1 BORGES EN SU PRINCIPIO, EN UN JARDÍN
EN EL JARDÍN queridos poemas de Borges. Leo, me encuentro leyendo
poemas de El Hacedor, tantas veces leídos en la adolescencia. El
otro día vi la película Cromwell y me llevó a buscar algunos de sus
poemas, y di un paseo por su poesía. Por esto me la traigo al jardín, además del
libro que estoy leyendo. Ayer Ester Abreu me mandó el artículo que había publicado
en La Nación una escritora que trabajó con él, por el encargo por parte de una editorial
de un prólogo para Shakespeare. Me gustó leerlo, como le dije a Ester. Como me gusta
ir encontrando queridos poemas esta mañana en este jardín. Rompe la lectura de Mi
siglo de Aleksander Wat, pero se lo puede permitir la poesía. Todo momento
es momento para la poesía. Así tu vida.
2 DOS TÓRTOLAS Y LOS POEMAS DE BORGES
ME LLEVO LA poesía de Borges esta mañana al jardín, porque el
otro día ya di un paseo por ella y pienso que me puede hacer compañía. Al abrirla
sale el poema “Elvira de Alvear” de El Hacedor.
He leído estos poemas tantas veces.
Los vuelvo a leer. Y luego voy al prólogo inicial, en el que presenta su poesía
completa, y es por mí muy recordado. A continuación, el prólogo que escribió a su
primer libro, Fervor de Buenos Aires, de 1923, pero muchos años después
y tras revisarlo. Pienso que puedo leer estos primeros libros. Los he leído menos
veces, muchas he empezado toda poesía de Borges por el ya muy maduro y fundamental
El otro, el mismo, quizá por tener presente y respetar el reparo
que por primerizos sentía Borges por estos libros, y que le llevó a esta revisión
importante o muy importante. Otras veces he leído libros sueltos, he empezado su
poesía por donde ha quedado abierta —como hoy en El Hacedor—, o la he empezado por los libros finales,
o he leído los dos últimos que no están en esta Poesía completa —La cifra y Los conjurados. Leí en una entrevista que Roberto Alifano
decía que él le decía a Borges que no podía corregir y revisar esos libros tantos
años después. Ayer leí este artículo de una escritora que colaboró con él. Eran
ya los ochenta, y los ochenta también de Borges. Hablaba en su artículo de las variaciones
que el escritor empleaba. Pero en las que había también novedad. No conozco estos
libros primeros de poemas de Borges en sus ediciones originales, y no puedo saber
por tanto cuánta y cuán importante fue esta labor de corrección y revisión que realizó.
Es tarea para estudiosos. Los tengo que leer y puedo leer tal como él los dejó.
Nos dice en este prólogo al revisado Fervor
de Buenos Aires: “No he reescrito el libro. He mitigado sus excesos barrocos,
he limado asperezas, he tachado sensiblerías y vaguedades y, en el decurso de esta
labor a veces grata y otras veces incómoda, he sentido que aquel muchacho que en
1923 lo escribió ya era esencialmente —¿qué significa esencialmente? — el señor
que ahora se resigna o corrige. Somos el mismo; los dos descreemos del fracaso y
del éxito, de las escuelas literarias y de sus dogmas; los dos somos devotos de
Schopenhauer, de Stevenson y de Whitman. Para mí, Fervor de Buenos Aires prefigura
todo lo que haría después. Por lo que dejaba entrever, por lo que prometía de algún
modo, lo aprobaron generosamente Enrique Díez-Canedo y Alfonso Reyes”. Hay algo
muy bonito aquí, algo que me parecerá sentir al leer estos libros que es así, y
es una convicción. Y es la de que Borges está ya en estos poemas de juventud (he
dicho no sé cuántas y cómo pudieron ser las variaciones que llevó a cabo sobre ellos
en su alta edad), está en lo más íntimo de su voz, en su aliento más cálido y conmovedor,
y está incluso en cosas que no nos agradan (o no me agradan) por resultarnos algo
artificiosas en la manera de escribir que es pero que también están ya en el principio.
Está con su candor y su limpidez y también con ciertos dejes o amaneramientos que
sentimos —o siento— un proceder retórico. Pero que son suyos y lo
caracterizan. Y están ya aquí. Continúa este muy bello prólogo a su revisado primer
libro: “Como los de 1969, los jóvenes de 1923 eran tímidos. Temerosos de una íntima
pobreza, trataban como ahora, de escamotearla bajo inocentes novedades ruidosas.
Yo, por ejemplo, me propuse demasiados fines: remedar ciertas fealdades (que me
gustaban) de Miguel de Unamuno, ser un escritor español del siglo diecisiete, ser
Macedonio Fernández, descubrir las metáforas que Lugones ya había descubierto, cantar
un Buenos Aires de casas bajas y, hacia el poniente o hacia el Sur, de quintas con
verjas./ En aquel tiempo, buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha;
ahora, las mañanas, el centro y la serenidad”. He citado a veces una reflexión que
me parece muy acertada y da que pensar y nos regala Borges en otro prólogo, ya en
un libro de madurez: “Es curiosa la suerte del escritor. Al principio es barroco,
vanidosamente barroco, y al cabo de los años puede lograr, si son favorables los
astros, no la sencillez, que no es nada, sino la modesta y secreta complejidad”.
Él sabía este camino. Estamos en el principio de este camino. Algo nos dice de él
y de la fidelidad a uno mismo en el prólogo a su poesía toda, que precede al que
he transcrito y abre su revisado primer libro: “He compilado en este volumen toda
mi obra poética, salvo algún ejercicio cuya omisión nadie deplorará o notará y que
(como de ciertos cuentos de las Mil y Una Noches dijo el arabista
Edward William Lane) no podía ser purificado sin destrucción. He limado algunas
fealdades, algún exceso de hispanismo a argentinismo, pero en general, he preferido
resignarme a los diversos o monótonos Borges de 1923, 1925, 1929, 1960, 1964, 1969
así como al de 1976. Esta suma incluye un breve apéndice o museo de poesías apócrifas”.
