sábado, 19 de setembro de 2026

SANTIAGO MONTOBBIO | Jorge Luis Borges descubierto en su jardín

 


 1 BORGES EN SU PRINCIPIO, EN UN JARDÍN

 

EN EL JARDÍN queridos poemas de Borges. Leo, me encuentro leyendo poemas de El Hacedor, tantas veces leídos en la adolescencia. El otro día vi la película Cromwell y me llevó a buscar algunos de sus poemas, y di un paseo por su poesía. Por esto me la traigo al jardín, además del libro que estoy leyendo. Ayer Ester Abreu me mandó el artículo que había publicado en La Nación una escritora que trabajó con él, por el encargo por parte de una editorial de un prólogo para Shakespeare. Me gustó leerlo, como le dije a Ester. Como me gusta ir encontrando queridos poemas esta mañana en este jardín. Rompe la lectura de Mi siglo de Aleksander Wat, pero se lo puede permitir la poesía. Todo momento es momento para la poesía. Así tu vida.

 

2 DOS TÓRTOLAS Y LOS POEMAS DE BORGES

 

ME LLEVO LA poesía de Borges esta mañana al jardín, porque el otro día ya di un paseo por ella y pienso que me puede hacer compañía. Al abrirla sale el poema “Elvira de Alvear” de El Hacedor. He leído estos poemas tantas veces. Los vuelvo a leer. Y luego voy al prólogo inicial, en el que presenta su poesía completa, y es por mí muy recordado. A continuación, el prólogo que escribió a su primer libro, Fervor de Buenos Aires, de 1923, pero muchos años después y tras revisarlo. Pienso que puedo leer estos primeros libros. Los he leído menos veces, muchas he empezado toda poesía de Borges por el ya muy maduro y fundamental El otro, el mismo, quizá por tener presente y respetar el reparo que por primerizos sentía Borges por estos libros, y que le llevó a esta revisión importante o muy importante. Otras veces he leído libros sueltos, he empezado su poesía por donde ha quedado abierta como hoy en El Hacedor—, o la he empezado por los libros finales, o he leído los dos últimos que no están en esta Poesía completa —La cifra y Los conjurados. Leí en una entrevista que Roberto Alifano decía que él le decía a Borges que no podía corregir y revisar esos libros tantos años después. Ayer leí este artículo de una escritora que colaboró con él. Eran ya los ochenta, y los ochenta también de Borges. Hablaba en su artículo de las variaciones que el escritor empleaba. Pero en las que había también novedad. No conozco estos libros primeros de poemas de Borges en sus ediciones originales, y no puedo saber por tanto cuánta y cuán importante fue esta labor de corrección y revisión que realizó. Es tarea para estudiosos. Los tengo que leer y puedo leer tal como él los dejó. Nos dice en este prólogo al revisado Fervor de Buenos Aires: “No he reescrito el libro. He mitigado sus excesos barrocos, he limado asperezas, he tachado sensiblerías y vaguedades y, en el decurso de esta labor a veces grata y otras veces incómoda, he sentido que aquel muchacho que en 1923 lo escribió ya era esencialmente —¿qué significa esencialmente? — el señor que ahora se resigna o corrige. Somos el mismo; los dos descreemos del fracaso y del éxito, de las escuelas literarias y de sus dogmas; los dos somos devotos de Schopenhauer, de Stevenson y de Whitman. Para mí, Fervor de Buenos Aires prefigura todo lo que haría después. Por lo que dejaba entrever, por lo que prometía de algún modo, lo aprobaron generosamente Enrique Díez-Canedo y Alfonso Reyes”. Hay algo muy bonito aquí, algo que me parecerá sentir al leer estos libros que es así, y es una convicción. Y es la de que Borges está ya en estos poemas de juventud (he dicho no sé cuántas y cómo pudieron ser las variaciones que llevó a cabo sobre ellos en su alta edad), está en lo más íntimo de su voz, en su aliento más cálido y conmovedor, y está incluso en cosas que no nos agradan (o no me agradan) por resultarnos algo artificiosas en la manera de escribir que es pero que también están ya en el principio. Está con su candor y su limpidez y también con ciertos dejes o amaneramientos que sentimos o siento un proceder retórico. Pero que son suyos y lo caracterizan. Y están ya aquí. Continúa este muy bello prólogo a su revisado primer libro: “Como los de 1969, los jóvenes de 1923 eran tímidos. Temerosos de una íntima pobreza, trataban como ahora, de escamotearla bajo inocentes novedades ruidosas. Yo, por ejemplo, me propuse demasiados fines: remedar ciertas fealdades (que me gustaban) de Miguel de Unamuno, ser un escritor español del siglo diecisiete, ser Macedonio Fernández, descubrir las metáforas que Lugones ya había descubierto, cantar un Buenos Aires de casas bajas y, hacia el poniente o hacia el Sur, de quintas con verjas./ En aquel tiempo, buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad”. He citado a veces una reflexión que me parece muy acertada y da que pensar y nos regala Borges en otro prólogo, ya en un libro de madurez: “Es curiosa la suerte del escritor. Al principio es barroco, vanidosamente barroco, y al cabo de los años puede lograr, si son favorables los astros, no la sencillez, que no es nada, sino la modesta y secreta complejidad”. Él sabía este camino. Estamos en el principio de este camino. Algo nos dice de él y de la fidelidad a uno mismo en el prólogo a su poesía toda, que precede al que he transcrito y abre su revisado primer libro: “He compilado en este volumen toda mi obra poética, salvo algún ejercicio cuya omisión nadie deplorará o notará y que (como de ciertos cuentos de las Mil y Una Noches dijo el arabista Edward William Lane) no podía ser purificado sin destrucción. He limado algunas fealdades, algún exceso de hispanismo a argentinismo, pero en general, he preferido resignarme a los diversos o monótonos Borges de 1923, 1925, 1929, 1960, 1964, 1969 así como al de 1976. Esta suma incluye un breve apéndice o museo de poesías apócrifas”.

