnudez del silencio (1988),
el erotismo puede considerarse un motivo esencial, es preciso también mirar otras
experiencias que guían su sensibilidad y escritura a través del tiempo. Revelaciones
en las que la inocencia de la infancia, el entorno familiar y las voces del pasado
surgen como referencias de un yo que encuentra en la poesía un signo real
y afectivo. Esto es, un modo de expresar la gratitud hacia la vida. Lo afectivo,
lo que no necesita de mayores explicaciones es visto como iluminadora reflexión.
Por otra parte, lo que distingue las primeras etapas de su poesía, no será solo
la presencia del amor erótico, pues mayor que la expresión física del amor será
la hondura y percepción de la vida misma. En otras palabras, lo que saca fuera lo
más valioso y vulnerable del ser humano, lo que resiste la angustia del tiempo y
acaba proyectándose como una reflexión iluminadora del yo:
Solos,
alcanzando
miradas que se escapan,
sosteniendo
caricias que vagan en tus manos.
Cuando
no llegas a tiempo
mi
vida es un vacío,
el
fatal vacío que acongoja mi espíritu,
pero
cuando el beso escarba mis murallas
soy
dueña de ti
del espacio
del tiempo
La congoja espiritual
del fragmento anterior, es también la expresión externa de lo que inquieta y rodea
la existencia. El sentimiento de una percepción mucho más expansiva y profunda que
nos hace pensar en nuestra propia temporalidad. En el libro Reencuentro (1997),
la poeta reproduce con mayor exactitud el desgaste de la vida, ese que progresivamente
imprime sus señas en el cuerpo. Lo dice con naturalidad frente a la sutil
realidad de un proceso que no dejará nunca de inquietarnos. La mirada recae sobre
el cuerpo, pero sin desesperarse por la imagen fugaz del tiempo que pasa sin detenerse.
Por eso, las cosas que atañen a la vida diaria suceden sin mayor pretensión y existen,
como un proceso natural, para que aprendamos a interpretar la imagen en el espejo:
Empiezo
a envejecer
y
no me reconozco ante el espejo,
soy
objeto y sujeto de un pasado que me miente,
aguijoneada
de amapolas en mi cuello,
lloro
risas,
aspavientos,
recuerdo
los bambúes que a la una y catorce
despojaban
mi rostro dejándome despierta.
En El incansable
juego (2002), se evocan situaciones que corresponden a las relaciones amorosas.
Lo vivido al calor de otro cuerpo ocurre sin que el hablante pueda distinguir lo
que aguarda al final. Para la poeta el amor sucede tal como es, no es necesario
explicar las causas que lo justifiquen como notamos en, “Reconocimiento”, uno de
los poemas más significativos de esta colección:
El
tiempo ha jugado con nosotras. Vino cantando
desde
el vientre lleno de oleajes espesos y suaves.
Con
mariposas en sus curvas un río redondo nos sacó
del
camino adonde la inocencia es perenne y entre
gritos
alegres y punzantes escapamos sin permiso
porque
alguien nos trazó la ruta.
En
lontananza
veo
a esos rostros que extraño
sus
sonrisas abarrotadas de ternura,
para
evitar mi llanto.
Pienso
en las palabras que quisiera escribir
para
que no se pierdan con el tiempo.
Siento
una llovizna detrás de mis pestañas,
siento
que reviento de nostalgia.
Pero
estoy feliz de respirar,
de
escuchar la risa de los seres que amo,
de
los brazos que me abarcan antes de dormir,
y
que otras veces
me
sacan de donde quise quedarme,
allí
disfrutaba de otros colores de la vida…
Será necesario
recordar que la mayor parte de la obra poética de Yrene Santos se ha escrito desde
otro entorno geográfico, cultural y lingüístico. [2] La poeta reside en Nueva
York, pero no por ello se ha dejado asimilar por el idioma y las corrientes de la
cultura norteamericana. Su visión de mundo está arraigada en su idioma y raíces
caribeñas. Por otra parte, la poeta ha creado su espacio. Se ha mantenido colaborando
con organizaciones culturales y comunidades hispanas en la ciudad neoyorquina. No
ignora Yrene Santos que su origen y la fortaleza de su escritura reside, en gran
parte, en la memoria y la geografía de su tierra natal. De allá provienen muchos
de los motivos y recuerdos que impregnan sus textos. Es evidente este trasfondo
de su imaginario poético, pues establece un puente hacia la tierra que la vio nacer.