Hay la intimidad, el eco hondo de una voz
en lo más íntimo en algunos de sus poemas breves — “El sur”, “Un patio”, “La rosa”
—, que leo con emoción. Como toda esta voz que empieza, con sus imperfecciones o
inseguridades o vacilaciones, y también con la convicción que está ya en su centro.
Y le hace ser ya Borges, y estar y ser ya él en los poemas de estos primeros libros.
Leo el final del poema “Jardín”: “Todo el jardín es una luz apacible/ que ilumina
la tarde./ El jardincito es como un día de fiesta/ en la pobreza de la tierra”.
Lo traigo aquí porque leo estos poemas en un jardín. Me los he traído de casa para
leerlos en un jardín.
Éste es el prólogo al libro siguiente, Luna de enfrente: “Hacia 1905, Hermann Bahr
decidió: El único deber, ser moderno. Veintitantos años después, yo me impuse
también esa obligación del todo superflua. Ser moderno es ser contemporáneo, ser
actual; todos fatalmente lo somos. Nadie —fuera de cierto aventurero que soñó Wells—
ha descubierto el arte de vivir en el futuro o en el pasado. No hay obra que no
sea de su tiempo; la escrupulosa novela histórica Salammbó, cuyos protagonistas
son los mercenarios de las guerras púnicas, es una típica novela francesa del siglo
diecinueve. Nada sabemos de la literatura de Cartago, que verosímilmente fue rica,
salvo que no podía incluir un libro como el de Flaubert./ Olvidadizo de que ya lo
era, quise también ser argentino. Incurrí en la arriesgada adquisición de uno o
dos diccionarios de argentinismos, que me suministraron palabras que hoy puedo apenas
descifrar: madrejón, espadañan, estaca
pampa…/ La ciudad de Fervor de Buenos
Aires no deja nunca de ser íntima; la de este volumen tiene algo de ostentoso
y de público. No quiero ser injusto con él. Una que otra composición —El general Quiroga va en coche a la muerte— posee acaso toda la vistosa belleza de una calcomanía;
otras —Manuscrito hallado en un libro de Joseph Conrad— no deshonran,
me permito afirmar, a quien las compuso. El hecho es que las siento ajenas; no me
conciernen sus errores ni sus eventuales virtudes./ Poco he modificado este libro.
Ahora ya no es mío”. Entiendo a Borges. Entiendo lo que dice, y que así se lo parezca.
Pero siento también la intimidad expresada en versos muy delicados en algunos de
estos poemas. Leo en un poema que él en este prólogo ha destacado con agrado, “Manuscrito
hallado en un libro de Joseph Conrad”: “El mundo es unas cuantas tiernas imprecisiones”.
Siento que no otra cosa es lo que estoy aquí diciendo de Borges y su principio.
Pero esas imprecisiones se pueden sentir como una verdad y ser una verdad. Así la
ternura y la belleza del último verso del poema siguiente, “Singladura”: “En la
cubierta, quietamente, yo comparto la tarde con mi hermana, como un trozo de pan”.
Así compartimos este principio del poeta, el amor que hay en ese principio. El amor
que ha de sustentar una vida como ninguna otra cosa lo haga para dedicarla a la
poesía. Al final del último poema de este segundo libro, “Versos de catorce”: “Así
voy devolviéndole a Dios unos centavos/ del caudal infinito que me pone en las manos”.
Así, con los poemas. Con el amor y los poemas. Con el amor que se necesita para
escribirlos y con el que los escribimos. Así lo siento al releer estos poemas de
juventud de Borges, que en la vejez revisó y corrigió pero sintió también que estaba
ya en ellos. Siento a Borges en su principio, en un jardín. La poesía siempre es
principio, siempre es jardín. Me ha sido muy grato de esta manera sentirlo al volver
a leer en él, en un jardín, los poemas de los primeros libros de Borges, un Borges
joven pero que ya está y sentimos en ellos, como sintió él también al releerlos
con la intención de revisarlos.
Barcelona, 15 de junio de 2026
LLANEZA
A Haydée Lange
SE
abre la verja del jardín
con
la docilidad de la página
que
una frecuente devoción interroga
y
adentro las miradas
que
precisan fijarse en los objetos
que
ya están cabalmente en la memoria.
Conozco
las costumbres y las almas
y
ese dialecto de alusiones
que
toda agrupación humana va urdiendo.
No
necesito hablar
ni
mentir privilegios;
bien
me conocen quienes aquí me rodean,
bien
saben mis congojas y mi flaqueza.
Eso
es alcanzar lo más alto,
lo
que tal vez nos dará el Cielo:
no
admiraciones ni victorias
sino
sencillamente ser admitidos
como
parte de una Realidad innegable,
como
las piedras y los árboles.