Hay la intimidad, el eco hondo de una voz en lo más íntimo en algunos de sus poemas breves — “El sur”, “Un patio”, “La rosa” —, que leo con emoción. Como toda esta voz que empieza, con sus imperfecciones o inseguridades o vacilaciones, y también con la convicción que está ya en su centro. Y le hace ser ya Borges, y estar y ser ya él en los poemas de estos primeros libros. Leo el final del poema “Jardín”: “Todo el jardín es una luz apacible/ que ilumina la tarde./ El jardincito es como un día de fiesta/ en la pobreza de la tierra”. Lo traigo aquí porque leo estos poemas en un jardín. Me los he traído de casa para leerlos en un jardín.

Éste es el prólogo al libro siguiente, Luna de enfrente: “Hacia 1905, Hermann Bahr decidió: El único deber, ser moderno. Veintitantos años después, yo me impuse también esa obligación del todo superflua. Ser moderno es ser contemporáneo, ser actual; todos fatalmente lo somos. Nadie —fuera de cierto aventurero que soñó Wells— ha descubierto el arte de vivir en el futuro o en el pasado. No hay obra que no sea de su tiempo; la escrupulosa novela histórica Salammbó, cuyos protagonistas son los mercenarios de las guerras púnicas, es una típica novela francesa del siglo diecinueve. Nada sabemos de la literatura de Cartago, que verosímilmente fue rica, salvo que no podía incluir un libro como el de Flaubert./ Olvidadizo de que ya lo era, quise también ser argentino. Incurrí en la arriesgada adquisición de uno o dos diccionarios de argentinismos, que me suministraron palabras que hoy puedo apenas descifrar: madrejón, espadañan, estaca pampa…/ La ciudad de Fervor de Buenos Aires no deja nunca de ser íntima; la de este volumen tiene algo de ostentoso y de público. No quiero ser injusto con él. Una que otra composición —El general Quiroga va en coche a la muerte posee acaso toda la vistosa belleza de una calcomanía; otras Manuscrito hallado en un libro de Joseph Conrad— no deshonran, me permito afirmar, a quien las compuso. El hecho es que las siento ajenas; no me conciernen sus errores ni sus eventuales virtudes./ Poco he modificado este libro. Ahora ya no es mío”. Entiendo a Borges. Entiendo lo que dice, y que así se lo parezca. Pero siento también la intimidad expresada en versos muy delicados en algunos de estos poemas. Leo en un poema que él en este prólogo ha destacado con agrado, “Manuscrito hallado en un libro de Joseph Conrad”: “El mundo es unas cuantas tiernas imprecisiones”. Siento que no otra cosa es lo que estoy aquí diciendo de Borges y su principio. Pero esas imprecisiones se pueden sentir como una verdad y ser una verdad. Así la ternura y la belleza del último verso del poema siguiente, “Singladura”: “En la cubierta, quietamente, yo comparto la tarde con mi hermana, como un trozo de pan”. Así compartimos este principio del poeta, el amor que hay en ese principio. El amor que ha de sustentar una vida como ninguna otra cosa lo haga para dedicarla a la poesía. Al final del último poema de este segundo libro, “Versos de catorce”: “Así voy devolviéndole a Dios unos centavos/ del caudal infinito que me pone en las manos”. Así, con los poemas. Con el amor y los poemas. Con el amor que se necesita para escribirlos y con el que los escribimos. Así lo siento al releer estos poemas de juventud de Borges, que en la vejez revisó y corrigió pero sintió también que estaba ya en ellos. Siento a Borges en su principio, en un jardín. La poesía siempre es principio, siempre es jardín. Me ha sido muy grato de esta manera sentirlo al volver a leer en él, en un jardín, los poemas de los primeros libros de Borges, un Borges joven pero que ya está y sentimos en ellos, como sintió él también al releerlos con la intención de revisarlos.

 

Barcelona, 15 de junio de 2026

 


P.S. “Fuera de Llaneza, La noche que en el Sur lo velaron es acaso el primer poema auténtico que escribí” nos dice Borges en el prólogo a Cuaderno San Martín. Me había fijado en este poema, en “Llaneza”, porque me gustó. De él dice esto Borges —el otro poema al que se refiere y de él esto predica lo indica también. Lo recuerdo hoy, la mañana siguiente de releer en un jardín estos poemas de sus primeros libros y escribir acerca de la impresión que me causa esta relectura unas palabras. Ya me fijé ayer en esta sentencia. La recuerdo hoy y la traigo. Nos dice muchas cosas, a las que en parte ya me referí, pero de manera sencilla y clara y muy contundente. Algo que decir que quizá en parte ayer ya dije —algo quizá, por tanto, a lo que dar vueltas y en lo que insistir. En el principio del escritor, del que Borges nos habla con mucho acierto, puede verse imbuido de la retórica que hay o puede haber en la escritura, imbuido o hasta anegado en ella, y que su afición por escribir, su amor por las palabras tenga en compensación un pobre resultado, precisamente por aparatoso, lo produce el estar empezando a ejercitarse en lo que de instrumento tiene la literatura, de moldes, de ornamentos, y quedar perdido y anegado en ellos. Que lo que escribe sea literatura, pero en tanto ésta sea resto, y entendiendo así las conocidas palabras de Verlaine con que cierra la dedicatoria a su madre Borges, con la que abre su poesía. Nos lo ha dicho en otras observaciones. Hay aquí, en este prólogo, mención a algunos afanes vanos que tuvo como escritor joven. En el querido barroquismo nos hace pensar cómo a veces recuerda que le gustaba cuando se decía admirativamente de un escritor que escribía con todo el idioma, y pensaba era algo a emular. Algo que puede ser artificioso o falso. Lo sabrá después. Nos dice aquí, en esta sentencia, al expresar de manera muy clara el sentimiento de que éste o estos poemas son el primero o los primeros poemas auténticos que escribió todo esto, pero con un matiz fundamental. Que es una convicción. Que es la de la autenticidad. Que sólo se encuentra y puede dar ya arrinconada esa atracción por los ropajes, por la utillería. Nos lo ha dicho Borges con lucidez y hasta con humor en reflexiones de los prólogos tardíos a estos primeros libros que ayer entre mis palabras transcribí. Pero del todo lo dice, de un modo muy cumplido e irrefutable, con el sentimiento que expresa en esta sentencia. Estas palabras de hoy no refutan las palabras de ayer, sólo las alargan o las complementan. Porque aun en esa atracción por los ropajes de la retórica, por la atracción que siente el joven escritor hacia ellos, y que puede hacer que en ellos quede anegado o perdido, puede sentirse ya la autenticidad y la verdad de una voz, su timbre inconfundible. Así puede sentirse ya en algunos de estos poemas primeros de Borges. Ayer mencionaba algunos que leía con especial agrado, y ésta era la causa. Ya que el poeta argentino lo distingue con este sentimiento que hacia él expresa, despido estas palabras con el poema “Llaneza”. Quizá, pienso, pueda parecer singular y hasta paradójico así hacerlo, si pensamos en lo que Borges es. Pero creo que no lo es. Porque Borges es también, a través de sus palabras, un camino de depuración en búsqueda de la conquista de esa verdad, de esa autenticidad que distingue y sólo puede tener la propia voz. Aquí este poema, “Llaneza”:

