Una conversación pendiente, de la poeta Juana M. Ramos, editado por Nueva York Poetry Press (mayo-2025), contó con la curaduría de Marisa Russo y Francisco Trejos. Es una edición bilingüe en castellano e inglés que lleva la firma de Diana Conchado. La fotografía es de Ed Pérez y la diagramación de Melvyn Aguilar. Un libro cuidado en todos los sentidos.
A modo de introducción
La primera sensación que nos hace vibrar de este libro es
su título, aspecto que desarrollaré a posteriori. Y la segunda, es cuando lo abrimos
y constatamos que la colección a la que pertenece es un homenaje a la gran poeta
Olga Orozco; algo que no parece ser anodino ni tampoco una coincidencia. Y de llegar
a serlo, sería una coincidencia muy afortunada ya que su poesía está alojada en
un antiguo arcano que viaja silenciosamente de memoria en memoria.
Se trata, además, de una poesía intimista que desentraña
cada poro de la piel de las poetas, les desnuda el alma mostrándonos su fragilidad
y al mismo tiempo su coraza y valentía ante el mundo que las bombardea, aún en sueños,
con sus imágenes hostiles y a veces bastante crudas. Veamos:
Olga Orozco dice:
Aquí están
tus recuerdos: /este leve polvillo de violetas cayendo inútilmente sobre las olvidadas fechas; /tu nombre,/ el persistente nombre que abandonó tu mano entre las piedras;/ el árbol familiar,/ su rumor siempre verde contra el vidrio; mi infancia, /tan cercana, /en el mismo
jardín donde la hierba canta todavía /y donde tantas veces tu cabeza reposaba
de pronto junto a mí,/ entre los matorrales de la sombra. (“Aquí
están tus recuerdos”)
Mientras
que Juana M. Ramos escribe:
Dicen que ese día
despertaste muy temprano
con la niña en tus recuerdos.
Pediste tu vestido nuevo,
maquillaje,
sentada en la sala
calmaste la espera
entre tus brazos.
“La niña prometió
que vendría,
llamó temprano esta mañana”,
les dijiste. (“La
espera”)
En los
dos poemas aparece la imagen de un recuerdo, se siente el calor de una mano que
acaricia otra mano y casi que se escucha el nombre de la persona que llega a través
de la evocación. Gracias a las poetas somos testigos de una infancia que, aunque
lejana en el tiempo, se hace contemporánea gracias a su rememoración.
Recordar es esperar
Pero… ¿Qué se espera? Tal vez
una imagen, un sonido, un aroma, una textura o un sabor. En el poema de Orozco podemos
tocar el tronco del árbol de su propia niñez. En el de Ramos asistimos al dolor
de la ausencia mitigado por la senilidad o por el Mal de Alzheimer que aqueja a
alguien que está sentada en la que imagino una mecedora; lo que puede leerse como
la pérdida de identidad. En este caso no de la persona que se ha ido (léase migrado)
sino de la que queda en el hogar esperando su regreso. En los dos poemas
encontramos un presente que se rechaza porque representa el vacío, la nada, la oscuridad.
Así que las dos poetas se refugian en las palabras que les permiten coser un patchwork
en el que pegan una a una las imágenes que de otra forma se perderían en el laberinto
del olvido. No obstante, cabe decir que Una conversación pendiente es, ante
todo, un libro sobre el exilio; y es esa temática a la que haré referencia.
Una conversación pendiente
Este es el título del más reciente poemario de Juana
M. Ramos. La foto de la carátula es del diseñador gráfico Melvyn Aguilar; una imagen
que nos instala inmediatamente en una cápsula de tiempo y que nos pone en la sala
de un hogar de los años sesenta del siglo pasado. En ella observamos un sillón,
como los que veíamos en las casas de nuestras abuelas; y al frente de él, un teléfono
descolgado. En otras palabras, nos enfrentamos a una conversación interrumpida y
por ende pendiente. ¿Por qué no se ha colgado la bocina? Podemos suponer que la
persona que estaba sentada en esa silla, muy posiblemente hablando con alguien,
decidió hacer una pausa para que el dolor no la aniquilara; así que decidió dejarlo
descolgado para que por un tiempo no la volvieran a llamar. También podría pensarse
que al descolgar el teléfono se ha optado por la privacidad y por el silencio; y
por qué no, por la soledad. Para las personas de menos de cuarenta años es muy difícil
entender la imagen de esta foto. Digamos que un teléfono descolgado era una forma
de bloquear a alguien; sólo que al hacerlo necesariamente se bloqueaba a todas las
demás personas que quisieran comunicarse con uno.
