Los retratos con
paisajes al fondo existen desde el Renacimiento, el aduanero Rousseau recorriendo
el museo del Louvre no habrá dejado de verlos, la Mona Lisa ocupa un lugar esencial.
Sin embargo, se reivindica como el inventor: "Soy el inventor del retrato
paisaje", y como tal se presenta como el Padre de un nuevo significante
en el mundo del arte.
Se cree un gran pintor.
Henri Jules Rousseau
nació en 1844 en Laval, de origen modesto. Su padre, Julien Rousseau, es un hojalatero
establecido en una de las torres del Portal Beucheresse, vestigio de la antigua
fortaleza de la ciudad. Los archivos municipales permiten precisar que durante todo
el siglo XIX, la familia Rousseau habitó en el Portal Beucheresse. Es una tradición
familiar: a la muerte del padre, el hijo mayor se hace cargo del pequeño negocio
y se instala en el taller de la torre.
Mas, en 1851, esta tradición
va a interrumpirse. Henri Rousseau nunca sería hojalatero como su padre y su abuelo.
De hecho, el padre del joven Henri se endeudó para comprar toda la Casa Beucheresse.
Lamentablemente hipotecado, su negocio fue puesto en liquidación y tuvo que vender
la torre familiar. La familia se mudó a Asnières, cerca de Laval.
Su madre, Eléonore Guyard, es hija del capitán
J. B. Guyard, que partió a la conquista de Argelia. También era nieta del coronel
J. P. Guyant, quien participó en todas las campañas napoleónicas y fue condecorado
con la Legión de Honor.
Henri Rousseau encontró
su primer empleo a los 19 años con un abogado en Angers. Fue liberado de sus obligaciones
militares, pero finalmente se volverá a encontrar, en una elección forzada, con
el ejército. En efecto, cometerá un robo a su patrón, un robo de unos quince francos,
que lo condena en esa época al reformatorio. ¿Prisión o ejército? Henri Rousseau
escoge alistarse por siete años.
Este robo no deja
de cuestionar la relación que tiene con la historia de su padre y sin duda la culpa
del padre ciertamente está ligada a la culpa del hijo. ¿Robó para reponer la deuda
del padre?
El enrolamiento de
Rousseau no es, por tanto, una vocación sino una obligación. Sin embargo, pronto
va a creerse un héroe de guerra. En 1867, conoce a unos misioneros sobrevivientes
de los batallones franceses de la guerra de México, que Napoleón III envió para
sostener a Maximiliano de Austria. El joven Rousseau quedaría entusiasmado y exaltado
con sus relatos y la descripción de los paisajes. Desde entonces, mediante anécdotas
que contaba encantado, sostendrá que él también participó en esos viajes mexicanos,
cosa que jamás sucedió.
Otra anécdota
surge de este período militar. Durante la guerra
franco-prusiana de 1870, aunque nunca combatió, difundirá que salvó a la ciudad
de Dreux de la guerra civil y que sus habitantes lo acogieron como un héroe, exclamando:
"¡Viva el Sargento Rousseau! ¡Viva el Sargento Rousseau!
Se instala, en la
vida de Rousseau, una dimensión mitómana que plantea un enigma. Para asentar una
marca en el Otro, se identificará con estos héroes que no dejan de hacer referencia
a la biografía de su madre, hija y nieta de militares al servicio de Francia...
¿Al identificarse con esos militares, asume en la imaginación el deseo maternal?
La paradoja de la
mentira es que mediante ella se revela la verdad. El discurso mentiroso sólo despliega
la dimensión de la verdad verdadera, separación donde se constituye el sujeto. ¿Qué
nos revela entonces como verdad la mentira del Aduanero Rousseau?
Surgirá en su interior la certeza de tener un rol que
jugar, será quien debe honrar a la Francia heroica y patriótica. De sus hazañas
militares incumplidas, pero fantaseadas, se deslizará hacia la pintura como una
tentativa de elevación.
En 1868 se casa con
Clémence Boitard, la hija de su casero, fallecida en 1888. El 17 de enero de 1871
muere su hijo mayor, a la edad de ocho meses, y comienza a pintar. Le siguieron
otros ocho infantes, pero sólo dos sobrevivirían.
Trabaja como funcionario
en la oficina de Recaudación de la ciudad de París, donde permanecerá hasta 1893,
fecha en la que decide consagrarse por completo a la pintura.
Empezará a pintar
y, sin ninguna formación en dibujo y color, trabaja con persistencia al terminar
las horas de trabajo en la Recaudación de París. Desde entonces no dejará de pintar.