 

LLANEZA

 

A Haydée Lange

 

SE abre la verja del jardín

con la docilidad de la página

que una frecuente devoción interroga

y adentro las miradas

que precisan fijarse en los objetos

que ya están cabalmente en la memoria.

Conozco las costumbres y las almas

y ese dialecto de alusiones

que toda agrupación humana va urdiendo.

No necesito hablar

ni mentir privilegios;

bien me conocen quienes aquí me rodean,

bien saben mis congojas y mi flaqueza.

Eso es alcanzar lo más alto,

lo que tal vez nos dará el Cielo:

no admiraciones ni victorias

sino sencillamente ser admitidos

como parte de una Realidad innegable,

como las piedras y los árboles.

 

Barcelona, 17 de junio de 2026

 

3 EL OLOR DE ESA CARPINTERÍA

 

“A veces pienso con nostalgia/ en el olor de esa carpintería”: así acaba el poema de Borges en que habla Jesús. Se lo refiero ayer a los amigos del grupo de Biblia, tras el comentario de una amiga que ponía el acento —y el valor y el significado que había en ello— en los treinta años primeros de Jesús, en cómo quiso ser una persona. Y recuerdo el final de este poema de Borges en que habla Jesús, acaba, les digo, con un gesto humanísimo. Me lo hace recordar el comentario de esta amiga y así se lo digo. También que lo estaba releyendo estos días. Ya me llamó especialmente este final del poema. Recuerdo que Bioy Casares cuenta el asombro y la maravilla de la madre de Borges ante este poema, y que le dijo que no parecía que lo hubiera escrito una persona. Recuerdo también el asombro de Bioy ante esta afirmación. Pero es un pensamiento bello y no equivocado el de la madre de Borges, y que cabe ante el arte a veces tener. Mi reino no es de este mundo y no lo parece tampoco a veces el misterio y la belleza que el arte alcanza. Que puede representar este sorpresivo, tierno y bellísimo final de este poema. Curiosamente el fraile franciscano que imparte las sesiones habla de los Evangelios apócrifos. Le digo que los compré en otoño en la Feria del Libro, en la edición, precisamente, de la Biblioteca personal de Borges. Es una edición de hace muchos años, y no suele verse. Estaban los tres tomos (están publicados en esta colección en tres tomos) y los compré. El fraile ha hecho algún comentario sobre estos Evangelios que me hace recordar algún juicio que hace Borges sobre ellos en su prólogo. Dice que a veces Jesús no conoce bien y pone a prueba los límites de su poder. El fraile asiente, así él lo había mostrado con algún ejemplo. Borges dice que no se puede prescindir de ellos, de la compañía y el complemento que son. También lo dice a su manera el fraile. Y que a veces son muy profundos. Le digo que busque el prólogo de Borges, y verá su lucidez. (Le digo también que en él Borges dice que apócrifos no quiere decir falsos sino escondidos, y el fraile asiente). Me fijé en ellos cuando salieron, pero no los compré porque mi padre me dijo que no los leyera. Me dijo que la sor o monja que les daba catequesis decía cosas de ellos —Jesús que da vida a unos pájaros de barro y echan a volar. Hice caso a mi padre. Y, los he comprado, pero no los he leído. Quiero antes leer seguidos los Evangelios canónicos y a San Pablo. Y luego los leeré. Así pienso hacerlo. Por la profundidad que pueden tener y la luz que puedan arrojar, para no condenar de antemano ese acervo de cultura y de saber y también de fe que son. Lo dice Borges en su prólogo, nos lo dice un joven fraile franciscano anoche. Quizá, puede muy bien ser que haya escrito en otro momento sobre esto. La verdad de un sentimiento puede volver como la lluvia. A veces pienso con nostalgia/ en el olor de esa carpintería.

 


N.B. Digo anoche a los amigos del grupo de Biblia, por pensar que quizá no lo conocen, que este poema de Borges en que habla Jesús es muy bonito. Que no era creyente, pero que sale a veces Cristo o cosas del Evangelio en sus poemas. Pero no sabe uno mismo si es creyente. El Papa Francisco veía algo más que un gesto ritual y un recuerdo de la madre el que rezara el Padrenuestro cada noche. Una vez, ante algo que me decía José María Balcells, se lo recordé. Sí, José María me decía que él creía en la fe que su madre le enseñó. Yo le decía que a mí me parece que es razón bastante. Me lo parece a mí y no sólo a mí. Así le recordé el Padrenuestro que rezaba cada noche Borges y su razón, como el que Salvador Espriu dispusiera que se celebrara para él un funeral católico por pensar que esto es lo que para él hubiera querido su madre. Era para él razón bastante —y también yo creo que lo es. Quería morir en la fe de su madre porque debía sentir que no hacerlo así era traicionarla. Leía, sí, en días previos poemas de Borges, además de ayer en un jardín los de sus primeros libros. En un bello poema dice —titulado precisamente, veo al buscar la cita precisa, “Fragmentos de un evangelio apócrifo” —: “Felices los que guardan en la memoria palabras de Virgilio o de Cristo, porque éstas darán luz a sus días”. Eso es Cristo y son los Evangelios en sus frecuentes menciones en la obra de Borges. Es y fue luz para sus días, como lo ha de ser para todo hombre sensible, aun más allá de la fe. Este pan compartido del que hablaba el poeta en un poema de juventud y que compartía con su hermana son también Jesús y son sus palabras. Borges distingue en varias afirmaciones su carácter único. Fuera de lo posible para una persona le parecía a su madre el poema que su hijo escribió y en el que le dio voz. Luz para la luz, pan compartido que por serlo es sobre todo y también de amor, me llega a la sensibilidad especialmente la belleza y el misterio que podemos sentir en su final: A veces pienso con nostalgia/ en el olor de esa carpintería.

