1 FABRIZIO PLESSI, EL GRAN MAESTRO QUE HIZO FLUIR EL AGUA DENTRO DE LA LUZ
Ha muerto Fabrizio Plessi. Tenía 86 años. Se fue el 23 de agosto de 2026, en
Dolo, en la zona de Venecia, él que había nacido en Reggio Emilia el 3 de abril
de 1940 y que había hecho de Venecia su ciudad de elección, la ciudad en la que
encontró una gramática, una materia, una forma para contar el mundo. Con él desaparece
uno de los grandes protagonistas del arte contemporáneo italiano e internacional,
un artista que durante más de medio siglo atravesó la pintura, la escultura, la
performance, la fotografía, el vídeo, la arquitectura y el teatro sin dejarse encerrar
en ninguna definición.
Emiliano de origen, veneciano por adopción, Plessi fue sobre
todo un hombre capaz de comprender, mucho antes que otros, que la tecnología no
necesariamente haría que el arte fuese más frío, más distante, más inmaterial. Podía
suceder lo contrario: la tecnología podía convertirse en una nueva materia poética.
Podía entrar en la escultura, en la memoria, en el paisaje, en la historia. Podía
dialogar con aquello que parecía más alejado de ella: el agua, el fuego, la tierra,
la piedra, la madera. Y ahí reside precisamente la grandeza de Plessi: no haber
utilizado simplemente el vídeo, sino haber transformado la imagen electrónica en
materia de la obra.
Su investigación había comenzado con la pintura y con su formación
veneciana en la Academia de Bellas Artes, donde posteriormente ejercería como profesor.
Pero ya en 1968 había identificado en el agua el centro de una investigación que
lo acompañaría durante toda su vida. Agua física, agua pensada, agua fotografiada,
agua filmada, agua imaginada, agua transformada en luz y, finalmente, agua electrónica.
En 1973, el tema de “Acquabiografico” reunía una parte importante de este recorrido
y, durante el mismo período, su colaboración con el Centro Attività Visive del Palazzo
dei Diamanti de Ferrara le permitió realizar sus primeros videotapes.
No es casualidad que el agua se convirtiera en su elemento.
Venecia estaba ante sus ojos: una ciudad que flota sobre su propia memoria, donde
la piedra nace del agua y se refleja en ella, donde todo parece estar al mismo tiempo
quieto y en movimiento. Plessi comprendió que ese movimiento podía convertirse en
lenguaje.
Y el agua no permaneció sola. Llegaron el fuego, la lava,
la tierra, la piedra, el viaje. Elementos primordiales que, en sus obras, se encontraban
con televisores, monitores, LED, circuitos e imágenes digitales. La tecnología no
sustituía a la naturaleza: hacía que reapareciera bajo otra forma.
La sencillez es el primer paso de la naturaleza y el último
del arte. Es una frase que parece haber sido escrita para comprender
la trayectoria de Plessi, porque detrás de la aparente complejidad de sus grandes
instalaciones siempre existía el intento de llegar a lo esencial. Agua, llama, piedra,
luz. Pocos elementos, cargados de una enorme cantidad de memoria y significado.
Por eso definirlo simplemente como un pionero del videoarte
es correcto, pero insuficiente. El propio Plessi había percibido siempre las limitaciones
de las etiquetas. Su obra atravesaba el videoarte para desembocar en la escultura,
la instalación ambiental, la escenografía, el teatro, la danza y la arquitectura.
El monitor se convertía en cuerpo, el vídeo en espacio y la luz en materia.
Uno de los momentos decisivos de esta transformación llegó
en 1986, cuando, en la 42.ª Bienal de Venecia, Plessi presentó “Bronx”, una de sus
obras más significativas. La propia Bienal, al recordarlo después de su muerte,
ha señalado en esta obra un momento fundamental: la televisión entraba en el espacio
expositivo como elemento escultórico y arquitectónico, anticipando la reflexión
sobre la relación entre tecnología, imagen y ambiente que caracterizaría gran parte
de su producción posterior.
“Bronx” es importante precisamente porque relata el vuelco
realizado por Plessi. El televisor, nacido para llevar la imagen al interior de
los hogares, era sustraído a su función cotidiana y se convertía en objeto, presencia,
estructura. La pantalla ya no era una ventana al mundo, sino que se había convertido
en parte del mundo de la obra.