Y ahora pasemos a decodificar
el título:
Umberto Eco contó alguna vez
en una entrevista que cuando iniciaba un curso de creación literaria lo primero
que les exigía a sus estudiantes era el título de la obra que pensaban escribir.
Para él era claro que el título es la guía de la creación en cuestión.
Yo lo explico de esta forma:
En el título deben estar el
logos, el pathos, la poiesis y el ethos.
Veamos:
Una conversación pendiente es el logos en toda
su dimensión; con estas tres palabras ya tenemos el compendio del poemario e intuímos
el tema abordado. Un título debe ser, en la medida de lo posible, una bitácora o
una aguja náutica que le dé al lector desde el principio un norte para evitar que
se pierda. Una conversación pendiente posee también la magia del pathos,
entendido, por supuesto, como la capacidad de atrapar al lector, de subyugarlo,
de cautivarlo. El lector se deja atrapar, no huye, sino que se arrellana en el sofá.
El título es también una poiesis que anuncia la iluminación de la
que hablase Heidegger. En otras palabras, es una invitación a un viaje interior
que nos permitirá conocer los vericuetos de la memoria de la poeta. Y luego está
el ethos que nos deja saber que vamos a descifrar los secretos de esa conversación
pendiente. O sea, es una red que la poeta teje en torno a la psíquis de la persona
que tiene el privilegio de leer esta poesía intimista en el sentido literal de la
palabra. También nos anuncia que estamos al frente de un libro concebido con una
unidad temática por lo que los poemas se concatenan los unos con los otros. Es decir,
no son poemas sueltos que se ponen en un archivo con el único deseo de publicar
un libro.
El exilio como tema principal de Una conversación pendiente
El poema que da inicio a este libro se titula “Caminante”
y nos pone delante del tema que será el eje central: El Exilio, del latín exilium, vocablo que viene de exsul
(desterrado); y que era explicado como arrancado del suelo. Por su parte,
el vocablo exul significa el que se ha ido; en otras palabras, exilio.
Por lo tanto, exilio viene de la palabra desterrado (el que se arranca
de la tierra). Tampoco debe olvidarse que en griego exó significa allá
y edó significa aquí. De ahí palabras como extranjero (que
viene de allá) o endógeno (que es de aquí).
Caminante
que deja algo de sí
en el camino,
escucha el cencerro
que cuelga de un humano
quien ha extraviado
su humanidad,
pero sigue
dando pasos.
No sólo desarrolla la temática
del exilio sino la pérdida de identidad; nos muestra al migrante visto como
El judío errante; sin paz y sin destino fijo. O sea, una eterna condena.
Lo que quedó atrás se pierde en la nebulosa, lo que está al alcance de
la mano no lo satisface; además lo amedrenta. Lo que está por venir es lo opuesto
a la seguridad de un hogar. Hogar entendido etimológicamente como “calor
humano”. Me explico: Hogar viene del latín Focus (fuego) y representa
el fuego de cada casa que no sólo ilumina y permite la cocción de los alimentos,
sino que da calor en las frías y largas noches hibernales. El Fuego es uno
de los primeros símbolos que se convierten en deidades y por ende se le rinde culto;
por eso también es símbolo de pureza; y gracias a él se expían las culpas que los
cristianos llamarán mucho tiempo después “pecado”. La diosa del fuego era conocida
en Grecia como Estía; en torno a ella se reúne la familia (epiestía)
para conversar, comer y calentarse. Epiestía
significa, entonces, en torno al hogar.