Barcelona, 17 de junio de 2026
3 EL OLOR DE ESA CARPINTERÍA
“A veces pienso con nostalgia/ en el olor de esa carpintería”:
así acaba el poema de Borges en que habla Jesús. Se lo refiero ayer a los amigos
del grupo de Biblia, tras el comentario de una amiga que ponía el acento —y el valor
y el significado que había en ello— en los treinta años primeros de Jesús, en cómo
quiso ser una persona. Y recuerdo el final de este poema de Borges en que habla
Jesús, acaba, les digo, con un gesto humanísimo. Me lo hace recordar el comentario
de esta amiga y así se lo digo. También que lo estaba releyendo estos días. Ya me
llamó especialmente este final del poema. Recuerdo que Bioy Casares cuenta el asombro
y la maravilla de la madre de Borges ante este poema, y que le dijo que no parecía
que lo hubiera escrito una persona. Recuerdo también el asombro de Bioy ante esta
afirmación. Pero es un pensamiento bello y no equivocado el de la madre de Borges,
y que cabe ante el arte a veces tener. Mi reino no es de este mundo y no lo parece
tampoco a veces el misterio y la belleza que el arte alcanza. Que puede representar
este sorpresivo, tierno y bellísimo final de este poema. Curiosamente el fraile
franciscano que imparte las sesiones habla de los Evangelios apócrifos. Le digo
que los compré en otoño en la Feria del Libro, en la edición, precisamente, de la
Biblioteca personal de Borges. Es una edición de hace muchos años, y no suele verse.
Estaban los tres tomos (están publicados en esta colección en tres tomos) y los
compré. El fraile ha hecho algún comentario sobre estos Evangelios que me hace recordar
algún juicio que hace Borges sobre ellos en su prólogo. Dice que a veces Jesús no
conoce bien y pone a prueba los límites de su poder. El fraile asiente, así él lo
había mostrado con algún ejemplo. Borges dice que no se puede prescindir de ellos,
de la compañía y el complemento que son. También lo dice a su manera el fraile.
Y que a veces son muy profundos. Le digo que busque el prólogo de Borges, y verá
su lucidez. (Le digo también que en él Borges dice que apócrifos no quiere decir
falsos sino escondidos, y el fraile asiente). Me fijé en ellos cuando salieron,
pero no los compré porque mi padre me dijo que no los leyera. Me dijo que la sor
o monja que les daba catequesis decía cosas de ellos —Jesús que da vida a unos pájaros
de barro y echan a volar. Hice caso a mi padre. Y, los he comprado, pero no los
he leído. Quiero antes leer seguidos los Evangelios canónicos y a San Pablo. Y luego
los leeré. Así pienso hacerlo. Por la profundidad que pueden tener y la luz que
puedan arrojar, para no condenar de antemano ese acervo de cultura y de saber y
también de fe que son. Lo dice Borges en su prólogo, nos lo dice un joven fraile
franciscano anoche. Quizá, puede muy bien ser que haya escrito en otro momento sobre
esto. La verdad de un sentimiento puede volver como la lluvia. A veces pienso con
nostalgia/ en el olor de esa carpintería.
Barcelona, 17 de junio de 2026
4 LAS LÍNEAS DE SU CARA
Leo a Edward Gibbon y aun antes de leerlo sé que conozco su valor
por Borges, y en una suerte de prólogo lo indico y me refiero a cómo ha sido vehículo
de transmisión de cultura de obras que hubieran quedado ignotas o defensor de grandes
obras clásicas. Hace un año me complacía leer de manera íntegra y directamente en
las Confesiones de San Agustín pensamientos y expresiones que
conocía por ser muy citadas por él. También por él —por Borges— leí el verano pasado el Peregrino querubínico de Angelus
Silesius. Y, lo refería también, al empezar a leer a Gibbon siento muy cierta la
aseveración de Borges que nos traslada su traductor: “Gibbon parece abandonarse
a los hechos que narra y los refleja con una inconsciencia divina que lo asemeja
al ciego destino, al propio curso de la historia. Como quien sueña y sabe que sueña,
como quien condesciende a los azares y a las trivialidades de un sueño”.
Pienso también en Borges y la cultura en
una combinación de perspectivas. Me viene al recuerdo un querido texto de Borges,
que me deslumbró en la adolescencia, y el uso y el gusto —pero en esto nada es sólo
un juego, ni en el arte ni en el pensamiento— de la cultura y su referencia a ella.
También su mismo empleo. Insistiré, en varios aspectos al respecto —para esto escribo,
en parte al menos. Me vuelve al recuerdo este texto de Borges al leer el sucinto
último capítulo o sección del capítulo 7 de Gibbon, que tiene algo de compendio
y dice así:
Decadencia
del Imperio Romano
Desde que Rómulo, con una pequeña banda
de pastores y proscritos, se fortificó en las colinas cercanas al Tíber, ya habían
transcurridos diez siglos. Durante los cuatro primeros siglos, los romanos, en la
escuela laboriosa de la pobreza, habían adquirido las virtudes de la guerra y el
gobierno; mediante el ejercicio vigoroso de esas virtudes y la asistencia de la
fortuna, habían conseguido en el curso de tres siglos sucesivos el dominio absoluto
sobre muchos países de Europa, Asia y África. Los últimos trescientos años se habían
consumido en aparente prosperidad y decadencia interna. La nación de soldados, magistrados
y legisladores que integraban las treinta y cinco tribus del pueblo romano se disolvió
en la masa común y se confundió con millones de provincianos serviles que recibieron
el nombre sin adoptar el espíritu de los romanos. Un ejército mercenario, reclutado
entre los súbditos y los bárbaros de la frontera, era la única clase de hombres
que conservaba y abusaba de su independencia. Mediante su tumultuaria elección,
un sirio, godo o árabe era elevado al trono de Roma e investido con poder despótico
sobre las conquistas y sobre el país de los Escipiones.