Aquella televisión que la sociedad consumía distraídamente
frente al sofá era devuelta al arte como materia para ser contemplada. Y dentro
de esa materia Plessi introducía una pregunta que sigue siendo absolutamente actual:
¿qué sucede cuando la imagen tecnológica deja de ser solamente algo que vemos y
se convierte en algo que habitamos?
Hoy, en la época de los teléfonos inteligentes, los entornos
digitales, la realidad virtual y la inteligencia artificial, aquella intuición parece
casi profética. Plessi había comprendido, cuando la tecnología todavía estaba en
sus comienzos, en qué se convertiría: no solamente en una herramienta, sino en un
entorno de la experiencia humana.
Después de “Bronx”, en 1987, llegó “Roma” a Documenta 8 de
Kassel, y su dimensión internacional se consolidó definitivamente. El Centre Pompidou
de París ya había presentado en 1982 su obra videográfica completa; después llegaron
importantes exposiciones y retrospectivas en museos e instituciones internacionales,
desde el Guggenheim Museum de Nueva York hasta el Museum of Contemporary Art de
San Diego, desde el Kunsthistorisches Museum de Viena hasta las grandes manifestaciones
europeas.
Pero Plessi nunca abandonó Venecia. Su historia con la Bienal
atraviesa décadas y profundas transformaciones del lenguaje contemporáneo: desde
su presencia de 1970 hasta las participaciones de los años setenta y ochenta, desde
“Bronx” hasta los proyectos posteriores, pasando por “Mari Verticali” en 2011 y
por las presencias vinculadas al Festival de Cine con “Liquid Movie” y “Underwater”.
Fuentes institucionales y periodísticas recuerdan, en total, catorce presencias
en la Bienal.
Sin embargo, su investigación nunca fue exclusivamente veneciana.
Plessi llevó sus imágenes a museos, plazas, edificios históricos, paisajes y grandes
acontecimientos internacionales. En el año 2000, para la Expo de Hannover, realizó
“Mare Verticale”, una gigantesca estela de 44 metros de altura de la que parecía
brotar una cascada tecnológica. En 2001, en Venecia, “Waterfire” intervino sobre
la fachada del Museo Correr. En 2020, durante el período de la pandemia, “L’Età
dell’Oro” transformó las ventanas del Correr que dan a la plaza de San Marcos en
una cascada de luz dorada.
También en estas obras encontramos la misma obsesión: transformar
el elemento natural en imagen sin privarlo de su fuerza originaria.
El agua de Plessi no es simplemente agua reproducida. Es memoria
del agua. Es el tiempo que fluye. Es la vida que no puede detenerse. Es Venecia,
pero también el viaje, el nacimiento y la muerte. El fuego no es solamente fuego:
es energía, destrucción, renacimiento. La tierra es materia, peso, origen. La piedra
es permanencia. La luz electrónica, aparentemente inmaterial, se utiliza para devolverles
una nueva corporeidad.
Ahí reside también su extraordinaria modernidad: Plessi llevó
el mundo ancestral al interior de la tecnología y la tecnología al interior del
mundo ancestral.
Detrás de la espectacularidad de las grandes instalaciones,
sin embargo, había un artista extremadamente riguroso. Estaba el dibujo. Un número
impresionante de bocetos, proyectos, apuntes y estudios testimonia hasta qué punto
el dibujo era central en su método. Antes que la máquina estaba la mano; antes que
el movimiento electrónico estaba el pensamiento de la obra. La tecnología, para
Plessi, no sustituía al artista: era el instrumento mediante el cual una concepción
profundamente humanista del arte podía encontrar una nueva forma.
También su seriedad personal, recordada por Gian Ruggero Manzoni,
pertenecía a esta disciplina de lo esencial. Ser selectivos con las personas
que nos rodean no nos hace prepotentes, sino que nos hace responsables de nuestro
tiempo y de nuestra serenidad. Es una reflexión que también puede leerse como
una metáfora del trabajo de Plessi: elegir, eliminar lo superfluo, proteger el propio
tiempo y la propia investigación, no dejarse arrastrar por el ruido del mundo.