 

Barcelona, 17 de junio de 2026

 

4 LAS LÍNEAS DE SU CARA

 

Leo a Edward Gibbon y aun antes de leerlo sé que conozco su valor por Borges, y en una suerte de prólogo lo indico y me refiero a cómo ha sido vehículo de transmisión de cultura de obras que hubieran quedado ignotas o defensor de grandes obras clásicas. Hace un año me complacía leer de manera íntegra y directamente en las Confesiones de San Agustín pensamientos y expresiones que conocía por ser muy citadas por él. También por él por Borges leí el verano pasado el Peregrino querubínico de Angelus Silesius. Y, lo refería también, al empezar a leer a Gibbon siento muy cierta la aseveración de Borges que nos traslada su traductor: “Gibbon parece abandonarse a los hechos que narra y los refleja con una inconsciencia divina que lo asemeja al ciego destino, al propio curso de la historia. Como quien sueña y sabe que sueña, como quien condesciende a los azares y a las trivialidades de un sueño”.

Pienso también en Borges y la cultura en una combinación de perspectivas. Me viene al recuerdo un querido texto de Borges, que me deslumbró en la adolescencia, y el uso y el gusto —pero en esto nada es sólo un juego, ni en el arte ni en el pensamiento— de la cultura y su referencia a ella. También su mismo empleo. Insistiré, en varios aspectos al respecto —para esto escribo, en parte al menos. Me vuelve al recuerdo este texto de Borges al leer el sucinto último capítulo o sección del capítulo 7 de Gibbon, que tiene algo de compendio y dice así:

 

Decadencia del Imperio Romano

Desde que Rómulo, con una pequeña banda de pastores y proscritos, se fortificó en las colinas cercanas al Tíber, ya habían transcurridos diez siglos. Durante los cuatro primeros siglos, los romanos, en la escuela laboriosa de la pobreza, habían adquirido las virtudes de la guerra y el gobierno; mediante el ejercicio vigoroso de esas virtudes y la asistencia de la fortuna, habían conseguido en el curso de tres siglos sucesivos el dominio absoluto sobre muchos países de Europa, Asia y África. Los últimos trescientos años se habían consumido en aparente prosperidad y decadencia interna. La nación de soldados, magistrados y legisladores que integraban las treinta y cinco tribus del pueblo romano se disolvió en la masa común y se confundió con millones de provincianos serviles que recibieron el nombre sin adoptar el espíritu de los romanos. Un ejército mercenario, reclutado entre los súbditos y los bárbaros de la frontera, era la única clase de hombres que conservaba y abusaba de su independencia. Mediante su tumultuaria elección, un sirio, godo o árabe era elevado al trono de Roma e investido con poder despótico sobre las conquistas y sobre el país de los Escipiones.

Los límites del Imperio Romano todavía se extendían desde el océano Occidental al Tigris y desde el monte Atlas al rin y el Danubio. Para la mirada inculta del vulgo, Filipo parecía un monarca no menos poderoso que Adriano o Augusto. La forma era la misma, pero su salud espiritual y su vigor se habían evaporado. La laboriosidad del pueblo estaba desalentada y extenuada por largas temporadas de opresión. La disciplina de las legiones, que sólo después de la extinción de toda otra virtud había mantenido la grandeza del Estado, se corrompió por la ambición y se relajó por la debilidad de los emperadores. La resistencia de las fronteras, que siempre había consistido más en las armas que en las fortificaciones, se fue poco a poco socavando, quedando las provincias más florecientes expuestas a la rapacidad y a la ambición de los bárbaros que pronto descubrieron la decadencia del Imperio Romano.

 

Este texto de Borges que me hace de nuevo recordar es “Del rigor en la ciencia”:

 


 Del rigor en la ciencia

…En aquel imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, esos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y de los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas. (SUÁREZ MIRANDA: Viajes de varones imprudentes, libro cuarto, cap. XLV, Lérida, 1658.)

 

Que me deslumbró en la adolescencia. Lo puede mostrar el que lo pusiera se pusiera a sugerencia mía en un número de la revista del colegio. Hay algo que trasciende al texto y la expresión y es el empleo de la cultura, sofisticado y nuevo, que se da en Borges, con el que no sólo enriquece su obra y a sí mismo, sino que también ensancha los límites de nuestra literatura. Comenté que el otro día una escritora entonces joven que colaboró con Borges en la preparación de un prólogo para Shakespeare refería su experiencia en un artículo en La Nación de Buenos Aires. Recordaba que Borges se inventó una de las referencias de cultura, algo muy de su carácter y de su gusto, y decía que ya no sabía cuál era la inventada. Hay dos secciones particulares en dos libros de Borges que están marcadas por este empleo de la cultura, que da resultados deslumbrantes y magistrales, y son El hacedor e Historia universal de la infamia. Bueno, El hacedor es todo él una obra particular, así sentida y dicha por él mismo nos dice en su epílogo: “Quiera Dios que la monotonía esencial de esta miscelánea (que el tiempo ha compilado, no yo, y que admite piezas pretéritas que no me he atrevido a enmendar, porque las escribí con otro concepto de la literatura) sea menos evidente que la diversidad geográfica o histórica de los temas. De cuantos libros he entregado a la imprenta, ninguno, creo, es tan personal como esta colecticia y desordenada silva de varia lección, precisamente porque abunda en reflejos e interpolaciones. Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído. Mejor dicho: pocas cosas me han ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Schopenhauer o la música verbal de Inglaterra”. He recordado a veces su precioso prólogo. También el epílogo es bello y sustantivo. Nos dice en su segundo y final párrafo: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”. Muy bien. Quizá hay un eco en un poema de mi segundo libro, “Clave”: “No sé nada, no quiero nada,/ no espero nada.// Pero/ todo lo que he escrito/ tiene la forma de mi cara”. Me invita a hacer una pregunta que me invitan también a hacer las palabras de Borges. ¿Y los libros, y la cultura? La lectura. Nos hace ser como somos, y ser distintos y únicos. Nada hay más íntimo, pues a cada uno lo conforma más como es. Creo que esto se da de manera particularmente patente en Borges, y es algo que distingue su personalidad y su obra. Y hay algo íntimo, esencialmente e inconfundiblemente íntimo en la cultura y en cómo nos conforma como personas. Es algo distinto de la erudición. Es vida íntima. Creo que esta intimidad, esta conformación de la personalidad en la sensibilidad y en lo íntimo que producen la cultura y la lectura como digo se da de un modo particular en Borges, y es aportación personalísima que realiza a nuestra cultura. No digo algo nuevo ni que Borges mismo no nos haya dicho. Lo ha dicho en poemas “Un lector”, “Mis libros”, en sentenciosos pensamientos en prólogos. Así acaba el de Historia universal de la infamia: “Leer, por lo pronto, es una actividad posterior a la de escribir: más resignada, más civil, más intelectual”. Que era en gran parte también recreación de vidas. Recuerdo otra final sentencia al final de otro prólogo y lo voy a buscar. Son las líneas finales del prólogo a Discusión, fechado en Buenos Aires en 1932: “Vida y muerte le han faltado a mi vida. De esa indigencia, mi laborioso amor por estas minucias. No sé si la disculpa del epígrafe me valdrá”. Pero su vida ha sido también la de los libros, y es vida alta y honda y es vida íntima.