Los límites del
Imperio Romano todavía se extendían desde el océano Occidental al Tigris y desde
el monte Atlas al rin y el Danubio. Para la mirada inculta del vulgo, Filipo parecía
un monarca no menos poderoso que Adriano o Augusto. La forma era la misma, pero
su salud espiritual y su vigor se habían evaporado. La laboriosidad del pueblo estaba
desalentada y extenuada por largas temporadas de opresión. La disciplina de las
legiones, que sólo después de la extinción de toda otra virtud había mantenido la
grandeza del Estado, se corrompió por la ambición y se relajó por la debilidad de
los emperadores. La resistencia de las fronteras, que siempre había consistido más
en las armas que en las fortificaciones, se fue poco a poco socavando, quedando
las provincias más florecientes expuestas a la rapacidad y a la ambición de los
bárbaros que pronto descubrieron la decadencia del Imperio Romano.
Este texto de
Borges que me hace de nuevo recordar es “Del rigor en la ciencia”:
…En aquel imperio, el Arte de la Cartografía
logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad,
y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, esos Mapas Desmesurados
no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que
tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio
de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa
era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y de los Inviernos.
En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por
Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas
Geográficas. (SUÁREZ MIRANDA:
Viajes de varones imprudentes, libro cuarto, cap. XLV, Lérida, 1658.)
Que me deslumbró en la adolescencia. Lo puede mostrar el que lo pusiera
—se pusiera a sugerencia mía— en un número de la revista del colegio. Hay algo
que trasciende al texto y la expresión y es el empleo de la cultura, sofisticado
y nuevo, que se da en Borges, con el que no sólo enriquece su obra y a sí mismo,
sino que también ensancha los límites de nuestra literatura. Comenté que el otro
día una escritora entonces joven que colaboró con Borges en la preparación de un
prólogo para Shakespeare refería su experiencia en un artículo en La Nación de Buenos Aires. Recordaba que Borges se inventó
una de las referencias de cultura, algo muy de su carácter y de su gusto, y decía
que ya no sabía cuál era la inventada. Hay dos secciones particulares en dos libros
de Borges que están marcadas por este empleo de la cultura, que da resultados deslumbrantes
y magistrales, y son El hacedor e Historia universal de la infamia. Bueno,
El hacedor es todo él una obra particular, así sentida y dicha por él mismo —nos dice en su epílogo:
“Quiera Dios que la monotonía esencial de esta miscelánea (que el tiempo ha compilado,
no yo, y que admite piezas pretéritas que no me he atrevido a enmendar, porque las
escribí con otro concepto de la literatura) sea menos evidente que la diversidad
geográfica o histórica de los temas. De cuantos libros he entregado a la imprenta,
ninguno, creo, es tan personal como esta colecticia y desordenada silva
de varia lección, precisamente porque abunda en reflejos e interpolaciones. Pocas cosas me
han ocurrido y muchas he leído. Mejor dicho: pocas cosas me han ocurrido más dignas
de memoria que el pensamiento de Schopenhauer o la música verbal de Inglaterra”.
He recordado a veces su precioso prólogo. También el epílogo es bello y sustantivo.
Nos dice en su segundo y final párrafo: “Un hombre se propone la tarea de dibujar
el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de
reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de
instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre
que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”. Muy bien. Quizá
hay un eco en un poema de mi segundo libro, “Clave”: “No sé nada, no quiero nada,/
no espero nada.// Pero/ todo lo que he escrito/ tiene la forma de mi cara”. Me invita
a hacer una pregunta que me invitan también a hacer las palabras de Borges. ¿Y los
libros, y la cultura? La lectura. Nos hace ser como somos, y ser distintos y únicos.
Nada hay más íntimo, pues a cada uno lo conforma más como es. Creo que esto se da
de manera particularmente patente en Borges, y es algo que distingue su personalidad
y su obra. Y hay algo íntimo, esencialmente e inconfundiblemente íntimo en la cultura
y en cómo nos conforma como personas. Es algo distinto de la erudición. Es vida
íntima. Creo que esta intimidad, esta conformación de la personalidad en la sensibilidad
y en lo íntimo que producen la cultura y la lectura como digo se da de un modo particular
en Borges, y es aportación personalísima que realiza a nuestra cultura. No digo
algo nuevo ni que Borges mismo no nos haya dicho. Lo ha dicho en poemas —“Un lector”, “Mis libros”—, en sentenciosos pensamientos
en prólogos. Así acaba el de Historia universal de la infamia: “Leer, por lo pronto, es una actividad posterior
a la de escribir: más resignada, más civil, más intelectual”. Que era en gran parte
también recreación de vidas. Recuerdo otra final sentencia al final de otro prólogo
y lo voy a buscar. Son las líneas finales del prólogo a Discusión, fechado en Buenos
Aires en 1932: “Vida y muerte le han faltado a mi vida. De esa indigencia, mi laborioso
amor por estas minucias. No sé si la disculpa del epígrafe me valdrá”. Pero su vida
ha sido también la de los libros, y es vida alta y honda y es vida íntima.
He abierto El hacedor para releer su epílogo. Recuerdo bien y he leído muchas veces este libro.
La página que precede al epílogo, que veo al volver hacia atrás la hoja, es el texto
“In memoriam J.F.K”. Pienso que además de las transmutaciones y el espíritu, el
alma que cabe sentir y ver en un objeto —y en él una fuerza—, cabe también sentirlos y verlos de la cultura
y sus transmutaciones, de cómo se asumen y hacen distintas en las distintas personas.
Las recreaciones de Borges —lo he
dicho— lo hacen patente como pocas
cosas lo hacen. Traigo este texto:
In
memoriam J.F.K.
Esta bala es antigua.
En 1897 la disparó contra el presidente del Uruguay un
muchacho de Montevideo, Arredondo, que había pasado largo tiempo sin ver a nadie,
para que lo supieran sin cómplices. Treinta años antes, el mismo proyectil mató
a Lincoln, por obra criminal o mágica de un actor, a quien las palabras de Shakespeare
habían convertido en Marco Bruto, asesino de César. Al promediar el siglo XVII la
venganza la usó para dar muerte a Gustavo Adolfo de Suecia, en mitad de la pública
hecatombe de una batalla.