Gian Ruggero Manzoni, al recordarlo después de conocer la
noticia de su desaparición, lo define como un hombre sumamente serio y preparado,
uno de los primeros artistas del mundo que intentó unir la tecnología con una visión
narrativa del hacer artístico, y que lo consiguió. También recuerda un texto que
le había dedicado al agua, uno de los elementos fundamentales de su producción.
Es un testimonio precioso porque devuelve a Plessi no solo
la dimensión del maestro, sino también la del hombre. Un artista que no necesitaba
gritar su modernidad. La practicaba.
Y quizá sea precisamente la reflexión de Schopenhauer la que
nos proporciona otra clave para acercarnos a su obra: «El arte es una flor en el
camino de nuestra vida que se desarrolla para hacerla más aceptable». En Plessi,
el arte tuvo exactamente esa función: hacer visible aquello que muchas veces atravesamos
sin lograr comprenderlo, dar una forma al fluir del tiempo, a la memoria, a la pérdida,
a la naturaleza, a la transformación.
También se puede pensar el arte como una ilusión que nos permite
comprender la verdad.
Es una definición que parece particularmente adecuada para
Plessi. El agua que vemos en sus monitores no es agua y, sin embargo, nos habla
del agua con mayor profundidad que una simple reproducción realista. El fuego electrónico
no quema, pero evoca el fuego. La cascada digital no moja, pero nos recuerda el
movimiento, la fuerza, la caducidad. La ilusión se convierte así en un instrumento
para llegar a la verdad.
Y en este sentido la obra de Plessi pertenece plenamente a
la gran tradición del arte: no imitar el mundo, sino construir una forma capaz de
hacérnoslo ver de nuevo.
En general, los hombres juzgan más por los ojos que por la
inteligencia, porque todos pueden ver, pero pocos pueden comprender lo que ven. También
esta consideración parece sorprendentemente cercana a su investigación. Plessi trabajó
precisamente sobre la distancia entre ver y comprender. Nos ofreció imágenes seductoras,
espectaculares, a menudo monumentales, pero detrás de su belleza pedía al espectador
una segunda mirada.
Si queremos trasladar la obra de Plessi a las palabras y,
desde las palabras, al mundo de la percepción, podemos decir que el primer vistazo
ve el agua; el segundo ve el tiempo. Después aparece el fuego, que atraviesa la
destrucción y el renacimiento. Somos, por tanto, lectores por capas a través de
nuestra percepción: nuestra primera mirada puede ver una pantalla; la segunda comprende
que esa pantalla se ha convertido en escultura, memoria, teatro. Después podemos
captar el aspecto tecnológico, pero finalmente comprendemos que la tecnología es
solamente el lenguaje mediante el cual un artista está hablando del ser humano.
Esta es quizá la razón por la que Plessi continúa pareciendo tan contemporáneo.
No porque haya anticipado la tecnología, sino porque comprendió que ninguna tecnología
podría sustituir jamás la necesidad humana de dar un significado a las cosas.
No era un artista enamorado del último dispositivo; le interesaba
lo que la tecnología podía hacerle a la memoria del hombre y lo que el hombre todavía
podía hacer con la tecnología.
Su obra está, por tanto, atravesada por una tensión continua
entre lo antiguo y lo contemporáneo. Entre la cueva y el monitor. Entre el río y
el circuito electrónico. Entre la piedra y el píxel. Entre la memoria y el futuro.
Y quizá por eso su desaparición llega como el final de una época.
Con Fabrizio Plessi desaparece, en efecto, uno de los protagonistas
de aquella generación que atravesó el siglo XX sin dejar de mirar hacia el futuro.
Una generación que conoció la pintura como materia, la televisión como revolución,
el vídeo como promesa y lo digital como nuevo territorio. Plessi fue uno de los
pocos capaces de habitar todas estas transformaciones sin perder su identidad. Su
obra nos deja una lección precisa: la tecnología envejece, la poesía no.
Los monitores cambian, los dispositivos se vuelven obsoletos,
las imágenes adoptan nuevos formatos, pero el agua continúa fluyendo, el fuego continúa
ardiendo, la tierra continúa custodiando la memoria de los hombres. Y la luz continúa
buscando una superficie sobre la cual posarse.