He abierto El hacedor para releer su epílogo. Recuerdo bien y he leído muchas veces este libro. La página que precede al epílogo, que veo al volver hacia atrás la hoja, es el texto “In memoriam J.F.K”. Pienso que además de las transmutaciones y el espíritu, el alma que cabe sentir y ver en un objeto y en él una fuerza, cabe también sentirlos y verlos de la cultura y sus transmutaciones, de cómo se asumen y hacen distintas en las distintas personas. Las recreaciones de Borges lo he dicho lo hacen patente como pocas cosas lo hacen. Traigo este texto:

 

In memoriam J.F.K.

 

Esta bala es antigua.

En 1897 la disparó contra el presidente del Uruguay un muchacho de Montevideo, Arredondo, que había pasado largo tiempo sin ver a nadie, para que lo supieran sin cómplices. Treinta años antes, el mismo proyectil mató a Lincoln, por obra criminal o mágica de un actor, a quien las palabras de Shakespeare habían convertido en Marco Bruto, asesino de César. Al promediar el siglo XVII la venganza la usó para dar muerte a Gustavo Adolfo de Suecia, en mitad de la pública hecatombe de una batalla.

Antes, la bala fue otras cosas, porque la transmigración pitagórica no sólo es propia de los hombres. Fue el cordón de seda que en el Oriente reciben los vizires, fue la fusilería y las bayonetas que destrozaron a los defensores del Álamo, fue la cuchilla triangular que segó el cuello de una reina, fue los oscuros clavos que atravesaron la carne del Redentor y el leño de la Cruz, fue el veneno que el jefe cartaginés guardaba en una sortija de hierro, fue la serena copa que en un atardecer bebió Sócrates.

En el alba del tiempo fue la piedra que Caín lanzó contra Abel y será muchas cosas que hoy ni siquiera imaginamos y que podrán concluir con los hombres y su prodigioso y frágil destino.

 

No recordaba especialmente este texto, hay muchos de El hacedor que sí recuerdo especialmente. Pero leo antes la final sección “Etcétera” de Historia universal de la infamia. Me encanta “Un teólogo en la muerte”. Las palabras que se borran porque se escriben sin convicción y así debería pasar siempre, y quizá pasa. Otros textos preciosos, que dicen y muestran este carácter universal desde fuentes de distintas culturas que tiene la obra de Borges. “El brujo postergado”, que también me gusta, viene del libro de Don Juan Manuel, un libro muy querido por mi padre, que se llamaba como él.

El hacedor, este libro que Borges nos dijo era su libro más personal. Es uno de mis libros de Borges. Me deslumbró también en la adolescencia “Ragnarök”, y como epígrafe de uno de los textos que en ella escribí puse esta frase de él: “Todo empezó por la sospecha (tal vez exagerada) de que los Dioses no sabían hablar”. Textos muy queridos. El misterio de la identidad y el tiempo dicho al final, tras el relatar un caso particular que este misterio muestra, de “El cautivo”:

 


 El cautivo

En Junín o en Tapalqué refieren la historia. Un chico desapareció después de un malón; se dijo que lo habían robado los indios. Sus padres lo buscaron inútilmente; al cabo de los años, un soldado que venía de tierra adentro les habló de un indio de ojos celestes que bien podía ser su hijo. Dieron al fin con él (la crónica ha perdido las circunstancias y no quiero inventar lo que no sé) y creyeron reconocerlo. El hombre, trabajado por el desierto y la vida bárbara, ya no sabía oír las palabras de la lengua natal, pero se dejó conducir, indiferente y dócil, hasta la casa. Ahí se detuvo, tal vez porque los otros se detuvieron. Miró la puerta, como sin entenderla. De pronto bajó la cabeza, atravesó corriendo el zaguán y los dos largos patios y se metió en la cocina. Sin vacilar, hundió el brazo en la ennegrecida campana y sacó el cuchillo de mango de asta que había escondido ahí, cuando chico. Los ojos le brillaron de alegría y los padres lloraron porque habían encontrado al hijo.

Acaso a este recuerdo siguieron otros, pero el indio no podía vivir entre paredes y un día fue a buscar su desierto. Yo querría saber qué sintió en aquel instante de vértigo en que el pasado y el presente se confundieron; yo querría saber si el hijo perdido renació y murió en aquel éxtasis o si alcanzó a reconocer, siquiera como una criatura o un perro, los padres y la casa.

 

La recreación del poeta, también de su misterio y su sentido, que es también su misterio Homero, Shakespeare. Dante. Cervantes, y El Quijote. “Ragnarôk” se acerca al final de las prosas. El otro día leí los poemas de El hacedor en la Poesía completa de Borges, pero en ella las prosas no están. El último texto en prosa es el espléndido y muy conocido “Borges y yo”. Los poemas empiezan y se cierran con poemas también espléndidos y muy conocidos: el primero es “Poema de los dones”, y el último “Arte poética”.