Antes, la bala fue otras cosas, porque la transmigración
pitagórica no sólo es propia de los hombres. Fue el cordón de seda que en el Oriente
reciben los vizires, fue la fusilería y las bayonetas que destrozaron a los defensores
del Álamo, fue la cuchilla triangular que segó el cuello de una reina, fue los oscuros
clavos que atravesaron la carne del Redentor y el leño de la Cruz, fue el veneno
que el jefe cartaginés guardaba en una sortija de hierro, fue la serena copa que
en un atardecer bebió Sócrates.
En el alba del tiempo fue la piedra que Caín lanzó contra
Abel y será muchas cosas que hoy ni siquiera imaginamos y que podrán concluir con
los hombres y su prodigioso y frágil destino.
No recordaba especialmente
este texto, hay muchos de El hacedor que sí recuerdo especialmente. Pero leo antes
la final sección “Etcétera” de Historia universal de la infamia. Me
encanta “Un teólogo en la muerte”. Las palabras que se borran porque se escriben
sin convicción —y así debería pasar siempre, y quizá pasa. Otros textos preciosos, que dicen
y muestran este carácter universal desde fuentes de distintas culturas que tiene
la obra de Borges. “El brujo postergado”, que también me gusta, viene del libro
de Don Juan Manuel, un libro muy querido por mi padre, que se llamaba como él.
El hacedor, este libro que Borges nos dijo era su libro más personal.
Es uno de mis libros de Borges. Me deslumbró también en la adolescencia “Ragnarök”,
y como epígrafe de uno de los textos que en ella escribí puse esta frase de él:
“Todo empezó por la sospecha (tal vez exagerada) de que los Dioses no sabían hablar”.
Textos muy queridos. El misterio de la identidad y el tiempo dicho al final, tras
el relatar un caso particular que este misterio muestra, de “El cautivo”:
En Junín o en Tapalqué refieren la historia. Un chico
desapareció después de un malón; se dijo que lo habían robado los indios. Sus padres
lo buscaron inútilmente; al cabo de los años, un soldado que venía de tierra adentro
les habló de un indio de ojos celestes que bien podía ser su hijo. Dieron al fin
con él (la crónica ha perdido las circunstancias y no quiero inventar lo que no
sé) y creyeron reconocerlo. El hombre, trabajado por el desierto y la vida bárbara,
ya no sabía oír las palabras de la lengua natal, pero se dejó conducir, indiferente
y dócil, hasta la casa. Ahí se detuvo, tal vez porque los otros se detuvieron. Miró
la puerta, como sin entenderla. De pronto bajó la cabeza, atravesó corriendo el
zaguán y los dos largos patios y se metió en la cocina. Sin vacilar, hundió el brazo
en la ennegrecida campana y sacó el cuchillo de mango de asta que había escondido
ahí, cuando chico. Los ojos le brillaron de alegría y los padres lloraron porque
habían encontrado al hijo.
Acaso a este recuerdo siguieron otros, pero el indio
no podía vivir entre paredes y un día fue a buscar su desierto. Yo querría saber
qué sintió en aquel instante de vértigo en que el pasado y el presente se confundieron;
yo querría saber si el hijo perdido renació y murió en aquel éxtasis o si alcanzó
a reconocer, siquiera como una criatura o un perro, los padres y la casa.
La recreación
del poeta, también de su misterio y su sentido, que es también su misterio —Homero, Shakespeare. Dante. Cervantes, y El Quijote.
“Ragnarôk” se acerca al final de las prosas. El otro día leí los poemas de El hacedor en la Poesía completa de Borges, pero en ella las prosas no están. El último
texto en prosa es el espléndido y muy conocido “Borges y yo”. Los poemas empiezan
y se cierran con poemas también espléndidos y muy conocidos: el primero es “Poema
de los dones”, y el último “Arte poética”.
Borges ha ensanchado los límites de la escritura en castellano. No es ajeno
a que pudiera realizar esta tarea o ya hazaña su refinada y vasta cultura, y el
particular empleo que de ella hizo y cómo la recreó y transmutó en su obra. Recuerdo
“La casa de Asterión”, en el libro El Aleph, y también lo releo. Recuerdo le hablé de este
texto al pintor Alberto García Álvarez, al enviarme el catálogo de su exposición
“Laberintos” en Nueva Zelandia, y cuánto le interesó. Es un ejemplo. He nombrado
otros. Pero la cultura y su empleo tan personal es algo que distingue la obra de
Borges. También la manera —así empezaba estas palabras, con este pensar— en cómo la cultura
se hace íntima, y nos constituye como personas. Veía la intimidad y el temblor más
personal de su voz al releer el otro día los poemas de juventud de Borges. También
esto y así está en su empleo de la cultura, en la manera en que lo construye y hace
ser. Como persona y escritor. Conforma y dice a Borges, lo hace inconfundible. Son
y conforman las líneas de su cara. Nos decía al final del epílogo de El hacedor
constituían éstas lo que había
escrito. Y en lo que ha escrito, y para escribirlo, la cultura además de la intimidad.
La cultura y la lectura, que, al asumirlas de manera distinta y única, son también
íntimas. Son las líneas de su cara, y están en lo que ha escrito y gracias a ellas
lo ha escrito.
Barcelona, 31
de julio de 2026
5 BORGES, ÚLTIMO
SUEÑO
Leo al apasionante y magnífico Gibbon.
Pienso en Borges —de hecho, en parte de él viene esta lectura, de la ponderación de su valor.