Quizá Fabrizio Plessi habría sonreído ante esta idea: después
de una vida dedicada a enseñar a la imagen electrónica a convertirse en materia,
será precisamente la imagen de sus aguas, de sus fuegos y de sus luces la que continuará
fluyendo más allá de él.
Italia pierde a un gran artista. Venecia pierde a un hombre
que supo escuchar su respiración y transformarla en lenguaje. El arte contemporáneo
pierde a uno de sus pioneros más auténticos. Nosotros perdemos a un testigo.
Cuando muere un artista como Plessi, no muere solamente una
persona. Se apaga una voz que pertenecía a un tiempo en el que el futuro parecía
todavía una promesa y no una amenaza, en el que la tecnología podía ser interrogada,
manipulada, transformada en poesía.
El siglo XX, como escribe Gian Ruggero Manzoni en su conmovido
recuerdo, continúa apagándose. Pero no todo lo que pertenece al siglo XX desaparece.
El agua de Plessi continuará fluyendo.
Carlo Michelstaedter nació el 3 de junio de 1887 en Gorizia, entonces
parte del Imperio austro‑húngaro, y falleció en la misma ciudad el 17 de octubre de 1910,
con apenas 23 años de vida. Vivió en un periodo histórico de grandes tensiones
culturales y políticas: la fin de los imperios de Europa Central, las identidades
nacionales en formación y el despertar de las corrientes filosóficas que interrogarían
la vergüenza de la razón, la vida cotidiana y el sentido del individuo frente a
la masa. Desde sus estudios formativos, Michelstaedter mostró una inquietud intelectual
singular: tras estudiar en su ciudad natal se trasladó a Florencia para profundizar
en filosofía y letras, trabajando su famosa tesis de grado titulada La persuasione
e la rettorica (“La persuasión y la retórica”), defendida en 1910 pero nunca discutida formalmente debido a su muerte.
En dicha obra, Michelstaedter distingue dos rutas existenciales: la persuasión,
entendida como posesión auténtica de la vida, y la retórica, entendida como
el conjunto de convenciones, apariencias y discursos que ocultan la imposibilidad
de dicha posesión.
En su filosofía, el
joven Michelstaedter se enfrenta a la vida como un acto de creación: vivir no es
adaptarse a lo dado, a las formas sociales, a la retórica de la obediencia, sino
asumir el riesgo de descubrirse y construirse. Frente a la vida que se acomoda,
su pensamiento exige la vida que se construye, que se arraiga en el presente, en
el ahora de cada instante. La retórica se convierte en símbolo de lo colectivo,
lo replicable, lo seguro, mientras que la persuasión indica aquello irreductible,
el individuo que no se deja absorber. Esta tensión, entre comunidad y singularidad,
entre discurso y ser, configura el núcleo de su legado.
Aunque su producción
es breve, su impacto perdura: Michelstaedter es leído como precursor de ciertas
corrientes filosóficas del siglo XX que exploran la
alienación del lenguaje, la autenticidad del ser, la crítica a la sociedad
de masas. Sin embargo, su presencia en el paisaje cultural de su ciudad natal y
del país aún conlleva silencios. Su tumba en el cementerio de la frontera,
permanece con la hierba alta, dominada por la dejadez, testigo de una herencia cultural
que no siempre se cuida con la devoción que merece. Gorizia, que ha sido designada
Capital de la Cultura en 2025, tiene ante sí la oportunidad de
honrar ese legado, aun cuando las inversiones en cultura parecen nunca ser suficientes.
Su pensamiento, resumido
en una frase que circula en un pequeño librito donado por el Circolo Culturale Heimat
de Gorizia en 2024, articula claramente
su exigencia: No es la patria el cómodo lecho para el cuidado y la fatiga y el
aburrimiento; sino en su pecho, y por su peligro, quien quiera hablar de ella debe
crearla. (Non
è la patria il comodo giaciglio per la cura e la noia e la stanchezza; ma nel suo
petto, ma pel suo periglio chi ne voglia parlar deve crearla.)