Sus superiores en la oficina de Recaudación le aligerarán su horario para que pueda
tener más tiempo para consagrarse a su pintura.
Escribió en 1907:
Me dieron un servicio más ligero para que pudiera trabajar
más fácilmente. Todavía hoy les estoy agradecido. Han ayudado a dar a Francia, nuestra
patria, uno de sus hijos que tiene un solo objetivo: hacerla aún más grande a los
ojos extranjeros.
Pasa mucho tiempo
en museos y va a contemplar, en el Louvre, las telas de los pintores académicos
del siglo XIX, que venera. Jean-León Gérome y William Bouguereau son para él modelos
de precisión, orientados hacia la búsqueda de la perfección y el realismo.
Rousseau tiene poca
suerte en el mundo oficial del arte, avanza como un artista desconocido y autodidacta,
pero persiste convencido de ser un gran pintor, si no el más grande. Conseguirá
así lo imposible, pasar de pintor aficionado a uno de los artistas más reconocidos
del siglo XX.
Una anécdota célebre
atestigua una historia contada por Picasso durante el famoso banquete en el Bateau-Lavoir,
en noviembre de 1908, que Picasso organizó, entre burla y reconocimiento, en su
honor. El aduanero Rousseau se dirigió a Picasso diciéndole: "¡Somos los
dos pintores más grandes de la época! ¡Tú en el género egipcio, yo en el
género moderno!
Otras historias dan
testimonio de una extraña posición subjetiva del aduanero Rousseau:
Poco después de la muerte de su madre, el 24 de diciembre
de 1890, el pintor leyó por casualidad en un periódico que Henri Rousseau había
recibido la medalla de plata de la ciudad de París por sus cuadros. En realidad,
se trataba de un homónimo, pero, durante cuatro años, nuestro Rousseau llevó en
sus tarjetas de visita la mención: "condecorado". La misma curiosa apropiación
sucede cuando, unos años más tarde, el directorio de una asociación le concediera
por error palmas académicas: llevará el pequeño rosal violeta en el ojal hasta el
final de su vida y pondrá el dibujo de la honrosa corona oficial en sus tarjetas
de visita. [1]
“La verdad refuerza
la estructura de la ficción”, [2] para Rousseau, como
escribe Lacan en Lituraterre.
Sin embargo, Rousseau
está fuera de cualquier esquema y de cualquier academicismo, no tiene noción de
perspectiva, es incapaz de representar la tridimensionalidad, así como las proporciones
del cuerpo humano. Pero, sobre todo, seguirá siendo ajeno al movimiento que lo sostiene.
Como escribe Dora Vallier:
Se beneficia de un estado de rebelión que ni siquiera ve. Los impresionistas, los neoimpresionistas, que conoció en su propio Salón, pasaron desapercibidos para él. Sigue siendo ajeno a las guerras ideológicas del mundo del arte de la época y donde los neoimpresionistas representan la búsqueda de un nuevo orden, hay desorden (...) Pero tiene derecho a ser incluido en el Salón de los Independientes porque la tradición misma es un producto de la cultura y Rousseau está fuera de la cultura. [3]
Si él mismo no ve
nada a su alrededor, en una posición de no querer saber nada, la fuerte presencia
de su pintura se impondrá en el mundo del arte y será llamado el precursor, el padre
del arte Naïf.
Instalará el gesto de pintar a nivel del instinto y,
al imponer con fuerza su visión, dará origen a una categoría de pintura completamente
nueva: los pintores ingenuos de la pintura: los pintores naïfs, primitivos, los pintores dominicales, los maestros
populares de la realidad. [4]
Se libera de todas
las convenciones pictóricas e inventa un estilo singular orientado por la creencia
en su propio genio. Esconde, entre la hierba alta o entre las flores, los pies que
no sabe dibujar. Los personajes suelen ser más burdos que la vegetación y tienen
cuerpos con proporciones radicalmente asimétricas. Dibuja así, en 1909, en su tela
La musa que inspira al poeta, una Marie Laurencin enorme., vestida con una
toga romana violeta y con un collar con pensamientos engastados en el cuello, ateniéndose
literalmente al texto: "para un gran poeta como Guillaume Apollinaire, se
necesita una gran musa".
Los Jugadores de
Futbol representa un partido
de futbol improbable, pintado en un movimiento poco realista, ya sea por el número
de jugadores con trajes de baño o por sus gestos danzantes, casi flotantes, en un
paisaje de árboles poéticos, atrapando un balón ovalado de color rojo anaranjado.