Borges ha ensanchado los límites de la escritura en castellano. No es ajeno a que pudiera realizar esta tarea o ya hazaña su refinada y vasta cultura, y el particular empleo que de ella hizo y cómo la recreó y transmutó en su obra. Recuerdo “La casa de Asterión”, en el libro El Aleph, y también lo releo. Recuerdo le hablé de este texto al pintor Alberto García Álvarez, al enviarme el catálogo de su exposición “Laberintos” en Nueva Zelandia, y cuánto le interesó. Es un ejemplo. He nombrado otros. Pero la cultura y su empleo tan personal es algo que distingue la obra de Borges. También la manera así empezaba estas palabras, con este pensar en cómo la cultura se hace íntima, y nos constituye como personas. Veía la intimidad y el temblor más personal de su voz al releer el otro día los poemas de juventud de Borges. También esto y así está en su empleo de la cultura, en la manera en que lo construye y hace ser. Como persona y escritor. Conforma y dice a Borges, lo hace inconfundible. Son y conforman las líneas de su cara. Nos decía al final del epílogo de El hacedor constituían éstas lo que había escrito. Y en lo que ha escrito, y para escribirlo, la cultura además de la intimidad. La cultura y la lectura, que, al asumirlas de manera distinta y única, son también íntimas. Son las líneas de su cara, y están en lo que ha escrito y gracias a ellas lo ha escrito.

 

Barcelona, 31 de julio de 2026

 

 

5 BORGES, ÚLTIMO SUEÑO

 

Leo al apasionante y magnífico Gibbon. Pienso en Borges de hecho, en parte de él viene esta lectura, de la ponderación de su valor. Para algo que de él escribo de Borges voy a buscar uno de sus libros a la librería de la galería que estaba en mi cuarto de chico en la Diagonal. Estos libros quedan más apartados. Cojo sus libros Evaristo Carriego, Discusión e Historia de la eternidad. En el prólogo a Discusión está la final sentencia que busco para transcribir exacta. Al lado de estos libros hay dos volúmenes que tengo de la Biblioteca de Babel creada por Franco Maria Ricci y que aquí publicó Ediciones Siruela, en otra iniciativa que hay que ponderar. Uno es Bartleby, el escribiente de Herman Melville. Borges afirmaba que todo gran escritor crea a sus predecesores, y este cuento de Melville nos hace pensar en Kafka ya antes de Kafka. El otro libro es del propio Borges, Veinticinco de agosto, 1983 y otros cuentos. Hace mucho que no tengo entre las manos este libro y lo cojo. También el de Melville. Cuando se publicaron estos cuentos en esta edición muy bella eran cuentos últimos y no conocidos de Borges. Veo que está fechado el 23 de abril de 1986, un obsequio por el día del libro. Recuerdo la belleza de estos últimos cuentos. Me hace pensar también en la que tienen sus últimos libros de poemas, que tengo en su edición exenta y salieron después que mi edición de la Poesía completa y son La cifra y Los conjurados. Me hace pensar que hace poco he leído sus primeros libros y algo he escrito de Borges en su principio y pienso que el último Borges no declina y es muy bello y muy preciso, y que voy a releer estos cuentos y algo más de sus últimos libros. Estos libros de ensayos de los años treinta también merecen ser releídos. En un visionario y bellísimo texto que escribió cuando el encierro, en la pandemia, Ester Abreu Vieira de Oliveris citaba unas palabras de Borges en el texto “Avatares de la tortuga”, de uno de estos libros, que resultaban proféticas. Estará bien releerlos. El otro día, Ester Abreu Vieira de Oliveira me escribió para decirme que había sido un precioso despertar para ella escribe desde Brasil la lectura de uno de mis textos sobre Borges. Aquí la recuerdo y nombro, en esta compañía que compartimos y nos une.

Veo que el último cuento es “Utopía de un hombre que está cansado”, que originalmente está en El libro de arena. Volví a comprar este libro, por haberme desaparecido, pero fue restituida su edición original, que tengo a la vista y compruebo está fechada en octubre 1981. Otros libros no fueron restituidos y tengo que conformarme con los que volví a comprar. Prefiero leer o releer este libro en su edición original, en la que lo leí por primera vez. Y lo he releído algunas veces.

Recuerdo que en un breve volumen se publicaron los últimos cuentos de Borges con el título La memoria de Shakespeare. También lo tengo, pero habrá quedado entre otros libros y no lo encuentro. Lo leeré cuando aparezca. Antes de leer estos cuentos y poemas últimos de Borges doy un paseo por el Paseo de Gracia. Entro en la Librería La Central de la calle Consejo de Ciento. En un volumen de los Cuentos completos de Borges veo que en efecto éste es su último libro de cuentos, La memoria de Shakespeare, y compruebo que contienen los cuentos que están en esta edición de la Biblioteca de Babel de Siruela Veinticinco de agosto, 1983 y otros cuentos y uno más, que lo cierra, y es el que lleva el título del libro. Escribía el oro día de Borges y la cultura. Estos libros que podemos considerar complementarios y que son los de estas bibliotecas, la Biblioteca personal y la Biblioteca de Babel en que leí por primera vez estos cuentos últimos, nos la muestran. He comprado hace poco los Evangelios apócrifos en la Biblioteca personal, y me hubiera gustado comprar y leer algún libro más que Borges incluyó en ella, como El imperio jesuítico, pero no lo encontré. En ella, Gibbon, que me mostró su traductor en su casa. Traducción que publicó Jacobo Siruela, quien publicó también estos cuentos en su Biblioteca de Babel.

Decido releer estos cuentos al volver a casa. Subo el Paseo de Gracia. Pienso también en dos poemas para mí muy queridos, significativos y señalados de sus últimos libros de poemas, “Enrique Banchs” de Los conjurados, que Borges me firmó aquí como su Poesía completa, en el Paseo de Gracia, y “El cómplice” de La cifra. No había leído a Enrique Banchs y sólo lo pude leer muchos años después, pero este soneto me pareció maravilloso y me ha acompañado y lo he recordado siempre. Éste es:

 

ENRIQUE BANCHS

 

Un hombre gris. La equívoca fortuna

hizo que una mujer no le quisiera;

esa historia es la historia de cualquiera

pero de cuantas hay bajo la luna

es la que duele más. Habrá pensado

en quitarse la vida. No sabía

que esa espada, esa hiel, esa agonía

eran el talismán que le fue dado

para alcanzar la página que vive

más allá de la mano que la escribe

y del alto cristal de catedrales.