Estas palabras condensan
la radicalidad de Michelstaedter: la patria, la cultura, la vida no están dadas:
deben ser creadas, intervenidas, vividas conscientemente. Vivir significa estar
activo, no acomodado; significa afrontar el riesgo de la responsabilidad, no refugiarse
en el consuelo. Michelstaedter rechaza la pasividad y la superficialidad, y reivindica
la autenticidad como acto constante de creación. En definitiva, la breve pero intensa
vida de Michelstaedter nos invita a reflexionar sobre cómo construimos nuestras
pertenencias identitarias, culturales, existenciales, y sobre la urgencia de que
la herencia intelectual no se convierta en olvido silencioso. Su tumba descuidada
es más que un símbolo: es un llamado a la vigilancia cultural, a la memoria activa.
AL ISONZO
Desde los nevados desfiladeros,
desde los turbios
montes lejanos con
aliento rabioso,
con áspero silbido
sopla la ráfaga,
rompe la densa y pesada
niebla,
aprisiona las bajas
nubes grises
y las arroja en ondas
grávidas.
Pasa rozando los temblorosos
chopos,
sobre el negro llano
se cierne el peso
de la ciclópea lucha
del éter.
Pero a ella responde
más fuerte el ímpetu
salvaje y joven del
río rápido,
cuyas orillas corroídas
lo contienen:
su poderoso bramido
se conmueve ante el silbido
de la tempestad y el
vivo
claror del distante
cielo despejado
refleja lívido en la
onda turbia.
Y al mar lleva el anuncio
de la lucha
que niebla y viento
combaten en el cielo,
al mar lleva el anuncio
del tumulto
que en mi corazón se
enfurece cuando la náusea,
cuando el letargo,
la duda, el abandono
por tu vista, Argia,
más fervientemente
el valor combate y
sueña con el mar libre.
(Noche del 2 de septiembre
de 1910)
ALL’ISONZO
Dalle nevose gole, dai torbidi
Monti lontani con lena rabida,
con aspro sibilo soffia la raffica,
rompe la densa greve nebbia,
stringe le basse grigie nubi
e le respinge in onde gravide.
Passa radendo sui pioppi tremoli
Sul nero piano incombe il peso
Della ciclopica lotta dell’etere.
Ma a lei più forte risponde l’impeto
Selvaggio e giovane del fiume rapido
Cui le corrose ripe trattengono:
il suo possente muggito al sibilo
della procella commesce e il vivido
chiaror del lontano sereno
riflette livido, nell’onda torbida.
E al mar l’annuncio porta della lotta
Che nebbia e vento nel ciel combattono,
al mar l’annuncio porta del tumulto
che in cor m’infuria quando la nausea,
quando il torpore, il dubbio, l’abbandono
per la tua vista, Argia, più fervido
l’ardir combatte e sogna il mare libero.
(Notte del 2 settembre
1910)
EL PLACER
El placer es un dios
tímido,
huye de quien lo invocó;
a los placeres es enemigo,
huye de quien lo buscó.
Él ama a quienes no
lo invocan,
él ama a quienes no
lo saben;
y da su luz tenue
a quien va en busca
de otra luz.
Quien lo busca no lo
encuentra,
quien lo encuentra
no lo sabe;
su nombre pone a prueba
esta débil humanidad.
El placer es el dios
tímido
que ama a quien no
lo sabe:
si lo buscas, ya eres
mendigo,
la oscuridad ya te
ha vencido.
IL PIACERE
È il piacere un dio pudico,
fugge da chi l’invocò;
ai piaceri egli è nemico,
fugge da chi lo cercò.
Egli ama quei che non lo invoca,
egli ama quei che non lo sa;
e dona la sua luce fioca
al chi per altra luce va.
Chi lo cerca non lo trova,
chi lo trova non lo sa;
il suo nome mette a prova
questa fiacca umanità.
È il piacere l’Iddio pudico
Ch’ama quello che non lo sa:
se lo cerchi se’ già mendico,
t’ha già vinto l’oscurità.
El poema “El placer”
de Carlo Michelstaedter es una meditación profunda sobre la naturaleza paradójica
del deseo y la búsqueda humana de satisfacción. Desde los primeros versos, el poeta
establece al placer como un dios esquivo y recatado, que se oculta de quienes lo
llaman o lo persiguen, y que sólo se revela a quienes lo ignoran. Esta concepción
convierte al placer en un símbolo de lo intangible, de aquello que no puede ser
forzado ni poseído, sino que debe experimentarse de manera espontánea y consciente.