Remontémonos ahora aún más lejos:
El Hogar en griego es el Oikos —casa—; léase los bienes materiales
que están dentro de sus paredes y el grupo de personas que lo habitan. Este concepto
es anterior a la polis. El Oikos es el centro del poder que controla
a la familia; tanto desde el punto de vista de su economía (en este caso agrícola
y cría de animales) como el control de las personas que lo habitan. Esto puede resumirse
en dos palabras: alimentación y afecto; y ya sabemos que el afecto
es otra forma de alimento. Por eso mismo el exilio puede ser vivido
como una catástrofe interior puesto que la seguridad alimentaria, en el sentido
literal de la palabra, está en ascuas, en suspenso. Una especie de purgatorio,
para utilizar un símbolo cristiano, que no siempre conduce al paraíso sino,
más bien, al infierno; aspecto al que volveremos al final del ensayo.
Por eso Juana M. Ramos dice:
Caminante
te persiguen los demonios,
no puedes enfrentarlos
y huyes hacia ti,
das de
golpes a tu puerta,
te encierras y sigiloso
observas desde ti
los instantes fugitivos,
embaucadores que en su día
devoraron tu confianza.
Parpadea la clemencia en tus ojos,
pero ya nadie te engaña,
ni la complicidad que destilan
los que callan,
ni aquel que edulcora la palabra,
se sienta en tu mesa
y comparte el vino y la sonrisa.
No hallas paz,
porque
no la hay.
“Caminante” no es un poema que
busque engañar con falsas esperanzas, no imagina días de reposo ni de paz consigo
mismo. El poema “La Singer” nos remite nuevamente a la palabra anteriormente analizada:
Hogar.
llevaron la Singer
y la trocaron
por unos colones
que al siguiente día
aplacarían las demandas
de nuestros estómagos.
Desde las miserias
que ahora me habitan
te agradezco
el esfuerzo cotidiano
que alimentó mi vida.
Este poema es una hermosa oda
a la máquina Singer; me refiero a la máquina que independizó económicamente a miles
de mujeres en América Latina, permitiéndoles el trabajo remunerado en casa mientras
cuidaban de los hijos y del hogar. Muchas de ellas encontrarían la fuerza para dejar
al marido maltratador y alcohólico o simplemente echarlo de la casa. Les permitió
criar a sus hijos solas o bien contribuir a las finanzas familiares de manera significativa.
Luego, en “Una tarde de frío”, leemos:
En esta habitación agoniza el tiempo
y limpio las gavetas
(en el fondo una imagen
de la Calzada de los Muertos)
desuello las paredes
en un arrebato minimalista:
solo quiero una mesa y una silla.
De tanta ciudad hoy lloran los pájaros
buscan el árbol centenario.
Los campanarios siempre me gustaron,
insisto.
El título del poema enuncia
el destierro, no hay calor ni fuego sino frío. Podemos vislumbrar un viento
gélido que penetra los huesos y que en cierta forma dibuja la temible soledad de
la gran ciudad. “Una tarde de frío” es la evocación de un mundo perdido e irrecuperable.
Lo que nos lleva a la lectura
atenta de “A esta hora…” :
…una mujer
se aferra a la memoria,
se mece lentamente en
los versos que ha tejido
¿tal vez de madrugada?
Una mujer se dibuja en mis manos
me recuerda que aún hay sitio
para el asombro.
Y tiembla la letra empeñada en contenerla,
y tiemblo y contengo mi empeño
en deletrearla.
Una mujer atraviesa
las ciudades en mi pecho
susurra árbol, raíz, flor,
dice mis ojos deslumbrados
escribe el canto de un pájaro
temido y temeroso.
Esa mujer lucha contra el olvido;
como Penélope se sienta al frente de su telar y teje sus versos con el fin primordial
de conservar la memoria y de no morir en el intento. La muerte, la verdadera, ocurre
cuando muere la última persona que podía recordar nuestros nombres. La poesía, me
refiero al acto creativo, permite evadir la verdadera muerte. Por eso Pénelope es
la ancestra más cercana de Sherezada. Entre las dos derrotan al olvido y
se hacen no sólo eternas, sino referentes de la vida que continúa; así la hoz
las persiga en sus aposentos privados donde los únicos hombres que pueden entrar
son el Califa Shahriar y Ulises.
En “Las grietas” constatamos
esta danza alrededor de la hoz:
Escucha una alarma de fuego
a lo lejos, no se inmuta
(dejó de hacerlo hace
ya varias quejas).