Las hojas de su vegetación
son desmesuradamente inmensas y totalmente excéntricas. Las proporciones de las
hojas aumentan hacia arriba en lugar de disminuir. Ha puesto a trabajar a generaciones
de botánicos tratando de encontrar las referencias florales exóticas, mientras que
éstas sólo surgían de su imaginación y de sus paseos por el Jardín Botánico.
Su pintura libre
y singular, con grandes planos de color intenso, marca sin embargo su época y llamará
la atención de los artistas de Vanguardia. A partir de 1894, Alfred Jarry le distinguirá
como una curiosidad y obrará para darle a conocer en los círculos del Mercurio.
Es él quien le dará ese sobrenombre de Aduanero, como un eco de su trabajo
en la Recaudación de París.
Más tarde, Guillaume
Apollinaire, para quien sólo lo nuevo es moderno, se fijará en la pintura
del Aduanero y le dará un lugar en el mundo del arte. Lo presentará a Delaunay,
a Picasso quienes le comprarán obras. Cuando el Salón de los Independientes abrió
sus puertas, declaró, el 18 de marzo de 1910, en su columna de El Intransigente,
su admiración sin reservas por El Sueño:
La belleza surge de este cuadro, es indiscutible (…) Creo que este año nadie se atreverá a reírse
(…) Pregunten a los pintores. Todos son unánimes: admiran. Admiran todo,
incluso este sofá Luis-Felipe, perdido en el bosque virgen, y tienen razón.
La escalera psicoanalítica,
“es sobre la cual el jergón se iza, se eleva para hacerse bello. Es
su pedestal lo que le permite elevarse a la dignidad de la cosa”. [7] Esto traduce gráficamente la sublimación freudiana,
pero tiene su intersección dialógica con el narcisismo y el cuerpo hablante.
En 1981, en el Salón de los Independientes,
Rousseau expuso un cuadro, ¡Sorpresa!, que porta también el título de La
tormenta en el bosque virgen. El universo del pintor hasta ahora se ha constituido
esencialmente de escenas de retratos y paisajes de atmósfera bucólica y tranquila.
Es la primera jungla del Aduanero, un tigre está a punto de abalanzarse sobre una
presa invisible en un bosque exótico desatado por el viento y la tormenta. El ojo
del tigre está en el centro del lienzo, más sorprendido que amenazador.
Es Félix Valloton, quien también expone
en los Independientes, quien hará un balance de lo que está por venir en la pintura
del Aduanero. Escribe en el Diario Suizo del 25 de marzo de 1891:
(...)
Lo aplasta todo. Su tigre sorprende a una presa a la vista; es el alfa y omega
de la pintura, y tan desconcertante que las convicciones más arraigadas se detienen
y vacilan ante tanta suficiencia y tanta infantil ingenuidad…
No fue hasta 1904 con el cuadro El
león hambriento se abalanza sobre el antílope que las selvas volvieron a la
pintura y que la imaginación exótica del pintor se manifestó magníficamente. Suelen
ser escenas de devoraciones a escala infantil y arcaica, en selvas frondosas, bosques
con una vegetación inaudita e increíble.
Cierto, ha habido tres Exposiciones Universales
en París en 1878, 1889 y 1900, con decorados reconstruidos de un mundo exótico y
“un mundo distinto”. Mas el Aduanero Rousseau jamás ha dejado París y su región
y, además de sus visitas al pequeño zoológico del Jardín Botánico y sus invernaderos
tropicales, y de la lectura de Álbumes ilustrados o del Petit Journal en
boga en esa época, la excentricidad de sus animales salvajes, sus árboles, plantas
y flores crean un decorado completamente nuevo, cercano al onirismo.
Si las fieras pueblan sus bosques, las
mujeres también tienen allí una presencia manifiesta. En 1907 pinta La encantadora
de serpientes, encargada por Madame Delaunay, la madre de Robert, que le ha
contado sin duda de su vida en la India. Este cuadro será adquirido por el coleccionista
Jacque Doucet por consejo de André Breton. Fue el primer cuadro que entró en el
Louvre en 1937, mientras que Las Señoritas de Aviñón de Picasso fue rechazado.