La fuerza del poema reside en su musicalidad y en la cadencia de sus versos, que
combinan repeticiones, paralelismos y contrastes. Michelstaedter alterna la negación
y la afirmación, la huida y el hallazgo, creando un ritmo que refleja la tensión
entre la búsqueda activa y la recepción pasiva del placer. La elección de palabras,
como tímido, débil o recatado, contribuye a la sensación de
delicadeza y misterio que envuelve al dios del placer, reforzando la idea de que
lo auténtico no puede imponerse ni consumarse mediante la fuerza. Además, el poema
es también un comentario filosófico sobre la condición humana: la búsqueda constante
de gratificación, de sentido o de felicidad puede convertirse en obstáculo, mientras
que la entrega, la apertura y la ausencia de expectativa permiten un encuentro genuino
con lo que se busca. La última estrofa, que advierte que quien persigue el placer
ya es mendigo y ha sido vencido por la sombra, subraya esta exigencia de autenticidad:
vivir con plenitud implica aceptar la incertidumbre y renunciar a la posesión inmediata
de aquello que anhelamos.
YULEISY CRUZ LEZCANO. Poeta, escritora y profesional de la salud originaria de Cuba, residente en Marzabotto, provincia de Bolonia (Italia). Licenciada en Ciencias Biológicas y posteriormente en Ciencias de la Enfermería y Obstetricia por la Universidad de Bolonia, ha sabido integrar su formación científica con una profunda vocación humanística. Actualmente cursa un máster universitario de segundo nivel en Gestión de la violencia en el ámbito social, sanitario y educativo, temática en la que está activamente comprometida también a través de un proyecto educativo itinerante que promueve la sensibilización contra la violencia de género. Autora prolífica, ha publicado 18 libros, algunos de ellos en edición bilingüe (italiano/español y español/portugués), obteniendo premios y reconocimientos en numerosos certámenes literarios nacionales e internacionales. Su último libro, Di un’altra voce sarà la paura (Leonida Edizioni, 2024), ha sido candidato al Premio Strega, seleccionado para el Salón Internacional del Libro de Turín 2024 y presentado en diversos contextos de prestigio: desde la Televisión Estatal de la República de San Marino hasta Tele Granducato de Toscana, desde la embajada de Cuba en Roma hasta el Festival Libri nel Borgo Antico de Bisceglie, y en el programa Street Talk de Andrea Villani, emitido en 22 cadenas televisivas italianas. El libro se ha convertido también en el eje central de un proyecto itinerante de educación y sensibilización, presentado en escuelas, ayuntamientos y asociaciones en toda Italia. En 2024 fue seleccionada para participar en el Festival Literario de Venecia La Palabra en el el Mundo, consolidando su presencia en la escena poética internacional. Ese mismo año obtuvo el Gran Premio del Jurado en el Premio Internacional “Il Meleto di Guido Gozzano” y el Premio Ginebra en el Switzerland Literary Prize con el libro bilingüe Doble acento para un naufragio, publicado por Edições Fantasma en Portugal. Asimismo, fue jurado del Premio Internacional La Estación del Arte (Madrid) y seleccionada por el proyecto Latilma, en colaboración con la Universidad de Roma.
PATRICK LEPETIT (França, 1953). Poeta, ensaísta, colagista e pesquisador ligado à rede acadêmica internacional Mélusine. Com forte atuação no Surrealismo contemporâneo, sua produção intelectual e artística investiga as correntes subterrâneas do movimento, mapeando os pontos de contato entre a criação estética, os mitos tradicionais, o hermetismo e as tradições esotéricas. É autor de diversas coletâneas de poesia (como Rouge solaire e Beauté du funambule) e de ensaios fundamentais, entre os quais Le Surréalisme. Parcours souterrain — obra laureada pelo Institut Maçonnique de France —, Surrealism and Operative Alchemy e La tête d’Ogmius. Surréalisme et mythes celtiques. Na vertente plástica, expande esse mesmo lirismo hermético para o campo das colagens e composições oníricas, projetando imagens ocultas do horizonte de nosso tempo. É o artista convidado da presente edição de Agulha Revista de Cultura.
Agulha Revista de Cultura
Número 266 | setembro de 2026
Artista convidado: Patrick Lepetit (França, 1953)
Editores:
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