Comparte la cama
con todos sus inconvenientes,
se acuesta con todos sus dilemas.
Fragua una salida,
pero solo la fragua
no se atreve a ejecutarla:
por ahora.
Es un viaje a la mejor manera de Los Simbolistas; me refiero a que
es un viaje interior en el que la poeta se rebela como una exiliada en sí misma;
a la vez que reconoce en la derrota su verdadero sino y avizora la opción del suicidio.
No como escape, ni fuga, ni mucho menos cobardía, sino como la senda necesaria que
recorre el caminante del que ya habíamos hablado. Por eso se deja caer de
cuando en cuando por las grietas que aparecen en lo más recóndito de su existencia.
Como en toda existencia no todo es gris; también hay luces de bengala que
iluminan los agujeros por los que se cuelan los días mustios. Veamos:
LAS BONDADES DEL METRO
Se percata de la curiosidad
que destilo,
de la urgencia de un encuentro
de pupilas,
del temblor insistente
de mi pierna izquierda
(la que siempre me delata).
Vierte una sonrisa.
Se entera de que hay
en el vagón calor humano.
…
De pie frente a la puerta,
ya en la puerta sus pies
procurando la salida.
Yo detrás.
Va dejando migas de sonrisa
que sigo con prudencia
entre el hervor de gente.
El sol se estrella en la escalera.
A la boca tumultuosa
del metro me ha sacado,
como gota que derrama
el vaso.
El subterráneo, esa otra grieta que se abre todos los días ante los caminantes
de las grandes urbes, puede ser un lugar hostil; aunque también puede ser un refugio
que brinde la posibilidad de soñar, de añorar. También puede ser una grieta amable
que abre su pequeño umbral al encuentro de una nueva vida o del paraíso perdido.
Un paraíso al que se acude a través de las puertas del deseo; si éstas se abren,
y si se cruza el umbral, muy posiblemente, se encuentre el árbol de la vida; así
ese encuentro sea efímero. No hay ningún paraíso que sea eterno. Aunque también
es verdad que mientras el deseo perdura se tiene la sensación de vivir la eternidad.
Y cuando la sensación de eternidad se consume en su propio fuego aparece
el otro hogar; ese que nos nombra y nos identifica:
Secreto a voces,
mi nombre,
en tu boca,
impronunciable
e inconveniente,
zona inhóspita,
crujido,
escombros.
Prueba contundente,
mi nombre,
en mi boca,
cinco letras
que me amparan,
rincón
en el que me acurruco,
viga, techo, tabique,
puerta clausurada,
casa
en la que no entrarás
de nuevo. (“Conjuro”)
El nombre es visto como identidad, como refugio, como reencuentro
con el amparo; y a la vez como muralla que divide, que aleja, que prohíbe y en el
que se avizora el olvido. Y ya analizamos lo que es el olvido: otra muerte,
posiblemente la verdadera.
Este poema se concatena con
CUARENTA Y TRES
AÑOS
(10 DE OCTUBRE DE 2013)
Una mujer de cuarenta y tres años,
orilla, barranco, caída;
harta de los mismos malestares,
de escuchar la misma queja
con sus respectivos gestos,
reitero, de la temprana
decrepitud
de su cuerpo,
…
Una mujer de cuarenta y tres años
vive con la puerta
enteramente abierta,
porque aún se sabe digna
de que entren en su casa.
La poeta sabe que su nombre todavía puede y debe ser pronunciado por
otros labios; sabe que todavía su cama puede albergar a otro cuerpo para combatir
el frío de las largas noches hibernales. No todo exilio es sinónimo de caída.
Así en “Heredera” nos diga:
un absurdo miedo
a las mudanzas,
la hebra que a diario
me remienda,
el “yo no como aquí”
Aunque esa sensación de pérdida se diluye momentáneamente en un hermoso poema
titulado “Dicen”:
Dicen los que saben
que no está más de moda
escribir sobre luciérnagas
que hay que poner mar
entre la voz y la nostalgia
que es preciso insistir
en el polvo y la ceniza
que de vez en cuando
es conveniente desatarse
del mástil e ir tras la sirena
que nunca está de más
bifurcarse en el camino
o embriagarse
con la sombra del eucalipto
que es imprescindible
en el tormento
gritar “puerta” “ventana”
que el nudo en la garganta
ha pasado a ser
problema del cuchillo.