Para algo que de él escribo —de Borges— voy a buscar uno de sus libros a la librería
de la galería que estaba en mi cuarto de chico en la Diagonal. Estos libros quedan
más apartados. Cojo sus libros Evaristo Carriego, Discusión
e Historia de la eternidad. En
el prólogo a Discusión está la final sentencia que busco para transcribir
exacta. Al lado de estos libros hay dos volúmenes que tengo de la Biblioteca de
Babel creada por Franco Maria Ricci y que aquí publicó Ediciones Siruela, en otra
iniciativa que hay que ponderar. Uno es Bartleby, el escribiente de Herman
Melville. Borges afirmaba que todo gran escritor crea a sus predecesores, y este
cuento de Melville nos hace pensar en Kafka ya antes de Kafka. El otro libro es
del propio Borges, Veinticinco de agosto,
1983 y otros cuentos. Hace mucho que
no tengo entre las manos este libro y lo cojo. También el de Melville. Cuando se
publicaron estos cuentos en esta edición muy bella eran cuentos últimos y no conocidos
de Borges. Veo que está fechado el 23 de abril de 1986, un obsequio por el día del
libro. Recuerdo la belleza de estos últimos cuentos. Me hace pensar también en la
que tienen sus últimos libros de poemas, que tengo en su edición exenta y salieron
después que mi edición de la Poesía completa y son La cifra y Los conjurados. Me hace pensar que hace poco he leído sus primeros libros y algo he escrito
de Borges en su principio y pienso que el último Borges no declina y es muy bello
y muy preciso, y que voy a releer estos cuentos y algo más de sus últimos libros.
Estos libros de ensayos de los años treinta también merecen ser releídos. En un
visionario y bellísimo texto que escribió cuando el encierro, en la pandemia, Ester
Abreu Vieira de Oliveris citaba unas palabras de Borges en el texto “Avatares de
la tortuga”, de uno de estos libros, que resultaban proféticas. Estará bien releerlos.
El otro día, Ester Abreu Vieira de Oliveira me escribió para decirme que había sido
un precioso despertar para ella —escribe desde Brasil— la lectura de uno
de mis textos sobre Borges. Aquí la recuerdo y nombro, en esta compañía que compartimos
y nos une.
Veo que el último cuento es “Utopía de un hombre que está cansado”, que
originalmente está en El libro de arena. Volví a comprar este libro,
por haberme desaparecido, pero fue restituida su edición original, que tengo a la
vista y compruebo está fechada en octubre 1981. Otros libros no fueron restituidos
y tengo que conformarme con los que volví a comprar. Prefiero leer o releer este
libro en su edición original, en la que lo leí por primera vez. Y lo he releído
algunas veces.
Recuerdo que en un breve volumen se publicaron los últimos cuentos de Borges
con el título La memoria de Shakespeare. También lo tengo, pero habrá quedado entre otros libros
y no lo encuentro. Lo leeré cuando aparezca. Antes de leer estos cuentos y poemas
últimos de Borges doy un paseo por el Paseo de Gracia. Entro en la Librería La Central
de la calle Consejo de Ciento. En un volumen de los Cuentos completos de Borges
veo que en efecto éste es su último libro de cuentos, La memoria de Shakespeare,
y compruebo que contienen los cuentos que están en esta edición de la Biblioteca
de Babel de Siruela —Veinticinco de agosto, 1983 y otros cuentos— y uno más, que lo
cierra, y es el que lleva el título del libro. Escribía el oro día de Borges y la
cultura. Estos libros que podemos considerar complementarios y que son los de estas
bibliotecas, la Biblioteca personal y la Biblioteca de Babel en que leí por primera
vez estos cuentos últimos, nos la muestran. He comprado hace poco los Evangelios
apócrifos en la Biblioteca personal, y me hubiera gustado comprar y leer algún libro
más que Borges incluyó en ella, como El imperio jesuítico, pero no lo encontré. En ella, Gibbon, que me
mostró su traductor en su casa. Traducción que publicó Jacobo Siruela, quien publicó
también estos cuentos en su Biblioteca de Babel.
Decido releer
estos cuentos al volver a casa. Subo el Paseo de Gracia. Pienso también en dos poemas
para mí muy queridos, significativos y señalados de sus últimos libros de poemas,
“Enrique Banchs” de Los conjurados, que Borges me firmó aquí —como su Poesía completa—, en el Paseo de Gracia,
y “El cómplice” de La cifra. No había leído a Enrique Banchs y sólo lo pude leer muchos años después,
pero este soneto me pareció maravilloso y me ha acompañado y lo he recordado siempre.
Éste es:
ENRIQUE BANCHS
Un hombre gris. La equívoca fortuna
hizo que una mujer no le quisiera;
esa historia es la historia de cualquiera
pero de cuantas hay bajo la luna
es la que duele más. Habrá pensado
en quitarse la vida. No sabía
que esa espada, esa hiel, esa agonía
eran el talismán que le fue dado
para alcanzar la página que vive
más allá de la mano que la escribe
y del alto cristal de catedrales.
Cumplida su labor, fue oscuramente
un hombre que se pierde entre la gente;
nos ha dejado cosas inmortales.
EL CÓMPLICE
Me crucifican y yo debo ser la cruz y los clavos.
Me tienden la copa y yo debo ser la cicuta.
Me engañan y yo debo ser la mentira.
Me incendian y yo debo ser el infierno.
Debo alabar y agradecer cada instante del tiempo.
Mi alimento es todas las cosas.
El peso preciso del universo, la humillación, el júbilo.
Debo justificar lo que me hiere.
No importa mi ventura o mi desventura.
Soy el poeta.