Cumplida su labor, fue oscuramente

un hombre que se pierde entre la gente;

nos ha dejado cosas inmortales.

 


De Jesús y Borges hablaba el otro día. Con la cruz empieza el poema “El cómplice”, que aclara y revela al final que es el poeta, y me parece es un poema también maravilloso en el que Borges dice cosas que nos ha dicho muchas otras veces y aquí encontramos reunidas de un modo precioso:

 

EL CÓMPLICE

 

Me crucifican y yo debo ser la cruz y los clavos.

Me tienden la copa y yo debo ser la cicuta.

Me engañan y yo debo ser la mentira.

Me incendian y yo debo ser el infierno.

Debo alabar y agradecer cada instante del tiempo.

Mi alimento es todas las cosas.

El peso preciso del universo, la humillación, el júbilo.

Debo justificar lo que me hiere.

No importa mi ventura o mi desventura.

Soy el poeta.

 

Empiezo a leer los cuentos de Veinticinco de agosto, 1983 y otros cuentos. El primer cuento, que está en el título, me hace pensar en el que creo que es el primero de El libro de arena, “El otro”. Compruebo que así es. Estos últimos cuentos tienen un doble o igual incipit, que quizá no es casual y desde luego resulta muy significativo y señalo porque creo que sería del agrado de Borges que lo señalara. En el volumen de sus cuentos completos que he hojeado en la librería he podido comprobar que el último libro La memoria de Shakespeare que es Veinticinco de agosto, 1983 y otros cuentos más un último cuento, el del título, como allí en este volumen he observado y así he dicho es precedido por El libro de arena. Me gusta esto último de Borges, si se quiere más depurado o decantado, más esencializado en su voz ¿pero qué quiere decir esencializado?. El anterior libro, el que precede a El libro de arena, es El informe de Brodie, que supone ya un giro en su decurso narrativo y de invención y que el mismo Borges señala. Lo refiere como un libro sencillamente realista, y que se aparte de sus elaboradas construcciones intelectuales. A mí me agrada especialmente también por esto. He ponderado su valor y manifestado este gusto en ocasiones y lo vuelvo a hacer.

En el diálogo de los dos Borges, que está también en “El otro” y lo constituyen, uno dice al otro que es su último sueño. Siento que Borges sueña y sigue siendo Borges de perfecta manera en lo que es el último Borges, en cuentos y poemas, y que en estos poemas y cuentos nos acompaña como un último sueño.

El siguiente cuento, “Tigres azules”, me hace pensar en muchas cosas. El sueño de los tigres está en “Dreamtigers” de El hacedor, cuyas prosas he releído hace poco y hace no mucho sus poemas en un jardín. Hay una velada referencia a este texto en un poema de mi primer libro, Hospital de Inocentes, el poema “En el orden que prefiera”. Aparece en él mi ciudad, Barcelona, en dos de sus más conocidas calles, Rambla Cataluña y el Paseo de Gracia, por el que acabo de pasear, y aparece Barcelona con su nombre. Di en junio del año pasado una conferencia que era a la vez presentación de mi poesía y mi último libro, La libertad de la poesía, en el Monasterio de San Jerónimo de la Murtra, y llevaba en su título el nombre de Borges. Creo que a Borges le hubiera gustado estar presente en un acto que se realizaba en el lugar en que los Reyes Católicos recibieron a Colón a la vuelta de su primer viaje a América. Recordé el poema, para indicar que Borges está ya en mi principio, y así sale en un poema de mi primer libro. Referí que indiqué hace mucho que el indicar “un fastidio” tras su nombre es ambiguo o sencillamente un elogio quizá también velado pero cierto, pues indica una altura en el escribir que pensamos no se puede alcanzar y en este sentido, dicho de manera coloquial, pero sin encono o envidia, sólo como expresión, “un fastidio”. Llevé un ejemplar de mi primer libro, publicado en el lejano enero de 1989, y leí en aquel lugar ese día este poema, y lo traigo aquí:

 

EN EL ORDEN QUE PREFIERA

 

A veces empiezan bien mis sueños, y entonces

pueden llegar a ser playas de África

o improbables pasajes de avión hacia el deseo.

A veces empiezan bien mis sueños, a veces me recuerdan

lugares que no he visto y en los que fuimos tan felices,

lugares anónimos, antiguas cartas, aventuradas huidas

y si hay suerte pueden llegar a ser incluso

unas cuerdas vocales que afinan su voz

entre unas piernas.

 Porque a veces empiezan bien mis sueños.

Pero otras se despistan, por lo común se cansan y así

suelen acabar teniendo el mismo rostro

que la casa Batlló, pues ociosos y torpes se recuestan

en demasiados bares, en demasiadas tardes,

estúpidamente llenos de Rambla Cataluña y Paseo de Gracia,

hasta batiendo palmas los benditos

mientras ni pueden evitar que de las gabardinas

del fracaso y del alcohol les crezcan

abatidos pájaros

que vagamente me recuerdan

a la hirsuta soledad

de la que no he conseguido salir nunca.

 

Quizá en esta tierra el hombre sólo puede amarse y detestarse,

amarse y detestarse, sucesivamente, en el orden que prefiera.

Pero esta materia da apenas para un cuento,

y además cero que ya Borges un fastidio

escribió mejor de todo esto.

 

Este cuento, “Tigres azules”, me hace pensar también en el uso de la fantasía, una fantasía insólita en la literatura en castellano y que él y otros escritores argentinos —Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo, Julio Cortázar— cultivaron de manera refinada y con maestría. Con Adolfo Bioy Casares compilaron una célebre Antología de la literatura fantástica en que dieron a conocer este tipo de literatura poco cultivada en nuestra lengua. Conté en Casa de América, en Madrid, en el acto que se celebraba en homenaje a Felisberto Hernández en el cincuenta aniversario de su muerte, una anécdota respecto al título de este libro. Porque hablaba de la literatura fantástica, a la que se pueden adscribir algunos cuentos de Felisberto, algunos pensamientos fundamentales, y esta anécdota. Borges nos refiere que barajaron varios posibles títulos para esta antología, porque llamarla fantástica les desagradaba, pues se imaginaban a todas las señoras de Buenos Aires diciendo “fantástico, fantástico” en sus tertulias. Pensaron en el título “Antología de la literatura irreal”, pero comprendieron que el adjetivo irreal tenía algo de repulsivo y que nadie compraría un libro con este título. Así que se resignaron a llamar a esta literatura fantástica, a falta de mejor nombre, como diría Cortázar y nos hacen pensar sus cavilaciones.