Esto es importante subrayarlo por el vínculo emocional que la fortalece y anexa
a su escritura recuerdos y experiencias.
En Septiembre
casi termina (2016), otra vez surgen las evocaciones del pasado cuando el amor
suspiraba al ritmo embriagador de la música y del recuerdo de la llovizna pasajera.
Junto a este escenario aparece también la visión conmovedora de la gente más vulnerable,
los que pasan por el mundo como criaturas destrozadas (“La Mujer”, “Pregunta”).
Textos que aluden a una lectura crítica de la injusticia social. Ahora bien, a la
altura del tiempo vivido, y a través de la geografía que traza la mirada, la poesía
de Yrene Santos refleja otras situaciones, como si la vida misma semejara un viaje
de ida y vuelta. Todo lo que supone un vínculo solidario pasa frente a los ojos
de la poeta buscando una comprensión más humana del entorno. Entre un texto y otro
se entrecruzan distintos asuntos. Esto es lo que ocurre al yo lírico al enfrentar
otras experiencias asimilándolas y transformándolas emocionalmente en su óptica
personal. Cada poema contiene su propia estructura, sentimientos y detalles que
condicionan el proceso creativo. Esto es así porque al fin de cuentas toda poesía
lírica es, en sentido figurado, un mosaico de tonos y colores, similitudes y divergencias.
Todo cuanto ocurre dentro o fuera de la inmediata realidad, guiará la intuición
del hablante adquiriendo su forma final en la superficie del lenguaje. Por ejemplo,
el poema “Calma” nos habla de una realidad breve y concreta. Por otro lado, “Poema
para Julia” nos dará una visión de profundos sentimientos y tonalidades. Nos recuerda
que, aunque nunca hayamos visto o conocido a Julia de Burgos, podemos identificarnos
con su obra. Eso es ya un modo de conocerla, de intuir su memoria en el tiempo.
Transcribimos aquí el poema para que el contenido hable por sí mismo:
Cuando
regreses, rodará en mi rostro
la
enternecida claridad que sueñas.
JULIA DE BURGOS
Cómo
me duele que te vayas en medio de la lluvia.
En
la agonía de la oscuridad,
el
amanecer toca la puerta del sol,
pero
él se toma su tiempo,
porque
conoce bien el trayecto de la luz.
Hay
un manantial de sueños
a
esta hora que te marchas
y
la lluvia se cuaja más y más
con
el correr de las horas.
En
un punto no tan distante
al
que te encuentras,
hay
una mujer que te piensa,
te
imagina y te ama tanto.
Ella
desea otra cosa para ti,
que
puedas quedarte más
entre
los olores y la suavidad
de
las sábanas que cuidas con ternura.
Ella
se ilusiona pensando que la palabra se extienda
en
tu memoria, que feliz vaya
bajando
hasta tus manos,
mientras
afuera llueve lentamente,
enfriando
las aceras y bañando
el
huerto de tu patio.
Ella
espera que esa palabra se multiplique
y
se archive en el papel hambriento
que
yace al lado de tu cama.
Encima
de esa pared,
el
pájaro espera pacientemente decidido
el
momento exacto para desplegar sus alas
y
en círculos
anunciar
los abrazos, los besos
y
ese nuevo amanecer que ondeará el espacio
cuando
esta y todas las fronteras sean derribadas
y
el mundo sea, un solo corazón.
El poema se apoya
en seres y objetos concretos (“pared”, “pájaro”, “brazos”, “besos”, “fronteras”),
pero lo que dice se halla más lejano, queda fuera de la vida ordinaria. En el fondo,
lo que anhela el corazón del hablante aún está distante, y ve pasar las ilusiones
como el pájaro del muro, dispuesto a emprender vuelo y convertirse en una mancha
gris en la distancia. Pero lo que desearíamos ver como un hecho real en el poema,
es simplemente el mundo que soñamos. La armonía que soñamos es solamente una ilusión.