Empiezo a leer los cuentos de Veinticinco de agosto, 1983 y otros cuentos. El primer cuento, que está en el título, me hace pensar
en el que creo que es el primero de El libro
de arena, “El otro”. Compruebo que así es. Estos últimos cuentos tienen un doble
o igual incipit, que quizá no es casual y desde luego resulta muy significativo
y señalo porque creo que sería del agrado de Borges que lo señalara. En el volumen
de sus cuentos completos que he hojeado en la librería he podido comprobar que el
último libro La memoria de Shakespeare —que es Veinticinco
de agosto, 1983 y otros cuentos más
un último cuento, el del título, como allí en este volumen he observado y así he
dicho— es precedido por El libro de arena. Me gusta esto último de Borges, si se quiere más
depurado o decantado, más esencializado en su voz —¿pero qué quiere decir esencializado?—. El anterior libro, el que precede a El libro de arena, es El informe de Brodie, que supone
ya un giro en su decurso narrativo y de invención y que el mismo Borges señala.
Lo refiere como un libro sencillamente realista, y que se aparte de sus elaboradas
construcciones intelectuales. A mí me agrada especialmente también por esto. He
ponderado su valor y manifestado este gusto en ocasiones y lo vuelvo a hacer.
En el diálogo
de los dos Borges, que está también en “El otro” y lo constituyen, uno dice al otro
que es su último sueño. Siento que Borges sueña y sigue siendo Borges de perfecta
manera en lo que es el último Borges, en cuentos y poemas, y que en estos poemas
y cuentos nos acompaña como un último sueño.
El siguiente cuento,
“Tigres azules”, me hace pensar en muchas cosas. El sueño de los tigres está en
“Dreamtigers” de El hacedor, cuyas prosas he releído hace poco —y hace no mucho sus
poemas en un jardín. Hay una velada referencia a este texto en un poema de mi primer
libro, Hospital de Inocentes, el poema “En el orden que prefiera”. Aparece en él mi ciudad, Barcelona,
en dos de sus más conocidas calles, Rambla Cataluña y el Paseo de Gracia, por el
que acabo de pasear, y aparece Barcelona con su nombre. Di en junio del año pasado
una conferencia que era a la vez presentación de mi poesía y mi último libro, La libertad de la poesía, en el Monasterio de San Jerónimo de la Murtra,
y llevaba en su título el nombre de Borges. Creo que a Borges le hubiera gustado
estar presente en un acto que se realizaba en el lugar en que los Reyes Católicos
recibieron a Colón a la vuelta de su primer viaje a América. Recordé el poema, para
indicar que Borges está ya en mi principio, y así sale en un poema de mi primer
libro. Referí que indiqué hace mucho que el indicar “un fastidio” tras su nombre
es ambiguo o sencillamente un elogio quizá también velado pero cierto, pues indica
una altura en el escribir que pensamos no se puede alcanzar —y en este sentido,
dicho de manera coloquial, pero sin encono o envidia, sólo como expresión, “un fastidio”.
Llevé un ejemplar de mi primer libro, publicado en el lejano enero de 1989, y leí
en aquel lugar ese día este poema, y lo traigo aquí:
EN EL ORDEN QUE PREFIERA
A veces empiezan bien mis sueños, y entonces
pueden llegar a ser playas de África
o improbables pasajes de avión hacia el deseo.
A veces empiezan bien mis sueños, a veces me recuerdan
lugares que no he visto y en los que fuimos tan felices,
lugares anónimos, antiguas cartas, aventuradas huidas
y si hay suerte pueden llegar a ser incluso
unas cuerdas vocales que afinan su voz
entre unas piernas.
Porque a veces empiezan
bien mis sueños.
Pero otras se despistan, por lo común se cansan y así
suelen acabar teniendo el mismo rostro
que la casa Batlló, pues ociosos y torpes se recuestan
en demasiados bares, en demasiadas tardes,
estúpidamente llenos de Rambla Cataluña y Paseo de Gracia,
hasta batiendo palmas los benditos
mientras ni pueden evitar que de las gabardinas
del fracaso y del alcohol les crezcan
abatidos pájaros
que vagamente me recuerdan
a la hirsuta soledad
de la que no he conseguido salir nunca.
Quizá en esta tierra el hombre sólo puede amarse y detestarse,
amarse y detestarse, sucesivamente, en el orden que prefiera.
Pero esta materia da apenas para un cuento,
y además cero que ya Borges —un
fastidio—
escribió mejor de todo esto.
Este cuento, “Tigres azules”, me hace pensar
también en el uso de la fantasía, una fantasía insólita en la literatura en castellano
y que él y otros escritores argentinos —Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo, Julio
Cortázar— cultivaron de manera refinada y con maestría. Con Adolfo Bioy Casares
compilaron una célebre Antología de la literatura fantástica en que dieron
a conocer este tipo de literatura poco cultivada en nuestra lengua. Conté en Casa
de América, en Madrid, en el acto que se celebraba en homenaje a Felisberto Hernández
en el cincuenta aniversario de su muerte, una anécdota respecto al título de este
libro. Porque hablaba de la literatura fantástica, a la que se pueden adscribir
algunos cuentos de Felisberto, algunos pensamientos fundamentales, y esta anécdota.
Borges nos refiere que barajaron varios posibles títulos para esta antología, porque
llamarla fantástica les desagradaba, pues se imaginaban a todas las señoras de Buenos
Aires diciendo “fantástico, fantástico” en sus tertulias. Pensaron en el título
“Antología de la literatura irreal”, pero comprendieron que el adjetivo irreal tenía
algo de repulsivo y que nadie compraría un libro con este título. Así que se resignaron
a llamar a esta literatura fantástica, a falta de mejor nombre, como diría Cortázar
y nos hacen pensar sus cavilaciones.