En los pensamientos de Cortázar que refieren el pensar que esta literatura nos transmite y hace pensar que la realidad puede ser otra. En este cuento Borges nos dice que el Señor es irracional. Piensa en los números, usa el ejemplo de que tres más uno son cuatro. Recuerdo que una sección de textos breves de El Ciervo se llamaba “Dos y dos, cinco”, y la razón de que así se llamara. Uno de los Panero les contó un día en la redacción de la revista que Dostoyevsky decía que dos y dos pueden ser cinco. Pueden serlo en Dios y en la literatura fantástica, en la realidad verdadera que quizá es otra y distinta que la aparente.

Me encanta el final de “La rosa de Paracelso”. Así, pienso, se dan el arte y el poema. En soledad y para uno mismo, sin necesidad del aplauso o asombro de los demás, para nada precisos para su existencia y su verdad. Y el empleo de la fantasía me hace pensar en el cuento que lleva el título de El libro de arena. Veo en su índice que el cuento que le precede, “El disco”, tiene también este cariz. Recuerdo “El Zahir” de El Aleph y que comparte este rasgo. El libro de arena tiene un epílogo, que empieza así: “Prologar cuentos no leídos es tarea casi imposible, ya que exige el análisis de tramas que no conviene anticipar. Prefiero por consiguiente un epílogo”. Lo leo, pues conozco los cuentos. Nos dice de “Utopía de un hombre que está cansado”, que cierra el libro Veinticinco de agosto, 1983 y otros cuentos y he releído y también en este libro se incluye, que “es, a mi juicio, la pieza más honesta y melancólica de la serie”. Leo estos cuentos fantásticos que cierran el libro, “El disco” y “El libro de arenas”. Pero leo antes “El otro”, que lo abre. Lo he leído muchas veces, pero el diálogo que sostiene Borges consigo mismo en este desdoblamiento me parece, al releerlo otra vez ahora, que es muy y profundamente revelador. Le dice el Borges anciano al Borges joven: “No sé la cifra de libros que escribirás, pero sé que son demasiados. Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole fantástica. Darás clases como tu padre y como tantos otros de nuestra sangre”. No son demasiados los libros de Borges, pensamos —pienso. Comparto el agrado que Borges sentía por su poesía, lo digo siempre y de nuevo lo afirmo. Me ha complacido leer algunos de sus cuentos que por falta de mejor nombre llamaremos fantásticos y que invitan a sentir como posible y otra la realidad, a ensancharla. Esto hace el arte. Y hace especialmente Borges. El Borges último es también el primero —creo que a él le agradaría este eco—, porque nos acompaña con su completo acierto. Es un sueño la vida y lo que escribimos, y lo último que escribió Borges nos acompaña como un último sueño.

 

Barcelona, 7 de agosto de 2026



SANTIAGO MONTOBBIO (España, 1966). Publicó por primera vez como poeta en la Revista de Occidente en 1988, y su primer libro, Hospital de Inocentes (1989), mereció ya el reconocimiento espontáneo de ilustres autores (Onetti, Sabato, Vilariño, Delibes, Cela, Martín Gaite, Valente, entre otros). Su libro El anarquista de las bengalas fue finalista del Premio Quijote 2006, que concedía la Asociación Colegial de Escritores de España al mejor libro publicado en el año mediante votación de sus socios. Su vasta obra poética, traducida a un buen número de idiomas, ha obtenido una difusión, un reconocimiento y una trascendencia internacionales. Se han publicado libros con una antología de su poesía en París, Brasil, Países Bajos e Italia. En su fecunda trayectoria destacan los once libros que ha publicado estos últimos años en la histórica colección de poesía El Bardo. Sus libros más recientes son Días en Venecia (2024) y La libertad de la poesía (2025), publicados ambos en la colección Nueva Biblioteca Íntima de Ònix Editor, y Carmen Martín Gaite, el encuentro de dos manos tendidas, publicado en la colección Les Plaquettes de SD Edicions (2026). La hispanista brasileña Ester Abreu Vieira de Oliveira ha publicado un libro dedicado a su obra poética, con un estudio de la misma y también una antología de su poesía en edición bilingüe castellano-portugués: A arte poética de Santiago Montobbio (Análise e Traduçao) (Editorial Opçao, Brasil, 2017). A su labor de creación le acompaña y corresponde, desde sus inicios como escritor, una labor como ensayista y articulista. Ha colaborado en las primeras revistas de España, Europa y América. Desde el año 2010 colabora en Revue d’Art et de Littérature, Musique, de cuyo Equipe rédactionnelle forma parte y en la que tiene un Espace d’auteur. Esta casa editorial francesa le concedió su Prix Chasseur de Poésie 2012.



PATRICK LEPETIT (França, 1953). Poeta, ensaísta, colagista e pesquisador ligado à rede acadêmica internacional Mélusine. Com forte atuação no Surrealismo contemporâneo, sua produção intelectual e artística investiga as correntes subterrâneas do movimento, mapeando os pontos de contato entre a criação estética, os mitos tradicionais, o hermetismo e as tradições esotéricas. É autor de diversas coletâneas de poesia (como Rouge solaire e Beauté du funambule) e de ensaios fundamentais, entre os quais Le Surréalisme. Parcours souterrain — obra laureada pelo Institut Maçonnique de France —, Surrealism and Operative Alchemy e La tête d’Ogmius. Surréalisme et mythes celtiques. Na vertente plástica, expande esse mesmo lirismo hermético para o campo das colagens e composições oníricas, projetando imagens ocultas do horizonte de nosso tempo. É o artista convidado da presente edição de Agulha Revista de Cultura.

  



Agulha Revista de Cultura

Número 266 | setembro de 2026

Artista convidado: Patrick Lepetit (França, 1953)

Editores:

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