Pinta, en un bosque de denso cromatismo
verde, cerca de un lago con reflejos iluminados por la suave luz de la luna, una
Eva negra, de formas redondas, con ojos que brillan como perlas blancas, a sus costados
un pájaro con plumaje rosa y sombrías serpientes negras, una de las cuales se enrosca
en el cuello. Con su flauta, parece seducir a la serpiente y el Aduanero Rousseau
invierte aquí la parábola bíblica donde es ordinario que la serpiente seduzca a
la mujer, ante la cual aquí ella sucumbe.
En el cuadro El sueño, uno de sus últimos,
pintado en 1910, recrea otra Eva. En una explosión de colores, pinta, en una jungla,
a una mujer odalisca desnuda recostada en un sofá de terciopelo rojo, escuchando
un flautista, una escena onírica que parece provenir del propio inconsciente del
pintor, un acertijo que oscila entre una escena interior y otra escena exótica.
Por medio de su pintura, Rousseau parece
soñar con La Mujer, construcción y formación de su inconsciente, la hace
existir gracias a sus pinceles, bella y completamente.
Podemos sin duda retomar una frase de
Lacan extraída de la Conferencia de Ginebra sobre el síntoma, en 1975: La
mujer no existe. Hay mujeres, mas la mujer es un sueño del hombre. [8]
Además,
el secreto de Rousseau no puede residir enteramente en esta supuesta franqueza ilimitada,
cuyos rasgos desorientadores citamos una y otra vez. Sólo sirve como una pantalla
electiva para cubrir los flujos magnéticos que desde la obra pictórica de Rousseau
se difunden hacia nosotros, y que considero sólo propios de ella. [9]
En su apartamento de la Rue Fontaine de
París, en el centro exacto de la pared de su estudio (ahora presentado en
Beaubourg), entre innumerables estatuas africanas, oceánicas y nativas americanas,
pinturas, objetos antiguos surrealistas, una pequeña naturaleza muerta de Rousseau.
Con su obra, el artista nos acerca a las puertas
de los sueños, donde se ha convertido en un paseante de lo maravilloso y lo imaginario.
NOTAS
1. “Douanier Rousseau”, Revue Grand Peintres, Núm.
15.
2. Lacan, J. “Lituraterre”, Autres ´Écrits, Éditions
du Seuil, Paris, 2001.
3. Tout l’ouvre peint de Henri Rousseau, preface de
Dora Vallier, Les classiques de l’art, 1970, Flammarion, Paris.
4. Id.
5. Tout l’ouvre peint de Henri Rousseau, op. cit.
6. Lacan, J. Le Seminaire Livre XXIII, Le symtòme, Éditions du Seuil, Paris, 2005.
7. Miller, J. A., “La orientation lacanienne”, L’inconscient
et le corps parlant, La Cause de désir, n. 88, octubre 2014.
8. Lacan, J., “Conférence à Genève sur le symptòme,
4 octubre 1975, La cause de désir, n. 95, abril 2017.
9. Breton, A., Le surréalisme et la peinture, Édition
Folio essais, Gallimard, 1965.
ISABELLE DOUCET VEYRET (París, Francia, 1967). Escritora, psicoanalista e historiadora
del Arte. Vive en la ciudad de Limoges. Su trabajo se enfoca en la intersección
entre psicoanálisis y creación artística. Sus libros: Autour de l’irrépresentable
(Marsa, 2023), Le modèle déconstruit dans l'histoire
de l'art: Orlan face à Picasso (TraHs, 2023). Forma parte del comité de redacción de Revue A Littérature-Action.
Miembro destacado de la Asociación La Rosa Imposible y la Casa André Breton,
en Saint-Cirq Lapopie. Ensayo traducido por Ricardo Echávarri.
PATRICK LEPETIT (França, 1953). Poeta, ensaísta, colagista e pesquisador ligado à rede acadêmica internacional Mélusine. Com forte atuação no Surrealismo contemporâneo, sua produção intelectual e artística investiga as correntes subterrâneas do movimento, mapeando os pontos de contato entre a criação estética, os mitos tradicionais, o hermetismo e as tradições esotéricas. É autor de diversas coletâneas de poesia (como Rouge solaire e Beauté du funambule) e de ensaios fundamentais, entre os quais Le Surréalisme. Parcours souterrain — obra laureada pelo Institut Maçonnique de France —, Surrealism and Operative Alchemy e La tête d’Ogmius. Surréalisme et mythes celtiques. Na vertente plástica, expande esse mesmo lirismo hermético para o campo das colagens e composições oníricas, projetando imagens ocultas do horizonte de nosso tempo. É o artista convidado da presente edição de Agulha Revista de Cultura.
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