¿Cómo no pensar en El jardín de senderos que se
bifurcan? Ese prodigioso cuento de Jorge Luís Borges que habla sobre el Tiempo,
sin nombrarlo, y donde, además, explora la idea de diversos tiempos y diversos
mundos.
En “Cypress Hills” desarrolla aún más esta concepción del Tiempo:
Cipreses, cruces, mausoleos,
flores entumecidas
que vigilan la última morada,
una voz araña las rejas
de una escalera decrépita,
un hombrecillo lánguido
en una caseta achacosa intuye,
con envidia,
dos bocas temblorosas,
primerizas, a punto de dar a luz un beso.
Arriba, con el cansancio de un siglo,
el tren, curioso, lo observa todo
como por encima de su hombro.
En la acera opuesta,
ahí donde reposa el camposanto,
una gacela esquiva, herida de beso,
huye de una dulce muerte.
La poeta sigue explorando la idea abstracta del Tiempo; a la vez que
hace de un tren, que pasa día a día por el mismo lugar, un personaje que se convierte
en testigo mudo de lo que ocurre en el cementerio que ve a través de sus innumerables
ojos —me refiero a las ventanas de sus vagones— siempre abiertos y siempre atentos.
Y llegamos a “Una conversación pendiente”, el poema que da el título al libro, y con el que
Juana M. Ramos comienza a cerrarlo:
Quedó una conversación pendiente,
la de las tres de la tarde,
hora propicia para confesarse,
para romper los silencios,
para desenterrar la cabeza
y hallarse en las pupilas,
para traicionar la irascibilidad
que aún se cuece pedazo a pedazo.
Una conversación inconclusa
que la poeta busca recomenzar cada día a las 3 p.m.; sin que nunca logre conseguirlo.
Es un poema sobre la incomunicación humana, y en cierta forma la imposibilidad de
comunicarse consigo misma. Una conversación que se torna “herrumbrosa, encaprichada
y harapienta, enjaulada en el pretexto de nuestros precipicios”. En cierta forma
se concatena con esa multiplicidad de Tiempos de los que hablaba Borges;
un tema tan en boga hoy en día para los estudiosos de la Física Cuántica y por los
astrofísicos y filósofos como Aurelien Barrau.
En “La distancia” esta
sensación de multiplicidad de Tiempos se hace aún más clara:
Mi madre
apenas de seis años
sentada al lado de
María León Vásquez,
su abuela,
recorre paisajes verdes,
otros polvorientos
que le ofrece
la somnolienta ventana del tren
que le enseñó de distancias.
Mi madre,
de cuarenta y cinco años,
sentada al lado de
un extraño,
recorre las entrañas del Imperio,
las ventanas apretadas no le muestran
más que sombras y siluetas,
va en el tren
que la ha vuelto
distancia.
Una vez más el Tiempo
se desdibuja, se hace atemporal o bien se bifurca en otros tiempos y en otros lugares.
La distancia deviene un lugar geográfico; así no se pueda ubicar en ningún
mapamundi. E inmediatamente leemos “Lo que quiero”, un poema que es una extensión
de “La distancia”:
Hartazgo de ciudad.
Una madre y un perro
una nueva despedida
para por fin soltar el llanto
un cuerpo, el que enterró
su ombligo en tierra infértil
es todo lo que quiero,
antes de cruzar el puente
el interminable puente.
No todos los puentes atraviesan
ríos o avenidas. No todos los puentes conducen a un lugar específico; a veces, muchas
veces en realidad, nos perturban y nos hacen perder el sentido de la dirección;
por lo que hace de nosotras personas desaviadas; a veces, per saecula saeculorum.