Ciertamente, la vida no puede recomponer lo que hemos perdido, la hermosa inocencia
del mundo primigenio, ese mundo que Vicente Aleixandre llamó, Sombra del paraíso.
A la altura de las circunstancias del mundo real, la vida gira al compás de realidades
mucho más complejas, viajamos por el mundo sin advertir que la vida pasa. En cierto
modo, esto es lo que nos recuerda el poema, “No hay nadie persiguiéndola”:
Ella,
la
que se aferra a ver edificado el paraíso
que
ella piensa
es
el mejor para todos los que ama.
No
hay nadie
persiguiéndola,
aun
cuando se acuesta
con
esa esperanza que no muere.
Los poemas de
Verdaderamente (2024), nos sitúan frente a un hecho real: la concepción maternal
del parto. La hondura de la vida expresada en el ámbito de su grandeza y temporalidad.
El parto presentado como una reflexión poética, y a la vez como una experiencia
que recoge cada expresión dolorosa, no como un rechazo físico o espiritual, sino
como una sensación en conformidad con el proceso natural de la vida. En otras palabras,
concebido en la manifestación de lo sagrado y expresado en la poesía como jubilosa
iluminación. El goce de dar vida, descrito sin complejos o remordimientos, se convierte
en exploración de la existencia. La naturaleza misma del ser, revelada, recompensada
y prolongada en el tiempo. Esta postura, adoptada en la primera sección del libro,
es también significativa. Más allá de lo que describe en ella la imagen maternal
se presenta como la expresión más real y profunda del amor:
Su
primer grito,
delgado
pero fuerte,
se
quedó en mis oídos y fui otra desde entonces.
Y
por mis senos,
me
salía el amor a borbotones
empezando
así,
a
tocar las puertas
donde
quienes las abrirían serían ellos,
los
que parí, con
dolores
intensamente
deseados.
Para Yrene Santos,
el amor nunca ha desfallecido y, aunque traspasado por las duras experiencias del
dolor físico, continúa latiendo agradecido, sobrevivido en cada alumbramiento para
que la vida acontezca como un rayo de luz en otro cuerpo. He aquí el siguiente texto:
A
pesar de las casi tres décadas
que
han corrido voluntarias en la casa,
en
el hueso que guarda las memorias
la
fresca juventud de los tres partos
se
mantiene intacta.
Desandaré
los caminos ya andados
y
así
volveré
felicísima
al
dolor de cada parto.
Cada poema contiene
los caminos ya andados. Pero a veces la presuntuosidad nos hace ver cosas
que no existen. Leemos como si el lenguaje dependiera de nuestra disposición emocional.
Para Yrene Santos, sin embargo, cada poema es algo más que un fluir de palabras.
Comprender la poesía no depende de una sola impresión sino de muchas. Por eso, El
andar permanente es un viaje en cuya travesía el dolor y la vida se juntan como
signos de interrogación. Nunca sabemos adónde nos conduce hasta que lleguemos al
puerto final. Es lo que ocurre en “Aguanta mamá, aguanta”. La sensación dolorosa
por la pérdida de la madre amada nos sitúa ante la muerte de un cuerpo que se aleja,
pero sigue presente en la distancia, sigue hablando en silencio, continúa recordándonos
que la vida es un viaje profundo y misterioso:
Aguanta
Mamá Aguanta
los
días ya no serán igual sin ti.
El
otro día le dije convencida;
—
Vete tranquila, mi flor sin nombre
viaja al paraíso en paz
que
a tu paso encuentres
pequeños
ríos frescos,
limpios,
donde
veas piedrecitas de todos los colores
plantas
de aguas y arcoíris en sus olas.
Yrene Santos enfrenta a la muerte con resignación
y conocimiento, no digo que no sienta dolor. Sufre, pero sin dar paso a la desolación.
A pesar del dolor, su corazón de madre reconoce que detrás de una despedida existe
un renacer. Comprende que la muerte es un viaje sereno, la siente como quien ha
salido de sí misma para reconocerse en otro cuerpo. Morir no significa marcharse
para siempre, el cuerpo sigue hacia lo trascendente, pero la vida permanece como
el fruto de su propio cuerpo y esta es la riqueza que la llena de esperanzas. Por
eso, nada podrá privarla de los seres queridos. Reconoce que aquellos que se alejan
es para que la vida continúe su camino:
Que
en tu viaje
haya
luces permanentes, sonrisas detrás de ti
que
cuiden tu falda, tu espalda,
tu
cabecita que cabía en mis manos.