En los pensamientos de Cortázar que refieren
el pensar que esta literatura nos transmite y hace pensar que la realidad puede
ser otra. En este cuento Borges nos dice que el Señor es irracional. Piensa en los
números, usa el ejemplo de que tres más uno son cuatro. Recuerdo que una sección
de textos breves de El Ciervo se llamaba “Dos y dos, cinco”, y la razón de
que así se llamara. Uno de los Panero les contó un día en la redacción de la revista
que Dostoyevsky decía que dos y dos pueden ser cinco. Pueden serlo en Dios y en
la literatura fantástica, en la realidad verdadera que quizá es otra y distinta
que la aparente.
Me encanta el final de “La rosa de Paracelso”.
Así, pienso, se dan el arte y el poema. En soledad y para uno mismo, sin necesidad
del aplauso o asombro de los demás, para nada precisos para su existencia y su verdad.
Y el empleo de la fantasía me hace pensar en el cuento que lleva el título de El libro de arena. Veo en su índice que el cuento que le precede,
“El disco”, tiene también este cariz. Recuerdo “El Zahir” de El Aleph
y que comparte este rasgo. El libro de arena
tiene un epílogo, que empieza así:
“Prologar cuentos no leídos es tarea casi imposible, ya que exige el análisis de
tramas que no conviene anticipar. Prefiero por consiguiente un epílogo”. Lo leo,
pues conozco los cuentos. Nos dice de “Utopía de un hombre que está cansado”, que
cierra el libro Veinticinco de agosto, 1983 y otros cuentos y he releído
y también en este libro se incluye, que “es, a mi juicio, la pieza más honesta y
melancólica de la serie”. Leo estos cuentos fantásticos que cierran el libro, “El
disco” y “El libro de arenas”. Pero leo antes “El otro”, que lo abre. Lo he leído
muchas veces, pero el diálogo que sostiene Borges consigo mismo en este desdoblamiento
me parece, al releerlo otra vez ahora, que es muy y profundamente revelador. Le
dice el Borges anciano al Borges joven: “No sé la cifra de libros que escribirás,
pero sé que son demasiados. Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido
y cuentos de índole fantástica. Darás clases como tu padre y como tantos otros de
nuestra sangre”. No son demasiados los libros de Borges, pensamos —pienso. Comparto
el agrado que Borges sentía por su poesía, lo digo siempre y de nuevo lo afirmo.
Me ha complacido leer algunos de sus cuentos que por falta de mejor nombre llamaremos
fantásticos y que invitan a sentir como posible y otra la realidad, a ensancharla.
Esto hace el arte. Y hace especialmente Borges. El Borges último es también el primero
—creo que a él le agradaría este eco—, porque nos acompaña con su completo acierto.
Es un sueño la vida y lo que escribimos, y lo último que escribió Borges nos acompaña
como un último sueño.
Barcelona, 7 de agosto de 2026
SANTIAGO MONTOBBIO (España, 1966). Publicó por primera vez como poeta en la Revista de Occidente en 1988, y su primer libro, Hospital de Inocentes (1989), mereció ya el reconocimiento espontáneo de ilustres autores (Onetti, Sabato, Vilariño, Delibes, Cela, Martín Gaite, Valente, entre otros). Su libro El anarquista de las bengalas fue finalista del Premio Quijote 2006, que concedía la Asociación Colegial de Escritores de España al mejor libro publicado en el año mediante votación de sus socios. Su vasta obra poética, traducida a un buen número de idiomas, ha obtenido una difusión, un reconocimiento y una trascendencia internacionales. Se han publicado libros con una antología de su poesía en París, Brasil, Países Bajos e Italia. En su fecunda trayectoria destacan los once libros que ha publicado estos últimos años en la histórica colección de poesía El Bardo. Sus libros más recientes son Días en Venecia (2024) y La libertad de la poesía (2025), publicados ambos en la colección Nueva Biblioteca Íntima de Ònix Editor, y Carmen Martín Gaite, el encuentro de dos manos tendidas, publicado en la colección Les Plaquettes de SD Edicions (2026). La hispanista brasileña Ester Abreu Vieira de Oliveira ha publicado un libro dedicado a su obra poética, con un estudio de la misma y también una antología de su poesía en edición bilingüe castellano-portugués: A arte poética de Santiago Montobbio (Análise e Traduçao) (Editorial Opçao, Brasil, 2017). A su labor de creación le acompaña y corresponde, desde sus inicios como escritor, una labor como ensayista y articulista. Ha colaborado en las primeras revistas de España, Europa y América. Desde el año 2010 colabora en Revue d’Art et de Littérature, Musique, de cuyo Equipe rédactionnelle forma parte y en la que tiene un Espace d’auteur. Esta casa editorial francesa le concedió su Prix Chasseur de Poésie 2012.
PATRICK LEPETIT (França, 1953). Poeta, ensaísta, colagista e pesquisador ligado à rede acadêmica internacional Mélusine. Com forte atuação no Surrealismo contemporâneo, sua produção intelectual e artística investiga as correntes subterrâneas do movimento, mapeando os pontos de contato entre a criação estética, os mitos tradicionais, o hermetismo e as tradições esotéricas. É autor de diversas coletâneas de poesia (como Rouge solaire e Beauté du funambule) e de ensaios fundamentais, entre os quais Le Surréalisme. Parcours souterrain — obra laureada pelo Institut Maçonnique de France —, Surrealism and Operative Alchemy e La tête d’Ogmius. Surréalisme et mythes celtiques. Na vertente plástica, expande esse mesmo lirismo hermético para o campo das colagens e composições oníricas, projetando imagens ocultas do horizonte de nosso tempo. É o artista convidado da presente edição de Agulha Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
Número 266 | setembro de 2026
Artista convidado: Patrick Lepetit (França, 1953)
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