Y luego se encadena, uso esta palabra a propósito, con “No es recomendable”; veamos:
Pensar en la vejez
en esta ciudad neurótica
no es recomendable,
tampoco mirar
a los indigentes
a los ojos
o leer la palabra cáncer
en los letreros
que cuelgan de sus cuellos
…
No hay que perder noches,
tampoco días,
ni olvidar que afuera
nos espera un rumor
de aves
o un cuchillo atento
que habrá de cercenar
el día a día o las fauces
de esta urbe insaciable
que a plena luz
nos engulle y nos vomita
con las
sombras
Este poema, más que dibujar
el derrumbe de la vida, nos habla del desmoronamiento y del fracaso de la existencia
humana. Es un poema que hurga en las entrañas de la miseria humana. Aquí no hay
divinidades salvadoras. Aunque si hay una deidad: La Ciudad vista como un
enorme hueco que succiona, atrapa y ahoga. No hay mañana ni tampoco esperanza. Lo
que viene a dilucidarse en el poema “Gajes de la vida”:
En días como este
afloran propensiones,
se es proclive a deteriorarse
o a ampararse en los excesos,
tal vez es solo déficit de hierro
o el “Ah de la vida,
nadie me responde”,
de ahí la predisposición
a la tormenta.
Sé algo con certeza,
es mi día de mierda,
solamente mío y de mí,
el que me da el derecho
de buscar la cueva.
Lo mejor es padecerlo
sin remilgos
ni melindres.
Un poema metafísico en el sentido
literal de la palabra. Aquí no hay ilusiones vanas; sólo la confirmación de una
condena. No hay espacio para salvaciones más allá de esta casa llamada Tierra.
Aquí está el paraíso cuasi invisible y raramente encontrado por sus efímeros
habitantes; en cambio, cada uno de ellos se enfrenta día a día con la parte del
averno que le estaba destinada. Tal y como Dante nos lo anunció hace ya setecientos
años. El mismo Infierno del que nos habla Raúl Zurita. Por eso, en “Tu recuerdo”,
la poeta nos dice:
Una carroza estridente,
pelucas de colores,
tacones, lentejuelas,
collares, bocas pintadas
desfilan bajo el acecho
de la ley y del orden.
Una reina desvencijada,
platillo fuerte,
agita su mano busca eco
entre los curiosos comensales
que la devoran,
unos con aplausos,
otros con murmullos.
Somos eternos caminantes ocultos bajo máscaras, pelucas, maquillaje
y sonrisas falsas que tratan de disfrazar El Mal del Siglo que creíamos desaparecido
con Alfred de Musset y que Charles Baudelaire denominó Le Spleen.
Esto es algo que Juana M. Ramos, la poeta que analizo en este ensayo, comprende
muy bien.
¡Felicitaciones Juana M. Ramos! Es un gran placer estético y límbico haber
leído y estudiado Una conversación pendiente; al que le auguro una larga
vida.
BERTA LUCÍA ESTRADA (Colombia, 1955) es
escritora, ensayista, poeta, dramaturga, crítica literaria y de arte. Es
librepensadora, feminista, atea y defensora de la otredad. Ha publicado catorce
libros y ha recibido seis premios de poesía.
Ha escrito tres obras de teatro y una nouvelle con Floriano Martins.
Algunos de sus artículos y poemas han sido difundidos en las revistas Agulha
Revista de Cultura (Brasil) y en publicaciones de la Universidade Estadual do
Oeste do Paraná – UNIOESTE, Revista Acróbata (Brasil), Triplov (Portugal), Esteros
(Uruguay), Revista Crear en Salamanca (España), Blanco Móvil (México), Nueva
York Poetry, La otra (México), Altazor (Chile), AErea (Chile y España) y Aleph
(Colombia). Es colaboradora de Palabra de Poeta, espacio del programa
radial Pegando La Hebra (Valencia-España). Ha sido traducida al francés,
portugués, rumano, griego e inglés y ha participado en el Salón del Libro de
Casablanca (Marruecos), en la Feria del Libro de Madrid y en la Feria del Libro
de Bogotá Ha sido invitada a numerosos encuentros de poetas, entre ellos el
Festival Internacional de Poetas de Curtea de Argès (Rumania); así como a
varios congresos, entre ellos los programados por UNIOESTE (Brasil) en el 2011
y 2012, y por la Universidad de Varsovia en el 2014.
CONEXÃO HISPÂNICA 2021-2026
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