Sin
embargo, hoy
te
pido que aguantes;
pensarás
que ignoro tu sufrimiento,
pero
entiende, Mamá,
solo
quiero darte un beso,
agarrar
tus manos
acariciarte
el pelo
darte
un piquito como acostumbrábamos
recostarme
en tu pecho
imaginarme
niña de nuevo
Aguanta
Mamá Aguanta
Ya
casi llego.
Sin duda, hay
muchos caminos para llegar a la poesía. Nos inclinamos por un poema porque a veces
algo en él se asemeja a nuestra propia vida. Reconocemos que lo nombrado no es ajeno
a la historia de otros seres humanos, y aunque un poema no busca restituir la vida,
en él podemos contemplarla. Por otro lado, el plano connotativo a veces dirá siempre
más de lo que nombra. Lo dirá casi sin proponérselo. En este caso, al anexar el
tema de la muerte al fluir de la vida: Ya casi llego, dice el sujeto lírico,
como insinuando un nuevo nacimiento. Este renacer deseo enfatizarlo, pues
no creo que la poeta tuviera esa intención al escribir el poema.
En su estructura
circular el poema encarna, por un lado, el cálido recuerdo de la madre que parte
de este mundo y, por otro, el fruto del parto intuido en el verso final. La nueva
vida llega para que la existencia siga su curso. En el movimiento del poema la vida
es como un río recurrente, nunca se detiene. Así es esta poesía de Yrene Santos.
La poeta concibe la muerte no como una amenaza: Que en tu viaje / haya luces
permanentes, sonrisas detrás de ti / que cuiden tu falda, tu espalda… nos dice,
recordando que el amor y la vida continúan. En fin, no hay que añadir más. El cielo
nebuloso ha ido despejándose; la madre se ha movido amorosamente de lugar, ahora
nos contempla desde otro horizonte.
NOTAS
1.
Yrene Santos, El andar permanente, Editorial Efímera, Gracias, Lempira, Colección
de Poesía, Poetas en los Confines, 2025.
2.
Yrene Santos aparece nombrada en Autores Dominicanos de la Diáspora: apuntes
bio-bibliográficos (1902-2012), por Sara Aponte y Franklin Gutiérrez. Se
puede tener acceso a este libro en http://academicworks.cuny.edu/cc_pubs/826.
DAVID CORTÉS CABÁN (Puerto Rico, 1952). Poeta y ensayista. Reside en Nueva York, Estados Unidos. Ha publicado los poemarios Poemas y otros silencios (1981), Al final de las palabras (1985), Una hora antes (1991), El libro de los regresos (1999), Ritual de pájaros: antología personal (con prólogo de Ramón Palomares y Eugenio Montejo, 2004), Islas (2011) y Lugar sin fin (2017), así como el ensayo Visión poética en tres libros de Alfredo Pérez Alencart (2017).
PATRICK LEPETIT (França, 1953). Poeta, ensaísta, colagista e pesquisador ligado à rede acadêmica internacional Mélusine. Com forte atuação no Surrealismo contemporâneo, sua produção intelectual e artística investiga as correntes subterrâneas do movimento, mapeando os pontos de contato entre a criação estética, os mitos tradicionais, o hermetismo e as tradições esotéricas. É autor de diversas coletâneas de poesia (como Rouge solaire e Beauté du funambule) e de ensaios fundamentais, entre os quais Le Surréalisme. Parcours souterrain — obra laureada pelo Institut Maçonnique de France —, Surrealism and Operative Alchemy e La tête d’Ogmius. Surréalisme et mythes celtiques. Na vertente plástica, expande esse mesmo lirismo hermético para o campo das colagens e composições oníricas, projetando imagens ocultas do horizonte de nosso tempo. É o artista convidado da presente edição de Agulha Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
Número 266 | setembro de 2026
Artista convidado: Patrick Lepetit (França, 1953)
Editores:
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